Desde hacía muchos años, Pedro Pomposo, el galardonado guionista, concurría al bar ubicado en diagonal a la plaza, que no solo era famoso por tener como habitué al habitante más reconocido de la ciudad, sino también por la enorme marquesina plateada que en ciertas horas de la tarde, por el reflejo del sol, confundía a los automovilistas y provocaba, de tanto en tanto, algún que otro accidente.
La rutina de Pedro era por todos conocida. Llegaba temprano, buscaba una mesa cerca de la ventana a la calle, desplegaba los diarios y le pedía a Omar, el mozo de la mañana, un cortado con tres medialunas, dos saladas y una dulce, para no tentar a la diabetes según añadía en cada ocasión.
Solía quedarse por más de dos horas, leyendo meticulosamente uno por uno los artículos de los periódicos. A veces pedía también un vaso de jugo y los días grises o con lluvia, un Cynar cortado con pomelo. Solía conversar con todo aquel que se acercara, ya sea de las exitosas películas escritas por él como de cualquier otra cuestión. Luego se marchaba a su casa, donde lo esperaba la máquina de escribir para desatar esa esperada batalla campal entre la imaginación y la hoja en blanco.
Una mañana de domingo, día en que los diarios llegaban más gordos y obligaban a Pedro a quedarse hasta el mediodía, se le acercó un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, que no era de la ciudad. Antes se había arrimado a la barra y preguntado si era el bar dónde desayunaba Pomposo, el guionista.
El hombre se presentó, estrechó la mano de Pedro y señaló la silla vacía, frente a la que él ocupaba. Luego de recibir el asentimiento con un leve movimiento de cabeza, se sentó en la misma. Se lo notaba nervioso, principalmente por las manos, que no podía dejar quietas.
Le habló unos minutos de las últimas películas guionadas por Pedro, de lo mucho que le agradaban e incluso, de una novela que Pomposo había publicado unos veinte años antes y que era la única que había escrito, dado que después se había dedicado exclusivamente a las producciones audiovisuales, con las que había hecho su enorme trayectoria.
Pero luego la conversación cambió su rumbo. El hombre sacó de su billetera una fotografía que mostraba a una joven voluptuosa. Le explicó que no era su esposa, sino su amante. Y que su mujer había empezado a sospechar y ya no sabía como mentirle. Creía haber dicho todas las mentiras posibles. El único que podía salvarlo, era un buen guionista.
Pedro se echó a reír. Miró alrededor, buscando a la mente que había pergeñado tal broma. Sin embargo, nadie estaba pendiente de su mesa. El hombre no reía. Lo miraba con decisión. Dejó de reír. Le preguntó si hablaba en serio y recibió una respuesta que no dejaba lugar a dudas: un cheque extendido a su nombre, con una cifra de cinco ceros. Era más de lo que le habían dado de adelanto para el próximo libreto que debía entregar.
Pedro aceptó. No solo por el dinero, comentó tiempo después, sino por el desafío de escribirle el guión a una persona en la vida real, con todo lo que ello implicaba.
Cada semana entregaba las páginas con el guión que su cliente debía seguir. De esta manera, esa persona tenía excusas bien elaboradas, con tramas que difícilmente harían sospechar a la esposa.
De alguna manera se corrió el rumor. Al poco tiempo, varias personas lo contactaron en el bar. Y no solo hombres.
En un año, Pedro tenía un total de veintidós clientes. A cada uno le escribía el guión de sus vidas. Y a cada uno, le cobraba una fortuna.
Pero el volumen de trabajo era tal que con el correr de los meses dejó la rutina de desayunar en el bar. También comenzó a rechazar el pedido de guiones para cine y televisión. Ninguna cifra se aproximaba a las que ganaba con los libretos de vida que realizaba.
La existencia de Pedro se concentró en un solo lugar: su estudio, en el piso alto de su casa. Delante de su máquina de escribir tipeaba día y noche. Apenas si hacía altos para comer, una o dos veces al día, descansar unas tres horas salteadas y cada tanto, darse un baño.
Sus clientes tocaban el timbre, dejaban el dinero y se marchaban con las páginas mecanografiadas. Estaban todos felices.
El único guión del que no pudo tener control, fue el de su propia vida. Pedro Pomposo falleció una madrugada, entre las tres y las cuatro – según estimaron los forenses – desplomado sobre la máquina de escribir. Las últimas líneas escritas cimentaban una mentira encima de otra. El guión, a ojo del inspector de la policía que lo escudriñó, era una basura.

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