Esos días grises y fríos que se intercalan entre lluvia y lluvia, pueblan al invierno de rostros desanimados, apagados. La gente que puede, se encierra a mirar televisión, los menos escuchan algo de música o leen un libro o una revista. Difícilmente se escuche algún rasguido de guitarra, un solo de saxo o el recitado de una poesía. Eso está pasado de moda. En el calor del hogar, la pereza la gana al esfuerzo, la pantalla chica a cualquier aspiración artística.
Vivo en un bloque de departamentos. Todo hoy es un bloque. Departamentos, casas, casillas, villas. Uno al lado del otro, y el otro sin saber que hay al lado. Vivimos en un mundo fragmentado, cada uno en su realidad, ajeno al otro. No digo que esté mal, digo que es así. Y en mi bloque, hay muchas realidades, pero a ninguna le importan las demás. A mí tampoco, que se yo, aprendí a que las cosas son así. Soy joven, supongo que todos los que me anteceden nos llevaron a que sea así. No busco respuestas, tampoco me hago muchas preguntas. Interpreto, muy por arriba. Sobre todo en estos días grises, fríos, en los que me da fiaca salir a caminar.
Porque cuando salgo a caminar me siento mejor. Debe ser el aire libre, el sol, la brisa que me envuelve. Algo hay, algo cambia. Quizá es la libertad, la falta de paredes alrededor, la sensación de poder moverme con tan solo mis piernas, de sorprenderme con los colores que en realidad son más nítidos de cómo los muestra la tv, de escuchar los sonidos que vuelan sin un volumen que pueda regularlos. Al caminar, se enciende la chispa que el encierro apaga.
En la calle uno entiende, aprende. Se empapa de lo que ve. Se entristece al ver el colchón vacío en el frente de un negocio cerrado, porque se comprende que la persona que duerme allí cada noche a la intemperie está deambulando buscando la manera de engañar al estómago. Se solidariza ante la mujer embarazada que nadie le permite ser atendida antes en la cola del rapipago del barrio. Se asusta al ver que el dinero alcanza menos. Pero también sonríe al ver a los chicos jugar en la plaza, se alegra al ver a ese adolescente como ayuda a cruzar la plaza a una señora muy anciana. Malas y buenas, buenas y malas. Así se hace uno, así entiende lo que lo rodea. En la calle, al salir a caminar. Encerrado, más que el ombligo, no hay mucho para ver. Menos en televisión.

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