Ella lo dijo clarito: “Son estupideces Rubén”. Y se marchó, no sin antes arrebatar la puerta contra el marco, haciendo temblar las porcelanas que adornaban el viejo aparador.
Rubén quedó de pie en la sala, observando el espacio ahora vacío, donde antes había estado parada ella. ¿Pero cuando se había ido Estela? ¿Hacía unos segundos o varios años atrás?
Porque Estela llevaba varios otoños muerta. Sin embargo, parado en aquel lugar, Estela parecía marcharse a cada instante.
Cuando la veía, estaba como entonces, con su melena abundante, las manos arregladas y el cuerpo exultante. Él, en cambio, no tenía necesidad de mirarse al espejo para saber cuánto había cambiado. Las arrugas, los anteojos, el cabello gris. Probablemente Estela no lo reconociera de verlo. O si, porque vería el mismo semblante débil, dubitativo, de persona sin carácter, de esos tipos que van por la pida mordiéndose la lengua y asintiendo con la cabeza gacha, Porque así era él, y ni siquiera Estela, huracán en movimiento, había podido cambiarlo.
Y si alguien debía quedarse callado, de todas las personas del mundo, era él. Pero no, él que a todos le callaba la verdad, a ella tuvo que decírselo. Son estupideces Rubén, le había dicho, para luego irse y ya nunca volver.
Verlo a Rubén detrás del mostrador era certificar que el mundo seguía girando. En silencio, pulcramente vestido, recibía las boletas de los impuestos, las escaneaba con el lector de códigos de barra, sumaba el total, lo anunciaba y recibía el dinero. Lo contaba, buscaba el vuelto y lo daba, junto a la boleta con el ticket de pago. Cada día desde temprano, allí estaba. Y sin embargo, era solo un rostro conocido. Nadie lo llamaba por el nombre, ni siquiera sus compañeros de trabajo.
Al mediodía volvía a su casa a pie, pasaba por el supermercado, compraba algún producto congelado que luego, tras pasarlo por el microondas, comía lentamente en la mesa de la cocina, sentado en la única silla que tenía. A veces encendía el televisor, a veces no. Cuando lo hacía, no tenía idea de lo que miraba. Dormía una siesta y se levantaba a tiempo para volver al trabajo, al turno de la tarde.
Las noches, desde que tenía memoria, eran un canto a la melancolía. Sentado en el sillón, con una taza de té en la mano, contemplaba la oscuridad y las pocas estrellas que desde allí podía ver. La mayoría de las veces, no tocaba el té. Y cuando lo hacía, ya estaba frío.
Extrañaba a Estela. Vaya que lo hacía. Al menos con ella, la vida tenía otro color. Era todo lo que él no era. Todo lo opuesto. Pero ella se había ido, había muerto aquel otoño. Se había marchado con el mismo ímpetu que había llegado una noche de verano. Vaya verano… si hasta podía sentir el calor que empapaba su cuerpo, las ganas desenfrenadas de huir a un lugar fresco, lejos de todo. Pero entonces, llegó Estela y cambió todo.
De la nada, golpeó esa misma puerta que tiempo después lanzaría contra el marco en el último adiós. Entró sin pedir permiso, como si conociera a Rubén de toda la vida. Y quizá, así era. Pero Rubén no lo sabía o si lo sabía, lo mantenía a raya en alguna parte de su mente. Llegó con una valija repleta de ropa y cosméticos. Arrojó todo sobre la cama de Rubén. Buscó un conjunto rojo y se cambió ahí mismo. Se arregló el cabello, se maquilló, se miró al espejo y salió a la noche, sin necesidad de invitación.
Así era Estela. Cuando él estaba en el trabajo, extrañaba su presencia. Anhelaba el olor de su piel, el perfume que llevaba encima, las ondulaciones de su cabello. Aguardaba con ansiedad la hora de salida. Prácticamente trotaba en el camino de regreso. Ni se preocupaba por detenerse en el supermercado, lo único que quería era volver a su casa y a Estela. Y entonces, allí, la contemplaba. Deslumbrante, maravillosa, la miraba delante de un espejo. Su cuerpo irradiaba pasión, fuerza, desenfreno. Demasiada mujer para alguien como él. Pero ahí estaba ella. Preparada para salir y divertirse.
Durante muchos años, Estela fue su norte. Su motivo de respirar, de existir, de levantarse a diario y salir al trabajo. Volver y encontrarse con ella. Hasta que comenzaron las habladurías. Hasta que la gente comenzó a irse de lengua. Para él fue muy doloroso, Tuvo que confrontarla. Sucedió aquella noche de otoño. Le dijo lo que hablaban a espaldas de ambos. Y ella fue tajante: “Son estupideces Rubén”. Y se fue. No tuvo el coraje de ir tras de ella. Ni esa noche ni nunca más. La valija quedó en la habitación, debajo de la cama. Y ahí permanece. Por más que a veces tiene el impulso de correr a buscar la maleta, se detiene a tiempo y recuerda que Estela está muerta.
Con el tiempo, la gente dejó de hablar. Los años pasaron y Rubén se transformó en el hombre silencioso de siempre. En su casa, en la soledad de cada día, la llora. Y al pensar en ella, sabe que su vida ha dejado hace tiempo de tener sentido. Porque él la mató al dejarla ir, él la mató al confrontarla Y Estela ya no volverá, más allá de cuánto la necesita. Porque solo cuando Rubén era Estela, su vida tenía algo de sentido. Sin ella, es solo un autómata moderno, extinguiéndose de a poco en la línea de tiempo de la existencia.
A veces la valija lo llama. Pero él hace oídos sordos. Estela es solo un recuerdo y no volverá jamás. La personalidad que sobrevivió es el verdadero fantasma.

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