Tenía diez años cuando vi por última vez al abuelo. De todos mis hermanos, solo pidió por mí. Los demás quedaron en aquel pasillo con olor a desinfectante. Incluso hizo salir de la habitación a mis padres. Al entrar lo vi con la mirada perdida en el techo y el cuerpo vencido por la enfermedad y el tiempo. Lo cubría apenas una sábana, que le dejaba ver una pierna con la piel enrojecida y arrugada. Cuando a mis espaldas mi mamá cerró la puerta, el abuelo desvió su vista hacia mí. Sus ojos recuperaron un brillo de cordura y sus labios me llamaron para que me aproximara sin miedo.
Podía ver en su rostro que ya era su hora, que para ese hombre no había esperanza. Los rezos de mis hermanos, de mis padres y parientes, de poco servirían. El abuelo agonizaba. Me sorprendió cuando su brazo se separó de la cama y como una serpiente atenazó el mío, acercándome aún más. Cualquiera hubiese dicho, de haberlo visto, que era el rostro de un demente. Jamás lo creía así. El horror que sentía podía respirarse.
Su voz, cascada por el cigarrillo y débil por la presencia de la muerte en la misma habitación, me quedó grabada con cincel en mi mente con sus últimas palabras.
– Cuando veas el fuego, escóndete. Cuando veas el agua, corre alto.
Me volvió a mirar con firmeza, buscando algún signo en mí que delatara mi comprensión hacia sus palabras. Pero creo que lo que se llevó al más allá, fue mi rostro asustado, al borde del llanto. Por supuesto, no comprendí lo que dijo. Pero jamás lo compartí con nadie. Ni siquiera con mi mujer y mis hijos. Creí que era el desvarío de un viejo perdido en sus últimas ensoñaciones en vida, que la sola mención a esa imagen tiraría por borda los muchos recuerdos hermosos que todos guardábamos de él. El abuelo, ese viejo lindo de graciosa sonrisa y espíritu aventurero, al que a veces veíamos partir y no volver por meses, y luego, un día, cruzaba nuestro patio delantero con un sinfín de regalos para cada uno de nosotros. No, no podía ensuciar esa imagen. El abuelo se había ido diciéndome tan solo “crece y sé una buena persona”, porque esas son las palabras que un moribundo debe decir, la que todo sobreviviente desea escuchar. Esas y ninguna otra,
Cuarenta años más tarde, aquellas palabras cobraron otro significado. Pero antes es importante saber que ya adulto, casado y con – por entonces – un hijo, me moví con la familia a la patagonia. Lejos del infierno de la ciudad, de la falta de trabajo, de la escasez de oportunidades. A ciegas, acepté un trabajo en un pueblo afincado en el sur, a medio camino de la cordillera y a la misma distancia del mar argentino. Un lugar sin lujos, pero dónde no nos faltaba nada para crecer y ser buenas personas.
Y allí nacieron mis otros dos hijos, allí trabajamos todos. También allí enterré a mi esposa. Y vi partir con el tiempo a mis hijos, ante mi enojo e impotencia, porque querían retornar de dónde yo había escapado. Los dejé ir, porque cada uno es dueño de su destino, nadie puede saber que le depara. O al menos, eso creía en esos tiempos.
Hoy ya no lo creo. Porque mi abuelo tenía razón y sabía muy bien lo que se avecinaba. Por eso me eligió entre todos mis hermanos. Porque sabía dónde me iba a llevar la vida. Aunque por entonces me sentía solo y aturdido, de largas noches en el único bar del pueblo, sentado esperando quizá a la muerte, supe distinguir la llegada del fuego.
En la patagonia cruda, en esos parajes a la buena de Dios, las noticias llegan pero nadie les da importancia. Las noticias no traen soluciones a los confines del mundo. Hablan de personas y situaciones tan ajenas como los recursos naturales que se llevan con el trabajo de los trabajadores locales.
Mientras me acodaba noche a noche en la barra del bar, el mundo ardía en llamas, literalmente. Las naciones se habían levantado en armas entre sí. No peleaban por el petróleo, ni por dólares, euros o todo el puto oro del planeta. Ni siquiera por el recurso del agua dulce. Luchaban por sobrevivir, por ganar las tierras que no serían arrasadas por la subida del nivel del mar.
Fue una noticia en la radio, sobre el desembarco de tropas chinas en las costas patagónicas lo que me movilizó. Tuve que ponerme cerca de la radio para esperar que repitieran la noticia, para poder creer lo que estaba escuchando. No tardaron en hacerlo. Hablaron toda la noche del tema. En el bar la mayoría se había ido. Quedábamos Gavilán, el dueño, y yo. Me apuraba para que me fuera y le dije – porque en casa no tenía radio – que me siguiera sirviendo, que mi dinero valía.
Me fui antes del amanecer, un poco a los tumbos, por tanto vino en el cuerpo, pero totalmente despierto y alerta, En casa preparé un bolso ligero, provisiones y seguí el consejo formulado por un moribundo cuarenta años antes. Huí hasta los bosques, donde conocía cuevas y refugios. Llevaba cuchillos para cazar. No sabía el tiempo que demoraría el fuego en llegar y propagarse.
La noche siguiente escuché las primeras explosiones y el cielo nocturno se convirtió en un paisaje extraño, de luces en forma de ráfagas que iban y venían. Me oculté durante días que se convirtieron en semanas y meses. Fui cambiando de escondite en la medida que veía soldados chinos ganar terreno y extender las bases.
Había visto el fuego. Solo faltaba el agua. Esperé una lluvia copiosa e interminable. Esperé una tormenta como ninguna otra. Pero jamás esperé lo que finalmente ocurrió, lo que mi abuelo sabía, era mi destino.
Fue un amanecer. Mi escondite en ese momento era sobre una ladera, en una cueva natural, de apenas cuatro metros de profundidad. Escuché a la tierra moverse, como si una gran fuerza se arrastrara con ella. Instintivamente tomé el bolso, las provisiones que siempre tenía preparadas ante la posibilidad de huir de repente y comencé a subir la montaña. En la medida que lo hacía, atiné a mirar hacia el este. Mis ojos no dieron crédito a lo que veían. El árido paisaje, solitario, desesperante, de la patagonia, había desaparecido bajo un manto de agua embravecida que avanzaba arrastrando consigo todo lo que hombre y la naturaleza habían concebido durante siglos.
Recordé las últimas palabras de mi abuelo, en aquel lecho de muerte, cuarenta años atrás. Corre alto, había dicho. Y supe, solo entonces, que él me había visto en esa situación, de alguna manera, esos ojos extraviados oteando el techo de aquel hospital, no hacían otra cosa que suplicar a un Dios eterno que protegiera a ese hombre en el que había reconocido a su nieto, en un tiempo y lugar que le eran desconocidos. Corre alto había dicho y yo, como nunca, corrí.
Escalé la montaña, tropezando, cayendo, lastimándome, pero siempre poniéndome de pie para dar el siguiente paso, sin mirar atrás. Solo cuando me supe seguro, a una altura considerable, donde el frío hacía mella en el cuerpo, me abracé a la esperanza de vivir.
Solitario en la montaña, miro cada día hacia abajo y solo observo un extenso mar que todo lo abarca. El mundo se ha movido, de una manera impensada. A veces pienso en mis hijos, en sus destinos, pero a diferencia de mi abuelo, no veo nada. También pienso en la tumba de mi mujer, ahora en el fondo de un mar nuevo e inesperado.
Cada tanto surcan el cielo veloces aviones, pero evito ser visto. He acogido a la montaña como mi tierra, mi nuevo pago. Y aquí viviré el resto de mis días. Tan ajeno al mundo, como el mundo lo está de mí. A veces triste, otras resignado, solo recuerdo del hombre a medida que pasa el tiempo, las palabras de mi abuelo, esas que me prevenían del fuego y del agua.
La muerte llegará en algún momento y lamento, si he de tener una revelación, no poder compartirla con nadie. Aunque prefiero la soledad, que la compañía incierta de quiénes aún sobrevivan en este planeta a la defensiva, que tan solo pretende recuperar lo que ha perdido en manos de sus temporales ocupantes.
Solo habrá un ganador.
Solo es cuestión de tiempo.

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