La casa era nueva, el trabajo era nuevo, la ciudad era nueva. El “gran salto” era nombre elegido por Julián para el paso que habían dado en sus vidas y no solo como matrimonio. Victoria estaba de acuerdo. No solo se habían casado poco tiempo atrás, sino que habían optado por aceptar una propuesta laboral que le habían ofrecido a él y mudarse a más de dos mil kilómetros, lejos de sus familiares, de sus amistades y lugares conocidos. Pero la idea de afrontar el destino juntos, comenzando prácticamente de cero en muchos aspectos, los había convencido.
Extrañaban, claro que si. Aunque la tecnología, una vez que la compañía de internet fuera a conectarle el servicio,  los ayudaría a sentirse más cerca a los afectos. Las redes sociales, los mensajes de textos, convertirían en la experiencia en más llevadera. Julián, en realidad, pasaba muchas de las horas en su nuevo trabajo, en un edificio de cristal de más de treinta pisos. En cambio, Victoria, se ocupaba de la casa en el barrio tranquilo y apartado de la zona céntrica donde habían alquilado. Era también quién recorría la zona, aprendiendo la ubicación de las calles, los comercios cercanos e incluso, el rostro de los vecinos.
Le parecía increíble que a pesar de llevar una semana en la casa, todavía hubiese una decena de cajas sin desembalar. No solo habían mudado todo lo que tenían en el departamento, sino cosas personales que ambos aún guardaban en casas de sus padres. Por ejemplo, los libros de Julián. Nunca había tenido la necesidad de trasladarlos cuando se mudaron al primer departamento, apenas se casaron. Era más sencillo, si quería leer algo en particular, pasar en algún momento por la casa de sus padres y buscarlo. Ahora, en cambio, esa practicidad había quedado anulada.
Las horas en la casa, sola, le provocaban cierta nostalgia. Hasta que no hiciera nuevas amigas, consiguiera un trabajo, y pudiera socializar, no tendría con quién tomar mates, ir a tomar un café o simplemente dialogar en medio de un paseo. Pero lo sabía de antemano y lo que realmente le importaba era poder asentarse, porque todo se iría dando a su tiempo, esa era su filosofía. Conocería gente, haría nuevos amigos, obtendría un trabajo, vendrían los hijos, las salidas familiares, los viajes en vacaciones…
La casa era amplia. Más de lo que habían imaginado. A los casi cien metros cuadrados techados tenían que sumarle el sótano, de diez por veinte, que no le habían informado cuando concretaron el alquiler. Julián se entusiasmó al verlo. No tenía humedad y era por lo tanto el lugar perfecto para un pequeño taller. Allí podría desarmar y arreglar computadoras, un pasatiempo de toda la vida que también podría darle unos ingresos adicionales. A Victoria le hubiese gustado más una sala de juegos, pero su marido tenía razón: para eso debían gastar mucho dinero en ponerlo en óptimas condiciones y mejorar la iluminación, que apenas si contaba con un par de luces colgantes y una luz de led de seguridad al pie de la escalera.
De momento era un espacio amplio, vacío, con esquinas oscuras y donde estaban depositando todo lo que aún no le habían dado ubicación. Entre esas cosas, las cajas sin desembalar.
“Voy a ver que hay en las cajas” le escribió un mensaje de texto a Julián. En una semana había escrito más mensajes con el celular que en toda su vida. Pronto tendría internet y podría enviarle mensajes de voz, videos, fotos, chatear, podría hacer de todo, pero de momento estaba limitada al simple sms. Para no sentirse tan sola, había convertido el ritual de escribirle en un juego y cada cosa que hacía o le llamaba la atención, se lo transmitía. Julián tenía la delicadeza de contestarle cada uno de esos mensajes, aunque más no fuera con un emoticón de sonrisa.
El celular vibró en su mano: “Seguramente ropa tuya” había escrito su esposo. Sonrió, porque era verdad. Vaya sorpresa se había llevado cuando al buscar la ropa en el viejo placard de su habitación en la casa de su madre, se había encontrado con el triple de lo que recordaba poseer.
“Celoso,vos y tus tres calzoncillos” le respondió. Si por él fuera, se vestiría con papel de diario, le había dicho ella una vez. La que se encargaba de obligarlo a salir a comprar ropa era Victoria. Y fue una de las primeras cosas que hicieron ni bien llegaron, para que fuera presentable al nuevo trabajo.
Movió una de las cajas y leyó con la poca luz a su alcance la etiqueta que le había puesto para reconocerla: Ropa de verano. Algunas de las prendas podían servirle, aunque no todas. Si bien el otoño no era frío, tampoco podía esperar que el clima templado permaneciera mucho más. Sintió algo en la pierna, que hizo que desviara la vista hasta su rodilla.
El chillido que pegó resonó con eco dentro del sótano. Instintivamente dio un paso hacia atrás y tropezó con otra de las cajas. Cayó de culo sobre el cemento frío y áspero. Pudo ver alejarse y perderse en la oscuridad al responsable de su caída.
“Amor, hay arañas” escribió. Esperó la respuesta sentada en el suelo, mirando de reojo hacia un lado y otro. Si algo odiaba, eran las arañas.
“No me extraña, apenas si revisamos. Llego y vemos” respondió Julián.
A Victoria no le hacía demasiada gracia tener que esperar que llegara. Si no calculaba mal, no era todavía ni mediodía y su esposo regresaba después de las cinco de la tarde.
“Qué veneno compro?” le preguntó, mientras repasaba mentalmente los negocios del barrio, pensando en cuál de todos podían vender insecticidas.
“Alguno que no sea muy invasivo, esperame y vamos juntos. Quizá no sea necesario matarlas, suelen comerse a los otros bichos”.
La alimentación de las arañas no le merecía ninguna consideración. Comieran otros bichos, milanesas, polenta, o lo que fuera, lo único que deseaba era erradicarlas.
Estaba por contestar, cuando un bulto negro pasó veloz por el piso, a un par de metros de dónde estaba. Se puso de pie de un salto. El corazón comenzó a latirle más fuerte.
“Julián, son enormes” le informó, asustada y algo enfadada con ella misma, por el miedo irracional que le tenía desde pequeña a todo lo que tuviera ocho patas.
“Salí del sótano entonces”.
Por más que saliera, las arañas seguirían allí y sabiendo eso, no estaría tranquila en ninguna otra parte de la casa. Hizo caso omiso del mensaje y buscó una caja que recordaba haber llevado al sótano que tenía escrito “limpieza”. La encontró y revolvió con desenfreno en su interior. Estaba convencida de haber puesto ahí un aerosol mata cucarachas. Luego de buscar un minuto que se le antojó eterno, dio con el envase. Para su alegría la etiqueta decía también “arañas”.
El celular volvió a vibrar. No le interesó ver que ponía Julián. Lo único que deseaba era aniquilar a los ocho patas. Si tenía que rociar todo el maldito sótano, lo haría. Por las dudas comprobó que ninguna de las cajas fuera de alimentos o algo que pudiera ser afectado por el veneno. Ninguna lo era. Se dirigió hasta la zona más oscura del sótano, donde la penumbra no permitía el paso de la luz y roció con los ojo cerrados. Si algo temía, era que alguna araña en un rapto de enojo saliera corriendo hacia ella. Si no miraba, no lo sabría.
Retrocedió de un salto, asqueada ante la sola idea de tener arañas cerca de los pies. El celular volvió a vibrar a la distancia. Se encaminó hasta otro rincón. Volvió a proceder de la misma manera. Párpados apretados, gatillo hasta el fondo. Un frío le recorrió el cuerpo. Se estremecía ante la idea de ser vulnerada por alguno de esos arácnidos.
Escuchó pasos a sus espaldas. No pasos de personas, sino diminutos, como si de repente un ejército de duendes hubiese cruzado por detrás de ella. Salvo que sabía que allí no había duendes, sino arañas. No quiso mirar. El teléfono seguía reclamando su atención. Por la forma que lo hacía ahora, ya no eran mensajes, su marido la estaba llamando. Solo vibraba, porque odiaba el sonido que hacían. Julián había tratado de configurarle temas musicales, pero al poco tiempo comenzaba a aborrecerlos. Ella y sus manías, decía su esposo. Ella y sus arañas, debería estar pensando en esos instantes.
Victoria avanzó lateralmente, perpendicular a la pared. Fue rociando todo a su paso. En cualquier momento el aerosol agotaría hasta la última pizca de contenido. Los pasos se agigantaban a sus espaldas. Ahora el miedo la acobardaba. No quería girar la cabeza. Siguió rociando, ya sin importante si había tirado o no en cada lugar. Algo trepó a su pierna. Gritó y pegó un salto. El aerosol cayó de sus manos y el sonido metálico rebotando en el piso le hizo saber que se había alejado al menos unos cinco o seis pasos hacia el sector oscuro.
Se pasó la mano por la pierna, sollozando. Tuvo la impresión de haberse sacado de encima una araña, pero no podía asegurarlo. El terror tenía paralizado sus párpados y no podía abrirlos. Se agachó hasta queda en cuclillas y desde esa posición, a gatas, avanzó hacia donde había escuchado rodar el aerosol. Apoyaba las manos horrorizada, con la fatal certeza de golpear en el próximo movimiento la mano sobre un cuerpo peludo y caliente.
Sentía que la seguían. Que las arañas estaban a centímetros de su cuerpo. El teléfono ya no sonaba. En su mente, Julián seguramente se había enojado porque ella no le contestaba y había desistido. De repente estaba enojada con él. Se aferró a ese sentimiento para arrastrarse con más velocidad por el suelo. Fue entonces que la mano rodeó una figura conocida: el aerosol.
Una triste sonrisa se dibujó en la oscuridad. Con bronca y desesperadamente vació el contenido del envase a su alrededor. Continuó apretando el mecanismo hasta que el dedo comenzó a dolerle. El aire estaba viciado. El olor impregnaba cada centímetro cuadrada del sótano. Estuvo a punto de abrir los ojos, pero el sonido de pequeños pasos en la escalera hicieron que en su lugar soltara un chillido y comenzara a llorar. Se envolvió con sus propios brazos y de a poco se fue dejando caer al suelo. El cemento frío fue un alivio. La sensación de miedo, sin embargo, lejos de remitir, se volvía una pesadilla. el teléfono comenzó a vibrar nuevamente, pero ella dejó de escucharlo.
Julián llegó pocos minutos después. Había intentando comunicarse desde el taxi, pero Victoria seguía sin contestar. Del apuro, había olvidado la llave del auto sobre el escritorio y la única solución fue uno de los coches pintados de negro y amarillo. Cuando entró a la casa, la encontró vacía. Corrió hacia la puerta que llevaba al sótano. La abrió violentamente, gritando el nombre de su mujer. El olor a insecticida lo golpeó con intensidad. Tuvo que retroceder y sacar un pañuelo del bolsillo. Uno blanco que Victoria siempre planchaba para que llevara consigo.

Tosiendo y con dificultades para respirar, bajó las escaleras. La tenue luz le devolvió un escenario espantoso. Sobre el suelo, desplomada, yacía su esposa. No necesitó acercarse para comprobar que no respiraba. En su mano sostenía un envase de mata cucarachas y arañas en aerosol. Lo habían comprado antes de la mudanza. Julián se arrodilló a su lado. Las lágrimas caían de sus ojos y se enterraban en el pañuelo que aún apretaba contra su boca. Debajo de la tela, sus dientes mordían hasta hacer sangrar los labios.
Una araña, muy pequeña, los observaba desde lo alto, sostenida por un hilo tan delgado como resistente. Antes que Julián saliera del sótano cargando a Victoria en sus brazos, la araña se había escondido en alguno de los oscuros rincones de aquel lugar.

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