Monocromo

Me levanté de mal humor. El despertador no sonó y me quedé dormida. Ya llegaba tarde al trabajo. No hice a tiempo de desayunar. Pero lo peor de todo fue que al salir a la calle no había color.

Salí apurada, peleando con la llave en la cerradura, corrí hacia la esquina para cruzar antes que el semáforo cambiara y ahí lo noté. Todo era monocromático. Las luces que debían ser verdes, o rojas o amarillas, no lo eran. Ni siquiera el cuerpo del semáforo tenía los suyos. Y los autos, y la gente, hasta el cielo mismo. Toda la realidad había perdido el color.

Estaba llegando tarde al trabajo, así que corrí de todos modos, alcancé el colectivo y apretujada -cuando no- seguí cavilando sobre la ausencia de algo tan elemental, tratando de no caerme o golpear a alguien en cada frenada del transporte.

Dudé en preguntar a alguien más. La gente lleva auriculares, desvía la vista hacia otro lado, esconde las miradas en el suelo, se aparta al mínimo contacto. La gente odia hablar. La duda me carcomía. ¿Sería yo o serían todos?

Saqué el teléfono, abrí las redes sociales. Nadie mencionaba el monocromático fenómeno. Era yo; sin dudas, era yo. ¿Estaría enferma? Pensé en qué día me convendría pedir turno con un oftalmólogo o aún mejor, con un neurólogo. El jueves, ese día era el mejor.

Llegué al trabajo, hubo reproches, me dieron una pila de carpetas. No podía diferenciarlas por color. Demoré más de la cuenta en ordenarlas. ¿Qué carajo me pasa? pensaba en todo momento.

Sufrí hasta la hora de salida. Incluso el almuerzo había sabido mal debido a la falta de color. Un sándwich gris, un tomate opaco, un queso desabrido.

Alguien se ofreció a llevarme a tomar el colectivo. Cómo si fuese una broma, me hablaba de los colores de moda para el verano. Le pedí que me bajara antes. Inventé una excusa. Estaba angustiada. Quería llorar. Extrañaba el rojo, el azul, el naranja. Todo era insulso, ajeno. Una fotocopia mal sacada. Me dieron ganas de vomitar. Fue cuando lo vi.

Un hombre, muy mayor, casi anciano, cruzaba la calle. Se desprendía de él un color púrpura intenso. Era el primer color que veía en el día. Me apresuré en ir a su encuentro, mis piernas cobraron impulso y me trasladé entre la marea de personas grises en busca de aquel hombre. Estaba a un metro cuando se derrumbó. Cómo si alguien le hubiese disparado. La gente se agolpó a su alrededor y pude ver el instante exacto en que el color púrpura se elevaba con velocidad hacia el cielo oscuro, hasta desaparecer.

Me alejé, espantada. Empecé a prestar atención al cielo. Cada tanto, más lejos, más cerca, veía algún destello púrpura elevarse y desaparecer, como un fuego artificial. Parecían disparados hacia una misma dirección en lo alto, más allá de las nubes.

Paré un taxi. Pedí que me llevarán al hospital más cercano. No podía esperar un turno, debía ir a una guardia médica cuanto antes. Pagué sin esperar el vuelto. El lugar estaba atestado. En una camilla se quejaba una mujer ensangrentada. Todos los presentes eran testigos de esa agonía. Un accidente de coches murmuraba una joven con su bebé prendido al gris pezón de su teta.

De repente, el color púrpura comenzó a emanar del cuerpo desparramado en la camilla. Claro que nadie más lo notaba. Intenté acercarme, pero sus quejidos se transformaron primero en gritos, luego en una respiración agitada y finalmente, en la quietud absoluta. Preciso momento en el que el color púrpura se disparó hacia arriba, perdiéndose en el techo descascarado y salpicado por manchones de humedad.

Llegaron los enfermeros, pero nada había por hacer. Retrocedí. El espanto. La comprensión. Mi monocromática situación. Y aquel color, aquella certeza. Podía ver la muerte. No antes, sino en el momento que se consumaba. La angustia ganó mi cuerpo. Estaba temblando. Alguien se me acercó preguntando si estaba bien y lo aparté de un empujón. ¿En serio me preguntaba eso? Me fui corriendo. Bajé al subterráneo, subí a un vagón y lloré hasta el fin de línea. Ubiqué la salida, detuve un taxi y aquí estoy. En el único lugar donde es difícil que vea las luces púrpuras. En el cementerio. Porque los que aquí residen ya tienen resuelto su destino.

Y mientras contemplo el gris de las lápidas, me pregunto qué clase de brujería me acecha. La paz del lugar se confunde con el monocromo de la escena. La noche no tiene tanta diferencia del día, vista de esta manera. Es un tanto más oscura, pero mucho más sincera. Hasta la luna se apiada y sin demasiados matices se parece a la de siempre. Mi pregunta es la misma desde hace horas. Y ya no es por qué ni cómo. Es simplemente, qué. Qué haré con esto.

Mis pasos me llevan desconsolada a casa. Reconozco el camino. Aunque apenas levanto la mirada. No es el gris, es el púrpura al que temo. El que delata a los que se alejan. No puedo negarlo. La idea de verme rodeada por ese único color es tentadora. Una especie de libertad hasta ayer insospechada, más cercana a las calles de lápidas y cruces que a las atestadas de vehículos y personas presurosas de llegar a horario a destinos predestinados. Pero es una decisión difícil. El qué, no tiene respuestas fáciles.

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A salvo

Trato de no ver, de apartar la mirada, de hacer fuerza con los párpados para espantar los miedos. Pero hay algo que es peor, algo que aún persiste y es el sonido. Porque aún puedo oírlo, y a pesar de tener clausurados los ojos, mis oídos  traicionan todo esfuerzo. Por eso llevo las manos hacia las orejas y las oprimo con violencia, sin importar el dolor que les causo, que me causo.

Ahora sí, ahora estoy a salvo. Me creo a salvo. Evado el momento, el temor, al monstruo del destino. Y entonces, cuando siento que las paredes vibran, que bajo mis pies pareciera que se ha desatado un terremoto, abro los ojos, hago las manos a un lado y me uno al grito de todos, al alarido más potente que un ser humano pueda dar: penal y gol sobre la hora.

Bartolomeo enamorado

Algunos enamorados regalan flores, otros bombones y no falta quien aún persiste con el antiguo rito de la carta escrita a mano.

Pero lo de Bartolomeo era distinto, único. Hoy en día hay libros enteros hablando de aquello. Es incluso material de estudio en ciertos ámbitos. Su regalo es muy difícil de equiparar con otros ejemplos.

Lo que Bartolomeo le enviaba a su novia, eran cadáveres. Primero fue el de un anciano, luego el de un piloto de autos de carrera y, finalmente, antes que ella lo denunciara, el de un bombero.

Mientras lo llevaban preso, bajo una fuerte custodia policial, cuentan que alcanzó a gritarle a su amada por encima de los insultos de la multitud: ¡Amor, en el freezer dejé a tus padres!

Ella cayó desmayada, según narran algunas crónicas de la época. Las mismas que aseveran que al enamorado Bartolomeo, en cambio, el corazón le volvía a galopar al ritmo de las mariposas que le revoloteaban en el estómago.

 

Tiempos difíciles

Camilo persigue las vías saltando de durmiente en durmiente, sintiendo en la piel desprotegida el frío de la tarde.

Busca algo de valor con la mirada atenta, aunque sea una mínima excusa con la que volver a casa.

Pero las horas pasan y la noche se anuncia. Debe retornar antes que salgan los otros, los que no se conforman solo con minucias.

Se resigna y emprende la vuelta con las manos vacías. Piensa en su gente, en la desazón que tendrán al verlo, en la desesperanza que va en aumento. Las vías, dos brazos infinitos a cuyos lados sobrevive la humanidad, lo llevan hasta el refugio.

Alguien le ha contado que alguna vez las transitaban los trenes, esas maquinarias que hora los albergan de la intemperie. Son tiempos difíciles.

Siempre los son.

Siempre los han sido.

Desolación

“Desolación” de Leonardo Cabrera 
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La respiración

De todas las canciones, aquella es la que más le gusta. Por eso la repite una y otra vez en el celular, mientras se mece en la hamaca de la plaza, sin otra compañía que la brisa de finales de otoño, cada vez más fría, anunciando otro año de bufandas y camperas gruesas.
Tiene puestos los auriculares, esos que le había regalado su novio cuando aún era su novio. Ahora era uno más, otro más, alguien con el que su vida se había cruzado y ya no se cruzaría. Sin nostalgias, sin reproches.
Es por la canción, es por los auriculares, es en parte por tener la mente en mil partes y en ningún lado, que no percibe la silueta a sus espaldas, ni escucha los pasos sobre las hojas secas, como tampoco se percata del movimiento sutil del brazo rodeando su cuello.
Es sorpresa, es miedo. Es todo y mucho más. Porque no puede explicarlo, casi ni tiempo tiene de experimentarlo. Una mano enorme, robusta, cubierta de guantes oscuros, se cierne sobre su boca, oprimiendo con fuerza, mientras su cuerpo se levanta de la hamaca, aunque comprende -si es que algo puede comprender- que no es ella la que lo hace, sino la violenta carga del otro cuerpo, que por detrás la empuja hacia arriba, sin dejar nunca de presionar la mano contra sus labios que ahora duelen, contra sus dientes que retroceden y su respiración que se agita, angustiada, asfixiada, alterada.
Sus brazos pretenden liberarse del letargo, pero ese alguien se lo impide, porque de alguna manera la tiene prisionera, impidiéndole gritar, moverse, llorar. Siente el tirón en sus orejas cuando lo que se desprende son los auriculares, vencidos por la gravedad, arrastrados por el peso del celular que se desmorona sobre el césped recientemente cortado de la plaza. Y a pesar de lo caro que lo había pagado, de los reproches de sus padres por un gasto que consideraron innecesario e inoportuno, no piensa en eso, no puede en realidad. Su cabeza procesa todo a gran velocidad pero al mismo tiempo parece agarrotada por el miedo, todo es vértigo y al mismo tiempo quietud. Es una película acelerada que aún sigue corriendo en cámara lenta. Es el corazón que palpita a mil revoluciones por segundo y un cerebro que ha detenido todas sus funciones.
La arrastra hacia el tobogán. Sus pies parecen flotar en el aire. Sus ojos celestes están cubiertos de agua, aunque no llora. Todo se ve nublado. Ahora que no tiene los auriculares, escucha. Pero lo que escucha es su propio forcejeo. Son los pasos de ese alguien sobre las hojas amarillentas desparramadas en el camino. No hay nada más. Ni un pájaro trinando, ni un automóvil pasando, ni algún vecino pidiendo auxilio por ella. Es la brisa fría, son sus piernas agitándose, es su frágil cuerpo prisionero, su boca obligada a callar. Y la respiración.
La respiración es la que lo convierte en real. Áspero sonido entrecortado, húmedo y frío vaho que duele en el cuello, que estremece más que cien disparos, que atormenta más que mil cañonazos. Es la respiración, jadeo violento, que perturba toda esperanza, que coloca en su mente las imágenes más asquerosas, que obligan a su alma querer morir ahí mismo.
El tobogán queda atrás. Y ahora sí, aparece el objetivo. Un auto estacionado. Un auto viejo, no destartalado, pero no moderno. No sabe de autos, no conoce marcas, no le importan, nunca le importaron. Ella camina. Sus padres caminan. Usan el bondi, la bicicleta. No es que no puedan, no quieren. No le gustan los autos, tampoco les tiene miedo, pero sí respeto. Cree que estar al volante es como montarse a una bomba que puede explotar en cualquier esquina. Y ahora, ese alguien, violentamente la conduce hacia el interior de la bomba. La puerta se abre y desde el interior la envuelve un olor poderoso, a cuero, a viejo, a humedad, a dolor, a agonía. Entonces recibe el golpe y ya nada importa.
Despierta dolorida, cansada, desnuda. Se sabe desnuda antes siquiera de llevar sus manos a la piel. Se sabe golpeada, incluso antes de pasar la lengua por sus labios agrietados. Se sabe ultrajada, antes siquiera de abrir los ojos. Tampoco necesita abrirlos para sentir los altos pastizales que rozan su cuerpo, ni exhalar demasiado para ser asaltada por el hedor de la bosta de caballo que está en todas partes, incluso bajo su abdomen, ni necesita pellizcarse para saber que nada de aquello es un sueño.
A lo lejos, muy a lo lejos, tanto que parece proveniente de otro universo, otra vida quizá, alguien tararea su canción preferida. Es un tarareo básico, incluso erróneo por momentos, falto de ritmo, pero es su canción. Y sus fibras, con tan poco, se retuercen levemente. Se dice, en voz muy baja. que está viva. ¿Acaso debe conformarse? ¿Acaso debe celebrarlo?¿Sobrevivir es sinónimo de estar vivo? No lo sabe, ya no sabe nada. Solo que esa canción es cada vez más fuerte, tanto o más que su llanto, tanto o más reales que las lágrimas que caen sobre sus mejillas doloridas, tanto o más que las ganas de respirar, de abrir los ojos, de separar los labios, de pedir ayudar, de gritar con las pocas fuerzas que aún posee.
Se desmaya, los pasos se acercan, pero se desmaya, es tarde, es suficiente, las voces quiebran el aire, pero se desmaya, cae, lentamente, cae, mientras los pasos, las voces, cae, mientras todo se apaga, los pasos la alcanzan, las voces preguntan y algunos, otros, otras, no sabe, sollozan, maldicen, se apresuran, y nada, solo su canción, su canción sonando bien, como si tuviera sus auriculares, como si aún la hamaca la estuviera meciendo y en la palma de la mano el celular costoso que sus padres tanto odiaban fuera un mero accesorio de una tarde fría presagiando un invierno intenso y cruel, cuya brisa helada, entrecortada como la respiración de un perverso, se convirtiera de a poco en el sonido infinito de su mente, mientras la noche cae, en soledad, en tinieblas, con la fragilidad tangible de los miedos que se vuelven carne, y cuyas heridas difícilmente alguna vez sanen.

Letras olvidadas

La carta llegó después de su muerte. Era de hacer esas cosas, de sorprender de las maneras menos esperadas. Pero aquello… aquello era demasiado.
En lugar de abrirla, la guardó sobre la pila de libros que estaba leyendo antes de ese fatídico viaje y que nunca terminaría.
De tanto en tanto se detenía a observarla, pero no atinaba a agarrarla. El polvo se fue acumulando sobre la carta y los libros. Los años cambiaron muebles, color de las paredes, pero aquel rincón parecía ajeno a todo, sumando cada vez más telarañas, que es la forma que toma el olvido.
La carta se perdió para siempre en un montículo de nostalgias, junto a otras lecturas perdidas.
Misteriosas palabras que jamás dirían aquello para las que fueron escritas.

La palabra

El sonido intercalado y espaciado de la gotera interrumpía el ocioso silencio en el que se sumía el sótano del viejo Barraza.
La humedad trasladaba a los huesos el frío de la muerte. Una muerte cercana e inminente. Y Gómez lo sabía. Maniatado y con la cabeza como un melón por culpa de la hinchazón, tenía plena consciencia de su suerte. Había una palabra para aquella instancia, pero no podía encontrarla.
De tanto en tanto lo miraba a Barraz, al que un infarto lo había reducido a un cuerpo inerte, sorprendido en pleno ejercicio de la tortura.
En el momento que había ocurrido, Gómez lo había celebrado como justicia divida. Pero ahora, sin noción del tiempo, con la gotera como única ilusión de compañia y el final por inanición o deshidratación acercándose, no podía hacer otra cosa que echarlo de menos.
Tampoco era que no mereciera el atroz suplicio, vaya que lo merecía, pero así, de ese modo, con su verdugo tirado a tan solo medio metro y la imposibilidad de escapar, aquel final le sabía a morbosa comicidad del destino.
Morbosa, esa era la palabra.

Heridas abiertas

Silencio de miradas. Ese momento incómodo tras un relato descarnado. La pausa necesaria para mirarse unos a otros, respirar profundo, digerir las palabras, elevar una plegaria, maldecir por lo bajo, dejarse arrastrar por el llanto. Un instante que se hace herida abierta, que se abre para no cerrar, que se suma a otras, tan ajenas como propias.
Wilkinsen carraspea. Hace un gesto para que las miradas se posen en él. Le cuesta mantener la compostura, sus ojos también se tiñen de agua. Pero debe reponerse, es el moderador.
– Gracias Estefanía… es bueno que hayas compartido con todos nosotros esa angustia. Como siempre les digo, nada podemos hacer para remediar lo pasado. Nada. Pero podemos hacernos fuertes, como grupo, como individuos, para seguir afrontando la vida. Tu hija así lo hubiese querido, Estefanía.
Las palabras de Wilkinsen arrancaron aplausos, no para él, sino para la pobre mujer, desconsolada y falta de esperanza como cada uno en aquel triste salón del centro de jubilados del barrio, donde cada semana se reunían para compartir el dolor que arrastraban de haber vivido de cerca distintas tragedias, como víctimas o familiares de otros más desafortunados aún.
De a uno fueron contando desgracias, algunas recientes, otras imperecederas debido a la falta de justicia. Hubo más lágrimas, más aplausos y antes de retirarse, abrazos sinceros.
Wilkensen acomodó las sillas, le dio una barrida al piso y apagó la luz. Cerró la puerta de madera algo hinchada por la humedad y le dio las dos vueltas de llave correspondientes, no sin antes perder al menos un minuto en tratar de discernir en la penumbra de la calle, cuál era la correcta.
Escuchó entonces los pasos a su espalda y se sobresaltó. Una figura imponente estaba a escasos dos metros de distancia. Wilkensen temió lo peor, pero los brazos de ese enorme contorno humano se alzaron en alto, con el fin de darle tranquilidad. Luego, al dar un paso al frente, la tenue lámpara de la calle iluminó en parte su rostro.
– Me llamo Gabriela – dijo con voz tan áspera como inesperada – Mi tía viene a sus grupos de ayuda. Le hace bien.
El hombre, aún con el susto en el pecho, agradeció con un movimiento de cabeza.
– No voy a entretenerlo, iré al grano y le seré franca. Ella me cuenta las historias que la gente expresa, sé que no debería, pero ella lo hace para hacer catarsis y me parece bien. Pero no he venido a contarle eso. Voy a tomar cartas en el asunto. Contra esta gente. Los que hacen tanto daño. No me pregunte cómo, ni cuando, si le voy a decir el por qué. Porque quiero que despertemos. Que abramos los ojos. Porque no lo hacen los jueces, no lo hacen los políticos, no lo hace la policía, no lo hace la gente de pie. Todos duermen. Algunos por intereses, otros por estúpidos y otros por miedo. Pero se acabó. Me escucha Wilkensen, se acabó. Y el primero será usted señor. Porque usted es de la peor clase, de los que se visten de cordero. De los que creen que la redención está en el arrepentimiento. Míreme Wilkensen, míreme bien. Ya no soy el varoncito de flequillito que iba a su clase de canto, al que tanto le gustaba darle clases particulares. Hasta la voz he tratado de cambiar para olvidar lo pasado. Pero no puedo Wilkensen, no puedo. Usted estará muy arrepentido, querrá ayudar a la gente, pero qué hay con el pasado, cómo nos hacemos cargo de lo que hemos hecho. Si, todos nos podemos equivocar, es cierto. El tema está en tener la certeza de asumir las consecuencias. Yo pienso asumirlas. Por eso empiezo con usted, Wilkensen. Veremos cuándo y cómo termino.
A Wilkensen le estaba dando un infarto cuando el puñal lo alcanzó a la altura del corazón. El informe forense concluyó en que no hubo atisbo alguno de defenderse.

Los que bajaban siempre eran otros

Ya van a volver, le respondió su hermana cuando preguntó por ellos. Había estado mirando por la ventana desde mucho antes que empezara a llover. Los relámpagos lo asustaban. Cada chispazo del cielo le provocaba un escalofrío que comenzaba en la nuca, recorría la espalda y parecía hacerle vibrar brazos y piernas. Estaba parado sobre una caja de madera que alguna vez había contenido manzanas. De tanto en tanto se miraba los pies: temía que una distracción terminara con un golpazo en el piso.
Su hermana preparaba la comida. Podía escuchar el agua entrar en hervor dentro de la vieja cacerola plateada. Ella le pidió que se bajara y fuera a lavarse las manos. Estaba por echar los fideos al agua. Volvió la mirada hacia la ventana. El vidrio mojado no le permitía ver con claridad y el viento afuera era intenso, sacudiendo las ramas de los árboles con gran violencia. Creyó ver sus figuras varias veces. Una vez fue una mujer en bicicleta que a duras penas siguió pedaleando bajo el temporal, otra un grupo de perros que escapaban de la lluvia a gran velocidad. Cada vez que el colectivo de línea urbana pasaba por delante de la casa, contenía la respiración, esperando ver sus contornos descender de la puerta trasera. Pero los que bajaban siempre eran otros.
La comida ya estaba. Su hermana lo llamó sentada a la mesa. Pronunció su nombre, una, dos, tres veces. No insistió. Era así en todo momento, para la cena, el almuerzo, la hora de bañarse, la hora de dormir… no importaba que fuera mayor que ella, que a pesar de tener diecinueve años no iba a la escuela ni trabajaba, que se pasaba todas las horas de su vida asomado a esa ventana esperando un regreso que jamás se produciría. Suspiró profundo y probó la comida. Estaba desabrida. Como para no estarlo, ni para salsa le había alcanzado. Pero algo debía comer, tenía toda la tarde por delante para patear la calle en busca de limosnas. Su hermano volvió a preguntarle cuándo volverían, ya olvidado del llamado a comer. Ella le repitió lo mismo que siempre, porque era más fácil y porque tampoco se animaba a convertir la realidad en una certeza más cruel.

Dos perros dormidos

Los perros dormían en sendas colchonetas, ajenos al griterío de la calle. El viento hacía golpear las persianas abiertas de la ventana que daba al patio. Matilde corrió a cerrarlas, luego de haber hecho lo propio con las que tenía más próxima. Al cerrarla, el sonido proveniente de afuera se atenuó. Apoyó la espalda contra la pared y miró el reloj colgado en el extremo opuesto. Faltaba poco para que anocheciera y su marido no había regresado. En circunstancias comunes aquello no le había molestado, pero…
Buscó el sofá para sentarse y luego accionó el control remoto. Algunos canales no transmitían. Otros daban películas que había visto decenas de veces. Buscaba uno que diera las últimas noticias pero no encontró ninguno. Se levantó, apagó el televisor y luego de esquivar la cola de una de sus mascotas, tomó por enésima vez el teléfono celular. Era en vano. No había señal.
Una explosión hizo que se encogiera de hombros. Se volvió asustada hacia una de las ventanas. Una columna de humo se recortaba contra el cielo. Los perros seguían durmiendo, como si no hubiese pasado nada. Se asomó. Pudo ver a unos veinte metros a unos jóvenes corriendo con palos en las manos. Estaban metiéndose por una puerta cuando un rayo de color rojo intenso impactó en la espalda del que iba último. Quedó tendido en el suelo, con un gran agujero atrás. Nadie acudió en su ayuda.
Corrió la cortina. Le costaba respirar. Ahora escuchaba disparos. Uno, dos. Silencio. Una seguidilla. Otra explosión, aunque algo más distante. Y otra vez, silencio. El griterío de hacía unos minutos había desaparecido. Pero era cuestión de tiempo para que volviera a derrumbar la calma. Las últimas cinco horas habían sido un deliberado ciclo de caos que no paraba de repetirse.
El teléfono vibró en su mano y del susto pegó un salto. Esta vez el perro no tuvo la suerte de antes y el pie derecho de la mujer le aplastó una oreja contra el suelo. El perro aulló dolorido, lanzando varios mordiscos al aire. Uno alcanzó la mano de su dueña y el teléfono que sostenía voló contra el cerámico color arena que habían elegido de un extenso catálogo con su marido el día después de haber comprado el departamento.
Matilde trató de calmar a su perro, pero ahora tenía a los dos despiertos y gruñéndole. El otro se había puesto a la par del primero. De reojo miraba el celular, a tres metros de distancia, que ya no sonaba. Afuera estallaron los vidrios de un auto e instintivamente, giró la mirada hacia la ventana. Fue entonces que sintió la mandíbula de uno de sus perros en el cuello.
Lo pateó con fuerza, tratándolo de sacárselo de encima, pero mientras luchaba con uno, el otro se prendió de su brazo. Ahora la que aullaba de dolor era ella. Apenas si podía pensar, el ardor era enorme y la dentadura firme y fría de su perro se clavaba más y más. Pero sacó fuerzas de donde no sabía que las tenía y se arrastró hasta la mesa ratona de la sala. Con un último esfuerzo, casi al borde de no poder respirar, alcanzó de encima de la mesa un jarrón y se lo partió al perro que atenazaba su cuello. La cerámica estalló en mil pedazos, quedando aún una parte en su mano, con el filo suficiente para usar como punta para atacar al perro que le mordía el brazo atrapado.
Vio sangre a sus pies y se llevó la mano al cuello. Pero no encontró allí ni rastro de sangre. Tampoco al llevar la mirada al brazo encontró marca alguna de la mordedura.
El sonido inconfundible de la llave abriendo la cerradura encendió sus alarmas, más que con cualquier otro sonido anterior. Se preparó para correr hacia alguna habitación al abrirse la puerta, pero se contuvo al ver que la persona que ingresaba no era otro que su esposo. Vestía igual que en la mañana, cuando lo había visto partir hacia el trabajo.
El hombre dejó una bolsa repleta de verduras sobre la mesa y luego, al girar hacia su mujer, quedó petrificado.
– Matilde… – fue lo único que pudo decir. Su mujer estaba de pie en medio del living, delante de los perros acostados sobre las colchonetas como si estuvieran dormidos, pero rodeados de sendos charcos de sangre y sobre la oscura materia, esparcidos violentamente, cientos de pedazos de cerámica azul.
– Es que los extraterrestres, las explosiones, toda esa gente luchando, disparando, los volvieron loco y yo… tuve que matarlos, antes que ellos me mataran – trató de explicarse Matilde, sollozando con real desconsuelo.
El hombre se llevó la mano a la boca. Sobre la mesa, al lado de la bolsa de las compras, estaban aún las pastillas de su mujer.

Ahora

¿Y ahora? En medio de la noche, se hace esa pregunta. De las cuatro lámparas del alumbrado público, solo una emite un tenue haz que se derrame casi con lástima entre las copas de los árboles. A lo lejos, un perro ladra. Las calles están desiertas. Ningún auto, ningún sonido de motor en la cercanía.
Al aquietarse su respiración, apaciguando de a poco la agitación que asaltaba su cuerpo, otros ruidos, antes imperceptibles, llegan a sus oídos: grillos, polillas chocando contra un lamparita de veinticinco delante del portón de una casa, el aleteo de un pájaro trasnochado, oculto en las ramas sobre su cabeza.
Tirita, ya no del miedo, sino del frío. Descubre sus brazos desnudos. Solo lleva puesta una remera y la brisa que la abraza es fría, impiadosa. Se lleva las manos a las manchas de sangre sobre la tela. Instintivamente se palpa la piel por debajo de la remera. No hay heridas. No es su sangre. Lo sabe. Pero necesita confirmarlo. Por una vez, no es su sangre y le cuesta creerlo.
Tiene que irse, volver a casa. Da un paso, dos. Su pie tropieza con algo. Con una pierna. Un cuerpo. Con él. Está sobre la vereda, como si durmiera. Casi pensaría que borracho, se tiró a dormir ahí mismo, como otras tantas veces. Pero no, no es así. Lo sabe.
Un metro más adelante estaba su celular. La pantalla astillada, la carcasa quebrada en varias partes y la batería fuera del aparato. Se había convertido en la primera víctima de la fatídica noche. O la segunda, en realidad.
Su marido le prohibía ponerle clave. De la misma manera que no podía usar facebook o whatapps, y ninguna otra red social donde existiese la remota posibilidad de tener un contacto varón. Como con cualquier otra exigencia que viniese de él, conocía los riesgos de no cumplirla. Aunque a veces, el solo motivo de la sospecha era suficiente
Podía soportarlo, porque a lo largo de la relación – de más de quince años – había soportado muchas otras cosas peores. Ella se sabía culpable. Por no escapar. Por no darle a Renata la posibilidad de un hogar libre de traumas. Por no tener la valentía de afrontar el futuro tan solo con su hija. Aunque en parte, esa culpabilidad – en alguna parte de su razonamiento la verdad siempre vedada hacía fuerza por asomar – era también producto de las humillaciones que recibía.
Pero Renata… viviendo sus primeros años de adolescencia, con el arrollador ímpetu de cualquier joven, no era culpable de nada. Una niña haciéndose grande, desprendiéndose de los inocentes años de su infancia, asumiendo responsabilidades y obligaciones, conociendo los sinsabores de los primeros amores imposibles y el deseo – cada vez más apresurado – de un primer beso. ¿Cuál había sido el error? ¿Comprarle un celular en su cumpleaños, como ella tanto deseaba? ¿O el error era el otro, el propio, de no haber escapado con ella cuando aún podía hacerlo?
Creer que él se lo tomaría bien, que no se opondría. Y cuando lo hizo, ella siempre tan tonta, tan inútil, de utilizar el maldito aparato como una excusa en lugar de un merecido regalo tal como lo era y decirle que serviría para saber dónde estaba, dónde iba, que había leído en una revista de las aplicaciones que permitían a los padres saber en todo momento la ubicación de sus hijos mediante el GPS del celular.
Tonta, inútil. Ciega, ante todo. ¡Cómo no comprender que no eran las discusiones cotidianas con su marido lo que tenía de mal humor a Renata! Y estúpida por darle esa idea. Si, está bien. Le instalaron la aplicación como condición para que lo use. Podían saber dónde estaba en todo momento. Pero nunca sospechó que él se lo instalaría también en su celular.
Había convertido a su marido en una especie de Dios, que podía saber dónde estaba una y otra. Y conocer cuando ella salía a hacer un mandado y su hija, la hija de ambos, quedaba sola en la casa.
¿Cómo? ¿Cómo demoró tanto en comprenderlo? Si, era culpable. De todo. Incluso del cuerpo que yacía sobre la vereda, sobre una mancha de sangre que crecía lentamente tratando de alcanzar de un lado la pared descascarada de la casa más cercana y del otro, el cordón de la vereda.
El llanto de Renata todavía dolía en sus oídos y le provocaban otras lágrimas, casi de sangre, de un dolor compartido, de un ultraje pervertido, de un desenlace enceguecido. Todo se había precipitado como un rayo en medio de una tormenta. Su celular cayendo al piso en la cola del cajero del banco, el gentil muchachito ayudándola a encenderlo cuando pensaba que se había roto, la pregunta que no entendía sobre si volvía a activar el GPS para que el localizador funcionara (porque eso era el cartelito que aparecía), la tardía comprensión que él la estaba vigilando y ese volver a casa con un feo presentimiento, apurando el paso en medio de las últimas horas de la noche, no por temor a que su marido una vez más le reclamara la comida no preparada sino algo peor, algo que crecía en su pecho en forma de angustioso puñal.
Abrió la puerta con el mismo miedo con el que alguien se enfrentaría a la muerte, sabiendo que tiene todas las de perder, el rostro lívido, el corazón galopante y el cuerpo tenso. Escuchó los gritos y corrió hacia la habitación del fondo y allí lo vio, a él, el golpeador, el humillador, al que nunca se atrevió a denunciar, encima de Renata, convertida en llanto.
No hubo lucha, no hubo palabras, tan solo gritos. Sonidos de furia y de angustia. Pero él respondió con la única réplica posible: un cachetazo. Y sin más, salió del cuarto, transitó el pasillo y buscó la puerta de calle. Caminaba con el tambaleo de un borracho y la impunidad de un hijo de puta. Ella salió a correrlo. Lo vio cruzando la calle y con el último aliento lo alcanzó. Lo tomó del brazo con una mano mientras que con la otra marcaba el 911.
– ¡Nunca más! ¡Nunca más! – gritaba en la desierta vereda para los anónimos oídos ventanas adentro del no te metás.
El hombre tomó el celular y lo estrelló contra el piso. Luego, con los ojos cargados de ira, arremetió contra su cuello. Atenazó las dos manos con crueldad y decisión. ¿Era acaso, en el final de su vida, la primera vez que lo veía tal cual era? ¿Esa sería la última imagen que se llevaría a la tumba? Entonces, el hombre prorrumpió en un grito ahogado, desarticulado, balbuceante. Sus manos perdieron fuerza, la tensión sobre la tráquea se fue relajando y la mole de su marido se derrumbó como un edificio en implosión, dejando a la vista una postal que difícilmente podría borrar: Renata, cuchillo en mano, temblando como una hoja.
Se miraron, con más amor que miedo, con un silencio de por medio que abarcaba todas las conversaciones que jamás habían tenido.
– Corré Renata, corré.
Vio a su hija perderse en la noche, con la esperanza que encontrara en la casa de alguna amiga la contención que necesitaba. Permaneció inmóvil varios minutos. No podía pensar con claridad y una sola pregunta rondaba su cabeza: ¿Y ahora?
El ruido de una motoneta, en esa desolada noche, hizo que levantara la vista. Un joven había estacionado a escasos metros y corría hacia ella.
– ¡Nos asaltaron, nos asaltaron! – gritó ella, mintiéndose una vez más.
El muchacho sacó el celular y llamó de inmediato. Apenas si había pronunciado dos palabras, cuando ella lo detuvo.
– Mejor deciles la verdad. Yo maté a este hijo de puta, yo y nadie más.

El mapa de todos los laberintos

A Johansson le llamó la atención el mensaje de texto de Pitarrosa citándolo al bar de la universidad a tomar un café. No porque no fueran conocidos, sino porque hacía al menos diez meses que no veía al científico argentino. En el pasado juntarse cada tarde a beber un poco de cafeína y compartir avances en sus respecticas investigaciones era algo habtiual, una especie de ritual antes de escapar unas horas a casa o bien, volver a la oficina o al laboratorio para seguir trabajando hasta altas horas de la madrugada.
Al sueco le caía muy bien Pitarrosa, porque a diferencia de otros colegas, el argentino era sincero, no temía hablarle abiertamente de sus investigaciones y además, era dueño de una humildad que pocas veces había visto en aquel recinto europeo donde llevaban a cabo sus actividades desde hacía más de un lustro.
Pero todo había cambiado diez meses atrás. Su colega había faltado casi una semana seguida al trabajo. Él había tomado algunas de sus clases, sin saber con exactitud que le pasaba. Alguien le había mencionado que tenía problemas personales, otro que estaba con un inconveniente de salud. Finalmente volvió, un martes, y solo cruzaron unas breves palabras en el pasillo central. Pitarrosa, con los ojos empañados, se lo resumió en dos palabras: Me dejó.
El sueco sabía a que se refería. A Ornella, la italiana que trabajaba en la administración y que convivía con Pitarrosa desde hacía un par de años. Johansson puso una mano en el hombro de su amigo y con ánimo de darle fuerzas le sugirió, lo que luego creyó fue un error: que se centrara en sus investigaciones, que no pensara en ella, que el amor era una cuestión de suerte y que el tiempo todo lo sanaría.
Pitarrosa le sonrió, lo abrazó y se dirigió a su oficina. Desde entonces no habían vuelto a cruzar una palabra. Ni siquiera lo volvió a encontrar en el bar. Alguna que otra vez, a la distancia, lo vio entrar a la oficina. La primera sensación fue que Pitarrosa se había enojado con él por algún motivo. Pero con el correr de las semanas, la renuncia de Pitarrosa a sus horas cátedra, su exclusiva dedicación a la investigación, lo llevaron a la conclusión que el argentino lo único que estaba haciendo era seguir su consejo al extremo. La investigación pasó a ser el centro de su vida, su obsesión, para poder olvidar en paz, dejando atrás de esa manera a Ornella, pero al mismo tiempo, a los pocos que frecuentaba.
Por esa razón, Johansson miraba una y otra vez la pantalla de su teléfono celular, incluso en medio de la clase, porque sentía una extraña mezcla de nostalgia y ansiedad ante el inminente encuentro con su colega y amigo. Y volvía a revisar esas pocas palabras del mensaje de texto en la puerta del bar, tratando de confirmar que el mensaje era real y que pronto vería a Pitarrosa.
Abrió la puerta, saludó a algunos colegas sentados en las mesas cercanas y de inmediato sus pasos lo llevaron hasta el fondo, al rincón menos concurrido del lugar, donde siempre compartían la misma mesa. Al verlo sentado, haciendo un origimi con una servilleta de papel, pensó que esos diez meses en realidad nunca habían transcurrido y que tan solo ayer habían estado allí mismo, hablando de fórmulas e investigaciones. Pero entonces, cuando Pitarrosa levantó la vista e intentó una mueca en forma de sonrisa, divisó las marcas del tiempo y el encierro: ojeras bien marcadas, cabello largo y desprolijo, ropas arrugadas y una imagen en general desaliñada. Pero Johansson, como buen amigo, no mencionó nada de eso, al contrario, sonrió con sinceridad y abrazó a su amigo.
Cuando el mozo se acercó, pidieron un café. El sueco pidió también medialunas. Más de las que pedía habitualmente, porque cuando estaba con Pitarrosa, este siempre le comía dos o tres.
Hubo un silencio algo incómodo hasta que llegó el café. Como si su presencia significara una señal, Pitarrosa comenzó a hablar.
– Lo hice Alexander, seguí tu consejo y lo logré.
Johansson, que pocas veces oía de boca del argentino su nombre, pensó que se refería a sanar la herida abierta tras la partida de Ornella.
– El amor – dijo el sueco – viene y va, es una experiencia que no deberíamos creer que será por siempre, porque nunca lo es.
– No, amigo, no – Pitarrosa reía – Al contrario, puedo demostrar que el amor existe y no es casualidad. Pero lo que logré, es otra cosa. Descubrí el algoritmo que todos soñamos alguna vez con alcanzar.
Hizo un silencio. Johansson suspendió en el aire el viaje de la taza a su boca. Había un brillo en los ojos de Pitarrosa, que no había percibido hasta entonces. En aquel despojo de persona parecía esconderse algo más. Y estaba convencido que en pocos segundos más lo sabría.
– He descubierto el algoritmo del azar.
El argentino bebió su café y se sirivó una de las medialunas que había pedido su colega. Johansson devolvió la taza a su plato.
– ¿Estás hablando en serio? ¿Realmente…?
Pitarrosa sacó una libreta del bolsillo trasero de su pantalón. Buscó una página en la que estaba la fecha del día anterior y debajo, varios números.
– Busca en internet los sorteos de hoy de las loterías. Y compara los números que salieron en primer lugar con los que anoté anoche. Al lado de cada número te indica a qué lotería pertenece y el país. Mientras, voy a sacarte una medialuna más.
Johasson desbloqueó su celular y abrió el navegador. Buscó una página con resultados de loterías mundiales y comenzó a comparar. Necesitó dos coincidencias para entender que todos los demás números también corresponderían.
– Esto es…
– ¿Increíble?
-¡Imposible!
Ambos se miraron. El sueco lanzó una carcajada al aire, de inmediato el argentino comenzó a reír. A los pocos segundos, ambos se doblaban de la risa.
– No lo puedo creer, realmente, es maravilloso. ¿Te das cuenta que descubrir el funcionamiento del azar implica justamente que el mismo deje de existir? Es decir, existirá, pero se llamará “la ley de Pitarrosa”.
Volvieron a reír. Para entonces, el argentino se había devorado todas las medialunas.
– Lo he aplicado a otros ámbitos. Nada es fortuito, nada es casual. Al contrario, la fórmula puede predecir una infinidad de sucesos y permite que ya ninguna búsqueda sea azarosa. ¡Te imaginas!
– No veo la hora de poder estudiarla para encontrarle aplicaciones… – Johansson se detuvo, dudando – por supuesto, si es que me lo permites, no quiero entrometerme…
Pitarrosa hizo un gesto con la mano, para que no se preocupara.
– La daré a conocer este viernes y si te he llamado, es porque quiero que seas quien me acompañe y seas quien lleve adelante todas las investigaciones en el futuro. Yo… abandonaré la universidad luego de este fin de semana.
-¿Qué estás diciendo, Ricardo? ¿Tienes un ofrecimiento de alguna otra universidad?
– No, para nada. Supongo que luego del viernes, las tendré, pero no perderé el tiempo escuchando ninguna. El mundo académico se acabará para mí una vez hecha la presentación. No es algo que haya decidido así al… azar.
Sonrió. Johansson supo que lo que había escondido detrás de esa figura mal vestida era solo pura genialidad y conocimiento. Pero un conocimiento reciente, producto de lo que había descubierto. El azar ya no existía en la mente de Pitarrosa, todo era acción y reacción, hechos y consecuencias.
– Pero… no entiendo. ¿Por qué no seguir comandado la investigación sobre una revelación científica que lo cambiará todo?
– Porque ya tengo la respuesta que buscaba. No indagué los misterios del azar para colocar mi nombre en los anales de la ciencia, mucho menos para hacerme rico jugando a la loteria, aunque mal no vendría. Lo hice para determinar que nada existe por azar. Qué había algo que conducía cada acción del universo. Qué seguramente hay millones de probabilidades en cada encrucijada, pero que no es el azar el que nos determina. Los números no salen sorteados por azar, sino porque antes salieron sorteados millones y millones de otros números. Alexander, no podía enamorarme mil veces más para sufrir la misma cantidad de veces hasta que el azar me llevara al amor de mi vida, al que realmente me correspondiera. No existe el tiempo, el tiempo para un ser humano, para que eso suceda. Y lo que yo quería, lo que yo quiero, es el amor verdadero. Y ahora, con esta fórmula, puedo determinarlo, se dónde y cómo buscarlo. Esta fórmula, querido amigo, es la fórmula que me hará feliz sin temor a equivocaciones, sin temor a sufrir.
Johansson se había quedado sin palabras. ¿Era eso posible? ¿Si quitábamos el factor azar a nuestras vidas, podíamos alcanzar la felicidad total? Se quedó observando el rostro contento de Pitarrosa. Pequeñas migas de medialunas adornaban el contorno de su boca.
– Todo esto por amor… ¡quién lo diría! – exclamó el sueco.
– No amigo, todo esto por dolor. El amor nos conduce a laberintos imposibles. El dolor nos apura a encontrar la salida. Nunca más sufriré por amor, Alexander, porque descubrí la clave, el mapa de todos los laberintos.
Pitarrosa se marchó, con la frente erguida. Johansson permaneció sentado un buen rato. Volvió a mirar el mensaje de texto que había recibido más temprano, tratando de discernir si la charla que había acontecido en aquella mesa había sido real. El plato de medialunas estaba vacío y él no había probado ninguna. Por lo tanto, aquello había sido real. Las había comprado previendo que su amigo comería algunas, pero se las había comido todas. No había sido azar. Y su amigo lo sabía, lo había previsto. Porque el azar ya no existía. Pitarrosa lo habìa quitado de toda ecuación.

El miedo

El miedo no es el chirrido de una puerta del armario en medio de la noche, ni la forma grotesca de una sombra proyectada con malicia por la luna. No es ni siquiera esa araña caminando por el brazo ni aquella calavera asomada a la ventana. Es algo más profundo, más perturbador, es un calvario que nace muy dentro y lucha por exteriorizarse pero no lo hace, no puede, no se lo permiten. Se transforma en un terror inmenso, una daga en el cerebro que penetra cada día más en el alma hasta llegar al desquicio total, la vergüenza eterna o la muerte lapidaria.
Comienza con una burla, un chiste de mal gusto, una mirada lasciva, un golpe que aseguran fue sin intención. Y crece, se desarrolla, avanza como la gramilla sobre el césped, una metástasis en la psique que carcome lentamente la voluntad, el carácter, la personalidad, cercenando a la persona de una manera tal que ni el monstruo más repulsivo de una película de terror podría lograr.
El miedo es esa transformación que hace que el individuo no pueda mirar a los ojos a los seres que quiere, que tema de quienes le profesan amor, que guarde para sí todo lo que debiera gritar a viva voz, que llore por las heridas en el silencio que propician los rincones austeros de una habitación, que decida incluso no salir de su casa ni volver a ver el sol, que sufra con cada luna que sale y que tiemble ante el tintineo lejano de una llave cuya risa cómplice no puede detener.
El miedo es un viejo cáncer y no existen monstruos, fantasmas o demonios que sean capaces de propagarlos. Tampoco lo hace la noche, los truenos o los relámpagos, mucho menos el viento, las historias truculentas de una ronda de verano o el vuelo rasante y fugaz de un murciélago en celo. Es solo el ser humano el que lo causa y también el que lo sufre.
El espejo, el pecho agitado, los ojos delineados de tanto llanto. La promesa de un nunca más que no depende del que la hace. Los labios que se mueven, que repiten esas dos palabras, una y otra vez hasta que pierden sentido, como todo lo que se dice porque sí, porque otros lo dicen, porque es una moda, una tendencia, pero que en su súplica es un deseo, casi utópico, de salvación. Pero nadie la oye, porque esa persona está sola, delante de un espejo, con el pecho agitado, los ojos demacrados por el llanto y moviendo los labios sin voz. Escucha la puerta, la de calle y también los pasos que preceden al primer sonido. Y tiembla. Como cuando era más joven, de cuerpo, de alma, de edad, y transitaba ese largo pasillo escolar y las palabras hirientes parecían cuchillos que volaban de un lado a otro, entre todos, entre sí, hacia su persona, hacia otros. O como cuando, en aquel primer trabajo, los méritos de nada valieron y solo una mano casi casual, tocando lo que no debía, fue la única prueba de aptitud posible. Los pasos se aproximan, acechan, rompen las últimas defensas que aún resisten en su mente. Pasos vacilantes, errantes, como el destino mismo. Quiera la fuerza mayor que domina el universo que sigan de largo, pero sabe que no es así, como sabía entonces que los cuchillos voladores se incrustarían en su espalda o que la única posibilidad de ganar un dinero era aceptando lo que no quería.
Entonces el desquicio, la vergüenza, la muerte, convergen en un solo estado: el miedo. Ese que nos arrastra hasta lugares insospechados, despojándonos de todo lo que anhelamos. Y aprendemos a sobrevivir, pero nunca a derrotarlo. Porque se vuelve silencio, una moda, una sensación. Porque muchos olvidan que es real y no solo una bandera. Una pancarta no hace la diferencia, una denuncia si. Y sin embargo, por miedo, gana la comodidad y el infierno no deja de ser la realidad que nos rodea pero disfrazado de un día hermoso.

Los exploradores

No, los fantasmas no existen. Eso me respondió, sin dar ninguna otra explicación. Me dejó a solas con su respuesta, en medio de la noche, con la brisa fresca del mar golpeándome el rostro. A lo lejos se escuchaba el romper de las olas, en una melodía monótona y salvaje.
La miré, como quién mira a alguien a sabiendas que le está mintiendo, como si esa mirada, de ojos ardientes, obligase a decir la verdad. Pero su rostro no me observaba. Estaba enfocada en el viejo faro, que pretendía esconderse entre las sombras de la noche a unos pocos metros de dónde estábamos.
Pero la noche era clara y la luna lo delataba sin piedad. Majestuoso y olvidado, el faro dormía con su único ojo apagado desde que tenía memoria. Empezó a tararear una canción. Ella, no el faro.
Le pregunté si quería volver al hotel, pero guardó silencio. Mi hermana podía hacerme perder la paciencia muy velozmente, pero esa noche en particular su falta de palabras no tuvo ese efecto, al contrario. Tuve una sensación de confort, de fría calma. Solo algo me inquietaba. La mujer que ella juraba haber visto saludando desde la playa.
Había dejado la luz encendida. No recordaba si la hornalla de la cocina también. Desde la playa podía observar la ventana de nuestra habitación en el hotel. Estaba abierta y la cortina se ondulaba con poca gracia. Cuando escuché sus gritos salí corriendo, así que era probable que la hornalla siguiera prendida.
Su mano sobre la mía me sobresaltó.
– ¿Y si están muertos? ¿Si todo este tiempo tenías razón?
Su voz, quebrada, trataba que sus oídos escucharan lo que su mente no se permitía. La realidad. Porque desde que papá y mamá se perdieron en el mar habían pasado ya diez años. Y durante cada uno de esos diez años, todos los veranos, ella me obligaba a acompañarla. No usábamos la palabra veranear. Sino explorar. Porque eso hacíamos, así pasábamos las horas, siempre en el mismo sitio. Explorábamos.
Y hasta esta noche, solo habían sido horas perdidas, abandonadas a una causa insensata. Cómo si, por arte de magia, por nuestro espíritu incansable, mamá y papá pudieran emerger de las aguas de la mano de algún milagro marítimo desconocido. Pero entonces, ella había visto una figura y gritado. Fuerte, casi hasta las lágrimas. Porque esa figura, dijo, era igual a la de mamá. ¿Un fantasma, acaso viste un fantasma? le había preguntado.
No, los fantasmas no existen. Me respondió. Y sé que en el fondo me esconde la verdad. Porque esa misma tarde habíamos discutido en la heladería. Le había dicho que era el último año que vendría, que no quería seguir con esta farsa, con esta búsqueda sin sentido. Y entonces, esa figura despierta de nuevo la esperanza, porque los fantasmas no existen, y si no existen, la playa, el faro y mi hermana fueron testigos de algo más, algo que es difícil de explicar.
La abracé. Dejé que llorara sobre mi hombro y le prometí, con las olas rompiendo detrás nuestro, que la seguiría acompañando, que lo haría por siempre. Porque eso hacen los hermanos. Se quieren, se ayudan y nunca dejan que los sueños del otro se derrumben.
Luego, nos alejamos de la playa. Miré hacia atrás y no vi a nadie. Solo el faro, el mar y la playa, todos bajo la sombra de la noche. Me mordí los labios para no llorar.

El hombre de la cabecera

Sentados a la mesa, sin hablar nadie con nadie, con el sonido único de la discordia flotando en el aire. Los cubiertos golpeando los platos, la mandíbulas triturando el alimento, el vaso posándose sobre la mesa. El silencio que no es tal. Y una frase que aún resuena en todos.
Con el gesto adusto, el hombre sentado a la cabecera de la mesa abre nuevamente la boca, esta vez para pedir el pan. Nadie mueve un dedo en aquella dirección. Entonces el hombre, bufando por la bajo, pronuncia el nombre de su hija más grande, que si bien no es la más cercana al pan, es la que considera al nombrarla como la encargada de devolver el orden y la cordura en aquella mesa.
Ella escucha su nombre y levanta la vista. Pero no la posa en el hombre que es su padre, sino en los demás. Algunos entornan los ojos, otros hacen que se ocupan en algo más para no devolverle la mirada. ¿Qué hace? ¿Se levanta, toma el pan y se lo da al hombre sentado a la cabecera? ¿O ignora la orden y desata el tsunami?
Se pone de pie, busca el pan y se lo acerca. Aquí tiene, le dice, una vez que le deja el pan delante del plato. El hombre no agradece, jamás lo hace. Ella vuelve a su lugar, de espaldas al padre. No quiere que nadie le vea la lágrima que desciende sobre la mejilla, pero principalmente, que no la vea él. Se pasa con rapidez el dorso de la mano por el rostro antes de ocupar nuevamente su asiento. Ya está, se dice, ya está. Y a pesar de no tener hambre, se lleva una tajada de fiambre a la boca.
Alguien carraspea. Pareciera que va a decir algo, pero nadie habla. La comida desaparece de a poco de los platos de la misma manera que las bebidas de los vasos. El menor de los varones mueve un poco la silla hacia atrás, como a punto de pararse. La voz del hombre de la cabecera suena clara y fuerte y quiere una respuesta a la pregunta ¿Ya ha acabado de comer?. Quizá el menor de los varones desea ir al baño, o mucho más sensatamente, escapar de aquel lugar, pero el miedo le hace mostrar una sonrisa, asegurar que no y acomodar la silla en su lugar.
Entonces aparece Elvira. La eterna Elvira. Ama de llaves desde que todos tienen noción del tiempo y de sus vidas en aquella enorme casa. Se acerca al hombre en la cabecera. Le susurra algo casi al oído. El hombre abre los ojos y suelta, sorprendido: ¿Ahora?.
Elvira se aleja, el hombre toma una servilleta, se limpia de mala manera la boca y la arroja contra la mesa. Todos dejan de comer. Alguno disimula llevando el vaso a la boca. Se escuchan los pasos de Elvira en la habitación contigua, acercándose otra vez. Pero ahora otro par de pasos, tacón de mujer, replican como un eco por detrás.
La imagen de la eterna Elvira precede a la de una mujer joven, de rasgos sensuales, ropa ajustada, joyas caras en manos y cuello, movimientos lentos y calculados. No mira a ninguno de los sentados a la mesa, tan solo al hombre de la punta, que se pone de pie para recibirla. Le abre los brazos, ante los incrédulos rostros de los demás. La abraza y la besa. Más de uno quiere hablar, pero nadie lo hace. Nadie se atrevería.
Al fin, la mujer se pone de frente a todos, sin ocultar como con su mano derecha estrecha la del hombre y los observa. Su sonrisa perlada, su piel tersa y cuidada, su cabello lacio y largo, son una provocación en esa habitación hostil y asfixiante. Pero el silencio prevalece, como siempre ha sucedido bajo el techo familiar.
Pero no habla, solo muestra sus dientes perfectos. El que habla es él. Les enseña su nombre, su relación y la obligación de tratarla como quién es de ahora en más. ¿Alguna objeción? pregunta, sabiendo que no tendrá oposición. Jamás la ha tenido. Y ante el menor acto de rebeldía, la mejor respuesta era el respeto y vaya que sabía cómo ganarlo. Sus hijos lo sabían muy bien. La vida no era nada sin el respeto. Lo había recordado al comenzar la cena: “Cómo verán, Susana no está a la mesa, porque Susana ya no está con nosotros. Ella no entendía que es el respeto. Ustedes lo saben bien, si quieren seguir siendo mis hijos, me respetan. De la misma manera, la mujer que quiera seguir a mi lado, me respeta”.
Nadie elevó una voz de objeción y el hombre se fue con la joven de tacones altos a la habitación. Los demás quedaron mirando sus platos vacíos. Elvira comenzó a retirarlos sin preguntar si alguien deseaba repetir. No era necesario. Tenía los años suficientes en aquella casa para saber que el apetito había desaparecido. Su manera de sobrevivir había sido la sumisión enfermiza, la renuncia a seguir siendo madre, la imposibilidad de decirle “nieto” a cualquiera de los sentados a la mesa.
Ella misma se veía como una pintura desdibujada, una caricatura grotesca. Y al mismo tiempo, cuando no lloraba en los rincones, agradecía poder ver estar cerca de quiénes la desconocían por completo. Quiénes viven en una tormenta interminable, no saben de otra cosa que de sufrimientos. Elvira lo aceptaba. Para ella, confrontar la indiferencia de esos jóvenes era como salir a contemplar un día de sol. Y así sería, en la medida que los años se sucedieran y escaparan, cada uno a su manera, de faltarle el respeto al hombre de la cabecera.

Día de los inocentes

El amanecer sorprendió a Ricardo con los ojos abiertos, la mirada clavada en el techo de la habitación y una sonrisa que le partía el rostro en dos hemisferios. Ni siquiera esperó que sonara el despertador. La fecha era la culpable, nada menos que el día de los inocentes. Apenas si había dormido. Se había pasado toda la noche pensando qué broma gastarle a sus amigos. Cada año trataba de esmerarse un poco más, sorprender a todos.
Ellos estarían esperando que él hiciera alguna de las suyas, estarían a la defensiva, cuidando sus espaldas, por eso es que debía actuar cuando menos se lo esperaban. Y permanecer despierto había sido la manera de encontrar la broma por excelencia. Algo original, único, que jamás olvidarían. Algo que ni la propia Muerte planearía. Épico.
Pero por sobre todas las cosas, debía actuar antes que Mauro. Dentro del grupo, Mauro era otro que se tomaba el día de los inocentes de manera personal. La opinión general era que competían entre sí. En parte, al resto del grupo, le causaba gracia esa competencia. Aunque coincidían también que podía trocar en algo tedioso si no le ponían límites.
Ricardo se aprovisionó de los elementos necesarios. Un frasco con éter, un pasamontañas, la llave del viejo Falcon del abuelo, una pala y un par de frazadas. Todavía estaba a tiempo. Por las calles deambulaban pocas almas. Obreros en su mayoría, que hacían el primer turno en la fábrica. Sus amigos no vivían muy lejos. Dos en una misma cuadra. El otro dos manzanas más al oeste. Mauro, del otro lado de las vías.
Lo bueno de vivir en un pueblo chico era que aún no eran necesarias las rejas que decoraban las casas en ciudades más grandes. Se veían algunas, pero eran escasas. Sus amigos, afortunadamente para sus planes, tenían las ventanas de sus habitaciones desprovistas de cualquier tipo de seguridad. Y con el calor que asolaba al pueblo en los últimos días, además estaban abiertas para aprovechar el fresco de la noche.
Detuvo el motor a distancia prudencial. Sacó una de las frazadas, cargó el formol y un trapo en sus manos y tras colocarse el pasamontañas saltó el cerco de madera, rodeó la casa y sigilosamente se metió en el cuarto de Abel. Dormía despatarrado, con un testículo fuera del calzoncillos. Ricardo hizo un gesto de desagrado y se lanzó con cuidado hacia su amigo. El trapo embebido en éter hizo rápidamente el efecto deseado. Envolvió a Abel en la frazada y lo arrastró hasta el auto. Tuvo que hacer un esfuerzo extra para levantarlo sobre la cerca de madera.
Una vez depositado en el asiento de atrás, tomó la otra frazada y fue dos casas más adelante. Esta vez no había cerco, sino una entrada con una puertita de metal que abrió despacio, porque chirriaba de lo lindo por la falta de anti óxido. Se asomó a la habitación de Pablo y para su felicidad no estaba durmiendo con la novia. Entró en puntas de pie, repitió el procedimiento y volvió hacia el auto arrastrando la frazada. Acomodó a Pablo en el asiento trasero, cerró la puerta, saludó al vendedor de diarios que pasaba adormilado en bicicleta y puso en marcha el Falcon del abuelo.
Quedaban Pedro y Mauro, pero ya no tenía lugar en la parte trasera y el baúl estaba lleno de herramientas. Haría un primer reparto y volvería por los demás.
El cementerio aún no había abierto. Era muy temprano para que lo estuviera. Con suerte el cuidador llegaría a media mañana, siempre y cuando la botella de vino de la noche no hubiese pegado más de lo acostumbrado. Su familia tenía mausoleo y él había hecho una copia de la llave unos meses antes, sin saber entonces con qué necesidad. Estaba pegado al mausoleo de la familia de Mauro. No podía aguantar las ganas de echarse a reír con fuerza. Serían apenas unas horas, pero la pasaría en grande. Cuando sus amigos despertaran, gritarían de horror.
Colocó a Abel y Pablo en un rincón, a menos de un metro del féretro de su bisabuelo. Cerró y fue en busca de Pedro. Mientras manejaba le pareció que a lo lejos, una cuadra y media por detrás, un coche lo seguía. Temió que alguien lo hubiese visto en el cementerio. Quizá el comisario, o el propio cuidador. Dio un par de vueltas para corroborar su teoría, pero se dio cuenta que estaba equivocado. No había nadie tras sus pasos. Envalentonado, tomó rumbo hacia la casa de su amigo.
Se puso el pasamontañas, agarró los elementos que había usado antes y se metió por el pasillo lateral de la casa. La habitación daba al patio. Encontró la ventana abierta y se jactó en silencio de su suerte. Pero al espiar hacia el interior de la habitación, Pedro no estaba en la cama. Las sábanas estaban revueltas, la almohada en el piso y el celular en la mesa de luz. Pero ni noticias de su amigo. Espero unos minutos, por las dudas que estuviera en el baño. Pedro no apareció.
Su plan encontraba un primer imprevisto, pero de todas formas, no se desalentó. Iba ahora por Mauro. Cruzó las vías a baja velocidad, para no llamar la atención de los albañiles que trabajan en una obra donde estaba la vieja estación del ferrocarril. La casa de Mauro era la más sencilla. Los padres ocupaban la planta alta, mientras que su amigo tenía toda la planta baja para él. Su habitación tenía puerta balcón y según decía siempre, le encantaba abrirla de par en par ni bien amanecía, para seguir durmiendo con el aire de la mañana alrededor. Esa imagen, en realidad, era la que había impulsado el plan. Ricardo lo imaginó a merced de cualquier loco y entonces la idea se disparó casi por inercia.
Tal como lo esperaba, la puerta balcón estaba abierta. Y bajo las sábanas, envuelto como un bebé, dormía plácidamente Mauro. Se acercó con sigilo y apretó con fuerza el trapo embebido con éter a la altura de la boca. Forcejeó unos segundos, extrañado por la poca resistencia corporal bajo su mano. Fue cuando vio la abundante cabellera marrón debajo de las sábanas y de inmediato. desprenderse una parte que cayó al suelo. La cabeza, pensó y dio un salto hacia atrás, asustado. Entonces lo vio. Un peluche de Donkey Kong. Pero no tuvo tiempo para pensar. Una mano se cerró en torno a su boca y el mundo se desvaneció.
Despertó tiritando de frío. Quiso moverse, pero la humedad lo estremeció. El olor a tierra húmeda era penetrante. Abrió los ojos, pero seguía sin ver. La tierra comenzó a entrarle en los ojos y los volvió a cerrar. Tanteó con la mano y comprendió. Quiso gritar, pero la tierra húmeda se metió en la boca. Tosió, mientras verdadero horror se apoderaba de cada milímetro de su cuerpo. Se revolvió con fuerza, pero el intento fue inútil. Estaba aprisionado. Inmovilizado. Enterrado.
Fue cuando empezaron las risas. Muchas risas. Carcajadas por doquier. Y a duras penas, sus lágrimas, iban transformando la tierra en barro. Sintió que alguien estaba quitando el peso que tenía encima. Se imaginó a sus amigos observando la tumba, jugándole la mejor broma de todas, cuando él pensó que la suya sería inolvidable.
De a poco, alguien escarbaba para sacarlo de allí. Sintió una mano tirándolo hacia arriba. Pudo al fin incorporar su cuerpo, toser con fuerza y abrir los ojos, ardidos por el llanto y la tierra. Pudo ver como algunas lombrices se metían dentro de su pantalón. Estaba espantado. Miró alrededor. Buscó con los ojos empañados a Mauro, a Abel, a Pablo, a Pedro. Pero allí no había nadie. Ni siquiera la persona que lo había sacado de la tumba.
Se puso de pie, se quitó la tierra de encima y caminó entre las tumbas viejas de la parte antigua del cementerio. A lo lejos, una multitud se congregaba cerca de la capilla. Parecía estar todo el pueblo. A medida que se acercaba escuchaba llantos, lamentos, algún que otro grito ahogado. Se abrió paso entre la gente hasta llegar al pequeño altar. Uno al lado de otro, cinco ataúdes contenían los jóvenes cuerpos para su último adiós. El suyo estaba en el medio, entre Abel y Mauro. Dio un paso atrás, abrió la boca para gritar y lo hizo, pero su grito no fue escuchado por nadie y nadie ponía atención a su figura sucia, repleta aún de tierra. Solo una figura, al final de la multitud, mostraba interés en él. No podía distinguir sus rasgos, mucho menos su rostro. Pero a pesar de tanta oscuridad concentrada, tenía una certeza: estaba sonriendo.
Hasta pudo escuchar un susurro que flotaba hasta sus oídos y le decía, con total claridad: Qué la inocencia te valga, Ricardito.

La cicatriz

Desperté sospechosamente consciente en un pasillo de cerámicos blancos salpicados con pequeñas manchas negras. Justo a mi lado había una puerta. El silencio me estremeció, no por incómodo, sino por todo lo contrario. Sin haber estado jamás en aquel lugar, me parecía conocerlo de toda la vida. En ambos extremos del pasillo había una nueva puerta y otras dos de cada lado, a lo largo del mismo. Caminé hacia la derecha, tanteando las paredes, revestidas con un papel viejo dueño de cierto olor a humedad que me llevó mentalmente a otras épocas, cuando de pequeño recorría la vieja casona de una tía a la que visitábamos cada verano.
Escuché un sonido extraño que pronto identifiqué: el del viento atravesando los árboles. Es un sonido que solo puede percibirse en la naturaleza, alejado de las edificaciones de cemento, en sitios abiertos sin paredes que lo aprisionen ¿Pero en aquel pasillo, de dónde provenía?
Me detuve y cerré los ojos. Allí estaba el viento, como una melodía. De pronto cesó. Otra vez el silencio. Y de inmediato, el ruido del picaporte de la puerta más alejada. Me giré a tiempo para ver a un niño salir por ella. La cerró con cuidado, visiblemente asustado. Al verme, quedó inmovilizado. Atiné a acercarme, pero me detuve. Verlo me horrorizó.
Entonces, a mi espalda, la puerta que estaba en el extremo opuesto se abrió. Salió un viejo que apenas podía caminar apoyándose en la pared. Su rostro arrugado delataba su avanzada edad, pero adiviné en aquella amalgama de piel frágil las formas que tantas veces había estudiado en el espejo. Respiré hondo. Aquello no era posible. En ese momento, otras dos puertas se abrieron. Una entre el niño y mi cuerpo y otra antes de llegar al hombre mayor. En la primera, me vi a los veinte años, en la segunda, unos veinte años más viejo de lo que soy ahora. Creo que no lo aclaré, pero el horror al ver al niño fue por la misma razón que me paralicé al ver a los demás. Era también mi persona, en otra edad de mi existencia.
¿Era un sueño? Tenía que serlo.
El niño nos preguntó sin moverse un metro de su puerta, quiénes éramos. Salvo el viejo, que estaba lejos y estaba más preocupado por no caerse que por prestarle atención a los demás, todos sabíamos quién era el niño. Era injusto. El niño no podía imaginarnos en su futuro. Pero nosotros, lo reconocíamos del pasado. Y cada uno de los otros fue atando los mismos cabos que había atado yo segundos antes. Nos contemplábamos pero sin dar un paso hacia ninguna parte. En la fascinación residía también el miedo.
El niño volvió a preguntar. Estuve a punto de hablar, pero me ganó de mano mi versión a los cincuenta años. Su voz, familiar, resultó aplomada. Eligió las palabras cuidadosamente, hasta casi con elegancia. El niño escuchó atentamente, pero podía leer en su cara su falta de entendimiento. Era la misma cara que ponía al escuchar las explicaciones de la maestra de química. Estuve por explicarlo con otras palabras, pero entonces mi versión adolescente se largó a reír. Me dio bronca. Esa falta de respeto y ubicación me habían traído muchos problemas de joven, pero con esfuerzo lo había superado. Y ahora, estaba allí, como un fantasma. No pude contenerme.
– ¿De qué te reís, pelotudo? No ves que con esa edad es difícil que entienda.
El adolescente dio dos pasos hacia mí pero entonces el de cincuenta años intercedió.
– Tranquilos, tranquilos… Seguramente no quiso decirte eso, ya sabes como es nuestro carácter. Con el tiempo lo irán gobernando. Tranquilos.
Pareció calmarse. Yo también. La bronca remitió y le sonreí. No hay nada peor que enojarse con uno mismo. Entonces si, abrí de nuevo la boca, pero para explicarle al niño quiénes éramos. Me miró con desconfianza, como si aún estuviera fresco el consejo de mamá, de no confiar en los extraños.
Fue otra vez el de cincuenta años el que enderezó el rumbo.
– A ver, todos, mostremos la planta del pie. Vamos, sáquense los zapatos, las zapatillas. El corte lo tenemos desde los cinco años, de cuando fuimos por primera vez a la costa. Supongo que ninguno ha olvidado el susto.
– ¿Qué susto? – preguntó el viejo.
Los demás, que nos mordimos el labio al escuchar la voz apagada del hombre más alejado, mostramos la planta del pie. Allí estaba, la vieja cicatriz.
– Esto fue hace poco – dijo el niño.
Pero para ninguno era reciente. Si bien así lo parecía, con la imagen grabada a fuego de la sangre manchando la arena, nuestra memoria había puesto mucha distancia entre aquel nefasto momento y el presente. El presente, claro, de cada uno. El joven, sin lugar a dudas, no tendría mis últimos quince años de recuerdos, como yo no tenía los recuerdos que tenía el de cincuenta y mucho menos, del anciano. El viejo, cuyas piernas temblaban por el peso de la bolsa de huesos que cargaba, sin embargo, ya no atesoraba ningún recuerdo, casi como una cruel paradoja. Al levantar la vista, no nos reconocía, y avergonzado de su estado, volvía a desviarla hacia alguna de las paredes, escondiendo el rostro de su curtida vida.
La herida que todos poseíamos fue suficiente para que el pequeño comprendiera. Sin embargo, ninguno se movió de su lugar. Solo el viejo avanzaba y retrocedía, como buscando una puerta que no existía. De vez en cuando se detenía y volvía a mirarnos. Al desconocernos, volvía a su trajín de querer escapar de aquel pasillo.
Parecía estar atrapado en ese ida y vuelta, sin poder retornar a la puerta por la que había salido. Nosotros, al mirarnos, estábamos atrapados en otro laberinto: ninguno podía volver a ser la persona que nos precedía en aquel pasillo.
El joven dijo que afortunadamente, no quería ser otra vez el niño, pero que le daba curiosidad mi edad. El de cincuenta años daría cualquier cosa por ser cualquiera de los tres que le precedían. Y yo, sinceramente, añoraba de la misma forma el pasado. El viejo no opinaba, perdido en esa extraña búsqueda, en esa tensa espera que no llevaba a ningún lugar.
Hablamos todos, salvo el viejo y el niño, que sin necesidad de desearlo, sería todos los demás.
– ¿Qué me espera? – le pregunté al de cincuenta, pero el hombre guardó silencio.Tuve ganas de maldecirlo por eso, pero entonces el adolescente me hizo una preguntar similar y también quedé en silencio. ¿Qué sentido tenía advertirle de las mujeres de las que me enamoraría, de los trabajos que tendría, de las cosas de las que me arrepentía? ¿Acaso no tenía derecho él de experimentarlas?
El joven, en cambio, le dijo al niño: No te copies en Física de tercero, porque te van a descubrir y te van a hacer perder el año.
Me sorprendí. No recordaba haber repetido tercero. ¿Era posible que esa frase del joven hubiese modificado mis recuerdos?
Entonces en voz alta le dije al joven: No lleves a Julia a su casa en la despedida de Cacho a España.
Inmediatamente miré al de cincuenta años. ¿Recuerdas a Julia? le pregunté.
Negó con la cabeza, contrariado. Incluso en mi mente la palabra Julia comenzó a desdibujarse.
– Esto… esto es peligroso – dijo el hombre de cincuenta.
Nos miramos, alternando los rostros, como si estuviéramos delante de espejos mágicos. Todos, salvo el viejo. Ahora el anciano, lejos de seguir nuestra conversación, miraba su puerta, como ensimismado. Giró lentamente y esta vez no escondió su rostro luego de mirarnos. Lentamente, movió sus labios.
– El baúl… el viejo baúl…
Todos sonreímos. El viejo baúl era el primer recuerdo, había estado siempre al lado de nuestra cama en la infancia, luego se convirtió en el sitio predilecto para guardar lo que no quisiéramos que nuestros padres encontraran y finalmente, en un adorno elegante de la casa, que con orgullo mostrábamos a todo visitante. El baúl, el legado de nuestro padre, rescatado según sus palabras, de la vieja casa del abuelo…
– El baúl – continuó dolorosamente el viejo – tiene un doble fondo. Allí… allí está nuestra partida de nacimiento. Ellos nos… – su voz se quiebra, la fragilidad se vuelve lágrima – mintieron. En el baúl hay una foto de una mujer y un hombre que se abrazan delante de un pelotón de fusilamiento. En esa imagen vieja están nuestros padres. Puta madre… ¿cómo salgo de este lugar?
El viejo abrió la puerta y desapareció. Nosotros quedamos en el pasillo, atrapados por siempre en esa revelación. Al abrirse nuestras puertas y salir, ya no éramos los mismos. El tiempo nos había jugado una mala pasada.

De cero

Cuando volvió del extranjero lo hizo con la esperanza de empezar de cero. Por esa razón no retornó a su ciudad, ni buscó empleo de la profesión que había estudiado en su juventud. Ni siquiera se tomó el trabajo de avisar a sus viejos amigos. De cero, tenía que ser de cero.
Se le había pegado cierto acento francés, así que lo aprovechó. Reformó su nombre de manera tal que, más allá de lo que indicara el documento de identidad, en la pronunciación sonaba mucho más musical. Hizo nuevos amigos, eligió nuevas modas, se sumó a otras banderas.
Antes bebía cerveza, ahora vinos caros. Antes le gustaba el fútbol, ahora el polo. Lo que le caía mal, ahora le caía bien. Y a la inversa, disfrutaba de aquellas cosas que en el pasado odiaba.
Cuando un viejo recuerdo parecía asomar, lo sometía al olvido. Se imponía el presente. Esa forma de ser, viviendo siempre el hoy, lograba que sus personas cercanas lo amaran.
Siempre había sido una persona ahorrativa. En su nueva vida, el ahorro era visto como un error. Era habitual entonces que pagara las bebidas de todos, que invitara al cine, que comprara lo que salía al mercado por el solo hecho de tenerlo. El dinero volaba de sus manos, mucho más rápido de lo que llegaba.
El carisma que brillaba en él hizo que sus amigos lo presentaran a otros amigos, y estos amigos, a otros. Uno en particular vio en él una gema por pulir, la imagen perfecta. Y charlas de por medio, con salidas en yate por el río y varias botellas de champán, lo convencieron de ser un candidato político.
¿Qué sabía de política? Nada, pero eso era lo mejor según este amigo: no era necesario saber para ser político. En su caso, cubría todas las cualidades que estaban buscando.
Su rostro empapeló al poco tiempo las paredes de la ciudad. Su nombre, con tinte francés, se convirtió en modernos jingles de radio. La televisión le permitió hacerse conocido y las redes sociales viralizaron su sonrisa.
Hasta ese mediodía, en el que aún dormido de tanto trasnochar, se dirigió a la puerta de su selecto departamento. El timbre había sonado una vez y lo había dejado estar. Pero un segundo llamado lo desveló. Al tercer timbrazo, se puso en movimiento. Mientras caminaba, revisaba su celular. Ningún mensaje daba aviso de una visita.
Miró la mirilla y sintió que el tiempo lo succionaba. La imagen estaba distorsionada, pero los rasgos eran inconfundibles. Del otro lado, estaba el pasado. Volvió a mirar, no sin antes pellizcarse. No, no estaba soñando. Allí estaba su madre, y su padre, sus cuatro hermanos, su esposa, sus dos hijas, su primera novia, su amigo del alma, los amigos de la secundaria, sus tíos, sus primos…
Después de tanto andar para olvidar, para empezar de cero, el pasado lo había encontrado. Se observó colgado en la pared, de traje, sonrisa canchera y su nombre sobre impuesto en letras enormes. Ser ese afiche era lo más deseaba en el mundo.
Pero no lo era. Siempre sería el llamado a la puerta. Miró hacia la ventana. ¿Saltar sería empezar de nuevo? ¿Sería un comienzo de cero? Dudó. No lo creía.
Suspiró. Volver a probar una cerveza no le parecía una mala idea. Lo demás llegaría a colación. Apretó el picaporte, giró la llave y abrió la puerta.

Los idiotas

La brisa juega con las hojas de los árboles. Las que están más altas parecen estar a punto de saltar al vacío, pero no lo hacen, sujetas con fuerza a la rama que las hospeda. Las que están al alcance de la mano, apenas si tiemblan, como si en realidad las suaves corrientes de aire le hicieran cosquillas.

Paulina se entretiene con esos detalles mientras avanza lentamente, demorando adrede los pasos, evitando alejarse de sus padres que caminan detrás de ella, apesadumbrados. No quiere mirarlos, porque mirarlos es enfrentarse al paso del tiempo, es comprender que el lamento por la partida de la mujer que acaban de despedir es el lamento que tarde o temprano repetirá inevitablemente, porque la muerte es de esas cosas que no desaparecen si uno cierra los ojos y piensa en cosas lindas.

No le gusta el cementerio, salvo por los árboles. Los árboles lo hacen más fácil. Observarlos mitiga el sufrimiento, acompañan la caminata de casi seiscientos metros que separan la entrada del sitio donde dejan a los muertos. De niña tampoco le gustaba, pero papá lo hacía todo más fácil. Inventaba historias, hablaba con los difuntos, les hacía chistes, decía que ellos se ponían contentos con las visitas y que los abuelos, los abuelos que nunca conoció, se emocionaban de verla cada vez más grande.

Papá ahora transita silencioso, llevando de la mano a su madre, como si todos esos consejos y momentos felices formaran parte de la vida de otras personas. Querían mucho a esa mujer. Le habían confiado la casa, incluso su propio cuidado, durante años. Hacía tiempo que ya no trabajaba para ellos, desde mucho antes que ella se fuera a estudiar a la universidad. Papá decía que la espalda la había jubilado.

– Paulina.

Su nombre en el aire la detiene. Sus padres la alcanzan en dos zancadas.

– ¿Tenés tiempo? – su padre le tomó la mano, como pidiendo por favor que lo tuviera – Decíamos con tú mamá de ir a tomar algo acá cerca, al barcito ese que te gustaba tanto de chica, el de los platos y vasos de colores ¿Te acordás?

Cómo no recordarlo, si era la época en que todo era juego entre ella y su papá, que siempre tenía las respuestas, fueran verdaderas o inventadas, la hacía reír, pensar, soñar. A ese papá que poco le importaba lo que lo regañara mamá o incluso, la mujer a la que le acababan de dar el adiós final. ¿En qué momento desapareció la magia? ¿Cuándo todo se transformó en una responsabilidad sin posibilidad de disfrute? ¿Cuándo una respuesta absurda dejó de hacerla reír?

El barcito. Así lo llamaba cuando le faltaba al menos una cabeza para alcanzar la altura de la barra detrás de la que atendía la dueña. Ahora, que la supera por mucho, ve lo que realmente es el lugar. Un comedor en la ruta, aprovechado muy bien por camioneros y viajantes ocasionales. Se ubicaron cerca de una de las ventanas del frente. El sol caía en picado y se apoyaba tenuemente sobre la mesa. Paulina observa las mesas lindantes. Los vasos y los platos eran de vidrio transparentes, como los de cientos otros sitios que había visitado. ¿Dónde? ¿Dónde se va la magia cuando uno crece?

Su padre pide por los tres. Una gaseosa para cada uno. Paulina lo corrige sobre lo que ella va a tomar: agua mineral.

– Me gusta la gaseosa – dice el padre, una vez que se aleja el mozo – porque me divierte cómo el gas me hace cosquillas en la cara. A vos también te gustaba, cuando eras pequeña.

– Si papá, antes, cuando no sabía todo lo mal que hacen las gaseosas. Ahora me cuido.

Su padre asiente con la cabeza.

– Por suerte nuestra hija creció y no heredó la parte idiota de su papá – su madre habla con honestidad, demasiada tal vez, sin dejar de acomodarse el cabello usando el reflejo de la ventana como espejo.

El comentario fue como un cascotazo en la cabeza para Paulina. Llevó su mirada hacia su madre, sintiéndose incómoda. Su padre no se había dado por aludido ante tremenda afirmación. Es más, ahora que lo pensaba, el comentario no difería de tantos otros que a lo largo de su vida había escuchado de parte de ella y otros familiares en relación a la personalidad de él. Siempre había oído frases al estilo “vas a volverla idiota con tus tonterías”, “son historias tontas que su padre le cuenta”, “vas a volverla loca”. Con su padre se habían divertido durante toda la infancia, sus ocurrencias e historias siempre la habían maravillado, consideraba esa etapa como la más hermosa de su vida. Y estaba muy segura, veinte años después, de no haberse vuelto loca y mucho menos idiota, por las cosas que él le contaba.

Estaba contrariada. La afirmación de su madre era cierta. Ella no era como su padre. No tenía esa felicidad a flor de piel, esa facilidad de disfrutar de los detalles, de celebrar que el gas de un vaso de gaseosa hiciese cosquillas en la cara al beberlo, todo aquello que su padre, de pequeña, le había inculcado. En algún momento de su vida había recogido toda su niñez y la había metido dentro de un baúl y luego, escondido ese baúl, vaya saber dónde.

En algún momento, seguramente con la llegada del acné, le empezaron a preocupar otras cosas, cómo “el qué dirán”. Hasta es probable que le hayan dado vergüenza algunas de las tantas pavadas que decía su papá. Y de a poco, se fue limitando. Fue dejando de disfrutar esa alegría, alejándose poco a poco, creyendo que de esa manera se podría llegar mejor y más rápido a la adolescencia y a la adultez, como si la infancia fuese un sitio del cuál era necesario escapar de manera urgente.

Había crecido. Y no había heredado la parte idiota. ¿Acaso no era esa la sencilla explicación que desde hacía tiempo estaba buscando?

– Tu papá quiere vender la casa y que con la plata compremos un departamento – anunció la madre – Dice que lo que sobre entre la venta de la casa y la mudanza, te lo quiere dar a vos, así terminás de estudiar tranquila y podés instalarte mejor en la ciudad.

Paulina se quedó sorprendida. Su padre apretaba una sonrisa debajo de la nariz. Tenía los ojos vidriosos de quién está a punto de llorar.

– Pero… esa casa la tienen desde antes que yo naciera, les costó mucho dejarla como está ahora.

– Decile a él, nena. A mí me da lo mismo, bueno, lo mismo no, un departamento en el centro suena tentador, pero a lo que voy, a esta altura de la vida, un lugar u otro, no hace la diferencia. Además, me anoté en un club de viajes y con suerte la mitad del año voy a pasarla en aviones y hoteles.

Llegan las bebidas. La moza pregunta para quién es el agua mineral. Paulina levanta apenas la mano, imposibilitada aún de decir una palabra. Solo lo hace cuando la moza se aleja, llevándose la bandeja de metal vacía.

– Papá, no me parece buena idea. Yo no necesito nada, si esto lo hacés para darme una parte, olvídate, no me hace falta.

– No Pauli, no. Es que… estamos grandes, es mucha casa para nosotros dos. Antes, es decir, apenas empezaste a estudiar, que venías más seguido, no se notaba. Pero ahora, que venís menos… ojo querida, no es reproche, sé que no podés… pero bueno, se nota mucho el silencio y es un desperdicio, a mí entender. Con esa plata, nos vamos a un lugar lindo y más chico, vos por ahí podés armarte el estudio, y todos felices.

– No, todos felices no, papá. En esa casa están todos los recuerdos.

– Los recuerdos están acá – dice su padre, señalándose la cabeza – y acá, en el corazón.

– Podría volver más seguido, además, ponete a pensar, el día de mañana cuando tenga hijos van a tener un jardín hermoso para jugar, para correr, hasta podríamos enseñarles nuestros juegos…

– Ves, ahora lograste que le diera culpa – acotó su madre.

– Papá, podríamos contarles juntos tus historias, tirados en el césped, cómo cuando era pequeña.

– ¿En serio te acordás de esos momentos?

– ¡Cómo no los voy a recordar! – dijo levantando la voz – ¡Si nunca fui tan feliz en la vida!

Y su padre, que tiene los ojos vidriosos, deja caer una lágrima. La mano de Paulina cruza por encima de la mesa y toma la de él. Su madre los observa pero como si no estuviera allí.

– No la vendas, papá. Por favor.

El hombre menea la cabeza, porque es lo único que puede hacer. Sabe que si abre la boca y trata de decir algunas palabras, se va a largar a llorar. Paulina le agradece con una sonrisa y siente que su rostro debe parecer el de una idiota y entonces se ríe, casi a carcajadas. Lo siguiente que piensa no sabe en realidad si lo piensa o lo dice en voz alta, pero lo mismo le da, su padre de alguna manera lo sabe y la va a ayudar.

– En esa casa extravié algo que debo recuperar.

 

Macabro

Me despertaron los pasos, el ir y venir vertiginoso de desconocidos, la imagen lívida de un oficial espantado tratando de alcanzar la puerta de salida, una detective joven abriéndose paso de manera atolondrada para arrojar el desayuno de una sola bocanada, los restos humanos esparcidos por todo el suelo de la habitación casi con caprichoso desorden y las paredes, todas ellas, matizadas de moho y mucho color rojo.
En una sola mirada pude ver el desasosiego, el asco, la pena, la maldad, lo incomprensible. Hasta que de repente una mano se cerró sobre mí, dejándome en la total oscuridad, al tiempo que desde alguna parte escuché:
– ¡Aquí están los ojos!

Juego de niños

Cuando Nacho llegó corriendo a casa y se encerró en su habitación pensó que, como cada tarde, se había peleado con Matías, el vecino, hijo de Laura. Le pegó un grito al escuchar el portazo que hizo temblar los cuadros de las paredes pero no fue tras él. Odiaba que su hijo se portara de esa manera y si reaccionaba acorde a sus arranques de locura, tarde o temprano terminaría dándole una bofetada y era lo que menos deseaba en el mundo. Por lo tanto, dejó que trasladara sus broncas a la cama y siguió ocupándose del piso, que de la misma manera que el resto de la casa, no se limpiaba mágicamente.

Extenuada, se sentó cinco minutos a mirar televisión. Nada en especial, encender el aparato e ir pasando los canales uno a uno para que la mente fluyera entre imagen e imagen, sin nada en que pensar.  Porque cuando se levantara de la silla tendría por delante aún muchos quehaceres hogareños, incluyendo hacer las compras y más tarde, preparar la comida. Que Nacho no estuviera jugando alrededor, era, por más que le costara admitirlo, una bendición.

Pero ese descanso no duró ni sesenta segundos. El timbre de la casa la obligó a ponerse otra vez en movimiento. Al abrir la puerta se alegró, porque era Laura, aunque de inmediato pensó en la posibilidad que estuviera allí para regañarla por alguna pelea entre sus hijos, sin embargo le llevó una minúscula fracción de tiempo comprender que su talante no era el habitual.

Se la veía pálida, nerviosa, las dos manos unidas en súplica.

– Laura ¿estás bien? – preguntó con honesta preocupación, sabiendo que no lo estaba.

Ella vaciló, llevó la mirada por encima del hombro derecho, como observando hacia su casa, se frotó las manos varias veces y finalmente abrió la boca para hablar.

– Busco a Matías, desde hace unas horas que no lo encuentro. No está en casa, ni en lo del primo. Temprano me dijo que quizá pasaba a buscar a Ignacio. ¿Está acá, Miriam?

No, no estaba, claro que no. Su preocupación era ahora también de ella. Y no solo por la angustia de no saber el paradero de un hijo, sino porque veía en sus ojos que ella ya sabía que Nacho no estaba en mi casa, y que cuando lo preguntaba, en realidad, escondía otra pregunta, más difícil de pronunciar, más difícil de digerir.

– No, no está acá Laura. Le podemos preguntar a Nacho si sabe algo.

Miriam sintió que Laura la miró de una forma extraña. Dudó incluso en entrar a la casa. Notó también que su vecina tenía frío. Los brazos desnudos llevaban todos los vellos erizados.

Llamó a la puerta de Nacho dos veces, golpeando con los nudillos. Luego pronunció su nombre. Sus berrinches solían tener el efecto de un somnífero.  Si terminaba en la cama, con seguridad se dormía. Le sonrió a Laura, excusándose infantilmente por la ausencia de una respuesta. Pero ella no la observaba, miraba hacia la puerta de calle. Miriam imaginaba el sufrimiento interno, el deseo de ver a su hijo en ese mismo instante, ya sea por la calle o entrando por la puerta. ¿Qué puede ser peor que no saber cómo y dónde está un hijo?

Accionó el picaporte y abrió con cuidado la puerta, para no sobresaltar a Nacho que podría estar dormido profundamente. Se quedó sorprendida. La cama estaba hecha, las ventanas cerradas, los juguetes en su sitio y su hijo… su hijo no estaba en ningún rincón de la habitación.

– Si no está, no importa, no te preocupes, yo me vuelvo a casa, quizá… – comenzó a decirle Laura, mientras Miriam en su cabeza revolvía con celeridad en la sucesión de recuerdos de las últimas horas, segura de saber que Nacho estaba en su cuarto.

– Laura – dijo Miriam, interrumpiéndola – hace una hora o a lo sumo, una hora y media que Nacho volvió de afuera. Entró como loco y se metió acá dentro. Casi me hace la puerta giratoria del golpazo que le dio. No puedo entender cómo es que no está.

Quería conservar la calma, mostrarse más entera que su vecina y amiga, pero una rara sensación en el estómago comenzaba a llenarle de pequeños retorcijones el abdomen.

– ¿Vos los viste jugando juntos, Laura? ¿O solo te dijo que Nacho lo iba a pasar a buscar?

Laura comenzó a caminar hacia la puerta.

– No lo vi, Miriam. No recuerdo si habían quedado en jugar juntos. Lo siento, quiero volver a casa y ver si regresó. Seguro Ignacio en cualquier momento también vuelve.

– Pero Laura, me dijiste hace cinco minutos que tu hijo te avisó que Nacho lo pasaba a buscar.

– ¿Si? Puede ser, tengo la mente desordenada, no puedo pensar con tranquilidad, discúlpame Miriam, tengo que volver, seguro Sergio está también preocupado que me ausenté…

– Laura, escúchame, pensá en dónde los viste por última vez, si estaban juntos, si Matías te dijo algo en particular antes de que no lo vieras más, pensá, todo es importante.

Pensó que Laura se largaba a llorar en ese mismo momento, ya con la puerta de calle en la mano. Entonces, bajo el marco, apareció Sergio, con su imponente cuerpo de jugador de rugby, que la agarró del brazo y tiró de ella hacia afuera.

– ¿Qué hacés acá? Vamos, que tenemos que salir a buscar al chico por el barrio.

– Vine a preguntar por Ignacio, como me pediste.

– Eso fue hace diez minutos, era preguntar y volver, no podemos perder tiempo. Vamos, vamos, que tenemos cosas que hacer.

– Sergio, escúchame, tampoco encuentro a Nacho… – dijo Miriam, llamando su atención.

– Ahora no Miriam, si lo vemos, te lo traemos.

Vio a la pareja cruzar la calle y meterse en la casa que compartían. No le gustaba Sergio, siempre tan arrogante y de modales poco amables con su mujer. Pero su esposo se llevaba con él muy bien por la mutua afición al deporte. De todas maneras, le disgustó darse cuenta lo poco que les importaba la situación de Nacho.

Volvió a la habitación de su hijo, esperando encontrarlo escondido debajo de la cama o dentro del armario, pero no lo encontró. Recordó el modo con el que entró a la casa y cómo corrió hacia su cuarto y se estremeció.  Lo había visto. O al menos, había sentido la forma en que, como una exhalación, se lanzó al interior de su habitación.

Buscó el celular en la cocina, donde lo había dejado cargando. Tenía que avisarle a su marido. Entonces vio que tenía un mensaje de texto. Era de Laura. De hacía más de media hora. Eran unas pocas palabras: Por favor, no me abras.

Repasó el mensaje varias veces. No debía calcular demasiado para entender que su amiga lo había mandado antes de haber tocado timbre.

Necesitaba hablar con ella. Salió a la calle y vio como Sergio la ayudaba a entrar en el auto. El hombre vio a Miriam y le hizo un gesto con la mano, indicándole que salían a dar vueltas con el coche. Pudo ver el rostro de Laura a través de una de las ventanillas bajas. Estaba llorando y a diferencia de un rato antes, tenía un ojo morado.

Vio al auto seguir derecho hasta el boulevard que cruzaba el barrio y en lugar de girar hacia la derecha, como para comenzar a recorrer la zona en círculos, mantuvo su rumbo hacia el oeste. Al cabo de unos segundos, era un punto en la distancia, perdido entre otros puntos que iban en la misma dirección.

Volvió al interior de su casa y llamó a su marido. Le pidió calma y trató de tranquilizarla. Luego, marcó el número de la policía. Dos horas no era motivo para preocuparse. Dudó que la mujer que atendió el llamado fuera madre.

Buscó la bicicleta y con las ruedas algo desinfladas, salió a andar por las calles del barrio, deteniéndose especialmente en la plaza y  los descampados, donde los chicos podrían haber estado jugando. Aunque dudaba si aún los niños de nueve o diez años seguían aún jugando a la pelota en los campitos. Nacho solía pasar horas en casa con sus amigos jugando a los videojuegos. Comprendía que ignoraba totalmente qué era lo que hacía estando en la casa de Matías o de algún otro amiguito.

Aprovechó uno de los bancos de la plaza para sentarse y recuperar el aliento. Se sentía agitada. Pronto anochecería. No quería que su hijo estuviera dando vueltas en la oscuridad, con lo peligroso que estaba todo. Recordó que llevaba el celular en el bolsillo de la campera y recorrió la libreta de direcciones de arriba hasta abajo, llamando a las madres de los compañeritos de la escuela. Nadie lo había visto.

Probó con Laura, pero saltaba de inmediato la casilla de mensajes. Volvió a llamar a su marido y le pidió que llamara a Sergio. Dos minutos después Sergio la estaba llamando a ella. El mismo resultado, el celular parecía apagado. Ahora sí, su marido estaba asustado.

Miriam retornó a su casa y esperó por su esposo. Luego, fueron juntos a la Comisaría. Les llevó mucho trabajo convencerlos de que algo podía haberle sucedido a su hijo. Finalmente enviaron una patrulla a revisar la zona. Ella pidió acompañarlos, pero no se lo permitieron.

Al oscurecer, todos los miedos la asaltaron. Quería llorar pero no se lo permitía. Su marido parecía más entero. Ella observaba desde la ventana, con la esperanza de divisar la figura de su hijo retornando a casa. Fue entonces que vio la luz encendida en la casa del otro lado de la calle. No veía el auto afuera, por lo tanto, no habían regresado. ¿Estarían Matías y Nacho jugándoles una broma a todos y se escondían en alguna parte de la casa de Laura?

Cruzó la calle velozmente. La puerta del frente estaba cerrada. Golpeó con fuerza. Llamó a los gritos a Nacho y Matías. Gritaba sus nombres, con todo lo que le daba la garganta. Se acercó a la ventana y volvió a golpear, ahora el vidrio. No podía creerlo. Allí estaban, los dos niños, de pie en la mitad de la sala, mirando hacia ella. Volvió a gritar sus nombres, desesperada, pero ahora su grito era silencioso, ahogado, inútil, y los brazos de alguien fornido tiraban de ella para alejarla, haciéndole perder el equilibrio.

Giró y allí estaba su marido, con ojos preocupados y cansados. La noche cerrada se cernía sobre ambos. Varios vecinos se habían asomado a la calle. Él trataba de calmarla, de decirle que se tranquilizara, que volviera a la cama, pero ella no podía, quería quedarse allí, buscar a su hijo, quería…

Traspasaron las cintas amarillas puestas por la policía y llegaron a la vereda. Entonces, volvió la vista hasta la casa de Laura y Sergio. Estaba toda cercada y había montículos de tierra por todas partes, producto de las excavaciones. Ahora podía recordarlo. Detrás del parrillero habían encontrado el cuerpo enterrado de Matías. A Nacho, debajo del alero.

Rompió en un llanto y se desmoronó en medio de la calle. Su marido la dejó estar un rato y luego la cargó hacia la casa. Las pesadillas que uno vive despierto, son las más terroríficas.

Río cómplice

* Cuento ganador del “2do Encuentro Nacional de Poetas y Narradores” organizado por la Municipalidad de Villa Constitución, publicado en la “18va Antología de Poetas y Narradores” *

Faltaba poco. Alicia lo sabía. A pesar de la neblina que convertía la ruta en un fantasmal abismo, la silueta del río se destacaba inmóvil un kilómetro más adelante.
Miró hacia el asiento trasero. El niño dormía. Mejor así. A ella todavía le costaba respirar. Sentía el pecho agitado y el cuerpo sudado. Recordaba las palabras de su marido: “No podés hacerlo”. Y sin embargo, allí estaba, manejando a mitad de la noche.
El niño se movió atrás pero no alcanzó a despertarse. Nunca sospechó que podría encariñarse de alguien tan rápidamente.
Cuando un día antes había aparecido en la parte trasera de su vivienda, con un corte en la frente y moretones en el rostro, su primera reacción había sido asustarse. ¡Era un niño, por el amor de Dios!
Lo limpió y curó. Estaba familiarizada con esos menesteres y trató que al pequeño no le doliera, pero no lloró en ningún momento, aunque tampoco abrió la boca.
Hubiese querido, aunque sea, poder cambiarle la remera, quitarle la que llevaba puesta, manchada de sangre, pero no tenía hijos y por lo tanto, tampoco ropa para el niño.
Sabía que si forzaba una manera para hacerlo hablar, era probable que el chico se cerrara aún más. Por eso prefirió simplemente hacerle compañía, quedándose cerca mientras él se devoraba las galletitas que le había puesto en un plato, junto a una taza de café con leche.
El problema comenzó un poco más tarde, cuando su marido llegó de trabajar. Era peón en el mismo campo en cuyos terrenos estaba la casa que habitaban y solía volver cansado y de mal humor.
Se detuvo bajo el marco de la puerta de la cocina y elevó la voz al ver al niño sentado a su mesa.
– ¿Qué carajo hace ese pibe acá, Alicia? ¿Me podés explicar que hace acá?
Y sin perder un segundo, avanzó hacia el niño, lo arrancó de la silla tomándolo con fuerza de los hombros y lo arrastró hasta la puerta trasera.
– Andate – le ordenó – Andate y no vuelvas por la casa, no quiero problemas.
Alicia quedó estupefacta, paralizada en su silla.
– No quiero volver a verlo por acá ¿entendiste? – el hombre se acercó a ella y le retorció el brazo – ¿Entendiste?
Si, por supuesto, claro que lo había entendido. El dolor estaba llegando al hombro. Su marido por fin aflojó la presión y un alivió recorrió su brazo.
– Entendí – dijo con un hilo de voz
Luego, cometió uno de sus habituales errores: no permanecer en silencio.
– ¿Quién es? ¿Lo conocés?
Él se volvió para mirarla con ojos de animal salvaje.
– Es el pibe de Quiroga, y si lo quiere matar a palos, es problema de Quiroga. Es el patrón y nosotros comemos de su mano. Y lo sabés bien: no se caga donde se come.
Alicia asintió con la cabeza, bajando la vista al plato con galletitas que había quedado sobre la mesa. No esperaba la mano de su marido, que atenazó con violencia su cuello.
– ¡Mirame a los ojos cuando te hablo! Si te digo que no te metas con ese pibe, no te metés. ¿O querés cobrar vos también?
Apenas si podía respirar. Con esfuerzo, balbuceó un “no”. Él la soltó. Alicia tosió, ahogándose con su propia saliva. Claro que no quería “cobrar”. Si cuando vio al pequeño golpeado, fue como verse reflejada en un espejo.
Detuvo el coche. Al silenciar el motor y bajar las ventanillas, el interior del vehículo pareció llenarse de grillos. A pesar de ser plena madrugada, la temperatura era alta. Ni siquiera la leve brisa que venía del río le daba un respiro. A sus espaldas, el niño permanecía dormido.
¿Cuándo se decidió a hacerlo? ¿Fue esa misma noche, mientras él la golpeaba con fuerza tras el quinto vaso de cerveza? ¿O al día siguiente, al ver al niño escondido entre las maquinarias, con nuevos nubarrones morados en la cara?
– Ven aquí, no voy a hacerte daño – trató que su voz fuese lo más amable posible. El niño accedió, abandonando su escondite detrás de un arado.
No tenía dónde llevarlo, más que a su casa. Y sin embargo, aquel era el lugar menos seguro que podía imaginarse. Volvió a servirle un café con leche y darle galletitas. Mientras el niño comía, ella fue a armar la valija. Metería lo indispensable para alejarse de la casa. Algo de ropa para ella y algunos objetos de valor, para poder cambiarlos en la ciudad por ropa para el niño y comida. No tenía dinero. Lo poco o mucho que había bajo ese techo lo administraba su marido.
Escuchó un tractor deteniéndose afuera. ¡Era él! La puerta principal se golpeó con fuerza contra la pared. Ella corrió hacia la cocina. El niño se había refugiado en un rincón, entre la heladera y el canasto para las verduras. Alicia llegó sin aliento en el momento justo que su marido acortaba la suficiente distancia como para golpear al pequeño.
– ¡Basta Roberto! – gritó ella con furia. En la mesa había un tenedor. Lo tomó.
Roberto rio ante la imagen de su esposa amenazándolo con algo tan ridículo.
– No podés hacerlo. Vení para acá Alicia.
Ni bien le dio la espalda al niño, éste se abalanzó sobre él. Lo empujó con tanta fuerza que lo hizo trastabillar hacia delante. Lo de Alicia fue puro acto reflejo. Sin pensarlo, clavó el tenedor en la cabeza de su marido. Entonces él, comenzó a gemir…
El graznido de un pato la puso en movimiento. Volvió a asegurarse que el niño durmiera y de inmediato bajó del auto. Lo rodeó y fue hasta el baúl. Suspiró profundamente y lo abrió.
Sacar el cuerpo de su marido le llevó varios minutos. Su mayor preocupación era no hacer demasiado ruido. Una vez en el suelo, lo arrastró hacia el pequeño muelle para pescadores que había en aquel lugar del río. A duras penas empujó el cuerpo por el borde. El sonido al caer al agua fue espeluznante, casi como…
Gemía y daba alaridos, arrojando manotazos a todas partes. Incluso se había quitado el tenedor, pero andaba a ciegas. La sangre había cubierto sus ojos. Alicia había quedado paralizada, como cuando él la amenazaba o golpeaba. Pero el niño no. Tenía un cuchillo en la mano que tomó de un cajón y no tardó en lanzarse sobre el hombre que lo doblaba en tamaño. Solo necesitó un par de puñaladas para darle muerte.
Ahora, el cuerpo había desaparecido en el río, llevándose consigo muchas penas. Alicia se despidió en silencio, sin la menor pizca de tristeza. Se subiría al auto y conduciría. Se llevaría lejos al niño y enterraría donde no pudiera encontrarlo jamás, al dolor del pasado. Verían luego como sobrevivir. Sonrió ante la idea: sobrevivir era lo único que había hecho bien en su vida.

 

Edades

El patio es grande, pero sin árboles ni flores. Los yuyos avanzaron sobre el césped en una batalla que no encontró oposición. En los veranos el sol es arrasador. En el invierno no existe reparo alguno. Solo en el otoño, pero en los días más benévolos, y en primavera, le gusta salir a sentarse afuera y pasar horas sin hacer otra cosa que ausentarse mirando nada en particular.

Recuerdo haberle preguntado una vez si no prefería que le llevara una silla, así al menos no se quedaba parado. Me había dicho que para estar sentado, se quedaba dentro. Y no le ofrecí nunca más una silla.

Otra vez me acerqué a su lado y lancé al aire dos o tres comentarios. Me preguntó si no tenía otra cosa que hacer.

Nunca nos llevamos muy bien, así que no podría imaginar otras respuestas. Uno es hiriente con los que no quiere, e indiferente con los que poco le importan.

Era extraño verlo desde la ventana allí parado, contemplando el infinito. Más raro, supongo, debe haber sido para un tercero observarme observándolo a él. Aunque esa persona, en realidad, no me habría visto. Nadie viene por aquí.

De la misma manera, no me engaño, yo también al verlo a él allí en el patio, me miro a mí. Al que seré dentro de unos años, a ese ermitaño que se abre paso en mi interior minuto a minuto, y que en algunos años más gobernará mi existencia.

Es extraño contar todo esto, hablando de un futuro que ya sucedió. Porque en realidad, solo soy el pasado de ese hombre, que convive con conmigo en su mente. Creo que sale al patio para sentirse solo, para no verme ni escucharme, para no caer en la cuenta, al estudiarme, de todos los errores que cometió.

Los que yo iré cometiendo en esa línea de tiempo que me separa de él, esa línea de tiempo que él ya conoce y por la que tanto pena.

El patio es enorme, aunque apenas es el patio de su encierro. Y por lo tanto, es minúsculo. Afuera o adentro, el ayer y el hoy conviven presos del destino, en un futuro ya escrito.

El eslabón más débil

La mirada de Andrés era siempre dispersa y no solo por el problema de estrabismo que lo afectaba desde pequeño. Se distraía, perdía la atención en lo que estaba haciendo y generaba el enojo de manera continua de su primo, varios años más grande que él, al que todos en el barrio conocían como el “Lungo”.

Andrés también carecía de carácter y decisión propia. Huérfano, su infancia y adolescencia había quedado en manos del hermano de su madre. Su primo, un flaco desgarbado y mal hablado, que no solía bañarse por días, había sido una especie de hermano mayor, aunque no precisamente un ejemplo a seguir. El hecho que lo llamara “bizcocho” ya era motivo suficiente para que Andrés lo odiara.

Pero se había acostumbrado a pasar las horas junto a él, que eran mejor a pasarlas solo en la reducida habitación que tenía en el departamento de sus tíos. Los amigos de su primo tampoco eran de su agrado. De cada diez palabras que pronunciaban, nueve eran insultos. Cuando todos se juntaban, a diferencia de otros chicos, no iban a la plaza a jugar al fútbol, sino que salían a “buscar víctimas” para sus pesadas bromas.

Tenían un amplio repertorio. El que más le divertía era la broma del billete al que le ataban una tanza muy fina, casi imperceptible a la vista, que dejaban en la vereda y cuando un desprevenido transeúnte trataba de recogerlo, ellos tiraban de la tanza sacando del alcance el billete y en muchos casos, haciendo caer de la sorpresa a la “víctima”.

También jugaban al ring raje, a tirarle petardos a los pies a las personas escondidos detrás de tapiales, o se entretenían robando frutas de los cajones a las verdulerías del barrio.

Andrés era el blanco de las cargadas. Esa era la peor parte (si acaso, acompañarlo en todas las demás travesuras resultara poco motivo de disgusto). Su anhelo era hacerse respetar, pero jamás lo había logrado. Por esa razón, la tarde que vio cómo la señora Dennis (una ricachona jubilada, que pasaba sus tardes jugando al bridge en el club) dejaba olvidada abierta la puerta de calle al tomar un taxi delante de su casa, creyó tocar el cielo con las manos.

Al llegar al punto de encuentro rutinario, que era en el bicicletero frente a la sala de videojuegos, no esperó ni treinta segundos para sorprender a todos y abrir la boca. Más de uno se vio sorprendido de escucharlo hablar. Su primo estuvo a punto de hacerlo callar, pensando que diría alguna estupidez, pero la revelación que dio a conocer dejó a todos con los ojos bien abiertos.

Bien sabido era que la “vieja” Dennis (así la llamaban en el barrio, tanto los chicos como los vecinos) tenía mucho dinero y según contaban la malas lenguas, lo guardaba distribuido en distintos lugares de la casa. ¡Aquello vislumbraba como una verdadera caza del tesoro!

Por fin Andrés sentía que era parte del grupo y que el premio por el dato que había dado sería nada menos que el respeto y un mejor trato de ahí en más. Pero ni bien llegaron a la puerta y efectivamente la vieron apenas entornada, su primo y los demás chicos le prohibieron el paso, asignándole la más aburrida de las tareas: hacer de “campana”.

Allí permaneció durante casi una hora, haciendo pasar por un interesado en la vida de los pájaros que iban y venían en el jacarandá que la vieja Dennis tenía en la vereda. Tardó en darse cuenta que los chicos ya no estaban dentro de la vivienda. Habían escapado por una ventana del patio y saltado un par de cercos para alejarse del lugar.

Cuando Andrés los encontró, su primo y los amigos se jactaban de lo inteligentes que eran, de cómo habían encontrado un par de puñados de billetes y un teléfono celular y que habían sido unos genios invirtiendo lo robado en helados, petardos y un par de revistas para adultos. Al verlo, se rieron de él. Les divertía saber que mientras ellos escapaban y gastaban todo el dinero, él había permanecido como un tonto delante de la puerta de la vieja Dennis.

Estaba repleto de rabia, aguantando las ganas de llorar pero en lugar de marcharse, preguntó qué harían con el celular. Su primo lo contempló unos segundos y dijo que sería buena idea venderlo. Andrés se lo pidió para verlo y aunque dudando, su primo se lo alcanzó. Sin que nadie se diera cuenta, bajó el volumen y marcó el 911. Luego, se lo devolvió a su primo que sin prestarle atención, lo guardó en el bolsillo de la campera.

Los amigos volvieron a narrar, casi a los gritos, lo que habían hecho, como si aquello fuera el hecho más significativo de sus vidas. Andrés no dudó en irse caminando lentamente. Si su plan no fallaba, la operadora del 911 escucharía todo lo que el grupo de imbéciles estaría confesando sin saberlo.

A las dos cuadras escuchó las primeras sirenas policiales. Al pasar delante de la casa de la vieja Dennis, la señora llamaba a los gritos a sus vecinos, dando la voz de alerta de que le habían robado. Andrés sonreía. No veía la hora que el “Lungo” y sus amigos se dieran cuenta quién había sido más inteligentes que ellos.

Mano verde

La última vez que visitó la casa de verano fue diez años antes. Desde entonces el sitio había permanecido cerrado, salvo cuando acudía la señora Gómez, que se encargaba de mantener la limpieza y de airear las habitaciones cada tanto.

Sin embargo, el lugar no aparentaba abandono. La casa, de estilo victoriano, se veía impecable desde la calle. Incluso el jardín ostentaba un verde intenso y las flores, lejos de estar marchitas, ofrecían un espectáculo de colores digno de contemplarse.

Podía dar gracias del estado de la vivienda a la señora Gómez, que además de limpiar se encargaba de llamar a pintores y albañiles para hacer un mantenimiento anual de la fachada y los interiores, pero no así del jardín. Porque era la misma mujer la que le aseguraba que a pesar que ella no regaba ni una sola planta, la naturaleza parecía cuidarse sola en aquel lugar.

Pero no era algo que podía atribuirle al azar, lo sabía muy bien. Aún recordaba de pequeña, cuando iba de vacaciones con sus padres, que era su madre la que lidiaba con el jardín. Sembraba semillas de flores que jamás crecían y los cortes de césped que ordenaba terminaban por dejarlo amarillo.Su abuela le decía que solo una mano verde podía llevarse bien con la naturaleza.

Según su abuela, la mano verde era un don. Y muy pocos lo tenían. Ella le había preguntado si acaso lo tenía, pero la abuela había reído y tras un además con la mano, le había dicho que no. Tampoco ella lo tenía. Poco y nada de lo que plantaba, crecía. Parecía que el linaje familiar era ajena a ese don. Aunque eso cambiaría con el nacimiento de Natalia.

La llegada de la más pequeña de la familia fue también el nacimiento de un clima distinto en el hogar. Miradas reacias, silencios prolongados y conversaciones en tonos elevados. Natalia, de alguna manera, generaba esa discordia y eso hizo que ella la odiara.

En la casa de verano, Natalia demostró tener mano verde. Había dejado caer en un descuido un paquete de semillas de girasoles, algo que le valió un reto, pero un par de semanas después, en aquel sitio, se podían ver los primeros brotes.

La abuela comenzó entonces a estar más tiempo con ella, ayudándola a mantener el jardín. En pocas semanas, el lugar había ganado en armonía y belleza. Eso provocó que tuviera muchos celos de la pequeña.

Al año siguiente, solo viajaron a la casa las dos hermanas y la madre. La abuela prefería quedarse en su casa y el padre había tenido que atender unos asuntos del trabajo. Al menos, esa fue la primera excusa. Al pasar el primer mes y no aparecer, surgió un nuevo motivo: un viaje inesperado al exterior.

Pero pasó el verano y el padre no apareció. Al regresar de las vacaciones, tampoco lo encontraron en casa. Como así, tampoco estaban sus ropas. La explicación no tardó en llegar. Sus padres comenzaban a divorciarse.

Las hermanas se sumieron en una gran tristeza, aunque la más pequeña solo porque extrañaba, sin entender aún lo que realmente significaba. En cambio ella, además de entender, sabía que aquello tenía relación con el nacimiento de su hermana.

No fue hasta el siguiente verano, mientras la pequeña jugaba en el jardín, cada día más precioso, que ella escuchó a su madre en una conversación telefónica hablar de otro hombre a alguien. Dos noches después juntó el valor para enfrentarla y preguntarle por el nombre que había escuchado accidentalmente. La madre, pálida, confesó entonces una relación a escondidas, fruto de la que había nacido la más pequeña y que había motivado la separación.

El odio fue mayor, inmenso. Trató ese año de contactar a su padre, pero fue imposible. Dolido, se había alejado para siempre de su familia. El verano siguiente fue trágico. Primero, el suicidio de su madre, sumergida desde hacía meses en cócteles de somníferos para dormir. Una semana después, la desaparición de su hermana, también en la casa de verano, el día antes de retornar con la abuela a la ciudad.

La búsqueda fue intensa y se sospechó, con plena certeza, que en plena depresión por el fallecimiento de su madre, se había internado en el mar, a trescientos metros de la casa, y que había sido arrastrada por la marea.

Ese verano, diez años atrás, había sido el último en aquella casa. En la ciudad se mudó con su abuela, terminó el colegio secundario, estudió bellas artes y consiguió trabajo en una importante galería. Día a día, sin embargo, el peso del pasado retumbaba en su cabeza. Quizá por eso, no era feliz, no podía serlo. Su abuela, enferma, le había pedido varias veces que volviera y se reconciliara con aquello que tan mal la tenía, que si no lo hacía, se volvería una persona gris.

Aquello le resultaba una ironía. Su hermana, mano verde, ella, persona gris. El color y la opacidad, dos extremos, dos seres opuestos, con un lazo de sangre. Pero detenía esos pensamientos a tiempo. Su hermana ya no estaba.

La casa de verano estaba espléndida. La luz del sol además, provocaba destellos en los cristales de los enormes ventanales. El lugar parecía mágico. Quizá alguna vez lo había sido, cuando ella era chica. Ya no lo era, por más que lo aparentaba. La señora Gómez le había ofrecido la llave cuando charlaron la tarde anterior por teléfono, pero había declinado la oferta. No iba a quedarse, solo a despedirse. El cartel de venta también le quedaba muy bien a la casa de estilo victoriano. No dudaba que se vendería de inmediato. La había dejado a muy bajo precio.

Antes de irse, observó por última vez el ventanal del primer piso, que daba a la habitación de su madre. Allí la habían encontrado, desplomada sobre la cama. El frasco de pastillas, vacío, a su lado.

Y también, miró de reojo el jardín. Deslumbrante, tupido, colorido. Para no estarlo. Había enterrado una mano verde en sus entrañas.

Ahora podía irse en paz. Su abuela tenía razón. Debía dejar atrás todo aquello que la atormentaba si es que quería comenzar a disfrutar de la vida.

El acaparador de ideas

El barrio, de los más poblados de la ciudad, tenía a su escritor: Douglas José. Así al menos firmaba sus escritos. Lo más cercanos le decían Pepe. Lo suyo era la poesía, pero cada tanto sorprendía con un cuento o ensayo. La municipalidad le había editado dos libros y el semanario le publicaba en cada número alguna colaboración.
Pero lo que hacía particular a Douglas era su obsesión por registrar cada idea que se le ocurría. Pregonaba a quién quisiera escucharlo que ninguna idea era mala, todas debían tenerse en consideración.
Con el tiempo, fue actualizando el método para llevar ese registro. Comenzó con unas pequeñas libretitas, las llamadas “de almacenero”, luego llevaba siempre consigo un cuaderno de apuntes de tapas duras y desde hace unos años, un pequeño grabador de periodista, de los modernos, que tienen tarjeta de memoria.
Podía estar en el bar, compartiendo un café con los amigos y de repente, ponerse de pie, sacar el grabador y susurrarle a la entrada de micrófono:
– Mosca se posa en pocillo y hombre detecta microchip sobre el lomo del insecto, paranoia, conspiración. Lo siguen. Espionaje. Muerte. Desenlace. La vieja KGB.
Douglas no elegía los momentos. No hay momentos para la aparición de ideas, solía decir. Cuando estaba poético, decía: “los raptos de inspiración son los que llegan a uno y si se está distraído, es probable que sin querer se deje pasar la idea más valiosa del universo”.
Hace unos años, en el acto de inauguración de la entonces nueva sede de la Comisión Vecinal se vio asaltado por la inspiración en medio de su discurso – dado que era el vecino más famoso, había sido elegido para ser el principal orador del evento – y los presentes, entre divertidos y atónitos, escucharon:
– Corte de luz. Fiesta queda a oscuras. Terremoto. Brecha en el suelo. Sonido desde las profundidades. Salen garras peludas, gigantes. Pánico. Monstruos invaden la ciudad.
Era común verlo frenar su marcha en la vereda, sacar el grabador y tomar nota de algo que se le había ocurrido. Incluso, a veces lo hacía en medio de la calle. Los conductores que lo reconocían, aguardaban con paciencia. Otros se volvían locos de bronca y se colgaban de la bocina con la idea de hacerle explotar los tímpanos. Más de uno se ha bajado del coche a prepotearlo. Pero Douglas, al terminar de grabar la idea, era un tipo normal, solía pedir disculpas y como si nada, seguir su camino.
Era cierto, además, que no sentía incomodidad por lo que sucedía a su alrededor cuando grababa sus notas. Uno de los casos más recordados fue en el entierro del ex intendente de la ciudad, Anastasio Paredón. Al pobre Anastasio, muy querido en los barrios, se lo devoró una cruel enfermedad en muy pocos meses, dejando viuda a una joven mujer, con la que había contraído matrimonio poco tiempo antes. En el momento que ella se abrazaba al féretro, previo a ser depositado en el espacio excavado en tierra, cuando solo su llanto interrumpía ese silencio respetuoso que la comunidad estaba haciendo, la voz algo ronca e inconfundible de Douglas laceró el aire de manera imprevista:
– Viuda sexy, escote pronunciado, llanto fingido. Testamento sospechoso. Abogados cómplices. Denuncia anónima, exhumación del cuerpo, pedido de autopsia. Hermano anónimo. Asesinato.
Esa anotación le valió varios reproches y algunas semanas sin poder publicar en el semanario. Al poco tiempo, como en toda ciudad chica, el tema quedó en el olvido.
El pasado domingo a la noche, cruzando la plaza, se puso rígido como una estatua, pero en lugar de sacar el grabador, gritó a viva voz:
– ¡Oscuridad. Luna llena. Farolas intermitentes. Un coche a gran velocidad por la calle angosta y desierta. Hombre desprevenido cruzando en la esquina. Conductor borracho. Desgracia. Muerte. Silencio!
Luego, salió corriendo. Los que fuimos testigos de ese momento, sonreímos. Al fin lo veíamos ir apresurado a la máquina de escribir a plasmar su historia, porque no todas las ideas que le escuchábamos veían la luz. Esa noche, Douglas José corrió como si se lo llevara el mismo demonio.
Nos enteramos más tarde que a unas pocas calles, un vehículo conducido por un borracho lo levantó por el aire, matándolo al instante.
No corrió para escribir su historia, sino para no llegar tarde a su propia muerte, que ya estaba escrita.

Salir a caminar

Esos días grises y fríos que se intercalan entre lluvia y lluvia, pueblan al invierno de rostros desanimados, apagados. La gente que puede, se encierra a mirar televisión, los menos escuchan algo de música o leen un libro o una revista. Difícilmente se escuche algún rasguido de guitarra, un solo de saxo o el recitado de una poesía. Eso está pasado de moda. En el calor del hogar, la pereza la gana al esfuerzo, la pantalla chica a cualquier aspiración artística.
Vivo en un bloque de departamentos. Todo hoy es un bloque. Departamentos, casas, casillas, villas. Uno al lado del otro, y el otro sin saber que hay al lado. Vivimos en un mundo fragmentado, cada uno en su realidad, ajeno al otro. No digo que esté mal, digo que es así. Y en mi bloque, hay muchas realidades, pero a ninguna le importan las demás. A mí tampoco, que se yo, aprendí a que las cosas son así. Soy joven, supongo que todos los que me anteceden nos llevaron a que sea así. No busco respuestas, tampoco me hago muchas preguntas. Interpreto, muy por arriba. Sobre todo en estos días grises, fríos, en los que me da fiaca salir a caminar.
Porque cuando salgo a caminar me siento mejor. Debe ser el aire libre, el sol, la brisa que me envuelve. Algo hay, algo cambia. Quizá es la libertad, la falta de paredes alrededor, la sensación de poder moverme con tan solo mis piernas, de sorprenderme con los colores que en realidad son más nítidos de cómo los muestra la tv, de escuchar los sonidos que vuelan sin un volumen que pueda regularlos. Al caminar, se enciende la chispa que el encierro apaga.
En la calle uno entiende, aprende. Se empapa de lo que ve. Se entristece al ver el colchón vacío en el frente de un negocio cerrado, porque se comprende que la persona que duerme allí cada noche a la intemperie está deambulando buscando la manera de engañar al estómago. Se solidariza ante la mujer embarazada que nadie le permite ser atendida antes en la cola del rapipago del barrio. Se asusta al ver que el dinero alcanza menos. Pero también sonríe al ver a los chicos jugar en la plaza, se alegra al ver a ese adolescente como ayuda a cruzar la plaza a una señora muy anciana. Malas y buenas, buenas y malas. Así se hace uno, así entiende lo que lo rodea. En la calle, al salir a caminar. Encerrado, más que el ombligo, no hay mucho para ver. Menos en televisión.

El guionista

Desde hacía muchos años, Pedro Pomposo, el galardonado guionista, concurría al bar ubicado en diagonal a la plaza, que no solo era famoso por tener como habitué al habitante más reconocido de la ciudad, sino también por la enorme marquesina plateada que en ciertas horas de la tarde, por el reflejo del sol, confundía a los automovilistas y provocaba, de tanto en tanto, algún que otro accidente.
La rutina de Pedro era por todos conocida. Llegaba temprano, buscaba una mesa cerca de la ventana a la calle, desplegaba los diarios y le pedía a Omar, el mozo de la mañana, un cortado con tres medialunas, dos saladas y una dulce, para no tentar a la diabetes según añadía en cada ocasión.
Solía quedarse por más de dos horas, leyendo meticulosamente uno por uno los artículos de los periódicos. A veces pedía también un vaso de jugo y los días grises o con lluvia, un Cynar cortado con pomelo. Solía conversar con todo aquel que se acercara, ya sea de las exitosas películas escritas por él como de cualquier otra cuestión. Luego se marchaba a su casa, donde lo esperaba la máquina de escribir para desatar esa esperada batalla campal entre la imaginación y la hoja en blanco.
Una mañana de domingo, día en que los diarios llegaban más gordos y obligaban a Pedro a quedarse hasta el mediodía, se le acercó un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, que no era de la ciudad. Antes se había arrimado a la barra y preguntado si era el bar dónde desayunaba Pomposo, el guionista.
El hombre se presentó, estrechó la mano de Pedro y señaló la silla vacía, frente a la que él ocupaba. Luego de recibir el asentimiento con un leve movimiento de cabeza, se sentó en la misma. Se lo notaba nervioso, principalmente por las manos, que no podía dejar quietas.
Le habló unos minutos de las últimas películas guionadas por Pedro, de lo mucho que le agradaban e incluso, de una novela que Pomposo había publicado unos veinte años antes y que era la única que había escrito, dado que después se había dedicado exclusivamente a las producciones audiovisuales, con las que había hecho su enorme trayectoria.
Pero luego la conversación cambió su rumbo. El hombre sacó de su billetera una fotografía que mostraba a una joven voluptuosa. Le explicó que no era su esposa, sino su amante. Y que su mujer había empezado a sospechar y ya no sabía como mentirle. Creía haber dicho todas las mentiras posibles. El único que podía salvarlo, era un buen guionista.
Pedro se echó a reír. Miró alrededor, buscando a la mente que había pergeñado tal broma. Sin embargo, nadie estaba pendiente de su mesa. El hombre no reía. Lo miraba con decisión. Dejó de reír. Le preguntó si hablaba en serio y recibió una respuesta que no dejaba lugar a dudas: un cheque extendido a su nombre, con una cifra de cinco ceros. Era más de lo que le habían dado de adelanto para el próximo libreto que debía entregar.
Pedro aceptó. No solo por el dinero, comentó tiempo después, sino por el desafío de escribirle el guión a una persona en la vida real, con todo lo que ello implicaba.
Cada semana entregaba las páginas con el guión que su cliente debía seguir. De esta manera, esa persona tenía excusas bien elaboradas, con tramas que difícilmente harían sospechar a la esposa.
De alguna manera se corrió el rumor. Al poco tiempo, varias personas lo contactaron en el bar. Y no solo hombres.
En un año, Pedro tenía un total de veintidós clientes. A cada uno le escribía el guión de sus vidas. Y a cada uno, le cobraba una fortuna.
Pero el volumen de trabajo era tal que con el correr de los meses dejó la rutina de desayunar en el bar. También comenzó a rechazar el pedido de guiones para cine y televisión. Ninguna cifra se aproximaba a las que ganaba con los libretos de vida que realizaba.
La existencia de Pedro se concentró en un solo lugar: su estudio, en el piso alto de su casa. Delante de su máquina de escribir tipeaba día y noche. Apenas si hacía altos para comer, una o dos veces al día, descansar unas tres horas salteadas y cada tanto, darse un baño.
Sus clientes tocaban el timbre, dejaban el dinero y se marchaban con las páginas mecanografiadas. Estaban todos felices.
El único guión del que no pudo tener control, fue el de su propia vida. Pedro Pomposo falleció una madrugada, entre las tres y las cuatro – según estimaron los forenses – desplomado sobre la máquina de escribir. Las últimas líneas escritas cimentaban una mentira encima de otra. El guión, a ojo del inspector de la policía que lo escudriñó, era una basura.

La loca solitaria

Vivía en las montañas, en una modesta cabaña que había sido propiedad de su abuelo, mucho antes incluso de haber conocido a su abuela. Era muy sencilla y el mayor lujo era la estufa de leña que hacía posible sobrevivir al invierno.

En el pueblo, a cinco kilómetros de caminata entre senderos, pequeñas vertientes y un bosque, la llamaban la loca solitaria. Una vez a la semana bajaba por provisiones. Solo el padre Bonifacio, a cargo de la única capilla en la zona, subía de tanto en tanto a visitarla. La conocía desde que era una niña y sus padres acudieron por primera vez con ella a verlo.

Su nombre era Amelia y cuenta la leyenda que era muy bonita, de ojos claros como el cielo y cabellera tan oscura como la noche. No siempre vivió en la cabaña. Nació en el pueblo, en una casa cruzando la plaza principal. Allí residía su familia, muy conocida por ser los dueños de gran parte de los terrenos donde estaban más mejores vides y que eran famosas por producir vinos que se exportaban a Europa.

La erupción de un volcán, cuando Amelia aún cursaba los primeros grados de la escuela primaria, los llevaron a la ruina. Tuvieron que vender a muy bajo precio las tierras que poseían para poder afrontar deudas. Solo se quedaron con la casa y la cabaña en la montaña, que decían, era un recuerdo familiar difícil de desprenderse.

Amelia fue retirada del colegio y dejó de ser vista haciendo los mandados o jugando en la calle o en la plaza. Según cuchicheaban las vecinas, apenas si tenían para comer. A la pequeña la educaban en la casa y cada tanto se veía al padre Bonifacio acudir a la misma. El religioso era de gran ayuda y compañía para la desdichada familia.

Poco tiempo después murió la madre de Amelia, a quién tampoco se la veía mucho. El padre vivió todavía unos años más. Cuando falleció, la niña tenía dieciséis años. La única manera de sobrevivir, era vendiendo la casa. Los memoriosos recuerdan cuando apareció el cartel de venta pero nadie, cuando la niña se marchó a la montaña.

La casa quedó deshabitada y demoró unos meses en venderse. Mientras tanto, el padre Bonifacio era todo el sustento de la adolescente. Casi a diario emprendía su caminata hacia la montaña, llevando consigo alimentos o lo que ella necesitara.

Con los años, las visitas de Bonifacio se fueron espaciando y la presencia en el pueblo de Amelia, la loca solitaria, comenzó a ser habitual, al menos una vez por semana o cada quince días. Llegaba temprano en la mañana y se marchaba apenas terminaba las diligencias que tenía que hacer. Jamás aceptaba una invitación a comer y mucho menos, a quedarse hasta la noche.

A pesar de cómo la llamaban, en el pueblo le tenía mucho respeto. Había que ser valiente para vivir sola en la montaña, tan lejos de la comunidad más cercana, con tanto animal salvaje suelto en los alrededores. Muchos pueblerinos, cazadores en su mayoría, habían sucumbido ante las garras de los depredadores. Ninguno había sobrevivido como para alertar qué clase de bestias acechaban.

El problema se desató cuando el padre Bonifacio enfermó. Contaba con más de setenta años y la otrora pequeña, ahora una mujer de más de cuarenta, bajó con mayor asiduidad para asistirlo. Incluso, se quedaba hasta tarde. Más de una vez se la vio corriendo a la hora del atardecer, en dirección a la montaña.

Cuando el sacerdote falleció, tras dos meses de agonía, Amelia anunció en el velatorio que ya no bajaría y prohibió terminantemente que nadie subiera a llevarle víveres ni para ver cómo estaba.

– Nadie puede subir a la montaña a buscarme – sentenció.

Esa tarde subió a la montaña y jamás volvió a bajar. Al menos, con la forma de Amelia.

Cuando los aullidos se hicieron sentir en las noches, en el pueblo temieron que los depredadores estuviesen asentándose más cerca, lo que era un peligro. Pero no fue mucho después que comenzaron los ataques. Siempre de noche, una bestia de filosas garras, penetró en varias viviendas y mató a sus ocupantes. La señora Torres y su hija ciega, el carnicero Jackson y la familia Benetti, completa.

El pueblo decidió montar una guardia con todos los hombres. El perímetro estuvo cubierto en los cuatro puntos cardinales. Portaban fusiles y cuchillas. A las dos de la madrugada del 25 de junio de 1980, Horacio Jent, peluquero de profesión, divisó a la bestia saliendo detrás de unos arbustos y disparó dos veces al cuerpo. El animal salvaje cayó desplomado y Horacio, aterrado como nunca en su vida, gritó a viva voz que lo había matado.

Cuando los hombres se acercaron al sitio donde había caído la bestia, constataron su muerte. Lo que sea que fuese aquello, no respiraba. Al acercar una lámpara de kerosene para alumbrar el cuerpo a más de uno se le cortó la respiración. Aquel animal llevaba puesto un zapato de mujer y en el pelaje sucio y cubierto de sangre reseca se podían ver pedazos de telas que probablemente, habían pertenecido a un vestido. Colgada al cuello, junto a un rosario, llevaba una botella vacía que en su exterior decía “Agua bendita” con la inconfundible letra del padre Bonifacio, la misma que tantas veces habían visto en las pizarras de la capilla.

No fue hasta una semana después que un grupo se armó de valor y subió hasta la cabaña. Amelia no estaba allí y el lugar era una tumba maloliente y arrasada. Dentro, los fétidos restos de animales muertos, conferían un cuadro terrorífico y cualquier cosa que hubiese pasado allí escapaba de la imaginación de aquellas personas. En la madera de las paredes, con una caligrafía que comenzaba de manera entendible y que luego, a lo largo de las más de doscientas veces que se veía escrita la frase, parecía transformarse en desquiciados trazos desesperados, alguien había grabado “necesito agua bendita”.

La misma leyenda cuenta que nadie volvió a subir hasta la cabaña y el cuerpo de la bestia, en primera instancia arrojado al bosque, fue enterrado días más tarde en la misma fosa que el padre Bonifacio. En el pueblo coincidieron que si por alguna razón, eso quería volver a la vida, solo el padre Bonifacio podría protegerlos.

Cómo había hecho durante tantos años.

Más allá

Tras el último estertor y la oscuridad inicial, volvió a abrir los ojos, aunque eran otros ojos: las formas cobraron una nueva dimensión, los colores explotaron en mil matices desconocidos y la luz se deshizo en brillantes perlas danzantes.
Y con ellos, observó el mundo y vio algo que estremeció sus nuevos sentidos: los vivos eran los verdaderos muertos.

Alsina

Alsina es mi perro, una cruza de galgo con callejero, flaco pero no hasta los huesos, rápido pero no para atrapar una liebre, ladrador pero solo para jugar. Se aquerenció de a poco, de venir hasta la entrada de casa a protegerse del frío y recibir cada dos por tres alguna que otra sobra de parte de la piba más chica.

Me vi venir el pedido de la mocosa. Siempre compradora, sonriendo como cuando se manda una macana, se acercó una mañana y me preguntó si podía meter al patio el perro que estaba afuera.

Ni se te ocurra, le dije. Si mis hijos no tenían perro hasta entonces era porque sabía muy bien que no se iban a hacer cargo. Ningún pibe lo hace. No lo hice yo, ni mis hermanos con los que tuvimos en la infancia. Y con este era clavado que el chochín de la mascota nueva duraba una semana y después los adultos teníamos que hacernos cargo.

Me convenció cuando caía la noche, más por cansancio que por otra cosa. Reconozco que estaba haciendo frío y uno de sus argumentos fue justamente ese. Pero para la noche la nena había cumplido su objetivo. El perro estaba en el patio, contento, meneando la cola y a punto de terminar de devorar el tercer plato de comida.

Mañana lo llevás al veterinario, le dije. ¿Usted lo llevó? Ella tampoco. Me tuve que hacer cargo y con esa tarea arranqué la lista de cosas de las que me tuve que encargar para que el amigo pierde pelos pudiera quedarse en casa. Vacunas, antiparasitarios, correa, alimento, paseos, baños, cucha…

Le habían puesto un nombre horrible. Un no sé qué de la televisión. Horrible. Medio que me dio bronca. Ni un dedo movían por el perro pero igual tenían derecho a bautizarlo. Así que a la semana más o menos me declaré en rebeldía y autoimpuse un nuevo nombre.

¿Alsina? se sorprendían todos. Si, Alsina. Mi respuesta era contundente. Si no te gusta, bañalo. Si te parece feo, anda a comprarle la comida. Si está fuera de onda, sacalo a pasear y juntale toda la caca en una bolsa. Quedó Alsina, por supuesto. Antes la derrota que el esfuerzo, y esa fue mi ventaja.

La cosa es que con el bicho comenzamos a hacernos compinches. Salir a caminar juntos, hacer los mandados, andar en bici con él corriendo al lado, jugar con alguna rama a lanzarla lejos y esperar su devolución toda repleta de baba, disfrutar de los partidos en la radio con el tipo echado a los pies, o hacer un asado y cortarle pedacitos con grasitas para que se los engullera de un salto.

Mi mujer empezó a decir que lo quería más a él que a ella. Sé que lo decía en broma, pero son esas frases que encierran un reproche. Pasa que un animal es otra cosa, es muy diferente a una persona. El animal te espera, te recibe con alegría, te reprocha pero sin rencor, te hace compañía y a cambio pide nada más que amor y comida. Y si, algún que otro paseo, jugar un rato. Todo es más sencillo en una relación perro persona que en una de persona a persona. No descubro la pólvora ni mucho menos pregono que dejemos de socializar con los demás. Voy a otra cosa. Algo más básico.

Un perro, como cualquier mascota, se vuelve de alguna manera parte de uno. Y ahí está el problema. La verdadera razón por la que prefiero no tener ningún bicho a cargo. Porque me encariño. Eso no tiene de malo, por supuesto. Lo malo es que el tiempo pasa. Y con los años, el perro envejece más rápido que uno. Cuando uno lo advierte, ya no es un cachorro, no juega como antes, duerme más tiempo, engorda un poco, es más lento, se vuelve frágil. Pero increíblemente, jamás deja de ser fiel.

Entonces, como me pasó ayer con el Alsina, cuando un veterinario te dice que no va más, que es la ley de la vida, que es lo mejor para el perro… entonces ahí ya no puedo hacerme cargo más, ahí la llamo a mi mujer y le pido a ella que tome la decisión, que sea ella y no yo, porque yo ya estoy masticando la bronca, el dolor, los paseos que no serán, sus pelos en mis ropas, sus patadas al aire mientras duerme y sueña vaya a saber qué, su ladrido pidiéndome que le devuelva la pelota… que sea ella quién lo condene, porque yo ya tengo la mía: mi condena es su recuerdo, su ausencia.

Alsina es mi perro, aunque no esté. Me pregunta mi hija, ahora mayor, si voy a reemplazarlo y no puedo evitar llorarlo. ¿Acaso es posible? ¿El sufrimiento puede suplantarse? ¿Existe una cura para el dolor del alma?

Si, el tiempo. Lo mismo que nos mata. En el trascurso del proceso nos regala la falta de memoria. Las penas están, pero bajo capas de olvido. Claro, también arrasa con lo lindo. Pero no tenemos opción. El tiempo es un vendaval.

El vecino

Hace veinte años que vivo en la misma casa y unos quince que tengo al mismo vecino. Nuestras paredes limitan en gran parte de la medianera y durante una década discutimos a diario por los temas recurrentes en estos casos: humedad, grietas, ruidos.

Nunca nos llevamos bien, pero las discusiones cesaron porque tomé la decisión de mudar la habitación hacia otra parte de la casa y reconstruir de tal manera que el espacio lindante se convirtió en el garaje. Mucho tiempo antes a esa decisión ya le había quitado el saludo. Una persona que se caga en el otro no merece el tiempo ni el esfuerzo que implica decir “hola”.

De esa manera, con una importante inversión de dinero, al menos obtuve cierta paz. Me limité a reparar lo que se arruinaba de mi lado y a olvidarme de la estructura en general. Si las paredes en algún momento se desmoronaban, ahí veríamos como proceder. De haber continuado el roce diario las cosas se nos hubiesen ido de las manos.

Creí que jamás volvería a cruzar una palabra con este tipo, pero esta mañana al verlo llegar a su casa, lo saludé. Si, con palabras. Nada de un gesto, ni un movimiento de las manos. Dije, alto y claro: ” Buenos días “.

El desconcierto fue absoluto. Se quedó de una pieza y frunciendo el ceño se metió con celeridad dentro de su casa. Me quedé en la vereda, observando su ventana. Lo suficiente para notar la cortina desplazarse unos pocos centímetros. Ahí estaba, escondido, mirando para la calle. Sonreí, como pocas veces.

Claro, también los habré desorientado a ustedes. ¿Por qué iba a querer ahora recomponer las relaciones? Nada menos acertado que eso. Exactamente, para qué querría subsanar lo insalvable.

Todo comenzó dos días antes, cuando atardecía. Suelo sentarme en la cocina, a mirar alguna serie en Netflix. Las españolas o alguna policial. Me encanta la forma en la que hablan los españoles. Y si además tienen algo de misterio, mejor. Pero por alguna razón, no me funcionaba internet.

El router lo tengo instalado en el garaje. Cómo me había enseñado el técnico, si dejaba de andar nada mejor que apagarlo y encenderlo. Esto lo aprendí después que me pasara dos veces y el técnico se cansara de indicarme cómo proceder. A la tercera, fue muy franco: “Apague y prenda, ya no tengo cara para ir y hacer eso y encima cobrarle”. Supongo que tampoco tenía ganas de cruzarse la ciudad para algo tan básico.

Mientras esperaba que volviera a encender para asegurarme que todas las lucecitas titilaban en su debido lugar, escuché los quejidos. Creí que era un ratón metido entre los trastos que tengo tirados contra la pared del fondo. Pero de inmediato el sonido llegó con mayor nitidez. Era un ruido proveniente del otro lado, del lado de mi vecino.

Acerqué el oído a la pared y aguardé. Ya había perdido la esperanza de volver a escucharlo, cuando volvió a repetirse. Golpeé la pared, casi por instinto. El sonido se intensificó. Luego se escuchó un portazo, nuevos quejidos y nada más. Permanecí una hora esperando volver a escucharlos, pero ya no se reiteraron.

Me costó dormir, pensando en aquellos quejidos. Por la mañana, ni bien me levanté, preparé el mate y me lo llevé al garaje. Me acomodé en una silla tipo playera y me pasé tres horas en el más absoluto silencio. Nada.

Lo bueno de estar jubilado es que uno dispone del tiempo y si bien es común decir que nunca nos alcanza para nada, en realidad solemos desperdiciarlo en nimiedades. Estar sentado en el garaje esperando el quejido proveniente de la casa de al lado no me pareció para nada una pérdida de tiempo.

De todos modos, no escuché nada más. Luego llegó mi hija y olvidé el asunto. Si hubiese traído a mi única nieta es probable que jamás me hubiese enterado de lo que pasaba, pero no la trajo y al irse, en lugar de quedarme a jugar con la pequeña como solía pasar varias veces en la semana, me volví a encerrar en el garaje. Y esta vez, créame, sí que se escucharon los ruidos.

Estaba tan absorto en el silencio, que me sobresalté como pocas veces en la vida. Creo que debo haber estado a un tris de un infarto. Salí disparado hacia la pared. Con un zapato golpeé como la tarde anterior. Del otro lado los quejidos cesaron para dar lugar a otro tipo de sonido, uno más rítmico. Cuando se hizo el silencio, volví a golpear con el taco del zapato.

Del otro lado se escuchó como si trataran de imitar el ruido. No necesité ser un erudito para comprender que me estaban contestando. Di golpecitos cada cinco segundos y la réplica fue casi exacta. Estuvimos así casi una hora. Entonces escuché el motor del Chevrolet del vecino parando delante de su casa y prudencialmente dejé de golpear la pared.

Imaginé que quién fuera el que respondía se iba a desesperar al cesar yo los golpes.  Y así pasó. Comenzaron los quejidos y a la par, fuertes golpes como los que hacíamos hasta unos minutos antes. Enseguida se escuchó el mismo portazo que la tarde anterior y un quejido más potente, dolorido. Los sonidos desaparecieron. En vano esperé escuchar algo más.

Esta mañana, tras otra noche sin poder dormir, salí con el mate al jardín delantero. Esperé hasta ver que el vecino se alejaba de su casa a pie. No perdí un solo segundo. Rodeé su casa y forcé una ventana lateral. En eso nos parecemos. Ninguno confía en las alarmas. Menos mal. Recorrí con cautela el interior de la vivienda, buscando a manera de llegar a la habitación contigua a mi garaje. Di con una puerta de madera. Traté de abrirla, pero estaba trabada. Recordé los portazos. Arremetí con el hombro y la puerta cedió, golpeando contra la pared.

La habitación era un vertedero de mugre, repleta de telarañas y botellas plásticas. En el centro, sobre un colchón sucio y pestilente, estaba inconsciente una joven. Al acercarme comprobé que estaba maniatada y amordazada. Toqué su brazo y sus ojos se abrieron como accionados por un resorte. Estaba por gritar, pero supongo que mi cara de susto la hizo comprender que yo era de los buenos.

La desaté y ayudé a ponerse de pie. Estaba muy débil. La insté a que se apurara. Fue cuando me señaló un rincón en el que no había reparado. En la penumbra, una pila de huesos humanos coronaba la habitación. Me estremecí. Salimos corriendo y llevé a la chica a mi casa. La puse a resguardo en mi habitación, provista de agua y comida.

De inmediato llamé a la policía y salí a la calle a esperarlos. Entonces vi calle abajo al vecino retornar caminando. Venía trayendo dos bolsas plásticas. Había ido de compras. Me arrimé hasta el límite de ambas casas y cuando estaba entrando al jardín de la suya, lo saludé.

El vecino seguía espiando detrás de las cortinas cuando comencé a escuchar las sirenas policiales. Mi sonrisa era ancha, casi de súper héroe. Aunque en parte me sentía culpable. Si tan solo hubiese arreglado las cosas por las malas en el pasado, cuántos huesos menos habría ahora en esa habitación.

Volví a mi casa. La policía ya había llegado.

 

Detrás de un carrito de praliné

Me acuerdo de Nacha, de Tito, Gonzalo, Alejandra, me acuerdo de todos, de cada uno de ellos. Cuando me despierto, cuando camino por las calles empujando el carro de praliné, cuando recorro el pasillo hacia mi habitación, por las noches cuando la luna está en lo alto y mis ojos la observan sin poder cerrarse. Me acuerdo de cada uno.
Cómo poder olvidar.
Cómo quisiera hacerlo.
Veo sus rostros en el reflejo de cada vidriera, en los charcos de agua abandonados por la última lluvia, en el gesto de los niños que vienen con sus padres a comprar garrapiñada. Ellos saben, de la misma manera que todos los niños saben. Solo cuando uno crece, olvida. Mientras tanto, cuando uno es niño, la verdad anida muy dentro en ese rincón de la infancia destinada al miedo, esa puerta cerrada que por las noches se entreabre lentamente dejando una luz en forma de hendija y por la que escapan los monstruos. Los niños me miran a los ojos y saben. Y me temen. Y yo les temo. Porque cuando el mal reina en ellos, es peor que mil demonios, que mil bombas nucleares juntas.
Y cada otoño, sus padres me buscan. Siempre olvido que lo harán y concurro igual a la plaza. O en realidad, no lo olvido y solo quiero sentir la tranquilidad de no ser el único que sufre. Me abrazan, me cuentan sus vidas, todo lo que los extrañan y qué lindo sería saber que hubiese sido de cada uno de no haber ocurrido lo que ocurrió. Los escucho, no puedo hacer otra cosa. Los escucho y afirmo con la cabeza cada palabra, cada idea. Me vuelven a abrazar antes de irse. Me preguntan por décima vez cómo estoy, les miento y dejo que se marchen. No volverán a aparecer hasta el próximo año y yo olvidaré y por lo tanto, volverán a encontrarme.
Cuando los veo, cuando trato de reconocer en esas facciones avejentadas algo que los una a las personas que conocí hace décadas, no encuentro más que soledad. Ya no queda nada de lo que eran. Cuando se marcharon sus hijos, ellos comenzaron a acelerar su muerte. El destino, caprichoso, los mantiene con vida. Y cada año acuden a mí, el único sobreviviente, en busca de alguna respuesta que los haga sentir mejor. Aunque con el tiempo se han resignado. Saben que se irán con las manos vacías. Tan vacías como sienten las cavidades del corazón.
El otoño se marchará en breve, no así los recuerdos. El tiempo que les sobrevivo es una condena.
Cuando los padres se alejan, se pierden de mi vista, el sufrimiento vuelve a ser absoluto. Y Nacha, Tito, Gonzalo, Alejandra, fijan sus garras a mi mente. Se instalan para no ir a ninguna otra parte. Porque no hay escapatoria. Las mentiras que uno dice de niño de nada sirven contra el verdadero horror, que es la verdad que uno guarda con recelo en lo más profundo del ser. La versión del accidente que uno ha hecho creer, y que en parte, ha convertido en cierta, no le escapa al alma, a lo que uno esconde más allá de la capa de cinismo que debe sostener bajo máscaras de mil formas diferentes para sobrevivir en un mundo tan inmundo como furioso. Y más cuando uno es niño, cuando tiene el poder de mil demonios, de mil bombas nucleares juntas.
Veo sus rostros, culpándome. Veo sus rostros, mientras la balsa se hunde. No escucho sus gritos, porque tampoco los escuché entonces. Pero la imagen es más que suficiente. Los veo, hasta que ya no los veo más. Y sin embargo, los sigo viendo. No en el intento último de sobrevivir, sino en la eterna figura de la inmortalidad de la culpa, en esa etérea mancha que carcome lentamente en forma de justicia, segundo a segundo, hora a hora, día a día, hasta la muerte propia y más, hasta que el responsable del destino, del universo, lo decida.
Sesgando mi existencia, pero obligándome a sobrevivir para recordar la miseria de mis días, la cobardía me enfrenta cada día a mi verdadero ser. En esa condena, ellos ríen de mí.

Pájaro en el cielo

El baldío estaba en la esquina de su cuadra. Allí remontaba su barrilete cada tarde, tras salir del colegio. Si llovía, pasaba las horas espiando por la ventana hacia aquel sitio. Anhelaba el sol dominante y la piola tensa en su mano.
Pero esa tarde en particular había sol y la brisa necesaria para hacer volar su cometa de caña y papel japonés. Su mirada acompañaba el barrilete, un pájaro en el cielo.
Un quejido lo distrajo de su infancia. El cuerpo a medio vestir de la adolescente, detrás de un arbusto, le arrebató la inocencia. El hombre sorprendido en pleno acto, le quitó la vida.

Vi morir a Gutiérrez

Esa noche, la noche en la que el viejo Gutiérrez se enfrentaba a la muerte, yo estaba ahí.

Es difícil precisar cómo el destino se empeña en colocarnos en situaciones complejas, a veces hasta irrisorias. Porque en lo que se refiere a algún tipo de respeto por Gutiérrez, jamás tuve. Pendenciero, mal hablado, buscaba pelea en cada gesto, en cada palabra. Un tipo de esos que siempre se hay que tratar de evitar. Y eso es lo que hacía, hasta esa noche.

Uno vive al día, con lo que gana de las changas. No es una vida de lujos, ni por asomo. Muy por el contrario, es el pan de cada día y punto. Y la Estela lo sabe, por eso no chilla cuando al caer la tarde me voy por ahí. Ella tiene su mundo con los críos, y yo, que pongo el hombro por el jornal, tengo el mío, en el bar de los Aguada.

Hay un sector en la barra que me pertenece y la gente lo sabe. Por eso cuando llego siempre está libre, esperando por mi cuerpo, que se desploma sobre la madera desgastada y sucia a la espera del primer vaso de vino. Claro que a veces hay excepciones. Por ejemplo, si el lugar está siendo ocupado por Gutiérrez, prefiero evitarlo. Pero esa noche, esa noche de la que le estoy hablando, no había nadie.

El bar, incluso, parecía menos concurrido que nunca. Salvo en la zona de luces bajas, donde en la penumbra se jugaba al truco o al chinchón, en las otras mesas no se veía a nadie. Aproveché la tranquilidad para pedirle al más petiso de los Aguada un platito de maní. No me gusta pedirlo cuando hay más gente, porque no falta el que se acerca y guiñando el ojo te saca dos o tres. Y eso, mi amigo, eso a mí no me gusta. Uno tiene lo que puede, lo que no, que se quede en deseo. Eso lo aprendí de mi viejo, que en paz descanse. Yo tengo lo que tengo y punto. Pero la gente no es así.

Una hora después, apareció el viejo Gutiérrez. Ni él ni nadie de los parroquianos del bar imaginábamos que iba a ser la última vez que lo pisaba. Llegó en bastante mal estado. Y no solo por el alcohol. Se lo veía asustado, con las ropas arrugadas. No obstante, tenía el mismo carácter de mierda que siempre. Apartó una silla del camino de mala gana y se acordó a mi lado. Noté entonces que en el cuello tenía una marca roja, como si algo con filo hubiese estado apoyado ahí mismo pocos minutos antes.

Pidió agriamente una caña y escupió en el suelo. Miré de reojo y observé que había algo de sangre en ese gargajo. Vació el vaso de un solo envión. Yo seguí concentrado en el maní y en mi vaso de vino, sin darle importancia a su presencia. Pero Gutiérrez me codeó y llamó mi atención.

– Casi me matan – largó, resoplando.

Me hice el sorprendido. Esa marca en el cuello no podía significar otra cosa. Al menos era señal de una amenaza. No pronuncié ninguna palabra. Uno sabe cuando se debe abrir la boca y cuando aguardar la continuidad del relato.

Gutiérrez por primera vez me miró a los ojos. Adiviné en los suyos la sentencia de la muerte. Podría haberme confundido y creer que la película de agua que le cubría los ojos era producto de la tristeza, pero no, era simplemente la bronca del que sabe que la suerte está echada.

– La cagué. La cagué.

Apuró un segundo trago, dejó un billete bajo el vaso, me dirigió una última mirada y se marchó.

A pesar que la noche estaba en pañales, esa breve confesión me provocó un escalofrío y ni siquiera pude terminar el vino. Salí detrás de él, sin saber si tenía la intención de hablarle y volver al bar o seguirlo hasta dónde lo llevaran sus pies.

Afuera me sorprendió un fresco repentino. Lo busqué calle arriba y no lo vi. Me giré en redondo y alcancé a ver su figura doblar la esquina. Caminé con prisa hasta tenerlo cerca. Luego, fui cuidando mi andar, cosa de no delatar mi presencia.

Caminaba hacia el oeste. El paisaje me era familiar. Lo hacía cada noche, camino al bar. Lo estaba desandando por lo menos tres o cuatro horas antes de lo habitual. No recordaba la última vez que había dejado el bar tan temprano. Pero algo me decía que tenía que seguirle los pasos al viejo pendenciero.

Llegamos a mi calle y con asombro vi que se detenía delante mi casa. Avanzó por el jardín delantero y de una patada abrió la puerta. Comencé a correr. Llegué a la puerta en el momento que la Estela arrojaba un par de navajazos al aire, delante del rostro de Gutiérrez.

– ¡Esta vez no le erro, viejo de mierda, te dije que basta! – le decía ella, que todavía no me había visto.

Gutiérrez se había desabrochado el cinturón y tenía la bragueta baja.

– Dale Estelita, uno más y se acabó – imploraba el viejo.

Creo que tiré al piso un jarrón que estaba encima de una mesita de madera, no lo recuerdo bien. Pero ellos se sobresaltaron.

– ¿Qué hacés acá? – me recriminó de mala manera mi mujer, como si estar allí fuera lo incorrecto. Reconozco que no era lo habitual, pero era mi casa. Inconscientemente me apuntaba a mí con la navaja. Gutiérrez se apresuró a abrocharse el cinto, pero olvidó la bragueta abierta. Si no fuera por la situación, hubiese sido gracioso.

Estela me arrojó un par de navajazos.

– Volvé al bar, borracho de porquería – me gritó, dando un paso hacia donde estaba.

Un navajazo al aire, otro. Al tercero, le quité la navaja de la mano. Pude haberme defendido, pero solo atiné a empujarla a un lado. Y ni siquiera fue porque pensé en los críos. Me enfoqué en Gutiérrez, el siempre prepotente, ahora hecho un cobarde, de espaldas contra la pared, tratando de ganar la puerta dando pasos cortos. Entonces supe lo que sentí en el bar. Supe que ese escalofrío era una sospecha subyacente, ubicada muy por debajo de las diez a doce copas que me bebía cada noche. Y también, que la sentencia de muerte estaba en mis manos.

Dos pasos largos, tan largos que fueron casi zancadas, y una estocada, una sola. Dejé la navaja en su abdomen hasta que el último estertor resonó cerca de mi oído. Luego, lo dejé caer.

Estela me miraba desde la puerta, con los ojos tan grandes como el agujero que le quedó a Gutiérrez en el cuerpo.

– Escuchame, esta mierda entró a robarte y lo mataste, así de simple. Lo que hayan hecho, me importa mierda. Pensá en los chicos y decile eso a la policía. Me voy al bar. La noche es larga.

Por eso, cuando hoy hablan del viejo Gutiérrez, de lo que pasó en mi casa, hay noches que tengo muchas ganas de confesar que yo estuve ahí, que fue mi diestra la que acabó con su vida… pero no me conviene. Es probable que termine en la cárcel, mi mujer se quede con la casa y los pibes no fueran nunca a visitarme. Así está bien, me alcanza y me sobra. Changas durante el día, unos vinos por las noches. En casa, la Estela cuida de los críos y la mantiene en orden. ¿Qué más se puede pedir en estos tiempos que corren? Bueno, si, que los mierdas como Gutiérrez no quieran cagarnos ni el vicio ni la mujer. Pero se comprende, no se puede todo en la vida. Uno tiene lo que puede.

Ocho patas

La casa era nueva, el trabajo era nuevo, la ciudad era nueva. El “gran salto” era nombre elegido por Julián para el paso que habían dado en sus vidas y no solo como matrimonio. Victoria estaba de acuerdo. No solo se habían casado poco tiempo atrás, sino que habían optado por aceptar una propuesta laboral que le habían ofrecido a él y mudarse a más de dos mil kilómetros, lejos de sus familiares, de sus amistades y lugares conocidos. Pero la idea de afrontar el destino juntos, comenzando prácticamente de cero en muchos aspectos, los había convencido.
Extrañaban, claro que si. Aunque la tecnología, una vez que la compañía de internet fuera a conectarle el servicio,  los ayudaría a sentirse más cerca a los afectos. Las redes sociales, los mensajes de textos, convertirían en la experiencia en más llevadera. Julián, en realidad, pasaba muchas de las horas en su nuevo trabajo, en un edificio de cristal de más de treinta pisos. En cambio, Victoria, se ocupaba de la casa en el barrio tranquilo y apartado de la zona céntrica donde habían alquilado. Era también quién recorría la zona, aprendiendo la ubicación de las calles, los comercios cercanos e incluso, el rostro de los vecinos.
Le parecía increíble que a pesar de llevar una semana en la casa, todavía hubiese una decena de cajas sin desembalar. No solo habían mudado todo lo que tenían en el departamento, sino cosas personales que ambos aún guardaban en casas de sus padres. Por ejemplo, los libros de Julián. Nunca había tenido la necesidad de trasladarlos cuando se mudaron al primer departamento, apenas se casaron. Era más sencillo, si quería leer algo en particular, pasar en algún momento por la casa de sus padres y buscarlo. Ahora, en cambio, esa practicidad había quedado anulada.
Las horas en la casa, sola, le provocaban cierta nostalgia. Hasta que no hiciera nuevas amigas, consiguiera un trabajo, y pudiera socializar, no tendría con quién tomar mates, ir a tomar un café o simplemente dialogar en medio de un paseo. Pero lo sabía de antemano y lo que realmente le importaba era poder asentarse, porque todo se iría dando a su tiempo, esa era su filosofía. Conocería gente, haría nuevos amigos, obtendría un trabajo, vendrían los hijos, las salidas familiares, los viajes en vacaciones…
La casa era amplia. Más de lo que habían imaginado. A los casi cien metros cuadrados techados tenían que sumarle el sótano, de diez por veinte, que no le habían informado cuando concretaron el alquiler. Julián se entusiasmó al verlo. No tenía humedad y era por lo tanto el lugar perfecto para un pequeño taller. Allí podría desarmar y arreglar computadoras, un pasatiempo de toda la vida que también podría darle unos ingresos adicionales. A Victoria le hubiese gustado más una sala de juegos, pero su marido tenía razón: para eso debían gastar mucho dinero en ponerlo en óptimas condiciones y mejorar la iluminación, que apenas si contaba con un par de luces colgantes y una luz de led de seguridad al pie de la escalera.
De momento era un espacio amplio, vacío, con esquinas oscuras y donde estaban depositando todo lo que aún no le habían dado ubicación. Entre esas cosas, las cajas sin desembalar.
“Voy a ver que hay en las cajas” le escribió un mensaje de texto a Julián. En una semana había escrito más mensajes con el celular que en toda su vida. Pronto tendría internet y podría enviarle mensajes de voz, videos, fotos, chatear, podría hacer de todo, pero de momento estaba limitada al simple sms. Para no sentirse tan sola, había convertido el ritual de escribirle en un juego y cada cosa que hacía o le llamaba la atención, se lo transmitía. Julián tenía la delicadeza de contestarle cada uno de esos mensajes, aunque más no fuera con un emoticón de sonrisa.
El celular vibró en su mano: “Seguramente ropa tuya” había escrito su esposo. Sonrió, porque era verdad. Vaya sorpresa se había llevado cuando al buscar la ropa en el viejo placard de su habitación en la casa de su madre, se había encontrado con el triple de lo que recordaba poseer.
“Celoso,vos y tus tres calzoncillos” le respondió. Si por él fuera, se vestiría con papel de diario, le había dicho ella una vez. La que se encargaba de obligarlo a salir a comprar ropa era Victoria. Y fue una de las primeras cosas que hicieron ni bien llegaron, para que fuera presentable al nuevo trabajo.
Movió una de las cajas y leyó con la poca luz a su alcance la etiqueta que le había puesto para reconocerla: Ropa de verano. Algunas de las prendas podían servirle, aunque no todas. Si bien el otoño no era frío, tampoco podía esperar que el clima templado permaneciera mucho más. Sintió algo en la pierna, que hizo que desviara la vista hasta su rodilla.
El chillido que pegó resonó con eco dentro del sótano. Instintivamente dio un paso hacia atrás y tropezó con otra de las cajas. Cayó de culo sobre el cemento frío y áspero. Pudo ver alejarse y perderse en la oscuridad al responsable de su caída.
“Amor, hay arañas” escribió. Esperó la respuesta sentada en el suelo, mirando de reojo hacia un lado y otro. Si algo odiaba, eran las arañas.
“No me extraña, apenas si revisamos. Llego y vemos” respondió Julián.
A Victoria no le hacía demasiada gracia tener que esperar que llegara. Si no calculaba mal, no era todavía ni mediodía y su esposo regresaba después de las cinco de la tarde.
“Qué veneno compro?” le preguntó, mientras repasaba mentalmente los negocios del barrio, pensando en cuál de todos podían vender insecticidas.
“Alguno que no sea muy invasivo, esperame y vamos juntos. Quizá no sea necesario matarlas, suelen comerse a los otros bichos”.
La alimentación de las arañas no le merecía ninguna consideración. Comieran otros bichos, milanesas, polenta, o lo que fuera, lo único que deseaba era erradicarlas.
Estaba por contestar, cuando un bulto negro pasó veloz por el piso, a un par de metros de dónde estaba. Se puso de pie de un salto. El corazón comenzó a latirle más fuerte.
“Julián, son enormes” le informó, asustada y algo enfadada con ella misma, por el miedo irracional que le tenía desde pequeña a todo lo que tuviera ocho patas.
“Salí del sótano entonces”.
Por más que saliera, las arañas seguirían allí y sabiendo eso, no estaría tranquila en ninguna otra parte de la casa. Hizo caso omiso del mensaje y buscó una caja que recordaba haber llevado al sótano que tenía escrito “limpieza”. La encontró y revolvió con desenfreno en su interior. Estaba convencida de haber puesto ahí un aerosol mata cucarachas. Luego de buscar un minuto que se le antojó eterno, dio con el envase. Para su alegría la etiqueta decía también “arañas”.
El celular volvió a vibrar. No le interesó ver que ponía Julián. Lo único que deseaba era aniquilar a los ocho patas. Si tenía que rociar todo el maldito sótano, lo haría. Por las dudas comprobó que ninguna de las cajas fuera de alimentos o algo que pudiera ser afectado por el veneno. Ninguna lo era. Se dirigió hasta la zona más oscura del sótano, donde la penumbra no permitía el paso de la luz y roció con los ojo cerrados. Si algo temía, era que alguna araña en un rapto de enojo saliera corriendo hacia ella. Si no miraba, no lo sabría.
Retrocedió de un salto, asqueada ante la sola idea de tener arañas cerca de los pies. El celular volvió a vibrar a la distancia. Se encaminó hasta otro rincón. Volvió a proceder de la misma manera. Párpados apretados, gatillo hasta el fondo. Un frío le recorrió el cuerpo. Se estremecía ante la idea de ser vulnerada por alguno de esos arácnidos.
Escuchó pasos a sus espaldas. No pasos de personas, sino diminutos, como si de repente un ejército de duendes hubiese cruzado por detrás de ella. Salvo que sabía que allí no había duendes, sino arañas. No quiso mirar. El teléfono seguía reclamando su atención. Por la forma que lo hacía ahora, ya no eran mensajes, su marido la estaba llamando. Solo vibraba, porque odiaba el sonido que hacían. Julián había tratado de configurarle temas musicales, pero al poco tiempo comenzaba a aborrecerlos. Ella y sus manías, decía su esposo. Ella y sus arañas, debería estar pensando en esos instantes.
Victoria avanzó lateralmente, perpendicular a la pared. Fue rociando todo a su paso. En cualquier momento el aerosol agotaría hasta la última pizca de contenido. Los pasos se agigantaban a sus espaldas. Ahora el miedo la acobardaba. No quería girar la cabeza. Siguió rociando, ya sin importante si había tirado o no en cada lugar. Algo trepó a su pierna. Gritó y pegó un salto. El aerosol cayó de sus manos y el sonido metálico rebotando en el piso le hizo saber que se había alejado al menos unos cinco o seis pasos hacia el sector oscuro.
Se pasó la mano por la pierna, sollozando. Tuvo la impresión de haberse sacado de encima una araña, pero no podía asegurarlo. El terror tenía paralizado sus párpados y no podía abrirlos. Se agachó hasta queda en cuclillas y desde esa posición, a gatas, avanzó hacia donde había escuchado rodar el aerosol. Apoyaba las manos horrorizada, con la fatal certeza de golpear en el próximo movimiento la mano sobre un cuerpo peludo y caliente.
Sentía que la seguían. Que las arañas estaban a centímetros de su cuerpo. El teléfono ya no sonaba. En su mente, Julián seguramente se había enojado porque ella no le contestaba y había desistido. De repente estaba enojada con él. Se aferró a ese sentimiento para arrastrarse con más velocidad por el suelo. Fue entonces que la mano rodeó una figura conocida: el aerosol.
Una triste sonrisa se dibujó en la oscuridad. Con bronca y desesperadamente vació el contenido del envase a su alrededor. Continuó apretando el mecanismo hasta que el dedo comenzó a dolerle. El aire estaba viciado. El olor impregnaba cada centímetro cuadrada del sótano. Estuvo a punto de abrir los ojos, pero el sonido de pequeños pasos en la escalera hicieron que en su lugar soltara un chillido y comenzara a llorar. Se envolvió con sus propios brazos y de a poco se fue dejando caer al suelo. El cemento frío fue un alivio. La sensación de miedo, sin embargo, lejos de remitir, se volvía una pesadilla. el teléfono comenzó a vibrar nuevamente, pero ella dejó de escucharlo.
Julián llegó pocos minutos después. Había intentando comunicarse desde el taxi, pero Victoria seguía sin contestar. Del apuro, había olvidado la llave del auto sobre el escritorio y la única solución fue uno de los coches pintados de negro y amarillo. Cuando entró a la casa, la encontró vacía. Corrió hacia la puerta que llevaba al sótano. La abrió violentamente, gritando el nombre de su mujer. El olor a insecticida lo golpeó con intensidad. Tuvo que retroceder y sacar un pañuelo del bolsillo. Uno blanco que Victoria siempre planchaba para que llevara consigo.

Tosiendo y con dificultades para respirar, bajó las escaleras. La tenue luz le devolvió un escenario espantoso. Sobre el suelo, desplomada, yacía su esposa. No necesitó acercarse para comprobar que no respiraba. En su mano sostenía un envase de mata cucarachas y arañas en aerosol. Lo habían comprado antes de la mudanza. Julián se arrodilló a su lado. Las lágrimas caían de sus ojos y se enterraban en el pañuelo que aún apretaba contra su boca. Debajo de la tela, sus dientes mordían hasta hacer sangrar los labios.
Una araña, muy pequeña, los observaba desde lo alto, sostenida por un hilo tan delgado como resistente. Antes que Julián saliera del sótano cargando a Victoria en sus brazos, la araña se había escondido en alguno de los oscuros rincones de aquel lugar.

El seleccionado de mi biblioteca

Si Sampaoli tuviera a estos jugadores de cara a lo que resta de eliminatorias, otra sería la novela.
Mirando mi biblioteca, armé este Seleccionado de Escritores. En el camino quedaron varios convocados. Dieciséis es un número caprichoso pero es el dilema de todo técnico cada fin de semana. Más cuando el plantel de mi biblioteca es tan rico.
Faltan muchas incorporaciones, pero hay que cuidar las arcas del hogar, más con la economía que nos rodea. Porque la idea es que estos jugadores formen parte de la biblioteca, no que hayan llegado en calidad de préstamo, condición por la que grandes escritores ni siquiera han estado en la pre selección.

El orden numérico no supone una preferencia. Es más bien un esquema para salir a la cancha.

En el arco, Osvaldo Soriano. Si bien, quien fuera conocido hincha de San Lorenzo, soñó con ser delantero, el puesto se lo ganó en homenaje al arquero del Notts que describiera en “Últimos días del arquero feliz” donde narra el nacimiento del tiro penal y por su admiración del libro La angustia del arquero frente al tiro penal, del austriaco Peter Handke. Soriano no solo me deslumbra con sus cuentos, sino que cada vez que me embarco en una de sus novelas me transporta casi a su lado, como un observador más de los hechos.
Abajo, línea de cuatro.
Marcando el lateral derecho, Julio Cortázar. En 1983 dijo en una entrevista “Detesto el fútbol así como me gusta el boxeo. Bueno, no es que deteste el fútbol, pero me es totalmente indiferente. Ocurre que esta afirmación, en boca de un argentino, es algo grave…”. En algún momento se declaró hincha de Banfield, barrio en el que creció. Un escritor como pocos, leerlo es un placer, es divertirse con su modo de jugar con las palabras. El cuento que más me gusta, de todos los escritores del mundo, es suyo: “Silvia”, perteneciente a “Último round”.
De dos, férreo en la marca, Roberto Arlt. Nos dejó muy joven, pero con un legado literario inapelable. Sus aguafuertes, sus novelas y sus obras de teatro son un reflejo de una época y al mismo tiempo, una crónica de hechos que superar cualquier límite temporal, que se repiten una y otra vez. Una de sus aguafuertes, publicada en 1929 se tituló “Ayer vi ganar a los argentinos” y fue una crónica del primer partido que vio, un cotejo del seleccionado argentino contra el uruguayo: “Ni un equipo de ametralladoras puede hacer más ruido que esas ochenta mil manos que aplaudían el éxito argentino. Tanta gente aplaudía tras mis orejas, que el viento desalojado por las manos zumbaba en mis mejillas”.
El otro central, un pilar de la literatura y el estudio literario, el cordobés Enrique Anderson Imbert, uno de mis preferidos. Más allá de todo lo relacionado a investigación literaria, cátedras en famosas universidades, fue un narrador excepcional, de esos que no ponen una palabra de más ni una de menos. Sus sorprendentes cuentos me fascinan y cada tanto vuelvo a “Fuga”, esa novela corta tan increíble como hipnótica.
En el otro lateral, ubico a Rodolfo Walsh, periodista y escritor comprometido si los hubo. Publicar en la época que lo hizo, con los temas que abarcó, habla de su figura. Se lo llevaron para que su voz deje de oírse, pero ignoraban que el escritor es eterno. Algo anecdótico, muy reciente: El martes 1° de marzo de 2016, en un bar de la localidad de Boulogne, el presidente de Ballester y algunos jugadores narraron un fragmento del libro “Operación Masacre”. La referencia a Rodolfo Walsh fue la excusa para presentar la nueva camiseta del equipo, que en el pecho tiene un dibujo alegórico a una famosa pintura del español Francisco de Goya, que ilustra los fusilamientos de las tropas francesas de Napoleón a los españoles sublevados por la ocupación de 1808. La pintura que fue utilizada como tapa de Operación Masacre, editado en 1957, después de que se publicara en relatos por entregas en el diario Mayoría. Paradójicamente, al club le dicen el “Canalla”.
Nos metemos en la mitad de la cancha. Eje del juego, el equilibrio entre defender y atacar. Y de cinco, pongo a un pulpo, al único escritor extranjero entre los titulares: Stephen King. Me rindo ante el nacido en Maine. Escribe más rápido de lo que leo. Cuando creo que ya me puse al día, aparecen dos libros más. Versátil, dueño de un universo que cada lector constante agradece cada vez que agarra un libro de su autoría. Versátil, más allá que algunos lo encasillen en autor de terror. Es el mediocampista perfecto, si bien lo suyo es el béisbol, del que incluso ha escrito un libro. Pero cómo supo hacer girar sus libros en torno a La Torre Oscura, seguramente sabrá maniobrar los hilos del haz que cruzan el campo de juego.
De ocho, el Negro. Roberto Fontanarrosa es fútbol por dónde se lo mire y lea. Dibujante, historietista integral, cuentista, novelista… y todo lo que ha hecho es maravilloso. Tengo todos sus libros. Con las historietas lloro de la risa, con sus narraciones también. Un grande con todas las letras. El rosarino, fanático de Central, autor del “El Hincha”, ese símbolo canalla que dejó al club como legado poco antes de su muerte. Si hay fútbol, el Negro no puede faltar.
En la otra banda, parado como un diez de los de antes, un escritor que a base de enigmas, ingenio, imaginación, y una escritura que me deleita, se ha convertido en uno de mis favoritos: Pablo De Santis. Desde sus primeros guiones en la Fierro (ilustrados por Max Cachimba) a sus cuentos y novelas. De los pocos escritores que hacen del lenguaje, un protagonista más en sus argumentos. Está ahí para inventar el juego, y de eso, sabe una bocha.
Arriba, delantera con dos extremos y un nueve.
Por la banda derecha, otro experto en la materia. Eduardo Sacheri. El profesor de historia cuyos cuentos empezaron a hacerse objeto de culto a través de la voz de Alejandro Apo. Si Fontanarrosa te hace reír, Sacheri te extruja los sentimientos hasta hacerte lagrimear, porque explora en lo más profundo del alma y la pasión. El fútbol es su excusa principal para tal fin, escenario en muchos de sus cuentos y también novelas. “Me van a tener que disculpar” es un monumento al Diego, relato al que adhiero palabra por palabras. El hincha de Independiente se ha ganado su lugar, porque escribe y transmite sentimientos como pocos.
En la izquierda, aparece Samanta Schweblin, la gran apuesta del equipo, una de las más recientes apariciones en la literatura argentina. Es una escritora que lejos de caer en los lugares comunes, se aleja totalmente de los mismos, metiéndose en terrenos escabrosos, hurgando en la miseria humana, dejando al descubierto las telarañas de los rincones. Sus libros de cuentos y su hasta ahora única novela, “Distancia de rescate”, la ubicaron en el once titular. Así de avasallante.
Y de nueve y capitán del equipo, con olfato goleador, otro Negro. Alejandro Dolina. Otro polifacético en el equipo, que como escritor ha construido las gemas “El angel gris” y “Cartas marcadas”, entre otros libros, donde el barrio, lo imposible y lo poético no solo conviven, sino que se conjugan para envolvernos en su magia y obligarnos a retornar una y otra vez. Además, el hincha de Boca, es dueño de una de las frases jamás escritas sobre el fútbol: “Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables”. Todavía recuerdo, cuando de pibe, lo veía en la tele armando picaditos en el estudio con los invitados. Otro que lleva el fútbol en las venas.

Ojo, que el banco es de lujo.
Arquero suplente, James Ellroy. El californiano sale con los puños a todos los centros y no se achica en ninguna. Crudo, directo, malhablado. Sus libros escupen furia y realidad. Infaltable.
Esperando su turno, otro nacido en el país del norte, un escritor y visionario de lo fantástico y la ciencia ficción: Ray Bradbury. Alguien que consideró a la biblioteca como la verdadera escuela. El conocimiento, la magia, en los libros. ¿Con esa idea, cómo no estar en la selección?
Otra apuesta, aguardando su momento de salir a jugar. Federico Axat, un joven escritor argentino, otro fanático de King, pero que se ha hecho un nombre propio. ¿Todavía no leyeron “Benjamín”, “El pantano de las mariposas” o “La última salida? ¡Vamos, qué esperan!
Reforzando el mediocampo, un ruso. Isaac Asimov. Porque el fútbol también es una ciencia y no solo de ficción. De mis favoritos, acompañándome en la infancia con sus relatos futurísticos. El también profesor de bioquímica, siempre preparado para la acción.
Y como delantero de reserva, un aventurero: el paraguayo Robin Wood. Un guionista de historietas excepcional, creador de decenas de personajes, entre ellos Nippur que este año cumple cincuenta años de existencia. Dueño de una vida tan asombrosa como sus historietas, le ganó la pulseada a otros guionistas de mi biblioteca y obtuvo su lugar.

No ha sido fácil, más con una biblioteca tan amplia. En el camino quedaron Kafka, Rice, Oesterheld, Dick, Trillo, Verne, Baert, Gorostiza, todos autores que me fascinan. Pero de algunos tengo pocos libros y otros he tenido que relegar con dolor. Cómo decía antes, hay autores que también me gustan, pero he tenido la oportunidad de leerlos de “prestado” y no cuentan para este seleccionado. Porque esta selección es local, en base a mis libros.
Seguramente algunos discreparán de algunos autores, pedirán la inclusión de otros, que salga un titular y entre un suplente… pero el fútbol es así, nunca estamos conformes, es como la vida misma. En cambio, los libros nos llenan. Nos enriquecen. Cada uno siempre tendrá su lugar en nuestro corazón. No cambiaríamos a ninguno por nada del mundo. No a los libros que amamos, a los autores que tanto nos dieron y nos dan. Porque, estén o no físicamente en este mundo, nos legan su obra, nos brindan lo más hermoso de todo, las letras, la imaginación, la realidad transformada en literatura.

Debería definir el escudo, la camiseta, la bandera de la selección. Imagino páginas escritas, tapas de libros, tinta, viejas máquinas de escribir, teclados de computadoras.
Entre las certezas, se que con esta selección, levanto la Copa del Mundo, como lo hizo Diego en el ’86. Aunque Maradona escribió con las piernas y ese mérito, me van a disculpar (escribiría Sacheri), no se lo quita nadie.

¿Y vos… ya tenés en mente la selección de tu biblioteca?

Corre alto

Tenía diez años cuando vi por última vez al abuelo. De todos mis hermanos, solo pidió por mí. Los demás quedaron en aquel pasillo con olor a desinfectante. Incluso hizo salir de la habitación a mis padres. Al entrar lo vi con la mirada perdida en el techo y el cuerpo vencido por la enfermedad y el tiempo. Lo cubría apenas una sábana, que le dejaba ver una pierna con la piel enrojecida y arrugada. Cuando a mis espaldas mi mamá cerró la puerta, el abuelo desvió su vista hacia mí. Sus ojos recuperaron un brillo de cordura y sus labios me llamaron para que me aproximara sin miedo.
Podía ver en su rostro que ya era su hora, que para ese hombre no había esperanza. Los rezos de mis hermanos, de mis padres y parientes, de poco servirían. El abuelo agonizaba. Me sorprendió cuando su brazo se separó de la cama y como una serpiente atenazó el mío, acercándome aún más. Cualquiera hubiese dicho, de haberlo visto, que era el rostro de un demente. Jamás lo creía así. El horror que sentía podía respirarse.
Su voz, cascada por el cigarrillo y débil por la presencia de la muerte en la misma habitación, me quedó grabada con cincel en mi mente con sus últimas palabras.
– Cuando veas el fuego, escóndete. Cuando veas el agua, corre alto.
Me volvió a mirar con firmeza, buscando algún signo en mí que delatara mi comprensión hacia sus palabras. Pero creo que lo que se llevó al más allá, fue mi rostro asustado, al borde del llanto. Por supuesto, no comprendí lo que dijo. Pero jamás lo compartí con nadie. Ni siquiera con mi mujer y mis hijos. Creí que era el desvarío de un viejo perdido en sus últimas ensoñaciones en vida, que la sola mención a esa imagen tiraría por borda los muchos recuerdos hermosos que todos guardábamos de él. El abuelo, ese viejo lindo de graciosa sonrisa y espíritu aventurero, al que a veces veíamos partir y no volver por meses, y luego, un día, cruzaba nuestro patio delantero con un sinfín de regalos para cada uno de nosotros. No, no podía ensuciar esa imagen. El abuelo se había ido diciéndome tan solo “crece y sé una buena persona”, porque esas son las palabras que un moribundo debe decir, la que todo sobreviviente desea escuchar. Esas y ninguna otra,
Cuarenta años más tarde, aquellas palabras cobraron otro significado. Pero antes es importante saber que ya adulto, casado y con – por entonces – un hijo, me moví con la familia a la patagonia. Lejos del infierno de la ciudad, de la falta de trabajo, de la escasez de oportunidades. A ciegas, acepté un trabajo en un pueblo afincado en el sur, a medio camino de la cordillera y a la misma distancia del mar argentino. Un lugar sin lujos, pero dónde no nos faltaba nada para crecer y ser buenas personas.
Y allí nacieron mis otros dos hijos, allí trabajamos todos. También allí enterré a mi esposa. Y vi partir con el tiempo a mis hijos, ante mi enojo e impotencia, porque querían retornar de dónde yo había escapado. Los dejé ir, porque cada uno es dueño de su destino, nadie puede saber que le depara. O al menos, eso creía en esos tiempos.
Hoy ya no lo creo. Porque mi abuelo tenía razón y sabía muy bien lo que se avecinaba. Por eso me eligió entre todos mis hermanos. Porque sabía dónde me iba a llevar la vida. Aunque por entonces me sentía solo y aturdido, de largas noches en el único bar del pueblo, sentado esperando quizá a la muerte, supe distinguir la llegada del fuego.
En la patagonia cruda, en esos parajes a la buena de Dios, las noticias llegan pero nadie les da importancia. Las noticias no traen soluciones a los confines del mundo. Hablan de personas y situaciones tan ajenas como los recursos naturales que se llevan con el trabajo de los trabajadores locales.
Mientras me acodaba noche a noche en la barra del bar, el mundo ardía en llamas, literalmente. Las naciones se habían levantado en armas entre sí. No peleaban por el petróleo, ni por dólares, euros o todo el puto oro del planeta. Ni siquiera por el recurso del agua dulce. Luchaban por sobrevivir, por ganar las tierras que no serían arrasadas por la subida del nivel del mar.
Fue una noticia en la radio, sobre el desembarco de tropas chinas en las costas patagónicas lo que me movilizó. Tuve que ponerme cerca de la radio para esperar que repitieran la noticia, para poder creer lo que estaba escuchando. No tardaron en hacerlo. Hablaron toda la noche del tema. En el bar la mayoría se había ido. Quedábamos Gavilán, el dueño, y yo. Me apuraba para que me fuera y le dije – porque en casa no tenía radio – que me siguiera sirviendo, que mi dinero valía.
Me fui antes del amanecer, un poco a los tumbos, por tanto vino en el cuerpo, pero totalmente despierto y alerta, En casa preparé un bolso ligero, provisiones y seguí el consejo formulado por un moribundo cuarenta años antes. Huí hasta los bosques, donde conocía cuevas y refugios. Llevaba cuchillos para cazar. No sabía el tiempo que demoraría el fuego en llegar y propagarse.
La noche siguiente escuché las primeras explosiones y el cielo nocturno se convirtió en un paisaje extraño, de luces en forma de ráfagas que iban y venían. Me oculté durante días que se convirtieron en semanas y meses. Fui cambiando de escondite en la medida que veía soldados chinos ganar terreno y extender las bases.
Había visto el fuego. Solo faltaba el agua. Esperé una lluvia copiosa e interminable. Esperé una tormenta como ninguna otra. Pero jamás esperé lo que finalmente ocurrió, lo que mi abuelo sabía, era mi destino.
Fue un amanecer. Mi escondite en ese momento era sobre una ladera, en una cueva natural, de apenas cuatro metros de profundidad. Escuché a la tierra moverse, como si una gran fuerza se arrastrara con ella. Instintivamente tomé el bolso, las provisiones que siempre tenía preparadas ante la posibilidad de huir de repente y comencé a subir la montaña. En la medida que lo hacía, atiné a mirar hacia el este. Mis ojos no dieron crédito a lo que veían. El árido paisaje, solitario, desesperante, de la patagonia, había desaparecido bajo un manto de agua embravecida que avanzaba arrastrando consigo todo lo que hombre y la naturaleza habían concebido durante siglos.
Recordé las últimas palabras de mi abuelo, en aquel lecho de muerte, cuarenta años atrás. Corre alto, había dicho. Y supe, solo entonces, que él me había visto en esa situación, de alguna manera, esos ojos extraviados oteando el techo de aquel hospital, no hacían otra cosa que suplicar a un Dios eterno que protegiera a ese hombre en el que había reconocido a su nieto, en un tiempo y lugar que le eran desconocidos. Corre alto había dicho y yo, como nunca, corrí.
Escalé la montaña, tropezando, cayendo, lastimándome, pero siempre poniéndome de pie para dar el siguiente paso, sin mirar atrás. Solo cuando me supe seguro, a una altura considerable, donde el frío hacía mella en el cuerpo, me abracé a la esperanza de vivir.
Solitario en la montaña, miro cada día hacia abajo y solo observo un extenso mar que todo lo abarca. El mundo se ha movido, de una manera impensada. A veces pienso en mis hijos, en sus destinos, pero a diferencia de mi abuelo, no veo nada. También pienso en la tumba de mi mujer, ahora en el fondo de un mar nuevo e inesperado.
Cada tanto surcan el cielo veloces aviones, pero evito ser visto. He acogido a la montaña como mi tierra, mi nuevo pago. Y aquí viviré el resto de mis días. Tan ajeno al mundo, como el mundo lo está de mí. A veces triste, otras resignado, solo recuerdo del hombre a medida que pasa el tiempo, las palabras de mi abuelo, esas que me prevenían del fuego y del agua.
La muerte llegará en algún momento y lamento, si he de tener una revelación, no poder compartirla con nadie. Aunque prefiero la soledad, que la compañía incierta de quiénes aún sobrevivan en este planeta a la defensiva, que tan solo pretende recuperar lo que ha perdido en manos de sus temporales ocupantes.
Solo habrá un ganador.
Solo es cuestión de tiempo.

Estela

Ella lo dijo clarito: “Son estupideces Rubén”. Y se marchó, no sin antes arrebatar la puerta contra el marco, haciendo temblar las porcelanas que adornaban el viejo aparador.
Rubén quedó de pie en la sala, observando el espacio ahora vacío, donde antes había estado parada ella. ¿Pero cuando se había ido Estela? ¿Hacía unos segundos o varios años atrás?
Porque Estela llevaba varios otoños muerta. Sin embargo, parado en aquel lugar, Estela parecía marcharse a cada instante.
Cuando la veía, estaba como entonces, con su melena abundante, las manos arregladas y el cuerpo exultante. Él, en cambio, no tenía necesidad de mirarse al espejo para saber cuánto había cambiado. Las arrugas, los anteojos, el cabello gris. Probablemente Estela no lo reconociera de verlo. O si, porque vería el mismo semblante débil, dubitativo, de persona sin carácter, de esos tipos que van por la pida mordiéndose la lengua y asintiendo con la cabeza gacha, Porque así era él, y ni siquiera Estela, huracán en movimiento, había podido cambiarlo.
Y si alguien debía quedarse callado, de todas las personas del mundo, era él. Pero no, él que a todos le callaba la verdad, a ella tuvo que decírselo. Son estupideces Rubén, le había dicho, para luego irse y ya nunca volver.
Verlo a Rubén detrás del mostrador era certificar que el mundo seguía girando. En silencio, pulcramente vestido, recibía las boletas de los impuestos, las escaneaba con el lector de códigos de barra, sumaba el total, lo anunciaba y recibía el dinero. Lo contaba, buscaba el vuelto y lo daba, junto a la boleta con el ticket de pago. Cada día desde temprano, allí estaba. Y sin embargo, era solo un rostro conocido. Nadie lo llamaba por el nombre, ni siquiera sus compañeros de trabajo.
Al mediodía volvía a su casa a pie, pasaba por el supermercado, compraba algún producto congelado que luego, tras pasarlo por el microondas, comía lentamente en la mesa de la cocina, sentado en la única silla que tenía. A veces encendía el televisor, a veces no. Cuando lo hacía, no tenía idea de lo que miraba. Dormía una siesta y se levantaba a tiempo para volver al trabajo, al turno de la tarde.
Las noches, desde que tenía memoria, eran un canto a la melancolía. Sentado en el sillón, con una taza de té en la mano, contemplaba la oscuridad y las pocas estrellas que desde allí podía ver. La mayoría de las veces, no tocaba el té. Y cuando lo hacía, ya estaba frío.
Extrañaba a Estela. Vaya que lo hacía. Al menos con ella, la vida tenía otro color. Era todo lo que él no era. Todo lo opuesto. Pero ella se había ido, había muerto aquel otoño. Se había marchado con el mismo ímpetu que había llegado una noche de verano. Vaya verano… si hasta podía sentir el calor que empapaba su cuerpo, las ganas desenfrenadas de huir a un lugar fresco, lejos de todo. Pero entonces, llegó Estela y cambió todo.
De la nada, golpeó esa misma puerta que tiempo después lanzaría contra el marco en el último adiós. Entró sin pedir permiso, como si conociera a Rubén de toda la vida. Y quizá, así era. Pero Rubén no lo sabía o si lo sabía, lo mantenía a raya en alguna parte de su mente. Llegó con una valija repleta de ropa y cosméticos. Arrojó todo sobre la cama de Rubén. Buscó un conjunto rojo y se cambió ahí mismo. Se arregló el cabello, se maquilló, se miró al espejo y salió a la noche, sin necesidad de invitación.
Así era Estela. Cuando él estaba en el trabajo, extrañaba su presencia. Anhelaba el olor de su piel, el perfume que llevaba encima, las ondulaciones de su cabello. Aguardaba con ansiedad la hora de salida. Prácticamente trotaba en el camino de regreso. Ni se preocupaba por detenerse en el supermercado, lo único que quería era volver a su casa y a Estela. Y entonces, allí, la contemplaba. Deslumbrante, maravillosa, la miraba delante de un espejo. Su cuerpo irradiaba pasión, fuerza, desenfreno. Demasiada mujer para alguien como él. Pero ahí estaba ella. Preparada para salir y divertirse.
Durante muchos años, Estela fue su norte. Su motivo de respirar, de existir, de levantarse a diario y salir al trabajo. Volver y encontrarse con ella. Hasta que comenzaron las habladurías. Hasta que la gente comenzó a irse de lengua. Para él fue muy doloroso, Tuvo que confrontarla. Sucedió aquella noche de otoño. Le dijo lo que hablaban a espaldas de ambos. Y ella fue tajante: “Son estupideces Rubén”. Y se fue. No tuvo el coraje de ir tras de ella. Ni esa noche ni nunca más. La valija quedó en la habitación, debajo de la cama. Y ahí permanece. Por más que a veces tiene el impulso de correr a buscar la maleta, se detiene a tiempo y recuerda que Estela está muerta.
Con el tiempo, la gente dejó de hablar. Los años pasaron y Rubén se transformó en el hombre silencioso de siempre. En su casa, en la soledad de cada día, la llora. Y al pensar en ella, sabe que su vida ha dejado hace tiempo de tener sentido. Porque él la mató al dejarla ir, él la mató al confrontarla Y Estela ya no volverá, más allá de cuánto la necesita. Porque solo cuando Rubén era Estela, su vida tenía algo de sentido. Sin ella, es solo un autómata moderno, extinguiéndose de a poco en la línea de tiempo de la existencia.
A veces la valija lo llama. Pero él hace oídos sordos. Estela es solo un recuerdo y no volverá jamás. La personalidad que sobrevivió es el verdadero fantasma.

Lo simple de la felicidad

Alina vivía en una ciudad muy grande, que tenía cientos de edificios tan altos que parecían tocar el cielo y calles ruidosas repletas de autos que tocaban bocina y andaban muy rápido y colectivos cargados de personas que viajaban apretadas como sardinas en una lata.
Cada vez que salía, escuchaba de su madre:
– ¡Alina, ojo el auto!
– ¡Alina, el colectivo!
– ¡Alina, la moto!
En el pequeño departamento en el que vivía, su única compañía era un viejo reloj cucú que marcaba las horas con un pajarito que aparecía por una puertita, decía “cu cú” y volvía a esconderse. Siempre estaba aburrida.
Por eso, cuando su abuela Carlota la llamó por teléfono y le dijo de pasar las vacaciones de invierno con ella, en un pueblito cerca del campo, Alina gritó de felicidad.
Su madre la mandó en taxi, sola. El taxista se ocupó de bajarle las valijas delante de la casa de la abuela y tocó bocina al irse. Alina subió a los saltos unas escaleras de madera y dio tres golpecitos a la puerta. Dentro el interior le respondió un canario, con un canto muy bello. Y de inmediato, la abuela abrió la puerta, dijo ¡Alina, qué grande que estás! y le dio un gran abrazo.
Le preparó una rica merienda y le presentó a sus tres gatos:
– Mono, Tito y Flor
Y a sus tres perros:
– Rambo, Rumba y Bambú
Entre ladridos y maullidos, Alina salió a jugar al patio. Era enorme y lleno de verde. Pero además del césped, que en la ciudad solo podía ver en las plazas, había mucho color: árboles, frutales, flores y mucho sol. En las ramas trinaban los pájaros y entre las plantas, saltaban los grillos.
Un silbato la sobresaltó a sus espaldas. Un niño de su misma edad reía con ganas.
– Vaya, te asusté – le dijo, mostrando en sus manos un silbato de fútbol – Soy Marcos y vivo acá al lado.
Alina y Marcos no tardaron en hacerse amigos. Lo bueno de Marcos, era que sabía jugar a todo y tocaba el acordeón. Su padre tenía un campo y cada mañana visitaban a las vacas.
– ¿Y eso? – preguntó asombrada Alina.
– Un cuí – dijo Marcos y trató de atraparlo para ella.
Se acercó tanto al pastizal que no vio una víbora arrastrándose hacia él. ¡Pero Alina sí!
– ¡Ahhhhhhhhhh! – chilló de miedo y Marcos, al darse cuenta, salió corriendo.
Por las dudas, no persiguieron más cuises.
Cuando no estaba con él, se divertía con su abuela, que mientras tejía, tarareaba viejas canciones que ella no conocía. Lo único que le molestaba, eran los mosquitos. Trataba de aplastarlos, pero solo parecía que estaba aplaudiendo.
El día que su madre envió el taxi a buscarla, escuchar el sonido de la bocina al llegar fue una mala noticia. No quería llorar delante de Marcos y su abuela, pero un par de lágrimas se le escaparon.
– ¿Vas a volver en verano? – preguntó el niño.
Su abuela contestó por ella.
– ¡Claro que va a volver!
Esa certeza fue suficiente para que viajara feliz.
Alina está otra vez en la ciudad repleta de ruidos y peligros, pero ya no se aburre ni se siente sola. Recuerda todo lo lindo que hizo en la casa de su abuela con ella y su nuevo amigo y espera contenta que las próximas vacaciones lleguen pronto. En la triste ciudad, una niña atesora el secreto de la felicidad.

Amapola gris

Arquímedes VI se acercó al dispenser de información situado cerca de los contenedores virtuales de divisas y apoyó la palma de su mano sobre la superficie transparente. Unos haces de luz azul recorrieron el contorno de la mano y finalmente validaron a la persona, iluminando la pantalla de color verde.
Necesitaba los registros de los últimos dos meses sobre publicaciones digitales que hicieran mención de la amapola gris, la nueva droga sintética que se distribuía en los barrios suspendidos sobre el océano Atlántico. Emitió mentalmente la orden y la secuencia de comandos se transmitió hacia el dispenser, que medio segundo después respondió descargando lo solicitado sobre la palma.
Arquímedes cerró los ojos y procesó rápidamente la información. Consideró suficiente lo que tenía. Retiró la mano y mientras lo hacía, revisó su cuenta. Esta vez no había gastado demasiado, sin dudas porque había acotado la búsqueda. La vez anterior, olvidó definir un parámetro de tiempo y el costo de la operatoria significó casi una jornada de trabajo.
Casi por costumbre miró antes de lanzarse a la senda de marcha. Había muy pocas personas transitando y salvo algunos roboides, tampoco demasiadas máquinas. La tragedia aún podía respirarse en el aire. No hacía setenta horas de la explosión en el escudo solar norte y el miedo por otro atentado mantenía a todos dentro de sus hogares. En las sendas aéreas se veían voladores de gran porte, muchos de empresas de mudanza: la gente se estaba reubicando, tratando de escapar del terrorismo.
Mientras caminaba, analizó la información. Se detuvo solo un momento para comprar una barra de chocolate a un puesto ambulante. Con bronca comprobó que el envoltorio no era de papel de degradado inmediato. No podía concebir que todavía estuvieran en el mercado productos sin ese sistema. Comió igual el chocolate, dado que no había ingerido nada en las últimas veinte horas. Retomó el ritmo para llegar a su oficina antes del apagón. Recordó que debía llamar a Rusa y activó sensorialmente el contacto. La voz de Rusa le hizo cosquillas en la cabeza. Sonrió. Siempre estaba de buen humor y eso lo contagiaba. Conversaron todo el trayecto. Le gustaba ese diálogo silencioso que tenía solo lugar en la mente, dejando la boca cerrada para cosas más importantes o simplemente, quieta, en su lugar.
Ya estaba dentro de su oficina cuando el apagón inundó la ciudad. Esa noche sería de ocho horas. Se necesitaba de toda la energía externa posible para poder reparar el daño ocasionado por los terroristas. El reflejo de los reparantes que despegaban se colaba por las ventanas. Los enormes colosos de cristal y aluminio eran impulsados hasta el escudo solar, situado a diez mil metros de altura. Nadie los tripulaba, eran dirigidos desde una central, ubicada dentro del palacio de gobierno. Arquímedes podría haber estado allí, pero no era de su agrado socializar. Si lo necesitaban para algo, le harían una sensollamada. Si no, lo dejarían en paz. Y a esto último apostaba.
La oficina era espaciosa. Ningún mueble obstaculizaba el paso. Prefería que estuvieran bajo la superficie y activarlos si eran necesarios. Para ese momento, quería un diván, Cerró los ojos, graficó el diván y el mecanismo del falso piso de cerámico se deslizó hacia un lado, permitiendo la elevación de su hermoso diván de cuero original. Todo un lujo, el único que se permitía.
Se dejó caer y con placer sintió su cuerpo chocar contra el cuero. Necesitaba descansar. Desde la explosión que apenas si había dormitado de forma salteada, preocupado por la posible propagación de la amapola gris aprovechando que las fuerzas de seguridad se volcaban a la investigación masivo de los actos terroristas. Pero si no desactivaba el dispositivo de control central, no iba a tener suerte.
Buscó con la mano derecha en su muñeca izquierda y presionó con suavidad justo debajo del comienzo de la mano. Percibió cada una de las teclas incrustadas debajo de la piel y digitó el código de desarmado. Una especie de electricidad recorrió su cuerpo. Ahora sí, podría dormir. Era uno más, un simple viviente. Si quería hablar, debía abrir la boca. Si quería llamar a alguien, debía usar el teleauricular. Si necesitaba adquirir información, debía leer o escuchar. Pero nada de eso lo molestaba. Su único terror era dormir y ser presa fácil de un sueño. Porque en ellos, nada le era verosímil ni seguro.
En un sueño nada de lo que sabía tenía utilidad. Si caía, no podía vencer a la gravedad, si enfermaba, no podía tomar un remedio. Si alguien quería matarlo, no era posible evitarlo. Si, era verdad, luego despertaba. Agitado y confundido, pero despertaba. Pero en tanto, durante el sueño, eso malo que sucedía, nada podía impedirlo. ¿Y si no podía despertar? ¿Si quedaba atrapado en ese mundo sin reglas ni lógicas? Solo pensarlo le daba escalofríos. No tener el control de la realidad le resultaba desesperante. Al menos, de la suya.
Estaba prácticamente dormido cuando la explosión tornó todo de rojo. Más que rojo, un carmesí tan sofocante como estremecedor. El temblor bajo sus pies, única parte de su cuerpo que tocaba el suelo, hizo que le vibrara hasta el cabello. Abrió los ojos y observó el color por la ventana. Caían fragmentos de objetos, todos con un destello de fuego como cola. Parecían caer en cámara lenta, como si el tiempo estuviera deteniéndose segundo a segundo. Instintivamente llevó su mano derecha a la muñeca del brazo izquierdo. Debía activar el control central. Palpó con cuidado y a pesar de no estar nervioso, solo apurado, no encontró el teclado subcutáneo.
Volvió a buscarlo, ahora detenidamente y su preocupación se acrecentó. No estaba. Ahora los fragmentos caían a mayor velocidad y número superior. Se acercó a la ventana y miró hacia las alturas. El firmamento parecía estar desmoronándose. ¿Otro ataque terrorista? El suelo que pisaba se movió. Primero una sacudida, luego otra. El cerámico bajo sus pies comenzó a resquebrajarse. Arquímedes trató en vano de accionar el control central. Corrió hacia la puerta. Si el edificio se estaba desmoronando, debía bajar. Estiró la mano hacia el picaporte y el suelo desapareció. Comenzó a caer y alrededor suyo caía la puerta, los cerámicos del piso, fragmentos de vidrio, incluso el diván, unos metros más allá, entre restos de mampostería y aluminio. Se dio cuenta que estaba gritando porque la garganta le latía de dolor. Pensó que unos segundos más y se estrellaría contra el montículo de escombros que se estaría acumulando más abajo. Pero seguía cayendo. Giró la cabeza y vio que ahora lo envolvían fragmentos del color que antes había divisado por la ventana. Todo era rojo. Ya no veía el diván, la puerta, los vidrios. Caía mirando hacia el cielo, que se alejaba más y más. Y el cielo estaba rojo. Al voltear la mirada hacia dónde caía, solo encontró una oscuridad de ese mismo color. Infinita y profunda oscuridad del color de la sangre.
Gritó.
Tan fuerte que su madre corrió a su lado y estaba allí cuando él despertó, transpirado en su totalidad. Ella sostenía su mano y le acariciaba la frente. La luz estaba encendida y aún así significaba un gran esfuerzo comprender que el blanco que lo rodeaba, era el color de las paredes de su habitación. Le palpitaba la muñeca del brazo izquierdo. Estaba arañada, como si se hubiese rascado con rabia, y sangraba profusamente.
– ¿Otra vez la pesadilla esa en la que viajás al futuro? – preguntó su madre, luego que él recuperó un ritmo normal en la respiración y se hubiera bebido un vaso de agua.
El joven asintió con la cabeza.
– Dijo el doctor que anotaras todo lo que pudieras, antes que te olvidara – le recordó.
No era necesario anotar nada en ese momento. Podía recordar cada detalle de ese sueño. Aunque de todos modos, debería hacerlo más adelante. Era la única manera que tenía de transmitirle a su doctor lo que había soñado.
Su madre lo miró a los ojos.
– Voy hasta el baño a buscar vendas para tu muñeca. Haz sonar el pulsador si me necesitas.
Arquímedes movió la cabeza afirmativamente en respuesta a lo que los labios de su madre le habían dicho. Sordo y mudo, esos labios lo eran todo.
Cerró los ojos y evocó las imágenes de su sueño, que siempre se tornaba pesadilla. Un mundo tan fantástico, que se desmoronaba de una manera tan atroz. Lo acechaba un aterrador deseo de vivir de nuevo esa visión, lo antes posible. La parte en la que podía hacer todo con la mente era suficiente motivo para correr el riesgo. Sin embargo, el otro lado del sueño era lo que quería evitar. Porque cuando tenía el otro sueño, se veía a sí mismo, en la cúpula del escudo solar, plantando los explosivos nucleares que lo destrozarían todo. El boicot de su sueños, en sus propias manos. Y no podía evitarlo. Cómo tampoco podía torcer su condición. Un par de lágrimas recorrieron su rostro. Una mano suave y paciente las barrió con dulzura. Abrió los ojos. A su lado estaba su madre, con esos labios que lo eran todo. Lo abrazó con cariño y el se dejó estar. Allí estaba seguro, a salvo de todo, lejos de aquel rojo carmesí. De ese mundo que se caía a pedazos. De ese mundo que él mismo destrozaba cada noche.
– Sigue durmiendo – le dijo su madre luego de curarle la muñeca y darle un beso en la mejilla.
– Gracias Amapola – quiso decirle Arquímedes, pero sus labios apenas si se contrajeron. A cambio, le regaló una sonrisa.

La puerta mágica

El sonido del timbre debe ser el más lindo de todos en la escuela. Señala los recreos y también la hora de volver a casa. Cuando esa tarde el timbre sonó, Alexis y Tobías salieron con sus mochilas en dirección a la esquina.
– ¿Estás seguro que viste eso? – preguntó Alexis
– ¡Claro que sí! – respondió con fastidio su amigo – Es una puerta mágica, está en el patio de mi vecino. Anoche la vi brillar en la oscuridad desde la ventana de mi habitación. Pensé que era una alucinación, pero entonces la puerta se abrió y…
Un silbido agudo y fuerte los sobresaltó. Era Tito, un año más chico que ellos.
– ¡Eh amigos, qué hacen! – dijo al tiempo que sacaba caramelos de menta del bolsillo y le regalaba uno a cada uno.
– No me gustan de menta – avisó Alexis, rechazando el caramelo.
– “No me gustan de menta” – repitió en torno burlón Tito, que luego sacó un caramelo de chocolate y se lo cambió por el otro – Acá tenés de chocolate.
– Gracias – dijo Alexis, aceptando ahora si el caramelo – Escuchá lo que cuenta Tobías: dice que en la casa del vecino, hay una puerta mágica.
– En el patio de la casa del vecino – corrigió Tobías.
– ¿Y qué hace? ¿Lanza hechizos, regala algo? – preguntó curioso Tito.
– No sé, la vi anoche. Pero es imposible llegar. Hay un tapial enorme y un perro que se la pasa ladrando.
– ¿Qué viste salir de la puerta? – preguntó Alexis.
– ¿Viste salir algo de la puerta? – Tito estaba sorprendido con esa posibilidad.
– Si – contestó Tobías – Un conejo verde, de casi dos metros de altura.
– ¡Nooooooo! ¿En serio? – preguntaron al mismo tiempo los chicos.
La bocina de un auto los hizo mirar hacia la calle. Siempre distraída, María no había visto que el semáforo estaba en rojo. Por suerte para ella, el conductor había estado atento.
– Tenés que prestar más atención – le dijo Alexis – Si le cuento a papá que…
– Vos te callás la boca – le ordenó María a su hermano – ¿Qué hacen acá, tienen algún plan para más tarde?
Los chicos se miraron entre sí, pero no dijeron nada. ¡Claro que tenían un plan, irían a averiguar si existía esa puerta mágica! Pero no querían que María se sumara.
Caminaron en grupo, pero no volvieron a tocar ese tema. Era un “secreto” entre varones. Cuando los hermanos llegaron a su casa, los otros dos amigos le hicieron una seña a Alexis, que entendió perfectamente: lo esperaban más tarde en lo de Tobías. María también se dio cuenta de eso, pero se hizo la desentendida.
Cuando el reloj cucú que su padre tenía en la sala marcó las seis, Alexis dijo que iba a jugar con sus amigos. Sin perder tiempo, María esperó que la puerta se cerrara y luego, salió tras él, aunque manteniendo distancia para que no la viera. La casa de Tobías estaba a solo dos cuadras. Escuchó a su hermano golpear dos veces la puerta. Tobías y Tito salieron a recibirlo y en lugar de entrar, fueron al patio, por el costado de la casa. María se acercó para ver que hacían. Los encontró mirando el tapial que separaba la casa con la del vecino. Los chicos discutían entre sí.
– ¡Sin escalera no llegamos!
– Mi papá guarda la escalera bajo llave. Tenemos que conseguir otra.
– ¿De dónde?
Detrás de ellos se escuchó un carraspeó fuerte.
– ¿Y si usan un poco la cabeza? – dijo María, apareciendo por sorpresa.
– ¿Qué hacés acá? ¡Nos seguiste! – gritó su hermano.
– Y por lo que veo, llegué para solucionarles un problema. En lugar de estar discutiendo, hay que buscar una solución en equipo. Entiendo que quieren pasar por encima de ese tapial. Si no hay escalera, cooperando entre los cuatro podemos lograr que al menos uno de nosotros pueda llegar hasta arriba y saltar al otro lado.
– ¿Y después cómo volvemos a trepar desde el otro lado? Una escalera la podemos pasar por encima…
La niña le hizo “coquito” en la cabeza, aunque no muy fuerte.
– ¡Pensando, tontito! Podemos hacer una especie de soga, uniendo las tres remeras de ustedes. La sujetamos fuerte desde este acá y el que pase al otro lado, luego se trepa por ahí.
Los chicos se miraron entre sí. ¡Así de simple! No perdieron tiempo. Tito era el más liviano, por lo tanto, sería el que pasaría al otro lado. Alexis se ubicó abajo. Sobre sus hombros se paró Tobías. Sobre los suyos, María. Tito fue trepando con la ayuda de los demás y llegó hasta lo más alto. Pero al asomarse… ¡el perro del vecino se puso a ladrar!
La columna se desestabilizó y todos cayeron al suelo. Cuando vieron que nadie se había lastimado, comenzaron a reír.
– Tenemos que intentarlo de nuevo – dijo Alexis.
– Pero antes debemos conseguir algo para distraer al perro – sugirió María.
Tobías salió corriendo hacia el interior de su casa. Volvió al instante (la puerta se golpeó con fuerza a sus espaldas) trayendo una bolsa de galletitas.
– ¡Podemos darle algunas al perro! – dijo.
Los demás aplaudieron la idea y otra vez pusieron en marcha el plan de la “torre humana”. Esta vez Tito subió con masitas en la mano. Cuando el perro empezó a ladrar, le arrojó algunas. El perro movió la cola y se las devoró. Tito volvió a lanzarle otras. Para entonces el peludo “cuatro patas” bailaba de la alegría. Tito se animó a bajar. Cuando el canino se acercó, le dio más galletitas, esta vez en la boca.
– ¿Estás bien, Tito? – preguntó María desde el otro lado del tapial.
– ¡Si! Este perro es más bueno que una tortuga dormida. Voy a investigar la puerta – les gritó – Ustedes vayan preparando la soga de remeras.
Tito se puso a investigar el patio, en compañía del perro, que no dejaba de mover la cola. Miró detrás de unos arbustos, y nada. Detrás de una higuera, y tampoco. Estaba a punto de revisar cerca de un árbol de naranjas cuando escuchó un silbato que casi le perfora los oídos.
Un hombre lo observaba desde una ventana. Vestía un largo traje azul y llevaba una larga barba blanca. Tito se quedó inmóvil. Pensó que tendría tiempo de correr hasta el tapial pero entonces, el hombre desapareció de la ventana y apareció, como por arte de magia y tras una explosión de colores, delante de él.
Tito quedó con la boca abierta.
– ¿E… e… eres mago? – balbuceó.
– El mejor – contestó el hombre de barba blanca con una sonrisa en la boca – ¿Me puedes decir que buscas en mi patio?
– Una… una puerta mágica. Tobías… mi amigo… la vio desde su casa, acá al lado. Pero ya me iba, no queríamos molestarlo – Tito veía que la soga de remera colgaba en el tapial – así que si me lo permite, ya me voy.
El mago se puso a reír. Hizo un movimiento con las manos y un sonido como de abejas revoloteando dio paso a otra explosión de colores mucho más grande que la anterior. Y tras ese poderoso hechizo, aparecieron junto a Tito, los demás: María, Alexis y Tobías.
– Saltando tapiales se pueden lastimar mis queridos amigos, la próxima vez me tocan timbre y de paso los invito con una merienda – el mago largó otra risa, muy contagiosa. Los niños, al verlo, perdieron el miedo – ¿Quieren ver la puerta? Está ahí, delante de ustedes.
Los niños no veían nada. Solo el patio.
– Está siempre en el mismo lugar. La diferencia entre verla y no, son las ganas de creer que uno tiene. ¿Creen en la magia? Si lo hacen, la magia los recompensará. Creer es como la risa: contagiosa.
Tobías, que la había visto una vez, volvió a mirar y ahora sí la vio. Tito, Alexis y María dijeron al unísono: ¡Ohhhh! Ellos también la veían.
– Esa puerta nos transporta a nuestros sueños más hermosos – advirtió el mago – Y está en cualquier patio, en cualquier esquina, incluso, podemos encontrarla en nuestras habitaciones. Solo es cuestión de creer. Cuando estemos tristes, desesperanzados, solos… podemos invocarla. Y esa puerta nos llevará a viajar dónde nosotros tengamos ganas.
– ¡Es maravillosa! – dijo María, al abrirla. Desde el interior se escuchaban bellas melodías y el trino de los pájaros.
– Claro que lo es – dijo el mago – ¿Y saben cómo se llama?
Los chicos negaron con la cabeza.
– Se llama imaginación. Y la llave para abrirla, está aquí – y señalando su cabeza, desapareció dejando una sonrisa en el aire, tan hermosa como un arco iris.

* Cuento escrito para la clase de teatro que mi esposa Mariana dicta en escuela primaria, para poder aplicar diferentes técnicas relacionadas al sonido y con el eje temático del “trabajo en equipo”.

Otra raza, casi utópica

Ni siquiera hablo de país o de patria. El sentimiento es aún más profundo.
Sueño, pero sueño despierto, una realidad diferente. Casi imposible, inalcanzable. Al menos, para nuestra raza humana, desde siempre conflictiva.
¿Se imaginan un planeta, y no solo una patria, donde no sea necesario marchar, porque no existe reclamo alguno?
Un mundo donde nadie esté por encima del otro y tampoco sienta la necesidad de estarlo.
Donde el bien común, el bienestar del prójimo, sea la idea principal de comunidad.
Donde la paz sea una constante. Y guerra, un término sin significado.
Donde la palabra libertad no necesite ser explicada una y otra vez, porque es el estado natural de todos desde que nacemos hasta que cerramos los ojos por última vez.
Donde la democracia ni siquiera tenga la necesidad de existir, porque nadie rige a nadie, ni por opción ni autoritarismo, y donde todos sean iguales en cualquier condición, más allá de su edad, salud o impedimentos físicos.
Donde nadie ejerce superioridad sobre otro ni nadie tampoco la ostente. Todos hermanos, todos compañeros, todos buena gente. Un solo fin común, una sola humanidad, una sola comunidad.
Donde la única paga sea el aire que se respira y las bondades del planeta, donde las tierras no tengan dueños y cada uno entienda que el sitio que trabaja o vive es un don temporal y debe ser cuidado
Donde los únicos colores sean los que vemos con nuestros propios ojos y no los que pretenden cegar nuestros pensamientos y ponernos en bandos opuestos, en divisiones que restan, es resquemores que terminan dejando heridas que jamás cicatrizan.
Pero cada día al abrir los ojos, de ese sueño que me desvela, despierto sabiendo que he soñado con otra raza, millones de años más avanzada, no en tecnología (que es una forma estúpida de medir cuán avanzado se puede estar), sino en razonamiento
Comprendo, mirando hacia atrás, al contemplar nuestra historia, que no somos nada y poco hemos evolucionado desde aquel hombre que arrastraba a su mujer de los cabellos para llevarla a su cueva. Es más, suelo ver que nada ha cambiado, cada vez que por ocio enciendo el televisor o leo un diario.
En un planeta donde nos han hecho creer siempre que sin líderes no se puede vivir, hemos dedicado nuestros esfuerzos y vidas a mantenerlos en el poder, desde el principio de los tiempos y a pesar de la historia, no hemos podido, ni querido, torcer ese destino de pasivo servilismo, muriendo, sufriendo, derrochando la vida, en nombre de estos y de ideologías que solo tienen como objetivo único y siniestro, el bienestar de ellos.
Podemos creernos inteligentes y tildar a otros de ignorantes, de clasificar entre pobres y ricos, hablar de clases y poderes, de fuertes y débiles, pero nunca reconoceremos que solo hemos perpetuado una sola idea, que se ha ido maquillando con los siglos: el opresor y el oprimido. El hombre de las cavernas y la mujer arrastrada hacia la cueva.
La humanidad nunca ha progresado. Sigue como hace miles y miles de años. Solo que ahora tenemos un vocabulario mucho más amplio y podemos darle más nombres a esa realidad.
No vivimos. Sobrevivimos. Nos mal enseñan a que es necesario tomar partido. Blanco o negro. Guerra o paz. Atacar o defenderse. Aprendemos a respetar y temer a quiénes viven de nuestro esfuerzo, en un escenario creado para que eso suceda cíclicamente.
Nadie pugna por abolir esas formas. Nadie busca un bien común. Se engaña quien cree que sus líderes sí lo hacen. El egoísmo y el poder nos gobiernan. La avaricia. El afán capitalista. La pantalla del de izquierda que se tienta con el dinero. El que dice que no es ni una cosa ni la otra pero es más de lo mismo.
Las marchas no piden por un planeta sin líderes, sin dinero, donde la igualdad sea total, en género, oportunidades, educación, salud, trabajo mancomunado. Sin fronteras. Sin colores, ni de piel ni de ideas. Nadie reclama por el hambre de la otra punta del planeta, porque total en la otra punta nadie protesta por lo que sucede aquí. Y con esa lógica, aplicada a cualquier lugar, los que lideran ganan, permanecen, se benefician y jamás serán derrotados. Cambiarán los nombres, las ideologías, las patrañas, no así el afán de poder, de exprimir al de abajo en una pirámide interminable que desangra hasta la última gota de esperanza de ver al género humano unido.
Será así por siempre, hasta que el planeta se detenga y nos obligue a la humanidad toda a desaparecer.
O será así hasta que las voces de los oprimidos se den cuenta que a pesar de los idiomas, las fronteras, las religiones, los colores políticos, en cada uno palpita un corazón y la sangre en todos los casos, siempre es roja. Y que sin importar cómo, llegamos al planeta, a la vida, de la misma manera. Para que entonces, finalmente, el mundo sea uno y nadie se considere más que el otro. Ese día tan distante, cuando los latidos suenen al unísono, la humanidad tendrá una oportunidad. En tanto, esa utopía, quizá forme parte de otra raza, en algún confín del vasto e infinito universo.
Esa raza con la que sueño despierto y me desvela.

Certezas

Abrazaba a su hijo en la terraza, contemplando las estrellas. El pequeño escuchaba atento el nombre de las constelaciones que le nombraba al tiempo que las señalaba. Entonces, un punto azul se desprendió del firmamento cruzando la noche como un relámpago. Justo encima de ellos se detuvo una fracción de segundos, dejando ver su figura ovoidal, luminosa. Luego siguió viaje perdiéndose en el cielo. Él quedo petrificado, maravillado. Había sido testigo, lo había visto con sus propios ojos. Pensó en Dios, en Mahoma, en Buda, en Hawking, Einstein, en las miles de teorías, en la magnitud insospechada del universo. Todo en ese instante, en esa fracción mágica de espacio tiempo. Miró a su hijo, con lágrimas en los ojos y casi en un susurro dijo:
– David… ¿Te das cuenta de lo que significa lo que acabamos de ver?
Su hijo, levantando la mirada hacia él, asintió con la cabeza.
– Si papá, se pasó a gas.

Una palabra

Se escondía detrás del palo borracho. Aprovechaba la hinchazón del tronco para ocultar su figura. Su hermano la buscaba fastidiado. Cada tarde la misma historia. Podía leerle los labios con claridad. Él juraba y perjuraba que sería la última vez.
Escuchó un fuerte chirrido a sus espaldas, del otro lado de la plaza. Dejó de prestarle atención a su hermano pero permaneció en el sitio. Desde donde estaba podía observar la escena. Un auto azul había frenado de repente para evitar un choque. Pero no podía distinguir contra qué.
La gente comenzaba a correr hacia el auto. La mujer que lo conducía se apeó temblando. Las voces se alzaron en la tarde y varios llamaron al mismo tiempo a la ambulancia. Para entonces, todo el barrio estaba en las veredas. Algunos vecinos se acercaban con miedo. Caminaban lentamente, tratando de descifrar que había ocurrido.
Recordó a su hermano y espió con cuidado. Ya no lo veía. Fue hacia el otro lado del tronco y volvió a espiar. Tampoco estaba allí. Giró en redondo y llevó su mirada a la calle, donde todos se arremolinaban alrededor del coche azul. Entre la multitud, vio a su hermano tratando de hacerse lugar entre los mayores.
Quiso entonces ir también en aquella dirección, olvidar su juego de cada tarde de escapar de casa y correr a toda velocidad para que su hermano la alcanzase. Quiso hacerlo, pero no pudo. Algo la aferraba. Pensó que se había enganchado la ropa en el árbol pero al bajar la mirada no había ropa, ni cuerpo, ni nada.
Se volvió hacia la calle. No había auto azul, ni vecinos, ni accidente. Solo su hermano, caminando despacio hacia aquel lugar, las manos en los bolsillos, el rostro vencido por la tristeza. Se sintió confusa, aturdida. Las imágenes, desordenadas, se debatían ante sus ojos. Supo que estaba desapareciendo, como si estuviese hecha de humo. Lo último que percibió fue un grito. Y aunque su hermano estaba lejos, callado, mordiéndose los labios mientras lloraba, el grito le pertenecía. Una sola palabra envuelta en un tono de desesperación y lamento, de desgarro y fatalidad.
Una palabra equivalente a su nombre.

Ya estamos muertos

Desde hace un tiempo que no duermo tranquilo. Al apagar la luz y quedar en silencio la habitación, siento como los miedos se arrastran sobre el piso de madera y reptan lentamente por el colchón hasta cubrirme por completo. No es un problema de insomnio ni nada parecido. Es lo que he dicho. Son miedos. ¿Qué clase de miedos? Los más oscuros, los más aterradores. Los miedos que tiene todo padre cuando una hija crece y se aparta de a poco de uno.
Era consciente que pasaría, que en determinado momento los lazos que nos unen desde siempre iban a comenzar a estar tirantes. Es propio de una edad, de un proceso. Con los años, si la vida lo permite, esos lazos vuelven a relajarse. Pero mientras tanto, la relación padre – hija toma un camino de ripio, de penoso transitar.
Iba a pasar. Más con su carácter. Pero una cosa es prepararse y otra, estar de lleno en la situación. Y lo que pasó con Bárbara, podríamos decir, fue más allá de un cambio de actitud o de hábitos. No fue simplemente escuchar excusas para no ir juntos al cine, o a comer a un McDonalds, o ver con tristeza como su rostro no se alegraba ante un regalo. La magia que siempre existió, se había diluido. Como si todo lo anterior hubiese sido una ilusión.
Empezó cuando cambió de colegio, por decisión de su madre. Le quedaba más cerca de su casa y fue suficiente para que se tomara la decisión. Bárbara ni si siquiera protestó. Ya estaba en una postura apática, quizá merecida para con nosotros, por todo lo que debió haber sufrido a lo largo del divorcio. Una vez le pregunté que pasaría con sus amigos de siempre y su respuesta fue toda una ironía: ¿Cuáles amigos?
En la nueva escuela encontró personas más afines. Que si bien le devolvieron las ganas de concurrir a clases, encendieron mi estado de preocupación. Sin dudas, allí comenzó a gestarse mi afinidad por las noches en vela, tratando de dilucidar hacia dónde iba mi pequeña. Es que lejos de poder apreciar al nuevo grupo, sentía cierta repulsión.
En ese momento no podía precisar los motivos que me hacían pensar que no eran buena gente. Se lo comenté a mi ex mujer varias veces, pero con tal de llevarme la contra, fracasé cada vez que lo hice. Tampoco ayudaba a que no pudiera dar precisiones cuando me las pedían. Pero escapaba realmente a mi vocabulario encontrar las palabras justas que pudieran describir lo que sentía al verla llegar o irse con ese grupo de amigos.
Podían ser sus gestos, su poca cordialidad, la palidez de sus rostros, la ropa holgada y desgastada, el andar lento y cansino, la casi nula intención de saludo que tenían o quizá, lisa y llanamente, eran esos malditos tatuajes de rostros cadavéricos que llevaban por todas partes del cuerpo.
La noche que Bárbara apareció con su primer tatuaje en el cuello, casi grité del susto.
– ¡Qué es esa cosa que te hiciste! – le aullé con bronca.
– Un tatuaje – respondió lacónicamente.
– Parece el rostro de un muerto.
– Es el rostro de un muerto.
Quedé atónito. Pensé que su respuesta era una reacción defensiva a mi evidente descontento. Pero no, era verdaderamente el rostro de un cadáver.
Dejó de venir a casa a diario. Sus visitas se limitaban a los jueves o viernes y solo para pedir dinero. Su madre me decía que eso pasaba por mi culpa, porque nunca la apoyaba en sus decisiones. En algún momento creí que podía ser posible. Aunque no por mucho tiempo. Un viernes pasó a buscar dinero. No había venido sola. Un auto que mantenía el motor encendido, la esperaba afuera. Salí hasta la vereda a ver la compañía de mi hija. Me espanté. Tres de las cuatro personas que estaban en el vehículo estaban maquillados de blanco, con detalles oscuros en los ojos y un carmesí intenso en los labios.
– ¿Por qué se disfrazan? – dije en voz alta, alarmado.
– No son disfraces – respondió enfadada ella – Son nuestras vestimentas papá.
Lancé una carcajada a la noche. Y cometí el error de abrir la boca para hablar.
– ¿Se visten de muertos? ¿Algo más alegre no tienen?
– Ya estamos muertos, papá. Solo lo aceptamos.
Llamé a su madre muy enojado. Le eché en cara que seguro no sabía con la clase de personas que se juntaba Bárbara. Discutimos, cómo lo hacíamos siempre que hablábamos. Ella cortó con furia y yo quedé masticando bronca. Esa noche no dormí. Por la pelea, por mi hija…
Al día siguiente volvió a pasar por casa, después del atardecer. No cruzamos palabra alguna. Le di dinero y esperé que se subiera al auto en el que había venido. Era el mismo del día anterior y con la misma gente acompañándola. Esta vez no me quedé quieto. Subí a mi coche y comencé a seguirlos.
Dieron varias vueltas, hicieron un par de paradas y finalmente estacionaron cerca del río, en una zona de galpones viejos y altos, que suelen usarse como refugio cuando hay inundaciones. Podía escucharse el volumen fuerte de la música, proveniente del lugar. Varios jóvenes entraban y salían del galpón y otros tanto permanecían en las afueras, en grupo, solos o andando en skate.
Me fui acercando, tratando de ocultarme entre las sombras. A medida que me aproximaba fui observando mejor a las personas que deambulaban por el lugar. La gran mayoría llevaban sus rostros maquillados de blanco. Incluso hasta se dibujaban detalles que los asemejaban a cráneos humanos. Algunos resaltaban los ojos, otros los pómulos y algunos los labios. Llevaban tatuajes en toda la piel que quedaba a la vista. Su hija no había llegado a tal grado de locura, no de momento. Probablemente era una cuestión de rangos. Quizá por eso ella tampoco pintaba su cara como un muerto.
La música se filtraba por cada hendija del galpón. Los jóvenes que estaban afuera no conversaban entre sí. Ni siquiera los que estaban en grupos. Se pasaban algún que otro cigarrillo entre sí, o jarras con alcohol, pero no pronunciaban palabra alguna.
Lo que observaba me ponía los pelos de punta. Quería ver que hacía Bárbara en el interior del galpón. Avancé por la parte trasera, donde todo era oscuridad y me topé con una puerta de chapa. Chirrió cuando la forcé, pero nadie me salió al cruce. Era una especie de depósito. Había una puerta más adelante. Caminé con prudencia, porque apenas si podía divisar las siluetas de los objetos que me rodeaban. Al llegar a la puerta el sonido de la música era tan intenso que me dolían los oídos. Cuando la abrí, pensé que instantáneamente me quedaría sordo.
Pensé que con la música también me iba a encontrar con luces por doquier y gente bailando de manera enloquecida, pero mis ojos siguieron tratando de adaptarse a la oscuridad, porque las pocas luces que había apenas eran tenues. La gente se comportaba como lo hacía afuera del sitio. Permanecían quietos o avanzaban como arrastrándose sobre sus pies.
No tardé en darme cuenta que nadie se asombraba por mi presencia. Avancé entre la multitud, abriéndome paso con velocidad. Buscaba con la mirada a Bárbara. Rostros blancos, rostros pálidos, rostros dibujados. Pero ninguno el de mi hija. Entonces la vi, parada cerca de un grupo, ninguno mirando a nadie, todos observando la nada misma.
– ¡Bárbara! ¡Vamos a casa! – le exhorté, tomándola de un brazo.
Sin mostrarse sorprendida, quitó mis manos de su brazo de un tirón y se alejó un metro. Me miró de soslayo, como estudiándome. Podía leer sus ojos, preguntándose ¿qué hace este pelotudo de mierda acá? pero al mismo tiempo, no veía signos de reproche o enojo.
– ¿Estás drogada? – pregunté haciendo el máximo esfuerzo por ser escuchado, lastimándome la garganta.
Clavó sus iris en los míos y sus labios permanecieron apretados, en silencio. Creí que no iba a hacer nada más, pero entonces negó con la cabeza y acercándose, me susurró en el oído:
– Te dije que estamos muertos, solo esperamos a que el resto lo comprenda en algún momento.
Quise contestarle, pero apretó mi mano con fuerza para que la dejara seguir hablando.
– Vos estás muerto papá, mamá lo está, yo lo estoy. Ustedes no lo saben, yo si lo sé. Nosotros lo sabemos. Esto que llaman vida, no es más que una sala de espera. Morimos en alguna parte, y vamos a seguir muertos, hasta tanto nos llamen. No molestes, papá.
Bárbara me dio la espalda y el grupo se alejó caminando. Los oídos estaban a punto de sangrar. Me marché. No volví a ver a mi hija hasta una semana después. Pasó por casa, me pidió dinero y se lo di. No llamé a su madre en todos esos días y dudaba si alguna vez volvería a hacerlo. Ese día Bárbara llevaba el rostro pintado de blanco.
Mis noches son desde entonces, más tormentosas. Como ya dije, no puedo conciliar el sueño. Los miedos están en todas partes. Es un miedo irracional. Tienen que ver con mi hija y al mismo tiempo no. Pienso en sus palabras, que me taladran segundo a segundo, que no me dejan pensar en otra cosa. Ya estamos muertos. Condenados. ¿Y qué hacemos entonces acá, en este mundo? Si ya estamos muertos, qué es lo que hacemos.
Quizá esa sea la respuesta que tantas veces nos hemos hecho. Hoy mi hija, ya no es mi hija. No quiere serlo, no le importa. Es probable que nunca lo haya sido. Que en esta existencia los roles nos toquen asignados, a la espera del final definitivo. Que la vida sea otra fase de la muerte, algo más vívida y consciente, como al dormir, en nuestra mente, tenemos ciertas escalas de consciencia en forma de sueños.
No lo sé. Y me aterra pensar en todo esto. Pero no me queda otra. La noche es larga y los miedos se divierten a costa de mi incertidumbre. Ni siquiera pintando mi rostro de blanco, encuentro el descanso que tanto necesito.

El pueblo de la buena gente

Nuestro pueblo está enclavado en un lugar ideal, tiene tierra fértil y clima benévolo. Sus habitantes son buena gente, trabajadora. Alternan sus rutinas con pasatiempos tradicionales: el fútbol, las cartas, la timba, el baile, las peñas, alguna que otra carrera de caballos en las afueras.
Recurrimos poco a la ciudad, que nos queda a casi doscientos kilómetros de caminos deteriorados y en su mayoría sin asfaltar. Nuestras calles son de tierra y cuando llueve se transforman en caminos de barro y agua. No tenemos los servicios públicos que pueden encontrarse en otros sitios. No hay cloacas, ni gas y la electricidad es algo que va y viene, según el estado del tendido eléctrico y las ganas de repararlo de la empresa estatal de energía.
El agua la sacamos de pozos que hacemos nosotros mismos, aprovechando las napas naturales que atraviesan el valle. Consumimos lo que cosechamos e intercambiamos con los demás. Lo que nos hace falta, cada treinta días lo compramos en la ciudad. Hacemos un solo viaje, en el camión de Fermín y solo vamos cuatro o cinco. Nos dividimos, uno al supermercado, el otro a la farmacia, otro a la ferretería y el otro al banco. Somos muy organizados.
En nuestros campos las vacas pastan tranquilas y no sufren al ser ordeñadas. Los gallineros explotan de huevos y los caballos corren felices y salvajes por el verde paisaje. El río que corre al este nos invita de peces y el suelo nos devuelve nuestro afecto y cuidado proporcionando las mejores huertas y sembrados que puedan imaginarse.
Para la ciudad, no existimos. Y mejor así. Cuando pisamos el cemento duro no decimos de dónde provenimos. Si bien nos conocen, ignoran de dónde partimos. Nos preguntan y les decimos del campo. Y eso mitiga su curiosidad. Cinco letras que son nuestra libertad.
En nuestro pueblito hay buena gente y eso nos conforta y nos hace sentir orgullosos. Tenemos todo lo que la naturaleza puede darnos y lo combinamos con lo mejor de la humanidad, su hermosa cultura, sus juegos, las alegrías fruto del ingenio.
Pero para ir a la ciudad y someternos al intercambio de mercadería necesaria a cambio de dinero, necesitamos esto último y nuestras cosechas y animales solo alcanzan para el pueblo. Y por más que hemos hecho cálculos, tener cosechas más grandes o un mayor número de animales, significaría una cosa: llevar al pueblo más trabajadores. Y pasaría lo que pasa siempre que una economía crece: el pueblo se agrandaría, comenzaría a agigantar su escala. Si prosperáramos, tendríamos cada vez más gente viviendo con nosotros. Desconocidos, trabajadores que irían con sus familias. El pueblo se convertiría con los años en ciudad y llegaría el cemento árido y siniestro, las edificaciones frías, el asfalto, las empresas, los bancos, los negocios… el vil dinero arrasaría con todo. Nuestra comunidad perdería su pureza.
¿Y cómo la mantenemos? Con sacrificios de unos pocos.
Mientras otros cosechan, otros cuidan de los animales, o talan árboles para obtener madera (y luego vuelven a forestar), otros van al río y otros buscan nuevas napas, unos pocos obtenemos el dinero.
Somos los que nos vamos por las noches y recorremos esos doscientos kilómetros bajo la protección de la luna y las estrellas, amigos del silencio y la oscuridad, los que furtivamente nos escabullimos en la ciudad de la codicia y el caos, y en nombre del pueblo y el bienestar de todos sus habitantes, irónicamente nos convertimos en malas personas y robamos el dinero que nos hace falta para poder negociar con la ciudad que no deseamos ser.

La razón de la demora

En la oscuridad cuesta distinguir las sombras de la realidad. Un instinto primitivo, muy parecido al miedo, domina nuestras mentes en esos instantes y nos miente descaradamente. Creemos ver lo que no existe. Algo que pasa velozmente a nuestras espaldas, un brazo que se balancea en un rincón, los ojos de un monstruo que nos acecha detrás de la puerta, una mancha que repta por la pared. Figuras, sonidos, sensaciones. Nuestro cuerpo se torna helado, el corazón se acelera y el grito, ese clamor de auxilio atragantado, muere en el mismo silencio donde nace. Tratamos de no movernos, de no despertar el interés en lo que sea que nos está observando. Sabemos que es tarde, que ya nos ha visto, pero guardamos una esperanza. Es eso o romper a llorar desconsoladamente. Un rezo interno, un pedido de clemencia, de piedad. Evitamos incluso tragar saliva, para ahorrar un sonido que nos delate. Estamos seguros que en cualquier momento, eso que allí habita se nos vendrá encima, o una garra aferrará nuestros tobillos. Podemos incluso sentir el aliento extraño y jadeante acercándose. Lo último que hacemos es cerrar los ojos. Porque esa visión nula, pero con los párpados en alto, es la última defensa que nos queda. Cerrar los ojos, entregarnos a la oscuridad, es la rendición. Es bajar toda guardia y dejarle el plato servido a la bestia. Estamos perdidos. Nuestra hora he llegado. Tratamos de pensar con celeridad. ¿Tenemos un encendedor en los bolsillos, un fósforo? ¿El teléfono celular ha quedado cerca? ¿Habrá vuelto la energía eléctrica? ¿A cuántos metros o centímetros estaremos del interruptor de la luz? Estamos transpirando. A pesar del frío que nos envuelve, una gota cae rodando por la mejilla. ¿Pero… será nuestro propio sudor o es la sangre que ha caído de un colmillo próximo a nuestro cuello? Ya no podemos respirar. Nos agitamos, queremos llorar, gritar, correr, todo al mismo tiempo. Pero no atinamos a nada. Estamos paralizados. Y eso, aquello que trae la oscuridad, sigue avanzando. Nuestros vellos erizados lo corroboran. Es probable que antes que el monstruo, nos mate un paro cardíaco o un ACV. Hay un sonido leve, un golpeteo. ¡Son pasos! Pero no, comprendemos que son nuestros propios huesos que se golpean, producto del temblequeo de las extremidades. No entendemos, sin embargo, la razón de la demora. El por qué de extender el momento. Si ya estamos muertos, por qué prolongar nuestro sufrimiento. Ya tendría que caer sobre nuestras almas el zarpazo, el hacha, el cuchillo, el rostro carcomido por gusanos, ya tendríamos que comenzar a agonizar bajo el yugo de la oscuridad. Y sin embargo, aún estamos de pie, aguardando. Solo nosotros y nuestro primitivo instinto contra la oscuridad y sus secretos. Una confrontación desigual, horrenda. Nosotros, en la ignorancia. Ella, con la soberbia del diablo, dueña del tiempo y el destino. Riendo con sus dientes negros, rechinando el paladar, confundiéndonos con sus sombras, penetrándonos con sus ojos eternos, tan densos y oscuros como la muerte. Y cuando creamos desfallecer, se retirará, nos dejará en vergüenza ante la claridad, sin monstruos ni peligros. Y no podremos explicar que era en realidad lo que nos asustaba. No señor, no podremos hacerlo. Y lo que es peor, jamás podremos prepararnos para el próximo embate, ni para el siguiente, ni el siguiente del siguiente. La oscuridad volverá una y otra vez, sin anunciarse. Y desaparecerá las mismas veces, en un juego cínico y siniestro. Lo hará cíclico hasta que crea que sea el momento. Y entonces, finalmente, las sombras nos devorarán. Tarde o temprano. Todo dependerá de la oscuridad. De sus ganas de prolongar lo inevitable.

Alfredito

La verdad es que nadie sabe en el barrio con certeza cómo empezó el rumor. Alfredo siempre se mandó la parte de mujeriego, incluso después de casarse. Solía aparecer con revistas para hombres y comentar que a varias de las mujeres que aparecían sin ropa en las páginas internas se las había “cepillado” en algún momento.
No todos le seguían la corriente. Alfredo era el típico hombre que se las sabía todas. Era el mejor amante, el mejor besador, el más romántico, y una lista interminable de virtudes que él mismo enumeraba y que prácticamente lo hacían el mayor semental del país. Sin embargo, siempre hay quiénes se tragan el cuento y sirven de alimento para su ego. Y en el barrio había muchos.
Solía piropear a las mujeres que le pasaban por al lado. Era grosero y atrevido y más de una vez se topó con una mano sobre el rostro. Pero no escarmentaba. Se pronunciaba en voz alta incluso cuanto la mujer que pasaba a su lado iba acompañada por un hombre. También aquello le trajo más de un problema y unos cuantos golpes. Pero Alfredo los disfrutaba. Cada vez que arriesgaba su integridad por decirle algo a una mujer, era un punto más a su favor ante los imbéciles del barrio que se rendían a sus pies, como si fuese una especie de héroe del culto al macho argentino.
Fue así desde que tengo memoria. No obstante, hubo alguien más imbécil que todos los imbéciles juntos que lo rodean cada tardecita en el bar de la esquina: yo. Porque de todas las minas del barrio, la única pelotuda que cayó en sus garras y se dejó engañar, fui yo. Pensé que lo iba a cambiar una vez casado, pero no lo logré ni por asomo.
Hace veinte años que lo sufro, sabiendo que me mete cuernos de todos los tamaños y que lo alardea a los cuatro vientos. ¿Y qué voy a hacer yo, con cinco chicos que criar, amén de los tres que partieron ya por sus propios rumbos? ¿Me dice qué puedo ayer yo, más que agachar la cabeza y hacer como si nada? Bueno, algo si pude hacer. Y a diferencia del pelotudo de mi marido, jamás lo voy a contar a los cuatro vientos. Pero a usted si, a usted se lo voy a decir. El rumor lo largué yo, como quién no quiere la cosa. Tengo la cara nomás, era hora que hiciera algo.
Lo quiero ver ahora al Alfredo. Hace dos días que no pisa la casa. En el bar no tienen idea dónde está. Debe andar escondiéndose en lo de algún pariente, en alguna otra punta de la ciudad. No va a resultarle fácil limpiar su nombre. El “potro”, el “torito”, “el semental”. Más vale una imagen que mil sandeces dichas por ahí. ¡Dios mío, que no se entere el Padre Julián que le usé la fotocopiadora para imprimir los volantitos con la foto del “pitito” del Alfredo, porque me quedo sin la changa en la parroquia!
Pero si tiene que ocurrir, que ocurra. Hacía rato que no hacía los mandados con una sonrisa en la cara. Por fin la vergüenza es del otro. Y si no aparece… ¡seguiré criando a los hijos sola, como hasta ahora! ¡Cómo si fueran de él, carajo!

La derrota de los escritores fugaces

Hubo una época en que nos sentábamos a escribir. No precisamente juntos, si bien ganas no faltaban: las distancias lo impedían. No había un acuerdo previo, ni una misma motivación. Solo sabíamos que el otro, en papel, en la computadora o mentalmente, estaba creando una historia. Y cada uno, sin saber que escribía el otro, creaba una parte de ese escrito. Lo llamábamos el texto universal, porque todos y cada uno escribíamos sobre lo mismo, sobre la vida.
Estábamos felices, dedicados de lleno a cerrar los ojos e imaginarnos oraciones, párrafos completos, de un solo tirón. Escribíamos sin parar, de día y de noche, riendo y llorando, acompañados por música o en el más absoluto de los silencios. Podían pasar días sin que nos diéramos cuenta que no habíamos probado alimento alguno o ingerido un poco de agua. Nuestras venas tenían palabras, nuestro corazones bombeaban argumentos. En aquella época, nuestras almas convergían en un solo ser, un solo escritor.
Hasta que uno de nosotros comprendió que si escribíamos sobre la vida, el texto concluiría indefectiblemente en la muerte. Quizá se adelantó más que los demás en los capítulos posteriores, vislumbrando el inevitable final. Cuando todos caímos en la cuenta que por más líneas que agregáramos, o giros argumentales que interpusiéramos, el final sería siempre el mismo, ya no pudimos continuar.
Abandonamos nuestros teclados, nuestras máquinas de escribir, los lápices, los ejercicios mentales. Las hojas dejaron de acumularse en pilas enormes a punto siempre de desmoronarse y se transformaron en resmas estáticas, pálidas, sin ninguna atracción. La tierra y el polvo avanzaron de a poco, cubriendo esas superficies que alguna vez fueron nuestras. Dejamos las ideas adormecidas, sin ninguna esperanza de despertarlas. Nos arrojamos a la rutina del día a día, del sobrevivir, postergando nuestros sueños, porque al fin de cuentas, el final siempre es el mismo.
Y así, convencidos de nuestro fracaso, dejamos que la que camina lento, la que nos da una vida de ventaja, nos devore vivos. Las letras olvidadas, ya no darán cuenta de esta derrota.