Ocaso del ser

Me temo que ya no la reconozco. Que la única comprensión de nuestra relación es el compartir un mismo techo. Es la primera persona que veo al despertar, al pie de la cama. Aguarda paciente que me levante para seguirme hasta la cocina. Me observa mientras me preparo para el desayuno y luego cuando lo devoro sentado a la mesa. No le ofrezco, me da pudor, pero al mismo tiempo siento rechazo de hacerlo. ¿Quién es? ¿Por qué me se comporta como una sombra?
Me fastidia tenerla cerca. Sobre todo a media mañana, cuando me siento a leer el diario. Su silencio es como una guillotina que corta las páginas en dos. No puedo concentrarme ni entender nada de lo que leo. Ella está siempre ahí, siempre observando. Pero cuando considero que es el colmo, algo lo supera. Por ejemplo, que quiera entrar al baño conmigo. Lucho con la puerta, trato de cerrarla, pero ella es fuerte y opone resistencia. Y dado que mi vejiga funciona con apremio, la dejo entrar y hago mis necesidades con ella cerca.
Es una especie de carcelera. Se apresura a cerrarme el paso cuando busco la puerta de calle y si salgo al patio, es con ella a mi lado. Las pocas veces que he ganado el teléfono, de los nervios, no he sabido qué número marcar. Sabe exactamente que pastillas tomo y la frecuencia de las mismas. Siento una total paranoia por esos detalles.
Pienso en mis hijos, si acaso saben lo que me está ocurriendo. Y Dolores… ¿dónde estará mi mujer Dolores? Creo que se fue hace tiempo, pero no puedo calcular los años. O quizá meses. El encierro es un tormento que destroza los recuerdos y los calendarios. Todo se vuelve un sin sentido. El ayer, el hoy, hasta el futuro mismo, confrontan por existir. Ya no sé el día en el que vivo. Y tampoco esa persona siempre cerca me lo dice.
Duermo la siesta, me levanto. Ella está en el pasillo. A veces espera, otras barre. Se detiene para observarme, para precisar cada movimiento, como si temiera que de un momento a otro fuera a decidir salir corriendo y escapar de aquella prisión. Pero me resigno, quizá porque estoy cansado, porque me veo viejo en el espejo del baño, porque tampoco se muy bien dónde ir.
Y dejo que se vaya el sol a través de la ventana y que las sombras del atardecer inunden la sala de estar, donde sin ton ni son voy cambiando de canales en el televisor. Hasta que la noche me asalta, y sin tener hambre, de todos modos como y bebo, mientras ella vigila.
Finalmente, ya rendido, derrotado en ese juego perverso, abandono la mesa para ir a acostarme. El aseo previo, controlado por ella, es inevitable. Cuando llego a la cama escucho los murmullos del tiempo. Voces de otras épocas que tratan de decirme algo. Me consuela saber que alguna vez fui otra persona. Ella me sigue observando. Puedo ver su silueta bajo el marco de la puerta. Puede que sepa quién es, puede que no. En el mejor de los casos, ya no la reconozco. Si tiene un nombre, lo he olvidado.
Cómo a veces, me parece, he olvidado el mío. Y el de mis hijos. Solo retengo el de Dolores. El resto se ha ido. Todo se ha ido. Remite. Se esfuma. Como si la vida se tornara una neblina en la que uno va penetrando de a poco. Y en la que solo quedan dos personas. Yo, el desmemoriado y ella, la carcelera de blanco.

El envoltorio de los huevos

Compraron la propiedad en forma telefónica. El trato lo habían cerrado previamente mediante correos electrónicos, pero les pareció mejor a ambas partes acordar los últimos detalles al habla, a más de quinientos kilómetros de distancia. Ellos habían quedado encantados al ver las fotos, un mes antes.
Las mismas habían llegado de casualidad, en el envoltorio de media docena de huevos hecho de papel de diario, que habían comprado en la verdulería del pueblo. En la página repleta de dobleces y arrugas podían verse dos imágenes en tonos grises de una vieja fábrica abandonada, en el conurbano bonaerense.
Si bien figuraba un teléfono de contacto, de una inmobiliaria, la fecha que indicaba la hoja desalentaba cualquier posibilidad. La publicación tenía cuatro meses de antigüedad. Fue una desilusión, porque hacía tiempo que buscaban un lugar donde pudieran establecer una segunda planta de elaboración de alfajores, pero esta vez en Buenos Aires, con el fin de expandir las fronteras y alcance de la producción familiar.
Los hermanos, Horacio y Alberto, que compartían aún la casa paterna, heredada junto al emprendimiento comercial, tuvieron que resignarse con esperar novedades de Patricia, una prima radicada en la Capital Federal, que les había prometido enviarles toda información que pudiera conseguir de lugares en venta o en alquiler.
La hoja de diario fue a parar a la basura y se olvidaron del asunto. La bolsa de residuos fue dejada un día después en el canasto de la basura y algún perro traicionero la destrozó al anochecer. La página con las fotos, ahora hecha un bollo, fue llevada por el viento hasta el ligustro que ornamentaba el frente de la vivienda.
Una semana después, podando las ramas desparejas, Alberto vio el pedazo de papel arruinado por la intemperie y al tomarlo para arrojarlo dentro de una bolsa donde iba depositando lo que cortaba, vio nuevamente las fotos. Aquello le pareció un guiño del destino y llamó a gritos a su hermano. Tenían que sacarse la duda y llamar.
Así lo hicieron y fue enorme la sorpresa al enterarse que el sitio aún seguía a la venta. El precio que pedía la inmobiliaria no era para nada disparatado. Estaba incluso dentro de lo que ellos podían pagar sin necesidad de sacar crédito alguno. Tendrían que acudir por uno más adelante, pero para montar de maquinarias aquel enorme predio.
Pidieron más fotos, no solo del exterior, sino del interior de la fábrica. Si bien algo deteriorada, las estructuras se veían sólidas y los espacios muy bien dispuestos. Además, analizando la ubicación mediante los mapas que bajaron de internet, pudieron apreciar que era de fácil acceso y que los transporte podían salir a diversos destinos sin dar demasiadas vueltas. Todo quedaba a mano. ¿Y nadie había comprado aún el lugar? La deliberación entre hermanos solo llevó un fin de semana. Al lunes siguiente enviaron un correo electrónico demostrando interés en la compra.
Así fueron delineando la compra, día a día, correo a correo. Pusieron en tema al contador y a las personas más cercanas que trabajaban con ello. ¡Al fin la fábrica tomaría impulso para convertirse en una marca reconocida en el mercado nacional!
– Este fin de semana podemos ir a ver el lugar – informó con una sonrisa Horacio al cortar el teléfono.
– Papá estaría orgulloso de este paso – dijo emocionado Alberto, mientras su hermano lo abrazaba.
– Lo está, claro que lo está.

Salieron de madrugada, para viajar tranquilos, con la ruta descongestionada. Quisieron ir solos, ser los primeros en tomar contacto con el lugar. Podía parecer egoísta, pero no lo era. Eran conscientes que el legado familiar pronto culminaría, sobre todo si ninguno de los dos se casaba y tenía hijos. Muchas funciones importantes de la empresa la estaban asumiendo personas que con el tiempo fueron ascendiendo peldaños y eran ahora empleados de suma confianza. Sin embargo, a pesar que veían en sus miradas el deseo de acompañarlos, no invitaron a nadie.
Llegaron a la ciudad antes de las siete de la mañana. Se apearon en una estación YPF, apenas saliendo de la autopista. A pesar de la hora, el movimiento de automóviles, ómnibus y camiones era considerable. El paisaje casi desolado que conocían tan bien había quedado atrás. En las puertas de la mayor concentración de habitantes del país, lo vertiginoso era moneda corriente, incluso en las afueras, donde a través de los ventanales del bar de la estación podían ver el incesante movimiento vehículos y personas.
Degustaron un café con medialunas. Les vino bien a ambos. Además de cansados, estaban ansiosos. El esfuerzo valía la pena. Habrían podido viajar de día, descansar en algún hotel y al día siguiente ir hasta la inmobiliaria, pedir las llaves y visitar la nueva propiedad de la empresa. ¿Pero cómo evitar tantas ganas de conocer el lugar? Lo imaginaban desde el mismo día que vieron sus fotos, en aquel envoltorio de los huevos. Habían compartida decenas de conversaciones en las últimas semanas, sobre las potenciales mejoras, la posible decoración – era hora de cambiar la imagen gráfica de la empresa, imprimirle más vigor y color – el número de empleados, la cantidad de equipamiento, la variedad de productos a elaborar… ante ellos se había abierto un mundo de conjeturas, que de pronto, en pocas horas, comenzarían a tornarse realidad. El primer paso era corroborar que aquel lugar imaginado a la distancia, era totalmente real.
A las ocho de la mañana, ni un minuto antes ni uno después, golpearon la puerta de la inmobiliaria. Aún estaban las persianas bajas y la mujer que estaba adentro apenas que las hizo a un lado para observar quiénes llamaban tan temprano. Al creerlos decentes, les abrió la puerta. El rostro aún preocupado de la secretaria del lugar cambió cuando mencionaron quiénes eran y a qué habían ido. Y al cabo de un minuto, llegó el encargado del lugar. Diez minutos después, tras la firma de los papeles tan ansiados, estaban otra vez en la ruta, en dirección a la fábrica abandonada que habían comprado.
Habían esperado que el corredor inmobiliario ofreciera acompañarlos, pero no lo hizo. Para ellos fue mucho mejor. Ya sin temor a perderse, dado que habían recibido las indicaciones de cómo llegar por parte del personal de la estación de servicios dónde habían tomado el desayuno reparador, preferían albergar las primeras sensaciones en soledad. Porque a veces, de tan unidos que eran, parecían una sola persona.
Quince kilómetros después, la fachada del lugar comenzó a verse a un lado del camino. Y fue creciendo a medida que se acercaban, como si en realidad fuese un gigante dormido que comenzaba a despertarse. Alberto, que iba en el asiento del acompañante, puso la mano en el hombro de Horacio. Era tal cómo la habían soñado todo el último mes.
El paisaje no los recibió de la mejor manera, pero era comprensible, con tanto tiempo a la venta y el nulo mantenimiento al que era sometido el predio. Los pastizales de la entrada superaban el metro de alto. La estructura de hierro que erguía en lo alto el nombre que había identificado alguna vez aquella fábrica aún se mantenía de pie. Al pasar por debajo, los hermanos pensaron que de la misma manera podría sostener el apellido familiar que le daba nombre y vida a los alfajores que fabricaban.
Alberto bajó del auto con la intención de avanzar hacia el interior de la fábrica, sin esperar a su hermano.
– ¡Alberto! Esperá. Mirá lo que traje – dijo a sus espaldas Horacio.
En la mano sostenía, alisada, la hoja de diario que publicitaba la venta de aquel lugar. Se notaba el esfuerzo que le había puesto a la tarea de dejarla como alguna vez había sido, pero aquel envoltorio de huevos, luego bollo de papel, mostraba sus heridas de uso. Alberto se alegró al ver lo que había traído su hermano y socio.
– Saquémonos una foto, con la hoja de diario en nuestras manos y la fábrica atrás. El día de mañana contaremos la historia y nadie nos creerá.
Ambos rieron con la idea. Todo éxito comercial guardaba ese anecdotario que salía a colación en los grandes aniversarios. Alguien escribiría sobre ese día en el futuro.
Caminaron a la par hacia la puerta del edificio principal. Se erigía como una fortaleza, con marcos de casi tres metros de altura y una puerta de acero y vidrio, seguramente colocada con el paso de los años y no en la construcción original.
El primer obstáculo fue sorteado con éxito. La puerta, que – en silencio – ambos temían no poder abrir, cedió fácilmente ante ellos. En el interior todo era oscuridad, salvo manchas iluminadas producto de los ventanales faltantes en lo alto, donde lastimosamente el sol entraba para plasmar los claroscuros que les permitían divisar algunos rincones y viejas maquinarias.
Horacio sacó de su mochila una linterna de led de alta potencia. Ya la había probado previamente, pero lo sorprendió como en aquel sitio oscuro podía iluminar tan nítidamente.
– Esa compra es tan buena como ésta propiedad, Horacio – reconoció su hermano.
El mayor de los Figuzzi asintió en silencio. Avanzaba de a poco, tratando de prestar atención a los detalles. Aquellas maquinarias, detenidas vaya saber cuándo, parecían sin embargo haber cesado su labor hacía minutos. Un zumbido extraño provenía de la oscuridad, como de motores entrando en letargo mansamente.
– Allá a la derecha deben haber estado las oficinas – indicó Alberto, sobresaltando a Horacio, que tenía intenciones de recorrer toda la nave para calcular la cantidad de máquinas y trastos que tendrían que sacar como chatarra a la calle.
Caminaron hasta lo que parecía ser el ala de oficinas, donde podían apreciarse divisiones de maderas que separaban escritorios unos de otros. Eran al menos veinte boxes, al menos, el primer cálculo hecho en la penumbra. A medida que la linterna barría con la oscuridad, las siluetas cobraban forma y el lugar se transformaba en lo que alguna vez había sido.
En el escritorio más cercano dormía una vieja Olivetti. Varias de las teclas estaban unidas en el aire, trabadas, como si el último tecleo sobre la máquina hubiese sido en falso y allí el oficinista, resignado, dejase sus tareas. Tenía una hoja en el carretel, que si bien en blanco, estaba cubierta por una película de polvo. Alberto sin querer empujó un termo que estaba al borde del mueble. El sonido del plástico golpeando el piso y el vidrio estallando en el interior les hizo pegar un salto.
– ¡Por Dios Alberto, tené cuidado! ¡Me vas a matar de un susto! – bramó su hermano, que trataba de recobrar el aliento.
– Fue sin querer, le di con el codo… – Alberto se detuvo, aprovechando que Horacio iluminaba el sitio dónde había caído el termo, le había parecido que aún salía vapor del agua – Por un momento creí… en fin, una pena, era un Lumilagro.
– ¿Eso que está ahí es un mate cebado? – preguntó Horacio, acercándose.
– ¿Dónde…? – entonces Alberto también lo vio, el mate estaba cebado y efectivamente, el agua parecía despedir el vapor tibio del agua recién servida.
Retrocedieron con inesperada y aterrada sincronización.
– ¡El agua del termo también estaba tibia!
El menor de los Figuzzi golpeó con la cadera otro escritorio. Allí no había termo en el borde que pudiese tirar al piso, pero el golpe hizo tambalear una taza de café y parte del líquido oscuro se derramó sobre la madera. El aroma inconfundible del grano molido traspasó sus sentidos.
El café parecía también recién servido.
Desplazaron la linterna en todas las direcciones posibles, buscando la presencia de los ocupantes del lugar. La respuesta tenía que ser simple: había usurpadores.
Sin hablar, tensos como las telarañas que cruzaban de un lado a otro del techo y las lámparas, marcharon con los cuerpos pegados, apuntando la linterna a cada rincón. Sentían pánico de tan solo pensar que alguien podía aparecer de entre las sombras. El chirrido de una abertura varios metros más adelante los paralizó. A sus espaldas, atravesando la oscuridad, les llegó otro sonido lapidario: el estruendo de la puerta principal al cerrarse sobre su marco imponente.
La linterna parpadeó una, dos, tres veces. Luego se apagó. Infructuosos fueron los intentos por devolverla a la vida. Horacio la golpeó contra su pierna y finalmente contra el escritorio más cercano, partiéndola en varios pedazos.
Los pasos se escucharon venir de varias direcciones. En la ceguera total, era difícil precisarlo. Más que pasos, eran extremidades arrastrándose. Alberto sintió la mano de Horacio aferrarse con fuerza a la suya. Pero de inmediato escuchó a su hermano decirle que debían salir corriendo de manera urgente de allí. Y la voz no provenía de su lado.
Trató de soltarse pero supo que era tarde.

El viento comenzó al mediodía y se prolongó durante toda la jornada. Los árboles parecían mecer sus ramas al compás de un canto silencioso. La hoja de diario aterrizó sobre la pila de hojas secas que estaba barriendo. Se agachó para agarrarla y ponerla en una bolsa de basura, pero aquellas imágenes le llamaron la atención. Una vieja fábrica abandonada a la venta. Miró la fecha. El aviso era de apenas una semana atrás. Dejó lo que estaba haciendo y buscó su celular. Marcó el teléfono de su suegro. Tanto tiempo buscando dónde invertir y así de la nada, la respuesta había llegado de casualidad. Una hoja arrugada, designio del destino. Reía de felicidad cuando la voz de su suegro contestó del otro lado de la línea.

Lugares mínimos

Ciertos lugares parecen permanecer inalterables a pesar del paso del tiempo. Como aferrados a una época, en un respetuoso homenaje a nuestra memoria. No era algo habitual y él podía asegurarlo. Vivía en una ciudad con cientos de miles de personas donde el paisaje a cada instante es otro. Los rascacielos se imponen al horizonte y el vértigo del urbanismo monta escenarios diferentes día a día.
Pero aquel lugar no era la ciudad. Era la calle de su pueblo, un paraje de provincia que parecía sumergido en su propio tiempo, abandonado a su propia voluntad. Todos los rostros eran conocidos o parecidos a otros que había conocido en su juventud. Un sitio con menos de mil almas, personas de chacras, del ferrocarril que un buen día dejó de pasar, de huertas y la piel curtida. Su última visita había sido diez años atrás y nada había cambiado. Ni nada cambiaría, no importaba si la próxima era en cinco o veinte años.
Con el tiempo, salir a la ruta para retornar al pueblo se había convertido en una pesada mochila. Siempre había una excusa y anteponía al viaje cualquier pavada. Allí vivían aún sus padres, su hermana, los amigos de toda la vida, pero eran ellos los que había decidido quedarse, no era su culpa que las visitas se fueran espaciando, que de ir todos los años, luego fuera cada dos, luego cada cinco y ahora, aunque parezca mentira, haya pasado una década antes de observar de nuevo el cartel con el nombre grabado en madera, ese cartel mal colocado en la entrada de tierra, que parecía siempre a punto de derrumbarse y sin embargo no lo hacía.
Al observar la calle desde la ventana de la casa de su madre, podía apostar que salvo el ciclo natural de la vida y la muerte, que ni siquiera a esos mínimos lugares escapaba, pocas cosas habían cambiado. Y esa era la sensación que lo gobernaba. La del no paso del tiempo. Pero no era así. Si quitaba la mirada de la ventana y la llevaba a sus padres, sentados a la mesa preparando el mate, o a su hermana, aún soltera, tejiendo un abrigo para su ahijado, podía ver el delicado trabajo de los años en cada arruga cincelada sobre esos rostros queridos, ahora felices de tenerlo en casa.
En una contrariedad que lo colmaba de sinsabores, se sentía testigo del envejecimiento propio y ajeno, pero también de la imperturbable imagen del lugar que lo vio crecer.
Estaba seguro que si cruzaba la calle, en la casa de rejas verdes, si golpeaba las manos, aún abriría la puerta Enrique. O si se llegaba a la esquina, detrás del mostrador del almacén, aunque ya no parado sobre un banquito para poder ponerse a la altura de los adultos, estaría Simón. Encontraría a Paulo en el taller de su padre, que ahora era el suyo y a Esteban atendiendo el dispensario, como hacía cuando niños la mamá de él. Cada uno tenía su lugar en el pueblo. Y no habían escapado a esa responsabilidad. Él no lo había dudado. Un periodista en aquel pueblo no tenía sentido. La información era patrimonio de todos. En los pueblos, todos saben todo.
Y cuando partió hizo una promesa que no pudo cumplir. O en realidad sí, pero a su manera. Siempre volvería. ¿Pero qué sentido tenía volver a un lugar que se había detenido? ¿Qué era lo nuevo que tenía que ver o enterarse? No había nada. Y una vez que internet había llegado a casa de sus padres, la excusa fue la tecnología, el chat, facebook, skype, el correo electrónico. ¿Qué había de los abrazos, de los besos, esas sonrisas que ninguna cámara ni conexión online puede llevar a cientos de kilómetros de distancia? Y si, por esas cosas era que aún volvía.
Tomó unos mates. Se puso al corriente de los que habían partido a mejor mundo y de los que habían llegado. A sus padres les gustaba hablar. Su hermana no se quedaba callada, pero participaba en menor medida. Era agradable todo aquello, sin dudas. ¿Esperaría diez años otra vez en volver? ¿Les daría la vida esa posibilidad a los cuatro? No quería pensar de momento en ello. El atardecer se dibujaba por la ventana. Era increíble poder observarlo, sin edificios ni carteles publicitarios que lo impidieran. El cielo, el sol y el horizonte. Y todo el colorido arrancándole los ojos de placer. Era casi como verlo por primera vez. Algo de todos los días, escondido por la vorágine de su realidad.
Luego la noche, el sonido de los grillos, las luciérnagas revoloteando sobre el descampado al oeste.
– Se viene el agua – anunció su papá y sabía por experiencia que así sería.
Se puso de pie, miró el reloj de pared y supo con una certeza que le produjo escalofríos, que comerían en una hora. ¿Cómo era posible que ciertos detalles regresaran del pasado como si nunca se hubiesen esfumado? Siempre están allí, latentes, como un feroz animal del monte.
Se asomó a la puerta. La brisa fresca llenó sus pulmones. Con los ojos cerrados, expulsó el aire en éxtasis. Odiaba sentir que allí estaba cómodo. Su partida cuando joven había sido una batalla ganada. Sentirse bien cada vez que volvía era reconocer que una parte de él aún quería estar en el pueblo. Y lejos estaba de ser cierto. Al menos, eso creía cuando lo pensaba.
La calle atesoraba cientos de recuerdos. En cada rincón, en cada detalle, había un fragmento del ayer que se iluminaba. Y al final de la calle, en la plaza, todos esos recuerdos se apilaban como en una gran torre, porque en aquel preciso lugar la historia era otra: los picaditos con los amigos, la pelota, correr detrás de la redonda buscando de reojo el arco hecho de trapos y poder gritar con el alma un gol que agitaba sus sueños de niño. En secreto podía aventurar que si tenía que elegir un lugar para volver obligado todos los años, ese lugar sería la plaza.
Si hacía el esfuerzo, hasta podía sentir el olor a pasto, las risas de Enrique, Simón, Paulo y Esteban, el sonido de la pelota golpeando contra el tronco del árbol que cortaba la improvisada cancha en dos.
Se metió en la casa otra vez. Aún tenía por delante cincuenta minutos. Luego el horario de la cena sería impostergable y no quería discutir con su mamá el primer día de visitas. Fue rápido hasta la habitación que otrora había sido su cuarto. Ahora se amontonaban objetos que nadie usaba. Buscó dónde la había visto diez años antes y como sospechaba, la encontró. Estaba algo desinflada, pero el inflador estaba a la vista. La infló un poco, la hizo picar y sonrió feliz ante el estrépito del eco tras el rebote de la pelota.
Salió presuroso a la calle. La casa de rejas verdes tenía las luces encendidas. Golpeó la puerta, aunque sabía que estaba sin llaves. De pequeño hubiese entrado, sin preguntar. Nadie pregunta en un pueblo. Todas las puertas son una y todos los niños, hermanos.
Enrique salió y apenas si tuvo tiempo de reaccionar. Se estrecharon en un gran abrazo.
– ¿Cuándo llegaste…? – atinó a preguntar Enrique sin salir del abrazo.
Pero él le mostró la pelota como toda contestación.
– ¿Ahora? – Enrique miró hacia el interior de su casa y luego levantó la vista hasta la plaza.
– ¿Los chicos estarán en casa?
– Si, seguro… – iba a acotar qué dónde estarían si no estaban en sus casas, pero era algo que estaba de más decirlo por más que su amigo ya no viviese en el pueblo, porque lo que su amigo buscaba no era una respuesta, sino la complicidad de ir a buscarlos.
Salieron raudos hasta lo de Simón.
– Mirá que ya tenemos cincuenta pirulos, eh. Un rato nomás.
– Si, media hora, ya sabés que a las ocho comemos.
Enrique sonrió frente al conocimiento del retorno a la rutina de su amigo.
Fueron por Simón, Lucas y Esteban. La pelota pasaba de mano en mano. Las sonrisas daban paso a las palabras y las palabras a los abrazos. El ciclo de la amistad, de manera infinita. La amistad, la verdadera, que no tiene lugar para el tiempo. La que sin reproche alguno se fortalece por la amistad en sí misma y los hechos que la cimentaron en el pasado, y que no necesita alimentarse más que de la certeza de saber que el otro siempre estará allí, no importa el cuándo ni el por qué.
Caminaron los cinco hasta la plaza y pusieron sus remeras formando los límites del arco. Enrique y Simón hicieron el pan y queso y delinearon los dos equipos. Uno con un jugador más que el otro, como siempre sucedía. Pero las reglas estaban escritas en sus mentes desde hacía largas décadas. Cada tres goles, no importara de qué equipo, el que sobraba pasaba al otro bando. Y el elegido para cambiar iba rotando. Por lo tanto, ningún equipo era permanente y el triunfo no le pertenecía a nadie en concreto, sino a la felicidad de compartir el juego y el hecho de estar juntos.
Ninguno recordaba el último partido en la plaza, o quizá sí, pero no querían reconocerlo, por miedo quizá a que en realidad el último fuese ese, y ya no hubiese otras oportunidades. Porque para algunas cosas, no para todas, el tiempo corría y vaya que lo hacía más rápido que aquel grupo de amigos, que con más de cincuenta años cada uno se esforzaba en la penumbra fruto de la única farola de la plaza con el fin de sentir una vez más las risas y los abrazos tras el grito de un gol.
Se prometieron otro picado la noche siguiente y la otra, y la otra, mientras él permaneciera de visita. Y lo harían, religiosamente. La última noche, le harían prometer a él que esta vez regresaría más rápido, sin dejar pasar tanto. El daría su palabra, aunque no la cumpliría.
Cuando el pasado despierta, se puede convertir en una trampa. Y para sobrevivir, lo mismo que con los animales feroces del monte, lo mejor es permanecer lejos. Al menos, por un tiempo. O mientras, gran paradoja, el tiempo lo permita.

Postales de fin de año

Quiero contarles del viejo Kirby y su perro Fantoche, personajes que a diario me cruzo por las calles de la ciudad y que sin embargo no conozco. Incluso sus nombres, estos que les estoy diciendo, no son sus nombres. Porque también me son desconocidos. Pero en mi mente, cuando los veo, así se llaman.
Kirby es como todos los Kirby del mundo. Solitario, harapiento, sin un aseo en meses o años, el último obtenido con suerte en algún hospital durante una visita trasnochada tras varios tetra brik de pocos pesos y muchas sonrisas. Con más huecos en su boca que dientes, aliento a abandono y tristeza, ojos marchitos que no ven ni comprenden, labios lastimados de no comer, encías roídas por el aire y las bacterias y gruñidos en lugar de palabras, balbuceos en lugar de oraciones. Y algo así como “¡Acho!” al llamar a su perro, aunque tampoco es Acho y tampoco sé si está llamando a su perro.
Pareciera que fuera a quebrarse en dos a la altura de sus rodillas cuando camina. Es casi un presagio del destino común que todos tenemos. Un esqueleto ambulante, que no mendiga para sobrevivir, sino para seguir muerto. Pero Kirby está vivo, y para muchos, ese es su error. ¡Vaya coraje el del viejo mal parido de recordarnos cómo tarde o temprano terminaremos! Muchos se cruzan a la vereda contraria no solo para no olerlo, sino para no reconocer el rostro propio en el ajeno.
El sol de la mañana en días despejados se entretiene con el viejo. Dispara en forma de sombras su cabello hacia todos los puntos cardinales, tan duro como un rosal en invierno, incluso con más espinas. Kirby se mueve y a la par lo sigue ese dibujo caprichoso, casi como una maldición. Pero él no se percata. Nadie lo hace en realidad. Es un objeto de burla, un desafío para quiénes quieren una selfie osada, una tomada de pelo, un insulto a la vista.
Kirby no sabe de gobiernos, ni de política, militantes, promesas o sobornos. Es probable que jamás haya votado. O incluso que tenga un DNI. ¿Entonces el viejo no es parte del pueblo? Lo es, pero lo ignora. Y no le importa. Tampoco paga impuestos y por suerte, aún no hay impuestos para el que solo necesita respirar. Un vago, dicen algunos, mientras compran artículos caros hechos por chinos que ganan dos mangos la hora. Un mantenido por la sociedad, aventuran otros, que mientras se pasean en auto están pensando en cómo evadir lo máximo posible en la próxima declaración jurada. Un pobre hombre, se lamentan personas con cruces y estampitas, dándole vuelta la cara y rezando para no caer en la misma desgracia.
¿Dónde duerme? ¿Con qué se alimenta? ¿Dónde está cuando no está? ¿Alguien lo asiste? ¿Alguien se ha ofrecido a cuidarlo? ¿Acaso yo lo he hecho? Ninguno de nosotros ayuda al pobre Kirby. Por suerte hay campañas online para donar y ayudar a otros Kirby en el mundo. Hay fundaciones y organismos para eso. Incluso los cajeros automáticos nos preguntan si queremos ser solidarios con nuestro dinero. Nos llegan correos electrónicos para que firmemos decenas de proyectos de personas con buen corazón. Firmamos algunos, reenviamos otros, ignoramos otros tantos. Lo hacemos a las apuradas, para poder llegar a los correos que nos importan, que nos traen ofertas de último momento. Ofertas en las que tampoco podemos detenernos mucho, sobre todo si queremos ver que publicaron en twitter o en facebook. Porque se publica mucho, a toda hora. Y se opina. Y cada contacto que uno tiene es un filósofo moderno y su verdad es la verdad, no hay otra. Y la verdad de uno, supera a la verdad del otro. Como hacen los políticos, que juegan a ver quién la tiene más larga con el dinero de la gente.
Y entonces, sin que Kirby lo sepa, los de un bando insultan al otro bando, y el otro bando, insulta al primero. Se sacan los ojos con palabras, todo desde la impunidad de una pantalla, bien a lo guapo, faca en mano que ahora es un mouse, pero mouse al fin. Y ojo, que yo la tengo más larga. Y mi verdad es la verdad, no la tuya. La tuya es una mentira.
Y yo admiro a Chomsky, ese octogenario lingüista, cuya lucidez dijo hace poco que en realidad la verdad ya no importa. Es suficiente con hacerle creer a la gente algo. Y distraerla. Como se distrae a un chico para robarle un juguete. Igual. Casi lo mismo. Mientras tanto, Kirby cruza las calles mirando hacia el piso, con tics en cada movimiento, absorto de todo, incluso de los que le tocan bocina para que se apure, porque para él no hay colores en el semáforo, ni semáforo mismo.
Detrás, siempre cerca, trota Fantoche. Una cruza de galgo con algo más. Indefinible, pero fiel. Siempre pegado al viejo harapiento, sin pedir nada a cambio. Y es literal. Porque de Kirby no puede esperar sobras, mimos, palabras de afecto, nada. No creo que porque no las tenga, sino porque a lo largo de su vida, se las han robado. Fantoche ni siquiera lo sigue por amor. Es porque se siente parte del viejo. Cosa extraña la pertenencia. Pertenecer a algo, a alguien. A un país, a una ideología, a una camiseta. Todos pertenecemos a algo. Salvo que ninguno tiene la lealtad. Es algo en extinción.
Hoy pensamos de una forma y mañana de otra. Aunque lo de pensar es relativo. En los tiempos que corren, otros piensan por uno. Marketing que le dicen. Y uno repite. Es un lorito. La tecnología nos ha convertido en loritos. Somos loritos ingenuos. Hasta nos cortan la cola para que no nos volemos. Y estamos enjaulados desde hace algunos años. Yo vivo enjaulado. Tengo rejas en todas partes. Para sentirme seguro. Hasta a las plazas y parques han comenzado a ponerles rejas. Para que sean espacios seguros. Nosotros tras las rejas y los delincuentes sueltos. En las calles, en las fuerzas de seguridad, en los gobiernos. Y nosotros presos de la realidad.
Vaya paradoja. Kirby y Fantoche son libres. Sucios, hambrientos, pero libres. Sin ataduras. Porque no hay nada a cambio entre uno y el otro. Solo ese sentido de pertenencia, del que en todo caso, Kirby es inocente. No tienen ideologías. Solo sobreviven. ¿Son anarquistas y no lo saben? Sufren el rechazo y no están al tanto. ¿Son acaso discriminados y lo ignoran? ¿Alguien debería denunciar que son víctimas de abusos verbales? ¿Existe algún género para la violencia que sufren? ¿El desamparado es plausible de condena? ¿O deberían ir presos, uno a la cárcel y el otro a la perrera, por el simple hecho de desencajar? Afean las calles con su maloliente caminar, ponen en peligro a los conductores responsables de la ciudad, asustan a los nenes y nenas que se animan a pasear solitos por las veredas. Los Kirby del mundo hacen eso y cosas peores. Sin dudas que sí. ¿De otro modo, cómo explicar su conducta? ¿Su alienación?
¿Qué difícil es convivir con estas clases sociales, no? Se escuchan chistes racistas y muchos ríen. Se amparan en el humor. ¿Qué humor? ¿El que enmascara la verdad? ¡Cierto! La verdad ya no importa. Entonces, no trabajemos. ¡Seamos gobierno! ¡Llenemos de dinero nuestros bolsillos en nombre de la patria! ¡Hagamos amiguismo mientras podamos! ¡Descansemos de no trabajar! ¡Pongamos rostros adustos de haberlo hecho! Y exprimamos, así, fuerte, fuerte. Exprimamos a todos los que podamos. A los que nos votan y a los que no. A los que tienen nuestros colores y a los que no. ¡Total somos todos de una misma clase! Y cuando nos vayamos nosotros, vendrán ellos. Y cuando ellos se vayan, volveremos nosotros. La calesita del poder pero sin sortija. Aquí solo gana la banca. Y se apuestan nuestro futuro.
Pienso en Kirby y no puedo más que admirarlo. Como en esas películas, donde el final nos deja pata para arribas, con una revelación que nunca nos imaginábamos. Lo veo en mi mente, ahora mientras escribo, caminando con su paso quebradizo y la sombra por detrás, con esos pinchos oscuros que se alargan y se achican según la hora del día, y al perro Fantoche, su aliado existencial, y no puedo hacer otra cosa que reír a carcajadas. Estoy riendo a carcajadas. Porque me cuesta creer que Kirby y Fantoche ignoren todo lo que pasa alrededor y entonces lo comprendo. ¡Ellos saben! ¡Ellos son los que se ríen de nosotros! Y entre sonrisas y mensajes ocultos, cuando sus ojos se cruzan, mientras algunos les tocan bocina, otros se llenan la boca de insultos, y muchos se cambian de vereda, ellos nos llaman imbéciles, marionetas del capitalismo, esclavos ignorantes de los gobiernos de turno, moneda de cambio de los grandes empresarios, pequeños despojos repletos de miseria y soberbia que nos nubla la vista y la razón, estúpidos adoradores de promesas paganas, incautos perejiles que aceptan espejitos de colores y a cambio de nada. O sí. De trabajar para sobrevivir, de vivir para trabajar, de ganar dinero para pagar impuestos para poder seguir viviendo con el fin de sobrevivir y así poder trabajar para que la rueda siga girando, una y otra vez, sin importar la mano que la hace girar, indefinidamente, desde tiempos inmemoriales, desde que la humanidad es humanidad y se ha dejado oprimir por el poder, por el miedo, por la falta de unión y lealtad.
A la par de la rueda, caminan los Kirbys y Fantoches del mundo.
Por ellos brindaré este año nuevo y cada día de mi vida. Por esos fantasmas que hemos creado y que sin embargo, lo representan todo.

El hombre sin pic nic

Fue culpa de la lluvia. Él tenía todo preparado para salir, la canasta, el pan de miga, fiambre, queso, el tomate ya cortado en rodajas, varias latas de gaseosa en una heladera portátil, y en un estuche recubierto de fieltro rojo, el anillo que pensaba darle esa tarde.
Tenía todo, incluso el coraje necesario, que por meses había estado juntando, a veces más decidido, otras veces dubitativo. Suspiró delante del espejo y se peinó una vez más. No le gustaba como se veía su cabello. Habían sido días de mucha humedad. Por suerte Mozart sonando fuerte en su equipo de música relajaban su palpitante corazón. Cambió de dirección el flequillo más de una vez.
Creyó al fin que cada detalle estaba en su lugar. Pero no escuchó los truenos, ni el viento azotar las persianas. Ni siquiera reparó en las gotas que desgarraban el vidrio de la ventana de su habitación. Mucho menos, se detuvo en el led titilando en su teléfono celular. Su cabeza solo estaba puesta en ella y en nada más.
Entonces, canasta en mano, metió el celular en el bolsillo, apagó la música y abrió la puerta de calle.
La tempestad cayó de lleno sobre su ser. No solo el viento, la lluvia, los relámpagos y la correntada de agua viajando hacia el este sobre la calle que lo vio crecer. Sino también en forma de patrullero policial, luces encendidas y dos oficiales uniformados resignados de golpear sin ser atendidos que al escuchar la puerta giraron sobre sus talones y quedaron cara a cara con el hombre bien vestido, mejor peinado, preparado para un pic nic poco sensato en una tarde del infierno.
Pronunciaron su nombre, en ese tono que solo espera un sí o un no por respuesta. Él vaciló y afirmó sin palabras. Entonces mencionaron el otro nombre. El que estaba grabado en el lado interior de aquella circunferencia hecha de oro, escondida en la oscuridad de una pequeña caja recubierta de fieltro rojo, dentro del bolsillo interno de su saco.
La lluvia, imprevista, fría, hiriente con sus nubarrones oscuros y sus garfios de luz que se clavan en los sentidos como puñales de un dios enfurecido. La lluvia y sus malas noticias, esas que no tienen vuelta atrás.
Y sobre la calle, el manantial de agua arrastra hojas, botellas y mil penurias más, como un desbocado torrente sanguíneo, mientras seres impasibles observan sin ton ni son a través de sus ventanas, observando a la naturaleza, siempre tan salvaje, audaz, lapidaria. Seres que esperan que la lluvia termine. Que los truenos cesen. Que solo sean un eco en el pasado. Seres que esperan, condenados por la naturaleza, su hora.
La canasta caída de lado. El hombre, ya sin coraje, de rodillas en el suelo. Su cabello empapado, igual que su rostro, aunque los surcos de agua que lo atraviesan son salados, porque salado es el sabor del dolor. Un relámpago lo fotografía para la eternidad. El hombre sin pic nic. Arrasado por el vendaval. Rendido ante la vida. Asaltado por la muerte. En una tarde soñada. Arruinada. Por la lluvia.

El ventanal

Tiene miedo. Se le nota a la distancia. Me mira desde atrás del árbol, tratando de discernir sobre si me he percatado de él o no. Supongo que supone que lo he hecho. Por eso teme. Porque es probable que sepa que estoy esperando el más mínimo error que lo delate. Lo he visto sin mirarlo. Al menos, no directamente. Vi su reflejo a través de una ventana. Ahora mismo, sentado en la reposera, le estoy dando la espalda. Pero mis ojos lo observan, sin observarlo. Veo su imagen, no tan nítida, pero clara. El ventanal da a la cocina y una de las hojas está abierta. Sin embargo, la otra es justo la que refleja el árbol. Y detrás, al niño.
Dejo de mirarlo. En cambio, miro alrededor, al menos, lo que mi vista alcanza a divisar. Una piscina ornamentada con piedras a los costados, varias reposeras plásticas, sombrillas, un par de mesas bajas y mujeres, muchas y para todos los gustos: rubias, morochas, pelirrojas. Algunas en el agua, otras tomando sol, varias bebiendo cócteles helados que sirven otras mujeres, con tan poca ropa encima como mis amigas. Escucho sus risas, parloteos y por un momento, me parece pertenecientes a otro mundo.
La casa a la que pertenece el ventanal también es imponente. No es una casa en realidad. Es una mansión. Habitaciones sobre habitaciones, ventanas que dan paso a otras ventanas. Majestuosidad salvaje, ostentación de poder. No podría definirla, al menos en palabras, quizá si por los millones que costó construirla. La observo y la reconozco. Cómo no reconocerla. La soñé cada día de mi vida hasta materializarla. Y la llené de lujos, de caprichos, de mujeres, de lujuria sin fin, de compañía a cambio de dinero.
Y ahora el niño me observa, con miedo. Comprendo que no está relacionado a que lo descubra y lo expulse de mi propiedad. Porque eso no es posible. El niño no está allí porque quiera robar, ni siquiera por curiosidad. El niño siempre ha estado allí. No precisamente detrás del árbol, donde ahora se esconde para que no lo vea. Sino en todas partes. Ha estado en todas partes. Porque el niño soy yo. Y me observo con miedo, con cierta decepción. Porque acaso entienda, a pesar de la corta edad, que mis sueños no eran esos. Al menos, no los caprichos, no los lujos, no el placer por el placer. Había otras cosas, otras metas y ahora veo que se han perdido en el camino. Lo entiendo siendo el niño que me observo a mí mismo desplomado en una reposera, sin hacer otra cosa que dejar pasar el tiempo con lo valioso que es.
Allí sentado en esa reposera, con los años a cuesta, aún no he comprendido el significado de la vida. Me doy cuenta porque también soy el niño y a la distancia, huelo el miedo. A través del reflejo en el ventanal, ese ventanal de la enorme mansión, veo con tristeza y desazón, mis lágrimas caer.

La máscara de la familia Oregón

Tres días después de su muerte, también murió ella. Pero nadie lo supo. En realidad, a ella, ya todos la creían muerta.
Durante varios años la vida de la familia Oregón pasó desapercibida para el resto del barrio. Un matrimonio trabajador como cualquier otro, al que podían encontrar en la verdulería, en el almacén o cortando el césped del jardín delantero de la casa.
Afables aunque de pocas palabras, formaban parte de ese espectro de personas que están pero al mismo tiempo, de desaparecer, se caería en la cuenta de ello demasiado tarde. Sin embargo, esa pantomima de vida quedó al descubierto de una manera atroz. Ocurrió un mediodía de verano, un día muy húmedo, en el que sudaban hasta los árboles.
Algunos recordarán primero el estruendo característico de un arma, otros dirán que antes que eso sucedieron los gritos. Lo cierto es que ese mediodía, disparo y gritos mediante, el barrio salió a la calle para ser testigo de la verdadera mueca detrás de la máscara de la familia Oregón.
La puerta de calle se abrió como impulsada por un resorte hacia afuera, golpeando con dureza contra la fachada. Como una exhalación salió corriendo la mujer, gritando por ayudar. Agitaba los brazos por encima de su cabeza y nada cubría sus piernas y pies. Un seno caía fuera de la camisa blanca que llevaba puesta. Era grande y blanco y parecía rebotar sobre sí mismo en cada movimiento que ella hacía. El otro, prisionero bajo la tela, guardaba compostura.
Corrió hasta la vereda y sin mirar hacia atrás, trató de cruzar la calle. En ese momento el hombre apareció bajo el umbral de la puerta. Tenía un revólver en la mano y el cuerpo arañado por todas partes. Era fácil observarlo, porque iba completamente desnudo. De la misma manera que el arma que sostenía, su miembro viril apuntaba hacia arriba.
Mientras ella corría atravesando la calle, él dirigía el cañón en su dirección. Parecía tomarse todo el tiempo del mundo. Muchos de los vecinos, paralizados del espanto, quisieron advertirle a la mujer que saliera de la línea de tiro. Pero ninguno lo logró. A favor de ellos se puede afirmar que todo sucedió tan rápido que si no hubiese sido por el escándalo previo, habría muchos menos testigos de los que finalmente declararon ante la justicia unos días después de los hechos.
Un nuevo disparo sacudió los cimientos del barrio. A pesar de estar observando, a muchos vecinos el estruendo los sobresaltó. El sonido de la mujer golpeando el pavimento también. Fue un ruido seco, como la quebradura de una rama. Quedó tendida sobre el cemento y una gran mancha roja empezó a extenderse a todo su alrededor.
El hombre permanecía en la puerta de su casa, con el revólver en la mano. Ahora lo único que apuntaba hacia arriba, era su pito. El revólver descansaba en la mano derecha, pero con el brazo apartado, como si el cuerpo lo repeliera.
Los vecinos tenían miedo de acercarse a la mujer, temiendo que el esposo les disparara también a ellos. La señora Thompson, que vivía enfrente, llamó a la policía. Había observado todo desde la seguridad que le daba la cortina de su gran ventanal.
De pronto el hombre volteó el revólver hacia su rostro y disparó. Fue como si un hechizo se hiciera añicos. Los vecinos, hasta entonces estáticos, corrieron hacia los heridos. Para entonces, las primeras sirenas surcaban el aire.
Una ambulancia arribó mientras la policía comenzaba sus pericias. Al hombre le habían puesto una mascarilla y un médico corría al lado de la camilla sin dejar de auxiliarlo. A la mujer la colocaron en otra camilla y la subieron a una ambulancia que llegó minutos después. No se movía. Su cuerpo inerte parecía ser lo único que quedaba de ella.
De repente el barrio había pasado de su soporífera existencia a ser el centro de atención de la ciudad. Los canales de televisión, radios y medios gráficos de la zona se instalaron en las inmediaciones para fabricar su producto mediático. Los antes inmóviles vecinos, se mostraban ágiles para acercarse a los periodistas y tratar de dar su versión. Al haber tantos, todos tenían su chance.
En sus declaraciones, la dieron por muerta. Coincidían en que él salió de la casa y le disparó por la espalda, mientras ella huía. Algunos incluían el debate sobre el disparo o los gritos, si primero había sido uno o el otro. Otros hablaban de un matrimonio perfecto y amable. Y no faltaba quién aventurara engaños y represalias.
Horas después se supo que el hombre había muerto. Ella ya lo estaba. La habían visto sobre su propio manto de sangre. Los dos fallecidos. Una desgracia, una tragedia. El horror en carne propia. Un día más en las noticias. Recortes de diario para guardar. Noticieros grabados para poder mostrarle a la familia en un futuro, con ellos hablando sobre ese fatídico hecho que nadie jamás olvidaría.
Y no muy lejos de allí, a menos de dos kilómetros, la mujer recobrando fuerzas. La bala había atravesado el omóplato, pasando de lado a lado. Su cuerpo estaba vivo, no así su alma. Vio en las noticias que su marido se había suicidado. Decidió guardar silencio ante la policía. Nadie más fue a verla.
Al tercer día de estar allí, se quitó la canalización del suero y la bata celeste del hospital, se colocó la ropa que le habían sacado para lavar y que habían vuelto a dejar en la habitación y salió al pasillo. Se escurrió entre la gente como un fantasma. Ganó la calle y nadie la volvió a ver.
Era una sobreviviente, pero para ella, era mejor no sobrevivir. Morir y renacer. Reencarnar. Ser otra persona. Y eso hizo. Barajar y rogar que la próxima mano fuese mejor.
Mucho mejor.

La luz a través de la hendija

La luz de la calle entraba por una hendija, clavándose en sus ojos. La persiana de plástico estaba rota en el lugar exacto. No tenía cortinas y por más que se repetía cada mañana, con los ojos ardiendo del sueño, que debía comprarlas sin falta, nunca lo hacía. Por el contrario, con la claridad de día la urgencia desaparecía de su cabeza.
Pero la urgencia retornaba a modo de reproche cada noche, cuando al tratar de conciliar el descanso que su cuerpo le pedía a gritos, la maldita franja de luz irrumpía todo intento. Llevaba dos semanas en aquel lugar y apenas si había dormido. Podía divisar por el mismo lugar que entraba el resplandor, que procedía de una luminaria de poste, ubicada muy cerca de la esquina.
Se imaginó saliendo a la vereda en calzoncillos, buscando en alguna parte un ladrillo o algo con qué tirarle. Quería destrozar esa lámpara. Hasta entonces, su forma de oponerse a la realidad, era paradójicamente mediante esos escapismos de su mente, en la que actuaba con rabia y violencia. No había empleado la sensatez y mucho menos la lógica, que hubiese significado tapar la hendija para impedir el paso de la claridad.
En cambio, apretaba los ojos con fuerza, para caer en la cuenta que a pesar de ello, la luz lo molestaba. Podía sentir su presencia sobre la piel, dándose una idea del cuadro: una habitación a oscuras, los contornos de una cama, de un bulto bajo las sábanas y sobre la cabecera, una franja blanca todo a lo largo, de lado a lado. La franja dejaba a la vista un par de ojos cerrados, luchando por descansar.
También le rechinaban los dientes. En su lucha, apretaba con fuerza las mandíbulas. Por esa razón le dolían después las encías mientras desayunaba. Lo sabía, pero no podía impedirlo. Parecía que todo su cuerpo se complotaba para colapsar. Creía que de repente le dolían las cervicales, la espalda, las piernas. Era un solo dolor. Su cuerpo era una brasa viviente. Y todo comenzaba de la misma manera, cuando al apagar el velador de la habitación, la otra luz, intrusa, forastera, se perpetraba sobre su cuerpo, saltando desde el otro lado de la ventana, aprovechando ese espacio insignificante de la persiana.
Qué fácil sería levantarse y colocar un cartón, un papel oscuro doblado en varias partes o un pedazo de tela lo suficientemente grueso como para impedir el paso de la luminosidad proveniente de la calle. Qué fácil sería pedirle a otro que lo hiciera. O mejor aún, que comprara las estúpidas cortinas.
En otra vida quizá. No en la suya, sumido en esa cama, sin más que abrir los ojos, aceptar el sorbete en cada infusión y soportar que otras manos, ajenas, lo cambiaran, lavaran y peinaran.
Durante las noches eternas, en esa habitación perpetua, le daba un nombre, una explicación: aquella luz a través de la hendija no era otra cosa que la risa sobradora de la muerte.

Los ojos del galgo

El perro lo miraba fijo, como esperando algo. Era un galgo hambriento, con todos los huesos marcados en la piel. Tenía la lengua afuera y el cuerpo agitado. El hombre miró a su alrededor y cuando al fin divisó lo que buscaba, estiró el brazo, tomó una cacerola y se la arrojó con fuerza al animal.
El galgo, si bien sorprendido, se movió con velocidad esquivando el golpe. La cacerola rebotó contra el suelo, desparramó un poco de arroz y finalizó su trayectoria debajo de un sillón avejentado. Sin rencor, el animal fue por el alimento y lo devoró en menos de cinco segundos.
– Ese perro de mierda me está costando una fortuna – musitó con bronca el hombre, como brindando una excusa.
La mujer a sus espaldas, aún sobresaltada por el estruendo de la cacerola al chocar el piso, permaneció en silencio. Sabía muy bien cuando convenía abrir la boca bajo el techo de esa casa.
– Miralo, le importa un cuerno que le revolee la comida o que se la ponga en un plato. Lo único que le importa es comer. Y después, cuando lo llevo a correr, me hace quedar como un pelotudo.
El tono de voz ahora era de enojo. Se puso de pie, aunque aferrándose a la mesa, que al moverse, hizo tambalear la botella de vino casi vacía que había estado tomando hasta ese momento.
Instintivamente, al verlo erguido sobre sus piernas, el perro salió al patio. El hombre dio dos pasos y se apoyó en la heladera. Su mujer, aún a sus espaldas, permaneció callada. Sabía también lo que vendría a continuación. Y por experiencia, era consciente que no podía intervenir. Podía recordar aún el dolor de varios días de la última vez que lo había intentado.
Cuando consiguió algo de estabilidad, el hombre salió al patio y a los gritos se puso a llamar al galgo. El animal se había ido al fondo del terreno y escarbaba en la tierra. Levantaba las orejas cada vez que el hombre pronunciaba su nombre a los gritos.
El desenlace era inevitable. Como cuando en una tormenta tras el relámpago llega el trueno. En el patio, eran primero los gritos y luego el castigo. Y ella, desde la ventana, se llevaba la mano a la boca. Deseaba que el galgo le saltara al infeliz de su marido directamente a la yugular y que le clavara muy profundamente los colmillos, y que no lo soltara hasta verlo desangrarse sobre la tierra y las pocas matas de yuyos que se esparcían en el terreno. Pero esos ojos, grandes y color avellana, eran inofensivos. Ese animal no tenía una pizca de maldad. Jamás lo haría.
Quizá fue por eso, por esa certeza.
Y al mismo tiempo, por todos los anteriores.
Incluso, por ella misma. Que si bien no era todos los días, cada tanto cobraba.
O por sus futuros hijos, si es que llegaba a parir, para que al menos no nacieran de ese hombre.
Fue por todo y por esos ojos buenos, esos ojos que no juzgan, sino que esperan. Y esperan siempre lo mejor, por más que nunca llegue. Como ella, como los suyos. Quizá fue por eso.
En medio de los aullidos de dolor, cuando lo estaba azotando con una varilla, salió al patio escopeta en mano y disparó.
A veces, el estruendo llega antes que la luz.

Relicario

La habitación olía a pis, sin importarle que la mujer de la limpieza se había ido apenas unos minutos antes. El olor estaba aferrado a él, postrado en la cama.
Los ojos cerrados, la piel pálida, el goteo lento pero continuo del suero, con ese cordón umbilical plástico que terminaba en su brazo, ya morado de tantos pinchazos. Podía, en el silencio, escuchar su respiración. Era apenas un susurro, un murmullo amortiguado de dolor.
Mi suspiro atravesó el lugar, aniquilando toda esperanza. Resignado, trataba de no pensar. Pero era imposible. Uno siempre piensa, incluso cuando cree no hacerlo. Porque allí, cayendo con sus últimos granos de arena, el que se escurría por el cuello del reloj de la vida, era mi padre.
Al menos su cuerpo. Su mente, casi siempre ausente, iba y venía, como una macabra broma. Ya no había memoria, ni lucidez, solo arrebatos de tristeza, frases incoherentes y sin terminar. Y esa mirada que no se puede describir con palabras, que trata de ver pero sin hacerlo, que busca ubicarse pero sin lograrlo.
Entonces, mientras mis ojos se perdían en las formas de las sábanas, en esa tensa espera de lo inevitable, su voz irrumpió, débil, cascada:

– ¿Messi?

Otro desvarío, pensé, aunque sin dejar de alegrarme por verlo despierto. Entonces, casi como una revelación, recordé la TV encendida sin sonido a mi derecha y tras girar la cabeza y observar, no pude menos que tragarme los mocos para no llorar.
Efectivamente, la 10 la llevaba el rosarino.

El destino golpeó al poco tiempo la puerta y cumplió con su labor. Sin embargo me dejó ese instante, casi como un relicario. Un rayo de luz en la penumbra, una sonrisa en el llanto.

– Si, es Messi. Juega el Barcelona – informé.

Sonrió. Miró unos segundos y volvió a cerrar los ojos.
Pero allí estuvo, durante ese breve lapso, allí estuvo.

Recepcionista nocturno

Al ingresar al hall a través de la puerta giratoria ya puede apreciarse su figura pulcra y segura detrás del mostrador. A medida que uno recorre los metros hasta la recepción, su imagen se agiganta, como si lo único que hubiese en aquel hotel fuera su presencia.
El recepcionista de noche irradia un carisma que lo hace único. No por nada la reputación del Apolo Hotel tiene como característica principal ser el sitio de alojamiento de la ciudad (y quizá del mundo) que más trabaja en horario nocturno. Los huéspedes que ya han pasado alguna vez por el hotel, vuelven siempre, aunque en las siguientes oportunidades solo después de las 22.
En las páginas web de búsquedas de alojamiento es posible leer los comentarios de los usuarios alabando al Apolo y sugiriendo registrarse personalmente y de noche.
Los directivos, asombrados por el caudal de huéspedes que se alojaban en su horario, quisieron premiarlo, dándole un puesto de mayor jerarquía y durante el día, pero el hombre se negó rotundamente. De todas maneras no perdió la oportunidad para solicitar un aumento, que le fue otorgado.
Jean Modest Martineu no solo se adueñó del horario nocturno del Apolo, sino que desestimó una decena de ofertas de otras cadenas hoteleras, muchas de ellas de cinco estrellas. Es un hombre de pocas palabras, sin embargo, su pronunciación y acento obnubila a hombres y mujeres. Su sonrisa justa, los ademanes lentos y parsimoniosos y las soluciones rápidas a todo tipo de problemas, hacen de su servicio una mejor experiencia que la propia estadía en el lugar.
Es tal la fama de Martineu en el Apolo, que no solo llegan para hospedarse turistas, sino también habitantes de la propia ciudad que quieren saber en carne propia lo que era ser atendido por la leyenda viviente entre los recepcionistas del mundo.
Elegantemente vestido, con zapatos que dan la sensación de haber sido lustrados segundos antes, traje sobrio y reluciente, moño en lugar de corbata y un corte de cabello prolijo y peinado hacia atrás con la ayuda de algún humectante, Martineu no solo se ofrece a acompañar a los huéspedes a sus respectivas habitaciones, sino que también les brinda una visita guiada por el viejo y bello edificio, sobreviviente de todo el siglo veinte aunque modernizado en varios aspectos.
El lugar preferido de Jean Modest, el que siempre deja para el final, es el subsuelo, único recodo de la edificación que no se puede acceder mediante ascensor. Estrechas y oscuras escaleras llevan a una pequeña pero hermosa bodega, donde añejan los mejores vinos de la zona. Los visitantes quedan extasiados ante tremendo espectáculo y jamás se niegan a una copa del sabroso líquido que idolatrara Baco, el que deleitan entre aprobaciones y risas.
El mareo no les importa, ni tampoco el abrazo cálido y amistoso de Martineu, que acercando su rostro les susurra los secretos del lugar. Ellos vuelven jocosos y felices a sus habitaciones y el recepcionista a su puesto, saboreando aún el néctar de la vida entre sus labios, el sabor fresco de ese otro líquido, espeso y caliente, bajando aún por sus entrañas.
El tintineo de la puerta giratoria, los pasos que se escuchan y las voces de una conversación cercana. Nuevos huéspedes de los cuales beber. Entonces, la sonrisa, la postura erguida y el carisma irradiando esa mágica presencia, capturando la esencia misma de las almas, de esas frágiles criaturas humanas que caminan hacia él.

El mismísimo diablo

El pizarrón vacío debería haber significado una bocanada de respiro para los chicos, porque cada mañana el profesor lo cubría de punta a punta de complicadas consignas con las que todos reñían disgustados. Pero ese día, el exigente Sr. Collins no había escrito palabra alguna sobre la – extrañamente – inmaculada superficie.
Sin embargo, aquello no era motivo de celebración ni mucho menos. Porque el Sr. Collins estaba sentado en su escritorio, observándolos en silencio. Tampoco era habitual que él estuviera sentado y ellos callados. Una clásica clase del profesor podía haberse descrito de la siguiente manera: el Sr. Collins de pie, recitando sin parar y escribiendo al mismo tiempo en el pizarrón las preguntas o problemas de las que luego requeriría las respuestas; paralelamente, a sus espaldas, niños y niñas pasándose papelitos de asiento a asiento, hablando por lo bajo casi en un susurro, algunas risas que lograban escapar del encierro y nadie, absolutamente nadie, prestando atención. Luego venía el enojo del profesor, la amenaza de exámenes sorpresas, de notas bajas y la exigencia de tener todas las respuestas por escrito para el día siguiente.
Los niños retornaban a sus hogares de mal humor y echaban todas las culpas al señor Collins. Cada mañana, antes de comenzar las clases, no causaba sorpresa ver a padres quejándose con el más antiguo de los profesores del colegio. Collins se mantenía atento a las palabras, sonreía cuando escuchaba terminar a los adultos y luego se marchaba al aula, sin contestación alguna, para comenzar a impartir la clase del día.
Los directivos recibían quejas a diario, pero el profesor era una eminencia que había enseñado a generaciones. Pero en los últimos años había perdido el respeto que antes su sola presencia arrojaba a lo largo y ancho del salón.
– Los tiempos han cambiado, Elvira – solía decir a la directora, cada vez que salía el tema en la conversación – Antes el respeto estaba por delante, hoy ni siquiera entra los planes de chicos y padres.
A pesar de ello, el profesor Collins no había cambiado ni un ápice su método de enseñanza. Se había propuesto jamás rendirse. No era un pensamiento propio de él. Pero esa mañana, el pizarrón árido de palabras, era el presagio del fin.
Los chicos se mantenían en sus asientos, sin musitar palabra alguna. Nadie escribía papelitos ni mucho menos se reía. El Sr. Collins los miraba a todos con rostro severo. Aunque no era el semblante gris y pétreo, que lo acercaba más al mismísimo diablo que al viejo profesor de colegio, lo que los asustaba al punto de tenerlos tan quietos y obedientes.
Era el arma.
Si, el arma.
Esa escopeta de caño recortado que había metido al colegio debajo de su largo sobretodo, sin que nadie se diera cuenta. Ese caño doble apoyado sobre el escritorio, que apuntaba hacia ellos, hacia los niños.
Era ese elemento letal lo que los había apaciguado, dejándolos al borde del llanto. Pero ni a eso se animaban, porque los ojos negros y apagados del profesor Collins eran lo suficientemente expresivos como para hablar sin pronunciar sonidos.
Esos ojos decían: “Hasta aquí llegaron”.
Collins sonreía. Vaya que lo hacía. Su método había perdido la batalla contra el tiempo, pero su vieja escopeta se mantenía tan viva como siempre. Y el gatillo se sentía tan suave al tacto, que no veía la hora de poder tirar de él.
El mismísimo diablo, vaya que si. La sola idea despertó en él una carcajada que atravesó el salón y heló todos los corazones.
Luego, comenzaron los disparos.

El tema del momento

En los programas de televisión debaten ahora sobre quién tiene la culpa. En las radios no se cansan de sacar al aire a gente que llama y expresa su opinión. En los diarios imprimen páginas y páginas con casos similares en otras partes del planeta. Todos, ahora que ha sucedido, quieren tener voz sobre los hechos. Sin embargo, antes que saliera a la luz, el único que tenía que hacerse cargo era yo. ¿Dónde estaban mientras tanto? ¿Por qué nadie me ayudaba con esa lucidez de la que hoy hacen gala y desparraman a los cuatro vientos?
Es por eso que siento que sea tan injusto. No veo la razón por la que quieren encerrarme entre cuatro paredes. Bueno, si, la veo cuando presto atención a los medios de comunicación y la manera en la que informan lo sucedido. La veo cuando me sorprendo con lo que dice la gente. Pero tampoco puedo afirmar que sea una razón, porque ninguno sabe la verdad.
Durante los diez meses que no vi la luz, consideré en varias ocasiones la posibilidad de matarme. Es decir, no es lo que quería, pero tampoco tenía mucho sentido todo lo que ocurría alrededor. Cuando la oscuridad reina, los espacios se agigantan. No estoy exagerando. Hasta que uno se habitúa, el miedo ralentiza cada movimiento. Se avanza de a centímetros, con la expectativa del horror a flor de piel. Más con todas esas alimañas dando vueltas por ahí.
Créanme, escuchar el sibilante andar de una serpiente sin saber donde está realmente, puede provocar la locura en pocos segundos. Mucho más sentir el frío de su piel al tratar de asirse de una pared o un objeto.
Aunque aquello era uno solo de los tantos miedos que me rodeaban. Jamás me acostumbré a sentir crujir las cucarachas bajo mis pies. Es un sonido espeluznante. Podría compararla con pisar hojas secas… con la salvedad que las hojas secas no sueltan un chasquido viscoso como si reventaran y desparramaran sus vísceras, por más pequeñas que sean, en todas direcciones. El suelo era un colchón de cucarachas. Por eso mis pasos eran largos, medidos.
Pero las preocupaciones no solo eran con los bichos de abajo. Las arañas, por ejemplo, me sorprendían con sus telarañas, que se enredaban en mi rostro. Tantas veces las sentí bajar por mi cabeza o brazos y tuve que sacudirme frenéticamente para evitar morir del susto y la impresión. Había peludas, culonas, grandes, chicas… no quiero recordarlas.
Y ni hablar de los ratones, las avispas, cascarudos, murciélagos y principalmente, los animales detrás de la puerta corrediza. Esa que cada noche se abría para que ellos entraran a las habitaciones de la casa en las que trataba de ocultarme para que no me encontraran. Eran enormes. Un oso de garras duras y afiladas, un puma de ojos amarillos y colmillos sedientos, y al que más temía, una pantera negra, tan ágil como sagaz.
Cada noche debía escapar de ellos, mientras todas las otras alimañas parecían empecinarse en complicarme la supervivencia. Y todo, en total oscuridad. Durante diez meses interminables, soporté esa agonía.
Hasta que una noche, en el frenesí de tratar de sobrevivir, di con ese viejo armario que siempre estaba cerrado con candado. Pero esa vez, esa única y decisiva vez, no lo estaba. Y en su interior mis manos tocaron el frío del metal y reconocí de inmediato que eran armas. Grandes y potentes. Una ametralladora, un rifle de asalto y una pistola automática. También había municiones. Lloré de la alegría, mientras las arañas trataban de reptar por mis brazos y mis zapatillas hacían puré de cucarachas en cada movimiento.
Tomé todas las armas y me agazapé en la oscuridad, justo a tiempo para percibir que allí se estaban acercando, con una confianza fuera de lugar, arrimándose de a poco a la mismísima muerte. ¿Qué harían ustedes en esa situación? Abrirían fuego, así sin más. Y eso hice.
Los destellos de los disparos fueron las primeras luces en diez meses.
Escuché sus aullidos y luego sus agónicos quejidos. Otra vez había quedado todo a oscuras. Temblando salté sobre sus cadáveres y crucé la puerta corrediza. Estaba del otro lado por primera vez desde que había quedado encerrado en la oscuridad. Corrí hasta la salida a la calle y me arrojé fuera de la casa. Tropecé y caí de espaldas, observando el paisaje más hermoso: el cielo de noche, con su infinita galería de estrellas. Me di cuenta que lloraba, pero no de miedo, sino de la emoción de ser otra vez libre.
Por eso, cuando escucho, veo y leo todo lo que dicen, aborrezco a todos y cada uno. Hablan y dejan plasmado en tinta solo puras mentiras. No maté a mi familia, no soy un enfermo esquizofrénico, no tendría que estar en ningún instituto psiquiátrico. Es fácil opinar cuando no se es prisionero. Cuando la libertad es la forma común de vivir. ¿Dónde estaban todos durante esos diez meses que viví en el infierno? ¿De qué hablarán cuando consigan lo que quieran? Porque de eso se trata, del tema del momento. Mañana cuando consigan lo que quieran, habrá de algo más que hablar. Y a mí me dejaran otra vez solo. Encerrado y solo. Y quizá, probablemente, otra vez en la oscuridad.

El hombre fuera del mapa

Cuando en marzo dejé de verlo por el bar, sospeché que algo le había pasado. Era un hombre de escasas palabras, que se acodaba en la barra y permanecía allí sus buenas horas con tan solo un vaso de vino. Pagaba con monedas que tintineaban sobre el mostrador. Un sonido que asocio con las nueve de la noche, porque siempre era esa la hora en la que se marchaba.
Evaristo, dueño del bar, una persona que conozco de años, me había dicho en algún momento que se iba en ese horario para conseguir lugar en el refugio de noche, que es un lugar triste a pocas calles de la plaza, donde los que no tienen techo acuden por una cama y refugio.
Un par de veces le pasó que las monedas no le alcanzaban para pagar su única felicidad en el día. En esas ocasiones solo tuve que levantar la mano desde mi mesa para que Evaristo comprendiera que el vino corría por mi cuenta. El hombre, en esas ocasiones, antes de retirarse, pasaba delante de la mesa y me hacía un gesto muy particular con la mirada, dándome de esa manera las gracias.
Por su andar lento, le calculé más de cincuenta años. Llegaba con las primeras sombras del atardecer, a veces con una bolsa de plástico en la mano, en la que vaya a saber uno que llevaba. Su aspecto no era el mejor, pero no se le podía reprochar que estuviera desprolijo o sucio. El hombre se calzaba su pobreza y humildad con la mayor dignidad posible.
Ese otoño pensé bastante en él. Me pregunté muchas veces dónde estaría, si habría cambiado de bar, si la suerte le había permitido un mejor lugar donde pasar sus días (y aún menor, sus noches), y si, irremediablemente, si la muerte había ido por él para sacarlo definitivamente de las calles.
Pregunté a varios de los habituales compañeros de tragos, personas en su mayoría solitarias y calladas, que sienten la necesidad no solo de reconfortar el alma, sino también de llenar vacíos. Ninguno lo había visto, ni en otro horario, ni en la zona. El hombre ya no estaba en el mapa local de nuestras rutinas.
Para el invierno ya prácticamente me había olvidado de él. Los extraños no soportan cambios de estaciones, no por crueldad, sino porque uno ya está viejo y la poca memoria queda en pie solo para cosas triviales o momentos que a nadie le importan.
En septiembre, mientras algunos albergaban la esperanza de la primavera, a nosotros, los errantes solitarios y devenidos en sombras, se nos fue el Evaristo. Una noche se acostó y a la mañana ya no despertó. Supongo que no sufrió. Es difícil precisarlo, porque uno no ha muerto y la experiencia es nula. El bar cerró. Sin muchas vueltas. Su único hijo ni siquiera se molestó en hacer inventario de lo que había en el interior. A los dos días colgaba de la puerta un cartel de “Se vende” y a la semana ya era historia. En breve abrirá una pizzería. No como las de antes, sino las modernas, que solo tienen delivery y ninguna mesa para sentarse.
Algunos rumbearon para otros bares cercanos. Yo me quedé en casa. Suelo comprar una botella cada mañana y la voy apurando con el correr del día, y. cada noche, el último vaso va en nombre de Evaristo.
Y fue esta mañana, después de ir en tren hasta lo de mi hija, detenerme delante de la puerta, tratar de tocar el timbre y no hacerlo, dar media vuelta, tomar el tren y regresar, que a pocos metros del andén me topé con el hombre. El mismo que en otoño había dejado de ver y que en tantos pensamientos sobre su destino me había sumido, en esas largas y placenteras horas sentado a mi mesa, en ese bar que no dejo de extrañar.
Allí estaba, de pie, pantalones de vestir, saco y corbata. Boleto en mano, mirando hacia el este, hacia el sonido de una locomotora reduciendo su marcha.
Me puse delante de su mirada, atiné una sonrisa y le pregunté con timidez si me recordaba. Sus ojos me miraron sorprendidos.
– Claro que sí – me respondió, estrechándome la mano – Pensé que había muerto.
El asombro entonces fue mío. Reí.
– No, si el que dejó de frecuentar el bar fue usted, no yo – dije jocosamente, permitiéndome una confianza y libertad poco frecuentes en mí.
El hombre me miró seriamente y de la misma manera, respondió.
– Por eso mismo. Yo seguí adelante.
Con un chirrido fuerte y poco armonioso, el tren dio a entender que ya estaba en el andén. El hombre estrechó mi mano, apretó con afecto mi hombro derecho y fue en busca de un vagón.
Me quedé allí parado, viendo la marea de gente ir y venir, buscando un lugar en esas cajas de metal repletas de pequeñas ventanas. El tren marchó, perdiéndose al cabo de un instante de mi vista. Fue extraño, pero al irse, no escuché de la formación sonido alguno. Sus pocas palabras aún retumbaban en mi cabeza, impidiendo cualquier otro estímulo externo.
Me sentí estúpido. El hombre me había pagado con lo más valioso, que es la honestidad y no fui capaz siquiera de retribuir con el simple gesto de agradecimiento que él hacía, cuando yo le permitía ser feliz en su antigua mísera vida.

Tiempos mejores

La tarde se marchitaba con el color del fracaso. Solo un cliente había cruzado la puerta de entrada y tras haberse probado cinco pares de zapatos, no compró ninguno, Su esposa a diario le decía que comenzara a vender zapatos para mujeres pero él se negaba. Su abuelo había vendido calzados para hombres, su papá lo había hecho y él continuaría el legado. Como esperaba que lo hiciera su hijo el día de mañana, si es que algún día llegaba el varón, porque por el momento era padre de dos niñas.
Cerraría, caminaría hasta la parada del colectivo. Bajaría a dos cuadras de su casa, pasaría por la pizzería y encargaría una de muzzarella por la que volvería a los veinte minutos, para evitarse el costo del delivery.
Haría todo eso, una vez que bajara las persianas del negocio, ubicado en una de las avenidas principales de la ciudad. A través del ventanal de la vidriera podía apreciar la quietud en la calle. Pocos transeúntes caminando las veredas, muchos menos deteniéndose a observar los escaparates de los comercios. Eran tiempos difíciles. Esas mismas palabras usaba con su esposa: “Ya vendrán mejores” le aseguraba con cierta esperanza.
El sonido de la campanilla de la puerta hizo que levantara la vista. Un cliente de último momento, pensó. Pero entonces su semblante cambió. En la entrada había un hombre tan grande que su cabeza rozaba el marco de la puerta. Sin embargo no fue el tamaño lo que lo asustó, sino el arma que tenía en la mano.
– Deme todo el dinero, por favor – dijo el extraño.
A pesar del miedo, no pudo pasar por alto el vocabulario del asaltante. De todas maneras de movió rápido hasta la caja registradora. Solo cuando la abrió recordó que estaba vacía. Tenía algo de cambio en el bolsillo del pantalón, pero era una suma irrisoria.
Titubeó. El hombre pronto se impacientaría y no tenía nada para darle.
– Mire amigo, ha sido un día difícil – le dijo al asaltante.
– ¿Cuánto tiene?
– Le soy sincero, no recaudé nada. Venga y vea con sus propios ojos si no me cree.
El grandote avanzó torpemente, mirando de reojo hacia los ángulos del techo, temiendo que hubiese una cámara y la idea del comerciante fuese que la misma lo captase. Se acercó sigilosamente hasta el mostrador y observó el interior vacío de la caja registradora.
– Nada – sentenció.
– Ni una moneda – confirmó el vendedor de zapatos.
– ¿Y cómo hace para vivir? Digo… ¿es todos los días así?
– Y… está dura la mano. Menos mal que mi mujer trabaja, porque de lo contrario…
– Si, ni me lo diga. A mi pareja la tuve que poner a laburar también. En una banda que opera en el oeste. Secuestros virtuales. Nada que ver con esto. Lo mío es la calle. No quiero esto para ella. Pero entre los dos, apenas si llegamos a fin de mes.
– Sabe, me apena que no se pueda llevar nada. Tengo algo de cambio en el bolsillo, pero no le voy a mentir. Tenía intención de comprar una pizza camino a casa. Por las nenas más que nada. Con un plato de sopa a mí me alcanza.
– No, por favor. Mire si le voy a quitar la comida a sus hijas. No me va a creer, pero es el segundo comercio al que trato de robar hoy y no consigo nada.
– A que seguro eso antes no pasaba.
– No, para nada – sonrió – Ya vendrán épocas mejores.
– ¡Eso mismo le digo a mi mujer! Me cae bien usted… ¿cuánto calza?
– Cuarenta y cinco.
– No voy a permitir que se vaya con las manos vacías, tengo un par de zapatos para usted.
– Por favor, no se moleste.
– ¡Hombre! Hoy en día nadie que entra armado tiene los modales suyos. Es un caso en extinción. ¿Y su pareja? ¿Ella cuánto calza?
– Ah, me mató, señor. Desconozco. Nunca se lo pregunté.
– Bueno, hoy se lleva los suyos. Vuelva en estos días y vemos que le conseguimos. No aquí, porque solo vendo calzado para hombres.
– Ahí tiene su problema, señor. Seguro si vendiera calzado femenino, tendría algo de dinero al final del día.
– Es lo que me dice mi mujer.
– ¿Y por qué no le hace caso?
– El legado familiar, la tradición…
– Disculpe lo que voy a decir, odio las malas palabras, pero… a la mierda el legado familiar. Mi papá también delinquía y por seguir sus pasos, me gano la vida quitándole a los demás lo que han ganado honestamente. No me siento orgulloso de eso.
– ¿Y por qué no se dedica a otra cosa?
– ¿Y usted por qué no vende zapatos para mujeres?
Ambos rieron al unísono.
– Tiene razón – dijo el vendedor – Uno cree que hace siempre lo correcto, por más que no lo haga. Y si no es así, si existe un atisbo de consciencia, se aferra a una excusa. Cambiar no es fácil.
– Ni que lo diga. Pero cuando me corre la policía, claro que lo pienso.
– En mi caso, cuando cómo hoy, apenas tengo para regresar a casa y llevar un poco de comida.
– En fin. Se hace tarde. Me llevo estos zapatos y vuelvo en un par de días con mi chica.
– Vaya tranquilo y cuídese.
– Usted también, esta zona de noche se pone peligrosa.
El grandote se fue con la caja de zapatos bajo el brazo. Ahora si, era hora de bajar las persianas, apagar las luces e ir en busca del colectivo. Había sido una experiencia extraña. A falta de clientes, hasta un delincuente era bienvenido. Afortunadamente, el que le había tocado en suerte era todo un señor.
¿Calzados para mujeres? Quizá algún día cedería. Cerró la puerta con llave y se ajustó la camisa al cuello. Había comenzado a refrescar. La noche había caído de golpe y algunas farolas del alumbrado público todavía no se habían encendido. El delincuente tenía razón. Aquella zona no era la que había sabido ser. Apuró el paso hasta la parada del colectivo, con las manos en los bolsillos. Tanteaba de paso el poco dinero que llevaba encima. Sonrió. Qué más daba, esa noche pediría una especial con morrón y jamón. Al final de cuentas, la vida es una sola.

Último capítulo

Mi editor me llamó anoche y me preguntó cuál era el problema. Cómo si eso fuese fácil de explicar. Claro que se lo dije, pero me cortó, creyendo que le estaba tomando el pelo. Estoy apremiado por el tiempo, por el contrato que firmé hace dos años, cuando acordé con la editorial una novela cada año. Durante los últimos meses disfruté del éxito de mi anterior publicación, las giras de presentación, las notas en los medios de comunicación, las regalías por las ventas que parecían multiplicarse mes a mes.
Por todo eso, y no tanto por la obligación contractual, la editorial y mi editor especialmente, esperan con ansias esta nueva historia, con el fin de poder mover la maquinaría de hacer dinero a través de mi próximo libro. El problema, según ellos, es que la novela no está terminada. El problema, desde mi realidad, es que no puedo terminarla.
No es por falta de ideas, muy por el contrario. El argumento es sólido, muy elaborado y los personajes están bien definidos, consolidados a través de los primeros capítulos. Podría aventurar que es lo que mejor he escrito en mi vida. Pero algo sucede con ese borrador de más de cuatrocientas páginas. Algo extraño que me carcome los nervios.
He ganado con los años la virtud de la disciplina. Una metódica rutina que me sienta delante de la computadora a primera horas de la mañana y me tiene allí hasta pasado el mediodía. Cada día me enfrento al capítulo final de la novela. Y cada día le doy forma, llevo a los personajes hasta el final que tengo en mente, cerrando la historia, a mi modo de ver, de la mejor manera.
Pero al cabo de un rato, al volver al borrador, el capítulo ya no está.
La primera vez que ocurrió pensé que me daba un infarto. Revisé todo el escrito, creyendo en la posibilidad de haber perdido capítulos anteriores. Aquello no tenía sentido. Tenía mucho cuidado de ir guardando el trabajo cada algunos minutos, una costumbre bien aprendida, para evitar justamente esos dolores de cabeza.
Tuve que dejar de lamentarme y volver a redactar esas páginas. Apelé a mi memoria para darle a la redacción los mismos matices que la primera vez. Es casi imposible escribir el mismo texto dos veces. Juegan muchos factores en la elaboración. Internos y externos. Pero traté de dar lo mejor de mí. El resultado me dejó satisfecho.
Jamás doy aviso a mi editor ni a nadie al llegar al final de una obra. Porque en realidad, llegar al final solo implica una parte del proceso. Luego, tras unos días en los que el texto queda en reposo, vuelvo a él para hacer una primera corrección.
No dudé sobre haber grabado bien el trabajo. Porque incluso, esta vez hice una copia en otra carpeta de la computadora. La novela estaba terminada.
Al cabo de unos días, decidí dejar la obra de teatro en la que estaba trabajando y buscar el archivo con la novela. Abrí primero la versión original, sobre la que había trabajado los cuatro meses anteriores. Mi sorpresa fue mayúscula. El último capítulo no estaba. Me apresuré a buscar la copia que había realizado, para encontrarme – con un gran nudo en el estómago – que tampoco estaba allí.
Con desesperación, volví a redactar el capítulo. El resultado fue el mismo. Mi amargura e incomprensión iban creciendo día a día. Esto se repetía de manera cíclica. La escritura. La desaparición. Alguien raptaba mis palabras. Decidí narrarlo en voz alta en un grabador. Una vez que coloqué el stop y le di play para poder escuchar lo grabado, solo había estática.
Empecé a sentir pánico. Ni siquiera podía escribir otras cosas. Traté con la dramaturgia de la obra de teatro que me habían encargado, pero no pude hilvanar dos diálogos seguidos. Quise concentrarme en un cuento de ciencia ficción, pero las palabras se amontonaban sin sentido, completando oraciones y párrafos que no conducían a nada. Es que ese capítulo estaba enquistado como un puñal en mi cerebro.
Necesitaba solucionar lo que estaba pasando, pero no tenía a quién acudir. Mi editor pensaría que era una excusa, mis colegas más cercanos se mofarían y pocos amigos que quedaban para poder solicitar una opinión. Y los que podía considerar como tales, vivían aún en el pueblo de mi infancia. De repente, comprendí lo solo que estaba en la gran ciudad. Sin amigos, novia, nadie en quién confiar.
Los nervios estaban ganando la batalla. Noches enteras sin dormir, buscando una solución. El editor llamando casi a diario. Mi familia preguntando a la distancia cómo marchaba mi nueva creación. Y cabeza era un hervidero. Nada parecía estar en su lugar. Y entonces, hace un par de días, esa carta debajo de la puerta del departamento.
Estaba fechada en los días que esta locura había comenzado, cuando el capítulo comenzó a borrarse como por arte de magia. En el sobre solo figuraba mi nombre, sin ningún dato del remitente. Era un sobre blanco, común y corriente. La hoja, con renglones, estaba arrancada de un cuaderno de apuntes. La carta estaba redactada a mano. La letra era prolija, con una leve tendencia hacia la derecha. En su único párrafo, decía:
“Estimado, el final del capítulo nos disgusta. No estamos de acuerdo con el destino que nos brinda. Ninguno de nosotros lo comparte y como parte activa del libro, nos vemos obligados a evitarlo de cualquier forma”.
Firmaban “Los personajes”.
¿Qué clase de broma era esa? A nadie le había confiado mi tragedia. Mi capítulo en blanco. Nadie lo sabía. Y de repente, ese sobre, esa carta, sobre esa hoja con renglones… esa hoja. Corrí hasta el cajón del escritorio. Saqué mi cuadernos de apuntes y me estremecí. Una de las hojas sin usar había sido arrancada. Y ahora estaba en mis manos, con un escrito manuscrito hecho por los personajes del libro.
Cuando anoche mi editor me llamó, le conté todo esto. Su primera reacción fue la risa, luego la bronca por considerar importante el tiempo de entrega y finalmente el odio, por el dinero que le estaba haciendo perder. En realidad, se refirió al dinero que todo estábamos perdiendo.
Pero en ningún momento entendió detrás de mis palabras, ignoradas por supuesto, el verdadero problema: ese capítulo jamás podría escribirse. No, al menos, de la manera que lo tenía pensado. Ellos no querían. Ellos, mis personajes.
Siempre creí que las historias, los argumentos, nos llegaban a través de una inspiración, de una musa mágica que nos revolotea arrojándonos ideas a nuestro alrededor. Qué era cuestión de cerrar los ojos y esforzarnos por absorber esa magia. Nada de eso es así, Son los personajes los que nos cuentan las historias.
Aquí estoy, frente a la computadora para terminar esa novela. Pero no como yo quiero, sino cediendo a sus deseos, porque no es mi imaginación al fin y al cabo la que narrará esos párrafos, sino la voluntad de ellos, que tras nacer y desarrollarse, se han adueñado del argumento.

La improbabilidad de un encuentro

Jamás había usado un arma, mucho menos llevar una consigo. Salvo ese día, esa fatídica tarde en la que al bajar del taxi se topó con esa mujer de ojos claros y cabellos castaños.
No fue un encuentro de amor a primera vista ni nada por el estilo, sino un fuerte golpe de frente. Él bajaba, ella quiso subir a toda prisa. Chocaron con torpeza y él, que era más alto, terminó con la nariz partida por culpa de la frente de la joven.
La mujer lo insultó con energía, pero no se detuvo a ver como estaba. Se subió al taxi y a los pocos segundos el coche se alejaba por la calle principal. Apenas si pudo advertir el detalle de los ojos y el cabello a través de la ventanilla baja de la puerta trasera del vehículo.
Se llevó la mano a la zona dolorida de su rostro y palpó la sangre húmeda descendiendo hacia los labios. No pudo menos que maldecir su suerte y tratar de determinar con rapidez, el lugar donde dirigiría sus pasos.
Su destino original, que era la sucursal del banco, quedó atrás mientras sus piernas lo llevaban hasta una farmacia cruzando la calle. Compró unas gasas, agua oxigenada y analgésicos. El farmacéutico lo ayudó con la herida. Al cabo de unos minutos quedó limpia, pero por recomendación iría más tarde a ver un médico. Era probable que tuviese una fractura.. El dolor era un presagio de tal infortunio.
Al salir a la calle se encontró con el revuelo. Patrullas policiales e incluso un utilitario de fuerzas especiales. Al parecer estaban todos pendientes de la sucursal del banco. Cruzó hacia esa dirección para informarse de lo que sucedía.
Uno de los efectivos uniformados lo detuvo y le pidió que retrocediera. Le explicó que debía ir al banco, pero el agente policial volvió a reiterarle la orden. Se alejó solo hasta el cordón de la vereda. Desde allí observó que otro de los policías hablaba con el encargado del puesto de diarios que estaba a pocos metros. El hombre estaba señalando en su dirección. El uniformado se llevó un handy a la boca y a los pocos segundos otros policías lo estaban rodeando a él.
Lo llevaron aparte y le pidieron que se apoyara contra la pared, los brazos y piernas extendidas. Palparon sus bolsillos de los pantalones y también del saco. Solo encontraron su billetera, los analgésicos y una gasa. Entonces le pidieron que se diera vuelta y se desprendiera el saco. Hurgaron en los bolsillos interiores y para su sorpresa, le encontraron un revólver.
Los policías lo empujaron contra la pared, mientras pedían refuerzos. Él estaba atónito. Le había sacado el arma de su bolsillo, de eso no tenía dudas. Pero al mismo tiempo, no podía creerlo. El oficial que lo retenía le estaba haciendo mal la cara, porque la tenía apretada contra la piedra de la pared. Quería quejarse, pero estaba tan apretujado que no podía ni mover la boca.
Se acercó un coche con las sirenas encendidas y en pocos movimientos lo quitaron de la pared, cruzaron la vereda con él y lo arrojaron dentro del vehículo, que aceleró a gran velocidad.
Preguntaba a todos qué era lo que estaba pasando, de dónde había salido ese revólver… pero las únicas respuestas que obtenía eran miradas férreas y de poco amigos.
Lo llevaron a una dependencia policial y lo dejaron solo en una sala de tres por tres, sin ventanas, en cuyo centro había una mesa pequeña y dos sillas, en una de las cuales, él se había sentado. Esperó un buen rato hasta que la puerta se abrió. No sabía si habían pasado minutos u horas. Estaba asustado y la nariz había comenzado a dolerle. Había buscado en vano los analgésicos. Habían desaparecido junto a la billetera.
El hombre que cruzó la puerta, trajo consigo sus tarjetas de crédito y documento de identidad. Arrojó todo sobre la mesa y ocupó la silla vacía.
– ¿Qué necesidad había? – preguntó de mala manera el hombre, que no vestía como policía pero con seguridad lo era.
– No entiendo… – fue su respuesta. A cambio, recibió una fuerte bofetada.
– No vas a jugar conmigo. En las cámaras no aparecés, pero te vieron con ella. ¿Qué ibas a hacer? ¿Esperar que saliera para rematarlo? Quedate tranquilo, ella lo hizo bien, demoró, pero al final murió. Pero vos tenés el arma, así que sos cómplice.
– ¿Cómplice de qué? ¿Quién murió?
El policía que no estaba vestido como tal hizo una mueca de disgusto. Se puso de pie y se dirigió a la puerta. La abrió y entró otro policía.
– Dice que no sabe nada.
– No me extraña – dijo el tercer hombre en la habitación – ¿El arma tiene sus huellas?
– Todavía no sabemos.
– ¿Cómo sabías que no había muerto? – le preguntó el recién llegado.
– No entiendo…
Los dos policías se alejaron un poco. Trataron de bajar el tono de voz, pero pudo escucharlos.
– La mina dispara, sale volando a la calle y le da el arma a este tipo, pero de alguna manera se entera que está vivo y lo espera afuera, para rematarlo cuando lo saquen en ambulancia.
– Disculpen… pero ¿a quién le dispararon?
Volvieron a dejarlo solo. Sus credenciales y tarjetas estaban sobre la mesa. Mecánicamente las guardó en sus bolsillos. Mientras lo hacía, recordó el choque con la mujer al bajar del taxi. Era con seguridad de la mujer que hablaban. Cuando se produjo el golpe de cabezas, ella debió aprovechar para meterle el arma en el bolsillo. Con el dolor no se enteró de nada. Pero si eso era lo que había sucedido, debía explicarlo con urgencia.
Golpeó la puerta hasta que alguien la abrió desde el otro lado. Pensó que lo escucharían, pero entraron violentamente y lo golpearon. Despertó varias horas después, sobre un colchón tan angosto como sucio. El rostro le dolía como si le hubiesen clavado cien cuchillos. Se llevó la mano a la cara y notó que había sangre no solo en la nariz, sino también en las mejillas y en la frente. Lo habían golpeado salvajemente.
Se puso de pie y fue hasta el otro lado de la celda. No había barrotes, sino una puerta de metal, gruesa. Una voz resonó a su espalda.
– Así que vos mataste al Grande.
La voz provenía de otro preso, desde la litera superior de la cama cucheta. Hasta entonces no se había percatado que era una cama de dos pisos como tampoco que estaba acompañado.
– ¿Quién es el Grande?
El otro lanzó una carcajada.
– Pregunto en serio.
– ¿Me estás cargando? ¿Hicieron cagar al Grande y no sabés quién es?
– Puede que la persona que lo mató lo sepa, a mi me pusieron un arma encima y me agarró la policía.
El compañero de celda volvió a reírse.
– Si me lo decís en serio, que mala suerte la tuya. El Grande es el que maneja todo, las cárceles, los policías, a los jueces, a los narcos, a todos. El tipo es el Dios del crimen, por así decirlo. Lo que implica que antes que te des cuenta, te llenan el cuerpo de plomo. No tenés escapatoria. Si no te hace fiambre la poli, te acogota cualquier otro en la cárcel.
– ¿Dónde estoy ahora?
– En la comisaría, estás de tránsito. En cualquier momento vienen a buscarte.
– ¡Pero yo no lo hice! ¿Qué puedo hacer para demostrarlo?
– Me vas a matar de la risa vos. Si no lo hiciste, a estas alturas no le importa a nadie. Con alguien se la tienen que desquitar y si todos andan diciendo que fuiste vos, andá comprando la lápida.
Se recostó en la cama y trató de ordenar las ideas. Pero cada punzada de dolor en el rostro era un presagio de lo que suponía le iba a pasar en manos de los que quisiera cobrarse revancha.
Minutos después fue trasladado a otra sala.
Le dijeron que adentro lo esperaba una abogada. Lo hicieron entrar, le pusieron esposas y lo obligaron a sentarse.
Cuando escuchó la puerta cerrarse, levantó la vista. Delante suyo, ojos claros y cabello castaño lo miraba fijamente. Un breve gesto de ella fue suficiente para evitar cualquier comentario, sonido o gesto innecesario, que revelara quién era realmente.
Se sentía más desconcertado que nunca. Ella era la mujer por que estaba metido en tremendo problema, pero por alguna razón ella estaba allí.
– ¿Qué sucede? – preguntó él.
Ella permaneció en silencio, repasando unos papeles.
– Estamos ante una acusación de cómplice de asesinato. ¿Entiendo lo que eso significa?
Ella se llevó la mano a la boca en un gesto casual, pero aprovechó para colocar el índice sobre los labios, con un claro gesto para que no contestara. Él abrió grande los ojos.
– No, no se lo que significa.
– Bien – dijo ella, aprobando la respuesta. Iban entendiéndose en ese juego de silencios y gestos – Quiero que firme esta declaración.
Le extendió un papel.
– Firme.
– ¿No debo leerlo antes?
– Firme.
Él firmó.
– El Grande no existe – dijo de pronto ella – Y salvo los golpes en su rostro, nada de esto es real.
– No entiendo… es decir, entiendo menos que antes.
– Nadie mató a nadie, yo coloqué el arma en su bolsillo, esto no es una comisaría, los policías no eran policías, el preso no era un preso. Nada de esto es real.
– ¿Están… están jugando conmigo?
– No señor, usted está jugando con nosotros. En su mente, desde hace unas largas horas. Así que es hora que despierte, me escucha, es hora que vaya despertando…

– ¿Señor? ¿Está bien? ¡Llame al médico enfermera, el hombre está despertando!
– ¿Qué…?
– Tranquilo, lo traje al hospital, disculpe, he sido tan bruta. Lo golpeé sin querer al subir al taxi y lo dejé inconsciente.
– Usted tiene los ojos claros y el cabello castaño…
Ella rio.
– Disculpe, no me río de usted, sino que pensé que lo primero que me diría serían varios insultos y con razón.
– Es que… es una larga historia.
Ahora rio también él.
– Tengo una vergüenza, no se imagina. Lo mínimo que podría hacer, es quedarme a escuchar su historia.
Sonrieron.
– ¿Quiere escucharla?
– ¡Claro!
– ¿Alguna vez usó un arma?
Por un segundo se imaginó el rostro de ella transformado, el ingreso por la puerta del hombre policía pero vestido como médico…
– No, jamás – dijo divertida la mujer.
– ¡Pues yo tampoco, hasta esta fatídica tarde, al toparme con usted!

Los invisibles

El invierno fue crudo. Las desiertas calles en plena noche, las persianas bajas con sus enormes grafitis, la ciudad indolente y nosotros, caminando el asfalto. De un lado a otro, buscando refugio, comida, alguien que nos quisiera escuchar.
Pero no había nadie. Eramos los únicos transeúntes del entramado nocturno, confundiéndonos con las sombras, mirándonos en los reflejos distorsionados de las pocas vidrieras que aún se dejaban ver detrás de rejas herrumbradas y frágiles. Andando, cuadra a cuadra, calle a calle, con lluvia, con viento, con todas las inclemencias juntas.
Fueron meses difíciles en los que esperábamos desahuciados el amanecer, el primer rayo de sol, esa partícula de luz que nos permitiera rendirnos ante el cansancio y el hambre. Desaparecer por unas horas, en la quietud, en la nada misma. Dejar de ser para no pensar. Rendidos, así, sin más.
Y luego, despertar en la misma pesadilla. Otra vez la noche, la solitaria noche, en la que éramos solo nosotros deambulando, sin atisbo de fin. Cíclico, infernal. Errantes en vida, en un mundo que nos volteaba la cara.
Nosotros, los olvidados, pisando nuestras propias penas y también las ajenas, por calles cuyos nombres no nos dicen nada, prisioneros en libertad, rehenes de la miseria, fantasmas de la civilización que reitera sus pecados casi por diversión.
El invierno se marcha. Pronto será primavera. Y de alguna manera, la haremos sentir culpable. Nosotros, los invisibles de este mundo.

Derecho de admisión

Se acodó sobre el escritorio, aclaró la garganta y a pesar de estar visiblemente nervioso, se mostró convincente en sus palabras:
– No soy un improvisado, verá. Desde muy chico que robo, no le miento. No es que comencé ayer. Claro, eran minucias si uno lo piensa ahora: caramelos masticables, figuritas, lápices de colores, alguna que otra moneda. En una escuela no hay mucho para elegir. Ya de más pibe empecé a caminar la calle. Era otra cosa. Billeteras, bolsos, bicicletas. Fui aprendiendo, haciéndome una reputación. No es fácil, no se crea. Hay mucha competencia, más cuando uno no va calzado. Porque armado, jamás. Y mire que me insistían. No era mi modo. Lo mío era el robo, no la violencia. Y no creo que por ese detalle, reste puntos. Ladrón fui siempre, eso se lo puedo asegurar
Sentado del otro lado del escritorio, enfundado en un traje caro y corbata haciendo juego, el Diablo se llevó la mano a la boca para disimular un bostezo.
– Mire… – dijo el Diablo, buscando en el papel el dato que se le escapaba – Lorenzo, el tema es así. El averno está hasta la manija. Por eso mismo nos estamos reservando el derecho de admisión.
– ¡Pero vea mi legajo! ¡Me he portado mal toda la vida!
– En estos tiempos, eso no cuenta. Es usted un ladrón de poca monta. ¿Sabe todos los que ya tenemos acá dentro? No, para ganarse un lugar, el hurto no sirve. Si piensa volver en alguna reencarnación, anote: funcionario público, político, juez, agente de tránsito, abogado, representante de futbolistas… le tiro algunas profesiones para que no pierda el tiempo. Y en todo caso, hágase de un chumbo. Salga, dispare, baje unos cuantos. En la Tierra va a estar libre y aquí se asegura un lugar.
– No creía que fuera así… me deja sin palabras. ¿Y tengo que ir al Cielo entonces?
– Vaya tranquilo, que están ofreciendo promociones de todo tipo, incluso pusieron áreas para pecadores. No saben que hacer para atraer gente.
– ¿Y si delinco en el cielo, hay alguna posibilidad que me transfieran?
– Olvídese, si quiere entrar, vuelva a la Tierra y haga lo que le dije.
– Es que volver… me da miedo. Allá es un infierno.
– Y si, es la mejor escuela.

El diamante

Un día mi padre, cuando yo era pequeño, llegó exultante a casa luego de una larga jornada de trabajo. No le habían aumentado el sueldo ni le habían otorgado días extras de vacaciones. Nada de eso. Mi padre había encontrado un diamante.
A mí corta edad sabía que un diamante era algo poco común para mortales como nosotros, que vivíamos con lo justo y necesario. Veía que era motivo de luchas y robos en películas que pasaban en la tele, pero desconocía el verdadero significado de tener uno propio. Me divertía ver como la policía perseguía a los ladrones de la joyería, pero jamás me puse a pensar que tan valioso podían ser.
En ese momento lo único que quería, era poder verlo. No me importaba otra cosa. Estaba hecho un loro, repitiendo siempre las mismas palabras: ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo!
Papá hizo gala de su afecto al suspenso. Extrajo de su bolsillo un pañuelo blanco atravesado por franjas marrones y celestes, que estaba doblado varias veces, escondiendo el diamante en su interior.
El pañuelo estaba bastante roto, era probablemente el único que él tenía, y por un momento temí que por uno de los agujeros de la tela lo hubiese perdido. Pero tras ese lapso infinito – al menos para mi corta edad, que tampoco entendía de paradojas – en el que fue desplegando los dobleces de la tela con sus dedos grandes y algo sucios debajo de las uñas, quedó a la vista el impoluto y brillante diamante.
Quisimos agarrarlo, tanto yo como mi hermano menor, pero papá, rápido de reflejos, lo hizo desaparecer nuevamente dentro del pañuelo, alejándolo de nuestro alcance.
– No es para jugar, esto vale mucho dinero – dijo, llevándolo hasta su dormitorio, terreno inexpugnable para nosotros.
Mucho dinero. Esas dos palabras transformaron nuestros rostros. No porque fuéramos avaros, muy por el contrario. Porque justamente, dinero era lo que nunca había en casa. ¿Y qué significaba entonces ese diamante? Para nuestras cabezas con poco conocimiento, era la puerta a la abundancia y a las cosas prohibidas: las golosinas, los juguetes, pistas de carreras y quizá, con suerte, hasta una bicicleta.
Sospecho que el mismo pensamiento deslumbraba la mente de papá desde el mismo momento que recogió ese diamante del suelo. Y era probable, que entre todo lo que proyectaba en su cabeza, algo de lo que nosotros queríamos formara parte de la lista. El solo hecho de pensar en el nuevo abanico de posibilidades que se nos abría ante nuestros ojos, nos hacía saltar de alegría. Con mi hermano corrimos a la cama para enumerar todo lo que nos gustaría tener.
Mi padre esgrimía una sonrisa radiante durante la cena. Mamá le decía una y otra vez que lo mejor era poner un aviso en el diario para informar que habíamos encontrado un diamante, asegurando que el dueño debía estar lamentándose. Ni papá ni nosotros estábamos de acuerdo. El que lo encuentra es para él, eso lo sabíamos todos, incluso en la escuela. Era igual al otro dicho: rompe paga. Son leyes universales, tácitas. Están impuestas desde el vamos. El diamante estaba allí y papá lo encontró. Punto.
Tomamos la sopa con entusiasmo. Mi padre dijo que quizá fuera el último plato de sopa aguado de nuestras vidas.
– Mañana a esta hora vamos a estar comiendo pizza… ¡pero de la pizzería!
Cuánta felicidad con mi hermano. Parece que fue ayer. Creo que hasta nos abrazamos. Pedir pizza era todo un lujo.
Esa noche nadie durmió. Con mi hermano estuvimos hasta altas horas debatiendo que juguetes debíamos pedir primero. Por supuesto, descartando la pelota número cinco, en la que coincidíamos los dos. Mamá, preocupada, con temor a que en cualquier momento el dueño del diamante apareciera y quisiera llevárselo a la fuerza. Y papá, sintiéndose el hombre más rico del barrio, proyectando mil cosas con el dinero que le darían en la joyería a cambio de esa pequeña y maravillosa piedra.
Por la mañana, tras el desayuno, anunció que luego del trabajo iría a vender la piedra. Tiramos las mochilas al suelo del salto que dimos. Mamá se enojó porque acababa de colocarnos los guardapolvos para que fuéramos al colegio. Papá se fue riendo. Recuerdo el gesto serio que nos hizo, haciendo como que tuviera un cierre en la boca.
– De esto, ni mu en la escuela. ¿Entendido?
Con mi hermano cumplimos la promesa, aunque ese debe haber sido el único día en nuestras vidas que estuvimos en la escuela con una sonrisa en el rostro. Cuando la campana de salida repicó en los salones, fuimos los primeros en salir corriendo. Ninguno de los dos escuchó que fue lo que nos gritó la maestra.
Volvimos tan rápido como nos dieron las piernas. Sabíamos que aún tendríamos que esperar un buen rato para la llegada de papá, pero solo queríamos estar en casa. Prepararnos para el gran momento de nuestras vidas. ¿En qué traería papá tanto dinero? ¿En carretilla? ¿En una gran valija? ¿O se compraría un auto para traerla dentro del maletero?
¡Qué expectativa! Mamá, en cambio, tenía rostro de preocupación. Pero no nos importaba. Allá ella si no quería tener dinero, regalos, ropa nueva. Solo pensábamos en los juguetes, la pelota, la bicicleta… todo lo que el diamante nos daría.
Pero las cosas no funcionan así. Al menos, no para nosotros, en aquel pobre barrio, con nuestras prendas remendadas. Papá abrió la puerta lentamente, sin nada de ímpetu. Hasta parecía que le costaba caminar. El semblante triste, los ojos rojos, un funeral en sí mismo, el ocaso mismo de la esperanza.
Mamá corrió hacia él. Le preguntaba si lo habían asaltado, si había perdido el diamante… lo acompañó hasta una silla y dejó que cayera sentado. Cuando no soportó más su sepulcral silencio, le pidió a gritos que hablara de una buena vez,
Mi padre metió la mano en el bolsillo, extrajo el pañuelo y lo dejó sobre la mesa. La tela se desplegó, dejando a la vista el diamante, que a pesar de mantener su brillo y encanta, ya no encandilaba a papá.
– ¿Qué pasó, cariño? – preguntó mamá, reticente a soportar ese voto de silencio caprichoso – ¿No quisieron comprarlo?
– No vale nada – contestó casi en un suspiro, desinflándose – Es un diamante industrial.
No entendí nada. Ni yo, ni mi hermano. Mamá lo abrazo y hasta lo acompañó en el llanto. No por todo lo que no tendría, porque ella no había soñado nada. Sino porque vio en las lágrimas de su esposo, la muerte de la esperanza.
¿Qué era un diamante industrial? ¿No era acaso, de todos modos, un diamante? Solo a los días, cuando recuperó parte de su compostura (aunque nunca volvería a ser el de antes) papá nos explicó que solo son valiosos los diamantes naturales y que los industriales se usan para otros fines, pero el valor es irrisorio.
Aprendí muchas cosas en aquel suceso de mi niñez. La más importante, que el dinero no cae del cielo y que las buenas noticias llegan tan rápido como se marchan. Por alguna razón, papá guardó el diamante dentro de una copa de vidrio, arriba de un armario. Creo que lo hizo para que, al pasar por delante, recordara siempre que no podía esperar milagros.
Uno no recuerda cómo y cuánto, pero al poco tiempo, era un viejo. Y con los años, los achaques. Y con los achaques, la muerte. Lo despedimos con tristeza, añorando los tiempos buenos, lejos y a la distancia.
Cuando abandonamos aquella casa, nos llevamos la copa y el diamante. Durante décadas estuvo en la alacena de la nueva casa. Hasta hace un par de semanas que volví a encontrarlo. Uno tiene tiempo libre cuando se queda sin trabajo. Entonces se dedica a perder el tiempo de la manera más útil posible. Y en casa, siempre hay cosas por remendar. La misma casa donde nos mudamos con mamá y mi hermano. Donde incluso ella murió, ya hace bastante. La que hoy ocupo con mi esposa y mis dos nenas. Las que, hasta hace dos semanas, no sabía cómo carajo iba a mantener.
Hasta que di con ese bendito diamante. Es industrial, había dicho papá, sirve para otros fines.
Recién entonces me pregunté cuáles. Me informé, leí lo suficiente. Y allí estaba, esa insignificante piedra, que le había robado la ilusión a mi padre, conjugándose con mi realidad, el desempleo, la desesperación, una familia.
El diamante es el mineral más duro. El diamante se usa para, entre tantas cosas, cortar vidrio.
La noche estaba helada, por la calle no volaba ni una mosca. Pude comprobar que esa propiedad del diamante era verdad. Corté el vidrio de la joyería con total facilidad. Pude entrar sin hacer sonar ninguna alarma. Cargué todo lo que pude dentro de la mochila: alianzas de oro, de plata, relojes, incluso algunos diamantes naturales.
Vendí todo esa misma noche, en el mundillo negro de la compra venta. Volví a casa con la mochila repleta de dinero. De a poco estoy comprando todo lo que siempre nos hizo falta. Ver a las nenas felices con las muñecas nuevas, me hace llorar de la emoción. Cuánto entiendo ahora a papá, destrozado por no poder darnos una mejor vida. Veo a mi familia hoy, que desconoce mi secreto, pero que cree en la indemnización milagrosa de mi antiguo empleo. No me siento feliz por lo hecho, sino por la felicidad de quiénes me rodean. Me angustia mi secreto, pero tampoco me arrepiento.
Cada vez que, al pasar delante de la copa con el diamante en su interior, que he vuelto a colocar encima de un armario, me acuerdo de aquel día papá llegó exultante a casa con miles de sueños en su cabeza. Creo que de alguna manera, he podido al menos, darle utilidad a su diamante. No puedo esperar que esté orgulloso de su hijo, pero al menos, qué las lágrimas que derramo en la oscuridad de mi habitación, no terminen siendo en vano.

Tres amigos y un vampiro (cuento infantil)

Cada tarde, Agustín, Germán y Axel se juntaban a jugar en la plaza del barrio, que a esa hora estaba lleno de niños y niñas usando las hamacas, el tobogán, el sube y baja y el pasamanos.
Trataban de llegar temprano, para poder conseguir lugar donde tirar unos penales. Pero ese día, al pisar la plaza, escucharon el sonido de un silbato.
¡Otros chicos estaban jugando al fútbol e incluso uno hacía de árbitro!
Con algo de bronca, decidieron ir a jugar a casa de Germán, que vivía cerca, atravesando la plaza. Al llegar a la esquina, mientras esperaban que pasaran los autos para cruzar la calle, observaron que la vieja casa abandonada de tejas rojas y telarañas en las ventanas estaba iluminada.
Todos sabían que nadie vivía allí. Los amigos se miraron entre sí. Aquello era muy extraño. ¡Pero no era solo luz que se veía a través de las cortinas blancas y desgastadas que cubrían las ventanas! ¡Se escuchaban ruidos provenientes del interior!
– Vamos, acerquémonos para averiguar que pasa – sugirió Agustín, aunque sus amigos no estaban muy convencidos.
Temerosos, los tres abrieron la vieja y oxidada reja del frente. Una escalera descolorida conducía hasta la enorme puerta de madera. Desde el interior no provenía ningún sonido nuevo. Solo se escuchaban sus pasos sobre los escalones.
– ¿Nos imaginamos esos ruidos? Porque ahora no se escucha nada – dijo Axel, arrojando una piedra pequeña contra una de las ventanas.
Pero entonces, claro y fuerte, se escuchó una voz desde el otro lado de la puerta.
̶-¡Vampiro, te atraparé dónde sea que te hayas escondido!
Los chicos pegaron un grito del susto y del salto que dieron, se golpearon con la puerta. Como si eso fuera poco, la gran puerta de madera comenzó a abrirse lentamente.
̶-¡El vampiro! ¡El vampiro! – chilló Agustín, tapándose los ojos.
Pero el que apareció, sosteniendo unos papeles, no fue un vampiro, sino un hombre con unos auriculares en la cabeza.
̶- Chicos, estamos filmando una película acá dentro. ¿Ustedes tiraron la piedra?
Más avergonzados que asustados, los tres amigos admitieron lo hecho.
– Bueno, si prometen hacer silencio y no romper nada, pueden ver el resto de la filmación. ¿Están de acuerdo?
De la emoción Agustín, hizo picar la pelota tres veces en el suelo, Germán silbó con alegría y Axel arrojó otra piedra a la ventana.

(cuento escrito para mi esposa Mariana, con el fin de realizar un juego en una clase de teatro para alumnos de 7mo grado)

El reencuentro

Había estado nervioso todo el último mes. Más precisamente desde que había confirmado que iba a la cena del reencuentro con sus compañeros del colegio secundario. Lo habían invitado a principio de año, cuando algunos de sus viejos amigos comenzaron a organizarlo. Pero dudó hasta último momento. Hasta que llegó el ultimátum en su teléfono celular: ¿”Te anoto? Cerramos hoy las reservas”.
En ese momento dijo que sí y de inmediato se arrepintió. Pero no era posible retractarse. No se trataba de una comida en el trabajo o en el club, era nada menos que con los ex compañeros de colegio. Ya había confirmado. No había vuelta atrás. Se imaginaba lo que dirían: “Siempre igual vos, amargado”. O peor aún “No cambiás más, que pelotudo sos”.
En su defensa podía alegar que no fue una época fácil. Sufrió mucho la adolescencia. En aquel entonces era muy tímido. En realidad, lo seguía siendo, pero al menos podía pronunciar dos palabras seguidas sin trabarse. Trataba de pasar desapercibido, pero sus esfuerzo fueron siempre en vano. Ese afán por convertirse en un fantasma, parecían irónicamente dejarlo más expuesto.
Cómo aquel episodio en la fiesta de graduación, que por apartarse del grupo para no salir con su ridícula cara en la foto grupal y arruinar ese recuerdo a los demás, tropezó con la mesa donde estaban los vasos servidos que luego los mozos repartían entre los presentes. Tambalearon todos y más de la mitad derramó el líquido que contenía. Una verdadera catástrofe.
O la vez que por no animarse a dar aviso que lo habían encerrado en uno de los armarios cuando la profesora preguntaba a viva voz dentro del aula dónde estaba Aroldi – tal era su apellido- permaneció en silencio con el fin que no castigaran a sus compañeros y se quedó hasta la noche en la oscuridad, cuando sus padres fueron a buscarlo al colegio asustados que no había retornado y lo encontraron allí, orinado y temblando del miedo.
El día del acto de fin de curso, que debía desfilar con una compañera hasta el escenario central, no concurrió, por miedo a que le jugaran una broma. El pobre Aroldi logró atravesar esa etapa, pero aún los recuerdos pesaban en su mente. A veces, incluso, volvían en forma de pesadillas.
Las últimas cuatro semana habían sido traumáticas. Su cabeza iba y volvía en el tiempo, entre su ser adolescente y éste de ahora, casado y con dos hijos, empleado en una farmacéutica de renombre. Su mujer le había preguntado varias veces si le pasaba algo, a lo que él respondía siempre con la verdad: lo tenía a maltraer esa bendita cena del reencuentro.
Una noche ella le dijo: “¿Y entonces para que vas, si te pone así?
¡Vaya pregunta! De la misma manera que había dicho que iba y luego se había arrepentido, no tenía manera de explicarle a su mujer las razones. Porque era algo que estaba muy adentro suyo. Después de veinticinco años podía demostrarle a todos que había cambiado, que era otra persona, que al fin había dejado de existir el paliducho tímido y tartamudo de la adolescencia.
Ojalá fueran todos, incluso alguno de los profesores, si es que eran que vivían. Porque incluso mucho de ellos se habían mofado de él en aquella etapa tan brava de su vida. No quería pensar en todo ello. Porque el objetivo era demostrar que Aurelio Aroldi era otra persona. Y el nuevo Aurelio Aroldi no solo hablaba bien, tampoco se dejaba pasar encima como antes. Y a diferencia de aquel enclenque de dieciséis años, era capaz de muchas cosas. Entre ellas, cobrarse revancha.
Su mujer lo despidió con un beso en la mejilla. Hacía rato que no lo veía tan exultante. Aurelio subió a su coche cargando el maletín de su trabajo: “Les llevo presentes querida” le dijo antes de arrancar. Y así era: lindas botellitas de vidrio con picosulfato de sodio líquido que vertería en el ponche de bienvenida. No había vuelta atrás.Se lo había jurado en aquellos tiempos: algún día los iba a hacer cagar a todos juntos.

La cima

Era él y la cima, nada ni nadie más. Allá, en lo alto, la inalcanzable meta. Allí, donde él estaba, el punto de partida. Elevó el rostro para observar su destino y dejó que la brisa fresca lo golpeara. Cerró los ojos y respiró hondo. Los pulmones se llenaron de aire. Exhaló. Volvió a abrirlos.
Exhibía una sonrisa contagiosa, sincera. De quién comprende el significado de estar vivo. Emprender su camino entre rocas y salientes era el siguiente paso. Ascender, con la sola ayuda de su cuerpo. Aferrarse a la naturaleza, a sus años en forma de minerales sólidos. Llegar hasta tan lejos, a un sitio que no había soñado de niño. Quería abrazar ese paisaje ríspido que se rendía a sus pies, ese lugar que para otros era quizá tan peligroso como desolador. Y luego, alzarse como una bandera hacia arriba, hasta donde pocos habían llegado.
¿Y para qué? ¿Para qué ese riesgo? ¿Por qué desafiar a la muerte? Su novia lo había perseguido a sol y sombra con esas preguntas. Le había mostrado filmaciones de accidentes en escaladas, imágenes terribles, sucesos desgraciados, uno tras otro, día a día, durante todo el último mes. Y al no poderlo hacer cambiar de idea, se había negado a acompañarlo.
Por eso estaba solo, ante imponente lugar. De nada serviría tratar de llamarla para escuchar su voz y aguardar esperanzado sus buenos deseos, porque no atendería y si lo hiciera, solo habría reproches. Y en aquel instante, envuelto en un aire tan puro, solo pensaba en la cima.
Apoyó el pie derecho sobre una roca y con las manos, buscó una saliente para sujetarse. ¿Para qué? La voz de ella surgió de la nada, apenas audible. Sonrió. La respuesta estaba a su alrededor. Para fundirse en la naturaleza, para atrapar sus formas, para mimetizarse con aquel paisaje al punto de confundirse y la montaña sea hombre y el hombre montaña, que en un momento no se sepa quién sujeta a quién, que ya no sea que escala, sino que la montaña lo sube, agradecida por su abrazo.
La sonrisa de quién está vivo y comprende la vida, cuyo significado está distante de lo material y más cercano a lo simbólico, como aquella cima en lo alto. Vivir es un riesgo a largo plazo porque implica, en un punto imposible de predecir, la muerte. Y feliz es aquel que la enfrenta, buscando no la muerte, sino sus propios límites. Porque son esos límites los que nos recuerdan lo hermoso de lo que nos rodea.
Un pie, luego el otro. Las manos firmes. Un metro, dos. De a poco, disfrutando, el objetivo es más nítido. A veces distante, pero nunca imposible.

Afiches negros

La sala estaba a oscuras. Un acomodador acompañaba a los espectadores hasta sus asientos. Algunos, con generosidad, le daban algún billete a cambio. La ausencia de luz le confería un aire íntimo, de sepulcral silencio. Se escuchaban, sin embargo, suaves cuchicheos, parlamentos en voz baja, el crujir de los asientos, alguna que otra tos que trataba de ser disimulada. Se intuía, el lugar se estaba colmando.
Durante la semana intrigantes afiches habían decorado el frente del modesto teatro. Sugestivos carteles negros sin imágenes ni textos. En la parte inferior, un papel de reducidas dimensiones, pegado por encima del mayor, rezaba: “Jueves imperdible estreno”.
¡Una obra cuya publicidad no hacían mención al título, ni a los actores, director y autor, que carecía de respaldo de una gráfica impactante! Tan solo, afiches negros. Nada más.
Pero esa simpleza fue suficiente para acaparar la atención. Ni siquiera en la boletería del teatro daban mayores precisiones. Hasta parecía que ni los responsables del espacio sabían de qué iba la obra. ¿Cómo no ir?
Pasaban los minutos y el haz de la linterna del acomodador hacía rato no se veía enfocar de manera temblorosa las filas de asientos, tratando de encontrar un sitio disponible. Nos decíamos que tarde o temprano debía comenzar. Pero la espera se hacía larga, casi burocrática, como si hubiese un horario estipulado que cumplir no informado en ninguna parte. Se escuchaban entonces algunos comentarios con el tono más elevado que antes.
De repente escuchamos un sonido sobre el escenario. El de una silla que era arrastrada. Está por comenzar, arriesgamos todos interiormente. Y así fue, porque una tenue luz iluminó el escenario, sacándolo de la penumbra. En el centro del mismo, una silla. Y sentada a la silla, una mujer.
Estaba arropada con un gran vestido blanco. Lo que parecía ser una vincha o venda de tela, del mismo color, pendía de su cuello como un collar de mal gusto. Miraba hacia delante, hacia nosotros. Pétrea en su postura, pero el semblante indiferente, los ojos extraviados en ninguna parte en particular. Estaba descalza, pero a pocos metros podían apreciarse desparramados unos zapatos de tacón. Cerca de estos, lo que parecía ser una espada. No alcanzaba a distinguirse bien, uno estaba sentado y el escenario estaba un tanto más alto, apenas si podíamos ver la silueta del objeto. Pero más atrás, fácil de reconocer, una oxidada balanza griega de dos platillos.
La mujer observaba, parpadeaba, pero no se movía de su lugar. Los labios permanecían impávidos, rigurosamente en silencio. Parecía mirarnos y nosotros a ellas. Pero no había conexión. Era como si su mirada nos traspasara y la nuestra, un inútil intento de alcanzarla.
Seguía sentada sin hacer nada. En cambio, uno se ponía nervioso. Podía percibir la tensión en cada uno, el deseo de preguntarle al otro qué es lo que estaba sucediendo allí arriba del escenario, si acaso la obra estaba por empezar o era parte de la puesta en escena. Aparecieron algunas toses, carraspeos, síntomas de impaciencia. ¿Nos estaban poniendo a prueba? ¿Era parte de un experimento artístico? ¿Era acaso arte lo que estábamos presenciando? Si el arte debe movilizar, vaya si lo estaba haciendo. Se escuchó el sonido de una butaca, un insulto débil pero insulto al fin lanzado al aire y los pasos audibles por el pasillo de un par de piernas retirándose del recinto.
La mujer sobre el escenario, miró hacia otro lado. Como si no quisiera ser cómplice de ese desplante. ¿Era parte de la obra? ¿Ese sujeto en la oscuridad era un integrante del elenco y su partida marcaba el comienzo de un segundo acto? La mujer continuó mirando hacia atrás, en parte dándonos la espalda. A pesar de estar a oscuras, tratábamos de mirar hacia otros asientos, cruzar miradas, encontrar respuestas que no teníamos. La ignorancia es la peor de las mochilas que uno puede cargar.
Otras personas se levantaron de sus asientos y emprendieron el camino central hacia la salida. Los que aún dudábamos sobre lo que estaba sucediendo comenzamos a sospechar algo: esa gente se iba por voluntad propia. Voluntad que otros no teníamos, porque guardábamos celosamente la esperanza de un giro en los acontecimientos.
La mujer de blanco, seguía observando para otro lado, cómo si lo que ocurría en la sala no fuera de su incumbencia. Una señora de la primera fila de quizá unos setenta años de edad, que seguramente ha visto infinidad de escenarios a lo largo de su vida, se puso de pie y con voz trémula exigió que comenzara la función. Otras personas se sumaron al pedido.
La mujer, estoicamente, siguió mirando para otro lado. La señora levantó los brazos y los bajó de golpe. Su paciencia se había acabado. Refunfuñando tomó la ruta del pasillo y fue dejando atrás fila por fila, con personas que trataban de asimilar lo que sucedía y tomar una decisión pronto. ¿Irse o quedarse? ¿Aguardar a la mujer sobre el escenario o resignarse a la pasividad casi criminal de la que incluso parecía jactarse con su indiferencia?
Los que comenzaban a irse mencionaban términos como estafa, fraude, vergüenza… ¡todo parecía irreal! ¿Qué estábamos viendo? Entonces, entre tantas personas que marchaban en dirección a la salida, apareció un joven yendo hacia el escenario. Caminaba con la cabeza gacha, casi eludiendo las miradas. Se acercó hasta el escenario y desde el borde mismo, le hizo seña a la mujer para que se acercara.
Quiénes quedábamos en las butacas, algunos ya de pie esperando su turno para salir al pasillo y de allí a la calle, tratamos de prestar atención a la escena. ¿Ahora si? ¿Comenzaba el espectáculo?
La mujer se volteó hacia el joven y se puso de pie. Nosotros, yo, los que aún permanecíamos, sentimos una extraña sensación de alivio. La mujer ataviada de blanco fue hasta la balanza, la tomó y se acercó al borde del escenario, donde se agachó para agarrar algo que el sujeto le alcanzaba. Era algo chico. La frágil iluminación no permitía una visión clara, pero era una bolsa de plástico. Parecía un sobre al principio porque dentro de la bolsa había algo blanco y el color había brindado la falsa familiaridad del papel.
Con la balanza a sus pies, la mujer depositó sobre uno de los platillos la bolsa con el contenido blanco. La estaba pesando. Pareció asentir con la cabeza, conforme. Se irguió y retrocedió hasta el otro objeto que estaba en el suelo. Las sospechas se disiparon. Era una espada. Y tenía filo. Tal, que la utilizó para rasgar apenas la bolsa plástica. Introdujo un dedo en la misma y lo sacó con un poco del contenido. Acercó su mano al rostro y con la nariz absorbió la sustancia que se ofrecía con el dedo. Arrojó la cabeza hacia atrás y permaneció así medio minuto. Luego se enderezo, buscó algo en su vestido, a la altura de los pechos y extrajo una billetera. La abrió, tomó unos billetes y se las entregó, tras volverse a agachar, al sujeto que le había dado la bolsa de plástico.
El intrigante personaje se marchó por el pasillo, esquivando a los espectadores que en medio de la huida se habían detenido a contemplar lo que sucedía al fin sobre el escenario. En realidad, en el borde mismo, ese que habitualmente delimita la ficción de la realidad.
Miramos de inmediato hacia el escenario. La mujer nos estaba dando de nuevo la espalda, pero porque se estaba marchando. Se llevaba consigo la espada y la balanza. Segundos después había desaparecido detrás de un telón. La silla quedó olvidada, en el centro de la escena, con la pálida luz del único reflector activo.
Quedamos una vez más en silencio, sintiéndonos abandonados, en el desamparo mismo. Cruzamos semblantes perturbados. ¿Qué palabras utilizar para describir las sensaciones? De repente la poca iluminación dejó de ser y como al principio, todo quedó en penumbras.
Tanteando, fuimos buscando la salida, no sin chocarnos unos con otros en varias oportunidades. Era tal la desazón, que ni disculpas nos pedíamos. Solo queríamos estar afuera, lejos de las fauces de aquella sala, lejos de esa mujer, a años luz de su indiferencia.
Marché, marchamos, con la cabeza cabizbaja, con la derrota en la boca y tristeza en el corazón. Son los tiempos que corren, pensé, quizá engañándome. Fuimos dejando a nuestras espaldas los afiches negros, sobre los cuales no pudimos trazar ninguna imagen, ni – imagino – podremos en días posteriores.
Aquella mujer de blanco parecía disfrutar nuestro desconcierto. Sensación amarga y de vulgar familiaridad, como si esa mujer fuera el presente y nosotros, simples espectadores de su decadencia.

Barranca abajo

Hay un río barranca abajo. Es bello y desde lejos parece sereno. Sin embargo, es traicionero.
Lo conozco bien de pequeño. De cuando íbamos con mi padre a pescar antes del amanecer para poder vender luego lo obtenido a la veda de la ruta.
Eran otros tiempos. El río me pertenecía, era parte de mis días. Hoy en día no suelo venir muy seguido hasta aquí, hasta la barranca. Solo en los días en los que pretendo buscar respuestas.
Me gusta dibujar en el horizontes los trazos del pasado, los que se han perdido. Es casi un capricho, un inútil intento de aferrarme a algo que ya no existe.
Por la barranca no solo se ve el río, sino toda la zona baja, esa donde alguna vez había casas una al lado de la otra.
El paisaje es desolador. Pero también lo es a mis espaldas. La ciudad dormida, la ciudad fantasma. Las calles desiertas, las pocas viviendas en pie venidas abajo: puertas que chirrían con el viento, viejas ventanas golpeándose sobre sus marcos y las paredes llorando su pintura seca y descolorida.
No ha quedado nada. Tan solo mi solitaria presencia que no se ha marchado, no por nostalgia, no se confunda. Mis piernas no me lo permiten. No están desde las revueltas, desde el ocaso de la ciudad.
Me las quitó un camión hidrante, en plena contienda. Creo que mis hermanos huyeron creyéndome muerto. Mis padres… de ellos ya no sabía desde mucho antes.
Ya casi ni recuerdo cómo empezó. El hambre y la falta de trabajo me imagino. Años difíciles. Nos decían que había que esperar, que pronto todo mejoraría. Y nosotros, esperábamos.
Cerraron las fábricas, luego los comercios, poco después todos estábamos en las calles. La gente se peleaba hasta para un lugar para pescar a la orilla del río. Nos robábamos la comida entre vecinos. La lucha fue descarnada. ¿Por qué no nos íbamos? Porque cerraron las salidas, la ciudad quedó sitiada. Solo cuando el lugar se convirtió en un cementerio, dejaron que los sobrevivientes se fueran.
Por eso vuelvo a esta barranca. ya sin posibilidad de poder bajar hasta el río y sentir de cerca su olor repugnante, que sabe a dolor. En sus aguas se dejaron caer los cuerpos desde lo alto de las palas mecánicas. Durante días se limpió la ciudad de esa manera. Pero ya nadie nunca volvió. Observé el último suspiro de existencia retorciéndome del dolor, entre arbustos y hojas secas. Me alimenté de alimañas aguardando la muerte. Pero incluso la muerte me abandonó.
Ya pasan vehículos por las rutas, no hay electricidad, no hay servicio de agua ni de gas. Sospecho que hasta el río ha sido desviado más al norte para evitar este paso. Ni siquiera un avión cruza el cielo.
La ciudad fue borrada del mapa. Eso, o cada lugar del mundo luchó por sobrevivir y murió en el intento.
No lo sé. No lo sabré. Permanezco aquí, arrastrándome por las calles, luchando con los animales por la poca comida, viviendo como uno de ellos.
Éramos animales en la barbarie, pero incluso también antes, lamiendo las botas de nuestros dueños por las migajas para comer. El destino estaba escrito desde mucho antes. El final era inevitable. Lo sigue siendo.
El atardecer comienza a pintar los cielos y la temperatura a enfriar la piel. Es hora de volver para buscar un refugio. Es invierno. Lo es todo el año. Porque ni siquiera el sol quita el hielo en mi sangre. No creo que vuelva hasta la barranca por un tiempo.
En un tiempo, el río me pertenecía, porque era mi vida. Hoy es un trazo oscuro a la distancia. Pero algún día, en uno de estos viajes, lo haré. Volveré a conquistarlo. Es tan solo caer barranca abajo y sobrevivir. Luego, arrastrarme con todas las fuerzas, llegar al agua, beber de su cauce y dejarme caer. Hundirme, sentir cómo la corriente me lleva, cómo también mi cuerpo, lo que queda de él, le dice por fin adiós a esta ciudad de nadie.

Conservar la calma

No podía llamar a su hermano, porque él lo primero que haría sería echarle en cara las veces que se lo había advertido. Y era cierto, no una, dos o tres veces… ¡al menos cien!: Marisa, poné alarma. Marisa, tenés que poner rejas. Marisa, vienen unos rollos de alambre para poner encima del tapial. Marisa, tené cuidado, dejá las luces prendidas.
Y lo peor es que ella había considerado cada uno de los consejos, pero jamás materializó alguno. Porque costaba dinero, porque había otras prioridades pero principalmente, porque a ella no le iba a pasar. Entonces, por todo eso, no podía sencillamente marcar en el celular el número de su hermano. ¡Pero algo tenía que hacer! Esta gente no actúa sola, y tarde o temprano, algo van a sospechar y entonces… el gato pasó corriendo entre sus piernas y se tiró de cabeza a su sillón preferido. Marisa sintió que se le escapó un poco de pis entre las piernas.
Temblaba. Todo su cuerpo era una bola de nervios. Sentía que la presión se le caía al suelo, pero mentalmente se imponía mantenerse erguida, tomar un vaso de agua, asegurar las puertas, las ventanas. Pero tenía que llamar a alguien. ¿A quién podía recurrir? Claro, cómo no lo había pensado antes. Edgar, el guardia de seguridad de su trabajo.
Buscó en la agenda de contactos del teléfono hasta dar con su número. Lo marcó, pero sabía que era tarde, que quizá no estaba, o estaría trabajando de vigilancia en algún lugar, sábado a la noche, era de esperarse, podría estar durmiendo, con el celular apagado.
– ¿Quién habla?
La voz la sorprendió al punto de dejar caer el teléfono. Se apresuró en levantarlo del suelo. No sabía que decir, las palabras se agolpaban en su boca, fuera de control de su cerebro.
– Soy Marisa, Marisa del trabajo, Marisa,,,
– Calma, calma… ¿qué sucede Marisa?
– Edgar, siento llamarlo a esta hora, pero ha sido algo horrible, he llegado a casa, tarde, abrí la puerta y ahí estaba, no me dio tiempo a nada.,.
– ¿Quién estaba Marisa?
– ¡El ladrón! ¡El ladrón estaba dentro de casa!
– ¡Por Dios! ¿Está escondida en alguna habitación, logró salir de la casa…?
– No, nada de eso, estoy en mi casa. Pero tengo una situación complicada. Por eso lo llamo.
– ¿La está amenazando? ¿El ladrón aún está allí?
– No, no me amenaza. Pero está acá, es decir, está y no está. ¡Lo maté Edgar! ¡Lo maté!
– ¡Cómo sucedió eso! ¿La ha lastimado?
– Vea, entré así de sopetón porque me estaba orinando encima, ni siquiera encendí las luces y este delincuente debe haber estado tan concentrado buscando cosas de valor a oscuras, que ni prestó atención. Así que imagínese, entré y ahí veo su silueta. Casi me cago encima Edgar, se lo juro. El ladrón se me vino encima y atiné a tomar lo primero y lanzarlo en su dirección.
– ¿Qué le tiró?
– Una imitación de espada samurai que estaba en la pared, al lado de la puerta. Es de mi ex marido. Nunca la vino a buscar. Se la tiré a la bartola, no apunté ni nada. Pero cuando prendí la luz, porque el tipo no se levantaba, vi que se la clavé entre los ojos.
– ¿Está segura que murió? ¿No lo habrá golpeado nada más?
– ¡Claro que estoy segura Edgar! No seré médica, pero que la punta de la espada haya salido por atrás es señal que lo reventé. Además, no se imagina cómo quedó la alfombra persa que era de mi abuela. ¡Llena de sangre! No sé cómo voy a limpiar eso.
– Está bien, trate de conservar la calma.
– Eso intento, pero no se qué hacer. Mi duda principal, no le voy a mentir, es si llamo o no a la policía. Es decir, voy a tener que llamarla, pero… ¿cómo tengo que explicarle, debo decirle que fue defensa propia, qué debo decir?
– No Marisa, no los llame. En primer lugar, si esto llega a la policía, usted va a tener un montón de horas perdidas en la comisaría, en los tribunales, porque por más que haya matado a un ladrón y dentro de su vivienda. Por otro lado, uno nunca sabe de qué lado están, a veces dejan salir de la cárcel a tipos como este para que afanen y se reparten el botín. Además, piense en la prensa, van a venir a hacerle notas, llamarla por teléfono. Pero eso no es nada. Este delincuente debe tener amigos y familiares. Y a ellos les importa un comino que el tipo haya estado violando la ley. Lo único que les va a importar, es cobrarse venganza. Si ellos se enteran, usted es boleta.
– ¡Ay, no! ¡No quiero que me vengan a buscar! ¡Esto es una encrucijada! No lo puedo creer, es una pesadilla. ¿Los ciudadanos que vivimos al día y pagamos los impuestos no tenemos forma de defendernos?
– ¿En qué país vive Marisa? Claro que no. Desde los que gobiernan hasta el más mísero ladrón tienen más derecho que usted y cada uno de nosotros. Tanto unos como los otros viven de nosotros. Lo único que nos queda, es ayudarnos entre nosotros y usted lo ha hecho al llamarme.
– Menos mal que lo llamé Edgar. ¿Usted puede venir a ayudarme?
– Estoy en la isla Marisa, del lado de Entre Ríos. Me vine a pescar. Pero puedo ayudarla igual, Usted tendrá que seguir al pie de la letra mis instrucciones.
– ¿Y no puede venir igual?
– Deberá hacer lo que le digo. No se ponga nerviosa. Primero, debe asegurarse que esté muerto.
– ¡Le digo que está muerto!
– Bien, le creo. Pero busque una cuchilla afilada. ¿Tiene una?
– Por supuesto, para hacer las milanesas. La llevo a afilar una vez al mes.
– Búsquela y clávesela por todo el cuerpo.
– ¡Está loco Edgar!
– Hágame caso. Imagínese que es la rueda del auto de su ex marido y que en un ataque de bronca, le clava la cuchilla cien veces,
– ¿Por qué le haría algo así?
– No sé, quizá la engañó.
– ¿Ese estúpido? No lo creo.
– Marisa, piense en alguien que odie y entonces imagine que le está haciendo agujeros a la pelopincho en el fondo del patio.
– La turra de mi vecina, que le da carne podrida al gato para que se intoxique.
– Eso, piense en su vecina. ¿Ya tiene la cuchilla?
– Si. ¿Podré usarla en milanesas después de esto?
– Claro que podrá, pero trate de clavarla por todo el cuerpo.. Eso servirá para lo que haremos después.
– ¿No cree que si le clavo una sola vez la cuchilla en el corazón, ya está?
– Hágame caso Marisa.
– ¡Lo estoy haciendo, lo estoy haciendo! Esto no es soplar y hacer botellas. Hay partes donde cuesta sacarla.
– Lo está haciendo bien. Ahora vaya recordando donde puede conseguir un poco de alambrado romboidal.
– ¿Qué cosa?
– Un poco de cerco de alambre, ese que tiene forma de rombos.
– ¿Y eso para qué?
– Para envolver el cadáver.
– ¡No diga cadáver! ¡Qué me impresiona!
– Bueno, el cuerpo. Hay que envolverlo.
– Puedo usar la alfombra, total, ya está perdida.
– El alambrado no dejaría que suba a flote.
– Espere un momentito… ¿a flote de dónde?
– Del río. ¿Dónde piensa esconderlo? ¿Va a hacer un pozo en el patio de su casa o en el de su vecina? Apuesto que no tiene ni una pala.
– Claro, apuesta eso pero me pide un cerco perimetral de alambre.
– ¿Tiene o no una pala?
– No tengo.
– ¿Y sabe dónde conseguir algo de ese alambre?
– El frente de mi vecina tiene. Todavía no hizo el tapial. Puedo quitar una parte.
– Bueno, vaya por el alambre.
– Estoy yendo.
– Antes de salir a la calle, mire si no hay un secuaz del ladrón esperando afuera.
– Acabo de mirar por la ventana, no hay nadie.
– Sea cuidadosa. ¿Llevar algo para cortar?
– La cuchilla.
– ¡Va a ensuciar donde corte con sangre!
– ¡Ya la limpié! En la alfombra. ¿Se cree que soy una improvisada?
– Disculpe, no me gustaría que deje cabos sueltos.
– Le dije que la cuchilla es buena, corta como si nada el alambre.
– Solo un poco, con una vuelta alrededor del cuerpo alcanza.
– Ya lo tengo. Me demoré porque aproveché para cortarle el rosal a la turra ésta,
– Vuelva rápido a su casa, no pierda el tiempo.
– No pierdo el tiempo, fue solo una satisfacción personal, ¿Algo me merezco en una noche de mierda como ésta, no cree?
– No se me vaya de tema, necesitamos concentración. Proceda a envolver el… cuerpo.
– Iba a decir la palabra que me impresiona. Vamos, concéntrese.
– Utilice el mismo alambre para ajustar, así no se abre.
– Se lo estoy enganchando en la ropa, así tiene un agarre extra.
– Bien pensado Marisa. Ahora, dígame. ¿Tiene auto?
– Si, un Mini Cooper.
– ¿Y entra el fiambre en el baúl?
– ¿Quiere que lleve el cuerpo al río en mi auto?
– Pedir un taxi y cargar un muerto va a ser sospechoso.
– Tiene razón. Pero ahora que lo pregunta, este tipo no entra en la parte de atrás.
– Va a tener que llevarlo con usted.
– ¡Me va a manchar todo el interior con sangre!
– Utilice una frazada o algo para cubrirlo. O cubra los asientos con algo. Un plástico, una lona.
– Tengo un mantel de hule que era de mi abuela. Pobre abuela, estoy arruinando todas las cosas que me dejó.
– Valore que se las haya dejado, entonces.
– Tampoco me dejó tantas cosas. Era media amarreta la vieja.
– Ya tengo el mantel dentro del auto, ahora tengo que arrastrar al ladrón hasta ahí.
– Use la alfombra para llevarlo.
– Cuando vuelva voy a tener que baldear todo. Es un desastre esto.
– Revise antes los bolsillos del tipo. Saque todo lo que tenga en ellos y después lo quema.
– ¡Cien pesos! No paga ni los productos de limpieza que voy a necesitar.
– Si es documentación, queme todo. Así demoran más en identificarlo, en caso de encontrarlo.
– Usted me dijo que con lo que hice, no deberían.
– Exacto, no tendría motivo para salir a flote. Pero siempre existe la posibilidad que lo encuentre alguien pescando o alguna embarcación lo enganche y lo tire para arriba.
– Ufff… ¡cómo pesa!
– Fuerza, Marisa. Vamos, que usted puede.
– ¿Me está alentando o se refiere a que soy gordita?
– La aliento. De todas formas el ejercicio no le viene mal.
– El lunes vamos a tener que hablar seriamente, Edgar. Creo que se está pasando de la raya.
– Concéntrese. Cierre bien el auto. Ponga el cuerpo de tal manera que no parezca extraño lo que lleva si alguien mira desde afuera.
– Lo estoy haciendo, soy la menos interesada en que eso suceda.
– La idea es arrojarlo al río. Un sector profundo. Si lo hace en cualquier lado, corre el riesgo que sea una zona playita y el cuerpo quede a la vista.
– Odio el río, así que dígame usted dónde lo llevo. Mi ex marido me llevaba a pescar. Bah, pescar. Estábamos cinco horas con las cañas y no sacábamos un solo pescado.
– Tiene que ir más cerca del puerto, donde el calado es mayor. Pero debe evitar lugares donde vea gente paseando.
– ¿A esta hora?
– La gente pasea a toda hora Marisa.
– Se nota que estoy mucho tiempo sola en casa. ¿Debería salir más, no cree?
– Si hubiese estado en casa, el ladrón la hubiese sorprendido dentro.
– Buen punto. En realidad salgo poco. Hoy había ido al cine. Sola.
– El lunes podríamos hablar también sobre eso.
– ¿Quiere que le cuente la película? No se desconcentre Edgar. Ya tomé la calle que va al puerto.
– Siga de largo en la zona de remolcadores. Y también donde se realiza la carga de buques cerealeros.
– Más allá está bastante oscuro.
– Por eso es mejor esa zona. Nadie podrá verla.
– Muy astuto, pero me da miedo.
– Acaba de matar a un delincuente y viaje con él en su auto. ¿Algo le puede dar más miedo que eso?
– Si, que la familia y amigotes de esta mierda se entere y quiera hacerme vuelta y vuelta a la plancha.
– Estacione lo más cerca de la orilla que pueda. Con la puerta del acompañante del lado del río,
– Listo. Le digo Edgar, no se ve un alma. Hasta el río parece quieto. Y a la luna la deben tapar los nubarrones. No está por ninguna parte.
– Mejor, mejor. Saque el cuerpo y hágalo rodar hacia el agua. Esa orilla tiene pendiente, así que va a caer rodando al río.
– Uff… y eso que era flaco. Listo, en el suelo. Ahora lo empujo.
– Empuje.
– ¡Está rodando! ¡Está rodando!
– Bien, bien. Asegúrese que entre al agua.
– Oh no.
– ¿Qué pasa Marisa?
– Se trabó en una madera atravesada. Pensé que la saltaría.
– ¿Había visto la madera antes? ¡Cómo iba a saltar…!
– Ya cállese Edgar, un error de principiante. O cree que salgo a hacer esto todas las noches.
– Baje con cuidado y saque la madera del camino. Luego vuelva a empujar.
– Ve, mire usted lo que ha pasado. La madera tenía clavos y se han enganchado en el alambre romboidal. No es toda mi culpa, Edgar. Usted ha tenido su parte.
– Al contrario, eso demuestra que el alambre va a servir.
– Claro, lo suyo es positivo, lo mío es negativo.
– No discutamos Marisa. Prioricemos el asunto principal.
– El fiambre.
– El fiambre, usted lo ha dicho.
– Listo, ahora si. ¿Escuchó? Entró al agua.
– Bien, ahora aléjese con tranquilidad, súbase al auto y vuelva despacio.
– ¿Le molesta si conversamos en el camino? Esta situación me ha dejado algo tensa. ¿A todo esto, le queda batería en el celular?
– Afortunadamente, parece que ambos lo teníamos bien cargado.
– No hay nada mejor que tener el celular al tope de carga. Mire de la que me ha sacado esta vez.
– Lo que debe prever de ahora en más, es la seguridad de su casa.
– Ya se parece a mi hermano, Edgar. Siempre con advertencias que ponen los pelos de punta.
– Ha quedado demostrado que es mejor prevenir. ¿Tiene alarma?
– No.
– ¿Tiene un perro para que ladre si entra algún intruso y despierte a los vecinos?
– No.
– ¿Tiene rejas en las ventanas, así los delincuentes se topan con un obstáculo que los haga desistir?
– No, harían desentonar los marcos de las ventanas.
– Tiene que pensar en todas esas cosas, Marisa. Hoy en día nadie está seguro.
– ¿Usted tiene alarma dónde está?
– Estoy en la isla, claro que no hay alarma. Pero tengo un arma cerca, por las dudas.
– Si ese es el punto, yo tenía un sable samurai.
– Y ha visto todo lo que ha implicado utilizarlo. Piense si le hubiese errado, quizá no estaríamos hablando.
– Puede ser, debo considerar esos consejos, lo sé. Estoy llegando Edgar, quiero agradecerle lo mucho que… ¡la puta madre!
– ¿Marisa? ¿Qué pasa?
– ¡Dejé la puerta abierta de casa! No, no, no… no puede ser. ¡No, Edgard, no!
– Marisa, me asusta, qué sucede,
– ¡Se han llevado todo, se han llevado todo! ¡La casa vacía, Edgar! ¡No hay seguridad en este país! ¡Estamos solos, Edgar, estamos solos! Lo único que han dejado, es la alfombra repleta de sangre. Ni el estúpido favor de llevarme esa porquería han hecho, malnacidos de porquería. ¿Qué voy a hacer, Edgar, qué voy a hacer?
– Marisa, no hay otro remedio: llame a la policía.

El número de la quiniela de mañana

La ciudad, cualquier ciudad, parece otra en invierno. La gente se esconde en sus hogares escapando del frío, dejando las calles en soledad. De tanto en tanto algún que otro valiente escudado en abrigos las atraviesa en pos de un mandado que no puede esperar, aunque retornan rápido con el fin de buscar reparo en el calor artificial de puertas adentro.
Hay otros que no tienen esa suerte, para quienes las calles representan todo: su vivienda, su medio de vida, su rutina diaria. Escapan de la realidad solo cuando entran algunos minutos a un bar a pedir limosnas, a un garaje para llevarse bolsas con cosas que los dueños piensan tirar o cuando son llevados a la comisaría por alguna denuncia de un vecino malhumorado.
Detrás del supermercado de la calle principal suelen encontrarse por las noches varias personas que juntan cartón, otras que van por el vidrio y el plástico, y hasta casos más críticos que pelean hasta la última sobra de comida o alimento que se haya descartado por haber superado la fecha de vencimiento.
Como hormigas se van llevando poco a poco, hasta limpiar el lugar. Lo van haciendo sabiendo que tienen toda la noche por delante y que allí o dónde tengan el colchón para dormir, sufrirán el mismo frío. Para ellos, el invierno es eterno.
– Me gustaría saber el número de la quiniela, don Alfredo y poder comprarme un lugar decente para dormir – dijo Horacio mientras separaba cartón por un lado y vidrio por el otro.
Alfredo, a quien solo le interesaba por el vidrio, aguardaba a que el hombre más joven terminara para poder cargar lo suyo en su carretón.
– ¡Imagínese! Una casita con estufita, un plato de sopa cada noche y a dormir, nada de estar yirando en medio del frío para poder ganar unos mangos.
El viejo a su lado sonreía. Qué otra cosa podía hacer. Sueños tenían todos y cada uno de los que cada noche se cruzaban en aquel amplio patio.
– ¿Sabe lo que estaría bueno, Alfredo? Una máquina del tiempo ¿Qué me dice? Uno viaja hasta mañana, espía el numerito que salió y vuelve. Al día siguiente lo juega y solucionados todos los problemas.
– Si fuera tan fácil – contestó el viejo, mientras frenaba con la zapatilla un frasco de mermelada que rodaba hacia donde estaba.
– Ya lo sé Alfredo, es un decir, esas cosas no existen.
El viejo largó una carcajada.
– No se me ría Alfredito, por favor.
– No me rio de usted, Horacio. Sino de lo que acaba de decir…
– Por eso, de que quiero viajar al futuro…
– ¡De lo de la máquina me rio! De eso que dijo que no existe.
– Si existiera, todos seríamos ricos – ahora el que reía con toda la jeta era Horacio.
– No, ricos no. Fue un caos.
– ¿Qué cosa?
– Todo.
– ¿Todo qué?
– Todo, la sociedad, las guerras, el hambre, todo fue un caos.
– No le entiendo un pito Alfredo, de qué me habla. Si estábamos hablando de la quiniela y de…
– ¡Viajar en el tiempo! De eso le hablo. ¿Para qué quiere eso de nuevo, Horacio? Aquello…
– Perdió la chaveta don Alfredo. ¿Cómo de nuevo?
El hombre mayor, que tendría unos setenta años se movió inquieto. Sacó dos cigarrillos de un bolsillo y extendió uno hacia Horacio.
– No fumo, gracias.
El viejo insistió, agitando el cigarrillo.
– Bueno, uno no me va a matar – aceptó el otro.
– Venga Horacio, tómese unos minutos y descanse mientras le cuento algo.
– A menos que me vaya a decir el número que sale mañana en la quiniela, me quedo trabajando.
– Le voy a decir por qué no le conviene conocer el número que saldrá mañana.
– Explíquese Alfredo.
– Así como me ve, estoy aquí por decisión propia. Nadie me quitó la casa, ni me despidió de un empleo. No me abandonó mi familia, ni me dejó una mujer. Muy por el contrario, fui quién se fue de su casa, renunció al empleo, se alejó de su familia, de su mujer, de sus seres queridos…
“Todo comenzó hace treinta años, cuando logré lo que me había propuesto desde mi juventud: vencer al tiempo. Cuando era pequeño, leía y veía en cine todo lo que tuviera que ver con viajes en el tiempo. Sabía que era ciencia ficción pero al mismo tiempo, estaba seguro que era posible. Estudié Física e Ingeniería. Me gradué con las mejores notas. Y comencé a trabajar en ese imposible, en una máquina del tiempo. Y hace treinta años, exactamente, lo logré. Fue todo un acontecimiento, el mundo se rindió ante mí”.
“Me dieron el Nobel, di conferencias en todo el mundo, fue multimillonario de la noche a la mañana. El mundo hablaba de mí. Alfredo Titor figuraba en todos los diarios, revistas, canales de televisión, radio… la máquina del tiempo era un éxito. Los experimentos iniciales permitieron a historiadores revisar la historia con descubrimientos notables… si usted supiera Horacio, que distinta es la verdad… pero si tan solo se hubiesen atenido a eso, pero no, usted sabe como son, ellos, los que tiene poder, los que viven bien… ellos quieren más y más, y si bien no viajaron al futuro para buscar un simple número de quiniela, lo hicieron para cosas más atroces, conocimientos que todavía no debían llegar…”
“Horacio, si usted hubiese visto, el mundo se había vuelto demente, estallaban guerras por problemas que aún no habían comenzado, por agravios aún no recibidos, guerras a cuenta de un futuro que transformaban en presente sin interpretación alguna. El pasado quedó en el olvido, la cuestión era el futuro, cómo sacarle ventajas. El caos fue insostenible”.
“No lo dudé Horacio. Viajé en el tiempo hasta el momento mismo de la creación y llevé conmigo imágenes grabadas de lo que sucedería si esa máquina que acababa de construir llegaba al conocimiento de la humanidad. Entonces, ese hombre igual que yo, que llegó advirtiéndome que cometería el error más grave en la historia de la humanidad, me persuadió de lo que estaba haciendo y destruí todo. Hasta la nota más minúscula, todo. Arrojé por la borda mis sueños, mi trabajo, absolutamente todo. Mi ruina fue la culpa. Porque por más que obré a tiempo, otorgándole a la humanidad esta segundad oportunidad, día a día me carcome esa otra existencia paralela, en la que no fuimos de capaces de progresar como sociedad”.
“Prefiero esta soledad nocturna, mi amigo. Esta vida anónima, sobreviviendo con lo justo, pasando hambre y frío. Prefiero estar aquí con usted, soñando con un futuro mejor, que vivir una pesadilla gracias a poder ver el mañana. El mañana es el esfuerzo del hoy. Sin embargo, si existiera la mínima posibilidad de espiarlo por un breve lapso, lo que haríamos sería justamente lo inapropiado: cortar camino. Y el camino que no es recorrido, es una enseñanza perdida. Lo aprendí hace treinta años. Y pesa sobre mi consciencia, a diario”.
“Vamos, apure ese cigarrillo, que hay bastante por hacer. Y no se preocupe por el número de mañana. Ese número siempre estará allí. Pero no siempre nos pertenece. Así es el futuro. Y así debe ser”.

El meteoro

Hace rato que vengo observando ese planeta. Quedó a mi cargo luego de descubrir que tenía las condiciones necesarias para la existencia de vida. Claro que mi investigación no terminó allí, pude demostrar con el tiempo que no solo ofrecía las cualidades, sino que además, había vida. Y no solo eso, era vida inteligente.
Por supuesto, nuestra agencia trabaja de manera cautelosa. No podemos darle a conocer a nuestra población semejante noticia sin antes tomar todos los recaudos en materia de seguridad. Debemos estudiar a las diversas formas de vida, analizarlas, determinar el grado de inteligencia y los potenciales beneficios o peligros de hacer contacto.
Por si fuera poco, no es un planeta que esté cerca, por el contrario, la distancia es enorme. Pero de todas maneras es un logro del que todos estamos satisfechos y orgullosos. La búsqueda en el universo de otros vestigios de vida siempre nos ha apasionado, a lo largo de toda la historia. Poder toparnos con un sitio, si bien lejano, pero real, nos ayuda a repensar lo que nos rodea, a imaginarnos no uno, sino muchísimos planetas en constelaciones de las que probablemente no tenemos aún conocimiento.
Estoy casi seguro que muchas de las máquinas voladoras con las que no hemos encontrado en el espacio, pertenecen a la raza inteligente que domina ese planeta. También hemos ocultado esos descubrimientos. Hemos capturado algunos equipos y notamos que es una tecnología muy diferente a la nuestra. Casi a diario visito las instalaciones donde los tenemos guardados, bien distante de la población. Trato de estudiar cada detalle, como si pudiera encontrar algún tipo de revelación instantánea.
Sin embargo, la esperanza de hacer contacto, se ha ido diluyendo en los últimos meses. Hasta hace poco me imaginaba a una generación futura logrando la comunicación que nos diera la posibilidad de estudiarlos mejor. Nosotros, lamentablemente, a pesar de nuestros esfuerzos, nos hemos aproximado pero sin alcanzar el objetivo.
Lo más cercano, es lo intentado hace un año. Un acto desesperado, como suelo llamarlo delante de los demás miembros del equipo. Un arrebato al comprender que ese objeto que no podíamos identificar, viajando en una órbita extraña, se dirigía finalmente a nuestro planeta especial. Una especie de roca gigante, desprendida de algún cuerpo más grande, quizá un cometa, que a velocidades siderales arremetía contra nuestro hallazgo planetario.
¿Cómo advertirles del peligro? ¿Cómo decirles que debían hacer algo o sufrirían una destrucción masiva? Entonces, usando una de las máquinas capturadas, envié el mensaje. ¿Cómo saber en qué lenguaje hablarles? ¿Cómo hacerme entender?
Recordé esa rara señal que captamos hace mucho tiempo y que identificamos como un lenguaje. Extraño, por cierto, con tan solo puntos y rayas. No lo dudé. Envié el mensaje. Y hoy, debo reconocer, entiendo que no lo han visto o comprendido.
Como me señalara un colega, hace poco, el problema no estuvo en el método o el lenguaje, sino en la noción que teníamos de ese código. ¿Acaso era un lenguaje en sí o solo una manera de encriptar un lenguaje?
El esfuerzo por grabar en ese rojizo planeta cercano el mensaje, modificando su superficie, fue en vano. Hasta ahí podemos llegar hoy con nuestra tecnología. Tan cerca y al mismo tiempo, tan lejos. Mi alerta la borrará el tiempo. Y a ese punto en el universo, en el que deposité mis esperanzas, se lo devorará un maldito meteoro.

NEE NED ZB 6TNN DEIBEDH SIEFI EBEEE SSIEI ESEE SEEE !!

Meteoro Meteoro Gigante A 6 Yahhjs De Distancia Tomar Medidas Urgentes Salven al Planeta Deseamos desde Nuestro Planeta Trex !!

¡Qué pena! ¡Qué gran pena!

* El cuento es más divertido luego de leer esta noticia http://www.lanacion.com.ar/1917737-la-nasa-descifra-mensaje-en-codigo-morse-encontrado-en-la-superficie-de-marte

El destino a cuestas

Las pocas luminarias de la calle quitaban un poco de ferocidad a la noche.
De todos modos, aquello no lo inquietaba. El retorno a casa era lento, como cada final de jornada.
La moto traqueteaba con sus años encima. El frío golpeaba su rostro y le escarchaba los ojos.
Había sido un largo día. Y una vez más, volvía con las manos vacías. Se imaginaba la tristeza en el semblante de su esposa. El llanto del bebé en la cuna. La mesa vacía.
Su recorrido diario había sido en vano. En cada tugurio de la ciudad la respuesta había sido la misma.
El negocio se estaba viniendo abajo. Ya nada era como antes. La moto comenzó a toser y a los pocos metros se detuvo.
Si algo le faltaba, era hacer las últimas diez calles a pie.
Se apeó y empujó el vehículo con lentitud delante de viviendas similares, con sus ventanas bajas, el frente descuidado y sin luces afuera.
El ladrido de algún que otro perro rompía con el silencio cómplice del barrio.
Cuando creyó divisar su casa, vio además una silueta negra en la esquina próxima. Pensó que sería algún borracho, pero la figura comenzó a avanzar hacia él, recortando distancias.
Instintivamente se llevó la mano al cinturón, donde guardaba un cuchillo afilado.
Aminoró la marcha y lo esperó bajo una de las farolas de la calle.
Intuyó que era un ladronzuelo de alguna otra zona, probando suerte. Pero al verle las facciones, el cuchillo cayó de sus manos.
La silueta que avanzaba era su viva imagen, pero al menos quince años más joven.
– A vos te quería encontrar – le dijo la aparición.
– ¿Quién sos? – dudó entre buscar el arma y quitarle la vista de encima. Prefirió esto último.
– ¿Quién te crees que soy? Soy vos. Pero el vos antes de mandarte todas las cagadas juntas. Vergüenza debería darte.
– ¡Cómo te atrevés a hablarme así!
– Te miro y me cuesta reconocerme. Parece mentira, tanto sacrificio de la vieja, para que vos salieras como saliste.
– No tenés idea de mi vida.
– Claro que la tengo. ¿De dónde crees que vengo? De ver a Carla y al nene. No sabés la alegría de ella cuando me vio. No te das una idea. Me pidió llorando que no me fuera, que me quedara con ella. Quedate que todavía sos bueno, me decía.
– Levanto el cuchillo este y te mando a mudar. ¿Qué clase de magia negra es esta?
– Ignorante, ni magia negra ni un carajo. Mirate las manos, llenas de sangre que no lava por más que la enjabones. De tugurio en tugurio, ensuciando el alma por dos mangos. Cerrá los ojos y escuchá la consciencia. Hasta olor a podrido debe haber ahí dentro. Para que no llore la Carla. Si sos un malviviente. Pobre de tu hijo, de nuestro hijo, el padre que le ha tocado.
– ¡A mi nadie… !
La silueta ya no estaba. Solo la esquina de su casa y más allá las precarias paredes, el techo que se venía abajo y un poco de césped en la entrada, que de tanto en tanto lo cuidaba Carla mientras él salía a hacer una de sus changas que ella tanto odiaba.
– ¿Dónde mierda se fue?
Por más que buscó con la vista, solo divisó las formas conocidas del barrio, ese lugar de espanto en el que vivía desde hacía diez años.
Levantó el cuchillo y lo volvió a meter en el cinturón. Empujó la moto el tramo que faltaba y llegó a su casa.
Al entrar, encontró a su mujer llorando.
– ¿Qué te pasa?
– Nada, nada. Tuve una visión y fue… horrible. Pero nada más. Ya te tengo la comida preparada. Ahora pongo la mesa.
– Pará Carla, decime: ¿En ese sueño aparecía yo con quince años menos?
El rostro de Carla palideció.
– No, en mi sueño era yo la que tenía quince años menos. Entraba por la puerta y traía en la mano tu cabeza, que aún chorreaba sangre. Me miraba furiosa y me decía: Ves, esto es lo que tenés que hacer, esto. Cuando duerme, se la cortás y listo.
– Tranquilizate, fue una pesadilla. Alguna brujería de las viejas del barrio.
Carla se largó a llorar de nuevo.
– ¡Pará te dije! Vas a despertar al bebé. ¿Por qué seguís llorando?
– Porque afilé la cuchilla de la carne, pero no tengo la valentía.
Y aún con lágrimas en los ojos, comenzó a poner la mesa. El vio la cuchilla sobre fuera del cajón y supo que tarde o temprano sucedería. Hasta creyó escuchar a su versión más joven reírse del otro lado de la ventana.
No tuvo más remedio que sacar su arma.

La firma

El formulario era el mismo de cada día. No había nada extraño en eso. El membrete de siempre, los datos completados directamente en la computadora, la puntualidad en la entrega. Todo debería ser igual, pero no lo era. El elemento que la inquietó, fue la firma a mano alzada.
Ella no conocía personalmente a Eleuterio Gutiérrez, como suponía que él no la conocía a ella. Trabajaban incluso en edificios distanciados, haciendo tareas diferentes. Sin embargo, cada día, los formularios que él aprobaba en su oficina, llegaban con un cadete horas más tarde a la suya, donde eran colocados en sobres y enviados a sus destinatarios.
El único conocimiento que ella tenía de Eleuterio, era su firma. El trazo firme, armonioso, la E gigantesca seguida de un garabato que parecía querer escalar hacia el noroeste para luego convertirse en una G tan grande como la E, que concluía en un perfil de cardiograma y una línea que recorría la parte inferior de las letras hasta llegar al punto de partida.
Pero notaba esa tarde la firma algo temblorosa, como si la mano que sostenía la pluma, hubiese vibrado en el momento de hacer la presión sobre el papel. Conocía de memoria cada milímetro de la firma, no solo por la rutina de su trabajo, sino porque admiraba el trazo seguro y elegante de Eleuterio.
Muchas veces se había preguntado cómo sería él. Había tenido la esperanza de conocerlo en alguna de las tantas fiestas que organizaba la empresa, pero Eleuterio no era un hombre demasiado sociable, ya que jamás asistía. Lo imaginaba corpulento, entrado en años, siempre bien vestido con traje y corbata, el cabello blanco y prolijo. Casado, sin dudas. Y quizá con varios hijos. Un hombre recto, buen padre, buen esposo. No sabía la razón por la que lo idealizaba de esa manera, pero le gustaba pensar que así sería el hombre detrás de la firma.
En más de una ocasión, a lo largo de los últimos quince años, tuvo el impulso de levantar el teléfono y marcar el número de la oficina de Eleuterio. Pero jamás consiguió una excusa para hacerlo. Esperaba con ansias el día que los formularios demoraran en llegar, en que faltara uno, en que hubiese un dato mal para poder reclamar… pero nunca sucedió. Siempre la labor desde la oficina de Eleuterio fue sencillamente perfecta.
Hasta esa tarde, en la que advirtió la vacilación en la firma. Aquel detalle la angustió. ¿Y si Eleuterio estaba enfermo? No era posible, un hombre como él… Pero la letra temblorosa era evidente, estaba allí, plasmada en el papel. La firma le estaba dando un indicio. Era la excusa para llamar. Para conocer su voz. ¿Y qué le diría? ¿Le preguntaría si estaba enfermo, así, sin más?
Quizá no era un problema de salud. Al menos propio. Podía tratarse de algún problema familiar que lo estaba afectando. ¿Su esposa? ¿Alguno de sus hijos? Debía estar sufriendo. Era probable que el temblequeo en sus manos al firmar los formularios fuera por estar llorando. Y si había estado llorando, lo mejor era algo de consuelo. ¡La incertidumbre la llenaba de congoja!
¿Qué podría estar afectando a Eleuterio? Tenía que llamar. Además, no sabía si tendría otra oportunidad. Debía juntar coraje y levantar el teléfono. Era lo que había esperado por tanto tiempo. Y la excusa estaba delante de sus ojos. Era un pedido de auxilio encubierto, que solo ella podía advertir.
Se puso de pie, se acercó a la ventana, cerró los ojos, respiró profundamente como le enseñaban en las clases de yoga y volvió hasta su escritorio. Tomó asiento y marcó en el teléfono el número que conocía de memoria y cuya secuencia jamás había pulsado.
La línea llamó una vez, dos veces y en la tercera, alguien contestó.
– Oficina de deudas – dijo una voz masculina, aunque joven y demasiado aguda como para ser la de un hombre como Eleuterio.
– Hola, mi nombre es Patricia… – dudó entre seguir hablando y colgar, pero ya había movido los labios y se veía obligada a continuar – y trabajo en la oficina de Logística y Distribución, quisiera si es posible hablar con el señor Gutiérrez.
– ¿Con Gutiérrez?
– Si, con Eleuterio Gutiérrez
– Aguarde un segundo en la línea.
Patricia se mordió los labios. ¿Qué diría a continuación cuando él se pusiera al habla?
– ¿Hola? – otra voz habló del otro lado del teléfono.
– ¿Eleuterio? Perdón… ¿señor Gutiérrez?
– No, eh… disculpe, soy el coordinador del sector, Ramirez, mire Eleuterio Gutiérrez no está en la oficina.
– ¿Se fue a su casa? ¿Se sentía mal, verdad?
– No, mire…
– No es que quiera molestarlo, pero sospeché que no estaba bien, por eso llamé.
– Señora, ¿usted quiere hablar con alguien en particular?
– Si, ya le dije, con Eleuterio Gutiérrez. El gerente que firma los formularios.
El otro hombre hizo un silencio. Escuchó murmullos a través del teléfono.
– Señora… – otro silencio – ¿Patricia dijo que se llamaba, no?
– Si.
– Patricia, escuche: Eleuterio Gutiérrez no existe. La firma la hacen un grupo de empleados, que la tienen estudiada. La verdad que son excelentes.
Ahora la que había quedado en silencio era ella. Estaba tratando de asimilar la información. Aquello no era posible. Lo que le estaban diciendo, no podía ser verdad.
– Pero…
– Son formularios de aviso de deuda, no importa quién los firme, pero es una decisión del negocio desde hace años que siempre sea el mismo nombre, para mantener una coherencia. Gutiérrez no existe, eligieron el nombre al azar. Aunque le soy sincero Patricia, no entendemos para qué quería hablar con él.
– Porque… nada, es que… siempre creí que él… bueno, que él existía y hoy, hoy había algo raro en la firma y…
– Viste García, oíste… – en la otra oficina los murmullos se había elevado, pero ya no hablaban con ella, se habían olvidado que estaba al otro extremo de la conversación – Te dije que el nuevo no tiene la misma mano que los otros, estaba crudo todavía, hasta esta mujer se dio cuenta, yo te dije García, al nuevo le falta…
La llamada se cortó. Alguien en la oficina de Deudas había colgado el teléfono.
Patricia aún tenía el teléfono cerca del oído. Permaneció así varios minutos, sin pensar en nada. Más tarde colgó, se puso de pie y caminó hacia la ventana. Afuera las nubes se agolpaban. La lluvia era inminente. Ella estaba llorando, anticipando la tormenta. No sabía por qué, no entendía la razón, ¿Llorar por alguien que nunca existió? ¿O por tantos años viviendo una misma rutina solo por una falsa ilusión?
Sin embargo, lloraba por él. Por ese hombre que secretamente amaba y ahora no sabía su nombre.

Ilusión

La he visto en sueños. Ayer nomás, al despertar, ella estaba ahí.
Parpadeé varias veces ahuyentando fantasmas, pero siguió pétrea, inmóvil, maravillosa.
Me dije que se iría al ponerme de pie, pero fallé. Sus ojos me seguían como hechizados, pero no eran los suyos frutos de ningún encanto, sino los míos ya perdidos y sumidos a su hipnosis profunda y – me animaría a decir – casi real.
Salí de la habitación, me duché, volví y aún me agasajaba dejándose ver. ¡Y cuánto lo necesitaba!
No sonreía, no hablaba, ni siquiera respiraba. Estaba, nada más.
Era la hora de salir a trabajar. Miré el reloj en la pared. Irme de esa forma, sabiendo que ella estaba en casa, era una puñalada en el corazón. Al cruzar la puerta de calle, desaparecería, sería otra vez un fantasma y debería rogar por un sueño donde apareciera y me abrazara como solo ella sabe.
Si no partía en ese momento, perdería el ómnibus y llegaría tarde. La miré por última vez, guardando parte de ella en mi alma y salí. Fue instantáneo. Esa pequeña porción de ella se esfumó, de la misma forma que su imagen, su aroma, todo lo que representaba. Así de golpe, dejó de existir. El caos de la rutina la consumió en una fracción de segundos.
Respiré profundo, como cada día y me lancé a la rutina. Con suerte, quizá, alguna divinidad del universo me compensara esa noche y me la entregara en sueños, o como esa misma mañana, una vez en un millón, me visitara al despertar. Y cuando eso sucediera, aferrarla para toda la eternidad, si acaso eso era posible.
Cuanto ilusión al evocarla, a pesar de ser sus formas ahora algo difusas. Es que ella, la esperanza, nos corteja muy poco, y a medida que el tiempo avanza, menos que menos. La he visto en sueños y hoy a mi lado. Pero es volátil, como la capacidad de creer en ella.

La complejidad de tener una mascota

Nunca estuve seguro de querer tener una mascota. Porque una cosa es tener y otra querer tener. Puede que uno de tus hijos se aparezca un día con una mascota que lo siguió en la calle y no quede más remedio que aceptarlo, como para demostrar que uno tiene sentimientos o quiere apoyarlo en la causa. O bien, puede suceder, que uno quiera tener una mascota con todo lo que eso implica.
Porque más allá de lo lindo que puede resultar la compañía, hay que entender que conlleva responsabilidades. Se le debe proveer comida, cuidar que esté limpia, que no tenga parásitos, que no se enferme, darles las vacunas necesarias, limpiar donde ensucia, adiestrarla para que haga caso, para que no rompa el mobiliario… podría enumerar cientos de detalles que deben ser tenidos en cuenta a la hora de introducir una mascota en el hogar.
Los límites es otro de los temas. Dónde puede estar, qué hacer, en qué horarios. La permisividad no solo hará que gane una confianza no deseada, sino que además complicará la relación con la mascota. De la misma manera que lo hará el hecho de no impartir las mismas reglas. Esto se aplica a los integrantes de la familia. Porque si alguien desautoriza a otro delante de la mascota, ésta podrá entender de inmediato quién es más débil para tratar de dominarlo.
La debilidad es una cuestión de carácter. Uno puede ser débil con la mascota por una razón de ternura, de no querer retarla cuando es necesario. Los roles deben estar bien distribuidos, pero en ningún momento se debe perder la noción del respeto. Dejarse avasallar por una mascota es firmar la derrota en su educación. Y seamos sinceros, nadie disfruta cuando delante de familiares, amigos o conocidos, la mascota hace de las suyas, pero no precisamente de las “cosas graciosas” que podrían ser motivo de celebración.
Cuando llegó Larry a casa, me propuse ser un dueño con carácter pero que al mismo tiempo le brindara al nuevo habitante de la casa, todo el cariño y atención que fuera posible. Previamente con mis hijos y mujeres acordamos el tema de los roles. Creímos que sería fácil.
Larry, sin embargo, poco tiene de fácil. Esta raza, capturada más allá del cinturón de Orión, suele ser problemática, no sabemos por qué. Pero se deja adiestrar. Lleva trabajo, es cierto, pero es posible. Además, verlos con sus cuerpos de dos patas, erguidos, esas dos extremidades superiores que terminan en pequeñas garritas con cinco extensiones móviles tan flexibles y hábiles que causan gracia y esos rostros diminutos y bellos con tan solo dos ojos y una boca, despiertan en el interior de uno sentimientos que parecían ocultos.
Y ni hablar de la variedad de sonidos que emiten, que en el caso de nuestro Larry, se escuchan a toda hora detrás de los barrotes de su jaulita y que también tanta gracia nos hacen: “Joeputas, joeputas, joeputas”.
¡Qué hermosa especie! Y tan escurridizos, que debemos estar alertas y mantener nuestros veinte ojos bien abiertos para que no se nos escapen.
Pero reitero, entre tener y querer tener hay un abismo de diferencia, sin embargo, lo más importante es comprender las responsabilidades. Una mascota no es un simple pasatiempo. No señor. Es mucho más complejo que eso.

Rostros de sangre

Valentina se asomó por la pequeña claraboya. El cielo invitaba a salir, pero aún no era posible. El aire maloliente le era indiferente. Había perdido la cuenta de las semanas hacinada en aquella bodega sucia y repleta de alimañas. Pero le bastaba mirar hacia el rincón donde estaba su madre sosteniendo en brazos a su pequeño hermano para olvidar aquel calvario y mentalizarse en lo único importante: la esperanza.
Las voces provenientes desde arriba llegaban con cierta nitidez. Varias lenguas hablando al mismo tiempo, palabras conocidas y otras que eran un solo misterio. Lo mismo sucedía allí abajo. No todos provenían de su patria. Vio a muchos no resistir el viaje, quebrarse en llanto, quitarse la vida o simplemente, morir sin llegar a destino.
La oscuridad era constante, si alguien encendía una vela corría el riesgo de provocar un incendio o ser severamente castigado por la tripulación, que de tanto en tanto bajaba a inspeccionar.
Había un sonido que podría relacionar eternamente: el de las toses, casi como un coro nefasto, presagio de muerte. Toses potentes, carraspeos, otras muy agudas. De grandes, de hombres, de mujeres, de niños. Podía identificarlas sin siquiera levantar la vista.
Los que compartían el mismo idioma conjeturaban sobre el momento que los dejarían abandonar la embarcación. Sospechaban que los dejaban para lo último. Primero descenderían los que tenían boletos en los camarotes, gente con mayor cantidad de dinero, algunos de los cuales solo viajaba para hacer negocios sin la intención de quedarse.
Ellos, cada uno de los ocupantes de la bodega, habían dejado lo mucho o lo poco que tenían en su patria para encontrar su lugar en el mundo. El viaje valía la pena. Todo el sufrimiento de las últimas semanas era el premio a una vida de miseria, de justicias negadas, de trabajos mal pagos, de hambre, de dolor, de enfermedad. Llegaban a tierras prometidas, verdaderos paraísos. El pasado era un mal trago. Lo que importaba era el futuro.
Volvió a mirar por la claraboya. Algunas nubes surcaban el cielo. Parecía mentira que fuera el mismo celeste. Creyó que allí brillaría con mayor intensidad, que quizá en lugar de celeste fuera azul. Pero al mismo tiempo, esa familiaridad la reconfortaba. Volvió la mirada hacia su madre, agotada, con ojeras que parecían haberle comido el rostro. Flaca, desnutrida. La prioridad había sido el pequeño. Y él… ¡Qué decir del benjamín de la familia! Cachetes grandes, rosados, el cabello oscuro como lo había tenido papá, la misma sonrisa de mamá – difícil de adivinar en su actual semblante demacrado -, el llanto casi silencioso como si verdaderamente no quisiera ser una carga para mamá.
Cuánta lástima sería por su madre. Había sido fuerte allá, en su infancia, con su esposo al lado. Extrañaba a su padre, pero su madre seguramente más. Porque él había sido el que había ideado el viaje, el que trabajó a destajo para conseguir el dinero y los lugares en el barco. Se encargó de vender todo, de ponerlos en el barco y antes de partir, dos o tres semanas antes, enfermó y murió.
¿Cómo se las arreglaría su madre, con ese pequeño a cuestas? Un país nuevo, con un idioma nuevo, con gente que no conoce, con la responsabilidad de sostenerse de pie, con la entereza de toda su vida. La miraba y trataba de reconocer en sus facciones tristes la mujer que le enseñó a ser una buena persona, a ganarse el pan para la familia. La buscó y creyó encontrarla debajo de la trama de arrugas nuevas, fruto del viaje y de la muerte tan cercana.
Papá murió antes de zarpar. No podía culparlo. Había desgastado su salud para que su familia tuviera lo mejor. Pero ella, que derecho tenía. En el lecho de muerte su padre había tomado su mano y le había dicho “cuida de tu madre y de tu hermano”. Y ella, con lágrimas en los ojos, le había prometido que lo haría. Sin embargo, le había fallado.
Un tripulante anunció que descenderían a tierra firme, en el puerto. Todos se apuraron a ponerse de pie y tomar sus cosas. La mujer en el rincón hizo lo propio, tratando de sostener a su pequeño y poner bajo el otro brazo sus dos valijas. Valentina reprimió un grito de impotencia al alargar sus brazos para ayudarla y traspasarla como si su madre fuera una entidad de aire. Pero era ella el fantasma, era ella con sus jóvenes quince años y esa tos que comenzó a poco de partir. Esas noches de calor inhumano quemándole el alma, atosigándole la cabeza. Esa espesura de noche sin fin ante el dolor de su madre, su mano firme sobre la suya, el rezo interminable, las promesas a un Dios demasiado ocupado en demasiadas miserias juntas y la despedida definitiva, sin mediar palabras, en una simple y devastadora mirada.
Su madre avanzó con su hermano y las valijas, a ritmo lento y torpe, aturdida por la vida. Trató de seguirla, pero estaba inmóvil. La bodega quedó vacía y volvió la oscuridad, con la fuerza de la marea en plena tempestad, arrojándola hasta el fondo de ese barco, ahora su morada, su lecho de muerte. Atrapada para siempre en aquel lugar donde la esperanza se confunde con los sueños, las ilusiones con lo imposible y la vida con la muerte. Cientos de fantasmas como ella, compartiendo un lugar, pero sin poder sentirse, siendo testigos de miles de rostros ajenos que sufren y sueñan al mismo tiempo, con la esperanza de toparse algún día con los que importan, los rostros de quiénes dejaron atrás.
Los rostros de su sangre.

Juguetes del destino

Cuando nombro a Morgan, debo referirme indefectiblemente al futuro. Es que a Morgan lo conoceré dentro de dos décadas, sin embargo y de alguna manera, conozco ahora nuestras conversaciones aún no mantenidas, tanto como sus deseos y miedos, alegrías y prejuicios.
Cada noche al cerrar los ojos, aparece ante mí y se sienta en una reposera de madera con lona blanca, ubicada al lado de una piscina de al menos veinte metros de largo, en un jardín desconocido pero que siempre me brinda la tranquilidad y paz que solo un lugar familiar puede dar.
Solemos compartir un refresco, que no necesariamente es el mismo cada vez. A veces me siento a su lado, sobre el césped y otras, en un pequeño banco de hierro. No he encontrado jamás un significado para cada sitio, como tampoco para lo que bebemos.
En cuanto a nuestras charlas, fluyen y mantienen un orden lógico y cronológico. Nos referimos a los temas de la noche anterior como “lo conversado ayer”. Las palabras son racionales, claras, para nada absurdas. Y si bien siento que estoy en un sueño, la presencia de Morgan es real como cada una de las frases que salen de nuestras bocas.
Claro que no es un sueño y eso debe quedar aclarado. Nuestros encuentros ocurren en un universo atemporal, una especie de vacío cósmico en el que convergen nuestras mentes cuando estamos descansando. Pero ni Morgan es una alucinación para mí ni yo represento eso para el bueno de Morgan.
Si pudiera expresarlo en una imagen, es como si al cerrar los ojos diera un salto hasta un jardín ubicado veinte años en el futuro y Morgan hiciera lo mismo, pero su salto en lugar de ir para delante, va hacia atrás, porque Morgan en el momento de cerrar los ojos cada noche, hace al menos dos décadas que me conoció.
Pensé siempre que ese acontecimiento, para el que faltan dos décadas, sería yo quién generase el encuentro, obligado por estos diálogos nocturnos. No Morgan, quién para cuando yo lo encontrara, aún no sabría nada de mi existencia, dado que sus viajes al jardín ocurren veinte años después de aquello.
Teníamos un conocimiento sobre ese encuentro, pero no la totalidad de las piezas. Nos dábamos cuenta, conversación a conversación, que estábamos ante un rompecabezas gigante y gran parte de nuestras charlas se centraban en aquel momento. Es que por mi parte ignoraba todo lo relacionado a ese momento, en tanto Morgan apenas tenía recuerdos vagos. No obstante, estábamos convencidos, ese cruce depararía los destinos de nuestras existencias.
El primer encuentro en el jardín fue hace varios meses. Desperté todo sudado, alterado y asustado. Nunca había tenido un sueño tan nítido. Morgan no podía ser una invención de mi mente. Cuando a la noche siguiente noté que volvía a aquel jardín tan cálido y repleto de tranquilidad, supe que iba más allá de un juego de la cabeza.
Con el correr de las conversaciones comprendimos que cada uno procedía de un tiempo en particular. Pero el impacto mayor fue ese instante en común, ese futuro y al mismo tiempo, pasado, que se unirían en la continuidad del espacio tiempo, esa fracción de segundos en la que finalmente estaríamos realmente en una misma línea de realidad.
Cada día esperaba con ansias la llegada del sueño, la necesidad de retomar el diálogo en el punto exacto dejado la noche anterior. Poco me importaban las responsabilidades laborales, la rutina mundana, la salidas con amigos, el compromiso con familiares… el verdadero fin de mis días era la noche y con la noche el sueño profundo y aquel jardín rebosante de verde, con piscina, reposera de lona blanca y Morgan sentado en ella.
A diferencia de los sueños, que en la medida que pasan las horas vamos perdiendo referencias, formas y recuerdos, estos diálogos permanecían como esculpido en piedra, palabra por palabra. Y con cada nuevo encuentro nuevas piezas se iban agregando al rompecabezas. Una tras otra, completando los claros y al mismo tiempo, arrojando luz sobre el entramado final, ese que dentro de dos décadas acercaría nuestras vidas.
Pero anoche… anoche ha sido terrible. Por primera vez desde que convergemos en el jardín, nos hemos quedado en silencio, observándonos absortos, tratando de huir sin lograrlo, ni siquiera sin poder movernos de nuestros lugares. Dimos gracias a los vasos en nuestras manos, porque de esa manera, durante la eternidad que duró aquello, jugamos con ellos, con el líquido que contenían, tratando de disparar las ideas hacia otra parte, de hacernos de una forma de escapar del sueño.
Cadía día (o noche) restaban menos piezas por colocar en el rompecabezas. Nos habíamos percatado de ello. Sin embargo, los fragmentos que revelaremos en el próximo encuentro, serán atroces.
Pensar en el siguiente salto al jardín me sabe a dolor. Es una grieta en el alma, algo descabellado. Se revelará lo que me temo, lo que tememos, lo que Morgan también advierte,
Nuestros destinos se unirán dentro de veinte años por unos instantes y a partir de lo que aportamos cada uno, prácticamente sabemos cuando, dónde y por qué. Podemos, porque hemos dialogado durante meses, en ese lugar extraño que nos ha ofrecido el universo.
Dentro de veinte años, con total seguridad, conoceré a Morgan. Sabré que es él y dudo que esa certeza logre evitar lo que inevitablemente ocurrirá. Y Morgan, que ha creído todo este tiempo, cómo lo he creído también, que esa persona sentada en el pasto o sobre el banquito de metal era ese ser que en el pasado había estado en el peor momento de su vida tratando de protegerlo, es sin embargo, la que en aquel pasado difuso apretó el gatillo.
Y aunque me cueste creerlo, aunque me cueste imaginar cómo es que mi vida dará un giro tan extraño y siniestro en las próximas dos décadas, sé que nada podré hacer para remediarlo.
Ese jardín no es más que el juego cruel de algún ser superior, un juego maldito y eterno, casi una pesadilla, en la que creíamos tener el control pero no tenemos nada. Casi como la vida misma, que un día es de una forma y al siguiente, de otra.
Morgan es mi amigo ahora y debería serlo a partir de ese día dentro de veinte años, donde trataríamos de prolongar el encuentro y extender la amistad, como si el universo nos perteneciera y uno pudiera apropiarse del mismo. Juguetes del destino y nada más, sombras en un jardín que palidece con la caída del sol y la oscuridad penetrante de la noche cómplice, que acompaña al demonio en la risa desmedida en el inverosímil infierno de nuestra existencia.
Y de pronto, temer a entrar en la cama, horror ante la idea del sueño, de los ojos cerrados y de la presencia de Morgan sentado ante uno, ya no amigo, sino víctima y juez, consciente de tener delante al asesino de sus padres cuando él apenas era un crío y no al salvador que entre la muchedumbre lo llevó a un refugio.
El temor agonizante de enfrentarme al asesino dormido, que en alguna parte acecha. La angustia de no poder enderezar jamás ese camino. Ese soy yo, el cazador acorralado.
Por eso no dormí antes de anoche, ni anoche y llevo tantas horas en vela, sin concurrir al trabajo, sin contestar el teléfono, ni abrir la puerta ante los repetidos llamados en forma de golpes de puños de vaya saber quiénes, porque el fin está cerca, porque Morgan es mi amigo y porque hace dos noches que me espera en la reposera para decirme lo que durante veinte años se guardó muy adentro. Y no es justo, no es justo para él saber de la muerte por mi propia mano.
Ya casi vencido por el cansancio, no me arrodillo ante el sueño. Morgan me espera, lo sé. Pero Morgan no debe sufrir, No si dentro de veinte años ya no soy, no si para cuando el sueño llegue, yo ya me he ido.
El balcón, la altura.
Morgan.
La caída.
La amistad.
El adiós.

El desafío

Cada mediodía tras salir del colegio se reunían en los viejos asientos de madera ubicados en la plaza, sobre la avenida principal de la pequeña ciudad. No hacían nada en particular, solo perder el tiempo y alargar conversaciones iniciadas en el horario de clase.
Algunas permanecían de pie, otras en los bancos de madera – incluso sentados sobre el respaldo – y otras se ponían de cuclillas, con las carpetas entre las piernas. El atuendo escolar le confería al grupo cierta unidad visual.
El centro de atención solía ser Helena. Le gustaba hablar y hablar. Podía hacerlo durante minutos sin tomarse pausa alguna. El resto de las chicas dejaba que hablara porque los temas que tocaba eran de los más interesantes: chicos, fiestas y experiencias sexuales. Y si bien estaban seguras que inventaba la mayor parte de lo que narraba, al menos las entretenía.
Paula, por el contrario, era de las más calladas. Se había sumado al colegio ese año y tras cinco o seis semanas de compartir las mañanas había logrado integrarse. Solía permanecer de pie, apoyada contra un árbol, a menos de un metro del banco de madera. Le gustaba comerse las uñas y pensar en Paula era imaginarla siempre con una mano en las cercanías de su boca.
Ese mediodía en particular, algo llamó la atención del grupo. Paula no solo no se estaba mordiendo uña alguna, sino que en lugar de prestar atención a lo que contaba Helena, miraba embobada hacia el centro de la plaza, donde alrededor del mástil principal – que a pocos metros tenía la compañía del busto de un prócer olvidado – se juntaban los varones.
Fue Helena la que – a pesar de estar hablando sin parar – reparó en Paula y detuvo su monólogo.
– Parece que a una que yo sé está enamorando – dijo, con la pizca de ironía justa como para que las demás adolescentes rieran con su frase.
Paula comprendió de inmediato que se reían de ella. No se molestó. En lugar de eso, se acercó al banco de madera.
– No estoy mirando a nadie en particular – dijo antes que alguien quisiera acotar algo.
– ¡Vamos! ¡Decinos! ¿Quién te gusta? -preguntó Florencia.
– Ninguno, en serio – y mirando a una por una, notando la picardía en sus rostros, agregó – Además, no necesito que me guste ninguno para mirarlos, podría salir con el que quisiera.
Las chicas se rieron.
– Bueno princesa, se te subieron los humitos – le dijo Helena poniéndose de pie.
– En serio – se defendió Paula – ¿Querés probar?
– Mmm… – Griselda, siempre fabuladora, se interpuso entre ambas – Acá me parece que Paulita ya anda con alguien y nos quiere hacer caer en alguna trampa. Nos va a decir que va a salir con fulano y después aparece con fulano. Pero en realidad, ya estaba con fulano. ¿Me siguen?
– Elegí vos, dale – Paula la miraba directamente a los ojos – Decime qué chico querés que salga este fin de semana conmigo. Y este fin de semana lo vas a ver.
El grupo volvió a reírse.
– Lo digo en serio – enfatizó Paula.
Helena llamó aparte a Griselda.
– Dale, decile alguien boluda, pero no seas tonta, no le digás uno feo que seguro va a agarrar viaje, hacela difícil, decile el más lindo o alguno que tenga novia.
Griselda asintió en silencio. Su amiga tenía razón. El desafío no podía ser sencillo.
– Quiero que salgas con Humberto – anunció Griselda.
Las adolescentes se miraron entre sí. Humberto era el deseo de todas. Jugaba al básquet en la primera división del club de la ciudad y era titular a pesar de su corta edad. Pero no solo era su carisma y cuerpo atlético. Humberto hacía al menos tres años que tenía su noviecita. Una pelirroja de la escuela privada. No solo era la rivalidad escolar, sino el hecho que Humberto hubiese preferido a alguien de otro establecimiento que a cualquiera de ellas.
Paula dio un paso adelante, estrechó la mano de Griselda y se marchó. Las chicas volvieron a reír y Helena retomó la historia que estaba contando antes de la interrupción. Aunque ninguna volvió a prestarle la misma atención. Todas estaban pensando en cómo haría Paula para superar el desafío.
Durante los días siguientes la mayoría de las chicas trató de seguir de cerca a Paula, con el fin de poder sorprenderla hablando con Humberto. Pero en ningún momento vieron que se acercara al chico. Tampoco se veía a Paula preocupada. Cada mediodía iba con ellas a la plaza y de ahí a su casa. Sus compañeras se preguntaban si haría algo por tratar de lograr lo que había prometido.
El viernes, cuando se estaba yendo, Helena le recordó lo pactado.
– Si necesitás ayuda, avisame, quizá con mi experiencia te pueda dar una mano – le dijo en sorna.
Paula no respondió con palabras. Solo le guiñó un ojo. Luego cruzó la avenida y la perdieron de vista.
El grupo comentaba que Paula se había jactado para no quedar como una cobarde, aunque había voces que afirmaban que solo lo había hecho para no develar el nombre del chico que le gustaba.
El sábado a la noche, que era cuando solían encontrarse en el único boliche de la ciudad, lejos de haberse olvidado del desafío, el grupo de chicas se había puesto de acuerdo para estar temprano en el lugar. Si Paula no aparecía, irían en plena madrugada a su casa a arrojarle huevos a la ventana. Era lo mínimo que se merecía si no cumplía con su palabra. Tenían tres docenas en el maletero del auto del hermano de Florencia.
Pero faltando cinco minutos para las dos de la madrugada, vieron entrar a Paula al boliche. Y no iba sola. Humberto caminaba a su lado, tomado de la mano.
Algunas balbucearon. Otras directamente no podían creerlo.
– ¿Y la noviecita de Humberto dónde está?
– No, esto tiene que ser un arreglo. Se pusieron de acuerdo, a mi no me engaña.
– Seguro le dio plata, para no perder el desafío.
En ese instante, Humberto le daba un beso en la boca delante de todos.
– No creo que Humberto se deje ver besando a alguien que no sea su novia… y lo está haciendo delante de todas.
No hablaron por más de diez minutos. Sus miradas estaban atrapadas en los movimientos de Paula y Humberto, que bailaban, permanecían abrazados y se besaban de tanto en tanto.
Finalmente Helena se dirigió a ellos.
– ¡Paula, que sorpresa! – gritó al verla y luego, mirando a Humberto – ¿Estrenando novia?
Humberto sonrió.
– No diría estrenar, hace cuánto que salimos Paula… ¿Dos o tres años?
– Tres mi amor, tres ¿Ya no te acordás?
– ¡Si vos viniste a vivir este año a la ciudad Paula! ¿Qué decís?
Paula y Humberto le dirigieron una mirada de sorpresa.
– Helena, ¿estás bien? – Paula apoyó una mano sobre su hombro – Vos viniste este año a la ciudad, yo nací acá.
Helena estalló en carcajadas.
– ¡Entiendo! ¡Entiendo! Me están haciendo una broma, me doy cuenta…
La miraron como si estuviera loca y se alejaron hacia la barra.
Helena quedó perpleja. En su interior estaba creciendo rabia y el deseo de asestarle un buen sopapo a Paula. La había hecho quedar como una tonta delante del chico más popular del colegio. Volvió cargando la bronca con el grupo de amigas.
– No lo puedo creer, sinceramente no lo puedo creer…
– ¿Qué cosa Helena? – preguntó Griselda,
– ¡Qué no solo llega con Humberto, sino que además me pusieron de acuerdo para hacerme quedar como una tonta!
– Y con quién querés que llegue, si son novios desde hace años… – dijo Florencia mientras tomaba una gaseosa.
– Y vos de lo que dijiste que ibas a hacer, nada, puro bla bla bla – Griselda se reía.
– ¿Yo? ¿Qué iba a hacer yo?
– ¿Ahora no te acordás? Dijiste que ibas a encararte a Humberto delante de Paula. Si lo hacías, tenías el derecho de cagarnos a huevazos y si no lo hacías, esa suerte la corrías vos.
– ¿Ustedes están locas? ¿Se pusieron de acuerdo con la nueva?
El grupo de amigas comenzó a reír al unísono, como una jauría de hienas. A Helena se le erizó el cuerpo. En la barra, mirándola de soslayo, Paula, que se había puesto un tonto y raro sombrero que terminaba en punta, sonreía. Creyó ver un brillo extraño en sus ojos, un punto rojo incandescente, un destello tan aterrador como real. Para entonces la sangre en sus venas era un solo río helado.

Gripe

Benito no quería ir a la escuela. Se había levantado con fiaca y el cielo gris que se proyectaba a través de su ventana confirmó su poca voluntad de salir esa mañana de la casa. Así que decidido, tomó el teléfono y llamó a la directora.
– Ana, hoy no voy a dar clases, llame si es posible a una reemplazante.
– ¿No te sientes bien?
Titubeó, podía mentirle acerca de su estado de salud o bien alegar un trámite de último momento. Eligió sin pensar.
– Gripe. Me sentí fatal toda la tarde y anoche caí en cama con fiebre.
– Benito, cuánto me apena escuchar eso. ¿Mucha fiebre?
– Si, muy alta – y como para confirmar su malestar, acotó a continuación: – Dudo que pueda ir al médico, quizá haga reposo todo el día.
Claro que lo haría. Se quedaría toda la mañana en la cama mirando alguna película online, luego pediría comida a domicilio, almorzaría y volvería a acostarse en su habitación a seguir mirando televisión. Era un plan perfecto para una jornada de nubarrones oscuros y brisa fresca.
– No te preocupes por eso Benito, no salgas, el día está espantoso. Nosotros te enviaremos al médico laboral.
Aquello despertó todas sus alarmas. Un profesional no demoraría ni dos segundos en darse cuenta de su estado. Debía actuar rápido.
– Ana, tengo pensado llamar a mi hermana, ella con seguridad me llevará cuando salga de trabajar, al mediodía.
– ¿Seguro? – la directora mostraba un real interés.
– Si Ana, además, una simple gripe no puede hacerme nada.
– No sabemos si es simple Benito, por favor, está la gripe A por todas partes. ¿Quién te dice que no la sea? Además, con tanta fiebre… es un factor a tener en cuenta. Mira, si para la tarde no has ido, envío al médico. Te estaré llamando.
Al cortar la comunicación, recordó a su amigo Fabián. El hermano era médico. No perdía nada con llamarlo y preguntarle si no le extendería un certificado médico. De esa manera, podría decirle a Ana que había ido al médico y tener el justificativo en papel.
Su amigo le solucionó el problema en pocos minutos.
– Me pidió mi hermano que pases a buscarlo cerca de las siete de la tarde, cuando está cerrando el consultorio – le informó Fabián más tarde.
Cuando a la tarde empezó a llover, agradeció no haber ido a trabajar. Consultó la hora y aún tenía tiempo para ver un capítulo más de la serie que había comenzado después de almorzar. Las ventajas de tener todo el tiempo del mundo es que uno podía decidir en qué malgastarlo.
A la tarde salió a buscar el certificado. Mientras conducía hacia el consultorio del hermano de Fabián se imaginó faltando varios días, quedándose en su casa, pidiendo comida a los deliverys y mirando películas y series. Sumaba al factor “no ir a trabajar”, el de “estar soltero”. ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes?
Cuando el médico le entregó el certificado, Benito hizo la pregunta.
– ¿Podrías darme otro con más días? La verdad es que estoy escribiendo una tesis de un posgrado y necesito de todo el tiempo posible, porque la fecha de entrega es antes de fin de mes y estoy atrasado.
Volvió a su casa con dos certificados, un kilo de helado y un pollo de la rotisería de la esquina. Antes de encender el televisor, le escribió un mensaje a la directora.
“Ana, es gripe. Me dieron un certificado por hoy y otro para los próximos cinco días, ya que debo hacer reposo”. Recibió un “Ok que te mejores Besos” como respuesta.
Eran unas mini vacaciones, aunque debía cuidarse de no salir de casa. No podía exponerse que alguien del colegio lo viera lo más campante por la ciudad.
Al otro día, mientras miraba una película, recibió un llamado de Ana.
– Benito, por las dudas estamos tomando medidas de prevención y advirtiendo a los niños que la gripe está rondando. Hoy vendrá un médico a dar una charla al respecto. Tu caso nos ha puesto en alerta.
Agradeció el dato y aconsejó que se cuidaran. Mientras lo hacía, una gran sonrisa estaba instalada en su rostro. No le costaba mentir, lo estaba disfrutando. Cómo no hacerlo, recostado en su cama, con un desayuno abundante y una buena película en la pantalla.
Para la tarde había terminado una temporada más de la serie policial con la que se había enganchado la noche anterior, aunque estaba dudando entre una de un hospital y otra de zombis, como para variar un poco. En medio de una indecisión, llamó su amigo Fabián.
– ¿Vos sugeriste a mi hermano para que vaya a dar una charla sobre la gripe a tu escuela?
Benito casi se atraganta con la medialuna que estaba comiendo.
– ¿Llamaron a tu hermano de la escuela? No lo puedo creer…
– Me avisó recién que pasaba por casa después de la charla y cuando me dijo que era en esa escuela, supuse que vos lo habías invitado. ¿Fuiste a verlo ayer, no?
– Si, por el certificado, pero…
– ¿Pero?
– Le pedí otro, por cinco días más. Y en la escuela dije que tenía gripe. Hoy me avisaron que dan una charla sobre eso. Nunca me imaginé que iría tu hermano. ¡Con todos los médicos que hay en la ciudad!
– Bueno, si sabe que faltás con la excusa de la gripe, no pasa nada.
– En realidad, le mentí…
– ¿Cómo que le mentiste? ¿Dijiste una mentira en la escuela y otra a él?
– Y si, cómo le voy a decir que tengo gripe si estaba más fresco que una lechuga.
– ¡Pero es mi hermano, le hubieras dicho que era un pequeño favor nada más!
– Es que quería faltar más de un día.
– Vos querés mucho, eso es lo que pasa. Espero que no meta la pata.
– De todos modos, no sabe que trabajo ahí.
– Sabe, le dije hace un rato.
– ¡Le dijiste!
– Se me escapó en realidad, me nombró a la escuela y solté “el colegio donde da clases Benito”.
– Seguro va a meter la pata, seguro…
– ¿Qué excusa le pusiste a él?
– Una tesis, de un posgrado…
– ¿Al menos lo estás haciendo? Al posgrado, digo.
– No, qué va. Ni pienso pisar volver a pisar un colegio en mi vida. Para estudiar, claro. Lo piso todos los días, enseñando.
– Entonces te corto y lo llamo. Quizá esté a tiempo de advertirle.
– ¿Y yo quedar como un mentiroso?
– ¡Sos un mentiroso! Ni estás enfermo, ni estás estudiando. Al menos decime la verdad a mí, qué cosa tan importante estás haciendo para inventar tantos pretextos.
– Estoy arreglando la casa, eso estoy haciendo. En la semana no tengo tiempo, los fines de semana los uso para descansar y no quiero perder las vacaciones haciendo lo que no puedo hacer el resto del año. La escuela es agobiante Fabián, los chicos están más descontrolados que nunca, son violentos, insufribles, cuando llego a casa por las tardes no tengo ganas de nada, ni una serie en la tele puedo ver, ni una serie…
Había levantado el tono de la voz, poniendo énfasis en cada palabra, dándole mayor vigor a lo que decía.
– Está bien Benito, está bien… tenés razón. La vida nos obliga a veces a sacrificar nuestro tiempo para sobrevivir, una rara y angustiante paradoja. Me gustaría poder decirte que estás equivocado, pero es un pensamiento afín. Más de una vez he tenido la misma reflexión y debo reconocer que no he tenido los huevos para poder aferrarme a una mentira y poder hacer en casa todo lo que Elvira me viene pidiendo desde que nos casamos.
– Tenés un hermano médico, podés aprovechar.
– Si, aunque es todo un tema para mí, está en el límite entre lo moral y lo filosófico. Lo que debo hacer, lo que necesito hacer. Mi familia me instruyó así, lo sabés bien, Podría hablarlo con mi primo, que es psiquiatra y ha estudiado mucho la mente y las derivaciones…
– ¿Tenés un primo psiquiatra?
– Si, Enrique. Lo has visto en algún que otro cumpleaños. Flaco, de barba…
– ¿Anteojos culo de botella?
– ¡Ese mismo! Bueno, te decía…
– ¿Y vive en la ciudad?
– Si, claro. Frente a lo de Marcos. Bueno, en realidad ahí tiene el consultorio. Vive con los padres, a la vuelta. El tema es que este dilema debo hablarlo con alguien. Lidiar con esta paradoja y quizá si, me anime, Ojo, no digo que estés equivocado. Pero hoy, no estoy de acuerdo. Y si mi hermano habla de más, por boludo vas a estar en problemas.
– No te preocupes Fabián, en serio. No va a pasar nada. Me ayudaste un montón llamándome.
Se despidieron, promesa de verse el fin de semana en el cumpleaños de Horacio. Al fin había podido cortar. Benito estaba exultante. ¿Hablaría de más el hermano de Fabián? No le importaba. ¿Consultaría Ana al doctor, por la gripe contraída por uno de sus maestros, que justamente saltaría en la conversación, sería un conocido en común? Tampoco lo inquietaba.
¡Cómo podía estar preocupado! Más sabiendo que el primo de Fabián era psiquiatra. No solo podía alegar un problema con el manejo de la verdad sino que podía pedir licencia indefinida. ¡Cuánto porvenir repleto de descanso asomaba en el horizonte! ¡Cuántas horas mirando series y películas! ¡Comidas en la cama! ¡Postres a cualquier hora! ¿Y si se cansaba? ¿Si esa vida lo aburría?
Y bueno, siempre estaba la posibilidad de volver a la escuela. Al fin de cuentas, era su trabajo.

Sopa de gallina

Nuestras cenas consisten de sopa de gallina. Eso desde que tengo memoria. La abuela dice que es una tradición que arrastra de su madre. Pero sé que no es cierto. Todo comenzó poco después de haber llegado ella de Rumania, más precisamente después de haberse casado y haber tenido a su único hijo, mi papá.
La abuela, que traía sus costumbres familiares, cuyos orígenes se remontan a la edad media en Transilvania, se casó con un descendiente de un gaucho de las pampas, criado casi a la bartola de conventillo en conventillo.
Mi papá fue bautizado con el nombre de Tristán. Y jamás fue un niño bueno. Sus primeros años los vivió encerrados en el sótano de la casa. Mis abuelos tenían una humilde chacra, pero la habían dotado de un subsuelo donde pasó la infancia mi papá.
Con el tiempo, fue aprendiendo algunos modales y los actos de maldad que profesaba de pequeño fueron remitiendo. No todos, porque por las noches solía escaparse de la habitación que le habían asignado y dedicaba horas y horas bajo la luna matando animales de granjas vecinas.
Colocaban candados en las puertas, trancas en las ventanas, pero de alguna forma lograba ganar el exterior y cuando eso ocurría, las mañanas eran un espanto. En los alrededores de la casa aparecían plumas, cueros, entrañas, sangre…
Pronto los vecinos descubrieron que lo que estaba atacando sus propiedades provenía de la chacra de “los rumanos”. Si bien mi abuelo no lo era, se habían ganado el mote. Cuando se pusieron de acuerdo y se acercaron a hablar, los padres de Tristán no supieron cómo actuar. Sin embargo, mi papá les ahorró las palabras.
Apareció de la nada y hecho un demonio saltó a sus cuellos, arrancando de a mordiscos las arterias, provocando una orgía de sangre y gritos. Los que trataron de huir fueron apresados y condenados a morir a fuerza de golpes y mordeduras. Fue un carnaval propio del infierno, ante la mirada consternada de mis abuelos, petrificados del miedo en la puerta de su hogar.
Pero mi joven padre no terminó allí la faena. Durante dos días recorrió las granjas vecinas y acabó con la vida de todo habitante en las mismas. Nadie quedó vivo. La misma suerte corrieron con el paso de las semanas los animales de las hectáreas adyacentes. Sin nadie que los protegiera, fueron víctimas fáciles del bestial Tristán.
Mis abuelos estaban aterrorizados y ni siquiera trataron de hablar con su hijo. Temían correr la misma suerte que todos sus vecinos. Tristán, por lo tanto, se convirtió en el “Señor” de los campos. Iba y venía a sus anchas, gobernado por una fuerza poco natural que hacía de sus noches, sus días y de sus días, sus noches.
La desaparición de la gente llamó la atención en los pueblos cercanos, donde ellos reponían sus provisiones de tanto en tanto. Aparecieron parientes para saber la suerte de sus seres queridos. Incluso la policía rondó la zona, en busca de pistas sobre los moradores de las “granjas fantasmas”,
Los “rumanos” decían desconocer lo sucedido, pero las sospechas eran enormes. Tristán solía desaparecer cuando advertía la presencia de estos visitantes. Cuando retornaba, solía hacerlo bañado en sangre y con una gallina en la mano.
La locura tuvo su fin cuando Tristán conoció a quién sería mi madre, nieta de uno de los granjeros que perecieron al reclamar la muerte de sus animales en la puerta de la casa de mis abuelos. Siempre nos dijeron que la conoció en un baile, en uno de los pueblos. Pero lejos estuvo de ser verdad. La sorprendió una noche en el camino hacia la granja, perdida luego de vagar todo el día en busca de personas a quién consultar sobre el destino del padre de su mamá.
El destino de la joven era una muerte despiadada, pero la luna resaltó su hermosura en el mismo momento que Tristán había decidido salir de su escondite y terminar con ella. Quedó rendido a sus pies y se presentó como su salvador. Tristán, obrando como jamás lo había hecho, la condujo hasta la granja, donde le ofreció toda su hospitalidad.
Mis abuelos al ver este cambio en la conducta, adoraron a la joven. Ella jamás supo lo acontecido y tanto mi padre como mis abuelos evitaron contarle la verdad. Tristán cesó de matar y a los pocos meses yo estaba en camino.
Jamás pude conocerla. La noche en que me parió, Tristán la mató. Pudo haber sido la sangre derramada en el parto, en la habitación de huéspedes de la pequeña chacra, o la necesidad de matar tanto tiempo reprimida. Lo cierto es que mamá, de quién no tengo ni siquiera una foto, nunca pudo tenerme en brazos. Mi padre no le dio oportunidad alguna.
A él tampoco lo conocí. Esa misma noche, entre gritos desaforados y un llanto desconsolado, como si el acto que había cometido fuera una encrucijada de una naturaleza que lejos estamos de comprender, se internó en el campo y echó a correr.
Nadie jamás supo de él.
Me criaron mis abuelos, tratando día a día de hacerme feliz. Lo lograron, sin dudas que lo hicieron. Y cada noche, desde que tengo memoria, nuestras cenas fueron a base de sopa de gallina. Un día traté de preguntarle a la abuela y me dirigió una mirada gélida que estremeció todo mi cuerpo. El abuelo hizo un ademán para que callara mi curiosidad y nunca más traté de averiguar el motivo del reiterado ritual culinario. Hay cosas, creo, que es mejor no saber.
Hoy sigo sosteniendo lo mismo, y a veces, sobre todo por las noches, trato de pensar en la paz que tendría mi existencia de no haber sido por la última voluntad del abuelo en su lecho de muerte, que fue hablar conmigo a solas, lejos de los sollozos de la abuela, a quién la inminente partida de su compañero de toda la vida le estaba asestando el golpe más grande que pudiera imaginar desde su pobre infancia en Rumania.
El abuelo, temblando, me contó todo lo que he narrado… y algo más, espeluznante. Tristán corrió esa noche, tras matar a mi madre y es verdad, nadie volvió a verlo, pero no por haber huido lejos, sino porque el abuelo lo persiguió con estacas y crucifijos y al enfrentarlo cerca de la ruta, pudo reducirlo y apresarlo.
Desde entonces Tristán está encerrado y atrapado con grilletes en el sótano de la chacra, la misma que lo contuvo en sus años de infante, donde día a día es alimentado con gallinas, cuyos restos luego arroja en un cubo de metal que mi abuela recoge con sumo cuidado y prepara la sopa de cada noche.
Hablo en tiempo presente, porque aún respira bajo las baldosas de mi cuarto, en la total oscuridad, sin ningún otro propósito que el de sobrevivir. Mi abuela ignora la confesión de mi abuelo y es mejor así. No quiero culparla de nada. Al fin de cuentas el monstruo encerrado a un metro de donde escribo estas líneas es su hijo. Pero es hora de ponerle fin. De quemar desde las raíces la maldad. Incluso si eso implica, incinerar todo lo que he conocido en mi vida, que son estas paredes, estos campos, esta pobre vieja que en un castellano torpe sigue llamando a la mesa para tomar una sopa de gallina que me cuesta digerir, tanto o más que la verdadera historia escondida en este recóndito paraje del universo.

Caído del cielo

Habitualmente no circulo por las calles del centro para evitar las multitudes, sobre todo en esos días del mes que vencen los impuestos y la gente sale como loca a pagarlos, con las consecuentes colas en los cajeros automáticos y los puntos de pago. Pero esa mañana me resultaba inevitable, dado que el cliente que debía visitar tenía su estudio justo frente a la plaza principal y como toda ciudad construida a la española, la misma se encuentra en el corazón de la ciudad.
Dejé el coche estacionado a un par de cuadras de mi destino, más que nada para no tener que pagar el estacionamiento medido, tan de moda en los municipios, que ya no saben de dónde sacar fondos para los gastos. Pasé delante del café más lindo de la ciudad, atestado de gente, crucé la avenida principal y tras subir dando saltos la escalera del edificio, me instalé delante del portero eléctrico, para buscar el timbre correspondiente al hombre que debía visitar.
En algún momento de este breve trayecto, Ulises debió de verme. Porque cuando estaba por llamar a la oficina de mi cliente, Ulises apareció de la nada y me aferró el brazo.
– ¡Negro! ¡Cómo caído del cielo!
Mi susto inicial, al sentir que alguien me tomaba del brazo, trocó en perplejidad. Si la memoria no me fallaba, a Ulises no lo veía desde hacía una década. O más. Pero a pesar del tiempo, era imposible no reconocerlo. Con su pera pronunciada y la cabeza calva como una calabaza.
Me estrechó en un abrazo y sin dejarme ni decirle hola, lanzó su pedido.
– Necesito que me prestes 200 o 300 pesos Negro, te juro que te los devuelvo apenas puedas.
Quedé en silencio, con el “¡hola, tanto tiempo!” entre los dientes. Si bien estaba como lo recordaba de la última vez que nos vimos, una tarde en el bar del Gringo, al mismo tiempo no. Es difícil de explicar. Allí lo tenía a Ulises, de cuerpo y alma, pero paralelamente me decía que era imposible, en tanto la cabeza trataba de encontrar el motivo por el cuál aquello parecía extraño.
– Mirá, con 100 hasta podría andar la cosa. Es largo de explicar Negrito, la verdad que parece que hace mil años que no estoy en la ciudad y sos el primer conocido que me cruzo. ¿Podés creer, Negro? El primero.
Me hablaba sosteniendo su mano sobre mi brazo, como midiendo la distancia o cuidando que no me escapara. Y mientras seguía pensando, qué había sido del Ulises. Porque ese día en el bar nos juntamos para despedirlo. Se iba a alguna ciudad distante ¿Rosario? ¿Córdoba? No, Rosario no. Rosario está cerca. Quizá Mendoza. La cosa es que se iba. Y después de eso…
– Si no cargo combustible, estoy jodido viejo. Jodido.
Después de eso, no supimos más nada. Así, de golpe. Un rumor que trajo la novia de Ezequiel, la novia de ese momento claro, hará unos diez años, porque ahora Ezequiel anda con un tal Quique, era que el nombre de Ulises había aparecido en un programa de fenómenos extraterrestres.
– No es necesario meterle super, mucho menos premiun. La normal, de paso rinde más lo que me vayas a prestar. Sé que no es buen combustible, pero el tema es poder salir de acá, vos me entendés.
No, claro que no lo entendía. ¿Ulises, después de diez años, pidiéndome plata? Aquella mina había llegado exaltada, casi corriendo, a la canchita de fútbol cinco donde por esos años nos juntábamos los sábados. Recuerdo bien como venía moviendo las tetas dentro de la musculosa blanca que llevaba puesta. Y pensar que el Ezequiel la dejó porque empezaron a gustarle los pitos. Pero la mina, agitada como estaba, nos preguntó antes que nada si el nombre completo de Ulises, era Ulises Follman Ortiz.
– Fijate, Negrito, fijate si tenés, haceme este favorcito que los Polis están pisándome los talones.
No dijo polis. Yo le entendí polis. Y pensé que se había mandado una y lo estaban buscando. Recordé entonces lo que había dicho la tetona que era novia de aquel maricón: “Escuché en la tele, que en San Rafael, desapareció un hombre después que varias naves no identificadas se dejaron ver en el cielo, rodeadas de una luz azul intensa. Parece que lo abducieron. Se llamaba Ulises Follman Ortiz”.
Ya me parecía que era Mendoza, al menos era la provincia. Desde entonces no supimos nada más de Ulises. Ni siquiera, si aquello había sido verdad o no. Y ahora, allí lo tenía, pidiéndome un par de billetes en la puerta del edificio de mi cliente, a media cuadra de la plaza en la ciudad donde nos criamos.
Al fin hablé.
– Ulises ¿por qué te persigue la cana?
– ¿La cana? – se arqueó para atrás y dio paso a una carcajada. Siempre se había reído así – Los Posh-It dije. Son de la constelación de Alambhra, a diez años luz de Andrómeda. Los cagué en una partida de poker y se la quieren cobrar. Y vos podés creer que la nave se me quedó sin combustible acá a medio kilómetro. Decí que le echás cualquier cosa y funciona, pero nadie me fía un bidoncito. ¡Y claro, con lo cara que está la nafta! En ningún lugar del universo sale lo que sale acá.
Me volvió a pedir la plata.
Le di 250, me volvió a abrazar y se fue contento. Lo perdí doblando por la esquina de la municipalidad. Se lo comenté esa noche a los muchachos en el club y se quedaron boquiabiertos. Nunca más lo volví a ver. Aunque trato de saber de él. Ojo, no espero que me devuelva el dinero, ni mucho menos. Muchas mujeres me han sacado más guita que esa con versos menos complejos. Sin embargo, no dejo de leer ningún blog o sitio web sobre el tema OVNI. Y no es que lo extrañe. Todos nos acostumbremos a que Ulises no esté. Pero que tan solo exista la posibilidad que mientras yo escriba estas líneas él esté surcando el espacio en una nave extraterrestre, ya es suficiente motivo para que su paradero sea mi desvelo.

Caminata al río

A sus pies, el río calmo mecía los pocos camalotes en la orilla. Cincuenta metros más allá un par de pescadores aguardaba en silencio la tensión en sus cañas. El horizonte eran islas y un cielo gris plomizo, inquieto fondo de un paisaje cómplice.
Con la punta del zapato empujó una piedra al río. Hizo un ruido imperceptible y desapareció de su vista, sumergida unos pocos centímetros en el agua marrón. Tenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y la mirada vagando de un punto a otro, sin observar nada en particular.
Había bajado la temperatura después de la puesta del sol y los pescadores se habían puesto sus abrigos. A él el frío no lo inquietaba. Estaba parado en la orilla sin ningún motivo en especial. O en realidad si, pero aún no lo sabía.
Esa tarde se había despertado de la siesta con una sola idea. Caminar hasta el río. Hacía meses que no lo hacía. Antes, cada mañana, recorría a pie las casi treinta cuadras que tenía desde el barrio en el que vivía. No era solo el río, las islas, la caminata en sí. Era el ritual de volver. El retorno a su niñez. A sus días de infancia con ese paisaje delante de los ojos. Los juegos en el agua, los picados de fútbol en las plazoletas, los mojarreros improvisados y las horas esperando el pique en compañía de hermanos, primos y amigos. Su adolescencia, la primera y única novia, el primer beso, la barra de amigos, las salidas, las trasnochadas en grupo, las mateadas de los domingos, el primer laburo…
Ese viaje implicaba a diario un sinfín de sentimientos. Como si pudiera desandar los años y retomar su vida desde cualquier momento. Pero al volver a casa sabía que no era así. Tan solo podía acudir a los recuerdos y por entonces, eso lo conformaba.
Pero la realidad ahora era otra. Desde la muerte de su esposa, la mujer que lo acompañó toda la vida, aquella caminata se postergaba cada mañana. Incluso, la había postergado ese mismo día, cuando después de unos mates amargos, se puso una campera y amagó a ir hasta la puerta. Sin embargo, tras la siesta, la idea se había hecho poderosa.
Y entonces caminó, pisando las hojas de otoño, respirando la brisa fresca de mayo, jugando a recordar los rostros de antaño y aún más difícil, darles un nombre y apellido. El río estaba allí, imponente pero al mismo tiempo, indiferente. No lo estaba esperando, como no espera a nadie. Solo está, porque su existencia es esa.
Cuando emprendió el regreso, ya de noche, los pescadores todavía estaban. Parecían anclados al lugar. Y es probable que lo estuvieran. Él mismo lo había estado, durante años, cada mañana de su vida.
Esa había sido su última visita. Lo supo de inmediato, al tiempo que le daba la espalda al colosal Paraná. Desde que había fallecido su mujer, no había vuelto a sonreír. Ahora lo hacía. Las manos enfundadas en los bolsillos, el tranco lento, la mirada en alto. No hacía falta otro regreso. Lo que buscaba no estaba allí. Nunca lo había estado. Volver era ponerle un marco al ayer, por temor quizá a que de a poco se fuera desdibujando. Pero era algo inevitable, la forma que tiene la vida en transformarse, en dejar lugar para el futuro.
Ignoraba cuánto tiempo le regalaría el caprichoso destino, pero de algo estaba seguro. No lo ocuparía en tratar de alcanzar un río cuyas aguas largamente ya lo habían dejado atrás.
Por eso sonreía en aquella fresca noche de otoño, caminando bajo estrellas ocultas y en calles desiertas.

Ring raje

Soy adicto a tocar timbres. No es un pasatiempo, sino una adicción. La diferencia es que si bien me da placer, sufro mucho y tengo muy en claro que es algo que debo dejar de hacer.
Suelo salir a caminar con la excusa de ir al mercado, a buscar el diario o visitar a mi nieto en la casa de mi hijo y nuera. Pero en realidad, es un itinerario con un único fin, el de presionar timbres en las viviendas que encuentro en el camino.
Elijo las más cercanas a las esquinas, para poder escapar rápidamente de la vista cuando la gente salga a atender la puerta. No pierdo el tiempo cuando es un portero eléctrico. La ventaja del portero es que la gente no tiene que caminar hasta la puerta. Con solo usar el intercomunicador sabe si hay un visitante afuera o no.
También busco las últimas casas de la cuadra porque a esta edad tener que correr no es una elección, sino una imposibilidad. Cuando se superan los setenta años, la vida se hace cuesta arriba. Todo requiere un esfuerzo extra. Incluso las estrategias a la hora de tocar timbres.
Antes llegaba a tocar hasta tres o cuatro timbres en una misma vereda. Corriendo podía escapar con velocidad sin ser visto. En mis tiempos, era el mejor. Al menos entre mis amigos. Cuando purretes, claro. A partir que uno se hace adulto algo así se transforma en una cruzada solitaria. Incluso compartir el secreto es un riesgo. Uno puede caer en la adjetivación fácil y denigrante.
Le he tocado timbre incluso a mi esposa y me he divertido espiándola detrás del jacarandá de la vereda de enfrente. Le fastidia ser víctima de esa broma infantil. Supongo que a todos. Es una broma inofensiva, pero desconcertante. Puedo entender a las víctimas y hasta hacerme el que me da bronca cuando me lo cuentan.
Pero estoy del otro lado. Soy de los que tocan, no de los que van a atender. Y cada año que pasa, reconozco, me da un poco más de vergüenza el pensar que pueden descubrirme. Por eso comprendo que lo mío es una adicción. El sufrimiento va de la mano del placer, o del dedo en este caso.
Cuando el aburrimiento de la tarde se hace hostil y mis piernas susurran su incomodidad con pequeños calambres, me enfundo en mi otra personalidad y tras un beso en cada mejilla me despida de mi esposa, busco un pretexto y atravieso la puerta. Me convierto en el adicto y ya en la calle, de cada lado de la vereda, observo ávido las drogas en forma de timbre que esperan el asalto diario de mi perdición.

Las últimas monedas

Eran las últimas monedas. Podía sentir el peso en el fondo del bolsillo del pantalón como así el tintineo de las mismas al chocar entre sí. Miraba las mesas de poker y el deseo de estar sentado en alguna le provocaba un nudo en el estómago. ¿Cómo podía ser? ¿En qué cabeza podía existir esa idea? Sobre todo cuando había pasado las últimas cuatro horas en una, perdiendo uno tras otro los billetes de su sueldo. Salvo las monedas, claro. Las monedas estaban aún en el bolsillo del pantalón.
Debía estar sintiéndose mal, sufriendo al saber que había perdido la paga de todo un mes en un santiamén. Pensando quizá en las palabras que soltaría delante de su mujer, cuando ella comenzara a exigirle una explicación. Sin embargo, estaba bien. Angustiado, eso si, por no poder seguir jugando. Pero estaba bien. Malditamente bien.
Se rió solo, allí acodado en la barra del casino, despertando miradas ajenas y aburridas, de rostros portadores de diversas tristezas combatidas con tragos en vasos largos. No le importaba llamar la atención, al contrario. Que lo miraran riéndose en solitario lo animó al punto de estallar en carcajadas. Un hombre que usaba peluquín se alejó de su lado. Una señora entrada en años, que vestía una larga falda roja, prefirió apartarse un par de metros. Incluso el barman se distrajo de lo que hacía, dejando caer un limón al suelo.
Ponía nervioso a los demás. Podía sentir esa incomodidad. Era agradable, una sensación placentera. A veces lograba lo mismo en la mesa de poker, aunque no esa noche. Lo asaltó la tos en medio de las carcajadas. El turno de apartarse de la barra ahora fue para él. Se dirigió al baño de caballeros y corrió al lavabo de manos. Con la ayuda de la mano se llevó agua a la boca. Aprovechó para enjuagarse la cara. Ya no tosía, pero el rostro estaba colorado. Al moverse volvieron a hacerse escuchar las monedas. Un ruido más cerrado y sonoro llegó desde uno de los retretes. Alguien trató de taparlo con un carraspeo, pero el pedo había sido elocuente.
Algo tan tono como un pedo lo había devuelto a la realidad. Miró el espejo delante suyo y vio a un hombre con pronunciadas arrugas, de hombros caídos, con el rostro húmedo y agitado, el poco cabello algo revuelto, ropa vieja y desgastada… el semblante de un perdedor, de alguien que hay hecho de su vida la nada misma.
La puerta golpeó el marco. Alguien más entró al baño y fue hasta los mingitorios. Volvió a mirarse en ese reflejo de mal gusto pero de inmediato quitó la mirada. Era suficiente. Salió del baño, dejó atrás la barra del bar, las mesas de poker, las ruletas, siguió la alfombra roja hasta la salida y escapó, casi al borde de la histeria, al aire libre, donde la brisa fresca lo recibió sin previo aviso, como un sopapo en la mejilla.
Metió las manos repentinamente frías en los bolsillos del pantalón, topándose con las monedas. Las últimas que le quedaban. Había regalado el sueldo en un juego de cartas y ya nada le quedaba para el resto del mes. Solo esas monedas, migajas de la miseria.
Su casa estaba lejos, quizá servirían para el colectivo. Había llegado en taxi, pero aquel lujo era ahora un imposible. También lo sería hablarle a su mujer, pero esa sería una historia futura, con suerte de la mañana siguiente. Avanzó unos metros y se vio sobre un colchón, bajo la vidriera de una tienda de ropa. No era él, pero al mismo tiempo lo era. Ese rostro hambriento era prácticamente igual al que había visto en el espejo del baño..Con más cabello, sucio y despeinado, ropas andrajosas, menos dientes y una mirada sin brillo, ausente. Podía jugar a las “siete diferencias” si se lo proponía, pero no no más. Así de cerca estaba de su destino, así de cerca aquel hombre sin techo lo aconsejaba en silencio.
Tanteó el bolsillo y apresó con la mano aquellas últimas monedas. Se las dio al hombre sin pensarlo dos veces. Como a veces sucedía en las manos de poker, cuando actuaba por impulso y se quedaba sin nada. Ahora también, es un salto en caída libre hacia un abismo sin fondo, como su vida misma, de desencanto en desencanto, de frustración en frustración. La vida de un perdedor que se caga en todo, en todos, que solo le importa sufrir y sentirse menos.
La brisa se transformó en viento mientras dejaba la parada del colectivo atrás. La premisa ahora era caminar. Un pie detrás del otro, de a poco, lentamente, como no queriendo llegar nunca, como si el deseo fuera otro, uno más cruel pero justo, en el que la noche mostrara los dientes y en sus fauces lo engullera para privarlo de lo poco que aún lo hiciera feliz. Pero nada de eso sucedería. Caminaría, llegaría a su casa, pelearía con su mujer y la vida continuaría. Para mal, para bien. Ya no lo sabía. Quizá el destino era que algún día entendiera algo, una moraleja, una lección, algo. O tal vez, simplemente, que el azar le diera otra oportunidad y pudiera hacer su mejor apuesta.

Musa inspiradora

La rubia entró al bar hecha una furia, dejando golpear la puerta contra el marco lo que provocó que desde todas las mesas las miradas se dirigieran a ella.

Al verla, llevaron la vista a una de las mesas pegadas a la ventana que da a la calle. La mesa que siempre ocupa Luis.

Los altos tacones repiquetearon sobre el deslustrado piso de madera. Luis la había visto, pero se hacía el boludo. Fingía estar compenetrado en la resolución de un crucigrama en la sección de pasatiempos del diario.

Ella se plantó delante de la mesa y sin esperar que él se percatara de su presencia, escupió su bronca:

– ¡Luis, dejá de escribir sobre mí!

El hombre agitó sus hombros, para hacerse el sorprendido y levantó la cabeza hacia donde ella estaba. Le miró el rostro, luego las tetas – que parecían leudar dentro del escote – y otra vez el rostro.

– ¡Carinita, que linda sorpresa!

– ¡Qué Carinita ni ocho cuartos!¡Otra vez escribiste una historia conmigo como protagonista!

– Pero Carinita, es ficción.

La rubia abrió los ojos lo más grandes que pudo, se apretó los puños conteniendo la bronca y le pegó un zapatazo al suelo.

– ¡Me cago en vos Luis, sos un pelotudo! La primera vez, vaya y pase, lo tomo como un halago. La segunda vez, bueno, te la perdono, pero te lo advertí… ahora, la tercera, la cuarta y hoy la quinta historia en la que me hacés ver como la reina del glamour y las orgías en ese mundo pervertido que es tu cabeza ¡es el colmo! ¡Te voy a denunciar!

Y como sentencia física de la sentencia oral agarró el vaso de jugo de naranja que acompañaba el café y se lo arrojó a la cabeza.

Luis dio un salto hacia atrás, poniéndose de pie. No pude evitar el vaso, ni detener la caída estrepitosa de la silla contra el piso.

– ¡Carina, mirá lo que hacés!

– ¡Carina las pelotas, imbécil! Me cansaste, hasta acá llegó nuestra amistad, no quiero ni volver a verte y más vale que dejes de publicar esas historias en la revista, porque te mato, te corto el pito, te saco los ojos, te… – la rubia se largó a llorar, venía haciendo un esfuerzo enorme para aparentar fortaleza, pero aquella catarata de catarsis derrumbó todo intento de permanecer firme.

Luis se acercó, primero con miedo, luego envalentonado al verla quebrada anímicamente. Por las dudas alejó el pocillo del café, no fuera a ser que quisiera convertirlo también en un objeto contundente.

– Escuchame pimpollito, escuchame…

Entre hipos y manotazos al aire, ella lo dejó aproximarse.

– No escribo más sobre vos, te lo prometo. Se acabó. No me importa que la gente se enoje, ni que los editores pidan más y más historias de Carinita, ni todas las cosas lindas que me escriben los lectores, ni las cartas que llegan al diario, nada de nada. Se acabó. Te lo prometo.

La rubia tomó una servilleta y se la pasó por la cara. Se le corrió un poco de maquillaje pero no le importó. Luis se había acercado bastante, lo suficiente como para pasarle un brazo alrededor de los hombros.

– En… en serio que… – hipo – que la gente te escribe.

– Si, en serio. Aman a Carinita.

– ¿Me aman?

– Te aman, dicen cosas hermosas sobre vos. Están ansiosos siempre por la siguiente historia. Pero ya no importa. Lo que importa es que vos estés bien.

Carina se apartó de Luis y buscó una silla. Luis, nunca lerdo, acercó una silla a la de ella.

– Es que hoy en la peluquería volví a verme en una de las historias y me sentí…

– ¿Violada?

– ¡No! Vulnerada. Me da pudor.

– Mirá, esa sola noche juntos despertó mil historias en mi mente. Cada línea es un homenaje, un recuerdo vivo de mis sentimientos, quiero que seas eterna a través de mis letras. ¿No te gusta eso?

– Es que, la Carina de esas historias es tan…

– Encantadora

– No, puta.

– Carina, por favor, ella es un alma libre, decidida. Estás equivocando el punto de vista.

– ¿Seguro?

– ¡Segurísimo! ¿Soy el autor, no?

– Tenés razón – dijo la rubia, al tiempo que se ponía de pie – Mirá, hacé de cuenta que no dije nada, perdoname por el jugo que te tiré encima, si la gente me quiere, dale, seguí escribiendo.

Dio dos pasos hacia la puerta, se detuvo, giró, volvió hacia Luis, lo besó brevemente en los labios y finalmente se fue del bar.

La gente en las mesas volvió a sus asuntos. Luis se acomodó la ropa, juntó el vaso, la silla que aún estaba en el suelo y llamó a Ramón, el mozo.

– Traéme otro café Ramón, que éste ya se enfrió.

– Casi se queda sin musa inspiradora, Luis.

– No me hagás reír, le cambiaba el nombre y seguía escribiendo las mismas cosas. Pero era una lástima terminar así con una mina así. ¿Viste lo buena que está? ¿Y cuál es el precio? Un vaso de jugo en la cabeza.

– Pero no es la primera que una mujer viene y le revolea algo, Luis. ¿La semana pasada no fue una morocha? ¿No estará jugando muy al límite con sus conocidas?

– Mi amigo, esta profesión no es fácil. Usted me me acá sentado la mayor parte del día, pero no se imagina lo que son las noches. No se imagina. Por eso, traiga un café fuerte, que esta noche no quiero quedarme dormido en la mejor parte.

El jacarandá

Conozco cada rama, cada una. Le temo a la noche, a sus recovecos, al silencio que genera y los sonidos que escupe, a las sombras que la luna dibuja con mala intención. Y por culpa de ese temor, es que las conozco mejor que nadie. Podría dibujarlas con los ojos cerrados. Podría, pero me aterro de solo pensarlas.

En mis noches de insomnio he podido observarlas en detalle, descifrando sus siluetas caprichosas, aprendiendo sus movimientos oscilantes y el repliegue ante el viento o la quietud ante la brisa.

Ese jacarandá justo delante de mi ventana ha sido en estos años de vida una compañía inquietante. He tratado de no mirarlo, de hacer el esfuerzo por voltearme en la cama hacia el lado contrario, pero el susurro de sus hojas me llama, me obliga a mirarlo, a tener la certeza que aún está allí y que sus ramas permanecen del otro lado del vidrio y que nada hacen por querer penetrar en mi cuarto.

Las noches en vela, que se traducirán en el cansancio y malestar durante el día, son la prueba irrefutable del conocimiento de las ramas del jacarandá. He imagino miles de historia sobre ellas, he visto como las hojas van y vienen, temporales moradoras. Y sin embargo, a pesar de todo, no me creen.

He llamado varias veces y me han tratado de absurdo, de loco, de estúpido. Conozco cada centímetro de ese árbol, cada contorno en la oscuridad. Por eso, cuando digo al teléfono a la operadora del 911 que aquello que pende a mitad de altura entre las primeras ramas y la cercanía de la copa no es otra cosa que un brazo colgando, lo digo con la total certeza que el miedo y las horas muertas me han brindado.

Es un brazo y se mece a voluntad del viento; es un brazo y ningún cuerpo.

Un hombre de negocios

Hasta ese día, Juan Carlos era un hombre de negocios. Exitoso, seguro de sí mismo, un emprendedor que sin temerle a nada apostaba en ganador. Su palabra arrojaba un manto de seguridad para los inversores que dependían de su visión. Mencionarlo en una conversación era inclinar la balanza a favor. Tal era el peso que tenía en el mundillo del dinero.
Puertas adentro, Mabel, su esposa, lo consideraba un buen marido, un padre preocupado y atento con sus hijos y una persona mucho mejor de la que siempre soñó como compañero en la vida. Si bien sus viajes continuos la afligían, el saber que la amaba le era suficiente.
El vuelo desde Estados Unidos se atrasó cinco horas. El mal tiempo en una de las escalas motivó que Juan Carlos no pudiera llegar a horario al cumpleaños de Matías.
– Estoy en taxi, amor, supongo que se están divirtiendo de lo lindo – preguntó Juan Carlos por teléfono a su mujer, tratando de disimular la bronca por no poder estar en ese momento en su casa.
– Si, pero Matías te espera a vos, quiere darte una sorpresa… pero no te preocupes, no le pidas al taxitas que se apure, vení tranquilo, él se está divirtiendo con los primos.
– No todos los días un hijo cumple cinco años.
– Pero si todos los días ocurren accidentes de tránsito – Mabel hizo una pausa – No importa la hora a la que llegues, el va a guardar la mejor sonrisa para vos.
Ella tenía razón. Le pidió al taxista que omitiera su pedido de apurarse. Se acomodó en su asiento y se dejó llevar por el paisaje exterior, tan conocido y al mismo tiempo inexplorado. Solo conocía oficinas y más oficinas.
El coche se detuvo frente a su casa al atardecer. La música llegaba hasta la calle. Una voz femenina contaba la historia de sapo aparentemente gracioso y saltarín. Sonrió antes de entrar por la puerta. Nada mejor que presentarse ante los demás con una grata sonrisa. No siempre era genuina, pero esa sí. Estaba en casa y su hijo celebraba su quinto año de vida. ¿Qué más podía pedir?
Mabel había estado atenta mirando de reojo por la ventana y lo había visto subir las escalinatas. Ni bien puso un pie en la sala, se arrojó a sus brazos. Quería sentir su cuerpo cerca, luego de varios días extrañándolo. Juan Carlos respondió abrazándola con fuerza. El sentimiento tácito, el poder sentir la respiración del otro, el fundirse en un solo ser. ¿Qué otra señal necesita el universo para comprender que eso es el amor?
– Matías está en el patio, quisiera en realidad llevarte a otro lado – Mabel sonrió pícaramente – pero creo que no vamos a poder – dijo largando una carcajada. Estaba feliz de verlo en casa.
Juan Carlos desajustó la corbata y buscó en su maletín el regalo envuelto en papel azul metalizado coronado con un moño dorado. Se había tomado una tarde para buscar aquel personaje del dibujo animado favorito de su hijo.
En el camino se encontró con parientes y amigos. Los saludó brevemente, con la excusa de saludar a su hijo. Fue hasta la puerta balcón que daba al patio y salió al exterior, donde algunas luces ya estaban encendidas, previendo el inminente adiós del sol.
Había muchos chicos correteando, la mayoría de mayor edad que su hijo más pequeño. Mabel solía invitar a los amigos de su hijo más grande, Ezequiel, al que creyó ver trepando a un árbol en el extremo opuesto del patio. Todavía no había podido dar con Matías. No estaba con los niños que jugaban sobre el césped, ni tampoco en el sector de juegos, que estaba compuesto por un tobogán, un sube y baja y dos hamacas.
Sin quitar la vista de los sitios donde había niños en grupo, fue hasta la parte posterior del jardín, siguiendo un camino de piedras que había hecho traer desde el sur del país especialmente. Al girar por detrás de la casa se detuvo de golpe y el regalo cayó de su mano al piso.
Dio dos pasos hacia atrás y trastabilló con sus propios pies, cayendo de espaldas ruidosamente. Algunos chicos que jugaban cerca se largaron a reír. Matías, en cambio, rompió en un llanto desconsolado, sin poder comprender por qué su papá al verlo se había asustado tanto.
Juan Carlos despertó dos horas más tarde en su habitación. Mabel estaba a su lado, con semblante preocupado.
– ¿Qué me pasó? – preguntó Juan Carlos, viendo que estaba en la cama.
– El médico acaba de irse, al caer te golpeaste la cabeza, pidió que el lunes sin falta te hagas una tomografía – le alcanzó un vaso de agua y prosiguió hablando – Matías se asustó mucho, estaba delante tuyo cuando te caíste.
Juan Carlos tosió mientras tomaba agua. Parte del líquido se derramó encima de su cuerpo. Mabel se apuró en quitarle el vaso.
– ¿Matías estaba ahí? – parecía sorprendido, no recordaba haber visto a su hijo.
– Claro que estaba ahí, te estaba esperando para darte una sorpresa, te caíste justo que él te encontró.
– Pero… – Juan Carlos quedó en silencio, pensativo.
Su rostro estaba pálido. Sus ojos entornados parecían querer algo que estaba más allá de sus recuerdos y sin embargo estaban posados en un recuerdo extraño, como si la imagen grabada en su cabeza estuviera allí mismo, entre él y su esposa.
– Algo te asustó – afirmó Mabel.
– No, no lo creo… yo…
– Te orinaste encima.
Juan Carlos quedó absorto. Instintivamente llevó sus manos hacia la zona de los genitales.
– Ya te cambié, no quería que el médico te encontrara así.
– ¿Qué dijo de eso? ¿Fue por el golpe?
– No se lo comenté.
Otra vez el silencio. La incomodidad. Cómo si ambos fueran dos extraños. Cómo si la escena de un par de horas antes, con el abrazo, la sensación de completa felicidad, hubiese sido protagonizada por otras personas.
– Ahí afuera había un payaso, Mabel – confesó al fin Juan Carlos.
Ahora la que parecía confundida era ella.
– ¡Claro que había un payaso! – no sabía si reírse o enojarse, la comisura de los labios se inclinaba hacia arriba y abajo – ¡Matías se había disfrazado de payaso para recibirte!
– Mabel, necesito vomitar, por favor…
Pero su esposa no tuvo tiempo de nada, Juan Carlos se inclinó fuera de la cama y arrojó lo poco que había comido en el avión sobre la alfombra de la habitación.
Mabel se llevó una mano al rostro.
– ¿Qué te sucede Juan Carlos?
Ahora lo notaba agitado. Ya se había recostado nuevamente en la cama. Se quedó mirando el techo al menos un par de minutos. Mabel estaba por ir a buscar algo con qué limpiar la alfombra, cuando escuchó su voz.
– Le tengo fobia a los payasos.
Ella giró para mirarlo justo debajo del marco de la puerta de la habitación.
– Era tu hijo, Juan Carlos.
– Solo vi un payaso. Es la imagen que tengo en la mente. Un payaso horrible, con garras en lugar de manos, sangre cayendo de sus labios y un líquido viscoso saliendo por los ojos.
– ¿Te estás escuchando?
– Así veo los payasos – nuevamente estaba pálido, como si el recuerdo de lo que había visto volviera a asustarlo – No tengo otra manera de verlos. Jamás llevé a los chicos al circo porque les tengo temor a los payasos.
– Bien, eso es algo que podemos hablar más adelante. Creo que lo importante ahora, además que te recuperes, es que puedas explicarle a tu hijo que no ha sido su culpa, porque está llorando en su cuarto desconsolado, pensando que el causó tu caída.
– Es que no ha sido él, sino ese payaso…
– Matías estaba vestido como payaso, incluso se había maquillado…
– Tenía garras, Mabel, garras enormes y la sangre…
– Juan Carlos, era tu hijo, maquillado por mi hermana vestido con un traje que le compré hace dos días en el centro. No había ningún monstruo.
– No, yo ví…
– ¡Juan Carlos, escuchate por el amor de dios! ¿Qué tomaste? ¿Te convidaron drogas? ¿Bebiste algo en el viaje?
El hombre de negocios cruzó los brazos, fastidiado. No pretendía que ella pudiera imaginarse lo que él vio, pero tampoco le gustaba que lo tratara así, con esa desconfianza.
Mabel giró para marcharse, pero él la llamó por su nombre.
– Es lo que vi, esa criatura no era Matías.
Ahora si, lo dejó solo en la habitación. Volvió más tarde con un balde. Se lo dejó a un lado de la cama y le pidió que limpiara. Y que cuando terminara, fuera a ver a su hijo.
Cuando Juan Carlos golpeó a la puerta de Matías, deseó que estuviera dormido. Sin embargo la vocecita de su hijo se escuchó invitándolo a pasar.
Estaba acostado en la cama, con la ropa para dormir. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. No había rastros del traje de payaso en ninguna parte y agradeció por ello en silencio. Abrazó a su hijo con mucho cariño.
– Feliz cumpleaños Matías – le dijo en un susurro, cerca del oído.
– Gracias por el regalo papá, la tía lo encontró en el suelo, ahí dónde…
Papá sonrió.
– Me alegra que te haya gustado – notó entonces que el muñeco estaba también en la cama, bajo la almohada.
– ¿Fue mi culpa papá? Yo quería darte una sorpresa y pensé que si aparecía de golpe te ibas a reír.
– No, no fue tu culpa, yo… me tropecé, creo que de la alegría de verte, debo haber tropezado, si, y lo que soy más torpe que un camello no pude hacer pie y bueno, ya me viste, me desparramé por todo el patio.
Dijo las últimas palabras riendo, por lo que ambos terminaron a las carcajadas. Mabel estaba en el pasillo y podía escuchar las risotadas. Eso la reconfortó. Sin embargo estaba preocupada. ¿Su marido estaría perdiendo la cordura?
La puerta de la habitación se abrió y Juan Carlos salió al pasillo. Quedaron mirándose en silencio.
– Perdón, perdón por arruinar este día. Primero llegando tarde, después con esa escena en el patio, no sé lo que me pasó – sus palabras querían asemejarse a una disculpa, pero a Mabel algo no le cerraba.
– ¿Por qué le tenés miedo a los payasos?
– Son seres horrendos, Mabel. ¿Nunca has mirado detenidamente a uno? Rostros enfermos, movimientos tontos, labios repletos de sangre, ojos que supuran, el cabello sucio y maloliente… y las garras, esas enormes garras en las manos y en los pies. Los payasos son ejércitos del diablo, provienen del infierno mismo.
– No puedo creer lo que escucho. ¿Te asustó algún payaso cuando eras chico? No lo entiendo.
– ¿Asustarme? Los payasos se devoraron a mis hermanos.
– ¿Qué hermanos Juan Carlos? ¡Sos hijo único!
Juan Carlos no contestó. Se mordió los labios y se alejó en dirección contrario. Ella lo alcanzó y lo sujetó de un brazo. Él no se resistió.
– ¿Qué decís Juan Carlos? Me das miedo.
Tragó saliva. Luego expulsó el aire de sus pulmones en un suspiro prolongado.
– No soy hijo único, Mabel. En realidad, no lo fui. Tenía tres hermanos, trillizos. Mis padres… te mentí sobre ellos. No tenían una tienda de ropa, ni siquiera solían tener ropas normales. Ellos eran payasos. Súbditos del demonio. Viajábamos de ciudad en ciudad, de circo en circo, de tragedia en tragedia. Salían disfrazados de payasos y volvían manchados de sangre. Con cinco años me quedaba a cargo de los trillizos, de sus llantos, sus berrinches, a veces hasta sin leche ni comida para darles. El error de ellos fue sumarse a un espectáculo que recaló en un pueblo de mala muerte, donde apenas si había unas diez familias. Y donde nadie tenía niños. Entonces, hambrientos, se devoraron a los suyos. Me escapé mientras eso ocurría. Corrí toda la noche por la ruta que nos había llevado hasta ese lugar. No podía detenerme, debía correr sin parar. Pero tenía cinco años Mabel, cinco malditos años. Ellos me alcanzaron en un viejo Renault 6. Me subieron al vehículo y en lugar de regresar, fuimos en dirección opuesta. Vi entonces todos sus bártulos en el asiento trasero. El asiento donde siempre iban ellos, los trillizos. Nos estábamos yendo, con seguridad a buscar un nuevo circo, otra aventura. Y no pude soportarlo. Me escabullí de los brazos de mi madre y le salté a la yugular. Le hinqué los dientes con furia. La sangre saltó como un rayo y manchó el vidrio de la ventanilla. Papá en su afán de quitarme de encima de ella soltó el volante. Me había agarrado del cuello cuando el vehículo, que se había desviado del camino, mordió una zanja y dio vuelta. Los dos murieron en el acto. Yo quedé atrapado en medio de los dos y no me hice un solo rasguño en todo el cuerpo. Sin embargo, esa noche murió mi alma, mi niñez, mi inocencia. Estuve en instituciones hasta que tuve la edad de trabajar. Toda mi vida Mabel, empezó allí. El trabajo, los estudios, vos, los chicos. Lo demás no tenía sentido revivirlo. Nunca. Pero hoy a vuelto, con afán de venganza.
Ella estaba en silencio, los ojos abiertos pero sin mirar. Imaginando quizá cada frase que Juan Carlos había soltado como quién abre una represa.
– Todos los payasos son así Mabel, por eso van de pueblo en pueblo, están malditos. Conozco el secreto que guardan, es una maldita carga que me acompaña desde pequeño. Al ver un payaso, veo lo que realmente son. Es el precio de saber quiénes son realmente. Para el mundo, soy un hombre de negocios. Interiormente, soy un sobreviviente. Y quiero que así siga siendo. Nada de payasos en casa Mabel, Nada de trajes coloridos y maquillaje. Porque de una u otra manera, quien los use, se convertirá. El diablo es muy poderoso. No lo tentemos Mabel, no lo tentemos. ¿Te parece bien, amor?
Ella dudó en contestar, miraba hacia la puerta de la habitación de su hijo continuamente. Su marido ahora parecía más calmado, había recuperado el color, pero al mismo tiempo, le parecía un extraño, alguien a quién debía comenzar a conocer nuevamente.
– Ahora quiero dormir Juan Carlos, mañana hablamos.
Él asintió.
– El traje… ¿dónde quedó?
Cerró los ojos, tratando de recordar.
– Debe estar en el lavadero, con la ropa sucia.
Hacia allí se dirigió Juan Carlos. Ella fue a la habitación. Ya era muy tarde. Estaba cansada y aquella revelación… la había extenuado. Le iba a costar dormir, sabía que así sería. Por la ventana le llegaba el crepitar de las llamas. No miraría, podía imaginar la columna de humo elevándose entre los árboles, escapando de las llamas, del traje ardiendo, retorciéndose en el calor, desapareciendo poco a poco, como si con aquel acto primitivo el horror pudiera convertirse también en cenizas.

Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp

Debía reconocerlo: no se llevaba bien con la tecnología. Lo que a cualquiera podía llevarle unos pocos minutos, a él le ocupaba un largo rato. Y le generaba además de impaciencia, un malhumor que demoraba aún mucho más tiempo en irse. Pero esa tarde no lo demoraba la trivial tarea de bajar una foto del celular a la notebook ni de adjuntar un archivo a un correo electrónico. Aquello era mucho más importante, era nada menos que la confección de su curriculum vitae.
– Traelo antes de las cinco – le había dicho el primo de su novia – Mirá que mañana empiezan las entrevistas.
Esa advertencia había sido disparadora de muchos temores antes de llegar a su casa y encender la máquina.
Seguro no arranca.
No voy a tener internet.
No hay papel en la impresora.
No queda tinta en la impresora.
La batería está muerta y la casa está sin energía eléctrica.

Mil posibilidades de fracaso desfilaron en su mente hasta llegar a la habitación, pulsar el botón de encendido y aguardar esos segundos críticos previos a observar la luz del led cambiar de naranja a verde y confirmar que los astros siguen alineados al contemplar en la pantalla aparecer el bendito logo del sistema.
Hasta allí, la tecnología.
A partir de allí, el simio tomando control de la tecnología.
Así se veía ante tremendas tareas. Buscó con el cursor del mouse el ícono del procesador de textos y lo activó con dos clics. Cuando el programa quedó abierto, ocupando toda la pantalla, supo que no tenía la más puta idea de cómo armar un curriculum.
Miró la hora en el reloj de la pared y mentalmente calculó que no podía esperar ayuda de su hermano más chico, que dominaba la computadora como un campeón.
– Para las cinco no llego – vaticinó en voz alta, sintiendo un sudor frío recorriéndole la espalda – Para las cinco no llego – confirmó, como quién martilla por las dudas dos clavos de más en el ataúd para sellar el pacto de la vida con la muerte.
Al menos se defendía algo con el celular. Le mandó un mensaje a Esteban, su mejor amigo.
¿Cómo hago un curriculum?
La respuesta llegó unos veinte segundos más tarde. Y era la madre de todas las respuestas.
Buscá en Google.
Chistó, más que reprochándose a sí mismo por no haber caído en la cuenta que era la mejor solución, que por la falta de ganas de su amigo de explicarle al menos un par de pautas para arrancar.
Pasó los siguientes veinte minutos viendo videos el Youtube. Lo sencillo del caso, era que aparecían en la búsqueda y lo único que debía hacer era cliquear para que arrancaran. Si hubiese tenido que buscarlos dentro de la página, ya hubiera sido otro problema.
Algo de idea le quedó después de escuchar y ver a desconocidos preparar curriculums en pocos pasos. Volvió al procesador de textos y vacilando tipeó su nombre. Había visto que poniéndolo arriba de todo y con una letra más grande que lo que iría a continuación, era una buena manera de comenzar.
– Algo es algo – dijo para matizar el silencio.
Había tomado notas en un papel a medida que veía los videos. Así que debía atenerse a esas líneas garabateadas en color rojo: datos personales, estudios y experiencia laboral.
Con los datos personales no había problemas, sabía su documento, la dirección, hasta incluiría el teléfono y el correo electrónico. Con los estudios había cierta discrepancia interna. ¿Debía incluir los cursos que había hecho durante los dos últimos años para no estar tan al pedo? Eran tonterías, pero no sabía hasta que punto podía aportar y cómo podían restarle credibilidad.
En Experiencia laboral surgía otro dilema. Jamás había trabajado. Y no le parecía buena idea poner que durante un par de años había acompañado a su padre a comprar repuestos para el taller hasta la Capital. Si bien su papá le tiraba unos mangos por acompañarlo, no era un trabajo en sí. Podía inventar algo, buscarle la vuelta, pero si le preguntaban luego cuál era su rol, se enredaría en su propia mentira de tal manera que seguro la cagaría. Se conocía demasiado bien como para correr el riesgo.
Así que solo puso sus datos y los estudios cursados. Pero sin los cursos de relleno, cómo los llamaba su hermano.
¿Tengo que aclarar que conozco a Emanuel, el novio de mi prima? se preguntó cuando creía tener todo terminado. Pero no le veía mérito a tal afirmación, si bien, basándose en las diez líneas tipeadas, sería lo único que podría acercarlo a conseguir el trabajo.
Lo descartó. En todo caso, sería Emanuel quién le diría a sus patrones que él era un allegado suyo.
Ahora debía imprimir. Encendió la impresora, cuidó que las hojas estuvieran en la bandeja y dentro de Archivo > Impresión encontró la opción. Se sentía un virtuoso de la informática. Hasta que apareció un mensaje diciéndole que los márgenes no eran correctos.
¿Qué márgenes?
Miró la hora. Tenía una hora para imprimir, comprar un sobre en la librería que abría a las cuatro y media de la tarde, meter el curriculum y llevarlo. ¿Y la máquina le preguntaba por los márgenes? Le dio a Cancelar y trató de averiguar que era tal cosa. Pero se equivocó.
¿Cerrar Documento sin Guardar? Si – No
Si
¡No!

Si, lo había cerrado sin guardar. La voz de su hermano llegó mentalmente hasta lo más profundo de su cerebro: Guardá siempre, no vaya a ser que se corte la luz o seas muy pelotudo de cerrar lo que estás haciendo y pierdas todo.
El sudor se transformó en una fina capa de vértigo arrastrándose por su cuerpo. Pero no debía ponerse nervioso, aún podía hacerlo de nuevo.
Abrió otra vez el procesador, aunque sin dejar de putear por lo bajo. Nuevo documento, hoja en blanco y poner otra vez el nombre en grande.
Volvió a escribir más o menos lo mismo que antes. Esta vez lo hizo más rápido.
Llegó a la fase de imprimir, el obstáculo a vencer. Pero ahora tendría más cuidado. Envió la impresión y al salir el mensaje, no canceló, sino que hizo clic en Aceptar y a los pocos segundos la impresora hizo el característico sonido de chupar el papel. El carretel comenzó a girar y el papel se deslizó con suavidad hacia abajo. Luego una serie de zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp y en un santiamén, la hoja impresa.
La tomó entre sus dedos como si se tratase de un pergamino antiguo, con todo el cuidado del mundo. Miró el enunciado en grande con su nombre, los datos siguientes y… ¿qué era aquello?
“No solo no tengo experiencia laboral sino que además me importa un pito lo que piensen de eso, putos reventados”
¡Él no había escrito tal cosa! ¡Jamás se dirigiría a nadie así frente a frente, mucho menos en papel y en un curriculum!
Miró en la pantalla de la notebook y comprobó lo que suponía. Allí no estaba esa frase. Sintió cierta repulsión y soltó el papel, que cayó torpemente al suelo.
Fue hasta el procesador de texto e hizo que se había olvidado. Grabarlo. Volvió a asegurarse que no había nada insultante ni extraño en el texto y envió a imprimir. Otra vez el mensaje de los márgenes. Aceptar. Impresora en acción. Sonidos. Hoja impresa.
Su nombre, los datos personales, su educación y…
“Puto el que lee”
Soltó la hoja como si estuviera maldita. Observó hacia un lado y otro, esperando quizá que de algún rincón apareciera tomándose la barriga de tanta risa su hermano, burlándose de lo tonto que era y de lo fácil que había sido engañarlo. Pero nadie salió de la oscuridad, ni de detrás del armario ni entró por la puerta. En la casa solo era él contra la tecnología.
Algo iba mal, muy mal.
– Chau, que se vaya a la mierda este trabajo – dijo a la habitación, en el momento exacto que su celular recibió un mensaje de texto.
Hacelo tranquilo al CV, que mi jefe te espera hasta las ocho.
Pero ya no era cuestión de tiempo, ni de conocimiento de la tecnología ni de ocho cuartos. En esto estaba metido el demonio, no le cabía la menor duda.
“Puto el que lee” le decía el papel desde el piso, justo encima del primero.
La patada salió del alma. Casi arrancada por la furia y el miedo. Directa a la pantalla de la notebook, como si tuviera la culpa de todo. La máquina dio dos vueltas en el aire hasta dar contra la pared. Hubo chisporroteo, mucho ruido y finalmente se desplomó detrás del cesto de basura.
La impresora aún tenía la luz led verde titilando, a la expectativa. Ni bien él la observó, comenzó a chupar papel: zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp. Una hoja cayó en la bandeja. De inmediato otra vez, el papel deslizándose hacia abajo. Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp. Otra hoja. Y luego, otra vez el papel siendo tirado hacia el carretel…
¡Crack!
Un pedazo de plástico saltó y casi le arranca un ojo, pero él ni se inmutó. Sentía el esfuerzo en el brazo derecho, de cuya mano pendía aún el bate de béisbol de su hermano.
Para qué te comprás un bate de béisbol, si en este país no hay una puta cancha de béisbol.
Sin embargo, le había servido. La impresora estaba partida al medio y tan solo había necesitado un golpe.
Envalentonado, buscó las hojas que se habían impreso segundos antes. Tuvo que tirar con fuerza para sacarlas de la bandeja. Habían quedado atoradas bajo el plástico quebrado.
En la de más abajo, había una sola palabra. En la segunda, dos.
La única palabra, en el centro mismo de la página en blanco y en mayúsculas, era PUTO.
Las otras dos: Estás muerto.
Soltó el bate de madera y el sonido que hizo al rebotar en el suelo repiqueteó cinco veces más en su cabeza. Estaba perdiendo la consciencia. Podía ver puntos negros cercando la visión, una marea oscura acorralándolo de a poco. Se sentó en la cama, tanteando las sábanas. En el pasillo ahora se escuchaban pasos. Alguien se aproximaba, lentamente. La impresora volvió a encenderse. A pesar de estar en dos partes, comenzó a tragar papel. Pero las hojas se amontonaban al no poder llegar al carretel y se doblaban en varias partes. Detrás del cesto de basura la notebook volvió a encenderse. Escuchó la melodía que hacía al arrancar. Trató de levantarse, pero la habitación no había tenido mejor idea que comenzar a dar vueltas a su alrededor. Se sintió pesado, cansado y con un incipiente dolor entre los ojos.
Los pasos se agigantaron, al menos en su cabeza. La oscuridad lo cegó.
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp

Despertó bajo una montaña de hojas impresas. Había perdido la noción del tiempo. Por la ventana podía ver las primeras estrellas poblando la noche. Se quitó los papeles de encima y al recordar lo sucedido, se puso en guardia. En su celular un ícono con forma de sobre le indicaba que tenía un mensaje sin leer.
Mi jefe te esperó hasta las ocho y se fue de mala gana. Me dijo que ni te molestaras en llevarlo mañana. Mirá que sos eh.
Observó las hojas impresas desparramadas en la habitación. Decenas y decenas de curriculums impresos. En ninguno de ellos había línea extra alguna. Ningún insulto. Ninguna amenaza.
Sintió angustia, pero no pudo ni llorar. Se había meado encima en algún momento, porque todavía tenía húmeda la entrepierna. Se estiró todo lo que pudo sobre la cama y fijó la vista en el techo. La pintura descascarada, una telaraña en una esquina y las manchas de humedad que parecían estar desde siempre, con sus formas extrañas y tremebundas, sobre todo cuando la tenue luz de la luna las baña con su halo de misterio y silencio.
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp
El sonido solo estaba ahora en su mente, casi por siempre. Esperando quizá sorprenderlo en el momento menos pensado.
Había perdido, debía reconocerlo. La tecnología lo había intimidado para toda la eternidad.

Impostores

Mi papá dice que vivimos en un mundo donde los que gobiernan en nombre del pueblo, en realidad lo hacen por intereses propios.
Un lugar donde las instituciones que deben proteger las leyes que nos mantienen a salvo, no lo hacen.
Dónde le tememos no solo a los delincuentes, sino también a los policías que deberían cuidarnos de ser víctimas de esos malvivientes.
Qué en las escuelas ya no se aprende, sino por el contrario, los chicos se estructuran merced a viejas estrategias de enseñanza.
Y que se vive para trabajar con el fin de llevar el pan a la mesa y ya nadie disfruta del simple hecho de estar vivo, porque ni tiempo queda. Y si lo hay, es para ver cómo ese dinero que se obtiene a cambio de trabajar para sobrevivir en detrimento de vivir, no alcanza para nada.
Mi papá me dice todo eso y me pregunto cómo es posible, si somos la especie más inteligente del planeta, haber llegado a este punto.
Se lo he preguntado a él, pero ha hecho mala cara y me ha pedido callarme, que soy chica y no entiendo. ¡Cuántos impostores que dicen ser lo que no son!
Lo que no entiendo, es entonces para que me dice a mí todas esas cosas. Quizá es lo que pasa a mayor escala. Todos los que tienen ese conocimiento se lo guardan para contárselos a sus hijos y no hacen nada al respecto.
Bien, quizá esperan que en el futuro nosotros hagamos algo. Al fin de cuentas, dicen que somos el futuro.
Claro que si de esto se llegan a enterar los que nos gobiernan, las instituciones de la ley, los delincuentes, los policías, los que nos educan, es probable nos hagan cagar en el camino para que no movamos un pelo. Pensar en eso me da escalofríos. Por eso prefiero mirar la tele hasta el hartazgo, para olvidar todo y sentirme… ¿contenta? Al menos, sé que en la tele, todos son impostores.

El fondo del patio

El fondo de mi patio es un cementerio. Creo que el de muchos. He leído de ciudades que poseen un cementerio de mascotas para enterrar a sus animales queridos cuando les llega la hora de dejar el mundo de los vivos. En mi casa, desde que tengo uso de razón, cuando algo muere va a parar al último metro cuadrado de tierra.
El primer recuerdo es bien de niño, tendría cinco o seis años. A Paloma, mi hermana mayor, ya la dejaban ponerse tacos altos. Ella era la dueña de Angelita, una tortuga de la que nunca supimos la edad. La muerte de Angelita fue la mejor enseñanza que pude tener a esa edad. Porque todos teníamos la idea que las tortugas viven muchos años, más de cien me había dicho. Pero la presión que ejercen los neumáticos de un automóvil parecen poder atentar contra esa estadística sin el menor esfuerzo. Papá la enterró en el fondo del patio, en un pozo bastante hondo, pero pequeño si se lo miraba al ras del suelo. La bolsa en la que la envolvieron era roja. Ese color quedó asociado en mi cabeza siempre al de la muerte.
Unos años más tarde fue el turno de Horacio, el perro salchicha. Una noche comenzó a llorar y no paró hasta la tarde siguiente, cuando papá de un martillazo en la cabeza lo golpeó para que dejara de sufrir. Por la reacción que tuvo de salir con el revólver a la calle y tratar de entrar por la fuerza en la casa del vecino supe que al Horacio lo habían envenenado. El vecino se mudó al poco tiempo. Papá era una persona persuasiva y bastante violenta, aunque no con nosotros.
En esa ocasión me permitieron dar algunas paladas en el momento de ahuecar la tierra. No fue exactamente en el mismo lugar de Angelita, lo que me posibilitó entonces colocarle una cruz a cada uno. Las tuve que quitar a las pocas horas, porque a papá la idea no le gustó.
Con el correr de los años, el cementerio familiar sumó a Corintia, una gata siamesa que si bien no era de la casa, se pasaba toda su existencia en la ventana de la cocina y de tanto en tanto recibía alguna sobra de comida; a Filomeno, un pez payaso que le habían regalado a mi hermanito menor después que insistió alrededor de una semana que quería a Nemo (desde entonces, papá prohibió que viéramos películas que tuvieran animales como protagonistas); a Carlos, un perro callejero que tuvimos tan solo cuatro meses; a Sabina, una lagartija que uno de los tantos novios de mi hermana le había regalado cuando empezaron a salir; y a Paloma.
Esos son los entierros que recuerdo de cuando era niño. Si bien todos representaron algo, el de mi hermana me marcó a fuego. Fue un accidente, todos lo lamentamos. Papá era alcohólico, pero solo peleaba en el bar. A mamá dejé de verla de muy pequeño, según papá nos había abandonado ni bien nació Luciano, mi hermanito, al que le llevaba cuatro años, así que al crecer nuestro referente femenino fue siempre Paloma.
Claro que ella hacía su vida y noviaba todo el tiempo. La noche en que murió, ella volvió a casa antes que papá. Como solía pasar, quedábamos solo con mi hermano y si bien nos queríamos, reñíamos todo el tiempo. Nos costaba dormir estando solos. Tratábamos de mantenernos despiertos jugando o mirando televisión. En mi caso, estaba entrando en la adolescencia, pero Luciano aún era chico. Por lo tanto, solía manipularlo fácilmente. Esa noche lo obligué a mirar una película de terror en donde un hombre mataba a su esposa, la cortaba en pedazos y la escondía en un freezer, en el sótano. Ya de por sí, eso era terrible. El problema empezaba – en la película – cuando estando el tipo en el living tomando un whisky, ve pasar rodando la cabeza de la mujer por el pasillo.
Eso desató las quejas y el llanto de Luciano. En ese momento, esas trágicas coincidencias de la vida, llegó Paloma y acto seguido, cinco minutos después, mientras estaba calmando a mi hermano, entró a casa papá totalmente borracho. Creyó que Paloma le estaba pegando a Luciano y se la quitó de encima. Ella trastabilló y la cabeza pegó contra el borde de la mesa de la cocina. Cayó fulminada. Al verla en el suelo, la sangre creciendo como una aureola alrededor de su cuerpo, quedamos en el más completo silencio.
Lo que siguió a continuación fue casi mecánico, una especie de acto reflejo. Al borde del llanto, pero guardando las lágrimas, como nos obligaba papá cuando enterrábamos una mascota, fuimos por una sábana, envolvimos el cuerpo de Paloma y la arrastramos hasta el fondo del patio. Luciano y yo hicimos el pozo, mientras papá apuraba una botella de vino. Una vez hecho, él se encargó de arrojarlo dentro. Cuando terminamos de cubrir de tierra la tumba, estaba amaneciendo.
Pasó un año hasta que volvimos a hacer un pozo. Fue para enterrar a papá. Con Luciano estábamos prácticamente famélicos. Él se gastaba todo el dinero de la pensión que le daban del abuelo en bebidas y no teníamos qué comer. Una noche lo esperamos detrás de la puerta y lo derrumbamos con una llave cruz que durante años estuvo tirada en el patio. Para asegurarnos que no se volviera a levantar, arremetimos contra su cabeza hasta que aquello parecía una ensalada de frutas hecha solamente con frutillas y cerezas.
Lo enterramos entre Horacio y Paloma. A partir de entonces, me encargaba de ir a cobrar la pensión, alegando que papá estaba enfermo y falsificando una autorización escrita. A pesar de no ir a la escuela hacía mucho tiempo, me las arreglé muy bien con esa parte. Así estuvimos un par de años, hasta que cumplí los dieciocho. La edad me habilitó un terreno prohibido hasta entonces. El bar.
Comencé a ir, dejando encerrado con llave a Luciano. El alcohol me brindó la sabiduría que la vida no había logrado darme. Supe de inmediato que Luciano sería un problema. Quizá, de la misma manera que hicimos con papá, él arremetería conmigo. Una noche volví y al encontrarlo durmiendo, le gané de mano. Lo asfixié con mis propias manos.
Lo llevé envuelto en sus viejas sábanas de los Power Rangers hasta el fondo del patio. Tomé la pala y comencé a cavar en uno de los pocos lugares donde no había cuerpos. O eso creí. Primero golpeé lo que en parecía un hueso de la pierna – nunca aprendí los nombres – y más tarde un cráneo. Al sacar una palada tras otras reconocí la tela roída que acompañaba los huesos. Cómo no hacerlo, si una de las pocas imágenes de mi madre era vistiendo ese vestido rosa. Cavé y cavé, emocionado por el descubrimiento. Encontré dos cráneos más. Supuse que eran los abuelos, a los que no alcancé a conocer.
Terminé la faena sonriendo. Al final, el cementerio no era cementerio desde Angelita, sino desde mucho antes. Papá lo había inaugurado antes incluso que yo estuviera en los planes. Era bueno saberlo. Siempre es lindo encontrar una conexión con la sangre que uno lleva dentro. Los genes, según dicen.
Ahora vivo solo, aunque acompañado por dos perros y un gato. No veo la hora de poder enterrar a alguno de ellos.

Palabras perdidas

Las llamas crepitaban dentro del tacho de metal, arrojando luz sobre las paredes lindantes. El techo cóncavo del puente ofrecía más que refugio aquella cruda noche de otoño. Los hombres reunidos ante la presencia del calor y la compañía destilaban además de mal olor y escandalosos sonidos de estómagos vacíos, la sabiduría en falta en el resto del planeta.
Uno de ellos, el de gorra roja carcomida por los ratones, arrojó una piedra en el aire y la volvió a tomar.
– He tenido un sueño – anunció.
Los demás se acercaron con avidez. Allí nadie tenía nombre, arrebatado por la vida junto a tantas otras cosas. Ese hombre era para aquel grupo de sobrevivientes simplemente “Alpiste”, porque solía ser lo único que comía a lo largo del día. Sin embargo, “Alpiste” hacía algo que nadie más podía: veía el futuro.
Sabiendo lo que sus visiones generaban, siguió jugando con su piedra hasta que los hombres se acomodaron a su alrededor.
– He visto un futuro, uno no muy lejano en donde se enseñaba un lenguaje perdida, casi arcaico, mítico, que otrora fuera el pilar de la sociedad.
Los hombres emitieron un “Oh” gigantesco y el aliento de sus voces agitó el fuego, provocando una danza mística de sombras sobre los ladrillos iluminados de calor.
– Un lenguaje – continuó – que contenía las palabras perdidas de la humanidad. En mi sueño, nadie sabía cómo se llamaba ese idioma, ni el por qué de su desaparición. Pero créanme amigos míos, que al escuchar esas palabras repetirse en el futuro, supe que nuestro actual sufrimiento es solo parte del sacrificio en pos de una nueva generación. Esa, la que pronto volverá a decir esos términos escondidos y mancillados, esas verdades cortas arrebatadas sin razón. He llorado en el sueño al escuchar esas voces pronunciar “Perdón”, “Por favor” y “Gracias”.

Penumbra de juventud

El cabello alborotado le caía sobre la frente. De tanto en tanto con un movimiento repentino de la mano derecha se lo quitaba, pero a los pocos segundos volvía a desmoronarse en su lugar.
Con la mano izquierda sostenía la ametralladora. Dentro del ómnibus parecían estatuas, salvo algunos que temblaban levemente. Solo una de las chicas sentadas al fondo sollozaba, anticipando su suerte.
Hacía al menos quince minutos que no hablaba. La directora del colegio yacía muerta en el primer asiento. Había sido la última en tratar de dirigirle la palabra.
– ¡El próximo que abre la boca termina como ella! – había dicho de inmediato y dadas las circunstancias, nadie hizo caso omiso de la sugerencia.
Las ventanillas tenía corridas las cortinas, para que nadie pudiera ver desde afuera. En el parabrisas había colocado camperas y tampoco nadie podía observar a través del frente. En el interior del vehículo, por lo tanto, reinaba la penumbra.
El celular del chofer comenzó a vibrar. El hombre no iba a poder atenderlo, dado que había sido el primero en perecer en manos del chico. Éste, sin dudarlo, lo agarró con velocidad y se lo llevó al oído.
– ¿Quién habla? – preguntó.
Durante unos segundos escuchó con atención pero sin perder de vista el interior del ómnibus, luego vociferó:
– No quiero nada, tengo cuarenta razones para hacer esto, ni una más ni una menos.
Cortó y arrojó al suelo el teléfono.
El semblante seguía siendo el mismo, con los ojos que parecían a punto de estallar.
Una joven sentada en la cuarta hilera levantó una mano, como si estuviera pidiendo la palabra. El joven le arrancó cuatro dedos de un solo disparo. El estruendo hizo que varios gritaran. Luego solo quedaron los chillidos de dolor de la chica. Alguien a dos asientos de distancia se levantó para ayudarla. Nunca llegó. Un disparo lo alcanzó en el pasillo, donde quedó tendido.
– El que se mueve, muere – anunció el muchacho, dando un paso hacia delante.
Se detuvo de inmediato, porque golpearon la puerta del vehículo. Volvió unos pasos y espió hacia fuera. Un oficial de policía aguardaba junto a su madre.
Maldijo por lo bajo. ¡Qué hacía su mamá en el lugar! Aquello lo puso fuera de control. Sin pensarlo dos veces, abrió fuego contra la puerta. Quienes estaban del otro lado, se desplomaron como palomas al suelo. Los gritos volvieron a retumbar dentro del ómnibus. ¡No los soportaba!
Barrió el interior con una ráfaga de municiones al tiempo que bramó a viva voz:
– ¡Silencio!
Sollozos, quejas de dolor, el lugar era una pesadilla. Por su fuera poco, un grupo comando comenzó a abrir la puerta. Los ahuyentó de momento con más disparos. Pero volverían a intentarlo. Y si él no se calmaba terminaría matando a todos y ya no tendría rehenes que lo mantuvieran a salvo. A sus pies, el pasillo era un río de sangre.
El cabello volvió a incomodarlo. Una vez más lo quitó con fastidio. En ese momento escuchó una risa. Primero tímida, luego firme y sostenida. Apuntó hacia los asientos buscando a quién sería su próxima víctima. Pero dio un salto hacia atrás. La risa provenía de una chica con un agujero en la frente.
Otras risas se sumaron a la primera y uno de los cuerpos caídos en el pasillo se dio vuelta de manera sobrehumana para señalarlo con el dedo. Por supuesto, también se reía. El joven apuntó y accionó la ametralladora, pero las balas no salieron. Al mirar hacia abajo, notó otra cosa. Estaba desnudo y su pito era un fideo que caía hasta el piso. Ahora todos se reían de él. Sintió vergüenza y furia. Trató de dar un paso hacia delante, con el fin de aplastarle la cabeza de un pisotón al cadáver descarado que tenía más cerca, pero una mano le sujetó el brazo. Su madre había logrado abrir la puerta y estaba tirando de él para hacerlo salir del ómnibus. Tenía el cuerpo repleto de disparos y aún sangraba de varios de ellos.
– ¡Basta! – gritó en vano, mientras los demás estudiantes avanzaban lentamente hacia él…
– Esteban, vamos…
Esteban se sobresaltó y cayó hacia atrás. Estaba sentado en su silla y no había pupitre a su espalda. Dio contra el piso, con un estruendo enorme. Casi como un disparo.
– ¡Esteban! Deje las payasadas y vamos, que ya sus compañeros están yendo a tomar el ómnibus – el gesto de su profesora era de real indignación. Lo tomó del brazo y en un segundo lo puso de pie.
– Camine, antes que lo deje como castigo en el colegio – le dijo mirándolo con enojo.
El chico se apresuró a colgarse la mochila al hombro, pero en ese momento la palpó y sintió el cuerpo de la ametralladora dentro. Un escalofrío recorrió cada centímetro de su existencia.
– ¿Viene o no? – preguntó de mala manera al docente – ¡Mire que es un bicho raro usted!
Esteban no lo dudó.
– Vamos – dijo, casi en un susurro.
El futuro era incierto. Aunque nunca peor que su pesadilla.

Frutilla

La melodía destila recuerdos, aromas, sabor a infancia. Llega a sus oídos desde el otro lado del parque mezclada con el trinar de las aves barulleras en las copas de los árboles. Un par de chicos se disputan una pelota bañada en barro, mientras otros tantos aguardan recelosos cerca de lo que pretende ser un arco y que para cualquier distraído, solo son dos montones de remeras. Sus voces también se confunden con los demás sonidos, pero en un diálogo tácito casi difícil de explicar. Cómo si la vida entablara una conversación abstracta y universal, con un código secreto, vivo, palpitante.
El hombre cruza el verde césped dejando atrás las hamacas, el sube y baja y el tobogán. También la improvisada cancha de fútbol y el arenal para los más pequeños. Ya puede divisar el tránsito detrás de los árboles, los coches yendo y viniendo a gran velocidad sobre la avenida, pasando inmutables ante tanta belleza. No se da cuenta, pero sus labios se mueven al compás del tarareo de esa melodía que lo llama.
Cuando llega a los árboles, lo ve. El heladero avanza lentamente en su bicicleta, pedaleando casi con desgano, la mirada viajando de un lado a otro, buscando un posible comprador. La melodía pegajosa, casi una caricatura de la obra de Beethoven pero al mismo tiempo, una obra en sí misma, se hace más vívida. Cada nota es una invitación a correr hacia la bicicleta. Y eso hace el hombre, agitando una mano en el aire con el brazo extendido casi en forma de súplica.
El heladero sonríe. Siempre lo hace. No necesita mayor información, porque se detiene y aguarda. Por las dudas vuelve a pasear la mirada por los alrededores, quizá alguien más ha caído en las fauces de la tentación. El hombre para entonces está a su lado, pero aún no habla más que el saludo cordial con la vista. El heladero comprende, sabe que esa persona hace tiempo que no vive esa situación, que quizá está asimilando el ayer con el hoy, tratando de buscar diferencias, de alcanzar misterios insondables que antaño. Porque ya no es un niño, porque ha crecido.
Solo cuando el hombre suspira, en parte por el esfuerzo de haber corrido, en parte porque la realidad le ha recordado donde estaba, el heladero pregunta por el gusto.
– Frutilla – dispara el hombre con total seguridad, como si la palabra hubiese estado allí por muchos años esperando por ser dicha – Frutilla – vuelve a decir, con el corazón lleno y los puños cerrados.
El intercambio se produce, el helado, el dinero. Una sonrisa, otra sonrisa. Y luego, el adiós. La melodía suelta nuevamente sus alas y las piernas del heladero le dan vida una vez más a los pedales. Las ruedas se ponen en movimiento y el pedaleo aleja al heladero del parque. El hombre queda solo, con el helado de frutilla en la mano. Y a pesar que la melodía se aleja, permanece allí, en su cabeza. Al probar el helado, tiene el mismo sabor que cuando era niño. No se parece en nada a ningún otro helado de frutilla que haya probado, ni siquiera al que hace su mujer repleto de frutillas frescas. Es el helado de su infancia.
Cierra los ojos para saborearlo, sentirlo en la boca. Cuando los abre el parque ha desaparecido, también la avenida. Vuelve a estar en la plaza del barrio, es verano y sus amiguitos están contra el tapial todos transpirados, la pelota a unos metros. El sonido atrapado en el aire de “Para Elisa” es lo único que persiste. Uno de los chicos, Manuel, levanta la mirada.
– ¡Eh, Victorio! ¡Convidanos de tu helado!
El se acerca, temeroso. No de los niños, que son sus amigos, sino de estar viviendo ese momento. ¿Cómo es posible? Pero allí están Manuel, Pablo, Felipe, Alejandro… cómo si el tiempo no hubiese pasado. ¿Qué clase de magia es esa? Entonces observa el helado y entiende que lo que está sucediendo, sucede por ese simple palito de agua.
Y a medida que se lo van pasando de uno en uno y el helado se va acabando, las formas se van desdibujando. Cuando Pablo, sonriendo, anuncia que el último bocado es de él, los chicos y la plaza se esfumaron sin dejar el menor rastro. Otra vez ante sus ojos aparecía el parque con sus árboles.
El hombre permaneció de pie, asimilando cada instante. La melodía había cesado pero el gusto a frutilla aún estaba en su boca como el cabo de madera del palito de agua en su mano.
Caminó luego un largo rato por la zona, pero ya no pudo escuchar al heladero. Se dijo, en vano, de volver al día siguiente. Algo en su interior le dijo que no lo volvería a encontrar. Volvió al parque y se dejó caer en un banco de madera. Los chicos ya no estaban y los únicos que compartían el lugar con él, era una pareja de jóvenes besándose bajo un árbol. La luna se dejaba ver en todo su esplendor entre la copa de los árboles. La noche había llegado. Metió la mano en el bolsillo y recordó donde había ido a parar su último billete. Sonrió. Había sido un día extraño, pero maravilloso.
Puso sus piernas en movimiento y dejó atrás el parque. Le quedaba un largo trecho hasta el puente, y con el estómago vacío y una sola frazada, la noche se haría larga. Pero no estaba preocupado como otras noches. Tenía el alma llena. Y para un hombre de su edad, viviendo en la calle, sin más aspiraciones que la muerte, aquello era mucho decir.
Caminó a merced de las estrellas, tarareando esa hermosa vieja canción.