Esa noche, la noche en la que el viejo Gutiérrez se enfrentaba a la muerte, yo estaba ahí.

Es difícil precisar cómo el destino se empeña en colocarnos en situaciones complejas, a veces hasta irrisorias. Porque en lo que se refiere a algún tipo de respeto por Gutiérrez, jamás tuve. Pendenciero, mal hablado, buscaba pelea en cada gesto, en cada palabra. Un tipo de esos que siempre se hay que tratar de evitar. Y eso es lo que hacía, hasta esa noche.

Uno vive al día, con lo que gana de las changas. No es una vida de lujos, ni por asomo. Muy por el contrario, es el pan de cada día y punto. Y la Estela lo sabe, por eso no chilla cuando al caer la tarde me voy por ahí. Ella tiene su mundo con los críos, y yo, que pongo el hombro por el jornal, tengo el mío, en el bar de los Aguada.

Hay un sector en la barra que me pertenece y la gente lo sabe. Por eso cuando llego siempre está libre, esperando por mi cuerpo, que se desploma sobre la madera desgastada y sucia a la espera del primer vaso de vino. Claro que a veces hay excepciones. Por ejemplo, si el lugar está siendo ocupado por Gutiérrez, prefiero evitarlo. Pero esa noche, esa noche de la que le estoy hablando, no había nadie.

El bar, incluso, parecía menos concurrido que nunca. Salvo en la zona de luces bajas, donde en la penumbra se jugaba al truco o al chinchón, en las otras mesas no se veía a nadie. Aproveché la tranquilidad para pedirle al más petiso de los Aguada un platito de maní. No me gusta pedirlo cuando hay más gente, porque no falta el que se acerca y guiñando el ojo te saca dos o tres. Y eso, mi amigo, eso a mí no me gusta. Uno tiene lo que puede, lo que no, que se quede en deseo. Eso lo aprendí de mi viejo, que en paz descanse. Yo tengo lo que tengo y punto. Pero la gente no es así.

Una hora después, apareció el viejo Gutiérrez. Ni él ni nadie de los parroquianos del bar imaginábamos que iba a ser la última vez que lo pisaba. Llegó en bastante mal estado. Y no solo por el alcohol. Se lo veía asustado, con las ropas arrugadas. No obstante, tenía el mismo carácter de mierda que siempre. Apartó una silla del camino de mala gana y se acordó a mi lado. Noté entonces que en el cuello tenía una marca roja, como si algo con filo hubiese estado apoyado ahí mismo pocos minutos antes.

Pidió agriamente una caña y escupió en el suelo. Miré de reojo y observé que había algo de sangre en ese gargajo. Vació el vaso de un solo envión. Yo seguí concentrado en el maní y en mi vaso de vino, sin darle importancia a su presencia. Pero Gutiérrez me codeó y llamó mi atención.

– Casi me matan – largó, resoplando.

Me hice el sorprendido. Esa marca en el cuello no podía significar otra cosa. Al menos era señal de una amenaza. No pronuncié ninguna palabra. Uno sabe cuando se debe abrir la boca y cuando aguardar la continuidad del relato.

Gutiérrez por primera vez me miró a los ojos. Adiviné en los suyos la sentencia de la muerte. Podría haberme confundido y creer que la película de agua que le cubría los ojos era producto de la tristeza, pero no, era simplemente la bronca del que sabe que la suerte está echada.

– La cagué. La cagué.

Apuró un segundo trago, dejó un billete bajo el vaso, me dirigió una última mirada y se marchó.

A pesar que la noche estaba en pañales, esa breve confesión me provocó un escalofrío y ni siquiera pude terminar el vino. Salí detrás de él, sin saber si tenía la intención de hablarle y volver al bar o seguirlo hasta dónde lo llevaran sus pies.

Afuera me sorprendió un fresco repentino. Lo busqué calle arriba y no lo vi. Me giré en redondo y alcancé a ver su figura doblar la esquina. Caminé con prisa hasta tenerlo cerca. Luego, fui cuidando mi andar, cosa de no delatar mi presencia.

Caminaba hacia el oeste. El paisaje me era familiar. Lo hacía cada noche, camino al bar. Lo estaba desandando por lo menos tres o cuatro horas antes de lo habitual. No recordaba la última vez que había dejado el bar tan temprano. Pero algo me decía que tenía que seguirle los pasos al viejo pendenciero.

Llegamos a mi calle y con asombro vi que se detenía delante mi casa. Avanzó por el jardín delantero y de una patada abrió la puerta. Comencé a correr. Llegué a la puerta en el momento que la Estela arrojaba un par de navajazos al aire, delante del rostro de Gutiérrez.

– ¡Esta vez no le erro, viejo de mierda, te dije que basta! – le decía ella, que todavía no me había visto.

Gutiérrez se había desabrochado el cinturón y tenía la bragueta baja.

– Dale Estelita, uno más y se acabó – imploraba el viejo.

Creo que tiré al piso un jarrón que estaba encima de una mesita de madera, no lo recuerdo bien. Pero ellos se sobresaltaron.

– ¿Qué hacés acá? – me recriminó de mala manera mi mujer, como si estar allí fuera lo incorrecto. Reconozco que no era lo habitual, pero era mi casa. Inconscientemente me apuntaba a mí con la navaja. Gutiérrez se apresuró a abrocharse el cinto, pero olvidó la bragueta abierta. Si no fuera por la situación, hubiese sido gracioso.

Estela me arrojó un par de navajazos.

– Volvé al bar, borracho de porquería – me gritó, dando un paso hacia donde estaba.

Un navajazo al aire, otro. Al tercero, le quité la navaja de la mano. Pude haberme defendido, pero solo atiné a empujarla a un lado. Y ni siquiera fue porque pensé en los críos. Me enfoqué en Gutiérrez, el siempre prepotente, ahora hecho un cobarde, de espaldas contra la pared, tratando de ganar la puerta dando pasos cortos. Entonces supe lo que sentí en el bar. Supe que ese escalofrío era una sospecha subyacente, ubicada muy por debajo de las diez a doce copas que me bebía cada noche. Y también, que la sentencia de muerte estaba en mis manos.

Dos pasos largos, tan largos que fueron casi zancadas, y una estocada, una sola. Dejé la navaja en su abdomen hasta que el último estertor resonó cerca de mi oído. Luego, lo dejé caer.

Estela me miraba desde la puerta, con los ojos tan grandes como el agujero que le quedó a Gutiérrez en el cuerpo.

– Escuchame, esta mierda entró a robarte y lo mataste, así de simple. Lo que hayan hecho, me importa mierda. Pensá en los chicos y decile eso a la policía. Me voy al bar. La noche es larga.

Por eso, cuando hoy hablan del viejo Gutiérrez, de lo que pasó en mi casa, hay noches que tengo muchas ganas de confesar que yo estuve ahí, que fue mi diestra la que acabó con su vida… pero no me conviene. Es probable que termine en la cárcel, mi mujer se quede con la casa y los pibes no fueran nunca a visitarme. Así está bien, me alcanza y me sobra. Changas durante el día, unos vinos por las noches. En casa, la Estela cuida de los críos y la mantiene en orden. ¿Qué más se puede pedir en estos tiempos que corren? Bueno, si, que los mierdas como Gutiérrez no quieran cagarnos ni el vicio ni la mujer. Pero se comprende, no se puede todo en la vida. Uno tiene lo que puede.

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