Tuve un sueño

Hoy me desperté con un sueño que era ideal para narrarlo en un cuento. Fue lo primero en lo que pensé al abrir los ojos. La idea era perfecta, fantástica. No podía creer que jamás se me hubiese ocurrido estado consciente. Me apuré en buscarme la ropa para ir a bañar. Las imágenes seguían allí, expectantes.
Me bañé, me vestí, me puse los zapatos, haciendo un enorme esfuerzo por no permitir que esas secuencias tan maravillosas escapasen de mi mente. Tomé el anotador, un bolígrafo y puse el agua a calentar para preparar unos mates amargos. Recordé a último momento el frasco de dulce de frutillas casero que había preparado mi esposa y un paquete de tostadas que tenía en la alacena.
Aterricé en la silla envuelto en una algarabía inusual, abrí raudamente el anotador y destapé el bolígrafo. Me arrojé en el papel a soltar cuánta tinta pudiera. Pero me detuve al instante. El sueño había desaparecido.
Primero llegó la angustia, luego la desesperación por tratar de recordar el más mínimo detalle. Buscaba las imágenes más recientes, para usarlas de trampolín hacia las otras, las que me interesaban recuperar. Me había sentado en la cama, buscado la ropa y el toallón para el baño, luego había ido hasta el espejo, había sonreído ante mi aspecto desprolijo, me lavé los dientes, me metí a la ducha, se me cayó el frasco de acondicionador de cabello y lo dejé en el suelo para no olvidar… era inútil. Lo había olvidado todo.
El silbido de la pava me transportó de nuevo a la cocina. El agua ya estaba hirviendo. No servía para mate, por lo que busqué un saquito de té. Solo quedaba boldo. Me dio igual. Lo importante no era el desayuno, sino esa idea única que se había escurrido de alguna manera de mi cabeza.
Me esforcé por recordar, pero fue en vano. Cuando un sueño se esfuma, ya no vuelve. Sospecho incluso que los sueños no nos pertenecen, sino hasta atraparlos. Que viajan de una persona a otra hasta que alguna lo recuerda. El sueño que se va, que desaparece, busca un nuevo soñador. Por más que me lamentara, esas imágenes increíbles, que quería convertir en cuento, para ese momento estarían siendo soñadas por otra persona.
Y si la persona que las soñaba lograba hacerse de ellas, posiblemente lo tomaría como un sueño más y no lo perpetuaría para la eternidad en una historia escrita. Porque lo escrito, hasta ahora, es la única fotografía que se le puede sacar a un sueño.
Me quedé petrificado durante un buen rato delante de la taza con boldo y las tostadas que jamás saqué del paquete y el frasco de dulce casero que permaneció cerrado sobre la mesa hasta que mi mujer, al pasar, lo volvió a meter en la heladera a media mañana.
Ella me sacó de este estado de sopor y lamento en el que me encontraba. Sus palabras, como una daga, cercenaron mi espíritu:
– ¡Tuve un sueño de lindo! – dijo estirando la i al tiempo que se desperezaba.
No me animé a preguntarle cuál. Porque quizá el suyo había sido también el mío, pero para entonces no lo sabría y adueñarse de un sueño ajeno, más que de un escritor, es de un ladrón de poca monta. Por suerte recordé algo. Era lunes y tenía que hacer un trámite al banco. Le di un beso y me escabullí, murmurando por lo bajo, como un niño ofendido, que se metiera el sueño en el centro del….

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