Encerrar el pasado

Aquella mañana Héctor se levantó con ganas de desprenderse del pasado. Venía evitando la idea desde hacía tiempo, pero al abrir los ojos y ver por la ventana el sol que se elevaba sobre las copas de los árboles, sintió una fuerza interna que no había experimentado jamás.
Plantó los pies sobre el piso de madera, se quitó la ropa de dormir y se vistió con lo más moderno que tenía. En una hora había amontonado en su habitación todo aquello que quería dejar atrás: viejos cuadros, fotos de familiares que desconocía, camisas y pantalones que ya no usaba, sillas y mesas que había legado en la misma medida que iban muriendo algunos de sus parientes, carpetas repletas de papeles cuyos contenido ignoraba o simplemente no recordaba, borradores obsoletos con cientos de ideas nunca desarrolladas, decenas de adornos que juntaban polvo sobre muebles que también odiaba, radios a pilas, una colección de estampillas…
Cuando reparó en todo aquello, se sorprendió. No sabía que había tantas cosas de su pasado que ya no quería consigo. Hizo una última inspección por el resto de la vivienda. No quedaba nada. Literalmente. Todo lo había trasladado a su habitación. Hasta el televisor y la heladera. Héctor comprendió que todo lo que tenía, tarde o temprano, lo desmoronaba hacia el pasado. Al contemplar una vez más aquella montaña de cosas que llegaban hasta el techo, sonrió por primera vez en años.
Le puso llave a la puerta y luego la dejó caer al piso. Con un puntapié la pasó por debajo de la puerta. Ahora no tenía manera de volver a abrirla. La única forma, sería derribándola. ¿Pero para qué querría hacerlo? Al fin había cortado amarras. La vida era una página en blanco. Feliz, trotó hasta la cocina a desayunar. Al llegar se percató que no tenía dónde ni qué.
Media hora más tarde los operarios de la empresa de gas que estaba haciendo una obra en la esquina, derribaron la puerta. Héctor les agradeció, sin poder ocultar su vergüenza. Le llevó todo el día ubicar cada cosa en su lugar. Llegó a la noche rendido, casi sin fuerzas. Se hundió en la cama, con ganas de desaparecer. Soñó que llevaba un candado enorme en la pierna, amarrado a una palabra. No era de seis letras para su asombro, sino de cuatro. Decía “vida” y supo que jamás encontraría la llave.

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