El diamante

Un día mi padre, cuando yo era pequeño, llegó exultante a casa luego de una larga jornada de trabajo. No le habían aumentado el sueldo ni le habían otorgado días extras de vacaciones. Nada de eso. Mi padre había encontrado un diamante.
A mí corta edad sabía que un diamante era algo poco común para mortales como nosotros, que vivíamos con lo justo y necesario. Veía que era motivo de luchas y robos en películas que pasaban en la tele, pero desconocía el verdadero significado de tener uno propio. Me divertía ver como la policía perseguía a los ladrones de la joyería, pero jamás me puse a pensar que tan valioso podían ser.
En ese momento lo único que quería, era poder verlo. No me importaba otra cosa. Estaba hecho un loro, repitiendo siempre las mismas palabras: ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo!
Papá hizo gala de su afecto al suspenso. Extrajo de su bolsillo un pañuelo blanco atravesado por franjas marrones y celestes, que estaba doblado varias veces, escondiendo el diamante en su interior.
El pañuelo estaba bastante roto, era probablemente el único que él tenía, y por un momento temí que por uno de los agujeros de la tela lo hubiese perdido. Pero tras ese lapso infinito – al menos para mi corta edad, que tampoco entendía de paradojas – en el que fue desplegando los dobleces de la tela con sus dedos grandes y algo sucios debajo de las uñas, quedó a la vista el impoluto y brillante diamante.
Quisimos agarrarlo, tanto yo como mi hermano menor, pero papá, rápido de reflejos, lo hizo desaparecer nuevamente dentro del pañuelo, alejándolo de nuestro alcance.
– No es para jugar, esto vale mucho dinero – dijo, llevándolo hasta su dormitorio, terreno inexpugnable para nosotros.
Mucho dinero. Esas dos palabras transformaron nuestros rostros. No porque fuéramos avaros, muy por el contrario. Porque justamente, dinero era lo que nunca había en casa. ¿Y qué significaba entonces ese diamante? Para nuestras cabezas con poco conocimiento, era la puerta a la abundancia y a las cosas prohibidas: las golosinas, los juguetes, pistas de carreras y quizá, con suerte, hasta una bicicleta.
Sospecho que el mismo pensamiento deslumbraba la mente de papá desde el mismo momento que recogió ese diamante del suelo. Y era probable, que entre todo lo que proyectaba en su cabeza, algo de lo que nosotros queríamos formara parte de la lista. El solo hecho de pensar en el nuevo abanico de posibilidades que se nos abría ante nuestros ojos, nos hacía saltar de alegría. Con mi hermano corrimos a la cama para enumerar todo lo que nos gustaría tener.
Mi padre esgrimía una sonrisa radiante durante la cena. Mamá le decía una y otra vez que lo mejor era poner un aviso en el diario para informar que habíamos encontrado un diamante, asegurando que el dueño debía estar lamentándose. Ni papá ni nosotros estábamos de acuerdo. El que lo encuentra es para él, eso lo sabíamos todos, incluso en la escuela. Era igual al otro dicho: rompe paga. Son leyes universales, tácitas. Están impuestas desde el vamos. El diamante estaba allí y papá lo encontró. Punto.
Tomamos la sopa con entusiasmo. Mi padre dijo que quizá fuera el último plato de sopa aguado de nuestras vidas.
– Mañana a esta hora vamos a estar comiendo pizza… ¡pero de la pizzería!
Cuánta felicidad con mi hermano. Parece que fue ayer. Creo que hasta nos abrazamos. Pedir pizza era todo un lujo.
Esa noche nadie durmió. Con mi hermano estuvimos hasta altas horas debatiendo que juguetes debíamos pedir primero. Por supuesto, descartando la pelota número cinco, en la que coincidíamos los dos. Mamá, preocupada, con temor a que en cualquier momento el dueño del diamante apareciera y quisiera llevárselo a la fuerza. Y papá, sintiéndose el hombre más rico del barrio, proyectando mil cosas con el dinero que le darían en la joyería a cambio de esa pequeña y maravillosa piedra.
Por la mañana, tras el desayuno, anunció que luego del trabajo iría a vender la piedra. Tiramos las mochilas al suelo del salto que dimos. Mamá se enojó porque acababa de colocarnos los guardapolvos para que fuéramos al colegio. Papá se fue riendo. Recuerdo el gesto serio que nos hizo, haciendo como que tuviera un cierre en la boca.
– De esto, ni mu en la escuela. ¿Entendido?
Con mi hermano cumplimos la promesa, aunque ese debe haber sido el único día en nuestras vidas que estuvimos en la escuela con una sonrisa en el rostro. Cuando la campana de salida repicó en los salones, fuimos los primeros en salir corriendo. Ninguno de los dos escuchó que fue lo que nos gritó la maestra.
Volvimos tan rápido como nos dieron las piernas. Sabíamos que aún tendríamos que esperar un buen rato para la llegada de papá, pero solo queríamos estar en casa. Prepararnos para el gran momento de nuestras vidas. ¿En qué traería papá tanto dinero? ¿En carretilla? ¿En una gran valija? ¿O se compraría un auto para traerla dentro del maletero?
¡Qué expectativa! Mamá, en cambio, tenía rostro de preocupación. Pero no nos importaba. Allá ella si no quería tener dinero, regalos, ropa nueva. Solo pensábamos en los juguetes, la pelota, la bicicleta… todo lo que el diamante nos daría.
Pero las cosas no funcionan así. Al menos, no para nosotros, en aquel pobre barrio, con nuestras prendas remendadas. Papá abrió la puerta lentamente, sin nada de ímpetu. Hasta parecía que le costaba caminar. El semblante triste, los ojos rojos, un funeral en sí mismo, el ocaso mismo de la esperanza.
Mamá corrió hacia él. Le preguntaba si lo habían asaltado, si había perdido el diamante… lo acompañó hasta una silla y dejó que cayera sentado. Cuando no soportó más su sepulcral silencio, le pidió a gritos que hablara de una buena vez,
Mi padre metió la mano en el bolsillo, extrajo el pañuelo y lo dejó sobre la mesa. La tela se desplegó, dejando a la vista el diamante, que a pesar de mantener su brillo y encanta, ya no encandilaba a papá.
– ¿Qué pasó, cariño? – preguntó mamá, reticente a soportar ese voto de silencio caprichoso – ¿No quisieron comprarlo?
– No vale nada – contestó casi en un suspiro, desinflándose – Es un diamante industrial.
No entendí nada. Ni yo, ni mi hermano. Mamá lo abrazo y hasta lo acompañó en el llanto. No por todo lo que no tendría, porque ella no había soñado nada. Sino porque vio en las lágrimas de su esposo, la muerte de la esperanza.
¿Qué era un diamante industrial? ¿No era acaso, de todos modos, un diamante? Solo a los días, cuando recuperó parte de su compostura (aunque nunca volvería a ser el de antes) papá nos explicó que solo son valiosos los diamantes naturales y que los industriales se usan para otros fines, pero el valor es irrisorio.
Aprendí muchas cosas en aquel suceso de mi niñez. La más importante, que el dinero no cae del cielo y que las buenas noticias llegan tan rápido como se marchan. Por alguna razón, papá guardó el diamante dentro de una copa de vidrio, arriba de un armario. Creo que lo hizo para que, al pasar por delante, recordara siempre que no podía esperar milagros.
Uno no recuerda cómo y cuánto, pero al poco tiempo, era un viejo. Y con los años, los achaques. Y con los achaques, la muerte. Lo despedimos con tristeza, añorando los tiempos buenos, lejos y a la distancia.
Cuando abandonamos aquella casa, nos llevamos la copa y el diamante. Durante décadas estuvo en la alacena de la nueva casa. Hasta hace un par de semanas que volví a encontrarlo. Uno tiene tiempo libre cuando se queda sin trabajo. Entonces se dedica a perder el tiempo de la manera más útil posible. Y en casa, siempre hay cosas por remendar. La misma casa donde nos mudamos con mamá y mi hermano. Donde incluso ella murió, ya hace bastante. La que hoy ocupo con mi esposa y mis dos nenas. Las que, hasta hace dos semanas, no sabía cómo carajo iba a mantener.
Hasta que di con ese bendito diamante. Es industrial, había dicho papá, sirve para otros fines.
Recién entonces me pregunté cuáles. Me informé, leí lo suficiente. Y allí estaba, esa insignificante piedra, que le había robado la ilusión a mi padre, conjugándose con mi realidad, el desempleo, la desesperación, una familia.
El diamante es el mineral más duro. El diamante se usa para, entre tantas cosas, cortar vidrio.
La noche estaba helada, por la calle no volaba ni una mosca. Pude comprobar que esa propiedad del diamante era verdad. Corté el vidrio de la joyería con total facilidad. Pude entrar sin hacer sonar ninguna alarma. Cargué todo lo que pude dentro de la mochila: alianzas de oro, de plata, relojes, incluso algunos diamantes naturales.
Vendí todo esa misma noche, en el mundillo negro de la compra venta. Volví a casa con la mochila repleta de dinero. De a poco estoy comprando todo lo que siempre nos hizo falta. Ver a las nenas felices con las muñecas nuevas, me hace llorar de la emoción. Cuánto entiendo ahora a papá, destrozado por no poder darnos una mejor vida. Veo a mi familia hoy, que desconoce mi secreto, pero que cree en la indemnización milagrosa de mi antiguo empleo. No me siento feliz por lo hecho, sino por la felicidad de quiénes me rodean. Me angustia mi secreto, pero tampoco me arrepiento.
Cada vez que, al pasar delante de la copa con el diamante en su interior, que he vuelto a colocar encima de un armario, me acuerdo de aquel día papá llegó exultante a casa con miles de sueños en su cabeza. Creo que de alguna manera, he podido al menos, darle utilidad a su diamante. No puedo esperar que esté orgulloso de su hijo, pero al menos, qué las lágrimas que derramo en la oscuridad de mi habitación, no terminen siendo en vano.

Tres amigos y un vampiro (cuento infantil)

Cada tarde, Agustín, Germán y Axel se juntaban a jugar en la plaza del barrio, que a esa hora estaba lleno de niños y niñas usando las hamacas, el tobogán, el sube y baja y el pasamanos.
Trataban de llegar temprano, para poder conseguir lugar donde tirar unos penales. Pero ese día, al pisar la plaza, escucharon el sonido de un silbato.
¡Otros chicos estaban jugando al fútbol e incluso uno hacía de árbitro!
Con algo de bronca, decidieron ir a jugar a casa de Germán, que vivía cerca, atravesando la plaza. Al llegar a la esquina, mientras esperaban que pasaran los autos para cruzar la calle, observaron que la vieja casa abandonada de tejas rojas y telarañas en las ventanas estaba iluminada.
Todos sabían que nadie vivía allí. Los amigos se miraron entre sí. Aquello era muy extraño. ¡Pero no era solo luz que se veía a través de las cortinas blancas y desgastadas que cubrían las ventanas! ¡Se escuchaban ruidos provenientes del interior!
– Vamos, acerquémonos para averiguar que pasa – sugirió Agustín, aunque sus amigos no estaban muy convencidos.
Temerosos, los tres abrieron la vieja y oxidada reja del frente. Una escalera descolorida conducía hasta la enorme puerta de madera. Desde el interior no provenía ningún sonido nuevo. Solo se escuchaban sus pasos sobre los escalones.
– ¿Nos imaginamos esos ruidos? Porque ahora no se escucha nada – dijo Axel, arrojando una piedra pequeña contra una de las ventanas.
Pero entonces, claro y fuerte, se escuchó una voz desde el otro lado de la puerta.
̶-¡Vampiro, te atraparé dónde sea que te hayas escondido!
Los chicos pegaron un grito del susto y del salto que dieron, se golpearon con la puerta. Como si eso fuera poco, la gran puerta de madera comenzó a abrirse lentamente.
̶-¡El vampiro! ¡El vampiro! – chilló Agustín, tapándose los ojos.
Pero el que apareció, sosteniendo unos papeles, no fue un vampiro, sino un hombre con unos auriculares en la cabeza.
̶- Chicos, estamos filmando una película acá dentro. ¿Ustedes tiraron la piedra?
Más avergonzados que asustados, los tres amigos admitieron lo hecho.
– Bueno, si prometen hacer silencio y no romper nada, pueden ver el resto de la filmación. ¿Están de acuerdo?
De la emoción Agustín, hizo picar la pelota tres veces en el suelo, Germán silbó con alegría y Axel arrojó otra piedra a la ventana.

(cuento escrito para mi esposa Mariana, con el fin de realizar un juego en una clase de teatro para alumnos de 7mo grado)

El reencuentro

Había estado nervioso todo el último mes. Más precisamente desde que había confirmado que iba a la cena del reencuentro con sus compañeros del colegio secundario. Lo habían invitado a principio de año, cuando algunos de sus viejos amigos comenzaron a organizarlo. Pero dudó hasta último momento. Hasta que llegó el ultimátum en su teléfono celular: ¿”Te anoto? Cerramos hoy las reservas”.
En ese momento dijo que sí y de inmediato se arrepintió. Pero no era posible retractarse. No se trataba de una comida en el trabajo o en el club, era nada menos que con los ex compañeros de colegio. Ya había confirmado. No había vuelta atrás. Se imaginaba lo que dirían: “Siempre igual vos, amargado”. O peor aún “No cambiás más, que pelotudo sos”.
En su defensa podía alegar que no fue una época fácil. Sufrió mucho la adolescencia. En aquel entonces era muy tímido. En realidad, lo seguía siendo, pero al menos podía pronunciar dos palabras seguidas sin trabarse. Trataba de pasar desapercibido, pero sus esfuerzo fueron siempre en vano. Ese afán por convertirse en un fantasma, parecían irónicamente dejarlo más expuesto.
Cómo aquel episodio en la fiesta de graduación, que por apartarse del grupo para no salir con su ridícula cara en la foto grupal y arruinar ese recuerdo a los demás, tropezó con la mesa donde estaban los vasos servidos que luego los mozos repartían entre los presentes. Tambalearon todos y más de la mitad derramó el líquido que contenía. Una verdadera catástrofe.
O la vez que por no animarse a dar aviso que lo habían encerrado en uno de los armarios cuando la profesora preguntaba a viva voz dentro del aula dónde estaba Aroldi – tal era su apellido- permaneció en silencio con el fin que no castigaran a sus compañeros y se quedó hasta la noche en la oscuridad, cuando sus padres fueron a buscarlo al colegio asustados que no había retornado y lo encontraron allí, orinado y temblando del miedo.
El día del acto de fin de curso, que debía desfilar con una compañera hasta el escenario central, no concurrió, por miedo a que le jugaran una broma. El pobre Aroldi logró atravesar esa etapa, pero aún los recuerdos pesaban en su mente. A veces, incluso, volvían en forma de pesadillas.
Las últimas cuatro semana habían sido traumáticas. Su cabeza iba y volvía en el tiempo, entre su ser adolescente y éste de ahora, casado y con dos hijos, empleado en una farmacéutica de renombre. Su mujer le había preguntado varias veces si le pasaba algo, a lo que él respondía siempre con la verdad: lo tenía a maltraer esa bendita cena del reencuentro.
Una noche ella le dijo: “¿Y entonces para que vas, si te pone así?
¡Vaya pregunta! De la misma manera que había dicho que iba y luego se había arrepentido, no tenía manera de explicarle a su mujer las razones. Porque era algo que estaba muy adentro suyo. Después de veinticinco años podía demostrarle a todos que había cambiado, que era otra persona, que al fin había dejado de existir el paliducho tímido y tartamudo de la adolescencia.
Ojalá fueran todos, incluso alguno de los profesores, si es que eran que vivían. Porque incluso mucho de ellos se habían mofado de él en aquella etapa tan brava de su vida. No quería pensar en todo ello. Porque el objetivo era demostrar que Aurelio Aroldi era otra persona. Y el nuevo Aurelio Aroldi no solo hablaba bien, tampoco se dejaba pasar encima como antes. Y a diferencia de aquel enclenque de dieciséis años, era capaz de muchas cosas. Entre ellas, cobrarse revancha.
Su mujer lo despidió con un beso en la mejilla. Hacía rato que no lo veía tan exultante. Aurelio subió a su coche cargando el maletín de su trabajo: “Les llevo presentes querida” le dijo antes de arrancar. Y así era: lindas botellitas de vidrio con picosulfato de sodio líquido que vertería en el ponche de bienvenida. No había vuelta atrás.Se lo había jurado en aquellos tiempos: algún día los iba a hacer cagar a todos juntos.

La cima

Era él y la cima, nada ni nadie más. Allá, en lo alto, la inalcanzable meta. Allí, donde él estaba, el punto de partida. Elevó el rostro para observar su destino y dejó que la brisa fresca lo golpeara. Cerró los ojos y respiró hondo. Los pulmones se llenaron de aire. Exhaló. Volvió a abrirlos.
Exhibía una sonrisa contagiosa, sincera. De quién comprende el significado de estar vivo. Emprender su camino entre rocas y salientes era el siguiente paso. Ascender, con la sola ayuda de su cuerpo. Aferrarse a la naturaleza, a sus años en forma de minerales sólidos. Llegar hasta tan lejos, a un sitio que no había soñado de niño. Quería abrazar ese paisaje ríspido que se rendía a sus pies, ese lugar que para otros era quizá tan peligroso como desolador. Y luego, alzarse como una bandera hacia arriba, hasta donde pocos habían llegado.
¿Y para qué? ¿Para qué ese riesgo? ¿Por qué desafiar a la muerte? Su novia lo había perseguido a sol y sombra con esas preguntas. Le había mostrado filmaciones de accidentes en escaladas, imágenes terribles, sucesos desgraciados, uno tras otro, día a día, durante todo el último mes. Y al no poderlo hacer cambiar de idea, se había negado a acompañarlo.
Por eso estaba solo, ante imponente lugar. De nada serviría tratar de llamarla para escuchar su voz y aguardar esperanzado sus buenos deseos, porque no atendería y si lo hiciera, solo habría reproches. Y en aquel instante, envuelto en un aire tan puro, solo pensaba en la cima.
Apoyó el pie derecho sobre una roca y con las manos, buscó una saliente para sujetarse. ¿Para qué? La voz de ella surgió de la nada, apenas audible. Sonrió. La respuesta estaba a su alrededor. Para fundirse en la naturaleza, para atrapar sus formas, para mimetizarse con aquel paisaje al punto de confundirse y la montaña sea hombre y el hombre montaña, que en un momento no se sepa quién sujeta a quién, que ya no sea que escala, sino que la montaña lo sube, agradecida por su abrazo.
La sonrisa de quién está vivo y comprende la vida, cuyo significado está distante de lo material y más cercano a lo simbólico, como aquella cima en lo alto. Vivir es un riesgo a largo plazo porque implica, en un punto imposible de predecir, la muerte. Y feliz es aquel que la enfrenta, buscando no la muerte, sino sus propios límites. Porque son esos límites los que nos recuerdan lo hermoso de lo que nos rodea.
Un pie, luego el otro. Las manos firmes. Un metro, dos. De a poco, disfrutando, el objetivo es más nítido. A veces distante, pero nunca imposible.

Afiches negros

La sala estaba a oscuras. Un acomodador acompañaba a los espectadores hasta sus asientos. Algunos, con generosidad, le daban algún billete a cambio. La ausencia de luz le confería un aire íntimo, de sepulcral silencio. Se escuchaban, sin embargo, suaves cuchicheos, parlamentos en voz baja, el crujir de los asientos, alguna que otra tos que trataba de ser disimulada. Se intuía, el lugar se estaba colmando.
Durante la semana intrigantes afiches habían decorado el frente del modesto teatro. Sugestivos carteles negros sin imágenes ni textos. En la parte inferior, un papel de reducidas dimensiones, pegado por encima del mayor, rezaba: “Jueves imperdible estreno”.
¡Una obra cuya publicidad no hacían mención al título, ni a los actores, director y autor, que carecía de respaldo de una gráfica impactante! Tan solo, afiches negros. Nada más.
Pero esa simpleza fue suficiente para acaparar la atención. Ni siquiera en la boletería del teatro daban mayores precisiones. Hasta parecía que ni los responsables del espacio sabían de qué iba la obra. ¿Cómo no ir?
Pasaban los minutos y el haz de la linterna del acomodador hacía rato no se veía enfocar de manera temblorosa las filas de asientos, tratando de encontrar un sitio disponible. Nos decíamos que tarde o temprano debía comenzar. Pero la espera se hacía larga, casi burocrática, como si hubiese un horario estipulado que cumplir no informado en ninguna parte. Se escuchaban entonces algunos comentarios con el tono más elevado que antes.
De repente escuchamos un sonido sobre el escenario. El de una silla que era arrastrada. Está por comenzar, arriesgamos todos interiormente. Y así fue, porque una tenue luz iluminó el escenario, sacándolo de la penumbra. En el centro del mismo, una silla. Y sentada a la silla, una mujer.
Estaba arropada con un gran vestido blanco. Lo que parecía ser una vincha o venda de tela, del mismo color, pendía de su cuello como un collar de mal gusto. Miraba hacia delante, hacia nosotros. Pétrea en su postura, pero el semblante indiferente, los ojos extraviados en ninguna parte en particular. Estaba descalza, pero a pocos metros podían apreciarse desparramados unos zapatos de tacón. Cerca de estos, lo que parecía ser una espada. No alcanzaba a distinguirse bien, uno estaba sentado y el escenario estaba un tanto más alto, apenas si podíamos ver la silueta del objeto. Pero más atrás, fácil de reconocer, una oxidada balanza griega de dos platillos.
La mujer observaba, parpadeaba, pero no se movía de su lugar. Los labios permanecían impávidos, rigurosamente en silencio. Parecía mirarnos y nosotros a ellas. Pero no había conexión. Era como si su mirada nos traspasara y la nuestra, un inútil intento de alcanzarla.
Seguía sentada sin hacer nada. En cambio, uno se ponía nervioso. Podía percibir la tensión en cada uno, el deseo de preguntarle al otro qué es lo que estaba sucediendo allí arriba del escenario, si acaso la obra estaba por empezar o era parte de la puesta en escena. Aparecieron algunas toses, carraspeos, síntomas de impaciencia. ¿Nos estaban poniendo a prueba? ¿Era parte de un experimento artístico? ¿Era acaso arte lo que estábamos presenciando? Si el arte debe movilizar, vaya si lo estaba haciendo. Se escuchó el sonido de una butaca, un insulto débil pero insulto al fin lanzado al aire y los pasos audibles por el pasillo de un par de piernas retirándose del recinto.
La mujer sobre el escenario, miró hacia otro lado. Como si no quisiera ser cómplice de ese desplante. ¿Era parte de la obra? ¿Ese sujeto en la oscuridad era un integrante del elenco y su partida marcaba el comienzo de un segundo acto? La mujer continuó mirando hacia atrás, en parte dándonos la espalda. A pesar de estar a oscuras, tratábamos de mirar hacia otros asientos, cruzar miradas, encontrar respuestas que no teníamos. La ignorancia es la peor de las mochilas que uno puede cargar.
Otras personas se levantaron de sus asientos y emprendieron el camino central hacia la salida. Los que aún dudábamos sobre lo que estaba sucediendo comenzamos a sospechar algo: esa gente se iba por voluntad propia. Voluntad que otros no teníamos, porque guardábamos celosamente la esperanza de un giro en los acontecimientos.
La mujer de blanco, seguía observando para otro lado, cómo si lo que ocurría en la sala no fuera de su incumbencia. Una señora de la primera fila de quizá unos setenta años de edad, que seguramente ha visto infinidad de escenarios a lo largo de su vida, se puso de pie y con voz trémula exigió que comenzara la función. Otras personas se sumaron al pedido.
La mujer, estoicamente, siguió mirando para otro lado. La señora levantó los brazos y los bajó de golpe. Su paciencia se había acabado. Refunfuñando tomó la ruta del pasillo y fue dejando atrás fila por fila, con personas que trataban de asimilar lo que sucedía y tomar una decisión pronto. ¿Irse o quedarse? ¿Aguardar a la mujer sobre el escenario o resignarse a la pasividad casi criminal de la que incluso parecía jactarse con su indiferencia?
Los que comenzaban a irse mencionaban términos como estafa, fraude, vergüenza… ¡todo parecía irreal! ¿Qué estábamos viendo? Entonces, entre tantas personas que marchaban en dirección a la salida, apareció un joven yendo hacia el escenario. Caminaba con la cabeza gacha, casi eludiendo las miradas. Se acercó hasta el escenario y desde el borde mismo, le hizo seña a la mujer para que se acercara.
Quiénes quedábamos en las butacas, algunos ya de pie esperando su turno para salir al pasillo y de allí a la calle, tratamos de prestar atención a la escena. ¿Ahora si? ¿Comenzaba el espectáculo?
La mujer se volteó hacia el joven y se puso de pie. Nosotros, yo, los que aún permanecíamos, sentimos una extraña sensación de alivio. La mujer ataviada de blanco fue hasta la balanza, la tomó y se acercó al borde del escenario, donde se agachó para agarrar algo que el sujeto le alcanzaba. Era algo chico. La frágil iluminación no permitía una visión clara, pero era una bolsa de plástico. Parecía un sobre al principio porque dentro de la bolsa había algo blanco y el color había brindado la falsa familiaridad del papel.
Con la balanza a sus pies, la mujer depositó sobre uno de los platillos la bolsa con el contenido blanco. La estaba pesando. Pareció asentir con la cabeza, conforme. Se irguió y retrocedió hasta el otro objeto que estaba en el suelo. Las sospechas se disiparon. Era una espada. Y tenía filo. Tal, que la utilizó para rasgar apenas la bolsa plástica. Introdujo un dedo en la misma y lo sacó con un poco del contenido. Acercó su mano al rostro y con la nariz absorbió la sustancia que se ofrecía con el dedo. Arrojó la cabeza hacia atrás y permaneció así medio minuto. Luego se enderezo, buscó algo en su vestido, a la altura de los pechos y extrajo una billetera. La abrió, tomó unos billetes y se las entregó, tras volverse a agachar, al sujeto que le había dado la bolsa de plástico.
El intrigante personaje se marchó por el pasillo, esquivando a los espectadores que en medio de la huida se habían detenido a contemplar lo que sucedía al fin sobre el escenario. En realidad, en el borde mismo, ese que habitualmente delimita la ficción de la realidad.
Miramos de inmediato hacia el escenario. La mujer nos estaba dando de nuevo la espalda, pero porque se estaba marchando. Se llevaba consigo la espada y la balanza. Segundos después había desaparecido detrás de un telón. La silla quedó olvidada, en el centro de la escena, con la pálida luz del único reflector activo.
Quedamos una vez más en silencio, sintiéndonos abandonados, en el desamparo mismo. Cruzamos semblantes perturbados. ¿Qué palabras utilizar para describir las sensaciones? De repente la poca iluminación dejó de ser y como al principio, todo quedó en penumbras.
Tanteando, fuimos buscando la salida, no sin chocarnos unos con otros en varias oportunidades. Era tal la desazón, que ni disculpas nos pedíamos. Solo queríamos estar afuera, lejos de las fauces de aquella sala, lejos de esa mujer, a años luz de su indiferencia.
Marché, marchamos, con la cabeza cabizbaja, con la derrota en la boca y tristeza en el corazón. Son los tiempos que corren, pensé, quizá engañándome. Fuimos dejando a nuestras espaldas los afiches negros, sobre los cuales no pudimos trazar ninguna imagen, ni – imagino – podremos en días posteriores.
Aquella mujer de blanco parecía disfrutar nuestro desconcierto. Sensación amarga y de vulgar familiaridad, como si esa mujer fuera el presente y nosotros, simples espectadores de su decadencia.

Barranca abajo

Hay un río barranca abajo. Es bello y desde lejos parece sereno. Sin embargo, es traicionero.
Lo conozco bien de pequeño. De cuando íbamos con mi padre a pescar antes del amanecer para poder vender luego lo obtenido a la veda de la ruta.
Eran otros tiempos. El río me pertenecía, era parte de mis días. Hoy en día no suelo venir muy seguido hasta aquí, hasta la barranca. Solo en los días en los que pretendo buscar respuestas.
Me gusta dibujar en el horizontes los trazos del pasado, los que se han perdido. Es casi un capricho, un inútil intento de aferrarme a algo que ya no existe.
Por la barranca no solo se ve el río, sino toda la zona baja, esa donde alguna vez había casas una al lado de la otra.
El paisaje es desolador. Pero también lo es a mis espaldas. La ciudad dormida, la ciudad fantasma. Las calles desiertas, las pocas viviendas en pie venidas abajo: puertas que chirrían con el viento, viejas ventanas golpeándose sobre sus marcos y las paredes llorando su pintura seca y descolorida.
No ha quedado nada. Tan solo mi solitaria presencia que no se ha marchado, no por nostalgia, no se confunda. Mis piernas no me lo permiten. No están desde las revueltas, desde el ocaso de la ciudad.
Me las quitó un camión hidrante, en plena contienda. Creo que mis hermanos huyeron creyéndome muerto. Mis padres… de ellos ya no sabía desde mucho antes.
Ya casi ni recuerdo cómo empezó. El hambre y la falta de trabajo me imagino. Años difíciles. Nos decían que había que esperar, que pronto todo mejoraría. Y nosotros, esperábamos.
Cerraron las fábricas, luego los comercios, poco después todos estábamos en las calles. La gente se peleaba hasta para un lugar para pescar a la orilla del río. Nos robábamos la comida entre vecinos. La lucha fue descarnada. ¿Por qué no nos íbamos? Porque cerraron las salidas, la ciudad quedó sitiada. Solo cuando el lugar se convirtió en un cementerio, dejaron que los sobrevivientes se fueran.
Por eso vuelvo a esta barranca. ya sin posibilidad de poder bajar hasta el río y sentir de cerca su olor repugnante, que sabe a dolor. En sus aguas se dejaron caer los cuerpos desde lo alto de las palas mecánicas. Durante días se limpió la ciudad de esa manera. Pero ya nadie nunca volvió. Observé el último suspiro de existencia retorciéndome del dolor, entre arbustos y hojas secas. Me alimenté de alimañas aguardando la muerte. Pero incluso la muerte me abandonó.
Ya pasan vehículos por las rutas, no hay electricidad, no hay servicio de agua ni de gas. Sospecho que hasta el río ha sido desviado más al norte para evitar este paso. Ni siquiera un avión cruza el cielo.
La ciudad fue borrada del mapa. Eso, o cada lugar del mundo luchó por sobrevivir y murió en el intento.
No lo sé. No lo sabré. Permanezco aquí, arrastrándome por las calles, luchando con los animales por la poca comida, viviendo como uno de ellos.
Éramos animales en la barbarie, pero incluso también antes, lamiendo las botas de nuestros dueños por las migajas para comer. El destino estaba escrito desde mucho antes. El final era inevitable. Lo sigue siendo.
El atardecer comienza a pintar los cielos y la temperatura a enfriar la piel. Es hora de volver para buscar un refugio. Es invierno. Lo es todo el año. Porque ni siquiera el sol quita el hielo en mi sangre. No creo que vuelva hasta la barranca por un tiempo.
En un tiempo, el río me pertenecía, porque era mi vida. Hoy es un trazo oscuro a la distancia. Pero algún día, en uno de estos viajes, lo haré. Volveré a conquistarlo. Es tan solo caer barranca abajo y sobrevivir. Luego, arrastrarme con todas las fuerzas, llegar al agua, beber de su cauce y dejarme caer. Hundirme, sentir cómo la corriente me lleva, cómo también mi cuerpo, lo que queda de él, le dice por fin adiós a esta ciudad de nadie.

Conservar la calma

No podía llamar a su hermano, porque él lo primero que haría sería echarle en cara las veces que se lo había advertido. Y era cierto, no una, dos o tres veces… ¡al menos cien!: Marisa, poné alarma. Marisa, tenés que poner rejas. Marisa, vienen unos rollos de alambre para poner encima del tapial. Marisa, tené cuidado, dejá las luces prendidas.
Y lo peor es que ella había considerado cada uno de los consejos, pero jamás materializó alguno. Porque costaba dinero, porque había otras prioridades pero principalmente, porque a ella no le iba a pasar. Entonces, por todo eso, no podía sencillamente marcar en el celular el número de su hermano. ¡Pero algo tenía que hacer! Esta gente no actúa sola, y tarde o temprano, algo van a sospechar y entonces… el gato pasó corriendo entre sus piernas y se tiró de cabeza a su sillón preferido. Marisa sintió que se le escapó un poco de pis entre las piernas.
Temblaba. Todo su cuerpo era una bola de nervios. Sentía que la presión se le caía al suelo, pero mentalmente se imponía mantenerse erguida, tomar un vaso de agua, asegurar las puertas, las ventanas. Pero tenía que llamar a alguien. ¿A quién podía recurrir? Claro, cómo no lo había pensado antes. Edgar, el guardia de seguridad de su trabajo.
Buscó en la agenda de contactos del teléfono hasta dar con su número. Lo marcó, pero sabía que era tarde, que quizá no estaba, o estaría trabajando de vigilancia en algún lugar, sábado a la noche, era de esperarse, podría estar durmiendo, con el celular apagado.
– ¿Quién habla?
La voz la sorprendió al punto de dejar caer el teléfono. Se apresuró en levantarlo del suelo. No sabía que decir, las palabras se agolpaban en su boca, fuera de control de su cerebro.
– Soy Marisa, Marisa del trabajo, Marisa,,,
– Calma, calma… ¿qué sucede Marisa?
– Edgar, siento llamarlo a esta hora, pero ha sido algo horrible, he llegado a casa, tarde, abrí la puerta y ahí estaba, no me dio tiempo a nada.,.
– ¿Quién estaba Marisa?
– ¡El ladrón! ¡El ladrón estaba dentro de casa!
– ¡Por Dios! ¿Está escondida en alguna habitación, logró salir de la casa…?
– No, nada de eso, estoy en mi casa. Pero tengo una situación complicada. Por eso lo llamo.
– ¿La está amenazando? ¿El ladrón aún está allí?
– No, no me amenaza. Pero está acá, es decir, está y no está. ¡Lo maté Edgar! ¡Lo maté!
– ¡Cómo sucedió eso! ¿La ha lastimado?
– Vea, entré así de sopetón porque me estaba orinando encima, ni siquiera encendí las luces y este delincuente debe haber estado tan concentrado buscando cosas de valor a oscuras, que ni prestó atención. Así que imagínese, entré y ahí veo su silueta. Casi me cago encima Edgar, se lo juro. El ladrón se me vino encima y atiné a tomar lo primero y lanzarlo en su dirección.
– ¿Qué le tiró?
– Una imitación de espada samurai que estaba en la pared, al lado de la puerta. Es de mi ex marido. Nunca la vino a buscar. Se la tiré a la bartola, no apunté ni nada. Pero cuando prendí la luz, porque el tipo no se levantaba, vi que se la clavé entre los ojos.
– ¿Está segura que murió? ¿No lo habrá golpeado nada más?
– ¡Claro que estoy segura Edgar! No seré médica, pero que la punta de la espada haya salido por atrás es señal que lo reventé. Además, no se imagina cómo quedó la alfombra persa que era de mi abuela. ¡Llena de sangre! No sé cómo voy a limpiar eso.
– Está bien, trate de conservar la calma.
– Eso intento, pero no se qué hacer. Mi duda principal, no le voy a mentir, es si llamo o no a la policía. Es decir, voy a tener que llamarla, pero… ¿cómo tengo que explicarle, debo decirle que fue defensa propia, qué debo decir?
– No Marisa, no los llame. En primer lugar, si esto llega a la policía, usted va a tener un montón de horas perdidas en la comisaría, en los tribunales, porque por más que haya matado a un ladrón y dentro de su vivienda. Por otro lado, uno nunca sabe de qué lado están, a veces dejan salir de la cárcel a tipos como este para que afanen y se reparten el botín. Además, piense en la prensa, van a venir a hacerle notas, llamarla por teléfono. Pero eso no es nada. Este delincuente debe tener amigos y familiares. Y a ellos les importa un comino que el tipo haya estado violando la ley. Lo único que les va a importar, es cobrarse venganza. Si ellos se enteran, usted es boleta.
– ¡Ay, no! ¡No quiero que me vengan a buscar! ¡Esto es una encrucijada! No lo puedo creer, es una pesadilla. ¿Los ciudadanos que vivimos al día y pagamos los impuestos no tenemos forma de defendernos?
– ¿En qué país vive Marisa? Claro que no. Desde los que gobiernan hasta el más mísero ladrón tienen más derecho que usted y cada uno de nosotros. Tanto unos como los otros viven de nosotros. Lo único que nos queda, es ayudarnos entre nosotros y usted lo ha hecho al llamarme.
– Menos mal que lo llamé Edgar. ¿Usted puede venir a ayudarme?
– Estoy en la isla Marisa, del lado de Entre Ríos. Me vine a pescar. Pero puedo ayudarla igual, Usted tendrá que seguir al pie de la letra mis instrucciones.
– ¿Y no puede venir igual?
– Deberá hacer lo que le digo. No se ponga nerviosa. Primero, debe asegurarse que esté muerto.
– ¡Le digo que está muerto!
– Bien, le creo. Pero busque una cuchilla afilada. ¿Tiene una?
– Por supuesto, para hacer las milanesas. La llevo a afilar una vez al mes.
– Búsquela y clávesela por todo el cuerpo.
– ¡Está loco Edgar!
– Hágame caso. Imagínese que es la rueda del auto de su ex marido y que en un ataque de bronca, le clava la cuchilla cien veces,
– ¿Por qué le haría algo así?
– No sé, quizá la engañó.
– ¿Ese estúpido? No lo creo.
– Marisa, piense en alguien que odie y entonces imagine que le está haciendo agujeros a la pelopincho en el fondo del patio.
– La turra de mi vecina, que le da carne podrida al gato para que se intoxique.
– Eso, piense en su vecina. ¿Ya tiene la cuchilla?
– Si. ¿Podré usarla en milanesas después de esto?
– Claro que podrá, pero trate de clavarla por todo el cuerpo.. Eso servirá para lo que haremos después.
– ¿No cree que si le clavo una sola vez la cuchilla en el corazón, ya está?
– Hágame caso Marisa.
– ¡Lo estoy haciendo, lo estoy haciendo! Esto no es soplar y hacer botellas. Hay partes donde cuesta sacarla.
– Lo está haciendo bien. Ahora vaya recordando donde puede conseguir un poco de alambrado romboidal.
– ¿Qué cosa?
– Un poco de cerco de alambre, ese que tiene forma de rombos.
– ¿Y eso para qué?
– Para envolver el cadáver.
– ¡No diga cadáver! ¡Qué me impresiona!
– Bueno, el cuerpo. Hay que envolverlo.
– Puedo usar la alfombra, total, ya está perdida.
– El alambrado no dejaría que suba a flote.
– Espere un momentito… ¿a flote de dónde?
– Del río. ¿Dónde piensa esconderlo? ¿Va a hacer un pozo en el patio de su casa o en el de su vecina? Apuesto que no tiene ni una pala.
– Claro, apuesta eso pero me pide un cerco perimetral de alambre.
– ¿Tiene o no una pala?
– No tengo.
– ¿Y sabe dónde conseguir algo de ese alambre?
– El frente de mi vecina tiene. Todavía no hizo el tapial. Puedo quitar una parte.
– Bueno, vaya por el alambre.
– Estoy yendo.
– Antes de salir a la calle, mire si no hay un secuaz del ladrón esperando afuera.
– Acabo de mirar por la ventana, no hay nadie.
– Sea cuidadosa. ¿Llevar algo para cortar?
– La cuchilla.
– ¡Va a ensuciar donde corte con sangre!
– ¡Ya la limpié! En la alfombra. ¿Se cree que soy una improvisada?
– Disculpe, no me gustaría que deje cabos sueltos.
– Le dije que la cuchilla es buena, corta como si nada el alambre.
– Solo un poco, con una vuelta alrededor del cuerpo alcanza.
– Ya lo tengo. Me demoré porque aproveché para cortarle el rosal a la turra ésta,
– Vuelva rápido a su casa, no pierda el tiempo.
– No pierdo el tiempo, fue solo una satisfacción personal, ¿Algo me merezco en una noche de mierda como ésta, no cree?
– No se me vaya de tema, necesitamos concentración. Proceda a envolver el… cuerpo.
– Iba a decir la palabra que me impresiona. Vamos, concéntrese.
– Utilice el mismo alambre para ajustar, así no se abre.
– Se lo estoy enganchando en la ropa, así tiene un agarre extra.
– Bien pensado Marisa. Ahora, dígame. ¿Tiene auto?
– Si, un Mini Cooper.
– ¿Y entra el fiambre en el baúl?
– ¿Quiere que lleve el cuerpo al río en mi auto?
– Pedir un taxi y cargar un muerto va a ser sospechoso.
– Tiene razón. Pero ahora que lo pregunta, este tipo no entra en la parte de atrás.
– Va a tener que llevarlo con usted.
– ¡Me va a manchar todo el interior con sangre!
– Utilice una frazada o algo para cubrirlo. O cubra los asientos con algo. Un plástico, una lona.
– Tengo un mantel de hule que era de mi abuela. Pobre abuela, estoy arruinando todas las cosas que me dejó.
– Valore que se las haya dejado, entonces.
– Tampoco me dejó tantas cosas. Era media amarreta la vieja.
– Ya tengo el mantel dentro del auto, ahora tengo que arrastrar al ladrón hasta ahí.
– Use la alfombra para llevarlo.
– Cuando vuelva voy a tener que baldear todo. Es un desastre esto.
– Revise antes los bolsillos del tipo. Saque todo lo que tenga en ellos y después lo quema.
– ¡Cien pesos! No paga ni los productos de limpieza que voy a necesitar.
– Si es documentación, queme todo. Así demoran más en identificarlo, en caso de encontrarlo.
– Usted me dijo que con lo que hice, no deberían.
– Exacto, no tendría motivo para salir a flote. Pero siempre existe la posibilidad que lo encuentre alguien pescando o alguna embarcación lo enganche y lo tire para arriba.
– Ufff… ¡cómo pesa!
– Fuerza, Marisa. Vamos, que usted puede.
– ¿Me está alentando o se refiere a que soy gordita?
– La aliento. De todas formas el ejercicio no le viene mal.
– El lunes vamos a tener que hablar seriamente, Edgar. Creo que se está pasando de la raya.
– Concéntrese. Cierre bien el auto. Ponga el cuerpo de tal manera que no parezca extraño lo que lleva si alguien mira desde afuera.
– Lo estoy haciendo, soy la menos interesada en que eso suceda.
– La idea es arrojarlo al río. Un sector profundo. Si lo hace en cualquier lado, corre el riesgo que sea una zona playita y el cuerpo quede a la vista.
– Odio el río, así que dígame usted dónde lo llevo. Mi ex marido me llevaba a pescar. Bah, pescar. Estábamos cinco horas con las cañas y no sacábamos un solo pescado.
– Tiene que ir más cerca del puerto, donde el calado es mayor. Pero debe evitar lugares donde vea gente paseando.
– ¿A esta hora?
– La gente pasea a toda hora Marisa.
– Se nota que estoy mucho tiempo sola en casa. ¿Debería salir más, no cree?
– Si hubiese estado en casa, el ladrón la hubiese sorprendido dentro.
– Buen punto. En realidad salgo poco. Hoy había ido al cine. Sola.
– El lunes podríamos hablar también sobre eso.
– ¿Quiere que le cuente la película? No se desconcentre Edgar. Ya tomé la calle que va al puerto.
– Siga de largo en la zona de remolcadores. Y también donde se realiza la carga de buques cerealeros.
– Más allá está bastante oscuro.
– Por eso es mejor esa zona. Nadie podrá verla.
– Muy astuto, pero me da miedo.
– Acaba de matar a un delincuente y viaje con él en su auto. ¿Algo le puede dar más miedo que eso?
– Si, que la familia y amigotes de esta mierda se entere y quiera hacerme vuelta y vuelta a la plancha.
– Estacione lo más cerca de la orilla que pueda. Con la puerta del acompañante del lado del río,
– Listo. Le digo Edgar, no se ve un alma. Hasta el río parece quieto. Y a la luna la deben tapar los nubarrones. No está por ninguna parte.
– Mejor, mejor. Saque el cuerpo y hágalo rodar hacia el agua. Esa orilla tiene pendiente, así que va a caer rodando al río.
– Uff… y eso que era flaco. Listo, en el suelo. Ahora lo empujo.
– Empuje.
– ¡Está rodando! ¡Está rodando!
– Bien, bien. Asegúrese que entre al agua.
– Oh no.
– ¿Qué pasa Marisa?
– Se trabó en una madera atravesada. Pensé que la saltaría.
– ¿Había visto la madera antes? ¡Cómo iba a saltar…!
– Ya cállese Edgar, un error de principiante. O cree que salgo a hacer esto todas las noches.
– Baje con cuidado y saque la madera del camino. Luego vuelva a empujar.
– Ve, mire usted lo que ha pasado. La madera tenía clavos y se han enganchado en el alambre romboidal. No es toda mi culpa, Edgar. Usted ha tenido su parte.
– Al contrario, eso demuestra que el alambre va a servir.
– Claro, lo suyo es positivo, lo mío es negativo.
– No discutamos Marisa. Prioricemos el asunto principal.
– El fiambre.
– El fiambre, usted lo ha dicho.
– Listo, ahora si. ¿Escuchó? Entró al agua.
– Bien, ahora aléjese con tranquilidad, súbase al auto y vuelva despacio.
– ¿Le molesta si conversamos en el camino? Esta situación me ha dejado algo tensa. ¿A todo esto, le queda batería en el celular?
– Afortunadamente, parece que ambos lo teníamos bien cargado.
– No hay nada mejor que tener el celular al tope de carga. Mire de la que me ha sacado esta vez.
– Lo que debe prever de ahora en más, es la seguridad de su casa.
– Ya se parece a mi hermano, Edgar. Siempre con advertencias que ponen los pelos de punta.
– Ha quedado demostrado que es mejor prevenir. ¿Tiene alarma?
– No.
– ¿Tiene un perro para que ladre si entra algún intruso y despierte a los vecinos?
– No.
– ¿Tiene rejas en las ventanas, así los delincuentes se topan con un obstáculo que los haga desistir?
– No, harían desentonar los marcos de las ventanas.
– Tiene que pensar en todas esas cosas, Marisa. Hoy en día nadie está seguro.
– ¿Usted tiene alarma dónde está?
– Estoy en la isla, claro que no hay alarma. Pero tengo un arma cerca, por las dudas.
– Si ese es el punto, yo tenía un sable samurai.
– Y ha visto todo lo que ha implicado utilizarlo. Piense si le hubiese errado, quizá no estaríamos hablando.
– Puede ser, debo considerar esos consejos, lo sé. Estoy llegando Edgar, quiero agradecerle lo mucho que… ¡la puta madre!
– ¿Marisa? ¿Qué pasa?
– ¡Dejé la puerta abierta de casa! No, no, no… no puede ser. ¡No, Edgard, no!
– Marisa, me asusta, qué sucede,
– ¡Se han llevado todo, se han llevado todo! ¡La casa vacía, Edgar! ¡No hay seguridad en este país! ¡Estamos solos, Edgar, estamos solos! Lo único que han dejado, es la alfombra repleta de sangre. Ni el estúpido favor de llevarme esa porquería han hecho, malnacidos de porquería. ¿Qué voy a hacer, Edgar, qué voy a hacer?
– Marisa, no hay otro remedio: llame a la policía.

El número de la quiniela de mañana

La ciudad, cualquier ciudad, parece otra en invierno. La gente se esconde en sus hogares escapando del frío, dejando las calles en soledad. De tanto en tanto algún que otro valiente escudado en abrigos las atraviesa en pos de un mandado que no puede esperar, aunque retornan rápido con el fin de buscar reparo en el calor artificial de puertas adentro.
Hay otros que no tienen esa suerte, para quienes las calles representan todo: su vivienda, su medio de vida, su rutina diaria. Escapan de la realidad solo cuando entran algunos minutos a un bar a pedir limosnas, a un garaje para llevarse bolsas con cosas que los dueños piensan tirar o cuando son llevados a la comisaría por alguna denuncia de un vecino malhumorado.
Detrás del supermercado de la calle principal suelen encontrarse por las noches varias personas que juntan cartón, otras que van por el vidrio y el plástico, y hasta casos más críticos que pelean hasta la última sobra de comida o alimento que se haya descartado por haber superado la fecha de vencimiento.
Como hormigas se van llevando poco a poco, hasta limpiar el lugar. Lo van haciendo sabiendo que tienen toda la noche por delante y que allí o dónde tengan el colchón para dormir, sufrirán el mismo frío. Para ellos, el invierno es eterno.
– Me gustaría saber el número de la quiniela, don Alfredo y poder comprarme un lugar decente para dormir – dijo Horacio mientras separaba cartón por un lado y vidrio por el otro.
Alfredo, a quien solo le interesaba por el vidrio, aguardaba a que el hombre más joven terminara para poder cargar lo suyo en su carretón.
– ¡Imagínese! Una casita con estufita, un plato de sopa cada noche y a dormir, nada de estar yirando en medio del frío para poder ganar unos mangos.
El viejo a su lado sonreía. Qué otra cosa podía hacer. Sueños tenían todos y cada uno de los que cada noche se cruzaban en aquel amplio patio.
– ¿Sabe lo que estaría bueno, Alfredo? Una máquina del tiempo ¿Qué me dice? Uno viaja hasta mañana, espía el numerito que salió y vuelve. Al día siguiente lo juega y solucionados todos los problemas.
– Si fuera tan fácil – contestó el viejo, mientras frenaba con la zapatilla un frasco de mermelada que rodaba hacia donde estaba.
– Ya lo sé Alfredo, es un decir, esas cosas no existen.
El viejo largó una carcajada.
– No se me ría Alfredito, por favor.
– No me rio de usted, Horacio. Sino de lo que acaba de decir…
– Por eso, de que quiero viajar al futuro…
– ¡De lo de la máquina me rio! De eso que dijo que no existe.
– Si existiera, todos seríamos ricos – ahora el que reía con toda la jeta era Horacio.
– No, ricos no. Fue un caos.
– ¿Qué cosa?
– Todo.
– ¿Todo qué?
– Todo, la sociedad, las guerras, el hambre, todo fue un caos.
– No le entiendo un pito Alfredo, de qué me habla. Si estábamos hablando de la quiniela y de…
– ¡Viajar en el tiempo! De eso le hablo. ¿Para qué quiere eso de nuevo, Horacio? Aquello…
– Perdió la chaveta don Alfredo. ¿Cómo de nuevo?
El hombre mayor, que tendría unos setenta años se movió inquieto. Sacó dos cigarrillos de un bolsillo y extendió uno hacia Horacio.
– No fumo, gracias.
El viejo insistió, agitando el cigarrillo.
– Bueno, uno no me va a matar – aceptó el otro.
– Venga Horacio, tómese unos minutos y descanse mientras le cuento algo.
– A menos que me vaya a decir el número que sale mañana en la quiniela, me quedo trabajando.
– Le voy a decir por qué no le conviene conocer el número que saldrá mañana.
– Explíquese Alfredo.
– Así como me ve, estoy aquí por decisión propia. Nadie me quitó la casa, ni me despidió de un empleo. No me abandonó mi familia, ni me dejó una mujer. Muy por el contrario, fui quién se fue de su casa, renunció al empleo, se alejó de su familia, de su mujer, de sus seres queridos…
“Todo comenzó hace treinta años, cuando logré lo que me había propuesto desde mi juventud: vencer al tiempo. Cuando era pequeño, leía y veía en cine todo lo que tuviera que ver con viajes en el tiempo. Sabía que era ciencia ficción pero al mismo tiempo, estaba seguro que era posible. Estudié Física e Ingeniería. Me gradué con las mejores notas. Y comencé a trabajar en ese imposible, en una máquina del tiempo. Y hace treinta años, exactamente, lo logré. Fue todo un acontecimiento, el mundo se rindió ante mí”.
“Me dieron el Nobel, di conferencias en todo el mundo, fue multimillonario de la noche a la mañana. El mundo hablaba de mí. Alfredo Titor figuraba en todos los diarios, revistas, canales de televisión, radio… la máquina del tiempo era un éxito. Los experimentos iniciales permitieron a historiadores revisar la historia con descubrimientos notables… si usted supiera Horacio, que distinta es la verdad… pero si tan solo se hubiesen atenido a eso, pero no, usted sabe como son, ellos, los que tiene poder, los que viven bien… ellos quieren más y más, y si bien no viajaron al futuro para buscar un simple número de quiniela, lo hicieron para cosas más atroces, conocimientos que todavía no debían llegar…”
“Horacio, si usted hubiese visto, el mundo se había vuelto demente, estallaban guerras por problemas que aún no habían comenzado, por agravios aún no recibidos, guerras a cuenta de un futuro que transformaban en presente sin interpretación alguna. El pasado quedó en el olvido, la cuestión era el futuro, cómo sacarle ventajas. El caos fue insostenible”.
“No lo dudé Horacio. Viajé en el tiempo hasta el momento mismo de la creación y llevé conmigo imágenes grabadas de lo que sucedería si esa máquina que acababa de construir llegaba al conocimiento de la humanidad. Entonces, ese hombre igual que yo, que llegó advirtiéndome que cometería el error más grave en la historia de la humanidad, me persuadió de lo que estaba haciendo y destruí todo. Hasta la nota más minúscula, todo. Arrojé por la borda mis sueños, mi trabajo, absolutamente todo. Mi ruina fue la culpa. Porque por más que obré a tiempo, otorgándole a la humanidad esta segundad oportunidad, día a día me carcome esa otra existencia paralela, en la que no fuimos de capaces de progresar como sociedad”.
“Prefiero esta soledad nocturna, mi amigo. Esta vida anónima, sobreviviendo con lo justo, pasando hambre y frío. Prefiero estar aquí con usted, soñando con un futuro mejor, que vivir una pesadilla gracias a poder ver el mañana. El mañana es el esfuerzo del hoy. Sin embargo, si existiera la mínima posibilidad de espiarlo por un breve lapso, lo que haríamos sería justamente lo inapropiado: cortar camino. Y el camino que no es recorrido, es una enseñanza perdida. Lo aprendí hace treinta años. Y pesa sobre mi consciencia, a diario”.
“Vamos, apure ese cigarrillo, que hay bastante por hacer. Y no se preocupe por el número de mañana. Ese número siempre estará allí. Pero no siempre nos pertenece. Así es el futuro. Y así debe ser”.

El meteoro

Hace rato que vengo observando ese planeta. Quedó a mi cargo luego de descubrir que tenía las condiciones necesarias para la existencia de vida. Claro que mi investigación no terminó allí, pude demostrar con el tiempo que no solo ofrecía las cualidades, sino que además, había vida. Y no solo eso, era vida inteligente.
Por supuesto, nuestra agencia trabaja de manera cautelosa. No podemos darle a conocer a nuestra población semejante noticia sin antes tomar todos los recaudos en materia de seguridad. Debemos estudiar a las diversas formas de vida, analizarlas, determinar el grado de inteligencia y los potenciales beneficios o peligros de hacer contacto.
Por si fuera poco, no es un planeta que esté cerca, por el contrario, la distancia es enorme. Pero de todas maneras es un logro del que todos estamos satisfechos y orgullosos. La búsqueda en el universo de otros vestigios de vida siempre nos ha apasionado, a lo largo de toda la historia. Poder toparnos con un sitio, si bien lejano, pero real, nos ayuda a repensar lo que nos rodea, a imaginarnos no uno, sino muchísimos planetas en constelaciones de las que probablemente no tenemos aún conocimiento.
Estoy casi seguro que muchas de las máquinas voladoras con las que no hemos encontrado en el espacio, pertenecen a la raza inteligente que domina ese planeta. También hemos ocultado esos descubrimientos. Hemos capturado algunos equipos y notamos que es una tecnología muy diferente a la nuestra. Casi a diario visito las instalaciones donde los tenemos guardados, bien distante de la población. Trato de estudiar cada detalle, como si pudiera encontrar algún tipo de revelación instantánea.
Sin embargo, la esperanza de hacer contacto, se ha ido diluyendo en los últimos meses. Hasta hace poco me imaginaba a una generación futura logrando la comunicación que nos diera la posibilidad de estudiarlos mejor. Nosotros, lamentablemente, a pesar de nuestros esfuerzos, nos hemos aproximado pero sin alcanzar el objetivo.
Lo más cercano, es lo intentado hace un año. Un acto desesperado, como suelo llamarlo delante de los demás miembros del equipo. Un arrebato al comprender que ese objeto que no podíamos identificar, viajando en una órbita extraña, se dirigía finalmente a nuestro planeta especial. Una especie de roca gigante, desprendida de algún cuerpo más grande, quizá un cometa, que a velocidades siderales arremetía contra nuestro hallazgo planetario.
¿Cómo advertirles del peligro? ¿Cómo decirles que debían hacer algo o sufrirían una destrucción masiva? Entonces, usando una de las máquinas capturadas, envié el mensaje. ¿Cómo saber en qué lenguaje hablarles? ¿Cómo hacerme entender?
Recordé esa rara señal que captamos hace mucho tiempo y que identificamos como un lenguaje. Extraño, por cierto, con tan solo puntos y rayas. No lo dudé. Envié el mensaje. Y hoy, debo reconocer, entiendo que no lo han visto o comprendido.
Como me señalara un colega, hace poco, el problema no estuvo en el método o el lenguaje, sino en la noción que teníamos de ese código. ¿Acaso era un lenguaje en sí o solo una manera de encriptar un lenguaje?
El esfuerzo por grabar en ese rojizo planeta cercano el mensaje, modificando su superficie, fue en vano. Hasta ahí podemos llegar hoy con nuestra tecnología. Tan cerca y al mismo tiempo, tan lejos. Mi alerta la borrará el tiempo. Y a ese punto en el universo, en el que deposité mis esperanzas, se lo devorará un maldito meteoro.

NEE NED ZB 6TNN DEIBEDH SIEFI EBEEE SSIEI ESEE SEEE !!

Meteoro Meteoro Gigante A 6 Yahhjs De Distancia Tomar Medidas Urgentes Salven al Planeta Deseamos desde Nuestro Planeta Trex !!

¡Qué pena! ¡Qué gran pena!

* El cuento es más divertido luego de leer esta noticia http://www.lanacion.com.ar/1917737-la-nasa-descifra-mensaje-en-codigo-morse-encontrado-en-la-superficie-de-marte

El destino a cuestas

Las pocas luminarias de la calle quitaban un poco de ferocidad a la noche.
De todos modos, aquello no lo inquietaba. El retorno a casa era lento, como cada final de jornada.
La moto traqueteaba con sus años encima. El frío golpeaba su rostro y le escarchaba los ojos.
Había sido un largo día. Y una vez más, volvía con las manos vacías. Se imaginaba la tristeza en el semblante de su esposa. El llanto del bebé en la cuna. La mesa vacía.
Su recorrido diario había sido en vano. En cada tugurio de la ciudad la respuesta había sido la misma.
El negocio se estaba viniendo abajo. Ya nada era como antes. La moto comenzó a toser y a los pocos metros se detuvo.
Si algo le faltaba, era hacer las últimas diez calles a pie.
Se apeó y empujó el vehículo con lentitud delante de viviendas similares, con sus ventanas bajas, el frente descuidado y sin luces afuera.
El ladrido de algún que otro perro rompía con el silencio cómplice del barrio.
Cuando creyó divisar su casa, vio además una silueta negra en la esquina próxima. Pensó que sería algún borracho, pero la figura comenzó a avanzar hacia él, recortando distancias.
Instintivamente se llevó la mano al cinturón, donde guardaba un cuchillo afilado.
Aminoró la marcha y lo esperó bajo una de las farolas de la calle.
Intuyó que era un ladronzuelo de alguna otra zona, probando suerte. Pero al verle las facciones, el cuchillo cayó de sus manos.
La silueta que avanzaba era su viva imagen, pero al menos quince años más joven.
– A vos te quería encontrar – le dijo la aparición.
– ¿Quién sos? – dudó entre buscar el arma y quitarle la vista de encima. Prefirió esto último.
– ¿Quién te crees que soy? Soy vos. Pero el vos antes de mandarte todas las cagadas juntas. Vergüenza debería darte.
– ¡Cómo te atrevés a hablarme así!
– Te miro y me cuesta reconocerme. Parece mentira, tanto sacrificio de la vieja, para que vos salieras como saliste.
– No tenés idea de mi vida.
– Claro que la tengo. ¿De dónde crees que vengo? De ver a Carla y al nene. No sabés la alegría de ella cuando me vio. No te das una idea. Me pidió llorando que no me fuera, que me quedara con ella. Quedate que todavía sos bueno, me decía.
– Levanto el cuchillo este y te mando a mudar. ¿Qué clase de magia negra es esta?
– Ignorante, ni magia negra ni un carajo. Mirate las manos, llenas de sangre que no lava por más que la enjabones. De tugurio en tugurio, ensuciando el alma por dos mangos. Cerrá los ojos y escuchá la consciencia. Hasta olor a podrido debe haber ahí dentro. Para que no llore la Carla. Si sos un malviviente. Pobre de tu hijo, de nuestro hijo, el padre que le ha tocado.
– ¡A mi nadie… !
La silueta ya no estaba. Solo la esquina de su casa y más allá las precarias paredes, el techo que se venía abajo y un poco de césped en la entrada, que de tanto en tanto lo cuidaba Carla mientras él salía a hacer una de sus changas que ella tanto odiaba.
– ¿Dónde mierda se fue?
Por más que buscó con la vista, solo divisó las formas conocidas del barrio, ese lugar de espanto en el que vivía desde hacía diez años.
Levantó el cuchillo y lo volvió a meter en el cinturón. Empujó la moto el tramo que faltaba y llegó a su casa.
Al entrar, encontró a su mujer llorando.
– ¿Qué te pasa?
– Nada, nada. Tuve una visión y fue… horrible. Pero nada más. Ya te tengo la comida preparada. Ahora pongo la mesa.
– Pará Carla, decime: ¿En ese sueño aparecía yo con quince años menos?
El rostro de Carla palideció.
– No, en mi sueño era yo la que tenía quince años menos. Entraba por la puerta y traía en la mano tu cabeza, que aún chorreaba sangre. Me miraba furiosa y me decía: Ves, esto es lo que tenés que hacer, esto. Cuando duerme, se la cortás y listo.
– Tranquilizate, fue una pesadilla. Alguna brujería de las viejas del barrio.
Carla se largó a llorar de nuevo.
– ¡Pará te dije! Vas a despertar al bebé. ¿Por qué seguís llorando?
– Porque afilé la cuchilla de la carne, pero no tengo la valentía.
Y aún con lágrimas en los ojos, comenzó a poner la mesa. El vio la cuchilla sobre fuera del cajón y supo que tarde o temprano sucedería. Hasta creyó escuchar a su versión más joven reírse del otro lado de la ventana.
No tuvo más remedio que sacar su arma.

La firma

El formulario era el mismo de cada día. No había nada extraño en eso. El membrete de siempre, los datos completados directamente en la computadora, la puntualidad en la entrega. Todo debería ser igual, pero no lo era. El elemento que la inquietó, fue la firma a mano alzada.
Ella no conocía personalmente a Eleuterio Gutiérrez, como suponía que él no la conocía a ella. Trabajaban incluso en edificios distanciados, haciendo tareas diferentes. Sin embargo, cada día, los formularios que él aprobaba en su oficina, llegaban con un cadete horas más tarde a la suya, donde eran colocados en sobres y enviados a sus destinatarios.
El único conocimiento que ella tenía de Eleuterio, era su firma. El trazo firme, armonioso, la E gigantesca seguida de un garabato que parecía querer escalar hacia el noroeste para luego convertirse en una G tan grande como la E, que concluía en un perfil de cardiograma y una línea que recorría la parte inferior de las letras hasta llegar al punto de partida.
Pero notaba esa tarde la firma algo temblorosa, como si la mano que sostenía la pluma, hubiese vibrado en el momento de hacer la presión sobre el papel. Conocía de memoria cada milímetro de la firma, no solo por la rutina de su trabajo, sino porque admiraba el trazo seguro y elegante de Eleuterio.
Muchas veces se había preguntado cómo sería él. Había tenido la esperanza de conocerlo en alguna de las tantas fiestas que organizaba la empresa, pero Eleuterio no era un hombre demasiado sociable, ya que jamás asistía. Lo imaginaba corpulento, entrado en años, siempre bien vestido con traje y corbata, el cabello blanco y prolijo. Casado, sin dudas. Y quizá con varios hijos. Un hombre recto, buen padre, buen esposo. No sabía la razón por la que lo idealizaba de esa manera, pero le gustaba pensar que así sería el hombre detrás de la firma.
En más de una ocasión, a lo largo de los últimos quince años, tuvo el impulso de levantar el teléfono y marcar el número de la oficina de Eleuterio. Pero jamás consiguió una excusa para hacerlo. Esperaba con ansias el día que los formularios demoraran en llegar, en que faltara uno, en que hubiese un dato mal para poder reclamar… pero nunca sucedió. Siempre la labor desde la oficina de Eleuterio fue sencillamente perfecta.
Hasta esa tarde, en la que advirtió la vacilación en la firma. Aquel detalle la angustió. ¿Y si Eleuterio estaba enfermo? No era posible, un hombre como él… Pero la letra temblorosa era evidente, estaba allí, plasmada en el papel. La firma le estaba dando un indicio. Era la excusa para llamar. Para conocer su voz. ¿Y qué le diría? ¿Le preguntaría si estaba enfermo, así, sin más?
Quizá no era un problema de salud. Al menos propio. Podía tratarse de algún problema familiar que lo estaba afectando. ¿Su esposa? ¿Alguno de sus hijos? Debía estar sufriendo. Era probable que el temblequeo en sus manos al firmar los formularios fuera por estar llorando. Y si había estado llorando, lo mejor era algo de consuelo. ¡La incertidumbre la llenaba de congoja!
¿Qué podría estar afectando a Eleuterio? Tenía que llamar. Además, no sabía si tendría otra oportunidad. Debía juntar coraje y levantar el teléfono. Era lo que había esperado por tanto tiempo. Y la excusa estaba delante de sus ojos. Era un pedido de auxilio encubierto, que solo ella podía advertir.
Se puso de pie, se acercó a la ventana, cerró los ojos, respiró profundamente como le enseñaban en las clases de yoga y volvió hasta su escritorio. Tomó asiento y marcó en el teléfono el número que conocía de memoria y cuya secuencia jamás había pulsado.
La línea llamó una vez, dos veces y en la tercera, alguien contestó.
– Oficina de deudas – dijo una voz masculina, aunque joven y demasiado aguda como para ser la de un hombre como Eleuterio.
– Hola, mi nombre es Patricia… – dudó entre seguir hablando y colgar, pero ya había movido los labios y se veía obligada a continuar – y trabajo en la oficina de Logística y Distribución, quisiera si es posible hablar con el señor Gutiérrez.
– ¿Con Gutiérrez?
– Si, con Eleuterio Gutiérrez
– Aguarde un segundo en la línea.
Patricia se mordió los labios. ¿Qué diría a continuación cuando él se pusiera al habla?
– ¿Hola? – otra voz habló del otro lado del teléfono.
– ¿Eleuterio? Perdón… ¿señor Gutiérrez?
– No, eh… disculpe, soy el coordinador del sector, Ramirez, mire Eleuterio Gutiérrez no está en la oficina.
– ¿Se fue a su casa? ¿Se sentía mal, verdad?
– No, mire…
– No es que quiera molestarlo, pero sospeché que no estaba bien, por eso llamé.
– Señora, ¿usted quiere hablar con alguien en particular?
– Si, ya le dije, con Eleuterio Gutiérrez. El gerente que firma los formularios.
El otro hombre hizo un silencio. Escuchó murmullos a través del teléfono.
– Señora… – otro silencio – ¿Patricia dijo que se llamaba, no?
– Si.
– Patricia, escuche: Eleuterio Gutiérrez no existe. La firma la hacen un grupo de empleados, que la tienen estudiada. La verdad que son excelentes.
Ahora la que había quedado en silencio era ella. Estaba tratando de asimilar la información. Aquello no era posible. Lo que le estaban diciendo, no podía ser verdad.
– Pero…
– Son formularios de aviso de deuda, no importa quién los firme, pero es una decisión del negocio desde hace años que siempre sea el mismo nombre, para mantener una coherencia. Gutiérrez no existe, eligieron el nombre al azar. Aunque le soy sincero Patricia, no entendemos para qué quería hablar con él.
– Porque… nada, es que… siempre creí que él… bueno, que él existía y hoy, hoy había algo raro en la firma y…
– Viste García, oíste… – en la otra oficina los murmullos se había elevado, pero ya no hablaban con ella, se habían olvidado que estaba al otro extremo de la conversación – Te dije que el nuevo no tiene la misma mano que los otros, estaba crudo todavía, hasta esta mujer se dio cuenta, yo te dije García, al nuevo le falta…
La llamada se cortó. Alguien en la oficina de Deudas había colgado el teléfono.
Patricia aún tenía el teléfono cerca del oído. Permaneció así varios minutos, sin pensar en nada. Más tarde colgó, se puso de pie y caminó hacia la ventana. Afuera las nubes se agolpaban. La lluvia era inminente. Ella estaba llorando, anticipando la tormenta. No sabía por qué, no entendía la razón, ¿Llorar por alguien que nunca existió? ¿O por tantos años viviendo una misma rutina solo por una falsa ilusión?
Sin embargo, lloraba por él. Por ese hombre que secretamente amaba y ahora no sabía su nombre.

Ilusión

La he visto en sueños. Ayer nomás, al despertar, ella estaba ahí.
Parpadeé varias veces ahuyentando fantasmas, pero siguió pétrea, inmóvil, maravillosa.
Me dije que se iría al ponerme de pie, pero fallé. Sus ojos me seguían como hechizados, pero no eran los suyos frutos de ningún encanto, sino los míos ya perdidos y sumidos a su hipnosis profunda y – me animaría a decir – casi real.
Salí de la habitación, me duché, volví y aún me agasajaba dejándose ver. ¡Y cuánto lo necesitaba!
No sonreía, no hablaba, ni siquiera respiraba. Estaba, nada más.
Era la hora de salir a trabajar. Miré el reloj en la pared. Irme de esa forma, sabiendo que ella estaba en casa, era una puñalada en el corazón. Al cruzar la puerta de calle, desaparecería, sería otra vez un fantasma y debería rogar por un sueño donde apareciera y me abrazara como solo ella sabe.
Si no partía en ese momento, perdería el ómnibus y llegaría tarde. La miré por última vez, guardando parte de ella en mi alma y salí. Fue instantáneo. Esa pequeña porción de ella se esfumó, de la misma forma que su imagen, su aroma, todo lo que representaba. Así de golpe, dejó de existir. El caos de la rutina la consumió en una fracción de segundos.
Respiré profundo, como cada día y me lancé a la rutina. Con suerte, quizá, alguna divinidad del universo me compensara esa noche y me la entregara en sueños, o como esa misma mañana, una vez en un millón, me visitara al despertar. Y cuando eso sucediera, aferrarla para toda la eternidad, si acaso eso era posible.
Cuanto ilusión al evocarla, a pesar de ser sus formas ahora algo difusas. Es que ella, la esperanza, nos corteja muy poco, y a medida que el tiempo avanza, menos que menos. La he visto en sueños y hoy a mi lado. Pero es volátil, como la capacidad de creer en ella.

La complejidad de tener una mascota

Nunca estuve seguro de querer tener una mascota. Porque una cosa es tener y otra querer tener. Puede que uno de tus hijos se aparezca un día con una mascota que lo siguió en la calle y no quede más remedio que aceptarlo, como para demostrar que uno tiene sentimientos o quiere apoyarlo en la causa. O bien, puede suceder, que uno quiera tener una mascota con todo lo que eso implica.
Porque más allá de lo lindo que puede resultar la compañía, hay que entender que conlleva responsabilidades. Se le debe proveer comida, cuidar que esté limpia, que no tenga parásitos, que no se enferme, darles las vacunas necesarias, limpiar donde ensucia, adiestrarla para que haga caso, para que no rompa el mobiliario… podría enumerar cientos de detalles que deben ser tenidos en cuenta a la hora de introducir una mascota en el hogar.
Los límites es otro de los temas. Dónde puede estar, qué hacer, en qué horarios. La permisividad no solo hará que gane una confianza no deseada, sino que además complicará la relación con la mascota. De la misma manera que lo hará el hecho de no impartir las mismas reglas. Esto se aplica a los integrantes de la familia. Porque si alguien desautoriza a otro delante de la mascota, ésta podrá entender de inmediato quién es más débil para tratar de dominarlo.
La debilidad es una cuestión de carácter. Uno puede ser débil con la mascota por una razón de ternura, de no querer retarla cuando es necesario. Los roles deben estar bien distribuidos, pero en ningún momento se debe perder la noción del respeto. Dejarse avasallar por una mascota es firmar la derrota en su educación. Y seamos sinceros, nadie disfruta cuando delante de familiares, amigos o conocidos, la mascota hace de las suyas, pero no precisamente de las “cosas graciosas” que podrían ser motivo de celebración.
Cuando llegó Larry a casa, me propuse ser un dueño con carácter pero que al mismo tiempo le brindara al nuevo habitante de la casa, todo el cariño y atención que fuera posible. Previamente con mis hijos y mujeres acordamos el tema de los roles. Creímos que sería fácil.
Larry, sin embargo, poco tiene de fácil. Esta raza, capturada más allá del cinturón de Orión, suele ser problemática, no sabemos por qué. Pero se deja adiestrar. Lleva trabajo, es cierto, pero es posible. Además, verlos con sus cuerpos de dos patas, erguidos, esas dos extremidades superiores que terminan en pequeñas garritas con cinco extensiones móviles tan flexibles y hábiles que causan gracia y esos rostros diminutos y bellos con tan solo dos ojos y una boca, despiertan en el interior de uno sentimientos que parecían ocultos.
Y ni hablar de la variedad de sonidos que emiten, que en el caso de nuestro Larry, se escuchan a toda hora detrás de los barrotes de su jaulita y que también tanta gracia nos hacen: “Joeputas, joeputas, joeputas”.
¡Qué hermosa especie! Y tan escurridizos, que debemos estar alertas y mantener nuestros veinte ojos bien abiertos para que no se nos escapen.
Pero reitero, entre tener y querer tener hay un abismo de diferencia, sin embargo, lo más importante es comprender las responsabilidades. Una mascota no es un simple pasatiempo. No señor. Es mucho más complejo que eso.

Rostros de sangre

Valentina se asomó por la pequeña claraboya. El cielo invitaba a salir, pero aún no era posible. El aire maloliente le era indiferente. Había perdido la cuenta de las semanas hacinada en aquella bodega sucia y repleta de alimañas. Pero le bastaba mirar hacia el rincón donde estaba su madre sosteniendo en brazos a su pequeño hermano para olvidar aquel calvario y mentalizarse en lo único importante: la esperanza.
Las voces provenientes desde arriba llegaban con cierta nitidez. Varias lenguas hablando al mismo tiempo, palabras conocidas y otras que eran un solo misterio. Lo mismo sucedía allí abajo. No todos provenían de su patria. Vio a muchos no resistir el viaje, quebrarse en llanto, quitarse la vida o simplemente, morir sin llegar a destino.
La oscuridad era constante, si alguien encendía una vela corría el riesgo de provocar un incendio o ser severamente castigado por la tripulación, que de tanto en tanto bajaba a inspeccionar.
Había un sonido que podría relacionar eternamente: el de las toses, casi como un coro nefasto, presagio de muerte. Toses potentes, carraspeos, otras muy agudas. De grandes, de hombres, de mujeres, de niños. Podía identificarlas sin siquiera levantar la vista.
Los que compartían el mismo idioma conjeturaban sobre el momento que los dejarían abandonar la embarcación. Sospechaban que los dejaban para lo último. Primero descenderían los que tenían boletos en los camarotes, gente con mayor cantidad de dinero, algunos de los cuales solo viajaba para hacer negocios sin la intención de quedarse.
Ellos, cada uno de los ocupantes de la bodega, habían dejado lo mucho o lo poco que tenían en su patria para encontrar su lugar en el mundo. El viaje valía la pena. Todo el sufrimiento de las últimas semanas era el premio a una vida de miseria, de justicias negadas, de trabajos mal pagos, de hambre, de dolor, de enfermedad. Llegaban a tierras prometidas, verdaderos paraísos. El pasado era un mal trago. Lo que importaba era el futuro.
Volvió a mirar por la claraboya. Algunas nubes surcaban el cielo. Parecía mentira que fuera el mismo celeste. Creyó que allí brillaría con mayor intensidad, que quizá en lugar de celeste fuera azul. Pero al mismo tiempo, esa familiaridad la reconfortaba. Volvió la mirada hacia su madre, agotada, con ojeras que parecían haberle comido el rostro. Flaca, desnutrida. La prioridad había sido el pequeño. Y él… ¡Qué decir del benjamín de la familia! Cachetes grandes, rosados, el cabello oscuro como lo había tenido papá, la misma sonrisa de mamá – difícil de adivinar en su actual semblante demacrado -, el llanto casi silencioso como si verdaderamente no quisiera ser una carga para mamá.
Cuánta lástima sería por su madre. Había sido fuerte allá, en su infancia, con su esposo al lado. Extrañaba a su padre, pero su madre seguramente más. Porque él había sido el que había ideado el viaje, el que trabajó a destajo para conseguir el dinero y los lugares en el barco. Se encargó de vender todo, de ponerlos en el barco y antes de partir, dos o tres semanas antes, enfermó y murió.
¿Cómo se las arreglaría su madre, con ese pequeño a cuestas? Un país nuevo, con un idioma nuevo, con gente que no conoce, con la responsabilidad de sostenerse de pie, con la entereza de toda su vida. La miraba y trataba de reconocer en sus facciones tristes la mujer que le enseñó a ser una buena persona, a ganarse el pan para la familia. La buscó y creyó encontrarla debajo de la trama de arrugas nuevas, fruto del viaje y de la muerte tan cercana.
Papá murió antes de zarpar. No podía culparlo. Había desgastado su salud para que su familia tuviera lo mejor. Pero ella, que derecho tenía. En el lecho de muerte su padre había tomado su mano y le había dicho “cuida de tu madre y de tu hermano”. Y ella, con lágrimas en los ojos, le había prometido que lo haría. Sin embargo, le había fallado.
Un tripulante anunció que descenderían a tierra firme, en el puerto. Todos se apuraron a ponerse de pie y tomar sus cosas. La mujer en el rincón hizo lo propio, tratando de sostener a su pequeño y poner bajo el otro brazo sus dos valijas. Valentina reprimió un grito de impotencia al alargar sus brazos para ayudarla y traspasarla como si su madre fuera una entidad de aire. Pero era ella el fantasma, era ella con sus jóvenes quince años y esa tos que comenzó a poco de partir. Esas noches de calor inhumano quemándole el alma, atosigándole la cabeza. Esa espesura de noche sin fin ante el dolor de su madre, su mano firme sobre la suya, el rezo interminable, las promesas a un Dios demasiado ocupado en demasiadas miserias juntas y la despedida definitiva, sin mediar palabras, en una simple y devastadora mirada.
Su madre avanzó con su hermano y las valijas, a ritmo lento y torpe, aturdida por la vida. Trató de seguirla, pero estaba inmóvil. La bodega quedó vacía y volvió la oscuridad, con la fuerza de la marea en plena tempestad, arrojándola hasta el fondo de ese barco, ahora su morada, su lecho de muerte. Atrapada para siempre en aquel lugar donde la esperanza se confunde con los sueños, las ilusiones con lo imposible y la vida con la muerte. Cientos de fantasmas como ella, compartiendo un lugar, pero sin poder sentirse, siendo testigos de miles de rostros ajenos que sufren y sueñan al mismo tiempo, con la esperanza de toparse algún día con los que importan, los rostros de quiénes dejaron atrás.
Los rostros de su sangre.

Juguetes del destino

Cuando nombro a Morgan, debo referirme indefectiblemente al futuro. Es que a Morgan lo conoceré dentro de dos décadas, sin embargo y de alguna manera, conozco ahora nuestras conversaciones aún no mantenidas, tanto como sus deseos y miedos, alegrías y prejuicios.
Cada noche al cerrar los ojos, aparece ante mí y se sienta en una reposera de madera con lona blanca, ubicada al lado de una piscina de al menos veinte metros de largo, en un jardín desconocido pero que siempre me brinda la tranquilidad y paz que solo un lugar familiar puede dar.
Solemos compartir un refresco, que no necesariamente es el mismo cada vez. A veces me siento a su lado, sobre el césped y otras, en un pequeño banco de hierro. No he encontrado jamás un significado para cada sitio, como tampoco para lo que bebemos.
En cuanto a nuestras charlas, fluyen y mantienen un orden lógico y cronológico. Nos referimos a los temas de la noche anterior como “lo conversado ayer”. Las palabras son racionales, claras, para nada absurdas. Y si bien siento que estoy en un sueño, la presencia de Morgan es real como cada una de las frases que salen de nuestras bocas.
Claro que no es un sueño y eso debe quedar aclarado. Nuestros encuentros ocurren en un universo atemporal, una especie de vacío cósmico en el que convergen nuestras mentes cuando estamos descansando. Pero ni Morgan es una alucinación para mí ni yo represento eso para el bueno de Morgan.
Si pudiera expresarlo en una imagen, es como si al cerrar los ojos diera un salto hasta un jardín ubicado veinte años en el futuro y Morgan hiciera lo mismo, pero su salto en lugar de ir para delante, va hacia atrás, porque Morgan en el momento de cerrar los ojos cada noche, hace al menos dos décadas que me conoció.
Pensé siempre que ese acontecimiento, para el que faltan dos décadas, sería yo quién generase el encuentro, obligado por estos diálogos nocturnos. No Morgan, quién para cuando yo lo encontrara, aún no sabría nada de mi existencia, dado que sus viajes al jardín ocurren veinte años después de aquello.
Teníamos un conocimiento sobre ese encuentro, pero no la totalidad de las piezas. Nos dábamos cuenta, conversación a conversación, que estábamos ante un rompecabezas gigante y gran parte de nuestras charlas se centraban en aquel momento. Es que por mi parte ignoraba todo lo relacionado a ese momento, en tanto Morgan apenas tenía recuerdos vagos. No obstante, estábamos convencidos, ese cruce depararía los destinos de nuestras existencias.
El primer encuentro en el jardín fue hace varios meses. Desperté todo sudado, alterado y asustado. Nunca había tenido un sueño tan nítido. Morgan no podía ser una invención de mi mente. Cuando a la noche siguiente noté que volvía a aquel jardín tan cálido y repleto de tranquilidad, supe que iba más allá de un juego de la cabeza.
Con el correr de las conversaciones comprendimos que cada uno procedía de un tiempo en particular. Pero el impacto mayor fue ese instante en común, ese futuro y al mismo tiempo, pasado, que se unirían en la continuidad del espacio tiempo, esa fracción de segundos en la que finalmente estaríamos realmente en una misma línea de realidad.
Cada día esperaba con ansias la llegada del sueño, la necesidad de retomar el diálogo en el punto exacto dejado la noche anterior. Poco me importaban las responsabilidades laborales, la rutina mundana, la salidas con amigos, el compromiso con familiares… el verdadero fin de mis días era la noche y con la noche el sueño profundo y aquel jardín rebosante de verde, con piscina, reposera de lona blanca y Morgan sentado en ella.
A diferencia de los sueños, que en la medida que pasan las horas vamos perdiendo referencias, formas y recuerdos, estos diálogos permanecían como esculpido en piedra, palabra por palabra. Y con cada nuevo encuentro nuevas piezas se iban agregando al rompecabezas. Una tras otra, completando los claros y al mismo tiempo, arrojando luz sobre el entramado final, ese que dentro de dos décadas acercaría nuestras vidas.
Pero anoche… anoche ha sido terrible. Por primera vez desde que convergemos en el jardín, nos hemos quedado en silencio, observándonos absortos, tratando de huir sin lograrlo, ni siquiera sin poder movernos de nuestros lugares. Dimos gracias a los vasos en nuestras manos, porque de esa manera, durante la eternidad que duró aquello, jugamos con ellos, con el líquido que contenían, tratando de disparar las ideas hacia otra parte, de hacernos de una forma de escapar del sueño.
Cadía día (o noche) restaban menos piezas por colocar en el rompecabezas. Nos habíamos percatado de ello. Sin embargo, los fragmentos que revelaremos en el próximo encuentro, serán atroces.
Pensar en el siguiente salto al jardín me sabe a dolor. Es una grieta en el alma, algo descabellado. Se revelará lo que me temo, lo que tememos, lo que Morgan también advierte,
Nuestros destinos se unirán dentro de veinte años por unos instantes y a partir de lo que aportamos cada uno, prácticamente sabemos cuando, dónde y por qué. Podemos, porque hemos dialogado durante meses, en ese lugar extraño que nos ha ofrecido el universo.
Dentro de veinte años, con total seguridad, conoceré a Morgan. Sabré que es él y dudo que esa certeza logre evitar lo que inevitablemente ocurrirá. Y Morgan, que ha creído todo este tiempo, cómo lo he creído también, que esa persona sentada en el pasto o sobre el banquito de metal era ese ser que en el pasado había estado en el peor momento de su vida tratando de protegerlo, es sin embargo, la que en aquel pasado difuso apretó el gatillo.
Y aunque me cueste creerlo, aunque me cueste imaginar cómo es que mi vida dará un giro tan extraño y siniestro en las próximas dos décadas, sé que nada podré hacer para remediarlo.
Ese jardín no es más que el juego cruel de algún ser superior, un juego maldito y eterno, casi una pesadilla, en la que creíamos tener el control pero no tenemos nada. Casi como la vida misma, que un día es de una forma y al siguiente, de otra.
Morgan es mi amigo ahora y debería serlo a partir de ese día dentro de veinte años, donde trataríamos de prolongar el encuentro y extender la amistad, como si el universo nos perteneciera y uno pudiera apropiarse del mismo. Juguetes del destino y nada más, sombras en un jardín que palidece con la caída del sol y la oscuridad penetrante de la noche cómplice, que acompaña al demonio en la risa desmedida en el inverosímil infierno de nuestra existencia.
Y de pronto, temer a entrar en la cama, horror ante la idea del sueño, de los ojos cerrados y de la presencia de Morgan sentado ante uno, ya no amigo, sino víctima y juez, consciente de tener delante al asesino de sus padres cuando él apenas era un crío y no al salvador que entre la muchedumbre lo llevó a un refugio.
El temor agonizante de enfrentarme al asesino dormido, que en alguna parte acecha. La angustia de no poder enderezar jamás ese camino. Ese soy yo, el cazador acorralado.
Por eso no dormí antes de anoche, ni anoche y llevo tantas horas en vela, sin concurrir al trabajo, sin contestar el teléfono, ni abrir la puerta ante los repetidos llamados en forma de golpes de puños de vaya saber quiénes, porque el fin está cerca, porque Morgan es mi amigo y porque hace dos noches que me espera en la reposera para decirme lo que durante veinte años se guardó muy adentro. Y no es justo, no es justo para él saber de la muerte por mi propia mano.
Ya casi vencido por el cansancio, no me arrodillo ante el sueño. Morgan me espera, lo sé. Pero Morgan no debe sufrir, No si dentro de veinte años ya no soy, no si para cuando el sueño llegue, yo ya me he ido.
El balcón, la altura.
Morgan.
La caída.
La amistad.
El adiós.

El desafío

Cada mediodía tras salir del colegio se reunían en los viejos asientos de madera ubicados en la plaza, sobre la avenida principal de la pequeña ciudad. No hacían nada en particular, solo perder el tiempo y alargar conversaciones iniciadas en el horario de clase.
Algunas permanecían de pie, otras en los bancos de madera – incluso sentados sobre el respaldo – y otras se ponían de cuclillas, con las carpetas entre las piernas. El atuendo escolar le confería al grupo cierta unidad visual.
El centro de atención solía ser Helena. Le gustaba hablar y hablar. Podía hacerlo durante minutos sin tomarse pausa alguna. El resto de las chicas dejaba que hablara porque los temas que tocaba eran de los más interesantes: chicos, fiestas y experiencias sexuales. Y si bien estaban seguras que inventaba la mayor parte de lo que narraba, al menos las entretenía.
Paula, por el contrario, era de las más calladas. Se había sumado al colegio ese año y tras cinco o seis semanas de compartir las mañanas había logrado integrarse. Solía permanecer de pie, apoyada contra un árbol, a menos de un metro del banco de madera. Le gustaba comerse las uñas y pensar en Paula era imaginarla siempre con una mano en las cercanías de su boca.
Ese mediodía en particular, algo llamó la atención del grupo. Paula no solo no se estaba mordiendo uña alguna, sino que en lugar de prestar atención a lo que contaba Helena, miraba embobada hacia el centro de la plaza, donde alrededor del mástil principal – que a pocos metros tenía la compañía del busto de un prócer olvidado – se juntaban los varones.
Fue Helena la que – a pesar de estar hablando sin parar – reparó en Paula y detuvo su monólogo.
– Parece que a una que yo sé está enamorando – dijo, con la pizca de ironía justa como para que las demás adolescentes rieran con su frase.
Paula comprendió de inmediato que se reían de ella. No se molestó. En lugar de eso, se acercó al banco de madera.
– No estoy mirando a nadie en particular – dijo antes que alguien quisiera acotar algo.
– ¡Vamos! ¡Decinos! ¿Quién te gusta? -preguntó Florencia.
– Ninguno, en serio – y mirando a una por una, notando la picardía en sus rostros, agregó – Además, no necesito que me guste ninguno para mirarlos, podría salir con el que quisiera.
Las chicas se rieron.
– Bueno princesa, se te subieron los humitos – le dijo Helena poniéndose de pie.
– En serio – se defendió Paula – ¿Querés probar?
– Mmm… – Griselda, siempre fabuladora, se interpuso entre ambas – Acá me parece que Paulita ya anda con alguien y nos quiere hacer caer en alguna trampa. Nos va a decir que va a salir con fulano y después aparece con fulano. Pero en realidad, ya estaba con fulano. ¿Me siguen?
– Elegí vos, dale – Paula la miraba directamente a los ojos – Decime qué chico querés que salga este fin de semana conmigo. Y este fin de semana lo vas a ver.
El grupo volvió a reírse.
– Lo digo en serio – enfatizó Paula.
Helena llamó aparte a Griselda.
– Dale, decile alguien boluda, pero no seas tonta, no le digás uno feo que seguro va a agarrar viaje, hacela difícil, decile el más lindo o alguno que tenga novia.
Griselda asintió en silencio. Su amiga tenía razón. El desafío no podía ser sencillo.
– Quiero que salgas con Humberto – anunció Griselda.
Las adolescentes se miraron entre sí. Humberto era el deseo de todas. Jugaba al básquet en la primera división del club de la ciudad y era titular a pesar de su corta edad. Pero no solo era su carisma y cuerpo atlético. Humberto hacía al menos tres años que tenía su noviecita. Una pelirroja de la escuela privada. No solo era la rivalidad escolar, sino el hecho que Humberto hubiese preferido a alguien de otro establecimiento que a cualquiera de ellas.
Paula dio un paso adelante, estrechó la mano de Griselda y se marchó. Las chicas volvieron a reír y Helena retomó la historia que estaba contando antes de la interrupción. Aunque ninguna volvió a prestarle la misma atención. Todas estaban pensando en cómo haría Paula para superar el desafío.
Durante los días siguientes la mayoría de las chicas trató de seguir de cerca a Paula, con el fin de poder sorprenderla hablando con Humberto. Pero en ningún momento vieron que se acercara al chico. Tampoco se veía a Paula preocupada. Cada mediodía iba con ellas a la plaza y de ahí a su casa. Sus compañeras se preguntaban si haría algo por tratar de lograr lo que había prometido.
El viernes, cuando se estaba yendo, Helena le recordó lo pactado.
– Si necesitás ayuda, avisame, quizá con mi experiencia te pueda dar una mano – le dijo en sorna.
Paula no respondió con palabras. Solo le guiñó un ojo. Luego cruzó la avenida y la perdieron de vista.
El grupo comentaba que Paula se había jactado para no quedar como una cobarde, aunque había voces que afirmaban que solo lo había hecho para no develar el nombre del chico que le gustaba.
El sábado a la noche, que era cuando solían encontrarse en el único boliche de la ciudad, lejos de haberse olvidado del desafío, el grupo de chicas se había puesto de acuerdo para estar temprano en el lugar. Si Paula no aparecía, irían en plena madrugada a su casa a arrojarle huevos a la ventana. Era lo mínimo que se merecía si no cumplía con su palabra. Tenían tres docenas en el maletero del auto del hermano de Florencia.
Pero faltando cinco minutos para las dos de la madrugada, vieron entrar a Paula al boliche. Y no iba sola. Humberto caminaba a su lado, tomado de la mano.
Algunas balbucearon. Otras directamente no podían creerlo.
– ¿Y la noviecita de Humberto dónde está?
– No, esto tiene que ser un arreglo. Se pusieron de acuerdo, a mi no me engaña.
– Seguro le dio plata, para no perder el desafío.
En ese instante, Humberto le daba un beso en la boca delante de todos.
– No creo que Humberto se deje ver besando a alguien que no sea su novia… y lo está haciendo delante de todas.
No hablaron por más de diez minutos. Sus miradas estaban atrapadas en los movimientos de Paula y Humberto, que bailaban, permanecían abrazados y se besaban de tanto en tanto.
Finalmente Helena se dirigió a ellos.
– ¡Paula, que sorpresa! – gritó al verla y luego, mirando a Humberto – ¿Estrenando novia?
Humberto sonrió.
– No diría estrenar, hace cuánto que salimos Paula… ¿Dos o tres años?
– Tres mi amor, tres ¿Ya no te acordás?
– ¡Si vos viniste a vivir este año a la ciudad Paula! ¿Qué decís?
Paula y Humberto le dirigieron una mirada de sorpresa.
– Helena, ¿estás bien? – Paula apoyó una mano sobre su hombro – Vos viniste este año a la ciudad, yo nací acá.
Helena estalló en carcajadas.
– ¡Entiendo! ¡Entiendo! Me están haciendo una broma, me doy cuenta…
La miraron como si estuviera loca y se alejaron hacia la barra.
Helena quedó perpleja. En su interior estaba creciendo rabia y el deseo de asestarle un buen sopapo a Paula. La había hecho quedar como una tonta delante del chico más popular del colegio. Volvió cargando la bronca con el grupo de amigas.
– No lo puedo creer, sinceramente no lo puedo creer…
– ¿Qué cosa Helena? – preguntó Griselda,
– ¡Qué no solo llega con Humberto, sino que además me pusieron de acuerdo para hacerme quedar como una tonta!
– Y con quién querés que llegue, si son novios desde hace años… – dijo Florencia mientras tomaba una gaseosa.
– Y vos de lo que dijiste que ibas a hacer, nada, puro bla bla bla – Griselda se reía.
– ¿Yo? ¿Qué iba a hacer yo?
– ¿Ahora no te acordás? Dijiste que ibas a encararte a Humberto delante de Paula. Si lo hacías, tenías el derecho de cagarnos a huevazos y si no lo hacías, esa suerte la corrías vos.
– ¿Ustedes están locas? ¿Se pusieron de acuerdo con la nueva?
El grupo de amigas comenzó a reír al unísono, como una jauría de hienas. A Helena se le erizó el cuerpo. En la barra, mirándola de soslayo, Paula, que se había puesto un tonto y raro sombrero que terminaba en punta, sonreía. Creyó ver un brillo extraño en sus ojos, un punto rojo incandescente, un destello tan aterrador como real. Para entonces la sangre en sus venas era un solo río helado.

Gripe

Benito no quería ir a la escuela. Se había levantado con fiaca y el cielo gris que se proyectaba a través de su ventana confirmó su poca voluntad de salir esa mañana de la casa. Así que decidido, tomó el teléfono y llamó a la directora.
– Ana, hoy no voy a dar clases, llame si es posible a una reemplazante.
– ¿No te sientes bien?
Titubeó, podía mentirle acerca de su estado de salud o bien alegar un trámite de último momento. Eligió sin pensar.
– Gripe. Me sentí fatal toda la tarde y anoche caí en cama con fiebre.
– Benito, cuánto me apena escuchar eso. ¿Mucha fiebre?
– Si, muy alta – y como para confirmar su malestar, acotó a continuación: – Dudo que pueda ir al médico, quizá haga reposo todo el día.
Claro que lo haría. Se quedaría toda la mañana en la cama mirando alguna película online, luego pediría comida a domicilio, almorzaría y volvería a acostarse en su habitación a seguir mirando televisión. Era un plan perfecto para una jornada de nubarrones oscuros y brisa fresca.
– No te preocupes por eso Benito, no salgas, el día está espantoso. Nosotros te enviaremos al médico laboral.
Aquello despertó todas sus alarmas. Un profesional no demoraría ni dos segundos en darse cuenta de su estado. Debía actuar rápido.
– Ana, tengo pensado llamar a mi hermana, ella con seguridad me llevará cuando salga de trabajar, al mediodía.
– ¿Seguro? – la directora mostraba un real interés.
– Si Ana, además, una simple gripe no puede hacerme nada.
– No sabemos si es simple Benito, por favor, está la gripe A por todas partes. ¿Quién te dice que no la sea? Además, con tanta fiebre… es un factor a tener en cuenta. Mira, si para la tarde no has ido, envío al médico. Te estaré llamando.
Al cortar la comunicación, recordó a su amigo Fabián. El hermano era médico. No perdía nada con llamarlo y preguntarle si no le extendería un certificado médico. De esa manera, podría decirle a Ana que había ido al médico y tener el justificativo en papel.
Su amigo le solucionó el problema en pocos minutos.
– Me pidió mi hermano que pases a buscarlo cerca de las siete de la tarde, cuando está cerrando el consultorio – le informó Fabián más tarde.
Cuando a la tarde empezó a llover, agradeció no haber ido a trabajar. Consultó la hora y aún tenía tiempo para ver un capítulo más de la serie que había comenzado después de almorzar. Las ventajas de tener todo el tiempo del mundo es que uno podía decidir en qué malgastarlo.
A la tarde salió a buscar el certificado. Mientras conducía hacia el consultorio del hermano de Fabián se imaginó faltando varios días, quedándose en su casa, pidiendo comida a los deliverys y mirando películas y series. Sumaba al factor “no ir a trabajar”, el de “estar soltero”. ¿Cómo es que no se le había ocurrido antes?
Cuando el médico le entregó el certificado, Benito hizo la pregunta.
– ¿Podrías darme otro con más días? La verdad es que estoy escribiendo una tesis de un posgrado y necesito de todo el tiempo posible, porque la fecha de entrega es antes de fin de mes y estoy atrasado.
Volvió a su casa con dos certificados, un kilo de helado y un pollo de la rotisería de la esquina. Antes de encender el televisor, le escribió un mensaje a la directora.
“Ana, es gripe. Me dieron un certificado por hoy y otro para los próximos cinco días, ya que debo hacer reposo”. Recibió un “Ok que te mejores Besos” como respuesta.
Eran unas mini vacaciones, aunque debía cuidarse de no salir de casa. No podía exponerse que alguien del colegio lo viera lo más campante por la ciudad.
Al otro día, mientras miraba una película, recibió un llamado de Ana.
– Benito, por las dudas estamos tomando medidas de prevención y advirtiendo a los niños que la gripe está rondando. Hoy vendrá un médico a dar una charla al respecto. Tu caso nos ha puesto en alerta.
Agradeció el dato y aconsejó que se cuidaran. Mientras lo hacía, una gran sonrisa estaba instalada en su rostro. No le costaba mentir, lo estaba disfrutando. Cómo no hacerlo, recostado en su cama, con un desayuno abundante y una buena película en la pantalla.
Para la tarde había terminado una temporada más de la serie policial con la que se había enganchado la noche anterior, aunque estaba dudando entre una de un hospital y otra de zombis, como para variar un poco. En medio de una indecisión, llamó su amigo Fabián.
– ¿Vos sugeriste a mi hermano para que vaya a dar una charla sobre la gripe a tu escuela?
Benito casi se atraganta con la medialuna que estaba comiendo.
– ¿Llamaron a tu hermano de la escuela? No lo puedo creer…
– Me avisó recién que pasaba por casa después de la charla y cuando me dijo que era en esa escuela, supuse que vos lo habías invitado. ¿Fuiste a verlo ayer, no?
– Si, por el certificado, pero…
– ¿Pero?
– Le pedí otro, por cinco días más. Y en la escuela dije que tenía gripe. Hoy me avisaron que dan una charla sobre eso. Nunca me imaginé que iría tu hermano. ¡Con todos los médicos que hay en la ciudad!
– Bueno, si sabe que faltás con la excusa de la gripe, no pasa nada.
– En realidad, le mentí…
– ¿Cómo que le mentiste? ¿Dijiste una mentira en la escuela y otra a él?
– Y si, cómo le voy a decir que tengo gripe si estaba más fresco que una lechuga.
– ¡Pero es mi hermano, le hubieras dicho que era un pequeño favor nada más!
– Es que quería faltar más de un día.
– Vos querés mucho, eso es lo que pasa. Espero que no meta la pata.
– De todos modos, no sabe que trabajo ahí.
– Sabe, le dije hace un rato.
– ¡Le dijiste!
– Se me escapó en realidad, me nombró a la escuela y solté “el colegio donde da clases Benito”.
– Seguro va a meter la pata, seguro…
– ¿Qué excusa le pusiste a él?
– Una tesis, de un posgrado…
– ¿Al menos lo estás haciendo? Al posgrado, digo.
– No, qué va. Ni pienso pisar volver a pisar un colegio en mi vida. Para estudiar, claro. Lo piso todos los días, enseñando.
– Entonces te corto y lo llamo. Quizá esté a tiempo de advertirle.
– ¿Y yo quedar como un mentiroso?
– ¡Sos un mentiroso! Ni estás enfermo, ni estás estudiando. Al menos decime la verdad a mí, qué cosa tan importante estás haciendo para inventar tantos pretextos.
– Estoy arreglando la casa, eso estoy haciendo. En la semana no tengo tiempo, los fines de semana los uso para descansar y no quiero perder las vacaciones haciendo lo que no puedo hacer el resto del año. La escuela es agobiante Fabián, los chicos están más descontrolados que nunca, son violentos, insufribles, cuando llego a casa por las tardes no tengo ganas de nada, ni una serie en la tele puedo ver, ni una serie…
Había levantado el tono de la voz, poniendo énfasis en cada palabra, dándole mayor vigor a lo que decía.
– Está bien Benito, está bien… tenés razón. La vida nos obliga a veces a sacrificar nuestro tiempo para sobrevivir, una rara y angustiante paradoja. Me gustaría poder decirte que estás equivocado, pero es un pensamiento afín. Más de una vez he tenido la misma reflexión y debo reconocer que no he tenido los huevos para poder aferrarme a una mentira y poder hacer en casa todo lo que Elvira me viene pidiendo desde que nos casamos.
– Tenés un hermano médico, podés aprovechar.
– Si, aunque es todo un tema para mí, está en el límite entre lo moral y lo filosófico. Lo que debo hacer, lo que necesito hacer. Mi familia me instruyó así, lo sabés bien, Podría hablarlo con mi primo, que es psiquiatra y ha estudiado mucho la mente y las derivaciones…
– ¿Tenés un primo psiquiatra?
– Si, Enrique. Lo has visto en algún que otro cumpleaños. Flaco, de barba…
– ¿Anteojos culo de botella?
– ¡Ese mismo! Bueno, te decía…
– ¿Y vive en la ciudad?
– Si, claro. Frente a lo de Marcos. Bueno, en realidad ahí tiene el consultorio. Vive con los padres, a la vuelta. El tema es que este dilema debo hablarlo con alguien. Lidiar con esta paradoja y quizá si, me anime, Ojo, no digo que estés equivocado. Pero hoy, no estoy de acuerdo. Y si mi hermano habla de más, por boludo vas a estar en problemas.
– No te preocupes Fabián, en serio. No va a pasar nada. Me ayudaste un montón llamándome.
Se despidieron, promesa de verse el fin de semana en el cumpleaños de Horacio. Al fin había podido cortar. Benito estaba exultante. ¿Hablaría de más el hermano de Fabián? No le importaba. ¿Consultaría Ana al doctor, por la gripe contraída por uno de sus maestros, que justamente saltaría en la conversación, sería un conocido en común? Tampoco lo inquietaba.
¡Cómo podía estar preocupado! Más sabiendo que el primo de Fabián era psiquiatra. No solo podía alegar un problema con el manejo de la verdad sino que podía pedir licencia indefinida. ¡Cuánto porvenir repleto de descanso asomaba en el horizonte! ¡Cuántas horas mirando series y películas! ¡Comidas en la cama! ¡Postres a cualquier hora! ¿Y si se cansaba? ¿Si esa vida lo aburría?
Y bueno, siempre estaba la posibilidad de volver a la escuela. Al fin de cuentas, era su trabajo.

Sopa de gallina

Nuestras cenas consisten de sopa de gallina. Eso desde que tengo memoria. La abuela dice que es una tradición que arrastra de su madre. Pero sé que no es cierto. Todo comenzó poco después de haber llegado ella de Rumania, más precisamente después de haberse casado y haber tenido a su único hijo, mi papá.
La abuela, que traía sus costumbres familiares, cuyos orígenes se remontan a la edad media en Transilvania, se casó con un descendiente de un gaucho de las pampas, criado casi a la bartola de conventillo en conventillo.
Mi papá fue bautizado con el nombre de Tristán. Y jamás fue un niño bueno. Sus primeros años los vivió encerrados en el sótano de la casa. Mis abuelos tenían una humilde chacra, pero la habían dotado de un subsuelo donde pasó la infancia mi papá.
Con el tiempo, fue aprendiendo algunos modales y los actos de maldad que profesaba de pequeño fueron remitiendo. No todos, porque por las noches solía escaparse de la habitación que le habían asignado y dedicaba horas y horas bajo la luna matando animales de granjas vecinas.
Colocaban candados en las puertas, trancas en las ventanas, pero de alguna forma lograba ganar el exterior y cuando eso ocurría, las mañanas eran un espanto. En los alrededores de la casa aparecían plumas, cueros, entrañas, sangre…
Pronto los vecinos descubrieron que lo que estaba atacando sus propiedades provenía de la chacra de “los rumanos”. Si bien mi abuelo no lo era, se habían ganado el mote. Cuando se pusieron de acuerdo y se acercaron a hablar, los padres de Tristán no supieron cómo actuar. Sin embargo, mi papá les ahorró las palabras.
Apareció de la nada y hecho un demonio saltó a sus cuellos, arrancando de a mordiscos las arterias, provocando una orgía de sangre y gritos. Los que trataron de huir fueron apresados y condenados a morir a fuerza de golpes y mordeduras. Fue un carnaval propio del infierno, ante la mirada consternada de mis abuelos, petrificados del miedo en la puerta de su hogar.
Pero mi joven padre no terminó allí la faena. Durante dos días recorrió las granjas vecinas y acabó con la vida de todo habitante en las mismas. Nadie quedó vivo. La misma suerte corrieron con el paso de las semanas los animales de las hectáreas adyacentes. Sin nadie que los protegiera, fueron víctimas fáciles del bestial Tristán.
Mis abuelos estaban aterrorizados y ni siquiera trataron de hablar con su hijo. Temían correr la misma suerte que todos sus vecinos. Tristán, por lo tanto, se convirtió en el “Señor” de los campos. Iba y venía a sus anchas, gobernado por una fuerza poco natural que hacía de sus noches, sus días y de sus días, sus noches.
La desaparición de la gente llamó la atención en los pueblos cercanos, donde ellos reponían sus provisiones de tanto en tanto. Aparecieron parientes para saber la suerte de sus seres queridos. Incluso la policía rondó la zona, en busca de pistas sobre los moradores de las “granjas fantasmas”,
Los “rumanos” decían desconocer lo sucedido, pero las sospechas eran enormes. Tristán solía desaparecer cuando advertía la presencia de estos visitantes. Cuando retornaba, solía hacerlo bañado en sangre y con una gallina en la mano.
La locura tuvo su fin cuando Tristán conoció a quién sería mi madre, nieta de uno de los granjeros que perecieron al reclamar la muerte de sus animales en la puerta de la casa de mis abuelos. Siempre nos dijeron que la conoció en un baile, en uno de los pueblos. Pero lejos estuvo de ser verdad. La sorprendió una noche en el camino hacia la granja, perdida luego de vagar todo el día en busca de personas a quién consultar sobre el destino del padre de su mamá.
El destino de la joven era una muerte despiadada, pero la luna resaltó su hermosura en el mismo momento que Tristán había decidido salir de su escondite y terminar con ella. Quedó rendido a sus pies y se presentó como su salvador. Tristán, obrando como jamás lo había hecho, la condujo hasta la granja, donde le ofreció toda su hospitalidad.
Mis abuelos al ver este cambio en la conducta, adoraron a la joven. Ella jamás supo lo acontecido y tanto mi padre como mis abuelos evitaron contarle la verdad. Tristán cesó de matar y a los pocos meses yo estaba en camino.
Jamás pude conocerla. La noche en que me parió, Tristán la mató. Pudo haber sido la sangre derramada en el parto, en la habitación de huéspedes de la pequeña chacra, o la necesidad de matar tanto tiempo reprimida. Lo cierto es que mamá, de quién no tengo ni siquiera una foto, nunca pudo tenerme en brazos. Mi padre no le dio oportunidad alguna.
A él tampoco lo conocí. Esa misma noche, entre gritos desaforados y un llanto desconsolado, como si el acto que había cometido fuera una encrucijada de una naturaleza que lejos estamos de comprender, se internó en el campo y echó a correr.
Nadie jamás supo de él.
Me criaron mis abuelos, tratando día a día de hacerme feliz. Lo lograron, sin dudas que lo hicieron. Y cada noche, desde que tengo memoria, nuestras cenas fueron a base de sopa de gallina. Un día traté de preguntarle a la abuela y me dirigió una mirada gélida que estremeció todo mi cuerpo. El abuelo hizo un ademán para que callara mi curiosidad y nunca más traté de averiguar el motivo del reiterado ritual culinario. Hay cosas, creo, que es mejor no saber.
Hoy sigo sosteniendo lo mismo, y a veces, sobre todo por las noches, trato de pensar en la paz que tendría mi existencia de no haber sido por la última voluntad del abuelo en su lecho de muerte, que fue hablar conmigo a solas, lejos de los sollozos de la abuela, a quién la inminente partida de su compañero de toda la vida le estaba asestando el golpe más grande que pudiera imaginar desde su pobre infancia en Rumania.
El abuelo, temblando, me contó todo lo que he narrado… y algo más, espeluznante. Tristán corrió esa noche, tras matar a mi madre y es verdad, nadie volvió a verlo, pero no por haber huido lejos, sino porque el abuelo lo persiguió con estacas y crucifijos y al enfrentarlo cerca de la ruta, pudo reducirlo y apresarlo.
Desde entonces Tristán está encerrado y atrapado con grilletes en el sótano de la chacra, la misma que lo contuvo en sus años de infante, donde día a día es alimentado con gallinas, cuyos restos luego arroja en un cubo de metal que mi abuela recoge con sumo cuidado y prepara la sopa de cada noche.
Hablo en tiempo presente, porque aún respira bajo las baldosas de mi cuarto, en la total oscuridad, sin ningún otro propósito que el de sobrevivir. Mi abuela ignora la confesión de mi abuelo y es mejor así. No quiero culparla de nada. Al fin de cuentas el monstruo encerrado a un metro de donde escribo estas líneas es su hijo. Pero es hora de ponerle fin. De quemar desde las raíces la maldad. Incluso si eso implica, incinerar todo lo que he conocido en mi vida, que son estas paredes, estos campos, esta pobre vieja que en un castellano torpe sigue llamando a la mesa para tomar una sopa de gallina que me cuesta digerir, tanto o más que la verdadera historia escondida en este recóndito paraje del universo.

Caído del cielo

Habitualmente no circulo por las calles del centro para evitar las multitudes, sobre todo en esos días del mes que vencen los impuestos y la gente sale como loca a pagarlos, con las consecuentes colas en los cajeros automáticos y los puntos de pago. Pero esa mañana me resultaba inevitable, dado que el cliente que debía visitar tenía su estudio justo frente a la plaza principal y como toda ciudad construida a la española, la misma se encuentra en el corazón de la ciudad.
Dejé el coche estacionado a un par de cuadras de mi destino, más que nada para no tener que pagar el estacionamiento medido, tan de moda en los municipios, que ya no saben de dónde sacar fondos para los gastos. Pasé delante del café más lindo de la ciudad, atestado de gente, crucé la avenida principal y tras subir dando saltos la escalera del edificio, me instalé delante del portero eléctrico, para buscar el timbre correspondiente al hombre que debía visitar.
En algún momento de este breve trayecto, Ulises debió de verme. Porque cuando estaba por llamar a la oficina de mi cliente, Ulises apareció de la nada y me aferró el brazo.
– ¡Negro! ¡Cómo caído del cielo!
Mi susto inicial, al sentir que alguien me tomaba del brazo, trocó en perplejidad. Si la memoria no me fallaba, a Ulises no lo veía desde hacía una década. O más. Pero a pesar del tiempo, era imposible no reconocerlo. Con su pera pronunciada y la cabeza calva como una calabaza.
Me estrechó en un abrazo y sin dejarme ni decirle hola, lanzó su pedido.
– Necesito que me prestes 200 o 300 pesos Negro, te juro que te los devuelvo apenas puedas.
Quedé en silencio, con el “¡hola, tanto tiempo!” entre los dientes. Si bien estaba como lo recordaba de la última vez que nos vimos, una tarde en el bar del Gringo, al mismo tiempo no. Es difícil de explicar. Allí lo tenía a Ulises, de cuerpo y alma, pero paralelamente me decía que era imposible, en tanto la cabeza trataba de encontrar el motivo por el cuál aquello parecía extraño.
– Mirá, con 100 hasta podría andar la cosa. Es largo de explicar Negrito, la verdad que parece que hace mil años que no estoy en la ciudad y sos el primer conocido que me cruzo. ¿Podés creer, Negro? El primero.
Me hablaba sosteniendo su mano sobre mi brazo, como midiendo la distancia o cuidando que no me escapara. Y mientras seguía pensando, qué había sido del Ulises. Porque ese día en el bar nos juntamos para despedirlo. Se iba a alguna ciudad distante ¿Rosario? ¿Córdoba? No, Rosario no. Rosario está cerca. Quizá Mendoza. La cosa es que se iba. Y después de eso…
– Si no cargo combustible, estoy jodido viejo. Jodido.
Después de eso, no supimos más nada. Así, de golpe. Un rumor que trajo la novia de Ezequiel, la novia de ese momento claro, hará unos diez años, porque ahora Ezequiel anda con un tal Quique, era que el nombre de Ulises había aparecido en un programa de fenómenos extraterrestres.
– No es necesario meterle super, mucho menos premiun. La normal, de paso rinde más lo que me vayas a prestar. Sé que no es buen combustible, pero el tema es poder salir de acá, vos me entendés.
No, claro que no lo entendía. ¿Ulises, después de diez años, pidiéndome plata? Aquella mina había llegado exaltada, casi corriendo, a la canchita de fútbol cinco donde por esos años nos juntábamos los sábados. Recuerdo bien como venía moviendo las tetas dentro de la musculosa blanca que llevaba puesta. Y pensar que el Ezequiel la dejó porque empezaron a gustarle los pitos. Pero la mina, agitada como estaba, nos preguntó antes que nada si el nombre completo de Ulises, era Ulises Follman Ortiz.
– Fijate, Negrito, fijate si tenés, haceme este favorcito que los Polis están pisándome los talones.
No dijo polis. Yo le entendí polis. Y pensé que se había mandado una y lo estaban buscando. Recordé entonces lo que había dicho la tetona que era novia de aquel maricón: “Escuché en la tele, que en San Rafael, desapareció un hombre después que varias naves no identificadas se dejaron ver en el cielo, rodeadas de una luz azul intensa. Parece que lo abducieron. Se llamaba Ulises Follman Ortiz”.
Ya me parecía que era Mendoza, al menos era la provincia. Desde entonces no supimos nada más de Ulises. Ni siquiera, si aquello había sido verdad o no. Y ahora, allí lo tenía, pidiéndome un par de billetes en la puerta del edificio de mi cliente, a media cuadra de la plaza en la ciudad donde nos criamos.
Al fin hablé.
– Ulises ¿por qué te persigue la cana?
– ¿La cana? – se arqueó para atrás y dio paso a una carcajada. Siempre se había reído así – Los Posh-It dije. Son de la constelación de Alambhra, a diez años luz de Andrómeda. Los cagué en una partida de poker y se la quieren cobrar. Y vos podés creer que la nave se me quedó sin combustible acá a medio kilómetro. Decí que le echás cualquier cosa y funciona, pero nadie me fía un bidoncito. ¡Y claro, con lo cara que está la nafta! En ningún lugar del universo sale lo que sale acá.
Me volvió a pedir la plata.
Le di 250, me volvió a abrazar y se fue contento. Lo perdí doblando por la esquina de la municipalidad. Se lo comenté esa noche a los muchachos en el club y se quedaron boquiabiertos. Nunca más lo volví a ver. Aunque trato de saber de él. Ojo, no espero que me devuelva el dinero, ni mucho menos. Muchas mujeres me han sacado más guita que esa con versos menos complejos. Sin embargo, no dejo de leer ningún blog o sitio web sobre el tema OVNI. Y no es que lo extrañe. Todos nos acostumbremos a que Ulises no esté. Pero que tan solo exista la posibilidad que mientras yo escriba estas líneas él esté surcando el espacio en una nave extraterrestre, ya es suficiente motivo para que su paradero sea mi desvelo.

Caminata al río

A sus pies, el río calmo mecía los pocos camalotes en la orilla. Cincuenta metros más allá un par de pescadores aguardaba en silencio la tensión en sus cañas. El horizonte eran islas y un cielo gris plomizo, inquieto fondo de un paisaje cómplice.
Con la punta del zapato empujó una piedra al río. Hizo un ruido imperceptible y desapareció de su vista, sumergida unos pocos centímetros en el agua marrón. Tenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y la mirada vagando de un punto a otro, sin observar nada en particular.
Había bajado la temperatura después de la puesta del sol y los pescadores se habían puesto sus abrigos. A él el frío no lo inquietaba. Estaba parado en la orilla sin ningún motivo en especial. O en realidad si, pero aún no lo sabía.
Esa tarde se había despertado de la siesta con una sola idea. Caminar hasta el río. Hacía meses que no lo hacía. Antes, cada mañana, recorría a pie las casi treinta cuadras que tenía desde el barrio en el que vivía. No era solo el río, las islas, la caminata en sí. Era el ritual de volver. El retorno a su niñez. A sus días de infancia con ese paisaje delante de los ojos. Los juegos en el agua, los picados de fútbol en las plazoletas, los mojarreros improvisados y las horas esperando el pique en compañía de hermanos, primos y amigos. Su adolescencia, la primera y única novia, el primer beso, la barra de amigos, las salidas, las trasnochadas en grupo, las mateadas de los domingos, el primer laburo…
Ese viaje implicaba a diario un sinfín de sentimientos. Como si pudiera desandar los años y retomar su vida desde cualquier momento. Pero al volver a casa sabía que no era así. Tan solo podía acudir a los recuerdos y por entonces, eso lo conformaba.
Pero la realidad ahora era otra. Desde la muerte de su esposa, la mujer que lo acompañó toda la vida, aquella caminata se postergaba cada mañana. Incluso, la había postergado ese mismo día, cuando después de unos mates amargos, se puso una campera y amagó a ir hasta la puerta. Sin embargo, tras la siesta, la idea se había hecho poderosa.
Y entonces caminó, pisando las hojas de otoño, respirando la brisa fresca de mayo, jugando a recordar los rostros de antaño y aún más difícil, darles un nombre y apellido. El río estaba allí, imponente pero al mismo tiempo, indiferente. No lo estaba esperando, como no espera a nadie. Solo está, porque su existencia es esa.
Cuando emprendió el regreso, ya de noche, los pescadores todavía estaban. Parecían anclados al lugar. Y es probable que lo estuvieran. Él mismo lo había estado, durante años, cada mañana de su vida.
Esa había sido su última visita. Lo supo de inmediato, al tiempo que le daba la espalda al colosal Paraná. Desde que había fallecido su mujer, no había vuelto a sonreír. Ahora lo hacía. Las manos enfundadas en los bolsillos, el tranco lento, la mirada en alto. No hacía falta otro regreso. Lo que buscaba no estaba allí. Nunca lo había estado. Volver era ponerle un marco al ayer, por temor quizá a que de a poco se fuera desdibujando. Pero era algo inevitable, la forma que tiene la vida en transformarse, en dejar lugar para el futuro.
Ignoraba cuánto tiempo le regalaría el caprichoso destino, pero de algo estaba seguro. No lo ocuparía en tratar de alcanzar un río cuyas aguas largamente ya lo habían dejado atrás.
Por eso sonreía en aquella fresca noche de otoño, caminando bajo estrellas ocultas y en calles desiertas.

Ring raje

Soy adicto a tocar timbres. No es un pasatiempo, sino una adicción. La diferencia es que si bien me da placer, sufro mucho y tengo muy en claro que es algo que debo dejar de hacer.
Suelo salir a caminar con la excusa de ir al mercado, a buscar el diario o visitar a mi nieto en la casa de mi hijo y nuera. Pero en realidad, es un itinerario con un único fin, el de presionar timbres en las viviendas que encuentro en el camino.
Elijo las más cercanas a las esquinas, para poder escapar rápidamente de la vista cuando la gente salga a atender la puerta. No pierdo el tiempo cuando es un portero eléctrico. La ventaja del portero es que la gente no tiene que caminar hasta la puerta. Con solo usar el intercomunicador sabe si hay un visitante afuera o no.
También busco las últimas casas de la cuadra porque a esta edad tener que correr no es una elección, sino una imposibilidad. Cuando se superan los setenta años, la vida se hace cuesta arriba. Todo requiere un esfuerzo extra. Incluso las estrategias a la hora de tocar timbres.
Antes llegaba a tocar hasta tres o cuatro timbres en una misma vereda. Corriendo podía escapar con velocidad sin ser visto. En mis tiempos, era el mejor. Al menos entre mis amigos. Cuando purretes, claro. A partir que uno se hace adulto algo así se transforma en una cruzada solitaria. Incluso compartir el secreto es un riesgo. Uno puede caer en la adjetivación fácil y denigrante.
Le he tocado timbre incluso a mi esposa y me he divertido espiándola detrás del jacarandá de la vereda de enfrente. Le fastidia ser víctima de esa broma infantil. Supongo que a todos. Es una broma inofensiva, pero desconcertante. Puedo entender a las víctimas y hasta hacerme el que me da bronca cuando me lo cuentan.
Pero estoy del otro lado. Soy de los que tocan, no de los que van a atender. Y cada año que pasa, reconozco, me da un poco más de vergüenza el pensar que pueden descubrirme. Por eso comprendo que lo mío es una adicción. El sufrimiento va de la mano del placer, o del dedo en este caso.
Cuando el aburrimiento de la tarde se hace hostil y mis piernas susurran su incomodidad con pequeños calambres, me enfundo en mi otra personalidad y tras un beso en cada mejilla me despida de mi esposa, busco un pretexto y atravieso la puerta. Me convierto en el adicto y ya en la calle, de cada lado de la vereda, observo ávido las drogas en forma de timbre que esperan el asalto diario de mi perdición.

Las últimas monedas

Eran las últimas monedas. Podía sentir el peso en el fondo del bolsillo del pantalón como así el tintineo de las mismas al chocar entre sí. Miraba las mesas de poker y el deseo de estar sentado en alguna le provocaba un nudo en el estómago. ¿Cómo podía ser? ¿En qué cabeza podía existir esa idea? Sobre todo cuando había pasado las últimas cuatro horas en una, perdiendo uno tras otro los billetes de su sueldo. Salvo las monedas, claro. Las monedas estaban aún en el bolsillo del pantalón.
Debía estar sintiéndose mal, sufriendo al saber que había perdido la paga de todo un mes en un santiamén. Pensando quizá en las palabras que soltaría delante de su mujer, cuando ella comenzara a exigirle una explicación. Sin embargo, estaba bien. Angustiado, eso si, por no poder seguir jugando. Pero estaba bien. Malditamente bien.
Se rió solo, allí acodado en la barra del casino, despertando miradas ajenas y aburridas, de rostros portadores de diversas tristezas combatidas con tragos en vasos largos. No le importaba llamar la atención, al contrario. Que lo miraran riéndose en solitario lo animó al punto de estallar en carcajadas. Un hombre que usaba peluquín se alejó de su lado. Una señora entrada en años, que vestía una larga falda roja, prefirió apartarse un par de metros. Incluso el barman se distrajo de lo que hacía, dejando caer un limón al suelo.
Ponía nervioso a los demás. Podía sentir esa incomodidad. Era agradable, una sensación placentera. A veces lograba lo mismo en la mesa de poker, aunque no esa noche. Lo asaltó la tos en medio de las carcajadas. El turno de apartarse de la barra ahora fue para él. Se dirigió al baño de caballeros y corrió al lavabo de manos. Con la ayuda de la mano se llevó agua a la boca. Aprovechó para enjuagarse la cara. Ya no tosía, pero el rostro estaba colorado. Al moverse volvieron a hacerse escuchar las monedas. Un ruido más cerrado y sonoro llegó desde uno de los retretes. Alguien trató de taparlo con un carraspeo, pero el pedo había sido elocuente.
Algo tan tono como un pedo lo había devuelto a la realidad. Miró el espejo delante suyo y vio a un hombre con pronunciadas arrugas, de hombros caídos, con el rostro húmedo y agitado, el poco cabello algo revuelto, ropa vieja y desgastada… el semblante de un perdedor, de alguien que hay hecho de su vida la nada misma.
La puerta golpeó el marco. Alguien más entró al baño y fue hasta los mingitorios. Volvió a mirarse en ese reflejo de mal gusto pero de inmediato quitó la mirada. Era suficiente. Salió del baño, dejó atrás la barra del bar, las mesas de poker, las ruletas, siguió la alfombra roja hasta la salida y escapó, casi al borde de la histeria, al aire libre, donde la brisa fresca lo recibió sin previo aviso, como un sopapo en la mejilla.
Metió las manos repentinamente frías en los bolsillos del pantalón, topándose con las monedas. Las últimas que le quedaban. Había regalado el sueldo en un juego de cartas y ya nada le quedaba para el resto del mes. Solo esas monedas, migajas de la miseria.
Su casa estaba lejos, quizá servirían para el colectivo. Había llegado en taxi, pero aquel lujo era ahora un imposible. También lo sería hablarle a su mujer, pero esa sería una historia futura, con suerte de la mañana siguiente. Avanzó unos metros y se vio sobre un colchón, bajo la vidriera de una tienda de ropa. No era él, pero al mismo tiempo lo era. Ese rostro hambriento era prácticamente igual al que había visto en el espejo del baño..Con más cabello, sucio y despeinado, ropas andrajosas, menos dientes y una mirada sin brillo, ausente. Podía jugar a las “siete diferencias” si se lo proponía, pero no no más. Así de cerca estaba de su destino, así de cerca aquel hombre sin techo lo aconsejaba en silencio.
Tanteó el bolsillo y apresó con la mano aquellas últimas monedas. Se las dio al hombre sin pensarlo dos veces. Como a veces sucedía en las manos de poker, cuando actuaba por impulso y se quedaba sin nada. Ahora también, es un salto en caída libre hacia un abismo sin fondo, como su vida misma, de desencanto en desencanto, de frustración en frustración. La vida de un perdedor que se caga en todo, en todos, que solo le importa sufrir y sentirse menos.
La brisa se transformó en viento mientras dejaba la parada del colectivo atrás. La premisa ahora era caminar. Un pie detrás del otro, de a poco, lentamente, como no queriendo llegar nunca, como si el deseo fuera otro, uno más cruel pero justo, en el que la noche mostrara los dientes y en sus fauces lo engullera para privarlo de lo poco que aún lo hiciera feliz. Pero nada de eso sucedería. Caminaría, llegaría a su casa, pelearía con su mujer y la vida continuaría. Para mal, para bien. Ya no lo sabía. Quizá el destino era que algún día entendiera algo, una moraleja, una lección, algo. O tal vez, simplemente, que el azar le diera otra oportunidad y pudiera hacer su mejor apuesta.

Musa inspiradora

La rubia entró al bar hecha una furia, dejando golpear la puerta contra el marco lo que provocó que desde todas las mesas las miradas se dirigieran a ella.

Al verla, llevaron la vista a una de las mesas pegadas a la ventana que da a la calle. La mesa que siempre ocupa Luis.

Los altos tacones repiquetearon sobre el deslustrado piso de madera. Luis la había visto, pero se hacía el boludo. Fingía estar compenetrado en la resolución de un crucigrama en la sección de pasatiempos del diario.

Ella se plantó delante de la mesa y sin esperar que él se percatara de su presencia, escupió su bronca:

– ¡Luis, dejá de escribir sobre mí!

El hombre agitó sus hombros, para hacerse el sorprendido y levantó la cabeza hacia donde ella estaba. Le miró el rostro, luego las tetas – que parecían leudar dentro del escote – y otra vez el rostro.

– ¡Carinita, que linda sorpresa!

– ¡Qué Carinita ni ocho cuartos!¡Otra vez escribiste una historia conmigo como protagonista!

– Pero Carinita, es ficción.

La rubia abrió los ojos lo más grandes que pudo, se apretó los puños conteniendo la bronca y le pegó un zapatazo al suelo.

– ¡Me cago en vos Luis, sos un pelotudo! La primera vez, vaya y pase, lo tomo como un halago. La segunda vez, bueno, te la perdono, pero te lo advertí… ahora, la tercera, la cuarta y hoy la quinta historia en la que me hacés ver como la reina del glamour y las orgías en ese mundo pervertido que es tu cabeza ¡es el colmo! ¡Te voy a denunciar!

Y como sentencia física de la sentencia oral agarró el vaso de jugo de naranja que acompañaba el café y se lo arrojó a la cabeza.

Luis dio un salto hacia atrás, poniéndose de pie. No pude evitar el vaso, ni detener la caída estrepitosa de la silla contra el piso.

– ¡Carina, mirá lo que hacés!

– ¡Carina las pelotas, imbécil! Me cansaste, hasta acá llegó nuestra amistad, no quiero ni volver a verte y más vale que dejes de publicar esas historias en la revista, porque te mato, te corto el pito, te saco los ojos, te… – la rubia se largó a llorar, venía haciendo un esfuerzo enorme para aparentar fortaleza, pero aquella catarata de catarsis derrumbó todo intento de permanecer firme.

Luis se acercó, primero con miedo, luego envalentonado al verla quebrada anímicamente. Por las dudas alejó el pocillo del café, no fuera a ser que quisiera convertirlo también en un objeto contundente.

– Escuchame pimpollito, escuchame…

Entre hipos y manotazos al aire, ella lo dejó aproximarse.

– No escribo más sobre vos, te lo prometo. Se acabó. No me importa que la gente se enoje, ni que los editores pidan más y más historias de Carinita, ni todas las cosas lindas que me escriben los lectores, ni las cartas que llegan al diario, nada de nada. Se acabó. Te lo prometo.

La rubia tomó una servilleta y se la pasó por la cara. Se le corrió un poco de maquillaje pero no le importó. Luis se había acercado bastante, lo suficiente como para pasarle un brazo alrededor de los hombros.

– En… en serio que… – hipo – que la gente te escribe.

– Si, en serio. Aman a Carinita.

– ¿Me aman?

– Te aman, dicen cosas hermosas sobre vos. Están ansiosos siempre por la siguiente historia. Pero ya no importa. Lo que importa es que vos estés bien.

Carina se apartó de Luis y buscó una silla. Luis, nunca lerdo, acercó una silla a la de ella.

– Es que hoy en la peluquería volví a verme en una de las historias y me sentí…

– ¿Violada?

– ¡No! Vulnerada. Me da pudor.

– Mirá, esa sola noche juntos despertó mil historias en mi mente. Cada línea es un homenaje, un recuerdo vivo de mis sentimientos, quiero que seas eterna a través de mis letras. ¿No te gusta eso?

– Es que, la Carina de esas historias es tan…

– Encantadora

– No, puta.

– Carina, por favor, ella es un alma libre, decidida. Estás equivocando el punto de vista.

– ¿Seguro?

– ¡Segurísimo! ¿Soy el autor, no?

– Tenés razón – dijo la rubia, al tiempo que se ponía de pie – Mirá, hacé de cuenta que no dije nada, perdoname por el jugo que te tiré encima, si la gente me quiere, dale, seguí escribiendo.

Dio dos pasos hacia la puerta, se detuvo, giró, volvió hacia Luis, lo besó brevemente en los labios y finalmente se fue del bar.

La gente en las mesas volvió a sus asuntos. Luis se acomodó la ropa, juntó el vaso, la silla que aún estaba en el suelo y llamó a Ramón, el mozo.

– Traéme otro café Ramón, que éste ya se enfrió.

– Casi se queda sin musa inspiradora, Luis.

– No me hagás reír, le cambiaba el nombre y seguía escribiendo las mismas cosas. Pero era una lástima terminar así con una mina así. ¿Viste lo buena que está? ¿Y cuál es el precio? Un vaso de jugo en la cabeza.

– Pero no es la primera que una mujer viene y le revolea algo, Luis. ¿La semana pasada no fue una morocha? ¿No estará jugando muy al límite con sus conocidas?

– Mi amigo, esta profesión no es fácil. Usted me me acá sentado la mayor parte del día, pero no se imagina lo que son las noches. No se imagina. Por eso, traiga un café fuerte, que esta noche no quiero quedarme dormido en la mejor parte.

El jacarandá

Conozco cada rama, cada una. Le temo a la noche, a sus recovecos, al silencio que genera y los sonidos que escupe, a las sombras que la luna dibuja con mala intención. Y por culpa de ese temor, es que las conozco mejor que nadie. Podría dibujarlas con los ojos cerrados. Podría, pero me aterro de solo pensarlas.

En mis noches de insomnio he podido observarlas en detalle, descifrando sus siluetas caprichosas, aprendiendo sus movimientos oscilantes y el repliegue ante el viento o la quietud ante la brisa.

Ese jacarandá justo delante de mi ventana ha sido en estos años de vida una compañía inquietante. He tratado de no mirarlo, de hacer el esfuerzo por voltearme en la cama hacia el lado contrario, pero el susurro de sus hojas me llama, me obliga a mirarlo, a tener la certeza que aún está allí y que sus ramas permanecen del otro lado del vidrio y que nada hacen por querer penetrar en mi cuarto.

Las noches en vela, que se traducirán en el cansancio y malestar durante el día, son la prueba irrefutable del conocimiento de las ramas del jacarandá. He imagino miles de historia sobre ellas, he visto como las hojas van y vienen, temporales moradoras. Y sin embargo, a pesar de todo, no me creen.

He llamado varias veces y me han tratado de absurdo, de loco, de estúpido. Conozco cada centímetro de ese árbol, cada contorno en la oscuridad. Por eso, cuando digo al teléfono a la operadora del 911 que aquello que pende a mitad de altura entre las primeras ramas y la cercanía de la copa no es otra cosa que un brazo colgando, lo digo con la total certeza que el miedo y las horas muertas me han brindado.

Es un brazo y se mece a voluntad del viento; es un brazo y ningún cuerpo.

Un hombre de negocios

Hasta ese día, Juan Carlos era un hombre de negocios. Exitoso, seguro de sí mismo, un emprendedor que sin temerle a nada apostaba en ganador. Su palabra arrojaba un manto de seguridad para los inversores que dependían de su visión. Mencionarlo en una conversación era inclinar la balanza a favor. Tal era el peso que tenía en el mundillo del dinero.
Puertas adentro, Mabel, su esposa, lo consideraba un buen marido, un padre preocupado y atento con sus hijos y una persona mucho mejor de la que siempre soñó como compañero en la vida. Si bien sus viajes continuos la afligían, el saber que la amaba le era suficiente.
El vuelo desde Estados Unidos se atrasó cinco horas. El mal tiempo en una de las escalas motivó que Juan Carlos no pudiera llegar a horario al cumpleaños de Matías.
– Estoy en taxi, amor, supongo que se están divirtiendo de lo lindo – preguntó Juan Carlos por teléfono a su mujer, tratando de disimular la bronca por no poder estar en ese momento en su casa.
– Si, pero Matías te espera a vos, quiere darte una sorpresa… pero no te preocupes, no le pidas al taxitas que se apure, vení tranquilo, él se está divirtiendo con los primos.
– No todos los días un hijo cumple cinco años.
– Pero si todos los días ocurren accidentes de tránsito – Mabel hizo una pausa – No importa la hora a la que llegues, el va a guardar la mejor sonrisa para vos.
Ella tenía razón. Le pidió al taxista que omitiera su pedido de apurarse. Se acomodó en su asiento y se dejó llevar por el paisaje exterior, tan conocido y al mismo tiempo inexplorado. Solo conocía oficinas y más oficinas.
El coche se detuvo frente a su casa al atardecer. La música llegaba hasta la calle. Una voz femenina contaba la historia de sapo aparentemente gracioso y saltarín. Sonrió antes de entrar por la puerta. Nada mejor que presentarse ante los demás con una grata sonrisa. No siempre era genuina, pero esa sí. Estaba en casa y su hijo celebraba su quinto año de vida. ¿Qué más podía pedir?
Mabel había estado atenta mirando de reojo por la ventana y lo había visto subir las escalinatas. Ni bien puso un pie en la sala, se arrojó a sus brazos. Quería sentir su cuerpo cerca, luego de varios días extrañándolo. Juan Carlos respondió abrazándola con fuerza. El sentimiento tácito, el poder sentir la respiración del otro, el fundirse en un solo ser. ¿Qué otra señal necesita el universo para comprender que eso es el amor?
– Matías está en el patio, quisiera en realidad llevarte a otro lado – Mabel sonrió pícaramente – pero creo que no vamos a poder – dijo largando una carcajada. Estaba feliz de verlo en casa.
Juan Carlos desajustó la corbata y buscó en su maletín el regalo envuelto en papel azul metalizado coronado con un moño dorado. Se había tomado una tarde para buscar aquel personaje del dibujo animado favorito de su hijo.
En el camino se encontró con parientes y amigos. Los saludó brevemente, con la excusa de saludar a su hijo. Fue hasta la puerta balcón que daba al patio y salió al exterior, donde algunas luces ya estaban encendidas, previendo el inminente adiós del sol.
Había muchos chicos correteando, la mayoría de mayor edad que su hijo más pequeño. Mabel solía invitar a los amigos de su hijo más grande, Ezequiel, al que creyó ver trepando a un árbol en el extremo opuesto del patio. Todavía no había podido dar con Matías. No estaba con los niños que jugaban sobre el césped, ni tampoco en el sector de juegos, que estaba compuesto por un tobogán, un sube y baja y dos hamacas.
Sin quitar la vista de los sitios donde había niños en grupo, fue hasta la parte posterior del jardín, siguiendo un camino de piedras que había hecho traer desde el sur del país especialmente. Al girar por detrás de la casa se detuvo de golpe y el regalo cayó de su mano al piso.
Dio dos pasos hacia atrás y trastabilló con sus propios pies, cayendo de espaldas ruidosamente. Algunos chicos que jugaban cerca se largaron a reír. Matías, en cambio, rompió en un llanto desconsolado, sin poder comprender por qué su papá al verlo se había asustado tanto.
Juan Carlos despertó dos horas más tarde en su habitación. Mabel estaba a su lado, con semblante preocupado.
– ¿Qué me pasó? – preguntó Juan Carlos, viendo que estaba en la cama.
– El médico acaba de irse, al caer te golpeaste la cabeza, pidió que el lunes sin falta te hagas una tomografía – le alcanzó un vaso de agua y prosiguió hablando – Matías se asustó mucho, estaba delante tuyo cuando te caíste.
Juan Carlos tosió mientras tomaba agua. Parte del líquido se derramó encima de su cuerpo. Mabel se apuró en quitarle el vaso.
– ¿Matías estaba ahí? – parecía sorprendido, no recordaba haber visto a su hijo.
– Claro que estaba ahí, te estaba esperando para darte una sorpresa, te caíste justo que él te encontró.
– Pero… – Juan Carlos quedó en silencio, pensativo.
Su rostro estaba pálido. Sus ojos entornados parecían querer algo que estaba más allá de sus recuerdos y sin embargo estaban posados en un recuerdo extraño, como si la imagen grabada en su cabeza estuviera allí mismo, entre él y su esposa.
– Algo te asustó – afirmó Mabel.
– No, no lo creo… yo…
– Te orinaste encima.
Juan Carlos quedó absorto. Instintivamente llevó sus manos hacia la zona de los genitales.
– Ya te cambié, no quería que el médico te encontrara así.
– ¿Qué dijo de eso? ¿Fue por el golpe?
– No se lo comenté.
Otra vez el silencio. La incomodidad. Cómo si ambos fueran dos extraños. Cómo si la escena de un par de horas antes, con el abrazo, la sensación de completa felicidad, hubiese sido protagonizada por otras personas.
– Ahí afuera había un payaso, Mabel – confesó al fin Juan Carlos.
Ahora la que parecía confundida era ella.
– ¡Claro que había un payaso! – no sabía si reírse o enojarse, la comisura de los labios se inclinaba hacia arriba y abajo – ¡Matías se había disfrazado de payaso para recibirte!
– Mabel, necesito vomitar, por favor…
Pero su esposa no tuvo tiempo de nada, Juan Carlos se inclinó fuera de la cama y arrojó lo poco que había comido en el avión sobre la alfombra de la habitación.
Mabel se llevó una mano al rostro.
– ¿Qué te sucede Juan Carlos?
Ahora lo notaba agitado. Ya se había recostado nuevamente en la cama. Se quedó mirando el techo al menos un par de minutos. Mabel estaba por ir a buscar algo con qué limpiar la alfombra, cuando escuchó su voz.
– Le tengo fobia a los payasos.
Ella giró para mirarlo justo debajo del marco de la puerta de la habitación.
– Era tu hijo, Juan Carlos.
– Solo vi un payaso. Es la imagen que tengo en la mente. Un payaso horrible, con garras en lugar de manos, sangre cayendo de sus labios y un líquido viscoso saliendo por los ojos.
– ¿Te estás escuchando?
– Así veo los payasos – nuevamente estaba pálido, como si el recuerdo de lo que había visto volviera a asustarlo – No tengo otra manera de verlos. Jamás llevé a los chicos al circo porque les tengo temor a los payasos.
– Bien, eso es algo que podemos hablar más adelante. Creo que lo importante ahora, además que te recuperes, es que puedas explicarle a tu hijo que no ha sido su culpa, porque está llorando en su cuarto desconsolado, pensando que el causó tu caída.
– Es que no ha sido él, sino ese payaso…
– Matías estaba vestido como payaso, incluso se había maquillado…
– Tenía garras, Mabel, garras enormes y la sangre…
– Juan Carlos, era tu hijo, maquillado por mi hermana vestido con un traje que le compré hace dos días en el centro. No había ningún monstruo.
– No, yo ví…
– ¡Juan Carlos, escuchate por el amor de dios! ¿Qué tomaste? ¿Te convidaron drogas? ¿Bebiste algo en el viaje?
El hombre de negocios cruzó los brazos, fastidiado. No pretendía que ella pudiera imaginarse lo que él vio, pero tampoco le gustaba que lo tratara así, con esa desconfianza.
Mabel giró para marcharse, pero él la llamó por su nombre.
– Es lo que vi, esa criatura no era Matías.
Ahora si, lo dejó solo en la habitación. Volvió más tarde con un balde. Se lo dejó a un lado de la cama y le pidió que limpiara. Y que cuando terminara, fuera a ver a su hijo.
Cuando Juan Carlos golpeó a la puerta de Matías, deseó que estuviera dormido. Sin embargo la vocecita de su hijo se escuchó invitándolo a pasar.
Estaba acostado en la cama, con la ropa para dormir. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. No había rastros del traje de payaso en ninguna parte y agradeció por ello en silencio. Abrazó a su hijo con mucho cariño.
– Feliz cumpleaños Matías – le dijo en un susurro, cerca del oído.
– Gracias por el regalo papá, la tía lo encontró en el suelo, ahí dónde…
Papá sonrió.
– Me alegra que te haya gustado – notó entonces que el muñeco estaba también en la cama, bajo la almohada.
– ¿Fue mi culpa papá? Yo quería darte una sorpresa y pensé que si aparecía de golpe te ibas a reír.
– No, no fue tu culpa, yo… me tropecé, creo que de la alegría de verte, debo haber tropezado, si, y lo que soy más torpe que un camello no pude hacer pie y bueno, ya me viste, me desparramé por todo el patio.
Dijo las últimas palabras riendo, por lo que ambos terminaron a las carcajadas. Mabel estaba en el pasillo y podía escuchar las risotadas. Eso la reconfortó. Sin embargo estaba preocupada. ¿Su marido estaría perdiendo la cordura?
La puerta de la habitación se abrió y Juan Carlos salió al pasillo. Quedaron mirándose en silencio.
– Perdón, perdón por arruinar este día. Primero llegando tarde, después con esa escena en el patio, no sé lo que me pasó – sus palabras querían asemejarse a una disculpa, pero a Mabel algo no le cerraba.
– ¿Por qué le tenés miedo a los payasos?
– Son seres horrendos, Mabel. ¿Nunca has mirado detenidamente a uno? Rostros enfermos, movimientos tontos, labios repletos de sangre, ojos que supuran, el cabello sucio y maloliente… y las garras, esas enormes garras en las manos y en los pies. Los payasos son ejércitos del diablo, provienen del infierno mismo.
– No puedo creer lo que escucho. ¿Te asustó algún payaso cuando eras chico? No lo entiendo.
– ¿Asustarme? Los payasos se devoraron a mis hermanos.
– ¿Qué hermanos Juan Carlos? ¡Sos hijo único!
Juan Carlos no contestó. Se mordió los labios y se alejó en dirección contrario. Ella lo alcanzó y lo sujetó de un brazo. Él no se resistió.
– ¿Qué decís Juan Carlos? Me das miedo.
Tragó saliva. Luego expulsó el aire de sus pulmones en un suspiro prolongado.
– No soy hijo único, Mabel. En realidad, no lo fui. Tenía tres hermanos, trillizos. Mis padres… te mentí sobre ellos. No tenían una tienda de ropa, ni siquiera solían tener ropas normales. Ellos eran payasos. Súbditos del demonio. Viajábamos de ciudad en ciudad, de circo en circo, de tragedia en tragedia. Salían disfrazados de payasos y volvían manchados de sangre. Con cinco años me quedaba a cargo de los trillizos, de sus llantos, sus berrinches, a veces hasta sin leche ni comida para darles. El error de ellos fue sumarse a un espectáculo que recaló en un pueblo de mala muerte, donde apenas si había unas diez familias. Y donde nadie tenía niños. Entonces, hambrientos, se devoraron a los suyos. Me escapé mientras eso ocurría. Corrí toda la noche por la ruta que nos había llevado hasta ese lugar. No podía detenerme, debía correr sin parar. Pero tenía cinco años Mabel, cinco malditos años. Ellos me alcanzaron en un viejo Renault 6. Me subieron al vehículo y en lugar de regresar, fuimos en dirección opuesta. Vi entonces todos sus bártulos en el asiento trasero. El asiento donde siempre iban ellos, los trillizos. Nos estábamos yendo, con seguridad a buscar un nuevo circo, otra aventura. Y no pude soportarlo. Me escabullí de los brazos de mi madre y le salté a la yugular. Le hinqué los dientes con furia. La sangre saltó como un rayo y manchó el vidrio de la ventanilla. Papá en su afán de quitarme de encima de ella soltó el volante. Me había agarrado del cuello cuando el vehículo, que se había desviado del camino, mordió una zanja y dio vuelta. Los dos murieron en el acto. Yo quedé atrapado en medio de los dos y no me hice un solo rasguño en todo el cuerpo. Sin embargo, esa noche murió mi alma, mi niñez, mi inocencia. Estuve en instituciones hasta que tuve la edad de trabajar. Toda mi vida Mabel, empezó allí. El trabajo, los estudios, vos, los chicos. Lo demás no tenía sentido revivirlo. Nunca. Pero hoy a vuelto, con afán de venganza.
Ella estaba en silencio, los ojos abiertos pero sin mirar. Imaginando quizá cada frase que Juan Carlos había soltado como quién abre una represa.
– Todos los payasos son así Mabel, por eso van de pueblo en pueblo, están malditos. Conozco el secreto que guardan, es una maldita carga que me acompaña desde pequeño. Al ver un payaso, veo lo que realmente son. Es el precio de saber quiénes son realmente. Para el mundo, soy un hombre de negocios. Interiormente, soy un sobreviviente. Y quiero que así siga siendo. Nada de payasos en casa Mabel, Nada de trajes coloridos y maquillaje. Porque de una u otra manera, quien los use, se convertirá. El diablo es muy poderoso. No lo tentemos Mabel, no lo tentemos. ¿Te parece bien, amor?
Ella dudó en contestar, miraba hacia la puerta de la habitación de su hijo continuamente. Su marido ahora parecía más calmado, había recuperado el color, pero al mismo tiempo, le parecía un extraño, alguien a quién debía comenzar a conocer nuevamente.
– Ahora quiero dormir Juan Carlos, mañana hablamos.
Él asintió.
– El traje… ¿dónde quedó?
Cerró los ojos, tratando de recordar.
– Debe estar en el lavadero, con la ropa sucia.
Hacia allí se dirigió Juan Carlos. Ella fue a la habitación. Ya era muy tarde. Estaba cansada y aquella revelación… la había extenuado. Le iba a costar dormir, sabía que así sería. Por la ventana le llegaba el crepitar de las llamas. No miraría, podía imaginar la columna de humo elevándose entre los árboles, escapando de las llamas, del traje ardiendo, retorciéndose en el calor, desapareciendo poco a poco, como si con aquel acto primitivo el horror pudiera convertirse también en cenizas.

Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp

Debía reconocerlo: no se llevaba bien con la tecnología. Lo que a cualquiera podía llevarle unos pocos minutos, a él le ocupaba un largo rato. Y le generaba además de impaciencia, un malhumor que demoraba aún mucho más tiempo en irse. Pero esa tarde no lo demoraba la trivial tarea de bajar una foto del celular a la notebook ni de adjuntar un archivo a un correo electrónico. Aquello era mucho más importante, era nada menos que la confección de su curriculum vitae.
– Traelo antes de las cinco – le había dicho el primo de su novia – Mirá que mañana empiezan las entrevistas.
Esa advertencia había sido disparadora de muchos temores antes de llegar a su casa y encender la máquina.
Seguro no arranca.
No voy a tener internet.
No hay papel en la impresora.
No queda tinta en la impresora.
La batería está muerta y la casa está sin energía eléctrica.

Mil posibilidades de fracaso desfilaron en su mente hasta llegar a la habitación, pulsar el botón de encendido y aguardar esos segundos críticos previos a observar la luz del led cambiar de naranja a verde y confirmar que los astros siguen alineados al contemplar en la pantalla aparecer el bendito logo del sistema.
Hasta allí, la tecnología.
A partir de allí, el simio tomando control de la tecnología.
Así se veía ante tremendas tareas. Buscó con el cursor del mouse el ícono del procesador de textos y lo activó con dos clics. Cuando el programa quedó abierto, ocupando toda la pantalla, supo que no tenía la más puta idea de cómo armar un curriculum.
Miró la hora en el reloj de la pared y mentalmente calculó que no podía esperar ayuda de su hermano más chico, que dominaba la computadora como un campeón.
– Para las cinco no llego – vaticinó en voz alta, sintiendo un sudor frío recorriéndole la espalda – Para las cinco no llego – confirmó, como quién martilla por las dudas dos clavos de más en el ataúd para sellar el pacto de la vida con la muerte.
Al menos se defendía algo con el celular. Le mandó un mensaje a Esteban, su mejor amigo.
¿Cómo hago un curriculum?
La respuesta llegó unos veinte segundos más tarde. Y era la madre de todas las respuestas.
Buscá en Google.
Chistó, más que reprochándose a sí mismo por no haber caído en la cuenta que era la mejor solución, que por la falta de ganas de su amigo de explicarle al menos un par de pautas para arrancar.
Pasó los siguientes veinte minutos viendo videos el Youtube. Lo sencillo del caso, era que aparecían en la búsqueda y lo único que debía hacer era cliquear para que arrancaran. Si hubiese tenido que buscarlos dentro de la página, ya hubiera sido otro problema.
Algo de idea le quedó después de escuchar y ver a desconocidos preparar curriculums en pocos pasos. Volvió al procesador de textos y vacilando tipeó su nombre. Había visto que poniéndolo arriba de todo y con una letra más grande que lo que iría a continuación, era una buena manera de comenzar.
– Algo es algo – dijo para matizar el silencio.
Había tomado notas en un papel a medida que veía los videos. Así que debía atenerse a esas líneas garabateadas en color rojo: datos personales, estudios y experiencia laboral.
Con los datos personales no había problemas, sabía su documento, la dirección, hasta incluiría el teléfono y el correo electrónico. Con los estudios había cierta discrepancia interna. ¿Debía incluir los cursos que había hecho durante los dos últimos años para no estar tan al pedo? Eran tonterías, pero no sabía hasta que punto podía aportar y cómo podían restarle credibilidad.
En Experiencia laboral surgía otro dilema. Jamás había trabajado. Y no le parecía buena idea poner que durante un par de años había acompañado a su padre a comprar repuestos para el taller hasta la Capital. Si bien su papá le tiraba unos mangos por acompañarlo, no era un trabajo en sí. Podía inventar algo, buscarle la vuelta, pero si le preguntaban luego cuál era su rol, se enredaría en su propia mentira de tal manera que seguro la cagaría. Se conocía demasiado bien como para correr el riesgo.
Así que solo puso sus datos y los estudios cursados. Pero sin los cursos de relleno, cómo los llamaba su hermano.
¿Tengo que aclarar que conozco a Emanuel, el novio de mi prima? se preguntó cuando creía tener todo terminado. Pero no le veía mérito a tal afirmación, si bien, basándose en las diez líneas tipeadas, sería lo único que podría acercarlo a conseguir el trabajo.
Lo descartó. En todo caso, sería Emanuel quién le diría a sus patrones que él era un allegado suyo.
Ahora debía imprimir. Encendió la impresora, cuidó que las hojas estuvieran en la bandeja y dentro de Archivo > Impresión encontró la opción. Se sentía un virtuoso de la informática. Hasta que apareció un mensaje diciéndole que los márgenes no eran correctos.
¿Qué márgenes?
Miró la hora. Tenía una hora para imprimir, comprar un sobre en la librería que abría a las cuatro y media de la tarde, meter el curriculum y llevarlo. ¿Y la máquina le preguntaba por los márgenes? Le dio a Cancelar y trató de averiguar que era tal cosa. Pero se equivocó.
¿Cerrar Documento sin Guardar? Si – No
Si
¡No!

Si, lo había cerrado sin guardar. La voz de su hermano llegó mentalmente hasta lo más profundo de su cerebro: Guardá siempre, no vaya a ser que se corte la luz o seas muy pelotudo de cerrar lo que estás haciendo y pierdas todo.
El sudor se transformó en una fina capa de vértigo arrastrándose por su cuerpo. Pero no debía ponerse nervioso, aún podía hacerlo de nuevo.
Abrió otra vez el procesador, aunque sin dejar de putear por lo bajo. Nuevo documento, hoja en blanco y poner otra vez el nombre en grande.
Volvió a escribir más o menos lo mismo que antes. Esta vez lo hizo más rápido.
Llegó a la fase de imprimir, el obstáculo a vencer. Pero ahora tendría más cuidado. Envió la impresión y al salir el mensaje, no canceló, sino que hizo clic en Aceptar y a los pocos segundos la impresora hizo el característico sonido de chupar el papel. El carretel comenzó a girar y el papel se deslizó con suavidad hacia abajo. Luego una serie de zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp y en un santiamén, la hoja impresa.
La tomó entre sus dedos como si se tratase de un pergamino antiguo, con todo el cuidado del mundo. Miró el enunciado en grande con su nombre, los datos siguientes y… ¿qué era aquello?
“No solo no tengo experiencia laboral sino que además me importa un pito lo que piensen de eso, putos reventados”
¡Él no había escrito tal cosa! ¡Jamás se dirigiría a nadie así frente a frente, mucho menos en papel y en un curriculum!
Miró en la pantalla de la notebook y comprobó lo que suponía. Allí no estaba esa frase. Sintió cierta repulsión y soltó el papel, que cayó torpemente al suelo.
Fue hasta el procesador de texto e hizo que se había olvidado. Grabarlo. Volvió a asegurarse que no había nada insultante ni extraño en el texto y envió a imprimir. Otra vez el mensaje de los márgenes. Aceptar. Impresora en acción. Sonidos. Hoja impresa.
Su nombre, los datos personales, su educación y…
“Puto el que lee”
Soltó la hoja como si estuviera maldita. Observó hacia un lado y otro, esperando quizá que de algún rincón apareciera tomándose la barriga de tanta risa su hermano, burlándose de lo tonto que era y de lo fácil que había sido engañarlo. Pero nadie salió de la oscuridad, ni de detrás del armario ni entró por la puerta. En la casa solo era él contra la tecnología.
Algo iba mal, muy mal.
– Chau, que se vaya a la mierda este trabajo – dijo a la habitación, en el momento exacto que su celular recibió un mensaje de texto.
Hacelo tranquilo al CV, que mi jefe te espera hasta las ocho.
Pero ya no era cuestión de tiempo, ni de conocimiento de la tecnología ni de ocho cuartos. En esto estaba metido el demonio, no le cabía la menor duda.
“Puto el que lee” le decía el papel desde el piso, justo encima del primero.
La patada salió del alma. Casi arrancada por la furia y el miedo. Directa a la pantalla de la notebook, como si tuviera la culpa de todo. La máquina dio dos vueltas en el aire hasta dar contra la pared. Hubo chisporroteo, mucho ruido y finalmente se desplomó detrás del cesto de basura.
La impresora aún tenía la luz led verde titilando, a la expectativa. Ni bien él la observó, comenzó a chupar papel: zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp. Una hoja cayó en la bandeja. De inmediato otra vez, el papel deslizándose hacia abajo. Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp. Otra hoja. Y luego, otra vez el papel siendo tirado hacia el carretel…
¡Crack!
Un pedazo de plástico saltó y casi le arranca un ojo, pero él ni se inmutó. Sentía el esfuerzo en el brazo derecho, de cuya mano pendía aún el bate de béisbol de su hermano.
Para qué te comprás un bate de béisbol, si en este país no hay una puta cancha de béisbol.
Sin embargo, le había servido. La impresora estaba partida al medio y tan solo había necesitado un golpe.
Envalentonado, buscó las hojas que se habían impreso segundos antes. Tuvo que tirar con fuerza para sacarlas de la bandeja. Habían quedado atoradas bajo el plástico quebrado.
En la de más abajo, había una sola palabra. En la segunda, dos.
La única palabra, en el centro mismo de la página en blanco y en mayúsculas, era PUTO.
Las otras dos: Estás muerto.
Soltó el bate de madera y el sonido que hizo al rebotar en el suelo repiqueteó cinco veces más en su cabeza. Estaba perdiendo la consciencia. Podía ver puntos negros cercando la visión, una marea oscura acorralándolo de a poco. Se sentó en la cama, tanteando las sábanas. En el pasillo ahora se escuchaban pasos. Alguien se aproximaba, lentamente. La impresora volvió a encenderse. A pesar de estar en dos partes, comenzó a tragar papel. Pero las hojas se amontonaban al no poder llegar al carretel y se doblaban en varias partes. Detrás del cesto de basura la notebook volvió a encenderse. Escuchó la melodía que hacía al arrancar. Trató de levantarse, pero la habitación no había tenido mejor idea que comenzar a dar vueltas a su alrededor. Se sintió pesado, cansado y con un incipiente dolor entre los ojos.
Los pasos se agigantaron, al menos en su cabeza. La oscuridad lo cegó.
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp

Despertó bajo una montaña de hojas impresas. Había perdido la noción del tiempo. Por la ventana podía ver las primeras estrellas poblando la noche. Se quitó los papeles de encima y al recordar lo sucedido, se puso en guardia. En su celular un ícono con forma de sobre le indicaba que tenía un mensaje sin leer.
Mi jefe te esperó hasta las ocho y se fue de mala gana. Me dijo que ni te molestaras en llevarlo mañana. Mirá que sos eh.
Observó las hojas impresas desparramadas en la habitación. Decenas y decenas de curriculums impresos. En ninguno de ellos había línea extra alguna. Ningún insulto. Ninguna amenaza.
Sintió angustia, pero no pudo ni llorar. Se había meado encima en algún momento, porque todavía tenía húmeda la entrepierna. Se estiró todo lo que pudo sobre la cama y fijó la vista en el techo. La pintura descascarada, una telaraña en una esquina y las manchas de humedad que parecían estar desde siempre, con sus formas extrañas y tremebundas, sobre todo cuando la tenue luz de la luna las baña con su halo de misterio y silencio.
Zipppp zaaaappp zzzzziippp zapppppp
El sonido solo estaba ahora en su mente, casi por siempre. Esperando quizá sorprenderlo en el momento menos pensado.
Había perdido, debía reconocerlo. La tecnología lo había intimidado para toda la eternidad.

Impostores

Mi papá dice que vivimos en un mundo donde los que gobiernan en nombre del pueblo, en realidad lo hacen por intereses propios.
Un lugar donde las instituciones que deben proteger las leyes que nos mantienen a salvo, no lo hacen.
Dónde le tememos no solo a los delincuentes, sino también a los policías que deberían cuidarnos de ser víctimas de esos malvivientes.
Qué en las escuelas ya no se aprende, sino por el contrario, los chicos se estructuran merced a viejas estrategias de enseñanza.
Y que se vive para trabajar con el fin de llevar el pan a la mesa y ya nadie disfruta del simple hecho de estar vivo, porque ni tiempo queda. Y si lo hay, es para ver cómo ese dinero que se obtiene a cambio de trabajar para sobrevivir en detrimento de vivir, no alcanza para nada.
Mi papá me dice todo eso y me pregunto cómo es posible, si somos la especie más inteligente del planeta, haber llegado a este punto.
Se lo he preguntado a él, pero ha hecho mala cara y me ha pedido callarme, que soy chica y no entiendo. ¡Cuántos impostores que dicen ser lo que no son!
Lo que no entiendo, es entonces para que me dice a mí todas esas cosas. Quizá es lo que pasa a mayor escala. Todos los que tienen ese conocimiento se lo guardan para contárselos a sus hijos y no hacen nada al respecto.
Bien, quizá esperan que en el futuro nosotros hagamos algo. Al fin de cuentas, dicen que somos el futuro.
Claro que si de esto se llegan a enterar los que nos gobiernan, las instituciones de la ley, los delincuentes, los policías, los que nos educan, es probable nos hagan cagar en el camino para que no movamos un pelo. Pensar en eso me da escalofríos. Por eso prefiero mirar la tele hasta el hartazgo, para olvidar todo y sentirme… ¿contenta? Al menos, sé que en la tele, todos son impostores.

El fondo del patio

El fondo de mi patio es un cementerio. Creo que el de muchos. He leído de ciudades que poseen un cementerio de mascotas para enterrar a sus animales queridos cuando les llega la hora de dejar el mundo de los vivos. En mi casa, desde que tengo uso de razón, cuando algo muere va a parar al último metro cuadrado de tierra.
El primer recuerdo es bien de niño, tendría cinco o seis años. A Paloma, mi hermana mayor, ya la dejaban ponerse tacos altos. Ella era la dueña de Angelita, una tortuga de la que nunca supimos la edad. La muerte de Angelita fue la mejor enseñanza que pude tener a esa edad. Porque todos teníamos la idea que las tortugas viven muchos años, más de cien me había dicho. Pero la presión que ejercen los neumáticos de un automóvil parecen poder atentar contra esa estadística sin el menor esfuerzo. Papá la enterró en el fondo del patio, en un pozo bastante hondo, pero pequeño si se lo miraba al ras del suelo. La bolsa en la que la envolvieron era roja. Ese color quedó asociado en mi cabeza siempre al de la muerte.
Unos años más tarde fue el turno de Horacio, el perro salchicha. Una noche comenzó a llorar y no paró hasta la tarde siguiente, cuando papá de un martillazo en la cabeza lo golpeó para que dejara de sufrir. Por la reacción que tuvo de salir con el revólver a la calle y tratar de entrar por la fuerza en la casa del vecino supe que al Horacio lo habían envenenado. El vecino se mudó al poco tiempo. Papá era una persona persuasiva y bastante violenta, aunque no con nosotros.
En esa ocasión me permitieron dar algunas paladas en el momento de ahuecar la tierra. No fue exactamente en el mismo lugar de Angelita, lo que me posibilitó entonces colocarle una cruz a cada uno. Las tuve que quitar a las pocas horas, porque a papá la idea no le gustó.
Con el correr de los años, el cementerio familiar sumó a Corintia, una gata siamesa que si bien no era de la casa, se pasaba toda su existencia en la ventana de la cocina y de tanto en tanto recibía alguna sobra de comida; a Filomeno, un pez payaso que le habían regalado a mi hermanito menor después que insistió alrededor de una semana que quería a Nemo (desde entonces, papá prohibió que viéramos películas que tuvieran animales como protagonistas); a Carlos, un perro callejero que tuvimos tan solo cuatro meses; a Sabina, una lagartija que uno de los tantos novios de mi hermana le había regalado cuando empezaron a salir; y a Paloma.
Esos son los entierros que recuerdo de cuando era niño. Si bien todos representaron algo, el de mi hermana me marcó a fuego. Fue un accidente, todos lo lamentamos. Papá era alcohólico, pero solo peleaba en el bar. A mamá dejé de verla de muy pequeño, según papá nos había abandonado ni bien nació Luciano, mi hermanito, al que le llevaba cuatro años, así que al crecer nuestro referente femenino fue siempre Paloma.
Claro que ella hacía su vida y noviaba todo el tiempo. La noche en que murió, ella volvió a casa antes que papá. Como solía pasar, quedábamos solo con mi hermano y si bien nos queríamos, reñíamos todo el tiempo. Nos costaba dormir estando solos. Tratábamos de mantenernos despiertos jugando o mirando televisión. En mi caso, estaba entrando en la adolescencia, pero Luciano aún era chico. Por lo tanto, solía manipularlo fácilmente. Esa noche lo obligué a mirar una película de terror en donde un hombre mataba a su esposa, la cortaba en pedazos y la escondía en un freezer, en el sótano. Ya de por sí, eso era terrible. El problema empezaba – en la película – cuando estando el tipo en el living tomando un whisky, ve pasar rodando la cabeza de la mujer por el pasillo.
Eso desató las quejas y el llanto de Luciano. En ese momento, esas trágicas coincidencias de la vida, llegó Paloma y acto seguido, cinco minutos después, mientras estaba calmando a mi hermano, entró a casa papá totalmente borracho. Creyó que Paloma le estaba pegando a Luciano y se la quitó de encima. Ella trastabilló y la cabeza pegó contra el borde de la mesa de la cocina. Cayó fulminada. Al verla en el suelo, la sangre creciendo como una aureola alrededor de su cuerpo, quedamos en el más completo silencio.
Lo que siguió a continuación fue casi mecánico, una especie de acto reflejo. Al borde del llanto, pero guardando las lágrimas, como nos obligaba papá cuando enterrábamos una mascota, fuimos por una sábana, envolvimos el cuerpo de Paloma y la arrastramos hasta el fondo del patio. Luciano y yo hicimos el pozo, mientras papá apuraba una botella de vino. Una vez hecho, él se encargó de arrojarlo dentro. Cuando terminamos de cubrir de tierra la tumba, estaba amaneciendo.
Pasó un año hasta que volvimos a hacer un pozo. Fue para enterrar a papá. Con Luciano estábamos prácticamente famélicos. Él se gastaba todo el dinero de la pensión que le daban del abuelo en bebidas y no teníamos qué comer. Una noche lo esperamos detrás de la puerta y lo derrumbamos con una llave cruz que durante años estuvo tirada en el patio. Para asegurarnos que no se volviera a levantar, arremetimos contra su cabeza hasta que aquello parecía una ensalada de frutas hecha solamente con frutillas y cerezas.
Lo enterramos entre Horacio y Paloma. A partir de entonces, me encargaba de ir a cobrar la pensión, alegando que papá estaba enfermo y falsificando una autorización escrita. A pesar de no ir a la escuela hacía mucho tiempo, me las arreglé muy bien con esa parte. Así estuvimos un par de años, hasta que cumplí los dieciocho. La edad me habilitó un terreno prohibido hasta entonces. El bar.
Comencé a ir, dejando encerrado con llave a Luciano. El alcohol me brindó la sabiduría que la vida no había logrado darme. Supe de inmediato que Luciano sería un problema. Quizá, de la misma manera que hicimos con papá, él arremetería conmigo. Una noche volví y al encontrarlo durmiendo, le gané de mano. Lo asfixié con mis propias manos.
Lo llevé envuelto en sus viejas sábanas de los Power Rangers hasta el fondo del patio. Tomé la pala y comencé a cavar en uno de los pocos lugares donde no había cuerpos. O eso creí. Primero golpeé lo que en parecía un hueso de la pierna – nunca aprendí los nombres – y más tarde un cráneo. Al sacar una palada tras otras reconocí la tela roída que acompañaba los huesos. Cómo no hacerlo, si una de las pocas imágenes de mi madre era vistiendo ese vestido rosa. Cavé y cavé, emocionado por el descubrimiento. Encontré dos cráneos más. Supuse que eran los abuelos, a los que no alcancé a conocer.
Terminé la faena sonriendo. Al final, el cementerio no era cementerio desde Angelita, sino desde mucho antes. Papá lo había inaugurado antes incluso que yo estuviera en los planes. Era bueno saberlo. Siempre es lindo encontrar una conexión con la sangre que uno lleva dentro. Los genes, según dicen.
Ahora vivo solo, aunque acompañado por dos perros y un gato. No veo la hora de poder enterrar a alguno de ellos.

Palabras perdidas

Las llamas crepitaban dentro del tacho de metal, arrojando luz sobre las paredes lindantes. El techo cóncavo del puente ofrecía más que refugio aquella cruda noche de otoño. Los hombres reunidos ante la presencia del calor y la compañía destilaban además de mal olor y escandalosos sonidos de estómagos vacíos, la sabiduría en falta en el resto del planeta.
Uno de ellos, el de gorra roja carcomida por los ratones, arrojó una piedra en el aire y la volvió a tomar.
– He tenido un sueño – anunció.
Los demás se acercaron con avidez. Allí nadie tenía nombre, arrebatado por la vida junto a tantas otras cosas. Ese hombre era para aquel grupo de sobrevivientes simplemente “Alpiste”, porque solía ser lo único que comía a lo largo del día. Sin embargo, “Alpiste” hacía algo que nadie más podía: veía el futuro.
Sabiendo lo que sus visiones generaban, siguió jugando con su piedra hasta que los hombres se acomodaron a su alrededor.
– He visto un futuro, uno no muy lejano en donde se enseñaba un lenguaje perdida, casi arcaico, mítico, que otrora fuera el pilar de la sociedad.
Los hombres emitieron un “Oh” gigantesco y el aliento de sus voces agitó el fuego, provocando una danza mística de sombras sobre los ladrillos iluminados de calor.
– Un lenguaje – continuó – que contenía las palabras perdidas de la humanidad. En mi sueño, nadie sabía cómo se llamaba ese idioma, ni el por qué de su desaparición. Pero créanme amigos míos, que al escuchar esas palabras repetirse en el futuro, supe que nuestro actual sufrimiento es solo parte del sacrificio en pos de una nueva generación. Esa, la que pronto volverá a decir esos términos escondidos y mancillados, esas verdades cortas arrebatadas sin razón. He llorado en el sueño al escuchar esas voces pronunciar “Perdón”, “Por favor” y “Gracias”.

Penumbra de juventud

El cabello alborotado le caía sobre la frente. De tanto en tanto con un movimiento repentino de la mano derecha se lo quitaba, pero a los pocos segundos volvía a desmoronarse en su lugar.
Con la mano izquierda sostenía la ametralladora. Dentro del ómnibus parecían estatuas, salvo algunos que temblaban levemente. Solo una de las chicas sentadas al fondo sollozaba, anticipando su suerte.
Hacía al menos quince minutos que no hablaba. La directora del colegio yacía muerta en el primer asiento. Había sido la última en tratar de dirigirle la palabra.
– ¡El próximo que abre la boca termina como ella! – había dicho de inmediato y dadas las circunstancias, nadie hizo caso omiso de la sugerencia.
Las ventanillas tenía corridas las cortinas, para que nadie pudiera ver desde afuera. En el parabrisas había colocado camperas y tampoco nadie podía observar a través del frente. En el interior del vehículo, por lo tanto, reinaba la penumbra.
El celular del chofer comenzó a vibrar. El hombre no iba a poder atenderlo, dado que había sido el primero en perecer en manos del chico. Éste, sin dudarlo, lo agarró con velocidad y se lo llevó al oído.
– ¿Quién habla? – preguntó.
Durante unos segundos escuchó con atención pero sin perder de vista el interior del ómnibus, luego vociferó:
– No quiero nada, tengo cuarenta razones para hacer esto, ni una más ni una menos.
Cortó y arrojó al suelo el teléfono.
El semblante seguía siendo el mismo, con los ojos que parecían a punto de estallar.
Una joven sentada en la cuarta hilera levantó una mano, como si estuviera pidiendo la palabra. El joven le arrancó cuatro dedos de un solo disparo. El estruendo hizo que varios gritaran. Luego solo quedaron los chillidos de dolor de la chica. Alguien a dos asientos de distancia se levantó para ayudarla. Nunca llegó. Un disparo lo alcanzó en el pasillo, donde quedó tendido.
– El que se mueve, muere – anunció el muchacho, dando un paso hacia delante.
Se detuvo de inmediato, porque golpearon la puerta del vehículo. Volvió unos pasos y espió hacia fuera. Un oficial de policía aguardaba junto a su madre.
Maldijo por lo bajo. ¡Qué hacía su mamá en el lugar! Aquello lo puso fuera de control. Sin pensarlo dos veces, abrió fuego contra la puerta. Quienes estaban del otro lado, se desplomaron como palomas al suelo. Los gritos volvieron a retumbar dentro del ómnibus. ¡No los soportaba!
Barrió el interior con una ráfaga de municiones al tiempo que bramó a viva voz:
– ¡Silencio!
Sollozos, quejas de dolor, el lugar era una pesadilla. Por su fuera poco, un grupo comando comenzó a abrir la puerta. Los ahuyentó de momento con más disparos. Pero volverían a intentarlo. Y si él no se calmaba terminaría matando a todos y ya no tendría rehenes que lo mantuvieran a salvo. A sus pies, el pasillo era un río de sangre.
El cabello volvió a incomodarlo. Una vez más lo quitó con fastidio. En ese momento escuchó una risa. Primero tímida, luego firme y sostenida. Apuntó hacia los asientos buscando a quién sería su próxima víctima. Pero dio un salto hacia atrás. La risa provenía de una chica con un agujero en la frente.
Otras risas se sumaron a la primera y uno de los cuerpos caídos en el pasillo se dio vuelta de manera sobrehumana para señalarlo con el dedo. Por supuesto, también se reía. El joven apuntó y accionó la ametralladora, pero las balas no salieron. Al mirar hacia abajo, notó otra cosa. Estaba desnudo y su pito era un fideo que caía hasta el piso. Ahora todos se reían de él. Sintió vergüenza y furia. Trató de dar un paso hacia delante, con el fin de aplastarle la cabeza de un pisotón al cadáver descarado que tenía más cerca, pero una mano le sujetó el brazo. Su madre había logrado abrir la puerta y estaba tirando de él para hacerlo salir del ómnibus. Tenía el cuerpo repleto de disparos y aún sangraba de varios de ellos.
– ¡Basta! – gritó en vano, mientras los demás estudiantes avanzaban lentamente hacia él…
– Esteban, vamos…
Esteban se sobresaltó y cayó hacia atrás. Estaba sentado en su silla y no había pupitre a su espalda. Dio contra el piso, con un estruendo enorme. Casi como un disparo.
– ¡Esteban! Deje las payasadas y vamos, que ya sus compañeros están yendo a tomar el ómnibus – el gesto de su profesora era de real indignación. Lo tomó del brazo y en un segundo lo puso de pie.
– Camine, antes que lo deje como castigo en el colegio – le dijo mirándolo con enojo.
El chico se apresuró a colgarse la mochila al hombro, pero en ese momento la palpó y sintió el cuerpo de la ametralladora dentro. Un escalofrío recorrió cada centímetro de su existencia.
– ¿Viene o no? – preguntó de mala manera al docente – ¡Mire que es un bicho raro usted!
Esteban no lo dudó.
– Vamos – dijo, casi en un susurro.
El futuro era incierto. Aunque nunca peor que su pesadilla.

Frutilla

La melodía destila recuerdos, aromas, sabor a infancia. Llega a sus oídos desde el otro lado del parque mezclada con el trinar de las aves barulleras en las copas de los árboles. Un par de chicos se disputan una pelota bañada en barro, mientras otros tantos aguardan recelosos cerca de lo que pretende ser un arco y que para cualquier distraído, solo son dos montones de remeras. Sus voces también se confunden con los demás sonidos, pero en un diálogo tácito casi difícil de explicar. Cómo si la vida entablara una conversación abstracta y universal, con un código secreto, vivo, palpitante.
El hombre cruza el verde césped dejando atrás las hamacas, el sube y baja y el tobogán. También la improvisada cancha de fútbol y el arenal para los más pequeños. Ya puede divisar el tránsito detrás de los árboles, los coches yendo y viniendo a gran velocidad sobre la avenida, pasando inmutables ante tanta belleza. No se da cuenta, pero sus labios se mueven al compás del tarareo de esa melodía que lo llama.
Cuando llega a los árboles, lo ve. El heladero avanza lentamente en su bicicleta, pedaleando casi con desgano, la mirada viajando de un lado a otro, buscando un posible comprador. La melodía pegajosa, casi una caricatura de la obra de Beethoven pero al mismo tiempo, una obra en sí misma, se hace más vívida. Cada nota es una invitación a correr hacia la bicicleta. Y eso hace el hombre, agitando una mano en el aire con el brazo extendido casi en forma de súplica.
El heladero sonríe. Siempre lo hace. No necesita mayor información, porque se detiene y aguarda. Por las dudas vuelve a pasear la mirada por los alrededores, quizá alguien más ha caído en las fauces de la tentación. El hombre para entonces está a su lado, pero aún no habla más que el saludo cordial con la vista. El heladero comprende, sabe que esa persona hace tiempo que no vive esa situación, que quizá está asimilando el ayer con el hoy, tratando de buscar diferencias, de alcanzar misterios insondables que antaño. Porque ya no es un niño, porque ha crecido.
Solo cuando el hombre suspira, en parte por el esfuerzo de haber corrido, en parte porque la realidad le ha recordado donde estaba, el heladero pregunta por el gusto.
– Frutilla – dispara el hombre con total seguridad, como si la palabra hubiese estado allí por muchos años esperando por ser dicha – Frutilla – vuelve a decir, con el corazón lleno y los puños cerrados.
El intercambio se produce, el helado, el dinero. Una sonrisa, otra sonrisa. Y luego, el adiós. La melodía suelta nuevamente sus alas y las piernas del heladero le dan vida una vez más a los pedales. Las ruedas se ponen en movimiento y el pedaleo aleja al heladero del parque. El hombre queda solo, con el helado de frutilla en la mano. Y a pesar que la melodía se aleja, permanece allí, en su cabeza. Al probar el helado, tiene el mismo sabor que cuando era niño. No se parece en nada a ningún otro helado de frutilla que haya probado, ni siquiera al que hace su mujer repleto de frutillas frescas. Es el helado de su infancia.
Cierra los ojos para saborearlo, sentirlo en la boca. Cuando los abre el parque ha desaparecido, también la avenida. Vuelve a estar en la plaza del barrio, es verano y sus amiguitos están contra el tapial todos transpirados, la pelota a unos metros. El sonido atrapado en el aire de “Para Elisa” es lo único que persiste. Uno de los chicos, Manuel, levanta la mirada.
– ¡Eh, Victorio! ¡Convidanos de tu helado!
El se acerca, temeroso. No de los niños, que son sus amigos, sino de estar viviendo ese momento. ¿Cómo es posible? Pero allí están Manuel, Pablo, Felipe, Alejandro… cómo si el tiempo no hubiese pasado. ¿Qué clase de magia es esa? Entonces observa el helado y entiende que lo que está sucediendo, sucede por ese simple palito de agua.
Y a medida que se lo van pasando de uno en uno y el helado se va acabando, las formas se van desdibujando. Cuando Pablo, sonriendo, anuncia que el último bocado es de él, los chicos y la plaza se esfumaron sin dejar el menor rastro. Otra vez ante sus ojos aparecía el parque con sus árboles.
El hombre permaneció de pie, asimilando cada instante. La melodía había cesado pero el gusto a frutilla aún estaba en su boca como el cabo de madera del palito de agua en su mano.
Caminó luego un largo rato por la zona, pero ya no pudo escuchar al heladero. Se dijo, en vano, de volver al día siguiente. Algo en su interior le dijo que no lo volvería a encontrar. Volvió al parque y se dejó caer en un banco de madera. Los chicos ya no estaban y los únicos que compartían el lugar con él, era una pareja de jóvenes besándose bajo un árbol. La luna se dejaba ver en todo su esplendor entre la copa de los árboles. La noche había llegado. Metió la mano en el bolsillo y recordó donde había ido a parar su último billete. Sonrió. Había sido un día extraño, pero maravilloso.
Puso sus piernas en movimiento y dejó atrás el parque. Le quedaba un largo trecho hasta el puente, y con el estómago vacío y una sola frazada, la noche se haría larga. Pero no estaba preocupado como otras noches. Tenía el alma llena. Y para un hombre de su edad, viviendo en la calle, sin más aspiraciones que la muerte, aquello era mucho decir.
Caminó a merced de las estrellas, tarareando esa hermosa vieja canción.

Relatividad de la teoría general

En mis años de facultad la física era la totalidad de las horas, de los días, de las semanas y de los meses. El tiempo, mi tiempo, tenía un solo dueño.
Y sin embargo, el tiempo como tal era tan frágil como cualquiera de las páginas de los enormes tomos que leía a diario. La percepción del mismo resultaba tan relativo como las mismas leyes lo dictaminaban.
Su dilatación me resultaba fascinante. Desde que la teoría de la relatividad llegó a mi conocimiento cuando era pequeño, resumida y escuetamente explicada en una revista infantil, no hacía otra cosa que pensar en dicho fenómeno.
En el cuarto de la pensión en la que viví durante varios años, las paredes estaba cubiertas por un afiche grande de Einstein y un total de setenta y seis relojes. Uno por cada año de vida del gran Albert.
Al terminar mi carrera tuve la oportunidad de viajar a Suiza, donde trabajaría durante dos años en el reconocido CERN (Consejo Europeo para la Investigación Nuclear). Mis funciones estarían relacionadas al estudio de la materia condensada. Sería complejo explicarlo en pocas palabras.
Lo cierto es que nada de eso ocurrió, de la misma manera que mi amor por la física se desvaneció prácticamente en el acto en aquel primer otoño en las tierras de la economía estable y – justamente – los relojes.
Hasta entonces jamás había tenido tiempo para novias, pero Raquelle, la joven asistente de mi flamante director, cautivó mi corazón. No voy a jactarme que traté de conquistarle, más bien la fortuna estuvo de mi lado y su bandeja de comida felizmente tropezó con mi cabeza en la primera semana de mi – en definitiva – corta estadía.
Una cosa llevó a la otra, como siempre ocurre con las relaciones y los grandes descubrimientos. El amor, podría decirse, contiene fórmulas hasta ahora inexpugnables por el ser humano. Al mes nos consideraban una pareja con futuro, más allá de mi precario francés y mi tendencia a comunicarme con gestos. Pensé – erróneamente, como he pensado erróneamente toda mi vida – que sería así.
Sucedió un sábado, tras un almuerzo en un restaurante cercano al CERN. Una pequeña discusión, la primera y última, con Raquelle. Me enojé. Mi falta de experiencia en relaciones amorosas me hizo perder los estribos y en lugar de contar hasta cien y retomar el diálogo, me puse de pie, arrojé la servilleta sobre el plato a medio terminar de spaguettis en salsa de camarones y salí a caminar.
Trataba de no pensar en nada, pero la idea del tiempo se impuso en mi mente. Esa fijación en la dilatación temporal despertó de golpe un impulso, casi un grito instintivo del cerebro, quizá el mismo que otros científicos han escuchado en el momento menos pensado llamándolos a la acción con el propósito último de un gran descubrimiento.
Corrí al CERN con números, letras y símbolos en la cabeza. La fórmula había llegado sola, desde la bronca, la rabia, la enfática soledad humana de mis horas, semanas, meses y años.
Einstein estaba equivocado y todos los demás que luego dedicaron sus estudios a entender el tiempo. Yo, por ende, también lo estaba. Pero ahora tenía la respuesta ante mí. Raquelle había quedado en el olvido, quizá había sido el descanso que mi mente necesitaba para dar el salto con fuerza hacia el entendimiento.
En Suiza el CERN tiene una maravilla bajo los pies. El Gran Colisionador de Hadrones, de veintisiete kilómetros de longitud. Allí se descubrió el bolsón de Higgs entre otros éxitos enormes.
Pero el de ese día, sería único. En pocos segundos la física quedaría “patas para arriba” y las piezas del gran puzle a medio armar volverían a estar desparramadas sobre el tablero. Todos empezaríamos de cero.
El tiempo, mi obsesión, desaparecería y todos, absolutamente todos, veríamos el error y el nacimiento de un nuevo significado.
Era sábado y tenía un pase a todas las áreas. Nadie sospechó que usaría el Colisionador de Hadrones. Se necesitan protocolos para ponerlo en marcha, pero los omití todos. Necesitaba revertir unos procesos, introducir nuevas variables y ubicarme en el centro mismo del enorme gusano subterráneo.
Lo hice y aquí estoy, tratando de comenzar este libro definitivo, con este prólogo introductorio. La tarea no es fácil, porque el tiempo se ha esfumado y dónde me encuentro apenas si hay piedras, rocas y enormes cuevas. Cada letra me lleva un tiempo que antes definiría como cinco minutos, pero hoy que conozco la verdad ni siquiera necesite que le brinde un nombre.
Las paredes hablarán por mí. Alguien las leerá y entonces la verdad saldrá a la luz. “Cuándo” es una palabra interrogativa que ya no tiene valor. Porque el tiempo, estimados, es solo una ilusión y si el ser humano lo creó es solo para sentirse atado a una realidad. Sin el tiempo, se hace tangible otro término que siempre fue abstracto: libertad.
Real e inexplicable, libertad.

Anclas en el ayer

Hace unos años tuve un accidente horrible. Habíamos planeado ir de vacaciones a Brasil en automóvil, con mi marido y los dos niños. Pero nada de eso se hizo realidad.
A los pocos kilómetros de salir nos embistió un camión que se cruzó de carril. Solo yo sobreviví.
Me llevó mucho tiempo sobreponerme, no solo a las lesiones físicas, también en el plano mental y espiritual. Demoré meses en asimilar lo sucedido y conciliar una tregua con el dolor.
A lo largo del último año traté de hacer de cuenta que nada había ocurrido, que en realidad jamás lo había conocido a él y mucho menos haber tenido a esos pequeños. Traté, pero no pude.
La angustia es como la marea. Remite para volver con más fuerza. Y cuando lo hace, me arroja contra una pared imaginaria en la que me estrello con violencia. Durante semanas no salgo de la habitación y pasan días en los que no pruebo bocado.
Comprendo lo difícil que es para mi madre y mi hermana convivir conmigo, y que a veces para no discutir, evitan decirme cosas que ya sé pero no pongo en práctica.
Tras la larga rehabilitación tuve que volver a enfrentar la vida. Parece mentira, pero una de las herramientas diarias es el teléfono celular. El mío se había destrozado en el accidente, pero mi madre me compró uno parecido y había pedido recuperar la línea.
Entendí en ese momento que no debía hacerlo. Nunca la activé y en su lugar, di de alta otra. Es la que tengo hoy en día. Solo les pasé el número a las personas con las que quería mantener contacto. Ni siquiera recuerdo mi número anterior, tampoco el de mi marido. Lo olvidé, no sin esfuerzo.
Hoy, sin embargo, tuve en mis manos el celular de mi hermana. Ella, a diferencia de otras chicas de su edad, no pierde la cabeza por tener el último modelo. Al menos, esa es su excusa. Sé que no quiere desprenderse del aparato porque fue el último regalo que le hicimos como pareja antes del accidente, para Navidad.
Verlo siempre me provoca cierta nostalgia. Porque me hace recordar la alegría de aquel momento. Es una evocación que no puede ser feliz, porque en esa imagen están ellos. Y eso crea un corto circuito. Pero hoy sentí el deseo de agarrarlo, sentir el plástico, como el día que lo elegimos. Fue entonces que activé la libreta de contactos y vi su nombre.
Se me escapó una lágrima. De la misma forma que no quería desprenderse del teléfono, mi hermana no sería capaz de borrar a mi marido de la lista de contactos. Por más que está más, por más que murió, tenerlo allí es retenerlo de alguna manera. Algo tonto, inútil, infantil, que solo provocó más lágrimas y las ganas incontenibles de ponerme de pie y patear lo que tuviera cerca.
Cuando me calmé, miré de nuevo la pantalla. Ver su nombre, cada letra en fila india, me tentó a hacer lo que millones de veces había hecho en el pasado: llamarlo.
Presioné y me quedé con el celular en la oreja, sabiendo que no escucharía su ringtone con aquella melodía andaluza, si sentiría su respiración una fracción antes que llegara a mi alma su voz grave y serena. Resignándome al tono de llamada, a un nuevo llanto.
Pero él me atendió.
– Caro, amor, cómo estás.
Me quedé helada. No tanto por oír su voz, sino por escuchar entre esas palabras tan anheladas el nombre de mi hermana. El teléfono resbaló de mis manos y cayó al suelo. La conversación se cortó. Quedé petrificada en medio de la habitación, sin saber que hacer.
Escuché la voz de Carolina proveniente del pasillo. Venía quejándose de algo, pero no recuerdo bien qué. Siguió hablando en voz alta, en uno de los habituales monólogos donde es la víctima de algo. Solo cuando vio su teléfono celular en el piso, volteó su vista para mirarme.
– ¿Y a vos que te pasa que estás ahí parada? – y señalándome el aparato en el suelo me preguntó – ¿Se te cayó a vos?
Creo que vio algo en mis ojos. A veces suele pasar. Podemos hablar sin palabras. Porque retrocedió lentamente, mientras se agachaba para levantar el teléfono, pero sin despegar sus ojos de mi figura.
Fue suficiente una mirada a la pantalla para darse cuenta lo que había pasado. Lo comprendí sin más. Y no necesité otra excusa.
Y ella también lo supo.
Gritó, pero no lo suficiente para despertar a mamá, pasada de pastillas en la cama, tratando de calmar el dolor en sus piernas.
Su cuerpo aún está a mi lado. Mi mente, a ritmo pastoso, trata de decidir que es lo mejor. Aún no lo sé. Pero tendré que tener una respuesta para cuando se despierte mamá. A menos que ella tenga alguna para mí.
El teléfono permanece en la mesa. Tarde o temprano marcaré otra vez.
Pareciera como si el tiempo, de un momento a otro, volviera a marchar, aunque con una enorme oscuridad a mis espaldas y una tenebrosa verdad por develar.

¿Te acordás del Joaquín?

– ¿Te acordás del Joaquín Fernández? – preguntó Enrique mientras removía las brasas cuidando de darle calor a toda la parrilla.
Apuré mi gancia de un solo sorbo mientras hacía memoria. Quedaban dos aceitunas en la tabla de la picada y me hice de una.
– ¿Y vos? – le preguntó, al ver que yo no le respondía, a Omar que llegaba con un vaso de fernet con coca en la mano.
– ¿Yo qué? – respondió el recién llegado al parrillero, al tiempo que pinchaba con un escarbadientes la última aceituna.
– Si te acordás del Joaquín Fernández – dijo Enrique, acomodando los chorizos para que no estuvieran tan encima de las achuras.
– ¿Joaquín Fernández? ¿Al qué le decían el Mono?
– No, ese era un tal Alcides algo, no recuerdo el apellido. Suelo verlo los sábados en la verdulería donde vamos con mi mujer – acoté – Está gordo, descuidado. Tiene varios pibes. Aunque lo saludo y nada más. Mucha afinidad no hubo nunca.
– Está casado con una mina que iba al otro curso – recordó Enrique – El Mono, digo. Esa que parecía chinita, de los ojos aplastados.
– ¡La Ayelen! – exclamó Omar.
– No, la Ayelen se mandó a mudar con el curita ese que habían traído a la parroquia, ¿no te acordás?
– Pará… ¿esa fue la Ayelen? Uy, siempre pensé que fue la colorada, la del curso superior. No te puedo creer, pero claro, ahora me cae la ficha, por eso cada vez que la cruzo a la hermana y le pregunto por los monaguillitos me mira como si fuera pelotudo – Omar lanzó una fuerte carcajada.
– Sos un bestia, y también pelotudo, como vas a preguntar tremenda barbaridad. Además… ¿sabías los quilombos que ha tenido esa mina? – dije, poniéndome serio.
– ¿La colorada?
– No, la hermana – expliqué – Se casó y a los dos días el marido se voló el marote de un tiro, en plena luna de miel.
– ¡Noooo, como nunca me enteré de eso! ¿Vos sabías algo, Quique?
Enrique, que estaba pinchando los chorizos para sacarle algo de grasa asintió con la cabeza.
– Fue para la época que anduviste por el sur, creí que sabías – explicó – Sucede que el tipo era un garca. Tenía otra familia no recuerdo dónde y la mina se enteró. Plena luna de miel, ve a la otra mujer fuera del hotel. Entró en pánico y se mató.
– Esperá… ¿el flaco este no era el que era visitador médico? Porque algo me dijeron que se había suicidado.
– Claro, ese mismo. Calculo que todos los visitadores médicos deben tener dos familias o hijos por todas partes. La mitad de la valijita esa que llevan debe estar llena de forros.
– El que está mal es el médico clínico este que tiene la esposa que es una muñeca – anuncié.
– ¿Craviotto? ¿Qué tiene?
– Parece que un tumor. Me lo dijo mi prima, la Nelda, que va dos veces por semana a limpiar los consultorios.
– ¿Y el bomboncito va a quedar solo?
– Omar, dejate de joder, cómo vas a pensar así.
– No seas hipócrita che, que seguro no te la comes con los ojos cuando la ves por la calle.
– Una cosa no quita la otra. Además todavía no enviudó. Y cuando eso pase, quedate tranquilo que a ninguno de nosotros le va a dar bola.
– Yo que ella, con la plata que heredo me mando a mudar. Como hizo la Carla.
– Pero la Carla no enviudó – exclamó sacudiendo el cuchillo Enrique – sacó premio en el Quini 6.
– Es lo mismo. Sola y con plata, te tomás el palo.
– Sola no estaba. Venía noviando con el Alfredo, el de la heladería, que tiene la cara llena de acné. Lo dejó plantado. El perejil para colmo había sacado un crédito hipotecario porque pensaban construir para después irse a vivir juntos.
– Por eso lo veo a toda hora atendiendo la heladería – mencioné, cayendo en la cuenta de la situación.
– Che, esto ya casi está. ¿Las mujeres ya tienen todo listo adentro?
– Ni idea, cuando entré hace un rato estaban hablando al pedo.
– Che y a todo esto ¿por qué preguntaste por ese flaco – me daba bronca que no nos diera el motivo.
– ¿Qué flaco? – Enrique apartaba las brasas, para no secar la carne.
– El Joaquín Fernández – le recordé.
Quique miró al cielo repleto de estrellas y le mostró la mejor sonrisa.
– Ah… es gracioso, porque hoy fui al velorio del yerno de la Betty, la dueña de la tienda, viste que estaba con cáncer y toda la bola esa, bueno, no va que entro a la casa velatoria, me meto en la sala que da a la calle y enfilo directo al cajón, levanto la mirada y me digo a mí mismo “este no es el yerno de la Betty” pero al mismo tiempo le veía cara conocida, de todas formas me hice la señal de la cruz y salí reculando despacito, tratando que nadie se me apiolara. Cuando salí miré el cartel de la entrada y decía Joaquín Fernández.
– ¿Y el yerno de la Betty? – preguntó Omar, asaltado por la curiosidad.
– En la sala de al lado. ¿Pero no se acuerdan del Joaquín?
– No, de dónde, danos una pista, algo –pedí.
– ¡No estaría preguntando si me acordara! – nos reveló finalmente, acercando una fuente de metal a la parrilla.
Con Omar cruzamos una mirada, solo una. Y nos resignamos.
– Y no, che. Ni la más punta idea.
– En fin está muerto – remató Omar, mirando el fondo vacío de su vaso – Muy lejos no se va a ir. Cuando alguno se acuerde vamos y le llevamos flores. Naturales, las de plástico te las roban.
– ¿Y si llevamos la carne?
– ¿A la tumba?
– A la mesa, pelotudo.
– Dale, pero antes fíjate si las mujeres ya terminaron de hablar al pedo.

Un fangote de guita

Incluso antes de ganarse la lotería, Alfonso era un soñador. Escucho ahora que muchos lo dicen como si descubrieran la pólvora, incluso con cierta sorna en el tono, pero les quiero dejar en claro que él era así desde mucho antes. Y nadie me lo puede venir a discutir. Nos conocemos desde que aprendimos a caminar y nuestras madres nos hicieron coincidir en la misma placita.
La vida le cambió cuando acertó los números hace un par de años, pero en un solo sentido. Tenía más dinero. En todo lo demás, seguía siendo el mismo.
Antes que la fortuna lo forrara en billetes, Alfonso decía que sería famoso por una gran idea. Una que revolucionaría el mundo contemporáneo. Claro que llegamos a las tres décadas de vida y la idea seguía sin aparecer. El hecho que tampoco siguiera una carrera universitaria o, que al menos, se hubiera preocupado en completar la última materia que siempre le quedó colgada del secundario, poco ayudaba para pensar seriamente en que algún día lo lograría.
Aún así, sabiendo de este empeño – que repetía casi a diario – nos sorprendió a todos cuando al regresar de cobrar el dinero de la lotería anunció a viva voz y luego con un aviso en los diarios de la zona, que emplearía su dinero para comprar ideas. Si, comprar ideas.
Aunque fueran chiquitas, también se haría con ellas. A sus amigos nos tenía como confidentes y nos decía que quizá alguna persona tuviera una idea pequeña, que él con algo de tiempo y paciencia podría desarrollar en una más grande.
No solo estábamos sorprendidos, sino que también preocupados. Era cuestión de esperar una larga cola de personas dispuestas a ofrecerle cualquier pavada a cambio de dinero. La pregunta que nos hacíamos era sencilla: ¿cuánto tiempo le duraría el dinero ganado?
La respuesta fue dos años.
La gente comenzó a presentarse en la puerta de la casa de Alfonso con ideas de todo tipo. Nuestro querido amigo pagaba por todas, salvo aquellas que ya existían o al menos, que Alfonso sabía que existían.
El valor de la idea lo ponía él. Aunque, a nuestro gusto, era generoso con todos. Algunos se acercaban con carpetas, planos, textos, otro tan solo con la idea en la cabeza. Alfonso escuchaba, tomaba apuntes, recibía el material y pagaba. Lo único que hacía a su favor, era hacerles firmar que renunciaban a la idea y se la otorgaban a él.
A veces nos contaba sobre alguna de ellas, otras veces no. Con el correr del tiempo lo fuimos viendo menos optimista. Por lo que supimos, no había alcanzado a desarrollar ninguna, ni siquiera las que ya había comprado más elaboradas. Le dijimos que dejara de adquirir nuevas y le dedicara tiempo a las que ya tenía. Pero se opuso. Las tenía archivadas por posibilidades de concreción. Aunque el criterio era difícil de precisar.
Ninguno de nosotros le quiso vender nada. Nos parecía una estafa. Alfonso parecía un nene comprando figuritas para llenar un álbum interminable. Y no le importaba derrochar el dinero, porque decía que con muchas de esa idea amasaría una fortuna mil veces más grande.
Hace dos noches cayó al bar, con grandes ojeras.
– Muchachos, me fundí – anunció, dejándose caer sobre una de la sillas vacías de nuestra mesa.
Sin dudarlo, con apenas un movimiento de cabeza, le pedimos al viejo García que trajera un vaso más. Esta noche nos tocaba invitar a nosotros. Se lo veía destruido. Y no era momento para recriminarle nada. Ya habría momento para eso.
Lo acompañamos hasta su casa, como cuando éramos más jóvenes y Alfonso se agarraba un pedo de aquellos. Cuando nos estábamos yendo, nos preguntó con un hilo de voz:
– Me queda apenas para un número de lotería… ¿me dicen un número?
Ninguno de los muchachos habló. A mí me dio lástima verlo así.
– Jugale al mismo que ganaste la otra vez – le contesté.
Sonrió y se metió en su casa. Nosotros nos perdimos en las arterias del barrio, camino a nuestras respectivas soledades.
Esta mañana, mientras tomábamos un café y hablábamos de las noticias del día, se abrió la puerta del bar de par en par. Era el Alfonso que entró como una tromba y casi la arranca del marco.
– ¡Muchachos! ¡Volví a ganar la lotería y con el mismo número! ¡Un fangote de guita!
No podíamos creerlo. Corrimos a abrazarlo, casi en un deja vu muy extraño. Entonces Alfonso nos detuvo y mostrándose serio, nos dijo:
– Esperen, esta vez se lo debo a ustedes. Así que preparé un cheque para cada uno. No se ilusionen, es una parte muy pequeña, porque el resto ya saben para qué lo quiero. ¿No?
Hace un rato volvió a anunciar que seguiría comprando ideas Escucho a todos hablar de lo soñador que es el querido Alfonso y veo como sigilosamente se frotan las manos, pensando en la tonta idea que le venderán esta vez.
Soñador… es una forma de decirlo. Claro que sí. Pero no es de ahora, no señor. Se lo puedo decir yo que lo vi perder sus primeros dientes de leche con la punta del tobogán en la placita del barrio.
Porque en realidad, el Alfonso fue pelotudo toda la vida. Y nada ni nadie lo va a cambiar. Ni siquiera los pocos amigos que de aquí a uno o dos años estaremos prestos a servirle una cerveza sin recriminar.

Dos veces vivo

Cuando ocurrió por primera vez solo atiné a asustarme. ¿Qué otra cosa podía hacer además de permanecer quieto en la vereda, sin mover un solo músculo? El mundo se había quebrado en dos, como si un rayo hubiese dividido en partes iguales la realidad. De un momento a otro, mientras hacía el recorrido de todas las tardes desde el trabajo a casa, cada objeto, cada persona, vehículo y edificio aparecía dos veces ante mis ojos. Dos Renault blancos con la misma patente, dos señoras de cabello rojo intenso empujando un carro de mandados, dos vidrieras de la misma joyería exhibiendo exactos modelos de alianzas, relojes y pulseras.
Un mismo momento, captado dos veces. Solo podía asustarme, creer por un segundo que era una mala pasada de los ojos producto de algún reflejo del sol. Por eso me detuve, paralicé cada sentido, evité todo movimiento, incluso, calculo, la respiración. Permanecí así segundos que fueron una eternidad, mientras ese mundo duplicado se movía a sus anchas como si nada raro estuviera pasando. ¡Y sí que lo estaba!
Recuerdo que cerré los ojos hasta que me dolieron los párpados. Los abrí esperando que todo retornara a su habitual y tranquilizadora uniformidad. Pero al abrirlos la duplicidad estaba allí, como el maldito dinosaurio de Monterroso. Temí ya no solo por mi vista, sino también por mi cordura.
Busqué algún apoyo a mi espaldas y di con la pared, entre la joyería y una casa de deportes en cuyo escaparate se mostraba tal cantidad de artículos que parecía imposible guardaran un orden en aquel lugar. Pero no eran tantos, mi visión los multiplicaba por dos. Logré calmarme y de a poco aquel raro efecto (o defecto) fue remitiendo. No quería pensar en lo que la gente que transitaba el lugar – y me observaba de reojo – estaría imaginando. Debería estar pálido en aquella pared, seguramente con una capa de sudor en la frente y los ojos enormes, llenos de asombro.
Esa misma tarde fui (corrí) al oftalmólogo. Me diagnosticaron diplopía, una afección al nervio óptico que provoca que el mismo se quede sin oxígeno y motive una doble visión temporal. El médico explicó que a su vez, es un síntoma y es imperativo conocer la causa. Aquella revelación inició un periplo de especialistas buscando una causa, una razón a esa doble visión que me asustó ese día y que posteriormente iría irrumpiendo a diario en mi vida cotidiana. El susto pasó a ser preocupación y angustia.
Ningún profesional daba con la respuesta. Los ataques de diplopía habían pasado de ser diarios a suceder varias veces a lo largo de la jornada. Podían ocurrir en cualquier momento, ya sea caminando, cocinando, cagando, andando en bicicleta… tuve que dejar de movilizarme en auto por recomendación médica.
Pero entonces la diplopía dio el salto. No de gravedad, sino de dimensión. Sucedió hace dos días y apenas si me atrevo a confesarlo. Pero es necesario. Callar terminaría por desmembrar la poca lógica y sensatez que queda en pie en mí persona.
Esta vez no estaba caminando, sino bajando en el ascensor, dentro del edificio donde trabajo. Cada mediodía desciendo del séptimo al tercer piso a buscar el paquete interno de comunicaciones. No es en realidad un paquete, sino una bolsa. Una de mis funciones rutinarias es ir a buscarla. No me puedo quejar. El tercer piso se destaca, sobre todo, por sus mujeres. Pero mi destino me deparaba ese mediodía algo muy distinto a sonreírles a simpáticas chicas bien vestidas que de todos modos jamás me dirigen una sola mirada.
El ascensor recién se había puesto en marcha cuando noté que tenía un ataque de visión doble. Parece mentira pero nunca me he acostumbrado. Sigo sintiendo algo parecido al miedo y trato de apoyarme en algo. Conmigo bajaba un técnico del soporte informático y Adela, la sub jefa del departamento.
Lo que vi a continuación fue muy diferente a lo que preveía. No es que no hayan aparecido las realidades duplicadas, que de hecho ocurrió. Sino que la realidad repetida no era exactamente igual. Adela de la derecha, la réplica en mi visión, vestía de color diferente si bien la postura era la misma. Incluso la calidad de la ropa era menor. Adela de la izquierda tenía puesto un diseño exclusivo de una famosa tienda, en tanto que la otra lucía un simple traje comprado seguramente en liquidación en temporada de rebajas. La nariz de esta segunda Adela también era notablemente diferente, regordeta y chata, nada comparable con la naricita respingada de la sub jefa.
El técnico también parecía tener errores en su doble. El que había aparecido llevaba un paquete de cigarrillos en el bolsillo de su camisa y usaba patillas largas, notando además en su aspecto general cierto desaliño, que si bien no indicaban un marcado contraste como sucedía con Adela, sin dudas tampoco hacían exacta la visión doble.
El ataque duró poco pero lo suficiente como para poder apreciar los cambios. Cuando las puertas del ascensor se desplegaron hacia sus extremos, me abrí paso entre ambos y corrí a recoger la bolsa. Volví por las escaleras, dejé lo que había buscado a la secretaria de piso y pedí urgente permiso para ir al médico. Pero… ¿al oftalmólogo, al neurólogo, al psiquiatra?
Apuré la caminata hasta el taxi más cercano. Le di la dirección del psiquiatra. Algo andaba muy mal. El coche había hecho tres cuadras cuando llegó un nuevo ataque. Me sobresalté como cada vez que ocurre. El taxista se duplicaba delante de mis ojos. Pero el conductor que había aparecido con el ataque, pesaba al menos veinte kilos menos. Los objetos dentro del taxi también presentaban diferencias. El rosario original que colgaba del espejo retrovisor estaba transformado en la visión doble en un pedazo de hilo negro que sostenía una calavera de plástico; la calcomanía en el vidrio posterior decía, en la de la derecha “Reza a Dios y Él te oirá” y en la de la izquierda “AC DC”.
No podía evitar mirar por las ventanillas. Las fachadas de los edificios contrastaban unos de otros. El paisaje de la izquierda parecía azotado por alguna crisis económica: paredes pintadas, vidrieras remendadas, colores apagados. Las réplicas humanas eran un mal calco, venidos a menos, semblantes más perdedores de los que uno acostumbra ver en el enjambre citadino. Aquello era irreal. Ahora no solo se había resquebrajado la realidad, sino que una de las partes había caído dentro de un universo gris.
Le pedí al taxi que se detuviera. No soportaba más lo que estaba viviendo. Suplicaba en silencio para que cesara, pero no ocurría. Pagué sin esperar el vuelto (el dinero que mis ojos veían de forma duplicada estaba arrugado, incluso alguien le había dibujado bigote s al prócer del billete que estaba encima de los demás), subí a la acera y sin pensarlo me metí en una galería de compras. Avancé mirando el suelo, tratando de enfocar en el camino, sin mirar nada ni nadie. Busqué a tientas el baño y me encerré allí dentro. Me aseguré de trabar la puerta desde el interior. Solo cuando me sentí a salvo, solo entonces, elevé la mirada.
Me topé con un espejo enorme y en el reflejo, dos veces yo. Uno, el que recordaba de la mañana, de haberme visto en el espejo de casa, vistiendo camisa de trabajo, ojeras profundas por el cansancio de los últimos tiempos, barba de varios días y una profunda desorientación en la mirada. El otro yo, el que provocaba el extraño ataque de diplopía, llevaba una camisa en mejor estado, no tenía ojeras y al menos estaba afeitado. Seguía siendo un perdedor, pero lucía mejor. La visión me estremeció a tal punto que cerré los ojos. Todo lo que había visto duplicado hasta el momento, era peor a la realidad habitual. Sin embargo, al mirarme, la visión doble de mí era mejor.
Abrí los ojos. El ataque había remitido, no así mi sensación. Es que la punta del entendimiento había asomado en el horizonte de mis pensamientos. Si todo lo que veía en los nuevos procesos de diplopía era una realidad alternativa peor, un mundo paralelo donde a nadie le iba mejor, suponía entonces que mí realidad no era la de todos los días, esa que me hacía despertar en un modesto pero cómodo departamento, me llevaba a trabajar caminando unas poca cuadras, retornar a la tarde para luego poder decidir sobre mi tiempo libre para terminar no haciendo nada… sino la del otro tipo, el que había en el espejo de camisa pulcra y afeitado, que entonces, en ese otro mundo, era testigo de su otro yo, es decir, este yo, el que escribe estas líneas que no parecen tener sentido, carente de expectativas, de proyectos como todos los perdedores que dejan pasar la vida en la chatura cotidiana de la supervivencia para sobrevivir.
Con dolor comprendí que tan solo soy lo que otros ven. En algún universo paralelo existo y debo ser yo, pero en este no. Cuando ocurrió por primera vez solo atiné a asustarme sin embargo ahora deseo con fervor que vuelva a ocurrir. Quizá pueda de esa manera volverme a ver.

El maldito año de los goles

¿La maldición de Ramsey? No me vengan con tonterías. No es más que una estúpida búsqueda de patrones. En un planeta con siete billones de almas, no es tan difícil que cada día muera alguna persona más conocida que otra. La teoría que el pobre galés sea un verdugo maldito es tan endeble como en contrapartida debe existir la certeza que irremediablemente cuando cualquier otro jugador de fútbol convierte un gol, alguien muere en alguna parte.
Diferente es el caso del pueblo donde nací. Quizá ya nadie lo recuerde, pero allí estaba la fábrica de armas más importante del país, la Remigio Martínez. No obstante el pueblo no llevaba en su nombre ningún vestigio de aquel establecimiento que generaba la fuerza laboral del ochenta por ciento de las familias que allí residían. Se llamaba “Pago chico” y nunca un nombre podría haber representado mejor un lugar.
Las casi trescientas personas que moraban en Pago chico se habían acostumbrado a una existencia tranquila, sin sobresaltos, pero como todo sitio que ofrece una sola fuente de trabajo el día que desapareció la fábrica también desapareció el pueblo.
Esta pequeña población santafesina supo de épocas de esplendor, de prosperidad. Alejada de otras localidades, permitía su acceso una deteriorada ruta provincial, pero aun así y más allá de no crecer demográficamente, los habitantes eran felices y mostraban orgullo de pertenecer a ese rincón del mundo.
Y la bandera que mejor los representaba lejos estaba de ser la fábrica: era el fútbol. Porque si bien “Pago chico” tenía pocos habitantes, siempre se las arreglaba para armar un equipo de fútbol competitivo, con un nivel aceptable como para jugar en la liga regional y en varias ocasiones, pelear incluso por el título.
Eran recordadas por los memoriosos las formaciones del setenta y cuatro y del ochenta y cinco, equipos que disputaron hasta las últimas fechas el campeonato regional que otorgaba además una plaza para jugar los torneos del interior. Equipos que si bien no habían inscrito el nombre del pueblo entre los campeones, habían dejado un recuerdo indeleble en las retinas de la memoria de los hinchas de fútbol de la zona.
Pero sin dudas no fueron esas gestas épicas por las que se recuerda a Pago chico y a su equipo de fútbol. Todo ese derrotero de gloria quedó sepultado bajo el nombre de un solo jugador: Lionel “El Pomelo” Martinelli.
Un jugador aguerrido, volante de marca, que siempre le daba una mano a sus compañeros en defensa. Pocas veces incursionaba en ataque y cuando eso sucedía, se batían las palmas en las tribunas celebrando la “guapeada”.
Es que al Pomelo lo quería todo el mundo. El mismo espíritu combativo que mostraba dentro del rectángulo de juego lo tenía fuera, donde repartía sus tiempos entre la verdulería de los Vigo y la tienda de mascotas de los Hernández. Y por las tardes, religiosamente, dejándolo todo en el campo de entrenamiento junto a sus compañeros de fútbol.
No brillaba, no lucía, pero era el motor y corazón de ese equipo. Hasta que empezó eso. Lo raro. Lo que acabó con su carrera. La maldición.
Jamás había hecho un gol en su carrera, ni siquiera cuando era más pibe. Hasta se reía de ese detalle. Decía que el día que hiciera un gol, se vendría el mundo abajo. Sin embargo, ocurrió algo que podría resultarnos más familiar. Ese domingo de abril del 95, cuando un tiro que pretendía ser un centro se coló impulsado por el viento por encima del arquero, sucedieron dos cosas. La primera, que Pomelo, sin entender que pasaba y tener nula experiencia en celebrar un gol propio, se quedó petrificado sobre el césped sin atinar ni siquiera a salir gritando el gol. Sus compañeros, en cambio, lo derribaron en una montonera repleta de alegría e incredulidad.
Lo segundo que ocurrió, fue que una hora después de terminado el partido, el obispo de Rosario, orgullo de Pueblo chico, dado que allí había nacido seis décadas antes, falleció de un paro cardíaco.
La tarde de aquel domingo, premonitoria, fue contradictoria. Un ídolo lograba un imposible, un ilustre del pueblo cerraba para siempre sus ojos. Y no había quién no relacionara los hechos y ponderara la desgastada frase “un gol cada muerte de Obispo”.
Pero si solo hubiera sido eso, otra sería la historia.
Fatídicamente, ese año a Pomelo se le abrió el arco.
Al domingo siguiente marcó de cabeza, dándole con el remolino. La pelota dio en el travesaño, picó en la línea y se metió. Esta vez lo gritó con fuerza. Nada hacía pensar que su primer gol y la muerte del obispo eran nada más que una triste coincidencia.
El gol sirvió para empatar un partido fulero de visitante, en Villa Constitución. El regreso en el colectivo fue con cánticos y algunos porrones de cerveza. Al arribar al pueblo, sin embargo, no los espera la misma algarabía.
El viejo Tomás, ferretero de años, había muerto hacía unos minutos tras un súbito ACV cuando estaba arrojándole migas de pan a las palomas en la plaza del pueblo. Querido por todos, arrancó más de una lágrima. Los festejos de los jugadores quedaron en un segundo plano.
Tres fechas más tarde, en una tarde de mucho frío de mayo, Pomelo volvió a anotar. Fue jugando de local, contra uno de los equipos que prometían pelear por el título. Un gol de carambola, tras un remate duro y seco, que pasó entre varias piernas y se metió en un rincón, inalcanzable para el arquero. Lo gritaron todos en las tribunas y los jugadores se apilaron encima del recio mediocampista.
Todavía no habían cesado los festejos, cuando un grito desgarrador, que se escuchó por encima todos los demás sonidos en la cancha, desvió todas las miradas hacia la cantina. Allí estaba Ana, la eterna cocinera del pueblo, sujetando con fuerza a su hijo adolescente, que a duras penas se sostenía a centímetros del piso. En medio de su espalda sobresalía un cuchillo largo, de esos para pinchar los chorizos en la parrilla. Luego contaría Ana que había tropezado en su afán de apreciar el festejo de los hinchas, con nefasta fortuna, cayendo de lleno sobre el cuchillo que estaba apoyado contra una silla.
El partido no siguió. El ingreso de la ambulancia y el dramatismo que se vivía en los alrededores del terreno hicieron imposible la continuidad. Para entonces los rumores estaban de boca en boca. Cada vez que Pomelo hacía un gol, alguien del pueblo moría.
La razón llevaba a desechar esa idea, pero en los pueblos lo sobrenatural es cosa seria. En la parroquia se hablaba de bañarlo en agua bendita, en el bar de hacerle algún “trabajito” en lo de la Chola, la bruja del pueblo y en los pasillos de la comisaría abonaban a la idea de inventarle algún problema el domingo por la mañana y así evitar que jugara el próximo partido.
El que más sufría estos dichos, era el propio Pomelo. Notaba que hasta sus compañeros tomaban cierta distancia cuando él se les acercaba. Tenía que demostrar que todo era una macabra coincidencia. Y así se lo hizo saber al cuerpo técnico. Él no estaba maldito, les dijo. Y pidió que al partido siguiente lo dejaran patear los penales y si era posible, meterlo de nueve. No accedieron a lo segundo, pero si a lo primero.
El rival de turno era el último de la tabla. Cuarenta y cinco goles en contra en ocho partidos. No por nada decían que la defensa era lo más parecido a un flan que se había visto en la liga. A Pomelo le dolió salir a la cancha y escuchar silbidos a sus espaldas. Pero lo peor fue ver en las tribunas a toda esa gente conocida con amuletos, crucifijos y hasta bidones de agua bendita a su lado.
El dominio del equipo de Pago chico fue abrumador. A los cinco minutos ganaban dos a cero. A los diez minutos se paralizaron todos los corazones. Penal para el local y Pomelo caminando hacia el punto de sentencia, pelota bajo el brazo. Todos miraban en dirección a Jacinto Gómez, el técnico del equipo, como pidiéndole explicaciones.
El ídolo devenido en mufa jamás había pateado un penal en su vida. Poco le importaba. Recordaba los consejos de su viejo. Fuerte y al medio, como si fueras a matar al arquero. Ese pensamiento, en realidad, no era el más adecuado para el momento, pero al menos le dieron fuerzas. Pomelo avanzó y pateó. El balón salió con fuerza, impulsado al centro del arco. El arquerito rival ya estaba jugado a uno de los costados. El chasquido en la red lo dijo todo. Sobre todo porque el silencio en la cancha era tal, que fue lo único que se escuchó en el aire. Ese chasquido mortal, que dejó a todos con un nudo en la garganta.
Nadie lo celebró, nadie se movió de su asiento. Luego llegaría una catarata de goles. Pomelo anotaría dos más, un de tiro libre y otro con la rodilla. Salvo esos goles que hizo a lo largo del partido, los demás fueron todos vitoreados.
Tres goles. Lionel estaba tranquilo, estaba seguro que no habría una muerte en el pueblo. Y en parte, acertó. Porque no fue una muerte, fueron tres. Una por cada gol. La desgracia le tocó a la familia Carrosseti. El auto en el que viajaban de regreso al pueblo fue embestido por un camión que trasladaba aceros.
No había consuelo en Pago chico. Y mucho menos para Pomelo. Debía reconocerlo, estaba maldito. No entendía el por qué, ni cómo. Más que nadie, él lo sabía. Ahora esas muertes estaban en su cabeza. Y también en la de los demás habitantes. Ya no sería visto de la misma manera. No solo se había acabado su carrera. Consideraba que también su vida.
Por esas cosas de la vida, esa tarde salí de viaje. Dejé atrás Pago chico para ya nunca volver. Por eso puedo contar esta historia. Porque aquella noche fatídica, Pomelo tomó la decisión más difícil. En el año que había hecho todos los goles de su vida, metería el más difícil. Un gol en contra con forma de cañón de 38 vuelto hacia su rostro. Y sin pensarlo dos veces, pateó el gatillo hasta el fondo de la red.
Quiero creer que fue en el mismo momento. Que hubo al menos una decisión divina al respecto. Que la explosión en la Fábrica de Armas Remigio Martínez ocurrió en el mismo momento que Pomelo jaló el gatillo. Y que la enorme cantidad de armamentos y pólvora se cargaron al pueblo sin que nadie haya sentido ni una pizca de dolor.
Pero sé que no fue así. Porque cuando iba saliendo con el auto por la ruta provincial, escuché a través de la ventanilla el comentario de algunos que corrían hacia lo de Pomelo diciendo que habían escuchado un estruendo en la casa del otrora querido jugador.
Esa noche, Pago chico desapareció en un solo “bum”. Uno gigantesco y mortal. Y ya nunca pude volver.
Por eso, no me vengan a hablar de maldiciones. Le he visto la cara al diablo y no ha sido más que un buen tipo que jugaba al fútbol sin escatimar esfuerzos. Ya pueden ir dejando en paz a ese tal Ramsey y dedicar el tiempo de ocio a búsquedas más importantes, el sentido de la vida, la solución al hambre que hay en el mundo, la fórmula de la eterna juventud. Para maldiciones está mi recuerdo y el de los que aún en aquella zona de mi provincia retienen en la memoria los fatídicos hechos de aquel eterno 1995 lleno de gol.

Desértico árido destino

La aeronave se movió hacia su izquierda y casi de inmediato, enderezó el rumbo. Era pequeña, una especie de avioneta para pocas personas. Había aparecido en el horizonte como un pequeño punto en el cielo y se fue agigantando con el correr de los segundos.
Era blanca y tenía pintada una franja azul recorriéndola de punta a punta a media altura del fuselaje. A los ojos de Franco, era el avión más grande que había visto en su vida. Es que en aquella zona de paisajes áridos y desérticos difícilmente se dejaba ver algún artefacto mecánico que no fuera un automóvil o camión entrado en años y kilómetros.
Estaba tan embobado con lo que veía, atónito ante semejante avistamiento, que no oía los gritos de su madre desde la puerta de la casa, a unos doscientos metros de dónde estaba.
El sonido del motor y la hélice aproximándose imprimía al habitual escenario una característica impensada, avasallante, doblegando la atención de Franco, petrificado ante el espectáculo que el destino le ofrecía.
Ensimismado, viendo como la nave se acercaba más y más en dirección donde estaba, y con el ensordecedor rugir de la máquina arrebatando el silencio al que estaba habituado, apenas si se percató que ella venía corriendo hacia él. Por eso, cuando sintió que era levantado por el aire y arrastrado a la fuerza, se asustó como si despertara de una pesadilla.
En ese mismo momento la avioneta pasó como una exhalación por el lugar donde el niño había estado parado, comenzando a carretear unos metros más adelante, en una maniobra de aterrizaje que la mujer había sospechado.
Abrazó a su hijo con fuerza, sin sacarle la vista de encima a la aeronave, que se había alejado – ya en tierra – al menos unos cien metros. Se dio cuenta entonces que en el apuro por salvar a su niño, no tuvo la precaución de buscar alguna de las armas de su esposo. Cuánto hubiera deseado que él estuviera ahí, pero había salido la tarde anterior hacia el monte, con la premisa de traer algunos animales para aprovechar la carne y el cuero.
En el aire, suspendida pero en movimiento, la tierra alborotada se dispersaba con parsimonia. La mujer no esperó a que el motor de la avioneta se detuviera. Alzó a su pequeño y corrió hacia la casa. Con suerte podía llegar a la escopeta de caño recortado que su marido guardaba encima de la alacena, a solo dos metros de la puerta de entrada.
El corazón le latía con fuerza y el peso del niño no ayudaba en nada. Casi sofocada, llegó a la casa, aunque pudo escuchar un grito a lo lejos, una orden de alto a la que no le haría caso. Cerró la puerta a sus espaldas, dejando a Franco en el piso. En vano trabó la puerta. Era de madera, rústica, muy endeble. Una patada bastaría para derribarla. Recordó su objetivo y acercando una silla, alcanzó la parte superior de la alacena.
Allí estaba, pudo sentirla bajo sus dedos. La escopeta de caño recortado que su esposo tenía para espantar intrusos. En realidad, jamás había tenido la necesidad de usarla. Y justo cuando se presentaba la oportunidad, brillaba por su ausencia. No, debía sacarse esa idea de la cabeza. No era su culpa, así se estaban dando las cosas. Bajó de la silla observando que los cartuchos estuvieran en su lugar. Había una caja en el último cajón, detrás de los manteles. Con destreza, casi sin pensarlo, abrió el cajón con la punta de la zapatilla.
Le pidió a su hijo que buscara la caja que estaba en el fondo. Franco tardó en asimilar la orden, aunque creía que no tanto como para que su mamá le volviera a repetir lo que necesitaba en un tono más alto. De todas maneras, no se ofendió. Estaba demasiado confundido con lo que sucedía como para hacerlo.
Una vez que le alcanzó los cartuchos, le ordenó que se escondiera en su habitación, bajo la cama y que no saliera por nada del mundo. Suponía que eso se le decía a un hijo cuando uno o más intrusos aterrizaban en medio de un paraje solitario, bajo sospecha de amenaza.
Ahora estaba sola, la espalda contra la puerta, la respiración inflando y desinflando su pecho, un dolor de cabeza naciendo detrás de los ojos. Ya no escuchaba el motor del pequeño avión, pero si los pasos acercándose.
Se había acostumbrado en el último año a reconocer cada sonido proveniente del exterior. Y la llegada del avión había sido tan devastadora para la paz habitual, que el retorno del silencio parecía haber sido con mayor fuerza que la habitual. Podía sentir el pesado cómo calzado se detenía un instante sobre la tierra árida, poco transitada, que se resquebrajaba con facilidad y luego, al instante, daba otro paso en dirección a la casa.
Tenía la opción de aproximarse a la ventana y observar a través del vidrio. Pero temía de encontrarse con más de una persona – por las pisadas sabía que solo era una, pero dudaba incluso de sus sentidos – y más que nada, tener que hacer uso de la escopeta. Una cosa era imaginarse apretando el gatillo para espantar algún animal salvaje de los que nunca faltaban, sobre todo por las noches, y otra, hacerlo para atacar a un intruso.
Un intruso, por otra parte, que no sabía quién era ni qué buscaba en aquel punto desolado del planeta. Aunque de algo estaba segura: había puesto en peligro a su hijo. Lo otro que la preocupaba es que nadie sabía que estaban allí.
De llegar a la vivienda, la vida de su hijo probablemente estaría otra vez en riesgo. Ese solo pensamiento fue suficiente. Abrió la puerta y la cerró tras de sí, con la escopeta apuntando hacia delante, el dedo preparado para accionar el gatillo y la mirada desbordada de miedo, el mismo de una fiera salvaje defendiendo su terreno.
A menos de diez metros, corriendo en dirección a ella, la figura de un hombre de gran porte, cabello oscuro, barba de varios días y una pistola al costado de su cintura. Al verla con un arma, instintivamente llevó la mano hacia la suya.
Ella no dudó.
El estruendo del disparo volvió a disipar el silencio, dejando un eco en el aire que se prolongó durante varios segundos, como si en alguna parte del extenso y árido lugar alguien más estuviera disparando una y otra vez, una y otra vez…
El hombre retrocedió dos pasos, con los ojos muy abiertos. Una mancha oscura comenzó a teñir su camisa clara. La tela estaba desgarrada a la altura del abdomen. En realidad, era un enorme agujero del que brotaba sangre. Primero cedió la pierna derecha y luego la izquierda, cayendo de rodillas al suelo.
La mujer se acercó, asegurándose de no quitar de la mira de la cabeza del malherido hombre. Siempre apuntando, sin dejar de resoplar con furia en forma repetida, expulsando el aire de su excitado cuerpo.
El hombre balbuceaba sus últimas palabras. El disparo había certero. Eran sus últimos segundos. La voz se quebraba, de la misma manera que los músculos dejaban de sostener la estructura ósea y de a poco, como una vieja esfinge olvidada, se iba desmoronando segundo a segundo.
Ella acercó el oído. Quería saber que tenía que decir, quería…
– Su… su esposo… él…
El corazón se le detuvo al tiempo que se le erizaba cara poro de la piel.
– ¿Mi esposo qué? – preguntó, primero vacilando, luego con convicción – ¿Qué pasa con mi esposo?
Pero el hombre se desplomó sobre su propia sangre. Fue un ruido sordo, asqueroso, como el del chapoteo de un caimán en un charco de agua y barro. Arrojó la escopeta lejos y lo zamarreó con fuerzas. Pero el intruso que había llegado en la avioneta no se movió.
– ¿Mami?
La voz de Franco la hizo retroceder. Corrió hasta la puerta y abrazó a su niño. No podía apartar la vista del cuerpo tendido en el suelo. Más allá, aquel armatoste mecánico ahora detenido, sin vida. Y esas palabras resonando en su cabeza.
– Tranquilo querido, estamos bien, no te preocupes, solo debemos esperar que papi regrese, solo eso.
Algo tan simple como esperar. Aguardar a que la silueta de su esposo se dibujara en el infinito horizonte de esa llanura árida, lejos de todo, en aquel lugar perfecto para volver a comenzar cómo solía llamar él a aquella aventura, esa a la que los había arrastrado a cambio de su libertad, de escaparle al destino que la sociedad quería para él.
Esperar su regreso, la comida, el abrigo, el resguardo, la compañía. Esperar en medio de la nada, los dos, juntos. Con un cuerpo pudriéndose a pocos metros y una aeronave – la más grande que Franco había visto en su vida – estacionada a menos de cien metros.
Esperar con esperanza.
A su esposo.
O con el tiempo, a la muerte.

La fuga

Lo miré al Marito y el me miró a mí. Con eso fue suficiente. Los dos habíamos visto la puerta abierta y a las dos autoridades hablando de espaldas a nosotros, a más de media habitación de distancia. No dudamos un instante.
Creo que pocas veces en la vida corrí tan rápido. Pensé que no me darían las patas, pero verlo al Marito que era el doble de mi tamaño estar delante en la carrera, supuso otro desafío y me esforcé al máximo a pesar de sentir el pecho a punto de reventar.
No quise mirar para atrás o por encima del hombro, porque ya me imaginaba los uniformes azules pisándonos los talones. Pero era la mente que jugaba una mala pasada, porque los únicos pasos que resonaban – prácticamente delatando la huida – eran los nuestros.
Vimos el tapial al mismo tiempo. Si bien nos superaba con amplitud en altura, sabíamos que podíamos escalarlo. Ganamos el patio casi a la velocidad del sonido. O al menos eso nos parecía, porque nos chiflaban los oídos frutos del cansancio. Y como si estuviéramos preparados para eso de nacimiento, al llegar al tapial brincamos con fuerza y alcanzamos el borde superior, asiéndonos con tenacidad y logrando encaramarnos a lo alto.
Una vez arriba, nos dejamos caer del otro lado. Estábamos fusilados. No podíamos ni respirar. El Marito parecía un tomate y si seguía resoplando, pronto sería salsa ketchup. Nos recostamos sobre la pared que acabábamos de sortear, dándonos un momento de descanso. Sabíamos que se percatarían pronto de la fuga e irían tras nuestros pasos, pero debíamos recuperar el aliento.
Comenzamos a escuchar las voces de alarma y para nuestra sorpresa, en lugar de asustarnos, nos echamos a reír, aunque tratando de no hacer demasiado ruido. Estábamos afuera, pero el viento podía hacernos una mala pasada.
La que gritaba más fuerte era Patricia, la directora. Chillaba pidiéndole a una de las porteras, con la prepotencia que siempre utilizaba para tratar a las mujeres vestidas de delantal azul, que buscaran a Cristian, el profesor de música para que saliera a la calle a buscarnos. Pero la vice, Gabriela, le espetó un “¿Para qué? ¡Si es un imbécil, no es capaz ni de encontrar la nata en la leche!”.
En la vereda, seguíamos conteniendo la risa. Los chicos en el salón seguro se estaban divirtiendo como nosotros. Y como niños que éramos, hicimos lo que más nos gusta. Correr hacia la plaza a jugar a la pelota con los chicos del turno mañana, que como cada tarde se juntaban a hacer un picadito con arcos de remeras amontonadas y reglas enmarañadas.

Fausto, un karma

El asunto de los vasos comenzó varios meses después de la muerte de Fausto. Primero lo tomamos con incredulidad, como la obra de algún amante en la familia del humor negro. Pero luego, suceso tras suceso, asumimos el miedo que correspondía, la macabra y amarga realidad arrojada sobre nuestras existencias cual tierra sobre una tumba.

Fausto era mi primo, pero bien podría haber sido un vecino o un desconocido, porque como familiar era un verdadero hijo de puta. Es difícil describirlo, no por no encontrar palabras, sino porque cuesta reconocer ciertos aspectos.

Es que uno quiera o no, además de llevar el mismo apellido, de ser emparentado con él desde siempre, Fausto era como un chicle en el suelo, de alguna manera se pegaba molestamente a uno en el momento menos esperado.

Recuerdo un verano en el que su padre viajó al sur por trabajo y su madre no podía cuidarlo de día por haber conseguido un trabajo en la casa de una costurera – mi madre sostiene hasta el día de hoy que el único trabajo verdadero de esa mujer fue revolear la cartera en la ruta, pero esa es otra historia – quedando al resguardo de mi familia desde la mañana hasta el atardecer. Fue un espanto. Nos quitaba – a mis hermanos y a mí – los juguetes, nos los escondía, nos golpeaba, nos mentía, nos asustaba… y lo que era pequeño apenas si recibía algún que otro reto.

Creíamos que con el transcurrir de los años maduraría, se transformaría en un hombre correcto, pero fue todo lo contrario o mejor dicho, prosiguió con su línea de conducta, puliéndola al punto de convertirse en su juventud en un bravucón y estafador.

Dado que su físico no lo acompañaba, la primera “virtud” fue desapareciendo, incrementándose la segunda y ganando, con el paso del tiempo y la experiencia, otras aptitudes que bien podrían engrosar un (mal) currículum o prestigiar un prontuario.

Mencionar su nombre era como invocar al mismísimo diablo. Claro que un diablo muy propio, al que todos asociaban con nuestra familia, porque a partir de este verano nefasto su presencia en casa fue haciéndose cada vez más asidua merced a la poca disponibilidad horaria de sus padres, que cuando Fausto entró en su edad de la adolescencia directamente se borraron del mapa. De vez en cuando llegaban postales de diversos puntos del país, donde la pareja contaba sus idas y vueltas – siempre cercanas a lo trágico – en su desesperada búsqueda de prosperidad y bienestar.

Nos mantuvo en vilo por años, en los que se ausentaba durante largos días, la mayoría de las veces debido a terminar preso por cometer fechorías menores. Hasta que un día anunció su partida de la casa. Eso no fue suficiente para tenerlo siempre cerca. Volvía por dinero, por comida, por vestimenta. Incluso, a veces, por un lugar donde poder estar a solas con la novia de turno para meterle mano o asuntos más profundos.

Mis padres lo soportaron bastante, quizá por guardar la promesa a la sufrida mamá de Fausto – para entonces viuda y haciendo decenas de tareas para sobrevivir en el norte argentino según sus palabras – de estar pendientes en todo momento de su hijo.

En el barrio Fausto no era bien visto y por lo tanto, tampoco nosotros. Había estafado a casi todos los vecinos en algún momento de su vida. Nos hacían sentir culpable de cada acto que él cometía y hasta hacían correr la bolilla que éramos sus cómplices. Más de una vez la policía realizó requisas en nuestra vivienda.

Y cuando aquel día en la que – justamente – un efectivo de la Federal llegó entallado en su pulcro uniforme a notificar su deceso en una confusa balacera, parecía que el karma de Fausto se alejaba de nosotros, en realidad se estaba tomando un descanso.

Porque unos meses después empezó lo de los vasos.

Levantarnos por la mañana y encontrarnos con todos los vasos de la casa apilados en pirámide sobre la mesa de la cocina. Volver a la tarde y toparnos nuevamente con la escena, a sabiendas que nadie había estado en casa.

Asombrarnos y asustarnos al mismo tiempo al descubrir que a pesar de ser guardados en cajones bajo llave, al amanecer los vasos aparecían otra vez uno sobre otros, trepando hacia el techo ennegrecido de humedad.

Mamá llamó a un cura que bendijo la casa. Pero los vasos aparecían una y otra vez. Nadie mencionaba su nombre, pero todos teníamos el mismo pensamiento. Solo cuando la vieja de la esquina, que tenía tanta mala fama como nosotros en el barrio, aunque ella por ser algo pirada – le gritaban “bruja” a sus espaldas – nos dijo que esto era una forma de manifestarse desde el infierno (“porque dudo que haya ido al cielo”, acotó la casi senil mujer) de Fausto, solo ahí, pudimos reconocerlo abiertamente.

Es que tanto nos había hecho sufrir el condenado en vida, que nada queríamos hacer como para mandarlo a llamar ahora muerto. Pero de esa forma, a pesar de nuestro odio, volvió a instalarse en casa.

No sabemos por qué demoró tanto. Si acaso para lograrlo debió escapar de algún siniestro recoveco del infierno o bien, si todo forma parte de una misión castigo para quiénes no supimos encarrilarlo.

Lo ignoramos. Quizá todo este tiempo tan solo estuvo vagando en el más allá, pensando la forma de cagarnos la vida. Porque así era Fausto y así seguirá siendo.

La prueba final

Con paso vacilante, el hombre – entrado en años, según delataban sus arrugas, las canas, el temblequeo de las manos – entró al banco y se colocó en la cola.
Sus piernas, cansadas, comenzaron a flaquear. Solo una persona – una joven – se acercó a preguntarle si estaba bien, si necesitaba ayuda y con esfuerzo lo acompañó hasta una de las sillas.
– ¿Señora, le guarda el lugar a este hombre? – preguntó la muchacha a quién se encontraba detrás del anciano en la fila. La única respuesta fue una mirada evasiva hacia otra parte.
Pero el hombre jadeaba, falto de aire y el lugar en la cola le pareció lo último en importancia.
– Ahora voy a avisar a la gente del banco así llama a un médico, ellos tienen cobertura… – el anciano la detuvo, sosteniendo sin fuerza su brazo.
– No se vaya…
– Ya vuelvo, solo quiero dar aviso…
Al tiempo que suspiraba, el hombre negó con la cabeza.
– Quédese – le pidió.
Ella no sabía qué hacer, miraba hacia todos lados y nadie miraba hacia donde ellos estaban. Tal indiferencia provocaba un ardor en su estómago, el deseo frenético de gritar y expulsar esa rabia que nacía en su interior.
– Mire, si tiene miedo a que me aleje para ya no volver, se equivoca, a diferencia de esta gente de mierda – elevó la voz en esas tres palabras – yo soy humana, tengo sentimientos, y me preocupan los demás. Solo iré a buscar ayuda para volver a su lado.
– Sé que de irse, volvería, querida. No tengo dudas de eso. Pero no es necesario que vaya, porque en realidad he venido por usted.
La joven notó que la respiración del anciano había mejorado, que las manos ya no temblaban, que incluso lucía radiante con esa sonrisa que le cruzaba de oreja a oreja.
– ¿Qué quiere decir con…? – no pudo completar la frase, porque la luz la cegó. Y mientras cerraba los ojos, casi de manera instintiva, escuchó la voz del hombre susurrada a su oído: “De todos los seres vivos, la indiferencia, en cambio de ti, pequeña, que el infortunio te arrebató la vida en plena calle, la esperanza… y por eso, el que te lleva soy yo”.
Al abrir los ojos, desde muy alto, mientras parecía elevarse de manera extraña pero repleta de placer, vio un auto destrozado contra una columna y un cuerpo sangrando a su lado. En la puerta del banco, la mujer que estaba en la cola parecía ser la única de todas las personas allá abajo que miraba para arriba y agitando el puño al aire algo les gritaba… pero a nadie – al menos en la Tierra y en el Cielo – le importaba.

La difícil decisión de hacer algo con nuestras vidas

El calor era agobiante. En plena tarde, el aire caliente convertía la ciudad en un tejido ausente de viviendas y calles. Agustín no veía la hora de llegar a destino. Hacía diez minutos que caminaba casi a la par de su hermano mayor, Fernando.
Marchaban en silencio, aunque él reprimía de tanto en tanto las ganas de preguntar cuánto faltaba para llegar. Pero la advertencia de su hermano antes de salir había sido clara: “No abras la boca hasta que yo te lo diga”.
Siempre había admirado a Fernando, en parte quizá porque era mucho más grande, pero también porque siempre había tenido ese aire a persona mayor. No jugaba con él y tampoco le tenía paciencia. No obstante, jamás le había levantado una mano a pesar de saber muy bien que entre sus amigos era bravucón y que los chicos del barrio le tenían miedo.
Pero el amor incondicional por su hermano llegó el día que atrapado entre la pared del baño y los puños de su padre, al borde del desmayo, escuchó su voz firme y determinante, exigiéndole que “dejara en paz al chico”.
Su padre no lo hizo y Fernando le partió la cabeza con una silla. Desde entonces ya no vive en la casa pero su padre no ha vuelto a pegarle.
Anda en cosas raras, suele decir su madre, al hablar del hijo mayor. Agustín no es tonto, sabe lo que significa. Y por eso mismo, durante las últimas semanas, las veces que lo vio – porque Fernando siempre se acercaba a verlo a la salida de la escuela – le pidió una y mil veces que le permitiera hacer lo que él hacía.
Él no contestaba nunca por sí o por no. Pero ese sábado infernal, había ido a buscarlo temprano a casa.
– Voy con los muchachos ¿querés venir? – había preguntado desde la vereda, mientras él trataba de arreglar el escape de una moto que sabía, no tenía arreglo.
La palabra “muchachos” era importante. No podía imaginarse quiénes serían, pero como en esa vieja película que había visto alguna vez, los “buenos muchachos” no eran para nada buenos. Fernando lo estaba llevando nada menos que al lugar secreto donde se reunían.
Por eso el silencio, la larga caminata, los caminos inhóspitos por donde lo llevaba. No conocía aquel sector de la ciudad. Ninguna casa parecía estar terminada, sin embargo podía verse ropa tendida afuera, el sonido de lo televisores dentro. Hogares de ladrillo a flor de piel, techos de chapa, calles de tierra. Entonces, Fernando se metió a un pasillo muy angosto. Agustín dudó, pero fueron pocos segundos. Enseguida estaba tras los pasos de su hermano, que a mitad de camino dobló hacia la derecha y se metió en una de esas casas a medio terminar.
– Este es el pibe – dijo como presentación a una sala semi vacía, en la que los únicos muebles eran un sillón viejo de tres plazas, donde había dos jóvenes sentados y una silla delante de un escritorio, en la que estaba encendida una computadora.
Su hermano se sentó en el lugar disponible en el sillón. Otro de los jóvenes le señaló a Agustín con la cabeza un banquito en un rincón, que había escapado de su primera inspección ocular.
– Acercate – fue la orden.
– ¿Hay algo Gonza? – preguntó Fernando al chico que manejaba la computadora. Tenía abierto Facebook.
– Cómo haber hay, pero viste como es, falta algún que otro chequeo – respondió el tal Gonza.
– Tenemos marcados dos perfiles – anunció el que estaba sentado al lado de su hermano – uno viene anunciando hace unos días que sale de vacaciones y otro ya está subiendo fotos de la costa.
– ¿Chequeados?
– Maso – dijo el que aún no había hablado – Es decir, los de la costa si, pero el pendejo que va a cuidar la casa es cualquier con los horarios men. Medio peligroso.
– ¿Y el que viene anunciado?
– Se va hoy, pero es un segundo piso y abajo vive un rati.
– Y no de los nuestros.
– No, uno que hace buena letra.
– Qué leche.
– Mirá, trajiste suerte – avisó Gonza – Con este otro perfil tengo unos que siguen la página que están en Córdoba… desde hoy parece, arrancaron a subir fotos al mediodía.
– A ver – los tres que estaban en el sillón se pusieron de pie y se acercaron a la pantalla.
Agustín se levantó y trató de mirar por encima de los hombros de los demás.
– Fijate, foto de la mina ésta con los hijos en la sierra, la mina comprando boludeces en un puesto de artesanos, la hija de la mina que es más fulera que la mierda probándose un poncho…
– Pendeja pelotuda, con el calor que hacer…
– Otra vez la mina y los hijos, en caballo.
– ¿Qué onda, tiene marido, quedó alguien acá?
– El tipo debe ser el que saca la foto. En la descripción de las fotos pone “la familia completa visitando esto, la familia completa visitando lo otro”…
– Bien – dijo con entusiasmo Fernando – ¿Sabemos donde viven? Con el pibe puedo ir a dar una vuelta.
– Me parece bien, pero que vaya con cuidado. El golpe no te preocupes, que la cana nos presta al Parolo el sábado, una salida transitoria. Por ahí puede ir el pibe, así aprende a sostener el caño.
Fernando asintió con la cabeza. Tomó el papel que le pasó Gonza con la dirección y condujo a Agustín hasta afuera. Nuevamente el calor, con el sol pegando a pleno.
– Esta es la mejor hora para andar, aprendelo. Con este calor todos están encerrados con el aire puesto o en un club mirándose los culos.
El hermano menor movió la cabeza afirmativamente.
– ¿Te comieron la lengua los ratones que no hablás?
La pregunta lo sacó del estado de tensión en el que estaba.
– Nnn… no… vos me dijiste que no abriera la boca hasta…
Fernando lanzó una carcajada.
– ¡Boludo! ¿Y si no te decía nada no ibas a hablar? Qué pelotudo… – dijo entre risas – Está bien, veo que hacés caso, eso es bueno. Los que no hacen caso, terminan mal. Si uno quiere andar de este lado de la vida, tiene que hacerlo con cuidado. Ahora mismo vamos a ir a la casa de esa gente que se saca fotos en Córdoba y vigilar que esté liberada. Si lo está, un flaco de la banda que está entre barrotes la desvalija el sábado a la noche.
– ¿Y cómo nos damos cuenta?
– Estando atentos a los detalles y parando la oreja. Vamos a estar un par de horas en la zona, escuchar a los vecinos, tomando nota de los movimientos. Después van a venir los otros. Nos vamos rotando. La idea es que no despertemos sospechas. Y al mismo tiempo, estudiar la casa.
– Ok
– ¿Te das cuenta lo que hago? ¿Lo que vamos a hacer? ¿Te das cuenta, no?
– Si
– Y comprenderás entonces que de esto, ni una palabra a la vieja y menos al viejo.
– Seguro
Fernando lo miró de reojo. Confiaba en su hermano, pero nunca estaba de más un recordatorio.
Fueron hasta la dirección anotada en el papel y recorrieron la zona hasta la hora de apertura de los comercios. La vivienda tenía las persianas bajas, la alarma conectada y rejas en la parte delantera. Recién por la noche podría averiguar si también en el patio las condiciones eran similares. La sensación era de estar cerrada, sin nadie que la estuviera cuidado.
Antes de un robo, le confió Fernando a Agustín, mercaban las casas desde las redes sociales aprovechando el estúpido comportamiento de mucha gente de informar paso a paso su vida. Lo que debían confirmar era si a pesar de no estar sus moradores habituales, otra gente cuidada la propiedad. Eso llevaba un par de días.
– ¿Y cuántas casas desvalijan por semana? – preguntó ya de regreso Agustín.
– Depende, la semana pasada fueron tres. Este fin de semana solo haremos una. Si desvalijamos muchas, llega a los diarios o a las radios y entonces la gente se cuida más, pone alarmas, rejas. Y si bien no son impedimento, te hace laburar más.
Agustín siguió yendo al búnker toda la semana, siempre acompañado de su hermano. De a poco fue conocimiento más a la banda, y también los sobrenombres de los otros dos, Jota y Kilo.
El día previo al robo Kilo llegó con otro dato más. A la familia ya le habían robado dos veces en el año.
– No debe ser muy segura por detrás – acotó Gonza, que seguía marcando perfiles potenciales – La familia sigue de viaje, ahora cambiaron de localidad, pero están aún en Córdoba. La mina esa me tiene los huevos al plato, siempre ella en las fotos. El marido es un pelotudo, no sale en ninguna foto pero debe estar cargando la cámara todo el día.
– Parolo sale el sábado a última hora. Tiene que estar en la puerta de la comisaría antes de las siete, que llega el comisario. Así que después de medianoche atacamos. ¿El pibe se la banca?
La pregunta era para Fernando, pero Agustín no perdió su chance de hablar.
– Claro que me la banco, yo quiero estar.
– Entonces venís, me gusta la actitud – remarcó Jota,
Cada tarde Fernando acompañaba unas cuadras a su hermano de regreso a casa.
– ¿Estás seguro Agustín que querés esto? Yo muchas chances no tengo, desde que me fui de casa me las rebusqué, pero vos…
– Me gusta, además, si lo hacés vos…
– Porque lo haga yo no significa que no sea lo mejor. No te niego que pueda vivir bien, pero estás siempre al filo. Es una vida marginal.
– Me parece bien. Ni bien tenga algo de plata, me largo de la casa.
– ¿Y vas a dejar a la vieja sola?
– Si no se va, por algo es. Desde siempre la caga a palos. Es verdad que desde que te fuiste, paró un poco. Pero borracho vuelve siempre. Y ella está siempre ahí.
– ¿Y dónde querés que vaya?
Agustín no respondió. Si su hermano se había ido, él también quería hacerlo. La idea de dejar la casa, la escuela, y volver parte de los “muchachos” lo tenía entusiasmado. Hacer algo de su vida, eso es lo que soñaba cada noche.
El sábado fue la primera vez que fue a la casa del pasillo solo. Llegó incluso antes que su hermano. Tuvo tiempo de estar un rato con Gonza y que éste le explicara mejor cómo funcionaba el tema de espiar a la gente por las redes sociales.
Cuando lo llegaron los demás, abrieron unas cervezas que guardaban en una heladera portátil. Al caer la noche, llegó el tan nombrado Parolo. De baja estatura, mirada huidiza y una extraña vibración en cada movimiento.
Partieron en dos autos en medio de la noche. En la zona no había alumbrado público, por lo que la oscuridad era más cerrada. Los faros delanteros era toda la iluminación con la que contaron hasta salir del barrio.
La casa estaba en total silencio. Pasaron por delante y siguieron de largo, al menos tres calles. Habían estudiado como llegar al patio desde los techos lindantes. En el momento indicado, Kilo acercaría uno de los autos para poder cargar lo robado. A la casa entrarían Parolo, Fernando y Agustín. Los tres portaban armas. Gonza no iba nunca a los asaltos y Jota manejaba el otro coche.
Parolo conocía a la perfección su oficio, no por nada era el preferido de los policías a la hora de dejarlo salir. Iban a porcentaje. Además, en caso de sonar una alarma, le garantizaban un tiempo extra para poder escapar. De todas maneras, puso desactivar la alarma y en pocos minutos quitó las rejas de una de las ventanas.
– Por eso robaron dos veces en esta casa – sentenció – Es muy fácil entrar.
La ventana daba a una habitación, por los juguetes en el suelo, la de los niños. La puerta al pasillo estaba abierta. La luz de la luna les permitía divisar las formas de los objetos. Fernando le advirtió en voz baja a su hermano que por nada del mundo encendiera una luz. Podía delatarlos.
El pasillo daba a varias puertas. Parolo señaló en cambio hacia la abertura principal, que llevaba con seguridad al living de la vivienda.
– Comencemos por adelante y vayamos hacia atrás – fue su orden.
Se movieron en bloque hasta llegar al living. Se podía reconocer un diván de cuero a menos de un metro y una gran mesa en el centro. Parolo sacó de su bolsillo una linterna y dijo casi en un susurró que sería la única luz que usarían.
El haz de la linterna recorrió las paredes. Algunos platos de adorno y un par de cuadros grandes. Nada de valor. A un costado, un viejo aparador con puertas de vidrio contenía copas, vasos y todo tipo de vajillas. Podían obtener un buen dinero por todo, pero no valía la pena el esfuerzo.
Avanzaron hasta el otro extremo de la mesa y el presidiario barrió con la linterna la pared más lejana. Su movimiento fue veloz, no obstante algo le llamó la atención. Regresó la luz hacia el centro y con estupor la detuvo.
El rostro de un hombre con los dientes apretados los miraba repleto de rabia. El caño de una recortada asomaba apenas en el círculo de luz que proporcionaba la pequeña linterna. Recién entonces escucharon la respiración entrecortada del hombre. Fernando alcanzó a ver entre las sombras varios tupper con comida, botellas de agua… el hombre se había instalado a esperar, el hombre no había viajado a Córdoba…
Se escucharon tres disparos, tres fuertes estruendos. Y media hora más tarde, arribó la policía. Para entonces los dos coches estacionados a tres calles, habían desaparecido. Dentro de la casa, el hombre aún permanecía sentado en el suelo, espaldas a la pared, con la escopeta en la mano. Los cuerpos tendidos a sus pies en un charco de sangre eran prueba irrefutable del destino.
La noche se había encandilado de luces azules refulgentes, acompañada por el ulular de las sirenas que solo entonan gritos de desgracia, locura y muerte, mientras las ventanas de las casas contiguas cambiaban del oscuro sopor al iluminado desvelo, la fatídica duda y la morbosa curiosidad de la que estamos hechos.
Al mismo tiempo, en Facebook, alguien subía una nueva foto celebrando sus vacaciones. Y alguien, en alguna parte, tomaba nota en silencio.

El abominable monstruo del jardín

Vio a la criatura cuando lavaba los platos, a través de la ventana chica de la cocina. En realidad, no alcanzó a verla del todo, sino su abominable sombra escabulléndose entre los árboles del jardín. Lo suficiente, diría después al cronista del periódico local, como para correr al teléfono y hacer la denuncia.
La policía buscó en los alrededores del vecindario y en los campos lindantes. La zona donde estaba emplazada la pesquisa era bien al oeste, donde la localidad terminaba y le daba paso a una extensa llanura que se extendía cinco kilómetros hasta el siguiente pueblo, otro sitio olvidado en la recóndita pampa húmeda argentina.
Cuando el patrullero llegó, Irma aún se estaba secando las manos en el delantal. Estaba visiblemente nerviosa, no obstante, asumía con hidalguía el rol de “única testigo”. Luego llegarían los reporteros, los vecinos y más tarde, su marido.
– ¿Qué es todo esto, Irma? – preguntó contrariado, bajando del tractor de los Santos, que siempre tomaba prestado para ir y venir a su trabajo en los campos situados unos tres kilómetros al norte.
Su mujer le pidió guardar la compostura. No era para menos. Estaba a punto de salir en directo para el noticiero del canal de cable.
Cuando solo quedaron los dos, Rodolfo quiso saber bien que había pasado.
– ¿Un monstruo, estás segura? – a pesar de haberla oído repetir al menos una decena de veces la misma historia a todo el que preguntara desde que había llegado a casa, aún no podía creer lo que su esposa estaba diciendo.
Irma se ofendió, como era de esperar. Arrojó el delantal sobre la mesa y anunció que se iría a comer a lo de su madre.
– Sola – le aclaró un segundo antes de dar un portazo.
Rodolfo se preparó una milanesa con dos huevos fritos. Hubiese querido acompañar el plato con papas fritas, pero solo a Irma le salían crocantes como a él le gustaban. Se acostó temprano, mirando en la repetición del noticiero la imagen de su mujer hablando en el frente de la casa, sin dejar de gesticular y señalar hacia el patio.
Despertó sobresaltado en la madrugada y buscó con la mirada el cuerpo dormitando de Irma a su lado. No lo encontró. Encendió la luz. Eran las tres. Primero se preocupó, luego se enfadó. No podía creer que su mujer se hubiese ofendido de tal manera como para dormir en lo de la madre. Ya no era una chiquilla, tenía sus responsabilidades… escuchó ruidos en el patio.
Se levantó sin siquiera calzarse las pantuflas. Descalzo avanzó en la oscuridad, tanteando las paredes para evitar tropezar y espantar al intruso. A esa altura, estaba seguro que era alguien. Podía sentir los pasos que venían del exterior. Alcanzó a agarrar un viejo paraguas y puso la mano en el picaporte de la puerta trasera. Con la punta del paraguas accionó el interruptor de la luz del patio y abrió la puerta. Salió casi dando un salto, blandiendo el paraguas.
Quedó petrificado. Allí estaba, enorme, de más dos metros, imponente y al mismo tiempo, bestial. Su rostro peludo, sus brazos anchos, el torso firme y preponderante, las piernas tan robustas como troncos de árboles señoriales… y tomada de la mano, con una sonrisa que le surcaba el rostro de oreja a oreja, Irma.
– ¿Irma… es… es el monstruo? – preguntó balbuceando Rodolfo, que para entonces había olvidado por completo que estaba en pantuflas, calzoncillos y con un paraguas en la mano.
Ella lanzó una carcajada y con un ademán, lo hizo a un lado.
– ¡Ay, si! ¡Pero es de divino!
Luego entraron a la casa y cerraron la puerta al pasar. Con llave. Rodolfo, sin salir de su asombro, escuchó a la brevedad sonoros aullidos y los gritos de su mujer.
No pedía auxilio, por cierto.

El cuento del tío

A una cuadra pueden observar el movimiento de los chicos saliendo de la escuela, desperdigándose como hormigas antes de la lluvia. Dentro del coche hay silencio, pero el humo del cigarrillo torna irrespirable el aire.
– ¿Puedo bajar un poco la ventanilla? – preguntó el hombre sentado en el asiento del acompañante, que hace lo imposible por no toser.
– Ni se te ocurra – le advierte el otro ocupante del vehículo, que mira fijamente por encima del volante, mientras se lleva la mano a la boca para darle otra pitada al Rodeo que tiene entre los dedos – Por algo tengo el polarizado, para que no nos junen.
El hombre comenzó a toser. Con desdén, el otro apagó el cigarrillo.
– Mirá que sos flojo Anguila, si un poco de humo te hace eso, no me quiero imaginar si te prendieran fuego los pantalones…
– Si tuviera fuego en los pantalones, lo que menos me preocuparía sería el humo, Carancho – a pesar que el cigarrillo había sido apagado, aún sentía que le faltaba el aire.
– ¿Pensás ahogarte? – Carancho miraba al otro con asombro, que ahora no paraba de toser – Mirá que si me cagás el plan…
– Dame un… cof cof… dame un minuto – le pidió Anguila, colorado por el esfuerzo.
– Tenemos que esperar que se despeje la pibada. Cuando ya no quede ninguno de esos enanos felices, nos acercamos.
– Tendríamos que haber estacionado un poco más adelante, Anguila.
– ¿Estás loco, vos? Más adelante está la escuela, con lo histéricos que son los padres ven el Chevy estacionado más de media hora y llaman a la policía. Nos denuncian por depravados o por miedo a que seamos secuestradores de chicos.
– No justo enfrente, pero más para allá, estamos a casi dos calles…
– Más para allá hay una financiera, nos quedamos estacionados un rato y se piensan que los vamos a robar a la hora del cierre…
– Cómo lo pintás pareciera que no se pudiera estacionar en este país…
– ¡Es que es así, Anguila! ¡Es así! Allá porque hay estacionamiento medido, acá porque hay un garaje, en la otra cuadra porque está la escuela, en la loma del orto porque piensan que vendemos drogas, es así, tenés que estar atento a todo, por eso el que piensa acá soy yo y no vos, punto.
Silencio. Anguila suspiró y jugueteó con su reloj. El Carancho amagó con encender otro vicio pero recordó que a su compañero le molestaba y descartó la idea dando un chistido sonoro.
– ¿Qué te pasa? – preguntó el Anguila.
– Nnnn… nada – el Carancho se moría por un cigarrillo.
– Mirá, allá hay una farmacia.
– ¿Y?
– No sé, por ahí puedo conseguir unos caramelitos para la tos.
– ¡Pero aguantate esa tos, me cago en vos! Mirá si vas a mostrar la jeta por el barrio. Solo a mí se me ocurre traerte, solo a mí…
El Anguila se prometió no abrir la boca nuevamente, sin embargo, treinta segundos más tarde, mientras a su lado Carancho seguía refunfuñando, anunció con entusiasmo que la calle estaba al fin despejada.
– Acá vamos – dijo Carancho y arrancó el auto.
Dos cuadras más adelante detuvo el motor delante de una casa de frente pintado de blanco, con puerta y ventanas en madera.
– Che… – dijo Anguila – la Betty te habrá batido bien el nombre de la piba ¿no?
– La Betty es de fierro, y no es ninguna pelotuda, o te creés que la escuchó una sola vez a la vieja en la peluquería… – dejó caer un bufido, no de fastidio, sino de suficiencia – Al menos tres cortes de pelo le hizo a la vieja antes de estar segura de todos los datos. Viste como es la gente grande, primero no largan nada, pero cuando entran en confianza te dicen hasta el número de bombacha que usan.
– El talle…
Carancho la dejó pasar. Luego, tras cruzar una mirada en la que reforzaron todo lo planificado en los últimos días, bajaron del coche. Los dos estaban bien vestidos, nada demasiado formal pero con buen aspecto.
– Ajustate el cuello de la camisa – le ordenó Carancho a su compañero.
Una vez que comprobó que estuviera hecho, golpeó a la puerta tres veces.
Los atendió un hombre mayor, de semblante cansado. Las arrugas le acanalaban la frente al tiempo que el poco cabello canoso, algo raleado, le confería más años de los que seguramente tendría. Poco lo ayudan los vellos blancuzcos que sobresalían de las fosas nasales y que crecían en las orejas como yuyos en maceta.
– ¿El señor es don Alejo Ferreyra?
Con ojos de pocos amigos, algo desconfiado, el viejo los relojeó de arriba abajo y largó la contra pregunta.
– ¿Quién dice que lo busca?
– ¿Alejo Ferreyra, el papá de Nadia? Nadia, de España. España, Sevilla…
– …
– Nadia, en fin, nosotros estuvimos por España, aquí con mi hermano, que me acompaña, y la hemos conocido…
– ¿Conocieron a Nadia?
– Si, si, a Nadia. Nadia Ferreyra, su hija. La que está en España desde hace veinte años.
– …
– Bien, y verá, para ella fue una sorpresa saber que éramos de la misma ciudad, imagínese allá lejos, a tanta distancia, y de repente se encuentra con gente que ha caminado las mismas calles, ha visto los mismos árboles, las mismas esquinas…
– ¿En Sevilla la conocieron? A esa ciudad viajó, pero…
– Si, si. En Sevilla, pero…
El Anguila algo vio en los ojos del viejo, porque se adelantó y abrió la boca.
– Pero paseando, ella nos dijo que estaba viviendo en…
Buscó en vano un milagro en los ojos del Carancho, sabiendo la mirada inquisidora del viejo bajo el umbral de la puerta.
– … en Barcelona. ¡Joder tío! No me salía el nombre…
El viejo miró por encima del hombro, hacia el interior de la casa.
– ¡Vieja! Vení un cacho, haceme el favor.
Una mujer frágil de cuerpo y grande de edad se asomó por el espacio que su esposo dejaba al descubierto, entre su prominente panza y la puerta.
– Hola, ¿qué venden estos muchachos? – preguntó inocentemente.
– No señora – dijo riendo el Carancho, a quién le había vuelto el alma al cuerpo luego de quedarse petrificado segundos antes,
– No venden nada vieja, dicen que conocieron a Nadia en España – terció su marido.
– ¿A Nadia? – dijo sorprendida la mujer, abriendo enormemente los ojos, aprovechando para estudiar a los dos desconocidos – ¡Pero qué chico es el mundo! – afirmó con una sonrisa.
Anguila y Carancho respondieron con risas nerviosas.
– ¿Y qué los trae por acá? ¿Traen alguna postal? – preguntó con cara de pocos amigos el padre.
– Algo mejor que una postal – anunció el Carancho – Les traemos un cheque.
Los que cruzaron miradas ahora fueron marido y mujer.
– Si, un cheque bastante jugoso, porque se dio algo muy gracioso, fuimos juntos a un casino y tuvimos una noche de suerte…
– Mucha suerte – acotó innecesariamente el Anguila.
– Y cobramos un buen dinero y ella quería participarlos a ustedes, como una sorpresa. Y vamos a ser sinceros, ella ganó más que nosotros, así que nos dio un cheque para que cobráramos aquí en Argentina, porque como se imaginará, no podíamos entrar con ese dinero en las maletas. Parte de esa plata, gran parte vamos a decir, es de ustedes.
– ¿Nadia nos manda plata? ¿Escuchaste eso, viejo? – dijo la anciana mujer.
El viejo respondió con una especie de gruñido o algo semejante.
– Pero hay un problema – continuó Carancho – Nosotros estamos viajando esta noche y en la financiera nos podrían pagar el cheque recién mañana, lo que es un inconveniente. Entonces pensamos con mi hermano, que quizá lo que podríamos hacer es dejarles el cheque a ustedes y que nuestra parte, si no es molestia, nos lo dieran en efectivo. Total, después ustedes cobran el cheque y listo.
El matrimonio volvió a cruzar una mirada.
– ¿De cuánta plata estamos hablando? – el viejo fue al grano.
– El cheque es por treinta mil euros, pero dieciocho son para ustedes, es decir que lo de nosotros son apenas doce…
– Mire mijo, euros no tengo…
– Pero no mi amigo, Betty… perdón, Nadia ya nos dijo que usted es de ahorrar en moneda nacional y nos parece perfecto, es más, hasta hablamos con mi hermano de hacer la conversión al cambio oficial, nada de cotizaciones paralelas ni ocho cuartos. ¡Son los padres de Nadia, carajo!
La desconfianza permanecía en los ojos del viejo. Anguila y Carancho sentían la tensión propia del momento, de los gajes del oficio como solían decir, pero había una especie de estática en el aire que les carcomía los nervios.
– Pasen – dijo finalmente el hombre.
Se sentaron a la mesa, en una cocina bastante simple. La mesa era para no más de cuatro personas. En las paredes colgaban platos antiguos y la heladera estaba plagada de imanes de delivery.
– Los adornos eran de mi madre, yo odio el rol de cocinera – dijo la mujer, casi leyéndole la mente a sus visitantes.
– Entonces ustedes me dan el cheque y se llevan su parte en pesos. ¿Eso pautaron con Nadia?
– Eso mismo señor… – poniéndose a la defensiva – pero si usted prefiere hablar con ella por teléfono, no digo ahora, sino más tarde, no hay problema, nosotros somos gente de palabra pero nada como la palabra en la voz de un hijo, eso lo entendemos y sin más que decir, nos ponemos de pie y seguimos viaje y cuando estemos de vuelta por la ciudad, completamos este trámite.
Para entonces, Carancho y Anguila se habían puesto de pie. Era una escena ensayada. Un instante crucial.
El viejo llamó a su esposa al pasillo. Hablaron durante unos segundos, casi en un cuchicheo, Ella afirmó con la cabeza. Entonces él hizo una señal: esperen.
Volvieron a tomar asiento. La mujer les trajo un café a cada uno. A los diez minutos, Alejo Ferreyra volvió a la cocina.
– Vengan conmigo – pidió.
Anguila apuró su café. Su compañero, ansioso, lo dejó por la mitad.
Lo siguieron por el pasillo, pasando por delante del baño, hasta llegar a la habitación más alejada. La puerta estaba abierta y una cama matrimonial que con seguridad ocupaba el centro mismo, estaba desplazada en diagonal al menos uno o dos metros.
A la vista había quedado el piso de cerámicos, al que le faltaban varias piezas. La superficie debajo de los mismos no era material, sino tierra.
Carancho sonrió casi con complicidad, mientras codeaba al Anguila.
– Viejo perspicaz – dijo riendo – ¡Así que aquí esconde el dinero que ahora!
El hombre lo miró con ojos perturbadores.
– No – dijo tajante – Aquí está enterrada la nena.
Algo caliente y viscoso salpicó el rostro de Carancho, que de inmediato se giró hacia el Anguila. Éste no había tenido tiempo ni de gemir, con el cuchillo Tramontina incrustado en el cuello y la sangre saltando por doquier. El mango aún seguía aferrado por la mano manchada y arrugada de la vieja. No hubo tiempo para nada más. Apenas si vio venir el zarpazo del viejo, armado con un oxidado puñal. Sintió un escozor debajo de la oreja y luego, nada más.

Series

Sus días se diferenciaban y dividían en ficciones. Así como su mundo físico se reducía a una pequeña habitación, el universo de su existencia se expandía más allá de lo imaginable.
No había lunes, martes, miércoles… tampoco las dos de la tarde, las tres, las cuatro… ni meses, ni años. Su forma de capturar el tiempo era otra.
Sabía que al despertar, luego del desayuno, era el momento de los Expedientes X. Luego, Criminal Minds. A continuación, CSI Miami. La lista era extensa, hasta llegar a MacGyver. Finalmente apagaba las luces y descansaba hasta que el sol comenzaba a filtrarse a través de la ventana y era el instante preciso para comenzar la jornada mirando House.
Las series proseguían una tras otra, en un orden predeterminado, casi obsesivo, quitando cada tanto alguna, sumando algún estreno, colocando alguna reposición ya vista pero considerada necesaria. Una continuidad que solo se frenaba para alimentarse, hacer las necesidades fisiológicas o permitir algún cambio de ropa o sábanas.
El breve contacto con la servidumbre se limitaba a aguardar en silencio que se marcharan una vez que ingresaban ya sea para llevar la comida o limpiar el lugar y claro, entregar la hoja arrancada de la libreta de anotaciones donde hacía el listado de series que quería disponible en el disco rígido portátil que en cada despertar ya aparecía conectado a su televisor de pantalla plana de 50 pulgadas empotrado en la pared frente a su cama,
Y mientras las imágenes se sucedían en dramas, policiales, ciencia ficción y comedias dentro de esa habitación, en el resto de aquel lugar rostros tristes y apagados corrían de un lado a otro para que todo estuviera bien, que nadie se preocupara por la reclusión obsesiva del magnate, que la señora tuviera siempre a tiempo sus pastillas antidepresivas, que los jóvenes herederos fueran atendidos en todos sus caprichos y que desde el boulevard la imponente mansión se viera impoluta, esplendorosa, reluciente como un diamante.
Como en las series, la vida es un capítulo tras otro, con mayor o menor maquillaje, con menos o más efectos, como mejor o peor dirección, hasta que las horas dejan de ser tales, los días pierden sus nombres y el tiempo se convierte en un transcurrir sin sentido, destinado al fracaso y el olvido o el éxito y la repetición continua.

Poros opuestos

La pereza del campo que no es tal, esa mentirosa siesta burlona que parece una postal del no hacer pero que equivale al descanso ganado tras horas tempranas con el cuerpo entre el suelo y el cielo, boceto de una llanura domesticada con el tiempo, dueña de sonidos tan propios que adormecen con su armonía hasta al más guapo o desconfiado, de colores que envuelven y transportan a una existencia sin reloj, de horas eternas que no se mueven, de noches estrelladas y frescas, atravesadas por la brisa de la vida misma.
Don Pascual se mece en su silla, la que tiene una pata más corta atrás, su favorita, jugando con el equilibrio de su figura avejentada, de piel ultrajada por el sol, de manos hechas de pura herramienta, callo sobre callo, esfuerzo sobre esfuerzo. Lleva su mirada más allá de los límites de sus tierras, barre con la vista todo alrededor aunque así no lo pareciera. Es que con los años el observar se vuelve un arte y no hacen faltas movimientos. Cada sentido está puesto en ello, no solo el destinado a sus descoloridos ojos marrones.
Anita se acerca. Su abuelo ya sabe que está allí, pero no interrumpe su andar. La pequeña intenta una broma y le toca con la punta de los dedos el hombro izquierdo. De inmediato corre hacia el otro lado. Pascual sonríe y mira de todas maneras hacia el lado que sabe, ya no está su nieta. Ella celebra el éxito con un chillido. Su abuelo se hace el sobresaltado y ambos terminan en un abrazo estrecho, entre risas y falsos quejidos de la niña, que sin intención de lograrlo, se revuelve para zafar de los brazos aguerridos de su querido “abu”.
La faena termina con Anita en la falda del abuelo. Ahora ambos contemplan el campo, la vasta extensión de verde interrumpido aquí y allá por árboles, algún tejido, una zona más amarillenta de un cultivo cosechado, o las figuras cansinas y desperdigadas del ganado vacuno en su rutina diaria de recorrer la pastura.
La pequeña disfruta sus vacaciones de la ciudad, de la escuela, de los amiguitos que quiere pero que no extraña. Es que allí es otra cosa. Se respira diferente, aunque no sabe como explicarlo. Cuando se lo cuenta al abuelo, él se ríe, pero no con sorna, al contrario. Lo hace cómplice y satisfecho. Le gustaría disfrutarla más seguido, pero su hija no quiere recorrer los trescientos kilómetros en otra fecha del año que no fuese enero. Que el trabajo, que la escuela, que el régimen de visitas de Ana con su ex… un mundo de peros, un universo de excusas.
El silencio se convierte en un tesoro en común. Cuando dos personas guardan sus voces durante un instante y se abstraen de la cotidianidad para inmiscuirse en la realidad, se dicen más cosas entre sí que si pronunciaran mil palabras. Luego, cuando las cuerdas vocales finalmente vencen la magia, el encanto, el momento se desvanece, efímero pero inmortal.
– Mamá dice que es mucho campo para vos, abuelo, que algún día debería convencerte de vender una parte – dice Anita, con la inocencia del loro que repite sin saber.
Pascual conoce el discurso de su hija y también los motivos. Nunca fue de discutir, pero si de escuchar. Esto último no le hace mal a nadie.
– Tu mamá ama este campo, solo que se convence en creer que la felicidad está en otras partes y me parece bien, la felicidad debería viajar con uno y no tener una residencia fija, pero aquí me ves, contemplando lo que me llena el corazón.
Anita no respondió. No entendía muchas de las cosas que decía el abuelo. Ni tampoco las que mencionaba su madre.
– Dice que los Martínez en cuanto te descuides, se quedan con tus tierras – dijo al pasar la niña, que golpeaba sus talones contra la pierna del abuelo, en un balancín ida y vuelta, que la divertía desde que tenía memoria.
Los Martínez. Sus vecinos de toda la vida. Compraron las tierras casi al mismo tiempo, sesenta años antes. Ambos muy jóvenes, sin idea de lo que les depararía la vida, sin saber siquiera cómo administrar un campo, mucho menos trabajarlo. Testigos mutuos de sus vidas, de sus desdichas y alegrías.
– ¿Eso dice? ¿Por qué? – aquello le resultaba gracioso.
– Porque dice que no tienen nada en común, que son poros opuestos.
– Polos.
– Eso, polos.
Pascual suspiró. Se le escapó en la mirada la nostalgia de lo vivido. Los ojos se volvieron vidriosos, no por tristeza, al menos propia, sino por la forma de pensar de su hija.
– Es verdad mi querida Anita, los Martínez y los Suárez, es decir, nosotros, somos diferentes. El viejo Martínez reza otras oraciones por las noches, trabaja el campo de otra manera, compra sus provisiones en un almacén diferente, no le paga lo mismo a sus empleados que yo, tiene la manía de renovar sus vehículos cada un año mientras que yo lo hago solo cuando hace falta, tiene riego artificial y no le importan las épocas de sequía, le gusta derrochar dinero en el casino en lugar de comprar más ganado, es celoso de los límites de sus tierras y a diario recorre el perímetro cuidando de no tener la alambrada rota, no va nunca a las fiestas del pueblo, no comparte mi ideología política, es incluso hincha de otro club de fútbol, detesta el juego de bochas que tanto amo…
– Entonces mamá tiene razón…
– Si, la tiene, en qué somos polos opuestos. ¿Pero sabés que tenemos en común?
– ¿Qué?
– La inteligencia y la consciencia de sabernos seres humanos. Nosotros nos saludamos con la misma efusividad cada vez que nos cruzamos, nos preguntamos con sinceridad cómo estamos, nos ayudamos en las malas como cuando el arroyo creció y le llevó varias vacas y le cedí unas cuantas, o cuando la lluvia no llegaba y antes que perdiera la cosecha prolongó el riego hasta este lado. Nosotros nos miramos a los ojos y encontramos un hermano. No hay bandos en esta vida, sino malas decisiones. Y una de ellas, es creerse más o menos que el otro, de sentirnos en la obligación de elegir en lugar de integrar, de dividir en lugar de multiplicar. Cada uno puede vivir como se le antoje, pero debe saber que no hay nadie enfrente, sino muchos al lado. Y así, se construye la vida. De otra manera, se destruye. Los Martínez y los Suárez han vivido uno al lado del otro por sesenta años y jamás se han peleado. Porque ninguno pretende lo que tiene el otro, ni compite, ni pone obstáculos. Cada uno tiene sus tierras y es bienvenido en la del otro. El respeto, el trabajo, la amistad, son nuestros valores. Si algo me pasara, a mí o a tu abuela, los Martínez estarían acá pero no para sacar tajada como piensa tu madre, sino para dar una mano. Y si algo les pasara a ellos, allí estaríamos nosotros para brindar una ayuda, un abrazo, una palabra sincera.
Pascual se puso de pie con Anita en brazos. Avanzaron hacia la cosecha. A lo lejos el tractor de los Martínez recorría sus tierras. Levantó su brazo derecho, sin dejar de sujetar a su nieta con el otro, y lo movió lentamente por el aire de un lado a otro. A la distancia, el viejo Martínez levantó el suyo a modo de respuesta. No hacía falta estar cerca para saber que ambos sonrían. ¿Cómo no hacerlo bajo ese sol de verano? ¿Cómo no hacerlo, ante tanto esplendor y vida?
El viejo volvió a suspirar.
– No sé mi querida Anita si entendiste algo de lo que dije, espero que tu memoria lo guarde muy celosamente y cuando seas más grande lo recuerdes y comprendas. Ya no miro las noticias, ya no enciendo la radio, hace rato que no abro un diario. Ya no quedan Martínez y Suárez en el mundo, al menos no como estos dos viejos olvidados en este rincón del cosmos. Las palabras de tu mamá no deber ser las tuyas, los pensamientos de los demás no deben ser los únicos. Podemos crear los propios, podemos tratar al menos. Y el día de mañana, ni siquiera deben ser mis palabras. Tan solo los hechos, esos que nos permiten sentirnos libres. Aquel hombre que me devuelve el saludo tiene tantas virtudes y defectos como los tengo yo, pero tiene consciencia y además piensa. Y es el pensamiento y no el progreso lo que nos permite crecer como personas. Lo que más me gusta del campo es su murmullo, ese que apenas se escucha pero que está siempre alrededor… ¿lo escuchás?
Anita se llevó la manito a la oreja, formando una especie de tubo.
– ¡Creo que sí abu!
– Ese murmullo es la vida misma Anita y nos dice miles de cosas. Cada día nos cuenta algo distinto, porque cada día es otro, uno nuevo, irrepetible. Y debemos vivirlo de esa manera, con alegría de aprender, de atravesar nuestro lugar en el mundo con todos los sentidos predispuestos para crecer. Hoy te miro mi amor y me doy cuenta que estás más grande que ayer pero no tanto como lo estarás mañana. Y no solo lo veo en tu cuerpo, sino acá dentro – dijo apoyándole la palma de la mano sobre la cabeza.
– Abu…
– Si, Anita.
– ¿Podemos jugar a armar la huerta?
Don Suárez la dejó en el suelo y le besó la frente.
– ¡El primero en llegar elige las herramientas! – gritó y salió al trote, al que su edad le permitía, mientras la pequeña, riendo, comenzaba una alocada carrera que ganaría con holgada diferencia.

El garante

Metro noventa, barba candado, anteojos oscuros, cabello peinado hacia atrás, semblante tranquilo, movimientos lentos, ropa costosa, sombrero a tono. El hombre se paseaba cada tarde por el boulevard, haciéndose el tiempo necesario para sentarse a la mesa de algún bar al azar de los tantos desperdigados por el transitado nervio neurálgico de la ciudad. Cuando el mozo se acercaba a tomar el pedido, lo alejaba con un simple ademán. Tan solo permanecía allí, observando, viendo a la gente ir y venir. Luego se ponía de pie y seguía caminando, hasta otro bar, otra mesa, otro ademán.
Su mirada era escrutadora, se jactaba de ella interiormente, dado que no tenía ni quería amigos con quiénes hablar. Podía percibir, por ejemplo, que el gordo de conjunto deportivo azul y amarillo que trotaba por la vereda haciendo footing estaba apremiado por cuestiones de dinero. O que la rubia que paseaba el perro, uno blanco y chiquito, sentía la necesidad de cambiar el vehículo. O que la jubilada que estaba por cruzar la calle, sin mirar hacia el lado correcto de donde venían los vehículos, no tenía seguro alguno. Un auto compacto frenó a tiempo, evitando la desgracia.
¿Cómo lo hacía? Ese era su don. En los gestos, las formas de mirar, de caminar, los murmullos inconscientes, las prendas puestas, en cada detalle estaba escrita una respuesta. El problema común a todos era formular la pregunta exacta. Él podía.
Vivió en la calle hasta entrada su juventud. Mientras otros mendigaban o robaban, él se sentaba en la plaza, entre los árboles, a observar a la gente. Sin saberlo, encontraba patrones, los comparaba, analizaba y desmenuzaba en su cabeza confeccionando día a día un mapa humano que nadie hasta entonces se había tomado el trabajo de hacer.
Aprendió que todo tenía un significado, que caminar con pasos alargados no era lo mismo que hacerlo trotando, que los tropezones no eran distracciones, ni la manía de hablar solo una característica de los locos.
Supo de los conflictos de parejas de hombres y mujeres paseando de la mano incluso antes que las mismas parejas. Determinó reacciones antes que sucedieran. Predijo suicidios mucho antes que los suicidas comprendieran que ese era su destino.
El conjunto de conocimientos lo alimentó y cobijó en las noches de frío. Convencía con facilidad a las personas, dado que las palabras bien utilizadas eran las verdaderas llave del paraíso. Pronunciaba las frases que los demás necesitaban escuchar y de esa manera, como un jugador de ajedrez, componía en su mente todas las maniobras posteriores sin dificultad alguna. Al leer al ser humano, se enfrentaba a ellos sabiéndolos seres desnudos, desprovistos de secretos.
Tenía ya cuarenta años. Hacía mucho tiempo que las calles habían dejado de ser su hogar. Su don lo había salvado y no solo eso, aquel ser solitario mirando a la anciana salvarse por un pelo de ser atropellada, era millonario.
Aunque el dinero poco le importaba le permitía tener una casa propia, una oficina y vestir bien. La primera era indispensable para descansar, la segunda la fachada obligatoria para sus negocios y con el tercer privilegio el tiempo le había enseñado que la gente además de querer escuchar las palabras justas también desea toparse con personas bien vestidas.
Se puso de pie, dejó pasar un coche y cruzó hasta la calle siguiente. Una morocha treintañera estaba a veinte segundos de encender un cigarrillo, aunque probablemente aún lo sabía. Él si, por supuesto. Observó las pistas: la mujer había pateado sin querer una caja de Marlboro del piso, luego sacudió la pierna como si tuviera un tic, se había pasado el dorso de la mano por la boca y finalmente, sus dedos manchados de amarillo se habían cerrado en puño con bronca.
Para cuando se detuvo a buscar en su cartera el atado de cigarrillos, él estaba allí extendiéndole uno, con el encendedor preparado en la otra mano. También había leído otras cosas en ella. El origen de su nerviosismo, el problema con el juego, la mala fortuna en el amor, el temor de la bancarrota y del corazón deshecho.
Cruzaron unas palabras, ella agradeció. Antes de irse, tomó una tarjeta que él le daba. La morocha se alejó sin mirar atrás. No era necesario, él sabía que lo llamaría a lo sumo al día siguiente. No había margen de error. El ser humano era un libro abierto, aunque vedado a la ceguera general. Esa mujer necesitaba dinero, él sería su garante y cada uno tendría su ganancia. Ella seguiría jugando, él cobraría su interés y la vida seguiría adelante. Hasta quizá se diera el gusto de recomponer su relación sentimental. Siempre sucedía así. Ella, el tipo que venía unos pasos atrás, la mujer de la otra vereda, el pelado que andaba en bicicleta, el de bigotes estacionado a bordo de un taxi en el semáforo… todos necesitaban algo y él podía ayudarlos, claro, con un beneficio propio. ¿De lo contrario, cuál es el chiste de ayudar?
¿O acaso el dinero que repartía entre la gente de la calle cada noche no era en beneficio propio también, una forma de aliviar el hambre, el frío, la soledad, el olvido? Esas necesidades angustiantes de otros que alguna vez fueron suyas.
La vida viene sin garantía, ni posibilidad alguna de reclamo. Lo que toca, toca. Y lo que no, se obtiene de alguna manera. Algunos pueden, otros no. Qué más da, todos vamos a parar a la misma bolsa, tarde o temprano. Poco le importaba. Volvió a la mesa del bar y ahora si pidió un café. Negro, sin azúcar. Cómo la vida misma.

Mala suerte, buena suerte

La lluvia arremetió de imprevisto, aunque nadie podría negar que el agorero cielo cubierto de nubes oscuras no lo venía advirtiendo desde hacía un buen rato.
En las veredas las personas corrían tratando de alcanzar un resguardo del agua, ya fuera el balcón de un edificio, el toldo de un negocio o un árbol de frondosa copa.
Es ese momento en el que uno se detiene y observa cómo las reacciones se parecen entre sí, la gente buscando reparo, maldiciendo en voz baja, tratando de no mojar las ropas. Como si un resorte invisible se disparara en alguna parte de nuestro ser y de repente estuviéramos atravesados por una misma señal.
Pero es un instante, algo breve, porque a menos que estemos en un refugio, viéndolo a través de una ventana o con un paraguas en la mano, también atinamos a lo mismo: escapar de la tormenta.
Me detuve un momento en una esquina, esperando que dos vehículos doblaran y así, poder cruzar el pequeño lago que se estaba formando entre la vereda y la calle. En unos minutos más aquello sería un océano y atravesar de un lado a otro sería una verdadera odisea. Mis pies comenzaban a salpicarse y no quería que sucediera. Las sandalias eran nuevas.
Mi vista fue de la superficie multicolor de mis calzados-víctimas hasta un montón de papeles de colores convertidos en una especie de libro de hojas arrancadas que amagaba con arrojarse al agua en segundos más.
El viento empujaba con vehemencia a ese manojo de… ¡billetes! a caer de la vereda para perder todo su valor en las profundidades no tan profundas – aún – del agua que se acumulaba en el borde de la calle.
Corrí y los agarré justo que se volaban. Miré de inmediato en derredor. Alguien los había perdido al menos diez o quince segundos antes. De lo contrario, ya serían propiedad del viento, volando al libre albedrío o surcando los ríos naturales de las calles.
Una chica, pelirroja, cruzaba la calle en esos momentos, tratando de alcanzar el lado opuesto, alejándose de dónde estaba. No me quedaban dudas que a esa mujer se le habían caído los billetes. No podía detenerme a contarlos, porque la perdería de vista. Otro coche se interpuso entre el deseo de cruzar y la permanencia donde estaba. La chica para entonces estaba en la vereda del otro lado. En vano sería gritarle, aunque lo intenté.
Ni bien pude, me descalcé y troté atravesando la calle. Mis pies se mojaron completamente, pero al menos puse a reparo las sandalias. La joven había doblado en la esquina. Temí perderla de vista, pero al llegar al cruce de calles, la vi media cuadra adelante.
La lluvia venía de costado. En realidad, la lluvia venía desde lo alto y el viento la azotaba oblicuamente. La visibilidad se complicaba a cada segundo. Y el tránsito frenético, más el sonido de los vehículos desparramando agua por doquier, hacía que mis gritos para que la presunta dueña del dinero se detuviera fueran en vano.
La indiferencia de los demás transeúntes me exasperó. Me veían correr detrás de alguien, que al mismo tiempo aceleraba su paso metro a metro, no por otra razón que por la de escaparle a la lluvia, y nadie atinaba a nada. Una cadena de voces me hubiese ahorrado esfuerzo.
En la cuadra siguiente observé como la mujer se detenía y entraba a un edificio. Aceleré mi tranco, aunque el cansancio me estaba venciendo. Llevaba el dinero apretujado en una mano, dentro de uno de los bolsillos de mi campera. Temía que se mojara y también perderlo.
Al llegar a la puerta vidriada del edificio, vi a la joven en el momento que las puertas del ascensor se abrían. Golpeé el vidrio con la palma de la mano izquierda, que era la que tenía libre. Ella me miró, pero no denoté en su rostro intención alguna de responder a mi llamado, mucho menos, quizá, entender que la llamaba a ella. Las puertas se cerraron desde los laterales hacia el centro y su imagen desapareció.
Casi por inercia le pegué al vidrio una vez más y una mujer, que parecía estar viniendo desde el interior, pero desde una puerta trasera, me hizo un gesto con la mano como indicando que parara y de inmediato, se llevó un dedo a la cabeza girándolo rápidamente.
No tenía manera de explicarle que no estaba loca, y a pesar que le dije en voz alta que a la chica que acababa de entrar al ascensor se le había caído dinero en la calle, o no me oyó o bien poco le importaba. Me dio la espalda, ancha por cierto, y se dirigió a las escaleras, ubicadas al lado del ascensor.
No podía creerlo. Estaba absorta en aquello cuando me sobresaltó el sonido de una llave. Alguien estaba a mi lado, abriendo la puerta del edificio. Por impulso, traté de entrar.
Un hombre mayor, el que había abierto la puerta para ingresar, me cerró el paso.
– ¡Dónde cree que va! – me interpeló con razón.
– Disculpe, tiene razón, es que la chica que acaba de entrar, perdió dinero en la calle y…
El hombre cerró la puerta.
Me quedé pasmada.
– No sé cuánto es, pero quizá lo necesita, en todo caso…
Sin abrir la puerta, me dijo desde el otro lado.
– ¿La conoce?
– No… – vacilé, obvio que no la conocía, sino le estaría tocando el portero eléctrico pidiéndole que baje.
– Entonces mala suerte para ella, buena suerte para usted.
Pegó media vuelta y fue hasta las escaleras. El hall de entrada quedó desierto. A mis espaldas, la lluvia caía raudamente. Me percaté que estaba toda mojada y descalza. Mi aspecto en el reflejo del frente vidriado era patético.
Retrocedí unos pasos. Deseé con el alma maldecir la sociedad indiferente que nos rodea día a día, de la desconfianza galopante que nos domina, de las pocas ganas de creer en un acto de buena fe.
Del bolso sobresalía una de las sandalias. Se echarían a perder, lo sabía. No son de un material que soporte bien el agua.
Recordé mi mano en el bolsillo, aferrando aún ese bollo de dinero. La extraje y abrí los dedos. Conté los billetes y sonreí. Dos mil pesos. Llevé la mirada a la puerta del edificio, de allí a mis sandalias arruinadas y me detuve en el dinero.
– A la mierda con todos, ya lo dijo el viejo…
Y caminé hasta la zapatería más cercana con el fin de reemplazar el calzado caído en combate.

La fría verdad de los números

Las últimas voces se desparramaron como una ola a lo largo del pasillo y luego sobrevino el silencio. El lugar había quedado vacío. Alguien desde el exterior accionó los interruptores y las luces se fueron apagando de a una. Al silencio, la noche.
Aguardó unos instantes. Cuando intuyó que ya nadie retornaría, abrió la puerta del armario donde estaba escondido desde hacía cinco horas. Tenía las piernas entumecidas. Los primeros pasos fueron vacilantes y debió sostenerse de las paredes para no caer. Durante algunos minutos frotó con fuerzas los músculos de sus piernas para volverlas a la normalidad.
Algo más aliviado, hurgó en la mochila en busca de una linterna. Era pequeña y con luces de led que le proporcionaban una buena iluminación. Ni bien la encendió, un haz de luz dejó a la vista gran parte del pasillo. De un lado colgaban cuadros antiguos y del otro el ingreso a varios salones de clases. Al final del mismo el camino tomaba hacia la izquierda.
Fue hasta allí sin prisa. Iluminó la continuidad del pasillo antes de seguir caminando. Divisó un par de puertas a la derecha y quince metros más adelante, sobre el final del piso de cerámicos blancos y negros dispuestos en forma de damero, una enorme puerta de madera con pequeñas ventanillas de vidrio en cuyo marco superior un enorme letrero decía “Dirección”.
En tanto se acercaba, su corazón latía más fuerte. Al llegar a la puerta, dejó la mochila en el suelo y casi en cuclillas buscó en uno de los cierres delanteros de ésta un manojo de llaves. Todas estaban relucientes. Había estado haciendo las copias a lo largo de los últimos meses, a razón de dos por semana.
Una de las llaves era más grande que el resto. Tomó esa y de frente a la puerta la introdujo en la cerradura. La giró dos veces hacia la izquierda y de inmediato se escuchó un chasquido en el mecanismo que reverberó en todo el pasillo. La puerta estaba ahora abierta.
A medida que se abría, un chirrido acompañaba el movimiento. Las ventanas estaban cerradas y aquello era una verdadera boca de lobo. Apuntó la linterna hacia el centro arrebatando a la oscuridad parte de su misterio. Un escritorio repleto de papeles quedó al descubierto.
Sin embargo no le importaba aquel mueble antiguo ni los papeles ordenados, casi de manera obsesiva, en pilas simétricas. Detrás había una biblioteca, aunque su función no era solamente poner al resguardo los cientos de libros que contenía. Con firmeza se apoyó en uno de sus laterales y empujando con todo el cuerpo, la desplazó un metro.
La biblioteca ocultaba de la vista un panel de acero sobre la pared. El panel a su vez estaba dividido en seis partes iguales, conteniendo cada una cerradura. Eran en realidad, seis cajas fuertes. Y dentro de las mismas estaba aquello por lo que había arriesgado todo en las últimas semanas.
No por nada lo consideraban el alumno más inteligente y a quién más confianza le tenían los profesores e incluso, la rectora. Era brillante y tenía un gran porvenir. Ese año en particular había trabajado codo a codo con varias investigaciones y en la universidad habían recibido ofertas de varias empresas para poder contratarlo ni bien se graduara. La rectora, algo ilusa, pretendía que diera clases en el futuro, razón por la que lo invitaba seguido a tomar el té en su propia oficina.
Aquellas seis cajas fuertes contenían el historial de todos los alumnos. Allí estaba la suerte de cada uno de ellos. Porque cualquiera podía hackear los servidores y modificar las notas, pero el papel siempre reflejaría la realidad, la fría verdad de los números.
Probó dos llaves antes de dar con la adecuada. La puerta se acero se abrió para su lado. Alumbró con la linterna y tiró del cajón hacia delante. Estaba en la letra del abecedario correcta. Fue pasando con los dedos a gran velocidad las carpetas guardadas. En la parte superior figuraba el apellido, lo que le permitía no detenerse una por una a ver a quién correspondía.
Treinta segundos después se detuvo en la carpeta que buscaba. La sacó con cuidado, como si fuera una bomba. Dejó por un momento la caja fuerte y fue hasta el escritorio. En la primera página estaba la foto de ella, sus tres nombres, su apellido. Sintió que el corazón le daba un vuelco. Suspiró. Las primeras páginas correspondían a los años anteriores. Saltó directamente hasta las últimas. Justamente donde estaba el problema.
Le dolían esos números de tan solo verlos escritos. Buscó en la mochila su libreta de apuntes y la colocó al lado de la hoja de calificaciones. Tomó luego una lapicera y el sello de la rectora. Con una espátula de metal bien afilado raspó la tinta seca hasta hacerla desaparecer, una técnica que había practicado horas y horas a lo largo de dos meses. Luego miró su libreta y con enorme habilidad, imitó la caligrafía de la rectora. Cuando hubo terminado, legitimó todo con el sello.
Apreció su obra a lo largo de un minuto. Luego guardó todo en su lugar sobre el escritorio, devolvió la carpeta a su sitio y volvió a colocar la biblioteca donde correspondía.
Se marchó en silencio, despacio. Recorrió el último tramo en total oscuridad. Luego, volvió al armario. Trataría de dormir parado, descansar algo. Cuando todo el mundo retornara por la mañana, abriría la puerta y se mezclaría en la multitud. El plan perfecto, el sacrificio necesario. Todo por verla feliz.

La descendencia de Aergia

Era dueño de una teoría que llevaba al límite de la astucia. No recordaba el momento exacto en que había nacido en el seno de su pensamiento, pero si que en plena adolescencia, cursando la escuela secundaria, había confirmado su eficacia.
Federico era una persona en apariencia normal, de vestir prolijo, cabello corto y barba siempre recortada. Todas las mañanas baja puntualmente los ocho pisos de su edificio en el ascensor de la derecha, cruzaba el hall principal, saludaba al portero y salía a la calle para recorrer los cien metros que lo separaban de la parada del colectivo.
Allí esperaba junto a otros trabajadores, estudiantes y docentes somnolientos. Pero a diferencia de ellos, con rostros de resignación y sueño, a él se lo veía espléndido.
Media hora más tarde se sentaba en su escritorio, dentro de una reconocida empresa, donde su jornada laboral transcurría con total tranquilidad.
Los superiores iban y venían, llamaban por el apellido a compañeros, daban órdenes tanto a hombres como mujeres que corrían de un lado a otro llevando papeles, buscando impresiones, arrastrando pilas de carpetas con información vital.
Y en ese caos rutinario, al que todos estaban tan acostumbrados como sumidos, descansaba Federico. Porque su teoría era endiabladamente efectiva. Sostenía, en silencio, sin compartirlo con nadie, pero orgulloso de los resultados, que la pereza lo resguardaba del trabajo.
La famosa ley del menor esfuerzo, pero transformada en un práctico manual de supervivencia laboral. De vez en cuando garabateaba en un cuaderno notas al respecto, porque pensaba que quizá algún día, cuando estuviera jubilado, podría tener la voluntad de escribir un libro con su postulado.
Había notado ya desde el colegio, que aquellos que más estudiaban o proponían ideas para proyectos, eran los que más debían preocuparse por cumplir con las obligaciones que les imponían. Fue entonces que comprobó que si lograba alejarse de las actividades pero sin que los demás se dieran cuenta de la actitud poco compañera, lograría un menor número de responsabilidades y horas de estudio o investigación. Y la mejor manera era no haciéndose notar. Nadie le pide algo a quién no está.
Con el tiempo fue puliendo la idea, las formas, las estrategias. Hizo lo mismo en la universidad. Comprendió que no era difícil. Parecía un ser invisible, alguien que estaba pero al mismo tiempo no. Era imposible asignarle algo, porque prácticamente no lo tenían en cuenta.
Para cuando consiguió el trabajo en la oficina, era ya un experto en el arte de pasar desapercibido. Federico era el maestro de la pereza. No hacía absolutamente nada, pero nadie se lo reclamaba. Los demás trabajaban, perdían en cabello en crisis de tensión, agrietaban sus rostros con estrías de cansancio, debilitaban el corazón siguiendo el ritmo inalcanzable e incestuoso de la supervivencia. Y Federico, en tanto, se recostaba en la plácida tarea de no hacer nada. De estar y al mismo tiempo no. De dejarse ver, pero solo lo suficiente, de desaparecer en el momento justo, de evitar las tareas, las obligaciones. Y en ese arte, era un artista. El mejor.
Cuando anunciaban los aumentos, él los recibía. Cuando llegaban los elogios, él los disfrutaba. Cuando veía venir trabajo, simplemente sonreía porque sabía muy bien que no lo afectaría. Estaba ahí, pero al mismo tiempo no.
Al finalizar el horario de la oficina, se ponía de pie y caminaba lentamente hasta las escaleras, que bajaba peldaño a peldaño, sin ningún apuro. Cuál fantasma, su figura se iba diluyendo, consumiéndose junto a las agujas del reloj, feliz de vivir sin necesidad de sobrevivir, de no hacer para ser, de tener solo que fingir estar para estar y no sufrir.

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