Alina vivía en una ciudad muy grande, que tenía cientos de edificios tan altos que parecían tocar el cielo y calles ruidosas repletas de autos que tocaban bocina y andaban muy rápido y colectivos cargados de personas que viajaban apretadas como sardinas en una lata.
Cada vez que salía, escuchaba de su madre:
– ¡Alina, ojo el auto!
– ¡Alina, el colectivo!
– ¡Alina, la moto!
En el pequeño departamento en el que vivía, su única compañía era un viejo reloj cucú que marcaba las horas con un pajarito que aparecía por una puertita, decía “cu cú” y volvía a esconderse. Siempre estaba aburrida.
Por eso, cuando su abuela Carlota la llamó por teléfono y le dijo de pasar las vacaciones de invierno con ella, en un pueblito cerca del campo, Alina gritó de felicidad.
Su madre la mandó en taxi, sola. El taxista se ocupó de bajarle las valijas delante de la casa de la abuela y tocó bocina al irse. Alina subió a los saltos unas escaleras de madera y dio tres golpecitos a la puerta. Dentro el interior le respondió un canario, con un canto muy bello. Y de inmediato, la abuela abrió la puerta, dijo ¡Alina, qué grande que estás! y le dio un gran abrazo.
Le preparó una rica merienda y le presentó a sus tres gatos:
– Mono, Tito y Flor
Y a sus tres perros:
– Rambo, Rumba y Bambú
Entre ladridos y maullidos, Alina salió a jugar al patio. Era enorme y lleno de verde. Pero además del césped, que en la ciudad solo podía ver en las plazas, había mucho color: árboles, frutales, flores y mucho sol. En las ramas trinaban los pájaros y entre las plantas, saltaban los grillos.
Un silbato la sobresaltó a sus espaldas. Un niño de su misma edad reía con ganas.
– Vaya, te asusté – le dijo, mostrando en sus manos un silbato de fútbol – Soy Marcos y vivo acá al lado.
Alina y Marcos no tardaron en hacerse amigos. Lo bueno de Marcos, era que sabía jugar a todo y tocaba el acordeón. Su padre tenía un campo y cada mañana visitaban a las vacas.
– ¿Y eso? – preguntó asombrada Alina.
– Un cuí – dijo Marcos y trató de atraparlo para ella.
Se acercó tanto al pastizal que no vio una víbora arrastrándose hacia él. ¡Pero Alina sí!
– ¡Ahhhhhhhhhh! – chilló de miedo y Marcos, al darse cuenta, salió corriendo.
Por las dudas, no persiguieron más cuises.
Cuando no estaba con él, se divertía con su abuela, que mientras tejía, tarareaba viejas canciones que ella no conocía. Lo único que le molestaba, eran los mosquitos. Trataba de aplastarlos, pero solo parecía que estaba aplaudiendo.
El día que su madre envió el taxi a buscarla, escuchar el sonido de la bocina al llegar fue una mala noticia. No quería llorar delante de Marcos y su abuela, pero un par de lágrimas se le escaparon.
– ¿Vas a volver en verano? – preguntó el niño.
Su abuela contestó por ella.
– ¡Claro que va a volver!
Esa certeza fue suficiente para que viajara feliz.
Alina está otra vez en la ciudad repleta de ruidos y peligros, pero ya no se aburre ni se siente sola. Recuerda todo lo lindo que hizo en la casa de su abuela con ella y su nuevo amigo y espera contenta que las próximas vacaciones lleguen pronto. En la triste ciudad, una niña atesora el secreto de la felicidad.

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