Mano verde

La última vez que visitó la casa de verano fue diez años antes. Desde entonces el sitio había permanecido cerrado, salvo cuando acudía la señora Gómez, que se encargaba de mantener la limpieza y de airear las habitaciones cada tanto.

Sin embargo, el lugar no aparentaba abandono. La casa, de estilo victoriano, se veía impecable desde la calle. Incluso el jardín ostentaba un verde intenso y las flores, lejos de estar marchitas, ofrecían un espectáculo de colores digno de contemplarse.

Podía dar gracias del estado de la vivienda a la señora Gómez, que además de limpiar se encargaba de llamar a pintores y albañiles para hacer un mantenimiento anual de la fachada y los interiores, pero no así del jardín. Porque era la misma mujer la que le aseguraba que a pesar que ella no regaba ni una sola planta, la naturaleza parecía cuidarse sola en aquel lugar.

Pero no era algo que podía atribuirle al azar, lo sabía muy bien. Aún recordaba de pequeña, cuando iba de vacaciones con sus padres, que era su madre la que lidiaba con el jardín. Sembraba semillas de flores que jamás crecían y los cortes de césped que ordenaba terminaban por dejarlo amarillo.Su abuela le decía que solo una mano verde podía llevarse bien con la naturaleza.

Según su abuela, la mano verde era un don. Y muy pocos lo tenían. Ella le había preguntado si acaso lo tenía, pero la abuela había reído y tras un además con la mano, le había dicho que no. Tampoco ella lo tenía. Poco y nada de lo que plantaba, crecía. Parecía que el linaje familiar era ajena a ese don. Aunque eso cambiaría con el nacimiento de Natalia.

La llegada de la más pequeña de la familia fue también el nacimiento de un clima distinto en el hogar. Miradas reacias, silencios prolongados y conversaciones en tonos elevados. Natalia, de alguna manera, generaba esa discordia y eso hizo que ella la odiara.

En la casa de verano, Natalia demostró tener mano verde. Había dejado caer en un descuido un paquete de semillas de girasoles, algo que le valió un reto, pero un par de semanas después, en aquel sitio, se podían ver los primeros brotes.

La abuela comenzó entonces a estar más tiempo con ella, ayudándola a mantener el jardín. En pocas semanas, el lugar había ganado en armonía y belleza. Eso provocó que tuviera muchos celos de la pequeña.

Al año siguiente, solo viajaron a la casa las dos hermanas y la madre. La abuela prefería quedarse en su casa y el padre había tenido que atender unos asuntos del trabajo. Al menos, esa fue la primera excusa. Al pasar el primer mes y no aparecer, surgió un nuevo motivo: un viaje inesperado al exterior.

Pero pasó el verano y el padre no apareció. Al regresar de las vacaciones, tampoco lo encontraron en casa. Como así, tampoco estaban sus ropas. La explicación no tardó en llegar. Sus padres comenzaban a divorciarse.

Las hermanas se sumieron en una gran tristeza, aunque la más pequeña solo porque extrañaba, sin entender aún lo que realmente significaba. En cambio ella, además de entender, sabía que aquello tenía relación con el nacimiento de su hermana.

No fue hasta el siguiente verano, mientras la pequeña jugaba en el jardín, cada día más precioso, que ella escuchó a su madre en una conversación telefónica hablar de otro hombre a alguien. Dos noches después juntó el valor para enfrentarla y preguntarle por el nombre que había escuchado accidentalmente. La madre, pálida, confesó entonces una relación a escondidas, fruto de la que había nacido la más pequeña y que había motivado la separación.

El odio fue mayor, inmenso. Trató ese año de contactar a su padre, pero fue imposible. Dolido, se había alejado para siempre de su familia. El verano siguiente fue trágico. Primero, el suicidio de su madre, sumergida desde hacía meses en cócteles de somníferos para dormir. Una semana después, la desaparición de su hermana, también en la casa de verano, el día antes de retornar con la abuela a la ciudad.

La búsqueda fue intensa y se sospechó, con plena certeza, que en plena depresión por el fallecimiento de su madre, se había internado en el mar, a trescientos metros de la casa, y que había sido arrastrada por la marea.

Ese verano, diez años atrás, había sido el último en aquella casa. En la ciudad se mudó con su abuela, terminó el colegio secundario, estudió bellas artes y consiguió trabajo en una importante galería. Día a día, sin embargo, el peso del pasado retumbaba en su cabeza. Quizá por eso, no era feliz, no podía serlo. Su abuela, enferma, le había pedido varias veces que volviera y se reconciliara con aquello que tan mal la tenía, que si no lo hacía, se volvería una persona gris.

Aquello le resultaba una ironía. Su hermana, mano verde, ella, persona gris. El color y la opacidad, dos extremos, dos seres opuestos, con un lazo de sangre. Pero detenía esos pensamientos a tiempo. Su hermana ya no estaba.

La casa de verano estaba espléndida. La luz del sol además, provocaba destellos en los cristales de los enormes ventanales. El lugar parecía mágico. Quizá alguna vez lo había sido, cuando ella era chica. Ya no lo era, por más que lo aparentaba. La señora Gómez le había ofrecido la llave cuando charlaron la tarde anterior por teléfono, pero había declinado la oferta. No iba a quedarse, solo a despedirse. El cartel de venta también le quedaba muy bien a la casa de estilo victoriano. No dudaba que se vendería de inmediato. La había dejado a muy bajo precio.

Antes de irse, observó por última vez el ventanal del primer piso, que daba a la habitación de su madre. Allí la habían encontrado, desplomada sobre la cama. El frasco de pastillas, vacío, a su lado.

Y también, miró de reojo el jardín. Deslumbrante, tupido, colorido. Para no estarlo. Había enterrado una mano verde en sus entrañas.

Ahora podía irse en paz. Su abuela tenía razón. Debía dejar atrás todo aquello que la atormentaba si es que quería comenzar a disfrutar de la vida.

El acaparador de ideas

El barrio, de los más poblados de la ciudad, tenía a su escritor: Douglas José. Así al menos firmaba sus escritos. Lo más cercanos le decían Pepe. Lo suyo era la poesía, pero cada tanto sorprendía con un cuento o ensayo. La municipalidad le había editado dos libros y el semanario le publicaba en cada número alguna colaboración.
Pero lo que hacía particular a Douglas era su obsesión por registrar cada idea que se le ocurría. Pregonaba a quién quisiera escucharlo que ninguna idea era mala, todas debían tenerse en consideración.
Con el tiempo, fue actualizando el método para llevar ese registro. Comenzó con unas pequeñas libretitas, las llamadas “de almacenero”, luego llevaba siempre consigo un cuaderno de apuntes de tapas duras y desde hace unos años, un pequeño grabador de periodista, de los modernos, que tienen tarjeta de memoria.
Podía estar en el bar, compartiendo un café con los amigos y de repente, ponerse de pie, sacar el grabador y susurrarle a la entrada de micrófono:
– Mosca se posa en pocillo y hombre detecta microchip sobre el lomo del insecto, paranoia, conspiración. Lo siguen. Espionaje. Muerte. Desenlace. La vieja KGB.
Douglas no elegía los momentos. No hay momentos para la aparición de ideas, solía decir. Cuando estaba poético, decía: “los raptos de inspiración son los que llegan a uno y si se está distraído, es probable que sin querer se deje pasar la idea más valiosa del universo”.
Hace unos años, en el acto de inauguración de la entonces nueva sede de la Comisión Vecinal se vio asaltado por la inspiración en medio de su discurso – dado que era el vecino más famoso, había sido elegido para ser el principal orador del evento – y los presentes, entre divertidos y atónitos, escucharon:
– Corte de luz. Fiesta queda a oscuras. Terremoto. Brecha en el suelo. Sonido desde las profundidades. Salen garras peludas, gigantes. Pánico. Monstruos invaden la ciudad.
Era común verlo frenar su marcha en la vereda, sacar el grabador y tomar nota de algo que se le había ocurrido. Incluso, a veces lo hacía en medio de la calle. Los conductores que lo reconocían, aguardaban con paciencia. Otros se volvían locos de bronca y se colgaban de la bocina con la idea de hacerle explotar los tímpanos. Más de uno se ha bajado del coche a prepotearlo. Pero Douglas, al terminar de grabar la idea, era un tipo normal, solía pedir disculpas y como si nada, seguir su camino.
Era cierto, además, que no sentía incomodidad por lo que sucedía a su alrededor cuando grababa sus notas. Uno de los casos más recordados fue en el entierro del ex intendente de la ciudad, Anastasio Paredón. Al pobre Anastasio, muy querido en los barrios, se lo devoró una cruel enfermedad en muy pocos meses, dejando viuda a una joven mujer, con la que había contraído matrimonio poco tiempo antes. En el momento que ella se abrazaba al féretro, previo a ser depositado en el espacio excavado en tierra, cuando solo su llanto interrumpía ese silencio respetuoso que la comunidad estaba haciendo, la voz algo ronca e inconfundible de Douglas laceró el aire de manera imprevista:
– Viuda sexy, escote pronunciado, llanto fingido. Testamento sospechoso. Abogados cómplices. Denuncia anónima, exhumación del cuerpo, pedido de autopsia. Hermano anónimo. Asesinato.
Esa anotación le valió varios reproches y algunas semanas sin poder publicar en el semanario. Al poco tiempo, como en toda ciudad chica, el tema quedó en el olvido.
El pasado domingo a la noche, cruzando la plaza, se puso rígido como una estatua, pero en lugar de sacar el grabador, gritó a viva voz:
– ¡Oscuridad. Luna llena. Farolas intermitentes. Un coche a gran velocidad por la calle angosta y desierta. Hombre desprevenido cruzando en la esquina. Conductor borracho. Desgracia. Muerte. Silencio!
Luego, salió corriendo. Los que fuimos testigos de ese momento, sonreímos. Al fin lo veíamos ir apresurado a la máquina de escribir a plasmar su historia, porque no todas las ideas que le escuchábamos veían la luz. Esa noche, Douglas José corrió como si se lo llevara el mismo demonio.
Nos enteramos más tarde que a unas pocas calles, un vehículo conducido por un borracho lo levantó por el aire, matándolo al instante.
No corrió para escribir su historia, sino para no llegar tarde a su propia muerte, que ya estaba escrita.

Salir a caminar

Esos días grises y fríos que se intercalan entre lluvia y lluvia, pueblan al invierno de rostros desanimados, apagados. La gente que puede, se encierra a mirar televisión, los menos escuchan algo de música o leen un libro o una revista. Difícilmente se escuche algún rasguido de guitarra, un solo de saxo o el recitado de una poesía. Eso está pasado de moda. En el calor del hogar, la pereza la gana al esfuerzo, la pantalla chica a cualquier aspiración artística.
Vivo en un bloque de departamentos. Todo hoy es un bloque. Departamentos, casas, casillas, villas. Uno al lado del otro, y el otro sin saber que hay al lado. Vivimos en un mundo fragmentado, cada uno en su realidad, ajeno al otro. No digo que esté mal, digo que es así. Y en mi bloque, hay muchas realidades, pero a ninguna le importan las demás. A mí tampoco, que se yo, aprendí a que las cosas son así. Soy joven, supongo que todos los que me anteceden nos llevaron a que sea así. No busco respuestas, tampoco me hago muchas preguntas. Interpreto, muy por arriba. Sobre todo en estos días grises, fríos, en los que me da fiaca salir a caminar.
Porque cuando salgo a caminar me siento mejor. Debe ser el aire libre, el sol, la brisa que me envuelve. Algo hay, algo cambia. Quizá es la libertad, la falta de paredes alrededor, la sensación de poder moverme con tan solo mis piernas, de sorprenderme con los colores que en realidad son más nítidos de cómo los muestra la tv, de escuchar los sonidos que vuelan sin un volumen que pueda regularlos. Al caminar, se enciende la chispa que el encierro apaga.
En la calle uno entiende, aprende. Se empapa de lo que ve. Se entristece al ver el colchón vacío en el frente de un negocio cerrado, porque se comprende que la persona que duerme allí cada noche a la intemperie está deambulando buscando la manera de engañar al estómago. Se solidariza ante la mujer embarazada que nadie le permite ser atendida antes en la cola del rapipago del barrio. Se asusta al ver que el dinero alcanza menos. Pero también sonríe al ver a los chicos jugar en la plaza, se alegra al ver a ese adolescente como ayuda a cruzar la plaza a una señora muy anciana. Malas y buenas, buenas y malas. Así se hace uno, así entiende lo que lo rodea. En la calle, al salir a caminar. Encerrado, más que el ombligo, no hay mucho para ver. Menos en televisión.

El guionista

Desde hacía muchos años, Pedro Pomposo, el galardonado guionista, concurría al bar ubicado en diagonal a la plaza, que no solo era famoso por tener como habitué al habitante más reconocido de la ciudad, sino también por la enorme marquesina plateada que en ciertas horas de la tarde, por el reflejo del sol, confundía a los automovilistas y provocaba, de tanto en tanto, algún que otro accidente.
La rutina de Pedro era por todos conocida. Llegaba temprano, buscaba una mesa cerca de la ventana a la calle, desplegaba los diarios y le pedía a Omar, el mozo de la mañana, un cortado con tres medialunas, dos saladas y una dulce, para no tentar a la diabetes según añadía en cada ocasión.
Solía quedarse por más de dos horas, leyendo meticulosamente uno por uno los artículos de los periódicos. A veces pedía también un vaso de jugo y los días grises o con lluvia, un Cynar cortado con pomelo. Solía conversar con todo aquel que se acercara, ya sea de las exitosas películas escritas por él como de cualquier otra cuestión. Luego se marchaba a su casa, donde lo esperaba la máquina de escribir para desatar esa esperada batalla campal entre la imaginación y la hoja en blanco.
Una mañana de domingo, día en que los diarios llegaban más gordos y obligaban a Pedro a quedarse hasta el mediodía, se le acercó un hombre de unos cincuenta años, bien vestido, que no era de la ciudad. Antes se había arrimado a la barra y preguntado si era el bar dónde desayunaba Pomposo, el guionista.
El hombre se presentó, estrechó la mano de Pedro y señaló la silla vacía, frente a la que él ocupaba. Luego de recibir el asentimiento con un leve movimiento de cabeza, se sentó en la misma. Se lo notaba nervioso, principalmente por las manos, que no podía dejar quietas.
Le habló unos minutos de las últimas películas guionadas por Pedro, de lo mucho que le agradaban e incluso, de una novela que Pomposo había publicado unos veinte años antes y que era la única que había escrito, dado que después se había dedicado exclusivamente a las producciones audiovisuales, con las que había hecho su enorme trayectoria.
Pero luego la conversación cambió su rumbo. El hombre sacó de su billetera una fotografía que mostraba a una joven voluptuosa. Le explicó que no era su esposa, sino su amante. Y que su mujer había empezado a sospechar y ya no sabía como mentirle. Creía haber dicho todas las mentiras posibles. El único que podía salvarlo, era un buen guionista.
Pedro se echó a reír. Miró alrededor, buscando a la mente que había pergeñado tal broma. Sin embargo, nadie estaba pendiente de su mesa. El hombre no reía. Lo miraba con decisión. Dejó de reír. Le preguntó si hablaba en serio y recibió una respuesta que no dejaba lugar a dudas: un cheque extendido a su nombre, con una cifra de cinco ceros. Era más de lo que le habían dado de adelanto para el próximo libreto que debía entregar.
Pedro aceptó. No solo por el dinero, comentó tiempo después, sino por el desafío de escribirle el guión a una persona en la vida real, con todo lo que ello implicaba.
Cada semana entregaba las páginas con el guión que su cliente debía seguir. De esta manera, esa persona tenía excusas bien elaboradas, con tramas que difícilmente harían sospechar a la esposa.
De alguna manera se corrió el rumor. Al poco tiempo, varias personas lo contactaron en el bar. Y no solo hombres.
En un año, Pedro tenía un total de veintidós clientes. A cada uno le escribía el guión de sus vidas. Y a cada uno, le cobraba una fortuna.
Pero el volumen de trabajo era tal que con el correr de los meses dejó la rutina de desayunar en el bar. También comenzó a rechazar el pedido de guiones para cine y televisión. Ninguna cifra se aproximaba a las que ganaba con los libretos de vida que realizaba.
La existencia de Pedro se concentró en un solo lugar: su estudio, en el piso alto de su casa. Delante de su máquina de escribir tipeaba día y noche. Apenas si hacía altos para comer, una o dos veces al día, descansar unas tres horas salteadas y cada tanto, darse un baño.
Sus clientes tocaban el timbre, dejaban el dinero y se marchaban con las páginas mecanografiadas. Estaban todos felices.
El único guión del que no pudo tener control, fue el de su propia vida. Pedro Pomposo falleció una madrugada, entre las tres y las cuatro – según estimaron los forenses – desplomado sobre la máquina de escribir. Las últimas líneas escritas cimentaban una mentira encima de otra. El guión, a ojo del inspector de la policía que lo escudriñó, era una basura.

La loca solitaria

Vivía en las montañas, en una modesta cabaña que había sido propiedad de su abuelo, mucho antes incluso de haber conocido a su abuela. Era muy sencilla y el mayor lujo era la estufa de leña que hacía posible sobrevivir al invierno.

En el pueblo, a cinco kilómetros de caminata entre senderos, pequeñas vertientes y un bosque, la llamaban la loca solitaria. Una vez a la semana bajaba por provisiones. Solo el padre Bonifacio, a cargo de la única capilla en la zona, subía de tanto en tanto a visitarla. La conocía desde que era una niña y sus padres acudieron por primera vez con ella a verlo.

Su nombre era Amelia y cuenta la leyenda que era muy bonita, de ojos claros como el cielo y cabellera tan oscura como la noche. No siempre vivió en la cabaña. Nació en el pueblo, en una casa cruzando la plaza principal. Allí residía su familia, muy conocida por ser los dueños de gran parte de los terrenos donde estaban más mejores vides y que eran famosas por producir vinos que se exportaban a Europa.

La erupción de un volcán, cuando Amelia aún cursaba los primeros grados de la escuela primaria, los llevaron a la ruina. Tuvieron que vender a muy bajo precio las tierras que poseían para poder afrontar deudas. Solo se quedaron con la casa y la cabaña en la montaña, que decían, era un recuerdo familiar difícil de desprenderse.

Amelia fue retirada del colegio y dejó de ser vista haciendo los mandados o jugando en la calle o en la plaza. Según cuchicheaban las vecinas, apenas si tenían para comer. A la pequeña la educaban en la casa y cada tanto se veía al padre Bonifacio acudir a la misma. El religioso era de gran ayuda y compañía para la desdichada familia.

Poco tiempo después murió la madre de Amelia, a quién tampoco se la veía mucho. El padre vivió todavía unos años más. Cuando falleció, la niña tenía dieciséis años. La única manera de sobrevivir, era vendiendo la casa. Los memoriosos recuerdan cuando apareció el cartel de venta pero nadie, cuando la niña se marchó a la montaña.

La casa quedó deshabitada y demoró unos meses en venderse. Mientras tanto, el padre Bonifacio era todo el sustento de la adolescente. Casi a diario emprendía su caminata hacia la montaña, llevando consigo alimentos o lo que ella necesitara.

Con los años, las visitas de Bonifacio se fueron espaciando y la presencia en el pueblo de Amelia, la loca solitaria, comenzó a ser habitual, al menos una vez por semana o cada quince días. Llegaba temprano en la mañana y se marchaba apenas terminaba las diligencias que tenía que hacer. Jamás aceptaba una invitación a comer y mucho menos, a quedarse hasta la noche.

A pesar de cómo la llamaban, en el pueblo le tenía mucho respeto. Había que ser valiente para vivir sola en la montaña, tan lejos de la comunidad más cercana, con tanto animal salvaje suelto en los alrededores. Muchos pueblerinos, cazadores en su mayoría, habían sucumbido ante las garras de los depredadores. Ninguno había sobrevivido como para alertar qué clase de bestias acechaban.

El problema se desató cuando el padre Bonifacio enfermó. Contaba con más de setenta años y la otrora pequeña, ahora una mujer de más de cuarenta, bajó con mayor asiduidad para asistirlo. Incluso, se quedaba hasta tarde. Más de una vez se la vio corriendo a la hora del atardecer, en dirección a la montaña.

Cuando el sacerdote falleció, tras dos meses de agonía, Amelia anunció en el velatorio que ya no bajaría y prohibió terminantemente que nadie subiera a llevarle víveres ni para ver cómo estaba.

– Nadie puede subir a la montaña a buscarme – sentenció.

Esa tarde subió a la montaña y jamás volvió a bajar. Al menos, con la forma de Amelia.

Cuando los aullidos se hicieron sentir en las noches, en el pueblo temieron que los depredadores estuviesen asentándose más cerca, lo que era un peligro. Pero no fue mucho después que comenzaron los ataques. Siempre de noche, una bestia de filosas garras, penetró en varias viviendas y mató a sus ocupantes. La señora Torres y su hija ciega, el carnicero Jackson y la familia Benetti, completa.

El pueblo decidió montar una guardia con todos los hombres. El perímetro estuvo cubierto en los cuatro puntos cardinales. Portaban fusiles y cuchillas. A las dos de la madrugada del 25 de junio de 1980, Horacio Jent, peluquero de profesión, divisó a la bestia saliendo detrás de unos arbustos y disparó dos veces al cuerpo. El animal salvaje cayó desplomado y Horacio, aterrado como nunca en su vida, gritó a viva voz que lo había matado.

Cuando los hombres se acercaron al sitio donde había caído la bestia, constataron su muerte. Lo que sea que fuese aquello, no respiraba. Al acercar una lámpara de kerosene para alumbrar el cuerpo a más de uno se le cortó la respiración. Aquel animal llevaba puesto un zapato de mujer y en el pelaje sucio y cubierto de sangre reseca se podían ver pedazos de telas que probablemente, habían pertenecido a un vestido. Colgada al cuello, junto a un rosario, llevaba una botella vacía que en su exterior decía “Agua bendita” con la inconfundible letra del padre Bonifacio, la misma que tantas veces habían visto en las pizarras de la capilla.

No fue hasta una semana después que un grupo se armó de valor y subió hasta la cabaña. Amelia no estaba allí y el lugar era una tumba maloliente y arrasada. Dentro, los fétidos restos de animales muertos, conferían un cuadro terrorífico y cualquier cosa que hubiese pasado allí escapaba de la imaginación de aquellas personas. En la madera de las paredes, con una caligrafía que comenzaba de manera entendible y que luego, a lo largo de las más de doscientas veces que se veía escrita la frase, parecía transformarse en desquiciados trazos desesperados, alguien había grabado “necesito agua bendita”.

La misma leyenda cuenta que nadie volvió a subir hasta la cabaña y el cuerpo de la bestia, en primera instancia arrojado al bosque, fue enterrado días más tarde en la misma fosa que el padre Bonifacio. En el pueblo coincidieron que si por alguna razón, eso quería volver a la vida, solo el padre Bonifacio podría protegerlos.

Cómo había hecho durante tantos años.

Más allá

Tras el último estertor y la oscuridad inicial, volvió a abrir los ojos, aunque eran otros ojos: las formas cobraron una nueva dimensión, los colores explotaron en mil matices desconocidos y la luz se deshizo en brillantes perlas danzantes.
Y con ellos, observó el mundo y vio algo que estremeció sus nuevos sentidos: los vivos eran los verdaderos muertos.

Alsina

Alsina es mi perro, una cruza de galgo con callejero, flaco pero no hasta los huesos, rápido pero no para atrapar una liebre, ladrador pero solo para jugar. Se aquerenció de a poco, de venir hasta la entrada de casa a protegerse del frío y recibir cada dos por tres alguna que otra sobra de parte de la piba más chica.

Me vi venir el pedido de la mocosa. Siempre compradora, sonriendo como cuando se manda una macana, se acercó una mañana y me preguntó si podía meter al patio el perro que estaba afuera.

Ni se te ocurra, le dije. Si mis hijos no tenían perro hasta entonces era porque sabía muy bien que no se iban a hacer cargo. Ningún pibe lo hace. No lo hice yo, ni mis hermanos con los que tuvimos en la infancia. Y con este era clavado que el chochín de la mascota nueva duraba una semana y después los adultos teníamos que hacernos cargo.

Me convenció cuando caía la noche, más por cansancio que por otra cosa. Reconozco que estaba haciendo frío y uno de sus argumentos fue justamente ese. Pero para la noche la nena había cumplido su objetivo. El perro estaba en el patio, contento, meneando la cola y a punto de terminar de devorar el tercer plato de comida.

Mañana lo llevás al veterinario, le dije. ¿Usted lo llevó? Ella tampoco. Me tuve que hacer cargo y con esa tarea arranqué la lista de cosas de las que me tuve que encargar para que el amigo pierde pelos pudiera quedarse en casa. Vacunas, antiparasitarios, correa, alimento, paseos, baños, cucha…

Le habían puesto un nombre horrible. Un no sé qué de la televisión. Horrible. Medio que me dio bronca. Ni un dedo movían por el perro pero igual tenían derecho a bautizarlo. Así que a la semana más o menos me declaré en rebeldía y autoimpuse un nuevo nombre.

¿Alsina? se sorprendían todos. Si, Alsina. Mi respuesta era contundente. Si no te gusta, bañalo. Si te parece feo, anda a comprarle la comida. Si está fuera de onda, sacalo a pasear y juntale toda la caca en una bolsa. Quedó Alsina, por supuesto. Antes la derrota que el esfuerzo, y esa fue mi ventaja.

La cosa es que con el bicho comenzamos a hacernos compinches. Salir a caminar juntos, hacer los mandados, andar en bici con él corriendo al lado, jugar con alguna rama a lanzarla lejos y esperar su devolución toda repleta de baba, disfrutar de los partidos en la radio con el tipo echado a los pies, o hacer un asado y cortarle pedacitos con grasitas para que se los engullera de un salto.

Mi mujer empezó a decir que lo quería más a él que a ella. Sé que lo decía en broma, pero son esas frases que encierran un reproche. Pasa que un animal es otra cosa, es muy diferente a una persona. El animal te espera, te recibe con alegría, te reprocha pero sin rencor, te hace compañía y a cambio pide nada más que amor y comida. Y si, algún que otro paseo, jugar un rato. Todo es más sencillo en una relación perro persona que en una de persona a persona. No descubro la pólvora ni mucho menos pregono que dejemos de socializar con los demás. Voy a otra cosa. Algo más básico.

Un perro, como cualquier mascota, se vuelve de alguna manera parte de uno. Y ahí está el problema. La verdadera razón por la que prefiero no tener ningún bicho a cargo. Porque me encariño. Eso no tiene de malo, por supuesto. Lo malo es que el tiempo pasa. Y con los años, el perro envejece más rápido que uno. Cuando uno lo advierte, ya no es un cachorro, no juega como antes, duerme más tiempo, engorda un poco, es más lento, se vuelve frágil. Pero increíblemente, jamás deja de ser fiel.

Entonces, como me pasó ayer con el Alsina, cuando un veterinario te dice que no va más, que es la ley de la vida, que es lo mejor para el perro… entonces ahí ya no puedo hacerme cargo más, ahí la llamo a mi mujer y le pido a ella que tome la decisión, que sea ella y no yo, porque yo ya estoy masticando la bronca, el dolor, los paseos que no serán, sus pelos en mis ropas, sus patadas al aire mientras duerme y sueña vaya a saber qué, su ladrido pidiéndome que le devuelva la pelota… que sea ella quién lo condene, porque yo ya tengo la mía: mi condena es su recuerdo, su ausencia.

Alsina es mi perro, aunque no esté. Me pregunta mi hija, ahora mayor, si voy a reemplazarlo y no puedo evitar llorarlo. ¿Acaso es posible? ¿El sufrimiento puede suplantarse? ¿Existe una cura para el dolor del alma?

Si, el tiempo. Lo mismo que nos mata. En el trascurso del proceso nos regala la falta de memoria. Las penas están, pero bajo capas de olvido. Claro, también arrasa con lo lindo. Pero no tenemos opción. El tiempo es un vendaval.

El vecino

Hace veinte años que vivo en la misma casa y unos quince que tengo al mismo vecino. Nuestras paredes limitan en gran parte de la medianera y durante una década discutimos a diario por los temas recurrentes en estos casos: humedad, grietas, ruidos.

Nunca nos llevamos bien, pero las discusiones cesaron porque tomé la decisión de mudar la habitación hacia otra parte de la casa y reconstruir de tal manera que el espacio lindante se convirtió en el garaje. Mucho tiempo antes a esa decisión ya le había quitado el saludo. Una persona que se caga en el otro no merece el tiempo ni el esfuerzo que implica decir “hola”.

De esa manera, con una importante inversión de dinero, al menos obtuve cierta paz. Me limité a reparar lo que se arruinaba de mi lado y a olvidarme de la estructura en general. Si las paredes en algún momento se desmoronaban, ahí veríamos como proceder. De haber continuado el roce diario las cosas se nos hubiesen ido de las manos.

Creí que jamás volvería a cruzar una palabra con este tipo, pero esta mañana al verlo llegar a su casa, lo saludé. Si, con palabras. Nada de un gesto, ni un movimiento de las manos. Dije, alto y claro: ” Buenos días “.

El desconcierto fue absoluto. Se quedó de una pieza y frunciendo el ceño se metió con celeridad dentro de su casa. Me quedé en la vereda, observando su ventana. Lo suficiente para notar la cortina desplazarse unos pocos centímetros. Ahí estaba, escondido, mirando para la calle. Sonreí, como pocas veces.

Claro, también los habré desorientado a ustedes. ¿Por qué iba a querer ahora recomponer las relaciones? Nada menos acertado que eso. Exactamente, para qué querría subsanar lo insalvable.

Todo comenzó dos días antes, cuando atardecía. Suelo sentarme en la cocina, a mirar alguna serie en Netflix. Las españolas o alguna policial. Me encanta la forma en la que hablan los españoles. Y si además tienen algo de misterio, mejor. Pero por alguna razón, no me funcionaba internet.

El router lo tengo instalado en el garaje. Cómo me había enseñado el técnico, si dejaba de andar nada mejor que apagarlo y encenderlo. Esto lo aprendí después que me pasara dos veces y el técnico se cansara de indicarme cómo proceder. A la tercera, fue muy franco: “Apague y prenda, ya no tengo cara para ir y hacer eso y encima cobrarle”. Supongo que tampoco tenía ganas de cruzarse la ciudad para algo tan básico.

Mientras esperaba que volviera a encender para asegurarme que todas las lucecitas titilaban en su debido lugar, escuché los quejidos. Creí que era un ratón metido entre los trastos que tengo tirados contra la pared del fondo. Pero de inmediato el sonido llegó con mayor nitidez. Era un ruido proveniente del otro lado, del lado de mi vecino.

Acerqué el oído a la pared y aguardé. Ya había perdido la esperanza de volver a escucharlo, cuando volvió a repetirse. Golpeé la pared, casi por instinto. El sonido se intensificó. Luego se escuchó un portazo, nuevos quejidos y nada más. Permanecí una hora esperando volver a escucharlos, pero ya no se reiteraron.

Me costó dormir, pensando en aquellos quejidos. Por la mañana, ni bien me levanté, preparé el mate y me lo llevé al garaje. Me acomodé en una silla tipo playera y me pasé tres horas en el más absoluto silencio. Nada.

Lo bueno de estar jubilado es que uno dispone del tiempo y si bien es común decir que nunca nos alcanza para nada, en realidad solemos desperdiciarlo en nimiedades. Estar sentado en el garaje esperando el quejido proveniente de la casa de al lado no me pareció para nada una pérdida de tiempo.

De todos modos, no escuché nada más. Luego llegó mi hija y olvidé el asunto. Si hubiese traído a mi única nieta es probable que jamás me hubiese enterado de lo que pasaba, pero no la trajo y al irse, en lugar de quedarme a jugar con la pequeña como solía pasar varias veces en la semana, me volví a encerrar en el garaje. Y esta vez, créame, sí que se escucharon los ruidos.

Estaba tan absorto en el silencio, que me sobresalté como pocas veces en la vida. Creo que debo haber estado a un tris de un infarto. Salí disparado hacia la pared. Con un zapato golpeé como la tarde anterior. Del otro lado los quejidos cesaron para dar lugar a otro tipo de sonido, uno más rítmico. Cuando se hizo el silencio, volví a golpear con el taco del zapato.

Del otro lado se escuchó como si trataran de imitar el ruido. No necesité ser un erudito para comprender que me estaban contestando. Di golpecitos cada cinco segundos y la réplica fue casi exacta. Estuvimos así casi una hora. Entonces escuché el motor del Chevrolet del vecino parando delante de su casa y prudencialmente dejé de golpear la pared.

Imaginé que quién fuera el que respondía se iba a desesperar al cesar yo los golpes.  Y así pasó. Comenzaron los quejidos y a la par, fuertes golpes como los que hacíamos hasta unos minutos antes. Enseguida se escuchó el mismo portazo que la tarde anterior y un quejido más potente, dolorido. Los sonidos desaparecieron. En vano esperé escuchar algo más.

Esta mañana, tras otra noche sin poder dormir, salí con el mate al jardín delantero. Esperé hasta ver que el vecino se alejaba de su casa a pie. No perdí un solo segundo. Rodeé su casa y forcé una ventana lateral. En eso nos parecemos. Ninguno confía en las alarmas. Menos mal. Recorrí con cautela el interior de la vivienda, buscando a manera de llegar a la habitación contigua a mi garaje. Di con una puerta de madera. Traté de abrirla, pero estaba trabada. Recordé los portazos. Arremetí con el hombro y la puerta cedió, golpeando contra la pared.

La habitación era un vertedero de mugre, repleta de telarañas y botellas plásticas. En el centro, sobre un colchón sucio y pestilente, estaba inconsciente una joven. Al acercarme comprobé que estaba maniatada y amordazada. Toqué su brazo y sus ojos se abrieron como accionados por un resorte. Estaba por gritar, pero supongo que mi cara de susto la hizo comprender que yo era de los buenos.

La desaté y ayudé a ponerse de pie. Estaba muy débil. La insté a que se apurara. Fue cuando me señaló un rincón en el que no había reparado. En la penumbra, una pila de huesos humanos coronaba la habitación. Me estremecí. Salimos corriendo y llevé a la chica a mi casa. La puse a resguardo en mi habitación, provista de agua y comida.

De inmediato llamé a la policía y salí a la calle a esperarlos. Entonces vi calle abajo al vecino retornar caminando. Venía trayendo dos bolsas plásticas. Había ido de compras. Me arrimé hasta el límite de ambas casas y cuando estaba entrando al jardín de la suya, lo saludé.

El vecino seguía espiando detrás de las cortinas cuando comencé a escuchar las sirenas policiales. Mi sonrisa era ancha, casi de súper héroe. Aunque en parte me sentía culpable. Si tan solo hubiese arreglado las cosas por las malas en el pasado, cuántos huesos menos habría ahora en esa habitación.

Volví a mi casa. La policía ya había llegado.

 

Detrás de un carrito de praliné

Me acuerdo de Nacha, de Tito, Gonzalo, Alejandra, me acuerdo de todos, de cada uno de ellos. Cuando me despierto, cuando camino por las calles empujando el carro de praliné, cuando recorro el pasillo hacia mi habitación, por las noches cuando la luna está en lo alto y mis ojos la observan sin poder cerrarse. Me acuerdo de cada uno.
Cómo poder olvidar.
Cómo quisiera hacerlo.
Veo sus rostros en el reflejo de cada vidriera, en los charcos de agua abandonados por la última lluvia, en el gesto de los niños que vienen con sus padres a comprar garrapiñada. Ellos saben, de la misma manera que todos los niños saben. Solo cuando uno crece, olvida. Mientras tanto, cuando uno es niño, la verdad anida muy dentro en ese rincón de la infancia destinada al miedo, esa puerta cerrada que por las noches se entreabre lentamente dejando una luz en forma de hendija y por la que escapan los monstruos. Los niños me miran a los ojos y saben. Y me temen. Y yo les temo. Porque cuando el mal reina en ellos, es peor que mil demonios, que mil bombas nucleares juntas.
Y cada otoño, sus padres me buscan. Siempre olvido que lo harán y concurro igual a la plaza. O en realidad, no lo olvido y solo quiero sentir la tranquilidad de no ser el único que sufre. Me abrazan, me cuentan sus vidas, todo lo que los extrañan y qué lindo sería saber que hubiese sido de cada uno de no haber ocurrido lo que ocurrió. Los escucho, no puedo hacer otra cosa. Los escucho y afirmo con la cabeza cada palabra, cada idea. Me vuelven a abrazar antes de irse. Me preguntan por décima vez cómo estoy, les miento y dejo que se marchen. No volverán a aparecer hasta el próximo año y yo olvidaré y por lo tanto, volverán a encontrarme.
Cuando los veo, cuando trato de reconocer en esas facciones avejentadas algo que los una a las personas que conocí hace décadas, no encuentro más que soledad. Ya no queda nada de lo que eran. Cuando se marcharon sus hijos, ellos comenzaron a acelerar su muerte. El destino, caprichoso, los mantiene con vida. Y cada año acuden a mí, el único sobreviviente, en busca de alguna respuesta que los haga sentir mejor. Aunque con el tiempo se han resignado. Saben que se irán con las manos vacías. Tan vacías como sienten las cavidades del corazón.
El otoño se marchará en breve, no así los recuerdos. El tiempo que les sobrevivo es una condena.
Cuando los padres se alejan, se pierden de mi vista, el sufrimiento vuelve a ser absoluto. Y Nacha, Tito, Gonzalo, Alejandra, fijan sus garras a mi mente. Se instalan para no ir a ninguna otra parte. Porque no hay escapatoria. Las mentiras que uno dice de niño de nada sirven contra el verdadero horror, que es la verdad que uno guarda con recelo en lo más profundo del ser. La versión del accidente que uno ha hecho creer, y que en parte, ha convertido en cierta, no le escapa al alma, a lo que uno esconde más allá de la capa de cinismo que debe sostener bajo máscaras de mil formas diferentes para sobrevivir en un mundo tan inmundo como furioso. Y más cuando uno es niño, cuando tiene el poder de mil demonios, de mil bombas nucleares juntas.
Veo sus rostros, culpándome. Veo sus rostros, mientras la balsa se hunde. No escucho sus gritos, porque tampoco los escuché entonces. Pero la imagen es más que suficiente. Los veo, hasta que ya no los veo más. Y sin embargo, los sigo viendo. No en el intento último de sobrevivir, sino en la eterna figura de la inmortalidad de la culpa, en esa etérea mancha que carcome lentamente en forma de justicia, segundo a segundo, hora a hora, día a día, hasta la muerte propia y más, hasta que el responsable del destino, del universo, lo decida.
Sesgando mi existencia, pero obligándome a sobrevivir para recordar la miseria de mis días, la cobardía me enfrenta cada día a mi verdadero ser. En esa condena, ellos ríen de mí.

Pájaro en el cielo

El baldío estaba en la esquina de su cuadra. Allí remontaba su barrilete cada tarde, tras salir del colegio. Si llovía, pasaba las horas espiando por la ventana hacia aquel sitio. Anhelaba el sol dominante y la piola tensa en su mano.
Pero esa tarde en particular había sol y la brisa necesaria para hacer volar su cometa de caña y papel japonés. Su mirada acompañaba el barrilete, un pájaro en el cielo.
Un quejido lo distrajo de su infancia. El cuerpo a medio vestir de la adolescente, detrás de un arbusto, le arrebató la inocencia. El hombre sorprendido en pleno acto, le quitó la vida.

Vi morir a Gutiérrez

Esa noche, la noche en la que el viejo Gutiérrez se enfrentaba a la muerte, yo estaba ahí.

Es difícil precisar cómo el destino se empeña en colocarnos en situaciones complejas, a veces hasta irrisorias. Porque en lo que se refiere a algún tipo de respeto por Gutiérrez, jamás tuve. Pendenciero, mal hablado, buscaba pelea en cada gesto, en cada palabra. Un tipo de esos que siempre se hay que tratar de evitar. Y eso es lo que hacía, hasta esa noche.

Uno vive al día, con lo que gana de las changas. No es una vida de lujos, ni por asomo. Muy por el contrario, es el pan de cada día y punto. Y la Estela lo sabe, por eso no chilla cuando al caer la tarde me voy por ahí. Ella tiene su mundo con los críos, y yo, que pongo el hombro por el jornal, tengo el mío, en el bar de los Aguada.

Hay un sector en la barra que me pertenece y la gente lo sabe. Por eso cuando llego siempre está libre, esperando por mi cuerpo, que se desploma sobre la madera desgastada y sucia a la espera del primer vaso de vino. Claro que a veces hay excepciones. Por ejemplo, si el lugar está siendo ocupado por Gutiérrez, prefiero evitarlo. Pero esa noche, esa noche de la que le estoy hablando, no había nadie.

El bar, incluso, parecía menos concurrido que nunca. Salvo en la zona de luces bajas, donde en la penumbra se jugaba al truco o al chinchón, en las otras mesas no se veía a nadie. Aproveché la tranquilidad para pedirle al más petiso de los Aguada un platito de maní. No me gusta pedirlo cuando hay más gente, porque no falta el que se acerca y guiñando el ojo te saca dos o tres. Y eso, mi amigo, eso a mí no me gusta. Uno tiene lo que puede, lo que no, que se quede en deseo. Eso lo aprendí de mi viejo, que en paz descanse. Yo tengo lo que tengo y punto. Pero la gente no es así.

Una hora después, apareció el viejo Gutiérrez. Ni él ni nadie de los parroquianos del bar imaginábamos que iba a ser la última vez que lo pisaba. Llegó en bastante mal estado. Y no solo por el alcohol. Se lo veía asustado, con las ropas arrugadas. No obstante, tenía el mismo carácter de mierda que siempre. Apartó una silla del camino de mala gana y se acordó a mi lado. Noté entonces que en el cuello tenía una marca roja, como si algo con filo hubiese estado apoyado ahí mismo pocos minutos antes.

Pidió agriamente una caña y escupió en el suelo. Miré de reojo y observé que había algo de sangre en ese gargajo. Vació el vaso de un solo envión. Yo seguí concentrado en el maní y en mi vaso de vino, sin darle importancia a su presencia. Pero Gutiérrez me codeó y llamó mi atención.

– Casi me matan – largó, resoplando.

Me hice el sorprendido. Esa marca en el cuello no podía significar otra cosa. Al menos era señal de una amenaza. No pronuncié ninguna palabra. Uno sabe cuando se debe abrir la boca y cuando aguardar la continuidad del relato.

Gutiérrez por primera vez me miró a los ojos. Adiviné en los suyos la sentencia de la muerte. Podría haberme confundido y creer que la película de agua que le cubría los ojos era producto de la tristeza, pero no, era simplemente la bronca del que sabe que la suerte está echada.

– La cagué. La cagué.

Apuró un segundo trago, dejó un billete bajo el vaso, me dirigió una última mirada y se marchó.

A pesar que la noche estaba en pañales, esa breve confesión me provocó un escalofrío y ni siquiera pude terminar el vino. Salí detrás de él, sin saber si tenía la intención de hablarle y volver al bar o seguirlo hasta dónde lo llevaran sus pies.

Afuera me sorprendió un fresco repentino. Lo busqué calle arriba y no lo vi. Me giré en redondo y alcancé a ver su figura doblar la esquina. Caminé con prisa hasta tenerlo cerca. Luego, fui cuidando mi andar, cosa de no delatar mi presencia.

Caminaba hacia el oeste. El paisaje me era familiar. Lo hacía cada noche, camino al bar. Lo estaba desandando por lo menos tres o cuatro horas antes de lo habitual. No recordaba la última vez que había dejado el bar tan temprano. Pero algo me decía que tenía que seguirle los pasos al viejo pendenciero.

Llegamos a mi calle y con asombro vi que se detenía delante mi casa. Avanzó por el jardín delantero y de una patada abrió la puerta. Comencé a correr. Llegué a la puerta en el momento que la Estela arrojaba un par de navajazos al aire, delante del rostro de Gutiérrez.

– ¡Esta vez no le erro, viejo de mierda, te dije que basta! – le decía ella, que todavía no me había visto.

Gutiérrez se había desabrochado el cinturón y tenía la bragueta baja.

– Dale Estelita, uno más y se acabó – imploraba el viejo.

Creo que tiré al piso un jarrón que estaba encima de una mesita de madera, no lo recuerdo bien. Pero ellos se sobresaltaron.

– ¿Qué hacés acá? – me recriminó de mala manera mi mujer, como si estar allí fuera lo incorrecto. Reconozco que no era lo habitual, pero era mi casa. Inconscientemente me apuntaba a mí con la navaja. Gutiérrez se apresuró a abrocharse el cinto, pero olvidó la bragueta abierta. Si no fuera por la situación, hubiese sido gracioso.

Estela me arrojó un par de navajazos.

– Volvé al bar, borracho de porquería – me gritó, dando un paso hacia donde estaba.

Un navajazo al aire, otro. Al tercero, le quité la navaja de la mano. Pude haberme defendido, pero solo atiné a empujarla a un lado. Y ni siquiera fue porque pensé en los críos. Me enfoqué en Gutiérrez, el siempre prepotente, ahora hecho un cobarde, de espaldas contra la pared, tratando de ganar la puerta dando pasos cortos. Entonces supe lo que sentí en el bar. Supe que ese escalofrío era una sospecha subyacente, ubicada muy por debajo de las diez a doce copas que me bebía cada noche. Y también, que la sentencia de muerte estaba en mis manos.

Dos pasos largos, tan largos que fueron casi zancadas, y una estocada, una sola. Dejé la navaja en su abdomen hasta que el último estertor resonó cerca de mi oído. Luego, lo dejé caer.

Estela me miraba desde la puerta, con los ojos tan grandes como el agujero que le quedó a Gutiérrez en el cuerpo.

– Escuchame, esta mierda entró a robarte y lo mataste, así de simple. Lo que hayan hecho, me importa mierda. Pensá en los chicos y decile eso a la policía. Me voy al bar. La noche es larga.

Por eso, cuando hoy hablan del viejo Gutiérrez, de lo que pasó en mi casa, hay noches que tengo muchas ganas de confesar que yo estuve ahí, que fue mi diestra la que acabó con su vida… pero no me conviene. Es probable que termine en la cárcel, mi mujer se quede con la casa y los pibes no fueran nunca a visitarme. Así está bien, me alcanza y me sobra. Changas durante el día, unos vinos por las noches. En casa, la Estela cuida de los críos y la mantiene en orden. ¿Qué más se puede pedir en estos tiempos que corren? Bueno, si, que los mierdas como Gutiérrez no quieran cagarnos ni el vicio ni la mujer. Pero se comprende, no se puede todo en la vida. Uno tiene lo que puede.

Ocho patas

La casa era nueva, el trabajo era nuevo, la ciudad era nueva. El “gran salto” era nombre elegido por Julián para el paso que habían dado en sus vidas y no solo como matrimonio. Victoria estaba de acuerdo. No solo se habían casado poco tiempo atrás, sino que habían optado por aceptar una propuesta laboral que le habían ofrecido a él y mudarse a más de dos mil kilómetros, lejos de sus familiares, de sus amistades y lugares conocidos. Pero la idea de afrontar el destino juntos, comenzando prácticamente de cero en muchos aspectos, los había convencido.
Extrañaban, claro que si. Aunque la tecnología, una vez que la compañía de internet fuera a conectarle el servicio,  los ayudaría a sentirse más cerca a los afectos. Las redes sociales, los mensajes de textos, convertirían en la experiencia en más llevadera. Julián, en realidad, pasaba muchas de las horas en su nuevo trabajo, en un edificio de cristal de más de treinta pisos. En cambio, Victoria, se ocupaba de la casa en el barrio tranquilo y apartado de la zona céntrica donde habían alquilado. Era también quién recorría la zona, aprendiendo la ubicación de las calles, los comercios cercanos e incluso, el rostro de los vecinos.
Le parecía increíble que a pesar de llevar una semana en la casa, todavía hubiese una decena de cajas sin desembalar. No solo habían mudado todo lo que tenían en el departamento, sino cosas personales que ambos aún guardaban en casas de sus padres. Por ejemplo, los libros de Julián. Nunca había tenido la necesidad de trasladarlos cuando se mudaron al primer departamento, apenas se casaron. Era más sencillo, si quería leer algo en particular, pasar en algún momento por la casa de sus padres y buscarlo. Ahora, en cambio, esa practicidad había quedado anulada.
Las horas en la casa, sola, le provocaban cierta nostalgia. Hasta que no hiciera nuevas amigas, consiguiera un trabajo, y pudiera socializar, no tendría con quién tomar mates, ir a tomar un café o simplemente dialogar en medio de un paseo. Pero lo sabía de antemano y lo que realmente le importaba era poder asentarse, porque todo se iría dando a su tiempo, esa era su filosofía. Conocería gente, haría nuevos amigos, obtendría un trabajo, vendrían los hijos, las salidas familiares, los viajes en vacaciones…
La casa era amplia. Más de lo que habían imaginado. A los casi cien metros cuadrados techados tenían que sumarle el sótano, de diez por veinte, que no le habían informado cuando concretaron el alquiler. Julián se entusiasmó al verlo. No tenía humedad y era por lo tanto el lugar perfecto para un pequeño taller. Allí podría desarmar y arreglar computadoras, un pasatiempo de toda la vida que también podría darle unos ingresos adicionales. A Victoria le hubiese gustado más una sala de juegos, pero su marido tenía razón: para eso debían gastar mucho dinero en ponerlo en óptimas condiciones y mejorar la iluminación, que apenas si contaba con un par de luces colgantes y una luz de led de seguridad al pie de la escalera.
De momento era un espacio amplio, vacío, con esquinas oscuras y donde estaban depositando todo lo que aún no le habían dado ubicación. Entre esas cosas, las cajas sin desembalar.
“Voy a ver que hay en las cajas” le escribió un mensaje de texto a Julián. En una semana había escrito más mensajes con el celular que en toda su vida. Pronto tendría internet y podría enviarle mensajes de voz, videos, fotos, chatear, podría hacer de todo, pero de momento estaba limitada al simple sms. Para no sentirse tan sola, había convertido el ritual de escribirle en un juego y cada cosa que hacía o le llamaba la atención, se lo transmitía. Julián tenía la delicadeza de contestarle cada uno de esos mensajes, aunque más no fuera con un emoticón de sonrisa.
El celular vibró en su mano: “Seguramente ropa tuya” había escrito su esposo. Sonrió, porque era verdad. Vaya sorpresa se había llevado cuando al buscar la ropa en el viejo placard de su habitación en la casa de su madre, se había encontrado con el triple de lo que recordaba poseer.
“Celoso,vos y tus tres calzoncillos” le respondió. Si por él fuera, se vestiría con papel de diario, le había dicho ella una vez. La que se encargaba de obligarlo a salir a comprar ropa era Victoria. Y fue una de las primeras cosas que hicieron ni bien llegaron, para que fuera presentable al nuevo trabajo.
Movió una de las cajas y leyó con la poca luz a su alcance la etiqueta que le había puesto para reconocerla: Ropa de verano. Algunas de las prendas podían servirle, aunque no todas. Si bien el otoño no era frío, tampoco podía esperar que el clima templado permaneciera mucho más. Sintió algo en la pierna, que hizo que desviara la vista hasta su rodilla.
El chillido que pegó resonó con eco dentro del sótano. Instintivamente dio un paso hacia atrás y tropezó con otra de las cajas. Cayó de culo sobre el cemento frío y áspero. Pudo ver alejarse y perderse en la oscuridad al responsable de su caída.
“Amor, hay arañas” escribió. Esperó la respuesta sentada en el suelo, mirando de reojo hacia un lado y otro. Si algo odiaba, eran las arañas.
“No me extraña, apenas si revisamos. Llego y vemos” respondió Julián.
A Victoria no le hacía demasiada gracia tener que esperar que llegara. Si no calculaba mal, no era todavía ni mediodía y su esposo regresaba después de las cinco de la tarde.
“Qué veneno compro?” le preguntó, mientras repasaba mentalmente los negocios del barrio, pensando en cuál de todos podían vender insecticidas.
“Alguno que no sea muy invasivo, esperame y vamos juntos. Quizá no sea necesario matarlas, suelen comerse a los otros bichos”.
La alimentación de las arañas no le merecía ninguna consideración. Comieran otros bichos, milanesas, polenta, o lo que fuera, lo único que deseaba era erradicarlas.
Estaba por contestar, cuando un bulto negro pasó veloz por el piso, a un par de metros de dónde estaba. Se puso de pie de un salto. El corazón comenzó a latirle más fuerte.
“Julián, son enormes” le informó, asustada y algo enfadada con ella misma, por el miedo irracional que le tenía desde pequeña a todo lo que tuviera ocho patas.
“Salí del sótano entonces”.
Por más que saliera, las arañas seguirían allí y sabiendo eso, no estaría tranquila en ninguna otra parte de la casa. Hizo caso omiso del mensaje y buscó una caja que recordaba haber llevado al sótano que tenía escrito “limpieza”. La encontró y revolvió con desenfreno en su interior. Estaba convencida de haber puesto ahí un aerosol mata cucarachas. Luego de buscar un minuto que se le antojó eterno, dio con el envase. Para su alegría la etiqueta decía también “arañas”.
El celular volvió a vibrar. No le interesó ver que ponía Julián. Lo único que deseaba era aniquilar a los ocho patas. Si tenía que rociar todo el maldito sótano, lo haría. Por las dudas comprobó que ninguna de las cajas fuera de alimentos o algo que pudiera ser afectado por el veneno. Ninguna lo era. Se dirigió hasta la zona más oscura del sótano, donde la penumbra no permitía el paso de la luz y roció con los ojo cerrados. Si algo temía, era que alguna araña en un rapto de enojo saliera corriendo hacia ella. Si no miraba, no lo sabría.
Retrocedió de un salto, asqueada ante la sola idea de tener arañas cerca de los pies. El celular volvió a vibrar a la distancia. Se encaminó hasta otro rincón. Volvió a proceder de la misma manera. Párpados apretados, gatillo hasta el fondo. Un frío le recorrió el cuerpo. Se estremecía ante la idea de ser vulnerada por alguno de esos arácnidos.
Escuchó pasos a sus espaldas. No pasos de personas, sino diminutos, como si de repente un ejército de duendes hubiese cruzado por detrás de ella. Salvo que sabía que allí no había duendes, sino arañas. No quiso mirar. El teléfono seguía reclamando su atención. Por la forma que lo hacía ahora, ya no eran mensajes, su marido la estaba llamando. Solo vibraba, porque odiaba el sonido que hacían. Julián había tratado de configurarle temas musicales, pero al poco tiempo comenzaba a aborrecerlos. Ella y sus manías, decía su esposo. Ella y sus arañas, debería estar pensando en esos instantes.
Victoria avanzó lateralmente, perpendicular a la pared. Fue rociando todo a su paso. En cualquier momento el aerosol agotaría hasta la última pizca de contenido. Los pasos se agigantaban a sus espaldas. Ahora el miedo la acobardaba. No quería girar la cabeza. Siguió rociando, ya sin importante si había tirado o no en cada lugar. Algo trepó a su pierna. Gritó y pegó un salto. El aerosol cayó de sus manos y el sonido metálico rebotando en el piso le hizo saber que se había alejado al menos unos cinco o seis pasos hacia el sector oscuro.
Se pasó la mano por la pierna, sollozando. Tuvo la impresión de haberse sacado de encima una araña, pero no podía asegurarlo. El terror tenía paralizado sus párpados y no podía abrirlos. Se agachó hasta queda en cuclillas y desde esa posición, a gatas, avanzó hacia donde había escuchado rodar el aerosol. Apoyaba las manos horrorizada, con la fatal certeza de golpear en el próximo movimiento la mano sobre un cuerpo peludo y caliente.
Sentía que la seguían. Que las arañas estaban a centímetros de su cuerpo. El teléfono ya no sonaba. En su mente, Julián seguramente se había enojado porque ella no le contestaba y había desistido. De repente estaba enojada con él. Se aferró a ese sentimiento para arrastrarse con más velocidad por el suelo. Fue entonces que la mano rodeó una figura conocida: el aerosol.
Una triste sonrisa se dibujó en la oscuridad. Con bronca y desesperadamente vació el contenido del envase a su alrededor. Continuó apretando el mecanismo hasta que el dedo comenzó a dolerle. El aire estaba viciado. El olor impregnaba cada centímetro cuadrada del sótano. Estuvo a punto de abrir los ojos, pero el sonido de pequeños pasos en la escalera hicieron que en su lugar soltara un chillido y comenzara a llorar. Se envolvió con sus propios brazos y de a poco se fue dejando caer al suelo. El cemento frío fue un alivio. La sensación de miedo, sin embargo, lejos de remitir, se volvía una pesadilla. el teléfono comenzó a vibrar nuevamente, pero ella dejó de escucharlo.
Julián llegó pocos minutos después. Había intentando comunicarse desde el taxi, pero Victoria seguía sin contestar. Del apuro, había olvidado la llave del auto sobre el escritorio y la única solución fue uno de los coches pintados de negro y amarillo. Cuando entró a la casa, la encontró vacía. Corrió hacia la puerta que llevaba al sótano. La abrió violentamente, gritando el nombre de su mujer. El olor a insecticida lo golpeó con intensidad. Tuvo que retroceder y sacar un pañuelo del bolsillo. Uno blanco que Victoria siempre planchaba para que llevara consigo.

Tosiendo y con dificultades para respirar, bajó las escaleras. La tenue luz le devolvió un escenario espantoso. Sobre el suelo, desplomada, yacía su esposa. No necesitó acercarse para comprobar que no respiraba. En su mano sostenía un envase de mata cucarachas y arañas en aerosol. Lo habían comprado antes de la mudanza. Julián se arrodilló a su lado. Las lágrimas caían de sus ojos y se enterraban en el pañuelo que aún apretaba contra su boca. Debajo de la tela, sus dientes mordían hasta hacer sangrar los labios.
Una araña, muy pequeña, los observaba desde lo alto, sostenida por un hilo tan delgado como resistente. Antes que Julián saliera del sótano cargando a Victoria en sus brazos, la araña se había escondido en alguno de los oscuros rincones de aquel lugar.

El seleccionado de mi biblioteca

Si Sampaoli tuviera a estos jugadores de cara a lo que resta de eliminatorias, otra sería la novela.
Mirando mi biblioteca, armé este Seleccionado de Escritores. En el camino quedaron varios convocados. Dieciséis es un número caprichoso pero es el dilema de todo técnico cada fin de semana. Más cuando el plantel de mi biblioteca es tan rico.
Faltan muchas incorporaciones, pero hay que cuidar las arcas del hogar, más con la economía que nos rodea. Porque la idea es que estos jugadores formen parte de la biblioteca, no que hayan llegado en calidad de préstamo, condición por la que grandes escritores ni siquiera han estado en la pre selección.

El orden numérico no supone una preferencia. Es más bien un esquema para salir a la cancha.

En el arco, Osvaldo Soriano. Si bien, quien fuera conocido hincha de San Lorenzo, soñó con ser delantero, el puesto se lo ganó en homenaje al arquero del Notts que describiera en “Últimos días del arquero feliz” donde narra el nacimiento del tiro penal y por su admiración del libro La angustia del arquero frente al tiro penal, del austriaco Peter Handke. Soriano no solo me deslumbra con sus cuentos, sino que cada vez que me embarco en una de sus novelas me transporta casi a su lado, como un observador más de los hechos.
Abajo, línea de cuatro.
Marcando el lateral derecho, Julio Cortázar. En 1983 dijo en una entrevista “Detesto el fútbol así como me gusta el boxeo. Bueno, no es que deteste el fútbol, pero me es totalmente indiferente. Ocurre que esta afirmación, en boca de un argentino, es algo grave…”. En algún momento se declaró hincha de Banfield, barrio en el que creció. Un escritor como pocos, leerlo es un placer, es divertirse con su modo de jugar con las palabras. El cuento que más me gusta, de todos los escritores del mundo, es suyo: “Silvia”, perteneciente a “Último round”.
De dos, férreo en la marca, Roberto Arlt. Nos dejó muy joven, pero con un legado literario inapelable. Sus aguafuertes, sus novelas y sus obras de teatro son un reflejo de una época y al mismo tiempo, una crónica de hechos que superar cualquier límite temporal, que se repiten una y otra vez. Una de sus aguafuertes, publicada en 1929 se tituló “Ayer vi ganar a los argentinos” y fue una crónica del primer partido que vio, un cotejo del seleccionado argentino contra el uruguayo: “Ni un equipo de ametralladoras puede hacer más ruido que esas ochenta mil manos que aplaudían el éxito argentino. Tanta gente aplaudía tras mis orejas, que el viento desalojado por las manos zumbaba en mis mejillas”.
El otro central, un pilar de la literatura y el estudio literario, el cordobés Enrique Anderson Imbert, uno de mis preferidos. Más allá de todo lo relacionado a investigación literaria, cátedras en famosas universidades, fue un narrador excepcional, de esos que no ponen una palabra de más ni una de menos. Sus sorprendentes cuentos me fascinan y cada tanto vuelvo a “Fuga”, esa novela corta tan increíble como hipnótica.
En el otro lateral, ubico a Rodolfo Walsh, periodista y escritor comprometido si los hubo. Publicar en la época que lo hizo, con los temas que abarcó, habla de su figura. Se lo llevaron para que su voz deje de oírse, pero ignoraban que el escritor es eterno. Algo anecdótico, muy reciente: El martes 1° de marzo de 2016, en un bar de la localidad de Boulogne, el presidente de Ballester y algunos jugadores narraron un fragmento del libro “Operación Masacre”. La referencia a Rodolfo Walsh fue la excusa para presentar la nueva camiseta del equipo, que en el pecho tiene un dibujo alegórico a una famosa pintura del español Francisco de Goya, que ilustra los fusilamientos de las tropas francesas de Napoleón a los españoles sublevados por la ocupación de 1808. La pintura que fue utilizada como tapa de Operación Masacre, editado en 1957, después de que se publicara en relatos por entregas en el diario Mayoría. Paradójicamente, al club le dicen el “Canalla”.
Nos metemos en la mitad de la cancha. Eje del juego, el equilibrio entre defender y atacar. Y de cinco, pongo a un pulpo, al único escritor extranjero entre los titulares: Stephen King. Me rindo ante el nacido en Maine. Escribe más rápido de lo que leo. Cuando creo que ya me puse al día, aparecen dos libros más. Versátil, dueño de un universo que cada lector constante agradece cada vez que agarra un libro de su autoría. Versátil, más allá que algunos lo encasillen en autor de terror. Es el mediocampista perfecto, si bien lo suyo es el béisbol, del que incluso ha escrito un libro. Pero cómo supo hacer girar sus libros en torno a La Torre Oscura, seguramente sabrá maniobrar los hilos del haz que cruzan el campo de juego.
De ocho, el Negro. Roberto Fontanarrosa es fútbol por dónde se lo mire y lea. Dibujante, historietista integral, cuentista, novelista… y todo lo que ha hecho es maravilloso. Tengo todos sus libros. Con las historietas lloro de la risa, con sus narraciones también. Un grande con todas las letras. El rosarino, fanático de Central, autor del “El Hincha”, ese símbolo canalla que dejó al club como legado poco antes de su muerte. Si hay fútbol, el Negro no puede faltar.
En la otra banda, parado como un diez de los de antes, un escritor que a base de enigmas, ingenio, imaginación, y una escritura que me deleita, se ha convertido en uno de mis favoritos: Pablo De Santis. Desde sus primeros guiones en la Fierro (ilustrados por Max Cachimba) a sus cuentos y novelas. De los pocos escritores que hacen del lenguaje, un protagonista más en sus argumentos. Está ahí para inventar el juego, y de eso, sabe una bocha.
Arriba, delantera con dos extremos y un nueve.
Por la banda derecha, otro experto en la materia. Eduardo Sacheri. El profesor de historia cuyos cuentos empezaron a hacerse objeto de culto a través de la voz de Alejandro Apo. Si Fontanarrosa te hace reír, Sacheri te extruja los sentimientos hasta hacerte lagrimear, porque explora en lo más profundo del alma y la pasión. El fútbol es su excusa principal para tal fin, escenario en muchos de sus cuentos y también novelas. “Me van a tener que disculpar” es un monumento al Diego, relato al que adhiero palabra por palabras. El hincha de Independiente se ha ganado su lugar, porque escribe y transmite sentimientos como pocos.
En la izquierda, aparece Samanta Schweblin, la gran apuesta del equipo, una de las más recientes apariciones en la literatura argentina. Es una escritora que lejos de caer en los lugares comunes, se aleja totalmente de los mismos, metiéndose en terrenos escabrosos, hurgando en la miseria humana, dejando al descubierto las telarañas de los rincones. Sus libros de cuentos y su hasta ahora única novela, “Distancia de rescate”, la ubicaron en el once titular. Así de avasallante.
Y de nueve y capitán del equipo, con olfato goleador, otro Negro. Alejandro Dolina. Otro polifacético en el equipo, que como escritor ha construido las gemas “El angel gris” y “Cartas marcadas”, entre otros libros, donde el barrio, lo imposible y lo poético no solo conviven, sino que se conjugan para envolvernos en su magia y obligarnos a retornar una y otra vez. Además, el hincha de Boca, es dueño de una de las frases jamás escritas sobre el fútbol: “Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables”. Todavía recuerdo, cuando de pibe, lo veía en la tele armando picaditos en el estudio con los invitados. Otro que lleva el fútbol en las venas.

Ojo, que el banco es de lujo.
Arquero suplente, James Ellroy. El californiano sale con los puños a todos los centros y no se achica en ninguna. Crudo, directo, malhablado. Sus libros escupen furia y realidad. Infaltable.
Esperando su turno, otro nacido en el país del norte, un escritor y visionario de lo fantástico y la ciencia ficción: Ray Bradbury. Alguien que consideró a la biblioteca como la verdadera escuela. El conocimiento, la magia, en los libros. ¿Con esa idea, cómo no estar en la selección?
Otra apuesta, aguardando su momento de salir a jugar. Federico Axat, un joven escritor argentino, otro fanático de King, pero que se ha hecho un nombre propio. ¿Todavía no leyeron “Benjamín”, “El pantano de las mariposas” o “La última salida? ¡Vamos, qué esperan!
Reforzando el mediocampo, un ruso. Isaac Asimov. Porque el fútbol también es una ciencia y no solo de ficción. De mis favoritos, acompañándome en la infancia con sus relatos futurísticos. El también profesor de bioquímica, siempre preparado para la acción.
Y como delantero de reserva, un aventurero: el paraguayo Robin Wood. Un guionista de historietas excepcional, creador de decenas de personajes, entre ellos Nippur que este año cumple cincuenta años de existencia. Dueño de una vida tan asombrosa como sus historietas, le ganó la pulseada a otros guionistas de mi biblioteca y obtuvo su lugar.

No ha sido fácil, más con una biblioteca tan amplia. En el camino quedaron Kafka, Rice, Oesterheld, Dick, Trillo, Verne, Baert, Gorostiza, todos autores que me fascinan. Pero de algunos tengo pocos libros y otros he tenido que relegar con dolor. Cómo decía antes, hay autores que también me gustan, pero he tenido la oportunidad de leerlos de “prestado” y no cuentan para este seleccionado. Porque esta selección es local, en base a mis libros.
Seguramente algunos discreparán de algunos autores, pedirán la inclusión de otros, que salga un titular y entre un suplente… pero el fútbol es así, nunca estamos conformes, es como la vida misma. En cambio, los libros nos llenan. Nos enriquecen. Cada uno siempre tendrá su lugar en nuestro corazón. No cambiaríamos a ninguno por nada del mundo. No a los libros que amamos, a los autores que tanto nos dieron y nos dan. Porque, estén o no físicamente en este mundo, nos legan su obra, nos brindan lo más hermoso de todo, las letras, la imaginación, la realidad transformada en literatura.

Debería definir el escudo, la camiseta, la bandera de la selección. Imagino páginas escritas, tapas de libros, tinta, viejas máquinas de escribir, teclados de computadoras.
Entre las certezas, se que con esta selección, levanto la Copa del Mundo, como lo hizo Diego en el ’86. Aunque Maradona escribió con las piernas y ese mérito, me van a disculpar (escribiría Sacheri), no se lo quita nadie.

¿Y vos… ya tenés en mente la selección de tu biblioteca?

Corre alto

Tenía diez años cuando vi por última vez al abuelo. De todos mis hermanos, solo pidió por mí. Los demás quedaron en aquel pasillo con olor a desinfectante. Incluso hizo salir de la habitación a mis padres. Al entrar lo vi con la mirada perdida en el techo y el cuerpo vencido por la enfermedad y el tiempo. Lo cubría apenas una sábana, que le dejaba ver una pierna con la piel enrojecida y arrugada. Cuando a mis espaldas mi mamá cerró la puerta, el abuelo desvió su vista hacia mí. Sus ojos recuperaron un brillo de cordura y sus labios me llamaron para que me aproximara sin miedo.
Podía ver en su rostro que ya era su hora, que para ese hombre no había esperanza. Los rezos de mis hermanos, de mis padres y parientes, de poco servirían. El abuelo agonizaba. Me sorprendió cuando su brazo se separó de la cama y como una serpiente atenazó el mío, acercándome aún más. Cualquiera hubiese dicho, de haberlo visto, que era el rostro de un demente. Jamás lo creía así. El horror que sentía podía respirarse.
Su voz, cascada por el cigarrillo y débil por la presencia de la muerte en la misma habitación, me quedó grabada con cincel en mi mente con sus últimas palabras.
– Cuando veas el fuego, escóndete. Cuando veas el agua, corre alto.
Me volvió a mirar con firmeza, buscando algún signo en mí que delatara mi comprensión hacia sus palabras. Pero creo que lo que se llevó al más allá, fue mi rostro asustado, al borde del llanto. Por supuesto, no comprendí lo que dijo. Pero jamás lo compartí con nadie. Ni siquiera con mi mujer y mis hijos. Creí que era el desvarío de un viejo perdido en sus últimas ensoñaciones en vida, que la sola mención a esa imagen tiraría por borda los muchos recuerdos hermosos que todos guardábamos de él. El abuelo, ese viejo lindo de graciosa sonrisa y espíritu aventurero, al que a veces veíamos partir y no volver por meses, y luego, un día, cruzaba nuestro patio delantero con un sinfín de regalos para cada uno de nosotros. No, no podía ensuciar esa imagen. El abuelo se había ido diciéndome tan solo “crece y sé una buena persona”, porque esas son las palabras que un moribundo debe decir, la que todo sobreviviente desea escuchar. Esas y ninguna otra,
Cuarenta años más tarde, aquellas palabras cobraron otro significado. Pero antes es importante saber que ya adulto, casado y con – por entonces – un hijo, me moví con la familia a la patagonia. Lejos del infierno de la ciudad, de la falta de trabajo, de la escasez de oportunidades. A ciegas, acepté un trabajo en un pueblo afincado en el sur, a medio camino de la cordillera y a la misma distancia del mar argentino. Un lugar sin lujos, pero dónde no nos faltaba nada para crecer y ser buenas personas.
Y allí nacieron mis otros dos hijos, allí trabajamos todos. También allí enterré a mi esposa. Y vi partir con el tiempo a mis hijos, ante mi enojo e impotencia, porque querían retornar de dónde yo había escapado. Los dejé ir, porque cada uno es dueño de su destino, nadie puede saber que le depara. O al menos, eso creía en esos tiempos.
Hoy ya no lo creo. Porque mi abuelo tenía razón y sabía muy bien lo que se avecinaba. Por eso me eligió entre todos mis hermanos. Porque sabía dónde me iba a llevar la vida. Aunque por entonces me sentía solo y aturdido, de largas noches en el único bar del pueblo, sentado esperando quizá a la muerte, supe distinguir la llegada del fuego.
En la patagonia cruda, en esos parajes a la buena de Dios, las noticias llegan pero nadie les da importancia. Las noticias no traen soluciones a los confines del mundo. Hablan de personas y situaciones tan ajenas como los recursos naturales que se llevan con el trabajo de los trabajadores locales.
Mientras me acodaba noche a noche en la barra del bar, el mundo ardía en llamas, literalmente. Las naciones se habían levantado en armas entre sí. No peleaban por el petróleo, ni por dólares, euros o todo el puto oro del planeta. Ni siquiera por el recurso del agua dulce. Luchaban por sobrevivir, por ganar las tierras que no serían arrasadas por la subida del nivel del mar.
Fue una noticia en la radio, sobre el desembarco de tropas chinas en las costas patagónicas lo que me movilizó. Tuve que ponerme cerca de la radio para esperar que repitieran la noticia, para poder creer lo que estaba escuchando. No tardaron en hacerlo. Hablaron toda la noche del tema. En el bar la mayoría se había ido. Quedábamos Gavilán, el dueño, y yo. Me apuraba para que me fuera y le dije – porque en casa no tenía radio – que me siguiera sirviendo, que mi dinero valía.
Me fui antes del amanecer, un poco a los tumbos, por tanto vino en el cuerpo, pero totalmente despierto y alerta, En casa preparé un bolso ligero, provisiones y seguí el consejo formulado por un moribundo cuarenta años antes. Huí hasta los bosques, donde conocía cuevas y refugios. Llevaba cuchillos para cazar. No sabía el tiempo que demoraría el fuego en llegar y propagarse.
La noche siguiente escuché las primeras explosiones y el cielo nocturno se convirtió en un paisaje extraño, de luces en forma de ráfagas que iban y venían. Me oculté durante días que se convirtieron en semanas y meses. Fui cambiando de escondite en la medida que veía soldados chinos ganar terreno y extender las bases.
Había visto el fuego. Solo faltaba el agua. Esperé una lluvia copiosa e interminable. Esperé una tormenta como ninguna otra. Pero jamás esperé lo que finalmente ocurrió, lo que mi abuelo sabía, era mi destino.
Fue un amanecer. Mi escondite en ese momento era sobre una ladera, en una cueva natural, de apenas cuatro metros de profundidad. Escuché a la tierra moverse, como si una gran fuerza se arrastrara con ella. Instintivamente tomé el bolso, las provisiones que siempre tenía preparadas ante la posibilidad de huir de repente y comencé a subir la montaña. En la medida que lo hacía, atiné a mirar hacia el este. Mis ojos no dieron crédito a lo que veían. El árido paisaje, solitario, desesperante, de la patagonia, había desaparecido bajo un manto de agua embravecida que avanzaba arrastrando consigo todo lo que hombre y la naturaleza habían concebido durante siglos.
Recordé las últimas palabras de mi abuelo, en aquel lecho de muerte, cuarenta años atrás. Corre alto, había dicho. Y supe, solo entonces, que él me había visto en esa situación, de alguna manera, esos ojos extraviados oteando el techo de aquel hospital, no hacían otra cosa que suplicar a un Dios eterno que protegiera a ese hombre en el que había reconocido a su nieto, en un tiempo y lugar que le eran desconocidos. Corre alto había dicho y yo, como nunca, corrí.
Escalé la montaña, tropezando, cayendo, lastimándome, pero siempre poniéndome de pie para dar el siguiente paso, sin mirar atrás. Solo cuando me supe seguro, a una altura considerable, donde el frío hacía mella en el cuerpo, me abracé a la esperanza de vivir.
Solitario en la montaña, miro cada día hacia abajo y solo observo un extenso mar que todo lo abarca. El mundo se ha movido, de una manera impensada. A veces pienso en mis hijos, en sus destinos, pero a diferencia de mi abuelo, no veo nada. También pienso en la tumba de mi mujer, ahora en el fondo de un mar nuevo e inesperado.
Cada tanto surcan el cielo veloces aviones, pero evito ser visto. He acogido a la montaña como mi tierra, mi nuevo pago. Y aquí viviré el resto de mis días. Tan ajeno al mundo, como el mundo lo está de mí. A veces triste, otras resignado, solo recuerdo del hombre a medida que pasa el tiempo, las palabras de mi abuelo, esas que me prevenían del fuego y del agua.
La muerte llegará en algún momento y lamento, si he de tener una revelación, no poder compartirla con nadie. Aunque prefiero la soledad, que la compañía incierta de quiénes aún sobrevivan en este planeta a la defensiva, que tan solo pretende recuperar lo que ha perdido en manos de sus temporales ocupantes.
Solo habrá un ganador.
Solo es cuestión de tiempo.

Estela

Ella lo dijo clarito: “Son estupideces Rubén”. Y se marchó, no sin antes arrebatar la puerta contra el marco, haciendo temblar las porcelanas que adornaban el viejo aparador.
Rubén quedó de pie en la sala, observando el espacio ahora vacío, donde antes había estado parada ella. ¿Pero cuando se había ido Estela? ¿Hacía unos segundos o varios años atrás?
Porque Estela llevaba varios otoños muerta. Sin embargo, parado en aquel lugar, Estela parecía marcharse a cada instante.
Cuando la veía, estaba como entonces, con su melena abundante, las manos arregladas y el cuerpo exultante. Él, en cambio, no tenía necesidad de mirarse al espejo para saber cuánto había cambiado. Las arrugas, los anteojos, el cabello gris. Probablemente Estela no lo reconociera de verlo. O si, porque vería el mismo semblante débil, dubitativo, de persona sin carácter, de esos tipos que van por la pida mordiéndose la lengua y asintiendo con la cabeza gacha, Porque así era él, y ni siquiera Estela, huracán en movimiento, había podido cambiarlo.
Y si alguien debía quedarse callado, de todas las personas del mundo, era él. Pero no, él que a todos le callaba la verdad, a ella tuvo que decírselo. Son estupideces Rubén, le había dicho, para luego irse y ya nunca volver.
Verlo a Rubén detrás del mostrador era certificar que el mundo seguía girando. En silencio, pulcramente vestido, recibía las boletas de los impuestos, las escaneaba con el lector de códigos de barra, sumaba el total, lo anunciaba y recibía el dinero. Lo contaba, buscaba el vuelto y lo daba, junto a la boleta con el ticket de pago. Cada día desde temprano, allí estaba. Y sin embargo, era solo un rostro conocido. Nadie lo llamaba por el nombre, ni siquiera sus compañeros de trabajo.
Al mediodía volvía a su casa a pie, pasaba por el supermercado, compraba algún producto congelado que luego, tras pasarlo por el microondas, comía lentamente en la mesa de la cocina, sentado en la única silla que tenía. A veces encendía el televisor, a veces no. Cuando lo hacía, no tenía idea de lo que miraba. Dormía una siesta y se levantaba a tiempo para volver al trabajo, al turno de la tarde.
Las noches, desde que tenía memoria, eran un canto a la melancolía. Sentado en el sillón, con una taza de té en la mano, contemplaba la oscuridad y las pocas estrellas que desde allí podía ver. La mayoría de las veces, no tocaba el té. Y cuando lo hacía, ya estaba frío.
Extrañaba a Estela. Vaya que lo hacía. Al menos con ella, la vida tenía otro color. Era todo lo que él no era. Todo lo opuesto. Pero ella se había ido, había muerto aquel otoño. Se había marchado con el mismo ímpetu que había llegado una noche de verano. Vaya verano… si hasta podía sentir el calor que empapaba su cuerpo, las ganas desenfrenadas de huir a un lugar fresco, lejos de todo. Pero entonces, llegó Estela y cambió todo.
De la nada, golpeó esa misma puerta que tiempo después lanzaría contra el marco en el último adiós. Entró sin pedir permiso, como si conociera a Rubén de toda la vida. Y quizá, así era. Pero Rubén no lo sabía o si lo sabía, lo mantenía a raya en alguna parte de su mente. Llegó con una valija repleta de ropa y cosméticos. Arrojó todo sobre la cama de Rubén. Buscó un conjunto rojo y se cambió ahí mismo. Se arregló el cabello, se maquilló, se miró al espejo y salió a la noche, sin necesidad de invitación.
Así era Estela. Cuando él estaba en el trabajo, extrañaba su presencia. Anhelaba el olor de su piel, el perfume que llevaba encima, las ondulaciones de su cabello. Aguardaba con ansiedad la hora de salida. Prácticamente trotaba en el camino de regreso. Ni se preocupaba por detenerse en el supermercado, lo único que quería era volver a su casa y a Estela. Y entonces, allí, la contemplaba. Deslumbrante, maravillosa, la miraba delante de un espejo. Su cuerpo irradiaba pasión, fuerza, desenfreno. Demasiada mujer para alguien como él. Pero ahí estaba ella. Preparada para salir y divertirse.
Durante muchos años, Estela fue su norte. Su motivo de respirar, de existir, de levantarse a diario y salir al trabajo. Volver y encontrarse con ella. Hasta que comenzaron las habladurías. Hasta que la gente comenzó a irse de lengua. Para él fue muy doloroso, Tuvo que confrontarla. Sucedió aquella noche de otoño. Le dijo lo que hablaban a espaldas de ambos. Y ella fue tajante: “Son estupideces Rubén”. Y se fue. No tuvo el coraje de ir tras de ella. Ni esa noche ni nunca más. La valija quedó en la habitación, debajo de la cama. Y ahí permanece. Por más que a veces tiene el impulso de correr a buscar la maleta, se detiene a tiempo y recuerda que Estela está muerta.
Con el tiempo, la gente dejó de hablar. Los años pasaron y Rubén se transformó en el hombre silencioso de siempre. En su casa, en la soledad de cada día, la llora. Y al pensar en ella, sabe que su vida ha dejado hace tiempo de tener sentido. Porque él la mató al dejarla ir, él la mató al confrontarla Y Estela ya no volverá, más allá de cuánto la necesita. Porque solo cuando Rubén era Estela, su vida tenía algo de sentido. Sin ella, es solo un autómata moderno, extinguiéndose de a poco en la línea de tiempo de la existencia.
A veces la valija lo llama. Pero él hace oídos sordos. Estela es solo un recuerdo y no volverá jamás. La personalidad que sobrevivió es el verdadero fantasma.

Lo simple de la felicidad

Alina vivía en una ciudad muy grande, que tenía cientos de edificios tan altos que parecían tocar el cielo y calles ruidosas repletas de autos que tocaban bocina y andaban muy rápido y colectivos cargados de personas que viajaban apretadas como sardinas en una lata.
Cada vez que salía, escuchaba de su madre:
– ¡Alina, ojo el auto!
– ¡Alina, el colectivo!
– ¡Alina, la moto!
En el pequeño departamento en el que vivía, su única compañía era un viejo reloj cucú que marcaba las horas con un pajarito que aparecía por una puertita, decía “cu cú” y volvía a esconderse. Siempre estaba aburrida.
Por eso, cuando su abuela Carlota la llamó por teléfono y le dijo de pasar las vacaciones de invierno con ella, en un pueblito cerca del campo, Alina gritó de felicidad.
Su madre la mandó en taxi, sola. El taxista se ocupó de bajarle las valijas delante de la casa de la abuela y tocó bocina al irse. Alina subió a los saltos unas escaleras de madera y dio tres golpecitos a la puerta. Dentro el interior le respondió un canario, con un canto muy bello. Y de inmediato, la abuela abrió la puerta, dijo ¡Alina, qué grande que estás! y le dio un gran abrazo.
Le preparó una rica merienda y le presentó a sus tres gatos:
– Mono, Tito y Flor
Y a sus tres perros:
– Rambo, Rumba y Bambú
Entre ladridos y maullidos, Alina salió a jugar al patio. Era enorme y lleno de verde. Pero además del césped, que en la ciudad solo podía ver en las plazas, había mucho color: árboles, frutales, flores y mucho sol. En las ramas trinaban los pájaros y entre las plantas, saltaban los grillos.
Un silbato la sobresaltó a sus espaldas. Un niño de su misma edad reía con ganas.
– Vaya, te asusté – le dijo, mostrando en sus manos un silbato de fútbol – Soy Marcos y vivo acá al lado.
Alina y Marcos no tardaron en hacerse amigos. Lo bueno de Marcos, era que sabía jugar a todo y tocaba el acordeón. Su padre tenía un campo y cada mañana visitaban a las vacas.
– ¿Y eso? – preguntó asombrada Alina.
– Un cuí – dijo Marcos y trató de atraparlo para ella.
Se acercó tanto al pastizal que no vio una víbora arrastrándose hacia él. ¡Pero Alina sí!
– ¡Ahhhhhhhhhh! – chilló de miedo y Marcos, al darse cuenta, salió corriendo.
Por las dudas, no persiguieron más cuises.
Cuando no estaba con él, se divertía con su abuela, que mientras tejía, tarareaba viejas canciones que ella no conocía. Lo único que le molestaba, eran los mosquitos. Trataba de aplastarlos, pero solo parecía que estaba aplaudiendo.
El día que su madre envió el taxi a buscarla, escuchar el sonido de la bocina al llegar fue una mala noticia. No quería llorar delante de Marcos y su abuela, pero un par de lágrimas se le escaparon.
– ¿Vas a volver en verano? – preguntó el niño.
Su abuela contestó por ella.
– ¡Claro que va a volver!
Esa certeza fue suficiente para que viajara feliz.
Alina está otra vez en la ciudad repleta de ruidos y peligros, pero ya no se aburre ni se siente sola. Recuerda todo lo lindo que hizo en la casa de su abuela con ella y su nuevo amigo y espera contenta que las próximas vacaciones lleguen pronto. En la triste ciudad, una niña atesora el secreto de la felicidad.

Amapola gris

Arquímedes VI se acercó al dispenser de información situado cerca de los contenedores virtuales de divisas y apoyó la palma de su mano sobre la superficie transparente. Unos haces de luz azul recorrieron el contorno de la mano y finalmente validaron a la persona, iluminando la pantalla de color verde.
Necesitaba los registros de los últimos dos meses sobre publicaciones digitales que hicieran mención de la amapola gris, la nueva droga sintética que se distribuía en los barrios suspendidos sobre el océano Atlántico. Emitió mentalmente la orden y la secuencia de comandos se transmitió hacia el dispenser, que medio segundo después respondió descargando lo solicitado sobre la palma.
Arquímedes cerró los ojos y procesó rápidamente la información. Consideró suficiente lo que tenía. Retiró la mano y mientras lo hacía, revisó su cuenta. Esta vez no había gastado demasiado, sin dudas porque había acotado la búsqueda. La vez anterior, olvidó definir un parámetro de tiempo y el costo de la operatoria significó casi una jornada de trabajo.
Casi por costumbre miró antes de lanzarse a la senda de marcha. Había muy pocas personas transitando y salvo algunos roboides, tampoco demasiadas máquinas. La tragedia aún podía respirarse en el aire. No hacía setenta horas de la explosión en el escudo solar norte y el miedo por otro atentado mantenía a todos dentro de sus hogares. En las sendas aéreas se veían voladores de gran porte, muchos de empresas de mudanza: la gente se estaba reubicando, tratando de escapar del terrorismo.
Mientras caminaba, analizó la información. Se detuvo solo un momento para comprar una barra de chocolate a un puesto ambulante. Con bronca comprobó que el envoltorio no era de papel de degradado inmediato. No podía concebir que todavía estuvieran en el mercado productos sin ese sistema. Comió igual el chocolate, dado que no había ingerido nada en las últimas veinte horas. Retomó el ritmo para llegar a su oficina antes del apagón. Recordó que debía llamar a Rusa y activó sensorialmente el contacto. La voz de Rusa le hizo cosquillas en la cabeza. Sonrió. Siempre estaba de buen humor y eso lo contagiaba. Conversaron todo el trayecto. Le gustaba ese diálogo silencioso que tenía solo lugar en la mente, dejando la boca cerrada para cosas más importantes o simplemente, quieta, en su lugar.
Ya estaba dentro de su oficina cuando el apagón inundó la ciudad. Esa noche sería de ocho horas. Se necesitaba de toda la energía externa posible para poder reparar el daño ocasionado por los terroristas. El reflejo de los reparantes que despegaban se colaba por las ventanas. Los enormes colosos de cristal y aluminio eran impulsados hasta el escudo solar, situado a diez mil metros de altura. Nadie los tripulaba, eran dirigidos desde una central, ubicada dentro del palacio de gobierno. Arquímedes podría haber estado allí, pero no era de su agrado socializar. Si lo necesitaban para algo, le harían una sensollamada. Si no, lo dejarían en paz. Y a esto último apostaba.
La oficina era espaciosa. Ningún mueble obstaculizaba el paso. Prefería que estuvieran bajo la superficie y activarlos si eran necesarios. Para ese momento, quería un diván, Cerró los ojos, graficó el diván y el mecanismo del falso piso de cerámico se deslizó hacia un lado, permitiendo la elevación de su hermoso diván de cuero original. Todo un lujo, el único que se permitía.
Se dejó caer y con placer sintió su cuerpo chocar contra el cuero. Necesitaba descansar. Desde la explosión que apenas si había dormitado de forma salteada, preocupado por la posible propagación de la amapola gris aprovechando que las fuerzas de seguridad se volcaban a la investigación masivo de los actos terroristas. Pero si no desactivaba el dispositivo de control central, no iba a tener suerte.
Buscó con la mano derecha en su muñeca izquierda y presionó con suavidad justo debajo del comienzo de la mano. Percibió cada una de las teclas incrustadas debajo de la piel y digitó el código de desarmado. Una especie de electricidad recorrió su cuerpo. Ahora sí, podría dormir. Era uno más, un simple viviente. Si quería hablar, debía abrir la boca. Si quería llamar a alguien, debía usar el teleauricular. Si necesitaba adquirir información, debía leer o escuchar. Pero nada de eso lo molestaba. Su único terror era dormir y ser presa fácil de un sueño. Porque en ellos, nada le era verosímil ni seguro.
En un sueño nada de lo que sabía tenía utilidad. Si caía, no podía vencer a la gravedad, si enfermaba, no podía tomar un remedio. Si alguien quería matarlo, no era posible evitarlo. Si, era verdad, luego despertaba. Agitado y confundido, pero despertaba. Pero en tanto, durante el sueño, eso malo que sucedía, nada podía impedirlo. ¿Y si no podía despertar? ¿Si quedaba atrapado en ese mundo sin reglas ni lógicas? Solo pensarlo le daba escalofríos. No tener el control de la realidad le resultaba desesperante. Al menos, de la suya.
Estaba prácticamente dormido cuando la explosión tornó todo de rojo. Más que rojo, un carmesí tan sofocante como estremecedor. El temblor bajo sus pies, única parte de su cuerpo que tocaba el suelo, hizo que le vibrara hasta el cabello. Abrió los ojos y observó el color por la ventana. Caían fragmentos de objetos, todos con un destello de fuego como cola. Parecían caer en cámara lenta, como si el tiempo estuviera deteniéndose segundo a segundo. Instintivamente llevó su mano derecha a la muñeca del brazo izquierdo. Debía activar el control central. Palpó con cuidado y a pesar de no estar nervioso, solo apurado, no encontró el teclado subcutáneo.
Volvió a buscarlo, ahora detenidamente y su preocupación se acrecentó. No estaba. Ahora los fragmentos caían a mayor velocidad y número superior. Se acercó a la ventana y miró hacia las alturas. El firmamento parecía estar desmoronándose. ¿Otro ataque terrorista? El suelo que pisaba se movió. Primero una sacudida, luego otra. El cerámico bajo sus pies comenzó a resquebrajarse. Arquímedes trató en vano de accionar el control central. Corrió hacia la puerta. Si el edificio se estaba desmoronando, debía bajar. Estiró la mano hacia el picaporte y el suelo desapareció. Comenzó a caer y alrededor suyo caía la puerta, los cerámicos del piso, fragmentos de vidrio, incluso el diván, unos metros más allá, entre restos de mampostería y aluminio. Se dio cuenta que estaba gritando porque la garganta le latía de dolor. Pensó que unos segundos más y se estrellaría contra el montículo de escombros que se estaría acumulando más abajo. Pero seguía cayendo. Giró la cabeza y vio que ahora lo envolvían fragmentos del color que antes había divisado por la ventana. Todo era rojo. Ya no veía el diván, la puerta, los vidrios. Caía mirando hacia el cielo, que se alejaba más y más. Y el cielo estaba rojo. Al voltear la mirada hacia dónde caía, solo encontró una oscuridad de ese mismo color. Infinita y profunda oscuridad del color de la sangre.
Gritó.
Tan fuerte que su madre corrió a su lado y estaba allí cuando él despertó, transpirado en su totalidad. Ella sostenía su mano y le acariciaba la frente. La luz estaba encendida y aún así significaba un gran esfuerzo comprender que el blanco que lo rodeaba, era el color de las paredes de su habitación. Le palpitaba la muñeca del brazo izquierdo. Estaba arañada, como si se hubiese rascado con rabia, y sangraba profusamente.
– ¿Otra vez la pesadilla esa en la que viajás al futuro? – preguntó su madre, luego que él recuperó un ritmo normal en la respiración y se hubiera bebido un vaso de agua.
El joven asintió con la cabeza.
– Dijo el doctor que anotaras todo lo que pudieras, antes que te olvidara – le recordó.
No era necesario anotar nada en ese momento. Podía recordar cada detalle de ese sueño. Aunque de todos modos, debería hacerlo más adelante. Era la única manera que tenía de transmitirle a su doctor lo que había soñado.
Su madre lo miró a los ojos.
– Voy hasta el baño a buscar vendas para tu muñeca. Haz sonar el pulsador si me necesitas.
Arquímedes movió la cabeza afirmativamente en respuesta a lo que los labios de su madre le habían dicho. Sordo y mudo, esos labios lo eran todo.
Cerró los ojos y evocó las imágenes de su sueño, que siempre se tornaba pesadilla. Un mundo tan fantástico, que se desmoronaba de una manera tan atroz. Lo acechaba un aterrador deseo de vivir de nuevo esa visión, lo antes posible. La parte en la que podía hacer todo con la mente era suficiente motivo para correr el riesgo. Sin embargo, el otro lado del sueño era lo que quería evitar. Porque cuando tenía el otro sueño, se veía a sí mismo, en la cúpula del escudo solar, plantando los explosivos nucleares que lo destrozarían todo. El boicot de su sueños, en sus propias manos. Y no podía evitarlo. Cómo tampoco podía torcer su condición. Un par de lágrimas recorrieron su rostro. Una mano suave y paciente las barrió con dulzura. Abrió los ojos. A su lado estaba su madre, con esos labios que lo eran todo. Lo abrazó con cariño y el se dejó estar. Allí estaba seguro, a salvo de todo, lejos de aquel rojo carmesí. De ese mundo que se caía a pedazos. De ese mundo que él mismo destrozaba cada noche.
– Sigue durmiendo – le dijo su madre luego de curarle la muñeca y darle un beso en la mejilla.
– Gracias Amapola – quiso decirle Arquímedes, pero sus labios apenas si se contrajeron. A cambio, le regaló una sonrisa.

La puerta mágica

El sonido del timbre debe ser el más lindo de todos en la escuela. Señala los recreos y también la hora de volver a casa. Cuando esa tarde el timbre sonó, Alexis y Tobías salieron con sus mochilas en dirección a la esquina.
– ¿Estás seguro que viste eso? – preguntó Alexis
– ¡Claro que sí! – respondió con fastidio su amigo – Es una puerta mágica, está en el patio de mi vecino. Anoche la vi brillar en la oscuridad desde la ventana de mi habitación. Pensé que era una alucinación, pero entonces la puerta se abrió y…
Un silbido agudo y fuerte los sobresaltó. Era Tito, un año más chico que ellos.
– ¡Eh amigos, qué hacen! – dijo al tiempo que sacaba caramelos de menta del bolsillo y le regalaba uno a cada uno.
– No me gustan de menta – avisó Alexis, rechazando el caramelo.
– “No me gustan de menta” – repitió en torno burlón Tito, que luego sacó un caramelo de chocolate y se lo cambió por el otro – Acá tenés de chocolate.
– Gracias – dijo Alexis, aceptando ahora si el caramelo – Escuchá lo que cuenta Tobías: dice que en la casa del vecino, hay una puerta mágica.
– En el patio de la casa del vecino – corrigió Tobías.
– ¿Y qué hace? ¿Lanza hechizos, regala algo? – preguntó curioso Tito.
– No sé, la vi anoche. Pero es imposible llegar. Hay un tapial enorme y un perro que se la pasa ladrando.
– ¿Qué viste salir de la puerta? – preguntó Alexis.
– ¿Viste salir algo de la puerta? – Tito estaba sorprendido con esa posibilidad.
– Si – contestó Tobías – Un conejo verde, de casi dos metros de altura.
– ¡Nooooooo! ¿En serio? – preguntaron al mismo tiempo los chicos.
La bocina de un auto los hizo mirar hacia la calle. Siempre distraída, María no había visto que el semáforo estaba en rojo. Por suerte para ella, el conductor había estado atento.
– Tenés que prestar más atención – le dijo Alexis – Si le cuento a papá que…
– Vos te callás la boca – le ordenó María a su hermano – ¿Qué hacen acá, tienen algún plan para más tarde?
Los chicos se miraron entre sí, pero no dijeron nada. ¡Claro que tenían un plan, irían a averiguar si existía esa puerta mágica! Pero no querían que María se sumara.
Caminaron en grupo, pero no volvieron a tocar ese tema. Era un “secreto” entre varones. Cuando los hermanos llegaron a su casa, los otros dos amigos le hicieron una seña a Alexis, que entendió perfectamente: lo esperaban más tarde en lo de Tobías. María también se dio cuenta de eso, pero se hizo la desentendida.
Cuando el reloj cucú que su padre tenía en la sala marcó las seis, Alexis dijo que iba a jugar con sus amigos. Sin perder tiempo, María esperó que la puerta se cerrara y luego, salió tras él, aunque manteniendo distancia para que no la viera. La casa de Tobías estaba a solo dos cuadras. Escuchó a su hermano golpear dos veces la puerta. Tobías y Tito salieron a recibirlo y en lugar de entrar, fueron al patio, por el costado de la casa. María se acercó para ver que hacían. Los encontró mirando el tapial que separaba la casa con la del vecino. Los chicos discutían entre sí.
– ¡Sin escalera no llegamos!
– Mi papá guarda la escalera bajo llave. Tenemos que conseguir otra.
– ¿De dónde?
Detrás de ellos se escuchó un carraspeó fuerte.
– ¿Y si usan un poco la cabeza? – dijo María, apareciendo por sorpresa.
– ¿Qué hacés acá? ¡Nos seguiste! – gritó su hermano.
– Y por lo que veo, llegué para solucionarles un problema. En lugar de estar discutiendo, hay que buscar una solución en equipo. Entiendo que quieren pasar por encima de ese tapial. Si no hay escalera, cooperando entre los cuatro podemos lograr que al menos uno de nosotros pueda llegar hasta arriba y saltar al otro lado.
– ¿Y después cómo volvemos a trepar desde el otro lado? Una escalera la podemos pasar por encima…
La niña le hizo “coquito” en la cabeza, aunque no muy fuerte.
– ¡Pensando, tontito! Podemos hacer una especie de soga, uniendo las tres remeras de ustedes. La sujetamos fuerte desde este acá y el que pase al otro lado, luego se trepa por ahí.
Los chicos se miraron entre sí. ¡Así de simple! No perdieron tiempo. Tito era el más liviano, por lo tanto, sería el que pasaría al otro lado. Alexis se ubicó abajo. Sobre sus hombros se paró Tobías. Sobre los suyos, María. Tito fue trepando con la ayuda de los demás y llegó hasta lo más alto. Pero al asomarse… ¡el perro del vecino se puso a ladrar!
La columna se desestabilizó y todos cayeron al suelo. Cuando vieron que nadie se había lastimado, comenzaron a reír.
– Tenemos que intentarlo de nuevo – dijo Alexis.
– Pero antes debemos conseguir algo para distraer al perro – sugirió María.
Tobías salió corriendo hacia el interior de su casa. Volvió al instante (la puerta se golpeó con fuerza a sus espaldas) trayendo una bolsa de galletitas.
– ¡Podemos darle algunas al perro! – dijo.
Los demás aplaudieron la idea y otra vez pusieron en marcha el plan de la “torre humana”. Esta vez Tito subió con masitas en la mano. Cuando el perro empezó a ladrar, le arrojó algunas. El perro movió la cola y se las devoró. Tito volvió a lanzarle otras. Para entonces el peludo “cuatro patas” bailaba de la alegría. Tito se animó a bajar. Cuando el canino se acercó, le dio más galletitas, esta vez en la boca.
– ¿Estás bien, Tito? – preguntó María desde el otro lado del tapial.
– ¡Si! Este perro es más bueno que una tortuga dormida. Voy a investigar la puerta – les gritó – Ustedes vayan preparando la soga de remeras.
Tito se puso a investigar el patio, en compañía del perro, que no dejaba de mover la cola. Miró detrás de unos arbustos, y nada. Detrás de una higuera, y tampoco. Estaba a punto de revisar cerca de un árbol de naranjas cuando escuchó un silbato que casi le perfora los oídos.
Un hombre lo observaba desde una ventana. Vestía un largo traje azul y llevaba una larga barba blanca. Tito se quedó inmóvil. Pensó que tendría tiempo de correr hasta el tapial pero entonces, el hombre desapareció de la ventana y apareció, como por arte de magia y tras una explosión de colores, delante de él.
Tito quedó con la boca abierta.
– ¿E… e… eres mago? – balbuceó.
– El mejor – contestó el hombre de barba blanca con una sonrisa en la boca – ¿Me puedes decir que buscas en mi patio?
– Una… una puerta mágica. Tobías… mi amigo… la vio desde su casa, acá al lado. Pero ya me iba, no queríamos molestarlo – Tito veía que la soga de remera colgaba en el tapial – así que si me lo permite, ya me voy.
El mago se puso a reír. Hizo un movimiento con las manos y un sonido como de abejas revoloteando dio paso a otra explosión de colores mucho más grande que la anterior. Y tras ese poderoso hechizo, aparecieron junto a Tito, los demás: María, Alexis y Tobías.
– Saltando tapiales se pueden lastimar mis queridos amigos, la próxima vez me tocan timbre y de paso los invito con una merienda – el mago largó otra risa, muy contagiosa. Los niños, al verlo, perdieron el miedo – ¿Quieren ver la puerta? Está ahí, delante de ustedes.
Los niños no veían nada. Solo el patio.
– Está siempre en el mismo lugar. La diferencia entre verla y no, son las ganas de creer que uno tiene. ¿Creen en la magia? Si lo hacen, la magia los recompensará. Creer es como la risa: contagiosa.
Tobías, que la había visto una vez, volvió a mirar y ahora sí la vio. Tito, Alexis y María dijeron al unísono: ¡Ohhhh! Ellos también la veían.
– Esa puerta nos transporta a nuestros sueños más hermosos – advirtió el mago – Y está en cualquier patio, en cualquier esquina, incluso, podemos encontrarla en nuestras habitaciones. Solo es cuestión de creer. Cuando estemos tristes, desesperanzados, solos… podemos invocarla. Y esa puerta nos llevará a viajar dónde nosotros tengamos ganas.
– ¡Es maravillosa! – dijo María, al abrirla. Desde el interior se escuchaban bellas melodías y el trino de los pájaros.
– Claro que lo es – dijo el mago – ¿Y saben cómo se llama?
Los chicos negaron con la cabeza.
– Se llama imaginación. Y la llave para abrirla, está aquí – y señalando su cabeza, desapareció dejando una sonrisa en el aire, tan hermosa como un arco iris.

* Cuento escrito para la clase de teatro que mi esposa Mariana dicta en escuela primaria, para poder aplicar diferentes técnicas relacionadas al sonido y con el eje temático del “trabajo en equipo”.

Otra raza, casi utópica

Ni siquiera hablo de país o de patria. El sentimiento es aún más profundo.
Sueño, pero sueño despierto, una realidad diferente. Casi imposible, inalcanzable. Al menos, para nuestra raza humana, desde siempre conflictiva.
¿Se imaginan un planeta, y no solo una patria, donde no sea necesario marchar, porque no existe reclamo alguno?
Un mundo donde nadie esté por encima del otro y tampoco sienta la necesidad de estarlo.
Donde el bien común, el bienestar del prójimo, sea la idea principal de comunidad.
Donde la paz sea una constante. Y guerra, un término sin significado.
Donde la palabra libertad no necesite ser explicada una y otra vez, porque es el estado natural de todos desde que nacemos hasta que cerramos los ojos por última vez.
Donde la democracia ni siquiera tenga la necesidad de existir, porque nadie rige a nadie, ni por opción ni autoritarismo, y donde todos sean iguales en cualquier condición, más allá de su edad, salud o impedimentos físicos.
Donde nadie ejerce superioridad sobre otro ni nadie tampoco la ostente. Todos hermanos, todos compañeros, todos buena gente. Un solo fin común, una sola humanidad, una sola comunidad.
Donde la única paga sea el aire que se respira y las bondades del planeta, donde las tierras no tengan dueños y cada uno entienda que el sitio que trabaja o vive es un don temporal y debe ser cuidado
Donde los únicos colores sean los que vemos con nuestros propios ojos y no los que pretenden cegar nuestros pensamientos y ponernos en bandos opuestos, en divisiones que restan, es resquemores que terminan dejando heridas que jamás cicatrizan.
Pero cada día al abrir los ojos, de ese sueño que me desvela, despierto sabiendo que he soñado con otra raza, millones de años más avanzada, no en tecnología (que es una forma estúpida de medir cuán avanzado se puede estar), sino en razonamiento
Comprendo, mirando hacia atrás, al contemplar nuestra historia, que no somos nada y poco hemos evolucionado desde aquel hombre que arrastraba a su mujer de los cabellos para llevarla a su cueva. Es más, suelo ver que nada ha cambiado, cada vez que por ocio enciendo el televisor o leo un diario.
En un planeta donde nos han hecho creer siempre que sin líderes no se puede vivir, hemos dedicado nuestros esfuerzos y vidas a mantenerlos en el poder, desde el principio de los tiempos y a pesar de la historia, no hemos podido, ni querido, torcer ese destino de pasivo servilismo, muriendo, sufriendo, derrochando la vida, en nombre de estos y de ideologías que solo tienen como objetivo único y siniestro, el bienestar de ellos.
Podemos creernos inteligentes y tildar a otros de ignorantes, de clasificar entre pobres y ricos, hablar de clases y poderes, de fuertes y débiles, pero nunca reconoceremos que solo hemos perpetuado una sola idea, que se ha ido maquillando con los siglos: el opresor y el oprimido. El hombre de las cavernas y la mujer arrastrada hacia la cueva.
La humanidad nunca ha progresado. Sigue como hace miles y miles de años. Solo que ahora tenemos un vocabulario mucho más amplio y podemos darle más nombres a esa realidad.
No vivimos. Sobrevivimos. Nos mal enseñan a que es necesario tomar partido. Blanco o negro. Guerra o paz. Atacar o defenderse. Aprendemos a respetar y temer a quiénes viven de nuestro esfuerzo, en un escenario creado para que eso suceda cíclicamente.
Nadie pugna por abolir esas formas. Nadie busca un bien común. Se engaña quien cree que sus líderes sí lo hacen. El egoísmo y el poder nos gobiernan. La avaricia. El afán capitalista. La pantalla del de izquierda que se tienta con el dinero. El que dice que no es ni una cosa ni la otra pero es más de lo mismo.
Las marchas no piden por un planeta sin líderes, sin dinero, donde la igualdad sea total, en género, oportunidades, educación, salud, trabajo mancomunado. Sin fronteras. Sin colores, ni de piel ni de ideas. Nadie reclama por el hambre de la otra punta del planeta, porque total en la otra punta nadie protesta por lo que sucede aquí. Y con esa lógica, aplicada a cualquier lugar, los que lideran ganan, permanecen, se benefician y jamás serán derrotados. Cambiarán los nombres, las ideologías, las patrañas, no así el afán de poder, de exprimir al de abajo en una pirámide interminable que desangra hasta la última gota de esperanza de ver al género humano unido.
Será así por siempre, hasta que el planeta se detenga y nos obligue a la humanidad toda a desaparecer.
O será así hasta que las voces de los oprimidos se den cuenta que a pesar de los idiomas, las fronteras, las religiones, los colores políticos, en cada uno palpita un corazón y la sangre en todos los casos, siempre es roja. Y que sin importar cómo, llegamos al planeta, a la vida, de la misma manera. Para que entonces, finalmente, el mundo sea uno y nadie se considere más que el otro. Ese día tan distante, cuando los latidos suenen al unísono, la humanidad tendrá una oportunidad. En tanto, esa utopía, quizá forme parte de otra raza, en algún confín del vasto e infinito universo.
Esa raza con la que sueño despierto y me desvela.

Certezas

Abrazaba a su hijo en la terraza, contemplando las estrellas. El pequeño escuchaba atento el nombre de las constelaciones que le nombraba al tiempo que las señalaba. Entonces, un punto azul se desprendió del firmamento cruzando la noche como un relámpago. Justo encima de ellos se detuvo una fracción de segundos, dejando ver su figura ovoidal, luminosa. Luego siguió viaje perdiéndose en el cielo. Él quedo petrificado, maravillado. Había sido testigo, lo había visto con sus propios ojos. Pensó en Dios, en Mahoma, en Buda, en Hawking, Einstein, en las miles de teorías, en la magnitud insospechada del universo. Todo en ese instante, en esa fracción mágica de espacio tiempo. Miró a su hijo, con lágrimas en los ojos y casi en un susurro dijo:
– David… ¿Te das cuenta de lo que significa lo que acabamos de ver?
Su hijo, levantando la mirada hacia él, asintió con la cabeza.
– Si papá, se pasó a gas.

Una palabra

Se escondía detrás del palo borracho. Aprovechaba la hinchazón del tronco para ocultar su figura. Su hermano la buscaba fastidiado. Cada tarde la misma historia. Podía leerle los labios con claridad. Él juraba y perjuraba que sería la última vez.
Escuchó un fuerte chirrido a sus espaldas, del otro lado de la plaza. Dejó de prestarle atención a su hermano pero permaneció en el sitio. Desde donde estaba podía observar la escena. Un auto azul había frenado de repente para evitar un choque. Pero no podía distinguir contra qué.
La gente comenzaba a correr hacia el auto. La mujer que lo conducía se apeó temblando. Las voces se alzaron en la tarde y varios llamaron al mismo tiempo a la ambulancia. Para entonces, todo el barrio estaba en las veredas. Algunos vecinos se acercaban con miedo. Caminaban lentamente, tratando de descifrar que había ocurrido.
Recordó a su hermano y espió con cuidado. Ya no lo veía. Fue hacia el otro lado del tronco y volvió a espiar. Tampoco estaba allí. Giró en redondo y llevó su mirada a la calle, donde todos se arremolinaban alrededor del coche azul. Entre la multitud, vio a su hermano tratando de hacerse lugar entre los mayores.
Quiso entonces ir también en aquella dirección, olvidar su juego de cada tarde de escapar de casa y correr a toda velocidad para que su hermano la alcanzase. Quiso hacerlo, pero no pudo. Algo la aferraba. Pensó que se había enganchado la ropa en el árbol pero al bajar la mirada no había ropa, ni cuerpo, ni nada.
Se volvió hacia la calle. No había auto azul, ni vecinos, ni accidente. Solo su hermano, caminando despacio hacia aquel lugar, las manos en los bolsillos, el rostro vencido por la tristeza. Se sintió confusa, aturdida. Las imágenes, desordenadas, se debatían ante sus ojos. Supo que estaba desapareciendo, como si estuviese hecha de humo. Lo último que percibió fue un grito. Y aunque su hermano estaba lejos, callado, mordiéndose los labios mientras lloraba, el grito le pertenecía. Una sola palabra envuelta en un tono de desesperación y lamento, de desgarro y fatalidad.
Una palabra equivalente a su nombre.

Ya estamos muertos

Desde hace un tiempo que no duermo tranquilo. Al apagar la luz y quedar en silencio la habitación, siento como los miedos se arrastran sobre el piso de madera y reptan lentamente por el colchón hasta cubrirme por completo. No es un problema de insomnio ni nada parecido. Es lo que he dicho. Son miedos. ¿Qué clase de miedos? Los más oscuros, los más aterradores. Los miedos que tiene todo padre cuando una hija crece y se aparta de a poco de uno.
Era consciente que pasaría, que en determinado momento los lazos que nos unen desde siempre iban a comenzar a estar tirantes. Es propio de una edad, de un proceso. Con los años, si la vida lo permite, esos lazos vuelven a relajarse. Pero mientras tanto, la relación padre – hija toma un camino de ripio, de penoso transitar.
Iba a pasar. Más con su carácter. Pero una cosa es prepararse y otra, estar de lleno en la situación. Y lo que pasó con Bárbara, podríamos decir, fue más allá de un cambio de actitud o de hábitos. No fue simplemente escuchar excusas para no ir juntos al cine, o a comer a un McDonalds, o ver con tristeza como su rostro no se alegraba ante un regalo. La magia que siempre existió, se había diluido. Como si todo lo anterior hubiese sido una ilusión.
Empezó cuando cambió de colegio, por decisión de su madre. Le quedaba más cerca de su casa y fue suficiente para que se tomara la decisión. Bárbara ni si siquiera protestó. Ya estaba en una postura apática, quizá merecida para con nosotros, por todo lo que debió haber sufrido a lo largo del divorcio. Una vez le pregunté que pasaría con sus amigos de siempre y su respuesta fue toda una ironía: ¿Cuáles amigos?
En la nueva escuela encontró personas más afines. Que si bien le devolvieron las ganas de concurrir a clases, encendieron mi estado de preocupación. Sin dudas, allí comenzó a gestarse mi afinidad por las noches en vela, tratando de dilucidar hacia dónde iba mi pequeña. Es que lejos de poder apreciar al nuevo grupo, sentía cierta repulsión.
En ese momento no podía precisar los motivos que me hacían pensar que no eran buena gente. Se lo comenté a mi ex mujer varias veces, pero con tal de llevarme la contra, fracasé cada vez que lo hice. Tampoco ayudaba a que no pudiera dar precisiones cuando me las pedían. Pero escapaba realmente a mi vocabulario encontrar las palabras justas que pudieran describir lo que sentía al verla llegar o irse con ese grupo de amigos.
Podían ser sus gestos, su poca cordialidad, la palidez de sus rostros, la ropa holgada y desgastada, el andar lento y cansino, la casi nula intención de saludo que tenían o quizá, lisa y llanamente, eran esos malditos tatuajes de rostros cadavéricos que llevaban por todas partes del cuerpo.
La noche que Bárbara apareció con su primer tatuaje en el cuello, casi grité del susto.
– ¡Qué es esa cosa que te hiciste! – le aullé con bronca.
– Un tatuaje – respondió lacónicamente.
– Parece el rostro de un muerto.
– Es el rostro de un muerto.
Quedé atónito. Pensé que su respuesta era una reacción defensiva a mi evidente descontento. Pero no, era verdaderamente el rostro de un cadáver.
Dejó de venir a casa a diario. Sus visitas se limitaban a los jueves o viernes y solo para pedir dinero. Su madre me decía que eso pasaba por mi culpa, porque nunca la apoyaba en sus decisiones. En algún momento creí que podía ser posible. Aunque no por mucho tiempo. Un viernes pasó a buscar dinero. No había venido sola. Un auto que mantenía el motor encendido, la esperaba afuera. Salí hasta la vereda a ver la compañía de mi hija. Me espanté. Tres de las cuatro personas que estaban en el vehículo estaban maquillados de blanco, con detalles oscuros en los ojos y un carmesí intenso en los labios.
– ¿Por qué se disfrazan? – dije en voz alta, alarmado.
– No son disfraces – respondió enfadada ella – Son nuestras vestimentas papá.
Lancé una carcajada a la noche. Y cometí el error de abrir la boca para hablar.
– ¿Se visten de muertos? ¿Algo más alegre no tienen?
– Ya estamos muertos, papá. Solo lo aceptamos.
Llamé a su madre muy enojado. Le eché en cara que seguro no sabía con la clase de personas que se juntaba Bárbara. Discutimos, cómo lo hacíamos siempre que hablábamos. Ella cortó con furia y yo quedé masticando bronca. Esa noche no dormí. Por la pelea, por mi hija…
Al día siguiente volvió a pasar por casa, después del atardecer. No cruzamos palabra alguna. Le di dinero y esperé que se subiera al auto en el que había venido. Era el mismo del día anterior y con la misma gente acompañándola. Esta vez no me quedé quieto. Subí a mi coche y comencé a seguirlos.
Dieron varias vueltas, hicieron un par de paradas y finalmente estacionaron cerca del río, en una zona de galpones viejos y altos, que suelen usarse como refugio cuando hay inundaciones. Podía escucharse el volumen fuerte de la música, proveniente del lugar. Varios jóvenes entraban y salían del galpón y otros tanto permanecían en las afueras, en grupo, solos o andando en skate.
Me fui acercando, tratando de ocultarme entre las sombras. A medida que me aproximaba fui observando mejor a las personas que deambulaban por el lugar. La gran mayoría llevaban sus rostros maquillados de blanco. Incluso hasta se dibujaban detalles que los asemejaban a cráneos humanos. Algunos resaltaban los ojos, otros los pómulos y algunos los labios. Llevaban tatuajes en toda la piel que quedaba a la vista. Su hija no había llegado a tal grado de locura, no de momento. Probablemente era una cuestión de rangos. Quizá por eso ella tampoco pintaba su cara como un muerto.
La música se filtraba por cada hendija del galpón. Los jóvenes que estaban afuera no conversaban entre sí. Ni siquiera los que estaban en grupos. Se pasaban algún que otro cigarrillo entre sí, o jarras con alcohol, pero no pronunciaban palabra alguna.
Lo que observaba me ponía los pelos de punta. Quería ver que hacía Bárbara en el interior del galpón. Avancé por la parte trasera, donde todo era oscuridad y me topé con una puerta de chapa. Chirrió cuando la forcé, pero nadie me salió al cruce. Era una especie de depósito. Había una puerta más adelante. Caminé con prudencia, porque apenas si podía divisar las siluetas de los objetos que me rodeaban. Al llegar a la puerta el sonido de la música era tan intenso que me dolían los oídos. Cuando la abrí, pensé que instantáneamente me quedaría sordo.
Pensé que con la música también me iba a encontrar con luces por doquier y gente bailando de manera enloquecida, pero mis ojos siguieron tratando de adaptarse a la oscuridad, porque las pocas luces que había apenas eran tenues. La gente se comportaba como lo hacía afuera del sitio. Permanecían quietos o avanzaban como arrastrándose sobre sus pies.
No tardé en darme cuenta que nadie se asombraba por mi presencia. Avancé entre la multitud, abriéndome paso con velocidad. Buscaba con la mirada a Bárbara. Rostros blancos, rostros pálidos, rostros dibujados. Pero ninguno el de mi hija. Entonces la vi, parada cerca de un grupo, ninguno mirando a nadie, todos observando la nada misma.
– ¡Bárbara! ¡Vamos a casa! – le exhorté, tomándola de un brazo.
Sin mostrarse sorprendida, quitó mis manos de su brazo de un tirón y se alejó un metro. Me miró de soslayo, como estudiándome. Podía leer sus ojos, preguntándose ¿qué hace este pelotudo de mierda acá? pero al mismo tiempo, no veía signos de reproche o enojo.
– ¿Estás drogada? – pregunté haciendo el máximo esfuerzo por ser escuchado, lastimándome la garganta.
Clavó sus iris en los míos y sus labios permanecieron apretados, en silencio. Creí que no iba a hacer nada más, pero entonces negó con la cabeza y acercándose, me susurró en el oído:
– Te dije que estamos muertos, solo esperamos a que el resto lo comprenda en algún momento.
Quise contestarle, pero apretó mi mano con fuerza para que la dejara seguir hablando.
– Vos estás muerto papá, mamá lo está, yo lo estoy. Ustedes no lo saben, yo si lo sé. Nosotros lo sabemos. Esto que llaman vida, no es más que una sala de espera. Morimos en alguna parte, y vamos a seguir muertos, hasta tanto nos llamen. No molestes, papá.
Bárbara me dio la espalda y el grupo se alejó caminando. Los oídos estaban a punto de sangrar. Me marché. No volví a ver a mi hija hasta una semana después. Pasó por casa, me pidió dinero y se lo di. No llamé a su madre en todos esos días y dudaba si alguna vez volvería a hacerlo. Ese día Bárbara llevaba el rostro pintado de blanco.
Mis noches son desde entonces, más tormentosas. Como ya dije, no puedo conciliar el sueño. Los miedos están en todas partes. Es un miedo irracional. Tienen que ver con mi hija y al mismo tiempo no. Pienso en sus palabras, que me taladran segundo a segundo, que no me dejan pensar en otra cosa. Ya estamos muertos. Condenados. ¿Y qué hacemos entonces acá, en este mundo? Si ya estamos muertos, qué es lo que hacemos.
Quizá esa sea la respuesta que tantas veces nos hemos hecho. Hoy mi hija, ya no es mi hija. No quiere serlo, no le importa. Es probable que nunca lo haya sido. Que en esta existencia los roles nos toquen asignados, a la espera del final definitivo. Que la vida sea otra fase de la muerte, algo más vívida y consciente, como al dormir, en nuestra mente, tenemos ciertas escalas de consciencia en forma de sueños.
No lo sé. Y me aterra pensar en todo esto. Pero no me queda otra. La noche es larga y los miedos se divierten a costa de mi incertidumbre. Ni siquiera pintando mi rostro de blanco, encuentro el descanso que tanto necesito.

El pueblo de la buena gente

Nuestro pueblo está enclavado en un lugar ideal, tiene tierra fértil y clima benévolo. Sus habitantes son buena gente, trabajadora. Alternan sus rutinas con pasatiempos tradicionales: el fútbol, las cartas, la timba, el baile, las peñas, alguna que otra carrera de caballos en las afueras.
Recurrimos poco a la ciudad, que nos queda a casi doscientos kilómetros de caminos deteriorados y en su mayoría sin asfaltar. Nuestras calles son de tierra y cuando llueve se transforman en caminos de barro y agua. No tenemos los servicios públicos que pueden encontrarse en otros sitios. No hay cloacas, ni gas y la electricidad es algo que va y viene, según el estado del tendido eléctrico y las ganas de repararlo de la empresa estatal de energía.
El agua la sacamos de pozos que hacemos nosotros mismos, aprovechando las napas naturales que atraviesan el valle. Consumimos lo que cosechamos e intercambiamos con los demás. Lo que nos hace falta, cada treinta días lo compramos en la ciudad. Hacemos un solo viaje, en el camión de Fermín y solo vamos cuatro o cinco. Nos dividimos, uno al supermercado, el otro a la farmacia, otro a la ferretería y el otro al banco. Somos muy organizados.
En nuestros campos las vacas pastan tranquilas y no sufren al ser ordeñadas. Los gallineros explotan de huevos y los caballos corren felices y salvajes por el verde paisaje. El río que corre al este nos invita de peces y el suelo nos devuelve nuestro afecto y cuidado proporcionando las mejores huertas y sembrados que puedan imaginarse.
Para la ciudad, no existimos. Y mejor así. Cuando pisamos el cemento duro no decimos de dónde provenimos. Si bien nos conocen, ignoran de dónde partimos. Nos preguntan y les decimos del campo. Y eso mitiga su curiosidad. Cinco letras que son nuestra libertad.
En nuestro pueblito hay buena gente y eso nos conforta y nos hace sentir orgullosos. Tenemos todo lo que la naturaleza puede darnos y lo combinamos con lo mejor de la humanidad, su hermosa cultura, sus juegos, las alegrías fruto del ingenio.
Pero para ir a la ciudad y someternos al intercambio de mercadería necesaria a cambio de dinero, necesitamos esto último y nuestras cosechas y animales solo alcanzan para el pueblo. Y por más que hemos hecho cálculos, tener cosechas más grandes o un mayor número de animales, significaría una cosa: llevar al pueblo más trabajadores. Y pasaría lo que pasa siempre que una economía crece: el pueblo se agrandaría, comenzaría a agigantar su escala. Si prosperáramos, tendríamos cada vez más gente viviendo con nosotros. Desconocidos, trabajadores que irían con sus familias. El pueblo se convertiría con los años en ciudad y llegaría el cemento árido y siniestro, las edificaciones frías, el asfalto, las empresas, los bancos, los negocios… el vil dinero arrasaría con todo. Nuestra comunidad perdería su pureza.
¿Y cómo la mantenemos? Con sacrificios de unos pocos.
Mientras otros cosechan, otros cuidan de los animales, o talan árboles para obtener madera (y luego vuelven a forestar), otros van al río y otros buscan nuevas napas, unos pocos obtenemos el dinero.
Somos los que nos vamos por las noches y recorremos esos doscientos kilómetros bajo la protección de la luna y las estrellas, amigos del silencio y la oscuridad, los que furtivamente nos escabullimos en la ciudad de la codicia y el caos, y en nombre del pueblo y el bienestar de todos sus habitantes, irónicamente nos convertimos en malas personas y robamos el dinero que nos hace falta para poder negociar con la ciudad que no deseamos ser.

La razón de la demora

En la oscuridad cuesta distinguir las sombras de la realidad. Un instinto primitivo, muy parecido al miedo, domina nuestras mentes en esos instantes y nos miente descaradamente. Creemos ver lo que no existe. Algo que pasa velozmente a nuestras espaldas, un brazo que se balancea en un rincón, los ojos de un monstruo que nos acecha detrás de la puerta, una mancha que repta por la pared. Figuras, sonidos, sensaciones. Nuestro cuerpo se torna helado, el corazón se acelera y el grito, ese clamor de auxilio atragantado, muere en el mismo silencio donde nace. Tratamos de no movernos, de no despertar el interés en lo que sea que nos está observando. Sabemos que es tarde, que ya nos ha visto, pero guardamos una esperanza. Es eso o romper a llorar desconsoladamente. Un rezo interno, un pedido de clemencia, de piedad. Evitamos incluso tragar saliva, para ahorrar un sonido que nos delate. Estamos seguros que en cualquier momento, eso que allí habita se nos vendrá encima, o una garra aferrará nuestros tobillos. Podemos incluso sentir el aliento extraño y jadeante acercándose. Lo último que hacemos es cerrar los ojos. Porque esa visión nula, pero con los párpados en alto, es la última defensa que nos queda. Cerrar los ojos, entregarnos a la oscuridad, es la rendición. Es bajar toda guardia y dejarle el plato servido a la bestia. Estamos perdidos. Nuestra hora he llegado. Tratamos de pensar con celeridad. ¿Tenemos un encendedor en los bolsillos, un fósforo? ¿El teléfono celular ha quedado cerca? ¿Habrá vuelto la energía eléctrica? ¿A cuántos metros o centímetros estaremos del interruptor de la luz? Estamos transpirando. A pesar del frío que nos envuelve, una gota cae rodando por la mejilla. ¿Pero… será nuestro propio sudor o es la sangre que ha caído de un colmillo próximo a nuestro cuello? Ya no podemos respirar. Nos agitamos, queremos llorar, gritar, correr, todo al mismo tiempo. Pero no atinamos a nada. Estamos paralizados. Y eso, aquello que trae la oscuridad, sigue avanzando. Nuestros vellos erizados lo corroboran. Es probable que antes que el monstruo, nos mate un paro cardíaco o un ACV. Hay un sonido leve, un golpeteo. ¡Son pasos! Pero no, comprendemos que son nuestros propios huesos que se golpean, producto del temblequeo de las extremidades. No entendemos, sin embargo, la razón de la demora. El por qué de extender el momento. Si ya estamos muertos, por qué prolongar nuestro sufrimiento. Ya tendría que caer sobre nuestras almas el zarpazo, el hacha, el cuchillo, el rostro carcomido por gusanos, ya tendríamos que comenzar a agonizar bajo el yugo de la oscuridad. Y sin embargo, aún estamos de pie, aguardando. Solo nosotros y nuestro primitivo instinto contra la oscuridad y sus secretos. Una confrontación desigual, horrenda. Nosotros, en la ignorancia. Ella, con la soberbia del diablo, dueña del tiempo y el destino. Riendo con sus dientes negros, rechinando el paladar, confundiéndonos con sus sombras, penetrándonos con sus ojos eternos, tan densos y oscuros como la muerte. Y cuando creamos desfallecer, se retirará, nos dejará en vergüenza ante la claridad, sin monstruos ni peligros. Y no podremos explicar que era en realidad lo que nos asustaba. No señor, no podremos hacerlo. Y lo que es peor, jamás podremos prepararnos para el próximo embate, ni para el siguiente, ni el siguiente del siguiente. La oscuridad volverá una y otra vez, sin anunciarse. Y desaparecerá las mismas veces, en un juego cínico y siniestro. Lo hará cíclico hasta que crea que sea el momento. Y entonces, finalmente, las sombras nos devorarán. Tarde o temprano. Todo dependerá de la oscuridad. De sus ganas de prolongar lo inevitable.

Alfredito

La verdad es que nadie sabe en el barrio con certeza cómo empezó el rumor. Alfredo siempre se mandó la parte de mujeriego, incluso después de casarse. Solía aparecer con revistas para hombres y comentar que a varias de las mujeres que aparecían sin ropa en las páginas internas se las había “cepillado” en algún momento.
No todos le seguían la corriente. Alfredo era el típico hombre que se las sabía todas. Era el mejor amante, el mejor besador, el más romántico, y una lista interminable de virtudes que él mismo enumeraba y que prácticamente lo hacían el mayor semental del país. Sin embargo, siempre hay quiénes se tragan el cuento y sirven de alimento para su ego. Y en el barrio había muchos.
Solía piropear a las mujeres que le pasaban por al lado. Era grosero y atrevido y más de una vez se topó con una mano sobre el rostro. Pero no escarmentaba. Se pronunciaba en voz alta incluso cuanto la mujer que pasaba a su lado iba acompañada por un hombre. También aquello le trajo más de un problema y unos cuantos golpes. Pero Alfredo los disfrutaba. Cada vez que arriesgaba su integridad por decirle algo a una mujer, era un punto más a su favor ante los imbéciles del barrio que se rendían a sus pies, como si fuese una especie de héroe del culto al macho argentino.
Fue así desde que tengo memoria. No obstante, hubo alguien más imbécil que todos los imbéciles juntos que lo rodean cada tardecita en el bar de la esquina: yo. Porque de todas las minas del barrio, la única pelotuda que cayó en sus garras y se dejó engañar, fui yo. Pensé que lo iba a cambiar una vez casado, pero no lo logré ni por asomo.
Hace veinte años que lo sufro, sabiendo que me mete cuernos de todos los tamaños y que lo alardea a los cuatro vientos. ¿Y qué voy a hacer yo, con cinco chicos que criar, amén de los tres que partieron ya por sus propios rumbos? ¿Me dice qué puedo ayer yo, más que agachar la cabeza y hacer como si nada? Bueno, algo si pude hacer. Y a diferencia del pelotudo de mi marido, jamás lo voy a contar a los cuatro vientos. Pero a usted si, a usted se lo voy a decir. El rumor lo largué yo, como quién no quiere la cosa. Tengo la cara nomás, era hora que hiciera algo.
Lo quiero ver ahora al Alfredo. Hace dos días que no pisa la casa. En el bar no tienen idea dónde está. Debe andar escondiéndose en lo de algún pariente, en alguna otra punta de la ciudad. No va a resultarle fácil limpiar su nombre. El “potro”, el “torito”, “el semental”. Más vale una imagen que mil sandeces dichas por ahí. ¡Dios mío, que no se entere el Padre Julián que le usé la fotocopiadora para imprimir los volantitos con la foto del “pitito” del Alfredo, porque me quedo sin la changa en la parroquia!
Pero si tiene que ocurrir, que ocurra. Hacía rato que no hacía los mandados con una sonrisa en la cara. Por fin la vergüenza es del otro. Y si no aparece… ¡seguiré criando a los hijos sola, como hasta ahora! ¡Cómo si fueran de él, carajo!

La derrota de los escritores fugaces

Hubo una época en que nos sentábamos a escribir. No precisamente juntos, si bien ganas no faltaban: las distancias lo impedían. No había un acuerdo previo, ni una misma motivación. Solo sabíamos que el otro, en papel, en la computadora o mentalmente, estaba creando una historia. Y cada uno, sin saber que escribía el otro, creaba una parte de ese escrito. Lo llamábamos el texto universal, porque todos y cada uno escribíamos sobre lo mismo, sobre la vida.
Estábamos felices, dedicados de lleno a cerrar los ojos e imaginarnos oraciones, párrafos completos, de un solo tirón. Escribíamos sin parar, de día y de noche, riendo y llorando, acompañados por música o en el más absoluto de los silencios. Podían pasar días sin que nos diéramos cuenta que no habíamos probado alimento alguno o ingerido un poco de agua. Nuestras venas tenían palabras, nuestro corazones bombeaban argumentos. En aquella época, nuestras almas convergían en un solo ser, un solo escritor.
Hasta que uno de nosotros comprendió que si escribíamos sobre la vida, el texto concluiría indefectiblemente en la muerte. Quizá se adelantó más que los demás en los capítulos posteriores, vislumbrando el inevitable final. Cuando todos caímos en la cuenta que por más líneas que agregáramos, o giros argumentales que interpusiéramos, el final sería siempre el mismo, ya no pudimos continuar.
Abandonamos nuestros teclados, nuestras máquinas de escribir, los lápices, los ejercicios mentales. Las hojas dejaron de acumularse en pilas enormes a punto siempre de desmoronarse y se transformaron en resmas estáticas, pálidas, sin ninguna atracción. La tierra y el polvo avanzaron de a poco, cubriendo esas superficies que alguna vez fueron nuestras. Dejamos las ideas adormecidas, sin ninguna esperanza de despertarlas. Nos arrojamos a la rutina del día a día, del sobrevivir, postergando nuestros sueños, porque al fin de cuentas, el final siempre es el mismo.
Y así, convencidos de nuestro fracaso, dejamos que la que camina lento, la que nos da una vida de ventaja, nos devore vivos. Las letras olvidadas, ya no darán cuenta de esta derrota.

Los pares

Conocí “Los Pares” el último verano, estando de vacaciones. Jamás me propuse visitarlo, como tampoco nunca me propondría regresar. Es un sitio muy pequeño, que ni siquiera aparecía en los mapas que había consultado previo al viaje. Cuando vi el cartel verde con letras blancas anunciando su nombre temí haber equivocado el camino. Era imposible, porque me estaba guiando el gps. Y si bien había escuchado historias extrañas con respecto a esa tecnología, como por ejemplo, automovilistas que habían terminado a kilómetros del destino que le habían indicado al aparato, tenía plena certeza que no me había desviado ni un ápice de la ruta.
Fui bajando la velocidad a medida que ganaba terreno en la arteria principal del pueblo. Podía darme cuenta que lo era por el cantero central que dividía la calle en dos, aunque no alcanzaba para calificarla como boulevard. Las casas eran bajas, de mal aspecto. La disposición de las manzanas tenían el típico dibujo de damero. Supuse que serían unas pocas calles y que más adelante la ruta retomaría su fisonomía de soledades continuas que caracterizaban hasta el momento el viaje.
Me llamó la atención en las primeras casas que tuvieran dos puertas, una un poco más grande que la otra. Al prestar atención constaté que todas las viviendas tenían la misma disposición. También eran dos las ventanas al frente, sin importar que las casas fuesen totalmente diferente entre sí en cuanto a la arquitectura.
Me detuve delante una construcción con la fachada pintada de rosa. En la vereda estaba sentada una pareja de ancianos.
– Abuelo, disculpe – dije dirigiéndome al hombre – ¿Por esta calle vuelvo a retomar la ruta?
La pareja me observó con desconfianza, tratando de mirar por encima de mi hombro, hacia el interior del vehículo. Los vidrios polarizados y mi precaución constante de mantener apenas abierta la ventanilla, impedían una vista limpia dentro del coche.
– Es que no tengo el pueblo en el gps – me excusé, como si todo se redujera a esa explicación, y no a mi falta de orientación innata y el miedo a avanzar sin saber dónde me llevaría esa calle.
El hombre se puso de pie, con cierta inestabilidad. Detrás de su asiento tenía apoyado un bastón, con el cuál se valió para acortar los pasos que lo separaban del cordón de la vereda y mi vehículo. Al tenerlo a medio metro, le mostré mi mejor sonrisa. Esa que dice sin palabras “soy un buen tipo y necesito ayuda”.
– ¿Con quién viaja? – inquirió el anciano para mi sorpresa. Ni hola, ni una media sonrisa, ningún gesto de amabilidad. Solo esa pregunta tajante y su rostro arrugado pero imperturbable, tratando de mirar hacia el asiento del acompañante.
– Con nadie – contesté al cabo de unos segundos. Debo confesar que una pregunta a otra pregunta no era lo que me esperaba.
– Viajo solo, don – y vaya a saber por qué, agregué: Dos son multitud.
El rostro se le transfiguró, prácticamente como si lo hubiese insultado o querido atacar. Retrocedió con claros gestos de alarma. Parecía que le faltaba el aire y trataba de llegar hacia donde estaba su mujer, que alertada por los movimientos de momia de su marido, hacía un esfuerzo para ponerse de pie.
Pensé que le estaba dando un ataque cardíaco. Puta suerte, dije por lo bajo y a punto estuve de abrir la puerta y salir a la vereda. Dios o el mismo Diablo no quiso que eso sucediera, vaya a saber uno quién de los dos.
El viejo empezó a los gritos.
– ¡Viaja solo! ¡Viaja solo!
Los gritos asustaron a la mujer, que se puso pálida y sin fuerzas, se dejó caer de culo en la silla. Desde la casa contigua, salieron dos jóvenes. Otros dos aparecieron del otro lado de la calle. Cada uno llevaba un perro. Más allá, una pareja salió de otra de las casas. La calle y las veredas se fueron poblando. Siempre de a dos personas, o de a cuatro, se iban agrupando. Parecían hablar por lo bajo. Podía leerse el miedo en sus miradas. ¿Miedo a mí? Si no fuese que todo era tan raro que me daba una sensación horrible en el estómago, la situación me habría partido al medio de la risa. ¿Miedo a mí, que no mato una cucaracha porque me da asco?
De a dos, cuatro, o seis personas, se iban acercando. Se miraban entre sí y miraban al viejo, que de tanto en tanto decía “va solo, va solo”. Un matrimonio que podía observar por el espejo retrovisor, ya a centímetros del baúl del auto dijo con total claridad, al unísono: “Es un impar”.
¿Un impar? Eso fue suficiente para hacer un clic en mi cuerpo y salir del letargo. Puse en marcha el coche y aceleré, tratando de esquivar a los vecinos que en grupos de a pares estaban casi encima del vehículo.
Fui dejando atrás esa calle con el cantero al medio, las casas bajas de dos puertas y dos ventanas al frente y, vaya detalle, dos o cuatro árboles sobre la vereda delante de cada una.
Cuatro cuadras más adelante la calle se convirtió otra vez en ruta y por los espejos no quedaban rastros del pueblo. Con un frío húmedo e intenso recorriendo de punta a punta la espalda, volví a consultar los mapas en la tablet y en el gps. Los Pares no existía en ninguna parte. Y sin embargo, allí había estado. Y aunque ahora me resulte exagerado incluso de creer, si hubiese permanecido un segundo más, no habría contado la historia. Algo internamente me decía – y me sigue diciendo, casi como un susurro constante – que esas personas se iban a encargar que mi unitaria presencia no desencajara con la simétrica proporción de los pares que regían su espeluznante y pequeño pueblo.

Ocaso del ser

Me temo que ya no la reconozco. Que la única comprensión de nuestra relación es el compartir un mismo techo. Es la primera persona que veo al despertar, al pie de la cama. Aguarda paciente que me levante para seguirme hasta la cocina. Me observa mientras me preparo para el desayuno y luego cuando lo devoro sentado a la mesa. No le ofrezco, me da pudor, pero al mismo tiempo siento rechazo de hacerlo. ¿Quién es? ¿Por qué me se comporta como una sombra?
Me fastidia tenerla cerca. Sobre todo a media mañana, cuando me siento a leer el diario. Su silencio es como una guillotina que corta las páginas en dos. No puedo concentrarme ni entender nada de lo que leo. Ella está siempre ahí, siempre observando. Pero cuando considero que es el colmo, algo lo supera. Por ejemplo, que quiera entrar al baño conmigo. Lucho con la puerta, trato de cerrarla, pero ella es fuerte y opone resistencia. Y dado que mi vejiga funciona con apremio, la dejo entrar y hago mis necesidades con ella cerca.
Es una especie de carcelera. Se apresura a cerrarme el paso cuando busco la puerta de calle y si salgo al patio, es con ella a mi lado. Las pocas veces que he ganado el teléfono, de los nervios, no he sabido qué número marcar. Sabe exactamente que pastillas tomo y la frecuencia de las mismas. Siento una total paranoia por esos detalles.
Pienso en mis hijos, si acaso saben lo que me está ocurriendo. Y Dolores… ¿dónde estará mi mujer Dolores? Creo que se fue hace tiempo, pero no puedo calcular los años. O quizá meses. El encierro es un tormento que destroza los recuerdos y los calendarios. Todo se vuelve un sin sentido. El ayer, el hoy, hasta el futuro mismo, confrontan por existir. Ya no sé el día en el que vivo. Y tampoco esa persona siempre cerca me lo dice.
Duermo la siesta, me levanto. Ella está en el pasillo. A veces espera, otras barre. Se detiene para observarme, para precisar cada movimiento, como si temiera que de un momento a otro fuera a decidir salir corriendo y escapar de aquella prisión. Pero me resigno, quizá porque estoy cansado, porque me veo viejo en el espejo del baño, porque tampoco se muy bien dónde ir.
Y dejo que se vaya el sol a través de la ventana y que las sombras del atardecer inunden la sala de estar, donde sin ton ni son voy cambiando de canales en el televisor. Hasta que la noche me asalta, y sin tener hambre, de todos modos como y bebo, mientras ella vigila.
Finalmente, ya rendido, derrotado en ese juego perverso, abandono la mesa para ir a acostarme. El aseo previo, controlado por ella, es inevitable. Cuando llego a la cama escucho los murmullos del tiempo. Voces de otras épocas que tratan de decirme algo. Me consuela saber que alguna vez fui otra persona. Ella me sigue observando. Puedo ver su silueta bajo el marco de la puerta. Puede que sepa quién es, puede que no. En el mejor de los casos, ya no la reconozco. Si tiene un nombre, lo he olvidado.
Cómo a veces, me parece, he olvidado el mío. Y el de mis hijos. Solo retengo el de Dolores. El resto se ha ido. Todo se ha ido. Remite. Se esfuma. Como si la vida se tornara una neblina en la que uno va penetrando de a poco. Y en la que solo quedan dos personas. Yo, el desmemoriado y ella, la carcelera de blanco.

El envoltorio de los huevos

Compraron la propiedad en forma telefónica. El trato lo habían cerrado previamente mediante correos electrónicos, pero les pareció mejor a ambas partes acordar los últimos detalles al habla, a más de quinientos kilómetros de distancia. Ellos habían quedado encantados al ver las fotos, un mes antes.
Las mismas habían llegado de casualidad, en el envoltorio de media docena de huevos hecho de papel de diario, que habían comprado en la verdulería del pueblo. En la página repleta de dobleces y arrugas podían verse dos imágenes en tonos grises de una vieja fábrica abandonada, en el conurbano bonaerense.
Si bien figuraba un teléfono de contacto, de una inmobiliaria, la fecha que indicaba la hoja desalentaba cualquier posibilidad. La publicación tenía cuatro meses de antigüedad. Fue una desilusión, porque hacía tiempo que buscaban un lugar donde pudieran establecer una segunda planta de elaboración de alfajores, pero esta vez en Buenos Aires, con el fin de expandir las fronteras y alcance de la producción familiar.
Los hermanos, Horacio y Alberto, que compartían aún la casa paterna, heredada junto al emprendimiento comercial, tuvieron que resignarse con esperar novedades de Patricia, una prima radicada en la Capital Federal, que les había prometido enviarles toda información que pudiera conseguir de lugares en venta o en alquiler.
La hoja de diario fue a parar a la basura y se olvidaron del asunto. La bolsa de residuos fue dejada un día después en el canasto de la basura y algún perro traicionero la destrozó al anochecer. La página con las fotos, ahora hecha un bollo, fue llevada por el viento hasta el ligustro que ornamentaba el frente de la vivienda.
Una semana después, podando las ramas desparejas, Alberto vio el pedazo de papel arruinado por la intemperie y al tomarlo para arrojarlo dentro de una bolsa donde iba depositando lo que cortaba, vio nuevamente las fotos. Aquello le pareció un guiño del destino y llamó a gritos a su hermano. Tenían que sacarse la duda y llamar.
Así lo hicieron y fue enorme la sorpresa al enterarse que el sitio aún seguía a la venta. El precio que pedía la inmobiliaria no era para nada disparatado. Estaba incluso dentro de lo que ellos podían pagar sin necesidad de sacar crédito alguno. Tendrían que acudir por uno más adelante, pero para montar de maquinarias aquel enorme predio.
Pidieron más fotos, no solo del exterior, sino del interior de la fábrica. Si bien algo deteriorada, las estructuras se veían sólidas y los espacios muy bien dispuestos. Además, analizando la ubicación mediante los mapas que bajaron de internet, pudieron apreciar que era de fácil acceso y que los transporte podían salir a diversos destinos sin dar demasiadas vueltas. Todo quedaba a mano. ¿Y nadie había comprado aún el lugar? La deliberación entre hermanos solo llevó un fin de semana. Al lunes siguiente enviaron un correo electrónico demostrando interés en la compra.
Así fueron delineando la compra, día a día, correo a correo. Pusieron en tema al contador y a las personas más cercanas que trabajaban con ello. ¡Al fin la fábrica tomaría impulso para convertirse en una marca reconocida en el mercado nacional!
– Este fin de semana podemos ir a ver el lugar – informó con una sonrisa Horacio al cortar el teléfono.
– Papá estaría orgulloso de este paso – dijo emocionado Alberto, mientras su hermano lo abrazaba.
– Lo está, claro que lo está.

Salieron de madrugada, para viajar tranquilos, con la ruta descongestionada. Quisieron ir solos, ser los primeros en tomar contacto con el lugar. Podía parecer egoísta, pero no lo era. Eran conscientes que el legado familiar pronto culminaría, sobre todo si ninguno de los dos se casaba y tenía hijos. Muchas funciones importantes de la empresa la estaban asumiendo personas que con el tiempo fueron ascendiendo peldaños y eran ahora empleados de suma confianza. Sin embargo, a pesar que veían en sus miradas el deseo de acompañarlos, no invitaron a nadie.
Llegaron a la ciudad antes de las siete de la mañana. Se apearon en una estación YPF, apenas saliendo de la autopista. A pesar de la hora, el movimiento de automóviles, ómnibus y camiones era considerable. El paisaje casi desolado que conocían tan bien había quedado atrás. En las puertas de la mayor concentración de habitantes del país, lo vertiginoso era moneda corriente, incluso en las afueras, donde a través de los ventanales del bar de la estación podían ver el incesante movimiento vehículos y personas.
Degustaron un café con medialunas. Les vino bien a ambos. Además de cansados, estaban ansiosos. El esfuerzo valía la pena. Habrían podido viajar de día, descansar en algún hotel y al día siguiente ir hasta la inmobiliaria, pedir las llaves y visitar la nueva propiedad de la empresa. ¿Pero cómo evitar tantas ganas de conocer el lugar? Lo imaginaban desde el mismo día que vieron sus fotos, en aquel envoltorio de los huevos. Habían compartida decenas de conversaciones en las últimas semanas, sobre las potenciales mejoras, la posible decoración – era hora de cambiar la imagen gráfica de la empresa, imprimirle más vigor y color – el número de empleados, la cantidad de equipamiento, la variedad de productos a elaborar… ante ellos se había abierto un mundo de conjeturas, que de pronto, en pocas horas, comenzarían a tornarse realidad. El primer paso era corroborar que aquel lugar imaginado a la distancia, era totalmente real.
A las ocho de la mañana, ni un minuto antes ni uno después, golpearon la puerta de la inmobiliaria. Aún estaban las persianas bajas y la mujer que estaba adentro apenas que las hizo a un lado para observar quiénes llamaban tan temprano. Al creerlos decentes, les abrió la puerta. El rostro aún preocupado de la secretaria del lugar cambió cuando mencionaron quiénes eran y a qué habían ido. Y al cabo de un minuto, llegó el encargado del lugar. Diez minutos después, tras la firma de los papeles tan ansiados, estaban otra vez en la ruta, en dirección a la fábrica abandonada que habían comprado.
Habían esperado que el corredor inmobiliario ofreciera acompañarlos, pero no lo hizo. Para ellos fue mucho mejor. Ya sin temor a perderse, dado que habían recibido las indicaciones de cómo llegar por parte del personal de la estación de servicios dónde habían tomado el desayuno reparador, preferían albergar las primeras sensaciones en soledad. Porque a veces, de tan unidos que eran, parecían una sola persona.
Quince kilómetros después, la fachada del lugar comenzó a verse a un lado del camino. Y fue creciendo a medida que se acercaban, como si en realidad fuese un gigante dormido que comenzaba a despertarse. Alberto, que iba en el asiento del acompañante, puso la mano en el hombro de Horacio. Era tal cómo la habían soñado todo el último mes.
El paisaje no los recibió de la mejor manera, pero era comprensible, con tanto tiempo a la venta y el nulo mantenimiento al que era sometido el predio. Los pastizales de la entrada superaban el metro de alto. La estructura de hierro que erguía en lo alto el nombre que había identificado alguna vez aquella fábrica aún se mantenía de pie. Al pasar por debajo, los hermanos pensaron que de la misma manera podría sostener el apellido familiar que le daba nombre y vida a los alfajores que fabricaban.
Alberto bajó del auto con la intención de avanzar hacia el interior de la fábrica, sin esperar a su hermano.
– ¡Alberto! Esperá. Mirá lo que traje – dijo a sus espaldas Horacio.
En la mano sostenía, alisada, la hoja de diario que publicitaba la venta de aquel lugar. Se notaba el esfuerzo que le había puesto a la tarea de dejarla como alguna vez había sido, pero aquel envoltorio de huevos, luego bollo de papel, mostraba sus heridas de uso. Alberto se alegró al ver lo que había traído su hermano y socio.
– Saquémonos una foto, con la hoja de diario en nuestras manos y la fábrica atrás. El día de mañana contaremos la historia y nadie nos creerá.
Ambos rieron con la idea. Todo éxito comercial guardaba ese anecdotario que salía a colación en los grandes aniversarios. Alguien escribiría sobre ese día en el futuro.
Caminaron a la par hacia la puerta del edificio principal. Se erigía como una fortaleza, con marcos de casi tres metros de altura y una puerta de acero y vidrio, seguramente colocada con el paso de los años y no en la construcción original.
El primer obstáculo fue sorteado con éxito. La puerta, que – en silencio – ambos temían no poder abrir, cedió fácilmente ante ellos. En el interior todo era oscuridad, salvo manchas iluminadas producto de los ventanales faltantes en lo alto, donde lastimosamente el sol entraba para plasmar los claroscuros que les permitían divisar algunos rincones y viejas maquinarias.
Horacio sacó de su mochila una linterna de led de alta potencia. Ya la había probado previamente, pero lo sorprendió como en aquel sitio oscuro podía iluminar tan nítidamente.
– Esa compra es tan buena como ésta propiedad, Horacio – reconoció su hermano.
El mayor de los Figuzzi asintió en silencio. Avanzaba de a poco, tratando de prestar atención a los detalles. Aquellas maquinarias, detenidas vaya saber cuándo, parecían sin embargo haber cesado su labor hacía minutos. Un zumbido extraño provenía de la oscuridad, como de motores entrando en letargo mansamente.
– Allá a la derecha deben haber estado las oficinas – indicó Alberto, sobresaltando a Horacio, que tenía intenciones de recorrer toda la nave para calcular la cantidad de máquinas y trastos que tendrían que sacar como chatarra a la calle.
Caminaron hasta lo que parecía ser el ala de oficinas, donde podían apreciarse divisiones de maderas que separaban escritorios unos de otros. Eran al menos veinte boxes, al menos, el primer cálculo hecho en la penumbra. A medida que la linterna barría con la oscuridad, las siluetas cobraban forma y el lugar se transformaba en lo que alguna vez había sido.
En el escritorio más cercano dormía una vieja Olivetti. Varias de las teclas estaban unidas en el aire, trabadas, como si el último tecleo sobre la máquina hubiese sido en falso y allí el oficinista, resignado, dejase sus tareas. Tenía una hoja en el carretel, que si bien en blanco, estaba cubierta por una película de polvo. Alberto sin querer empujó un termo que estaba al borde del mueble. El sonido del plástico golpeando el piso y el vidrio estallando en el interior les hizo pegar un salto.
– ¡Por Dios Alberto, tené cuidado! ¡Me vas a matar de un susto! – bramó su hermano, que trataba de recobrar el aliento.
– Fue sin querer, le di con el codo… – Alberto se detuvo, aprovechando que Horacio iluminaba el sitio dónde había caído el termo, le había parecido que aún salía vapor del agua – Por un momento creí… en fin, una pena, era un Lumilagro.
– ¿Eso que está ahí es un mate cebado? – preguntó Horacio, acercándose.
– ¿Dónde…? – entonces Alberto también lo vio, el mate estaba cebado y efectivamente, el agua parecía despedir el vapor tibio del agua recién servida.
Retrocedieron con inesperada y aterrada sincronización.
– ¡El agua del termo también estaba tibia!
El menor de los Figuzzi golpeó con la cadera otro escritorio. Allí no había termo en el borde que pudiese tirar al piso, pero el golpe hizo tambalear una taza de café y parte del líquido oscuro se derramó sobre la madera. El aroma inconfundible del grano molido traspasó sus sentidos.
El café parecía también recién servido.
Desplazaron la linterna en todas las direcciones posibles, buscando la presencia de los ocupantes del lugar. La respuesta tenía que ser simple: había usurpadores.
Sin hablar, tensos como las telarañas que cruzaban de un lado a otro del techo y las lámparas, marcharon con los cuerpos pegados, apuntando la linterna a cada rincón. Sentían pánico de tan solo pensar que alguien podía aparecer de entre las sombras. El chirrido de una abertura varios metros más adelante los paralizó. A sus espaldas, atravesando la oscuridad, les llegó otro sonido lapidario: el estruendo de la puerta principal al cerrarse sobre su marco imponente.
La linterna parpadeó una, dos, tres veces. Luego se apagó. Infructuosos fueron los intentos por devolverla a la vida. Horacio la golpeó contra su pierna y finalmente contra el escritorio más cercano, partiéndola en varios pedazos.
Los pasos se escucharon venir de varias direcciones. En la ceguera total, era difícil precisarlo. Más que pasos, eran extremidades arrastrándose. Alberto sintió la mano de Horacio aferrarse con fuerza a la suya. Pero de inmediato escuchó a su hermano decirle que debían salir corriendo de manera urgente de allí. Y la voz no provenía de su lado.
Trató de soltarse pero supo que era tarde.

El viento comenzó al mediodía y se prolongó durante toda la jornada. Los árboles parecían mecer sus ramas al compás de un canto silencioso. La hoja de diario aterrizó sobre la pila de hojas secas que estaba barriendo. Se agachó para agarrarla y ponerla en una bolsa de basura, pero aquellas imágenes le llamaron la atención. Una vieja fábrica abandonada a la venta. Miró la fecha. El aviso era de apenas una semana atrás. Dejó lo que estaba haciendo y buscó su celular. Marcó el teléfono de su suegro. Tanto tiempo buscando dónde invertir y así de la nada, la respuesta había llegado de casualidad. Una hoja arrugada, designio del destino. Reía de felicidad cuando la voz de su suegro contestó del otro lado de la línea.

Lugares mínimos

Ciertos lugares parecen permanecer inalterables a pesar del paso del tiempo. Como aferrados a una época, en un respetuoso homenaje a nuestra memoria. No era algo habitual y él podía asegurarlo. Vivía en una ciudad con cientos de miles de personas donde el paisaje a cada instante es otro. Los rascacielos se imponen al horizonte y el vértigo del urbanismo monta escenarios diferentes día a día.
Pero aquel lugar no era la ciudad. Era la calle de su pueblo, un paraje de provincia que parecía sumergido en su propio tiempo, abandonado a su propia voluntad. Todos los rostros eran conocidos o parecidos a otros que había conocido en su juventud. Un sitio con menos de mil almas, personas de chacras, del ferrocarril que un buen día dejó de pasar, de huertas y la piel curtida. Su última visita había sido diez años atrás y nada había cambiado. Ni nada cambiaría, no importaba si la próxima era en cinco o veinte años.
Con el tiempo, salir a la ruta para retornar al pueblo se había convertido en una pesada mochila. Siempre había una excusa y anteponía al viaje cualquier pavada. Allí vivían aún sus padres, su hermana, los amigos de toda la vida, pero eran ellos los que había decidido quedarse, no era su culpa que las visitas se fueran espaciando, que de ir todos los años, luego fuera cada dos, luego cada cinco y ahora, aunque parezca mentira, haya pasado una década antes de observar de nuevo el cartel con el nombre grabado en madera, ese cartel mal colocado en la entrada de tierra, que parecía siempre a punto de derrumbarse y sin embargo no lo hacía.
Al observar la calle desde la ventana de la casa de su madre, podía apostar que salvo el ciclo natural de la vida y la muerte, que ni siquiera a esos mínimos lugares escapaba, pocas cosas habían cambiado. Y esa era la sensación que lo gobernaba. La del no paso del tiempo. Pero no era así. Si quitaba la mirada de la ventana y la llevaba a sus padres, sentados a la mesa preparando el mate, o a su hermana, aún soltera, tejiendo un abrigo para su ahijado, podía ver el delicado trabajo de los años en cada arruga cincelada sobre esos rostros queridos, ahora felices de tenerlo en casa.
En una contrariedad que lo colmaba de sinsabores, se sentía testigo del envejecimiento propio y ajeno, pero también de la imperturbable imagen del lugar que lo vio crecer.
Estaba seguro que si cruzaba la calle, en la casa de rejas verdes, si golpeaba las manos, aún abriría la puerta Enrique. O si se llegaba a la esquina, detrás del mostrador del almacén, aunque ya no parado sobre un banquito para poder ponerse a la altura de los adultos, estaría Simón. Encontraría a Paulo en el taller de su padre, que ahora era el suyo y a Esteban atendiendo el dispensario, como hacía cuando niños la mamá de él. Cada uno tenía su lugar en el pueblo. Y no habían escapado a esa responsabilidad. Él no lo había dudado. Un periodista en aquel pueblo no tenía sentido. La información era patrimonio de todos. En los pueblos, todos saben todo.
Y cuando partió hizo una promesa que no pudo cumplir. O en realidad sí, pero a su manera. Siempre volvería. ¿Pero qué sentido tenía volver a un lugar que se había detenido? ¿Qué era lo nuevo que tenía que ver o enterarse? No había nada. Y una vez que internet había llegado a casa de sus padres, la excusa fue la tecnología, el chat, facebook, skype, el correo electrónico. ¿Qué había de los abrazos, de los besos, esas sonrisas que ninguna cámara ni conexión online puede llevar a cientos de kilómetros de distancia? Y si, por esas cosas era que aún volvía.
Tomó unos mates. Se puso al corriente de los que habían partido a mejor mundo y de los que habían llegado. A sus padres les gustaba hablar. Su hermana no se quedaba callada, pero participaba en menor medida. Era agradable todo aquello, sin dudas. ¿Esperaría diez años otra vez en volver? ¿Les daría la vida esa posibilidad a los cuatro? No quería pensar de momento en ello. El atardecer se dibujaba por la ventana. Era increíble poder observarlo, sin edificios ni carteles publicitarios que lo impidieran. El cielo, el sol y el horizonte. Y todo el colorido arrancándole los ojos de placer. Era casi como verlo por primera vez. Algo de todos los días, escondido por la vorágine de su realidad.
Luego la noche, el sonido de los grillos, las luciérnagas revoloteando sobre el descampado al oeste.
– Se viene el agua – anunció su papá y sabía por experiencia que así sería.
Se puso de pie, miró el reloj de pared y supo con una certeza que le produjo escalofríos, que comerían en una hora. ¿Cómo era posible que ciertos detalles regresaran del pasado como si nunca se hubiesen esfumado? Siempre están allí, latentes, como un feroz animal del monte.
Se asomó a la puerta. La brisa fresca llenó sus pulmones. Con los ojos cerrados, expulsó el aire en éxtasis. Odiaba sentir que allí estaba cómodo. Su partida cuando joven había sido una batalla ganada. Sentirse bien cada vez que volvía era reconocer que una parte de él aún quería estar en el pueblo. Y lejos estaba de ser cierto. Al menos, eso creía cuando lo pensaba.
La calle atesoraba cientos de recuerdos. En cada rincón, en cada detalle, había un fragmento del ayer que se iluminaba. Y al final de la calle, en la plaza, todos esos recuerdos se apilaban como en una gran torre, porque en aquel preciso lugar la historia era otra: los picaditos con los amigos, la pelota, correr detrás de la redonda buscando de reojo el arco hecho de trapos y poder gritar con el alma un gol que agitaba sus sueños de niño. En secreto podía aventurar que si tenía que elegir un lugar para volver obligado todos los años, ese lugar sería la plaza.
Si hacía el esfuerzo, hasta podía sentir el olor a pasto, las risas de Enrique, Simón, Paulo y Esteban, el sonido de la pelota golpeando contra el tronco del árbol que cortaba la improvisada cancha en dos.
Se metió en la casa otra vez. Aún tenía por delante cincuenta minutos. Luego el horario de la cena sería impostergable y no quería discutir con su mamá el primer día de visitas. Fue rápido hasta la habitación que otrora había sido su cuarto. Ahora se amontonaban objetos que nadie usaba. Buscó dónde la había visto diez años antes y como sospechaba, la encontró. Estaba algo desinflada, pero el inflador estaba a la vista. La infló un poco, la hizo picar y sonrió feliz ante el estrépito del eco tras el rebote de la pelota.
Salió presuroso a la calle. La casa de rejas verdes tenía las luces encendidas. Golpeó la puerta, aunque sabía que estaba sin llaves. De pequeño hubiese entrado, sin preguntar. Nadie pregunta en un pueblo. Todas las puertas son una y todos los niños, hermanos.
Enrique salió y apenas si tuvo tiempo de reaccionar. Se estrecharon en un gran abrazo.
– ¿Cuándo llegaste…? – atinó a preguntar Enrique sin salir del abrazo.
Pero él le mostró la pelota como toda contestación.
– ¿Ahora? – Enrique miró hacia el interior de su casa y luego levantó la vista hasta la plaza.
– ¿Los chicos estarán en casa?
– Si, seguro… – iba a acotar qué dónde estarían si no estaban en sus casas, pero era algo que estaba de más decirlo por más que su amigo ya no viviese en el pueblo, porque lo que su amigo buscaba no era una respuesta, sino la complicidad de ir a buscarlos.
Salieron raudos hasta lo de Simón.
– Mirá que ya tenemos cincuenta pirulos, eh. Un rato nomás.
– Si, media hora, ya sabés que a las ocho comemos.
Enrique sonrió frente al conocimiento del retorno a la rutina de su amigo.
Fueron por Simón, Lucas y Esteban. La pelota pasaba de mano en mano. Las sonrisas daban paso a las palabras y las palabras a los abrazos. El ciclo de la amistad, de manera infinita. La amistad, la verdadera, que no tiene lugar para el tiempo. La que sin reproche alguno se fortalece por la amistad en sí misma y los hechos que la cimentaron en el pasado, y que no necesita alimentarse más que de la certeza de saber que el otro siempre estará allí, no importa el cuándo ni el por qué.
Caminaron los cinco hasta la plaza y pusieron sus remeras formando los límites del arco. Enrique y Simón hicieron el pan y queso y delinearon los dos equipos. Uno con un jugador más que el otro, como siempre sucedía. Pero las reglas estaban escritas en sus mentes desde hacía largas décadas. Cada tres goles, no importara de qué equipo, el que sobraba pasaba al otro bando. Y el elegido para cambiar iba rotando. Por lo tanto, ningún equipo era permanente y el triunfo no le pertenecía a nadie en concreto, sino a la felicidad de compartir el juego y el hecho de estar juntos.
Ninguno recordaba el último partido en la plaza, o quizá sí, pero no querían reconocerlo, por miedo quizá a que en realidad el último fuese ese, y ya no hubiese otras oportunidades. Porque para algunas cosas, no para todas, el tiempo corría y vaya que lo hacía más rápido que aquel grupo de amigos, que con más de cincuenta años cada uno se esforzaba en la penumbra fruto de la única farola de la plaza con el fin de sentir una vez más las risas y los abrazos tras el grito de un gol.
Se prometieron otro picado la noche siguiente y la otra, y la otra, mientras él permaneciera de visita. Y lo harían, religiosamente. La última noche, le harían prometer a él que esta vez regresaría más rápido, sin dejar pasar tanto. El daría su palabra, aunque no la cumpliría.
Cuando el pasado despierta, se puede convertir en una trampa. Y para sobrevivir, lo mismo que con los animales feroces del monte, lo mejor es permanecer lejos. Al menos, por un tiempo. O mientras, gran paradoja, el tiempo lo permita.

Postales de fin de año

Quiero contarles del viejo Kirby y su perro Fantoche, personajes que a diario me cruzo por las calles de la ciudad y que sin embargo no conozco. Incluso sus nombres, estos que les estoy diciendo, no son sus nombres. Porque también me son desconocidos. Pero en mi mente, cuando los veo, así se llaman.
Kirby es como todos los Kirby del mundo. Solitario, harapiento, sin un aseo en meses o años, el último obtenido con suerte en algún hospital durante una visita trasnochada tras varios tetra brik de pocos pesos y muchas sonrisas. Con más huecos en su boca que dientes, aliento a abandono y tristeza, ojos marchitos que no ven ni comprenden, labios lastimados de no comer, encías roídas por el aire y las bacterias y gruñidos en lugar de palabras, balbuceos en lugar de oraciones. Y algo así como “¡Acho!” al llamar a su perro, aunque tampoco es Acho y tampoco sé si está llamando a su perro.
Pareciera que fuera a quebrarse en dos a la altura de sus rodillas cuando camina. Es casi un presagio del destino común que todos tenemos. Un esqueleto ambulante, que no mendiga para sobrevivir, sino para seguir muerto. Pero Kirby está vivo, y para muchos, ese es su error. ¡Vaya coraje el del viejo mal parido de recordarnos cómo tarde o temprano terminaremos! Muchos se cruzan a la vereda contraria no solo para no olerlo, sino para no reconocer el rostro propio en el ajeno.
El sol de la mañana en días despejados se entretiene con el viejo. Dispara en forma de sombras su cabello hacia todos los puntos cardinales, tan duro como un rosal en invierno, incluso con más espinas. Kirby se mueve y a la par lo sigue ese dibujo caprichoso, casi como una maldición. Pero él no se percata. Nadie lo hace en realidad. Es un objeto de burla, un desafío para quiénes quieren una selfie osada, una tomada de pelo, un insulto a la vista.
Kirby no sabe de gobiernos, ni de política, militantes, promesas o sobornos. Es probable que jamás haya votado. O incluso que tenga un DNI. ¿Entonces el viejo no es parte del pueblo? Lo es, pero lo ignora. Y no le importa. Tampoco paga impuestos y por suerte, aún no hay impuestos para el que solo necesita respirar. Un vago, dicen algunos, mientras compran artículos caros hechos por chinos que ganan dos mangos la hora. Un mantenido por la sociedad, aventuran otros, que mientras se pasean en auto están pensando en cómo evadir lo máximo posible en la próxima declaración jurada. Un pobre hombre, se lamentan personas con cruces y estampitas, dándole vuelta la cara y rezando para no caer en la misma desgracia.
¿Dónde duerme? ¿Con qué se alimenta? ¿Dónde está cuando no está? ¿Alguien lo asiste? ¿Alguien se ha ofrecido a cuidarlo? ¿Acaso yo lo he hecho? Ninguno de nosotros ayuda al pobre Kirby. Por suerte hay campañas online para donar y ayudar a otros Kirby en el mundo. Hay fundaciones y organismos para eso. Incluso los cajeros automáticos nos preguntan si queremos ser solidarios con nuestro dinero. Nos llegan correos electrónicos para que firmemos decenas de proyectos de personas con buen corazón. Firmamos algunos, reenviamos otros, ignoramos otros tantos. Lo hacemos a las apuradas, para poder llegar a los correos que nos importan, que nos traen ofertas de último momento. Ofertas en las que tampoco podemos detenernos mucho, sobre todo si queremos ver que publicaron en twitter o en facebook. Porque se publica mucho, a toda hora. Y se opina. Y cada contacto que uno tiene es un filósofo moderno y su verdad es la verdad, no hay otra. Y la verdad de uno, supera a la verdad del otro. Como hacen los políticos, que juegan a ver quién la tiene más larga con el dinero de la gente.
Y entonces, sin que Kirby lo sepa, los de un bando insultan al otro bando, y el otro bando, insulta al primero. Se sacan los ojos con palabras, todo desde la impunidad de una pantalla, bien a lo guapo, faca en mano que ahora es un mouse, pero mouse al fin. Y ojo, que yo la tengo más larga. Y mi verdad es la verdad, no la tuya. La tuya es una mentira.
Y yo admiro a Chomsky, ese octogenario lingüista, cuya lucidez dijo hace poco que en realidad la verdad ya no importa. Es suficiente con hacerle creer a la gente algo. Y distraerla. Como se distrae a un chico para robarle un juguete. Igual. Casi lo mismo. Mientras tanto, Kirby cruza las calles mirando hacia el piso, con tics en cada movimiento, absorto de todo, incluso de los que le tocan bocina para que se apure, porque para él no hay colores en el semáforo, ni semáforo mismo.
Detrás, siempre cerca, trota Fantoche. Una cruza de galgo con algo más. Indefinible, pero fiel. Siempre pegado al viejo harapiento, sin pedir nada a cambio. Y es literal. Porque de Kirby no puede esperar sobras, mimos, palabras de afecto, nada. No creo que porque no las tenga, sino porque a lo largo de su vida, se las han robado. Fantoche ni siquiera lo sigue por amor. Es porque se siente parte del viejo. Cosa extraña la pertenencia. Pertenecer a algo, a alguien. A un país, a una ideología, a una camiseta. Todos pertenecemos a algo. Salvo que ninguno tiene la lealtad. Es algo en extinción.
Hoy pensamos de una forma y mañana de otra. Aunque lo de pensar es relativo. En los tiempos que corren, otros piensan por uno. Marketing que le dicen. Y uno repite. Es un lorito. La tecnología nos ha convertido en loritos. Somos loritos ingenuos. Hasta nos cortan la cola para que no nos volemos. Y estamos enjaulados desde hace algunos años. Yo vivo enjaulado. Tengo rejas en todas partes. Para sentirme seguro. Hasta a las plazas y parques han comenzado a ponerles rejas. Para que sean espacios seguros. Nosotros tras las rejas y los delincuentes sueltos. En las calles, en las fuerzas de seguridad, en los gobiernos. Y nosotros presos de la realidad.
Vaya paradoja. Kirby y Fantoche son libres. Sucios, hambrientos, pero libres. Sin ataduras. Porque no hay nada a cambio entre uno y el otro. Solo ese sentido de pertenencia, del que en todo caso, Kirby es inocente. No tienen ideologías. Solo sobreviven. ¿Son anarquistas y no lo saben? Sufren el rechazo y no están al tanto. ¿Son acaso discriminados y lo ignoran? ¿Alguien debería denunciar que son víctimas de abusos verbales? ¿Existe algún género para la violencia que sufren? ¿El desamparado es plausible de condena? ¿O deberían ir presos, uno a la cárcel y el otro a la perrera, por el simple hecho de desencajar? Afean las calles con su maloliente caminar, ponen en peligro a los conductores responsables de la ciudad, asustan a los nenes y nenas que se animan a pasear solitos por las veredas. Los Kirby del mundo hacen eso y cosas peores. Sin dudas que sí. ¿De otro modo, cómo explicar su conducta? ¿Su alienación?
¿Qué difícil es convivir con estas clases sociales, no? Se escuchan chistes racistas y muchos ríen. Se amparan en el humor. ¿Qué humor? ¿El que enmascara la verdad? ¡Cierto! La verdad ya no importa. Entonces, no trabajemos. ¡Seamos gobierno! ¡Llenemos de dinero nuestros bolsillos en nombre de la patria! ¡Hagamos amiguismo mientras podamos! ¡Descansemos de no trabajar! ¡Pongamos rostros adustos de haberlo hecho! Y exprimamos, así, fuerte, fuerte. Exprimamos a todos los que podamos. A los que nos votan y a los que no. A los que tienen nuestros colores y a los que no. ¡Total somos todos de una misma clase! Y cuando nos vayamos nosotros, vendrán ellos. Y cuando ellos se vayan, volveremos nosotros. La calesita del poder pero sin sortija. Aquí solo gana la banca. Y se apuestan nuestro futuro.
Pienso en Kirby y no puedo más que admirarlo. Como en esas películas, donde el final nos deja pata para arribas, con una revelación que nunca nos imaginábamos. Lo veo en mi mente, ahora mientras escribo, caminando con su paso quebradizo y la sombra por detrás, con esos pinchos oscuros que se alargan y se achican según la hora del día, y al perro Fantoche, su aliado existencial, y no puedo hacer otra cosa que reír a carcajadas. Estoy riendo a carcajadas. Porque me cuesta creer que Kirby y Fantoche ignoren todo lo que pasa alrededor y entonces lo comprendo. ¡Ellos saben! ¡Ellos son los que se ríen de nosotros! Y entre sonrisas y mensajes ocultos, cuando sus ojos se cruzan, mientras algunos les tocan bocina, otros se llenan la boca de insultos, y muchos se cambian de vereda, ellos nos llaman imbéciles, marionetas del capitalismo, esclavos ignorantes de los gobiernos de turno, moneda de cambio de los grandes empresarios, pequeños despojos repletos de miseria y soberbia que nos nubla la vista y la razón, estúpidos adoradores de promesas paganas, incautos perejiles que aceptan espejitos de colores y a cambio de nada. O sí. De trabajar para sobrevivir, de vivir para trabajar, de ganar dinero para pagar impuestos para poder seguir viviendo con el fin de sobrevivir y así poder trabajar para que la rueda siga girando, una y otra vez, sin importar la mano que la hace girar, indefinidamente, desde tiempos inmemoriales, desde que la humanidad es humanidad y se ha dejado oprimir por el poder, por el miedo, por la falta de unión y lealtad.
A la par de la rueda, caminan los Kirbys y Fantoches del mundo.
Por ellos brindaré este año nuevo y cada día de mi vida. Por esos fantasmas que hemos creado y que sin embargo, lo representan todo.

El hombre sin pic nic

Fue culpa de la lluvia. Él tenía todo preparado para salir, la canasta, el pan de miga, fiambre, queso, el tomate ya cortado en rodajas, varias latas de gaseosa en una heladera portátil, y en un estuche recubierto de fieltro rojo, el anillo que pensaba darle esa tarde.
Tenía todo, incluso el coraje necesario, que por meses había estado juntando, a veces más decidido, otras veces dubitativo. Suspiró delante del espejo y se peinó una vez más. No le gustaba como se veía su cabello. Habían sido días de mucha humedad. Por suerte Mozart sonando fuerte en su equipo de música relajaban su palpitante corazón. Cambió de dirección el flequillo más de una vez.
Creyó al fin que cada detalle estaba en su lugar. Pero no escuchó los truenos, ni el viento azotar las persianas. Ni siquiera reparó en las gotas que desgarraban el vidrio de la ventana de su habitación. Mucho menos, se detuvo en el led titilando en su teléfono celular. Su cabeza solo estaba puesta en ella y en nada más.
Entonces, canasta en mano, metió el celular en el bolsillo, apagó la música y abrió la puerta de calle.
La tempestad cayó de lleno sobre su ser. No solo el viento, la lluvia, los relámpagos y la correntada de agua viajando hacia el este sobre la calle que lo vio crecer. Sino también en forma de patrullero policial, luces encendidas y dos oficiales uniformados resignados de golpear sin ser atendidos que al escuchar la puerta giraron sobre sus talones y quedaron cara a cara con el hombre bien vestido, mejor peinado, preparado para un pic nic poco sensato en una tarde del infierno.
Pronunciaron su nombre, en ese tono que solo espera un sí o un no por respuesta. Él vaciló y afirmó sin palabras. Entonces mencionaron el otro nombre. El que estaba grabado en el lado interior de aquella circunferencia hecha de oro, escondida en la oscuridad de una pequeña caja recubierta de fieltro rojo, dentro del bolsillo interno de su saco.
La lluvia, imprevista, fría, hiriente con sus nubarrones oscuros y sus garfios de luz que se clavan en los sentidos como puñales de un dios enfurecido. La lluvia y sus malas noticias, esas que no tienen vuelta atrás.
Y sobre la calle, el manantial de agua arrastra hojas, botellas y mil penurias más, como un desbocado torrente sanguíneo, mientras seres impasibles observan sin ton ni son a través de sus ventanas, observando a la naturaleza, siempre tan salvaje, audaz, lapidaria. Seres que esperan que la lluvia termine. Que los truenos cesen. Que solo sean un eco en el pasado. Seres que esperan, condenados por la naturaleza, su hora.
La canasta caída de lado. El hombre, ya sin coraje, de rodillas en el suelo. Su cabello empapado, igual que su rostro, aunque los surcos de agua que lo atraviesan son salados, porque salado es el sabor del dolor. Un relámpago lo fotografía para la eternidad. El hombre sin pic nic. Arrasado por el vendaval. Rendido ante la vida. Asaltado por la muerte. En una tarde soñada. Arruinada. Por la lluvia.

El ventanal

Tiene miedo. Se le nota a la distancia. Me mira desde atrás del árbol, tratando de discernir sobre si me he percatado de él o no. Supongo que supone que lo he hecho. Por eso teme. Porque es probable que sepa que estoy esperando el más mínimo error que lo delate. Lo he visto sin mirarlo. Al menos, no directamente. Vi su reflejo a través de una ventana. Ahora mismo, sentado en la reposera, le estoy dando la espalda. Pero mis ojos lo observan, sin observarlo. Veo su imagen, no tan nítida, pero clara. El ventanal da a la cocina y una de las hojas está abierta. Sin embargo, la otra es justo la que refleja el árbol. Y detrás, al niño.
Dejo de mirarlo. En cambio, miro alrededor, al menos, lo que mi vista alcanza a divisar. Una piscina ornamentada con piedras a los costados, varias reposeras plásticas, sombrillas, un par de mesas bajas y mujeres, muchas y para todos los gustos: rubias, morochas, pelirrojas. Algunas en el agua, otras tomando sol, varias bebiendo cócteles helados que sirven otras mujeres, con tan poca ropa encima como mis amigas. Escucho sus risas, parloteos y por un momento, me parece pertenecientes a otro mundo.
La casa a la que pertenece el ventanal también es imponente. No es una casa en realidad. Es una mansión. Habitaciones sobre habitaciones, ventanas que dan paso a otras ventanas. Majestuosidad salvaje, ostentación de poder. No podría definirla, al menos en palabras, quizá si por los millones que costó construirla. La observo y la reconozco. Cómo no reconocerla. La soñé cada día de mi vida hasta materializarla. Y la llené de lujos, de caprichos, de mujeres, de lujuria sin fin, de compañía a cambio de dinero.
Y ahora el niño me observa, con miedo. Comprendo que no está relacionado a que lo descubra y lo expulse de mi propiedad. Porque eso no es posible. El niño no está allí porque quiera robar, ni siquiera por curiosidad. El niño siempre ha estado allí. No precisamente detrás del árbol, donde ahora se esconde para que no lo vea. Sino en todas partes. Ha estado en todas partes. Porque el niño soy yo. Y me observo con miedo, con cierta decepción. Porque acaso entienda, a pesar de la corta edad, que mis sueños no eran esos. Al menos, no los caprichos, no los lujos, no el placer por el placer. Había otras cosas, otras metas y ahora veo que se han perdido en el camino. Lo entiendo siendo el niño que me observo a mí mismo desplomado en una reposera, sin hacer otra cosa que dejar pasar el tiempo con lo valioso que es.
Allí sentado en esa reposera, con los años a cuesta, aún no he comprendido el significado de la vida. Me doy cuenta porque también soy el niño y a la distancia, huelo el miedo. A través del reflejo en el ventanal, ese ventanal de la enorme mansión, veo con tristeza y desazón, mis lágrimas caer.

La máscara de la familia Oregón

Tres días después de su muerte, también murió ella. Pero nadie lo supo. En realidad, a ella, ya todos la creían muerta.
Durante varios años la vida de la familia Oregón pasó desapercibida para el resto del barrio. Un matrimonio trabajador como cualquier otro, al que podían encontrar en la verdulería, en el almacén o cortando el césped del jardín delantero de la casa.
Afables aunque de pocas palabras, formaban parte de ese espectro de personas que están pero al mismo tiempo, de desaparecer, se caería en la cuenta de ello demasiado tarde. Sin embargo, esa pantomima de vida quedó al descubierto de una manera atroz. Ocurrió un mediodía de verano, un día muy húmedo, en el que sudaban hasta los árboles.
Algunos recordarán primero el estruendo característico de un arma, otros dirán que antes que eso sucedieron los gritos. Lo cierto es que ese mediodía, disparo y gritos mediante, el barrio salió a la calle para ser testigo de la verdadera mueca detrás de la máscara de la familia Oregón.
La puerta de calle se abrió como impulsada por un resorte hacia afuera, golpeando con dureza contra la fachada. Como una exhalación salió corriendo la mujer, gritando por ayudar. Agitaba los brazos por encima de su cabeza y nada cubría sus piernas y pies. Un seno caía fuera de la camisa blanca que llevaba puesta. Era grande y blanco y parecía rebotar sobre sí mismo en cada movimiento que ella hacía. El otro, prisionero bajo la tela, guardaba compostura.
Corrió hasta la vereda y sin mirar hacia atrás, trató de cruzar la calle. En ese momento el hombre apareció bajo el umbral de la puerta. Tenía un revólver en la mano y el cuerpo arañado por todas partes. Era fácil observarlo, porque iba completamente desnudo. De la misma manera que el arma que sostenía, su miembro viril apuntaba hacia arriba.
Mientras ella corría atravesando la calle, él dirigía el cañón en su dirección. Parecía tomarse todo el tiempo del mundo. Muchos de los vecinos, paralizados del espanto, quisieron advertirle a la mujer que saliera de la línea de tiro. Pero ninguno lo logró. A favor de ellos se puede afirmar que todo sucedió tan rápido que si no hubiese sido por el escándalo previo, habría muchos menos testigos de los que finalmente declararon ante la justicia unos días después de los hechos.
Un nuevo disparo sacudió los cimientos del barrio. A pesar de estar observando, a muchos vecinos el estruendo los sobresaltó. El sonido de la mujer golpeando el pavimento también. Fue un ruido seco, como la quebradura de una rama. Quedó tendida sobre el cemento y una gran mancha roja empezó a extenderse a todo su alrededor.
El hombre permanecía en la puerta de su casa, con el revólver en la mano. Ahora lo único que apuntaba hacia arriba, era su pito. El revólver descansaba en la mano derecha, pero con el brazo apartado, como si el cuerpo lo repeliera.
Los vecinos tenían miedo de acercarse a la mujer, temiendo que el esposo les disparara también a ellos. La señora Thompson, que vivía enfrente, llamó a la policía. Había observado todo desde la seguridad que le daba la cortina de su gran ventanal.
De pronto el hombre volteó el revólver hacia su rostro y disparó. Fue como si un hechizo se hiciera añicos. Los vecinos, hasta entonces estáticos, corrieron hacia los heridos. Para entonces, las primeras sirenas surcaban el aire.
Una ambulancia arribó mientras la policía comenzaba sus pericias. Al hombre le habían puesto una mascarilla y un médico corría al lado de la camilla sin dejar de auxiliarlo. A la mujer la colocaron en otra camilla y la subieron a una ambulancia que llegó minutos después. No se movía. Su cuerpo inerte parecía ser lo único que quedaba de ella.
De repente el barrio había pasado de su soporífera existencia a ser el centro de atención de la ciudad. Los canales de televisión, radios y medios gráficos de la zona se instalaron en las inmediaciones para fabricar su producto mediático. Los antes inmóviles vecinos, se mostraban ágiles para acercarse a los periodistas y tratar de dar su versión. Al haber tantos, todos tenían su chance.
En sus declaraciones, la dieron por muerta. Coincidían en que él salió de la casa y le disparó por la espalda, mientras ella huía. Algunos incluían el debate sobre el disparo o los gritos, si primero había sido uno o el otro. Otros hablaban de un matrimonio perfecto y amable. Y no faltaba quién aventurara engaños y represalias.
Horas después se supo que el hombre había muerto. Ella ya lo estaba. La habían visto sobre su propio manto de sangre. Los dos fallecidos. Una desgracia, una tragedia. El horror en carne propia. Un día más en las noticias. Recortes de diario para guardar. Noticieros grabados para poder mostrarle a la familia en un futuro, con ellos hablando sobre ese fatídico hecho que nadie jamás olvidaría.
Y no muy lejos de allí, a menos de dos kilómetros, la mujer recobrando fuerzas. La bala había atravesado el omóplato, pasando de lado a lado. Su cuerpo estaba vivo, no así su alma. Vio en las noticias que su marido se había suicidado. Decidió guardar silencio ante la policía. Nadie más fue a verla.
Al tercer día de estar allí, se quitó la canalización del suero y la bata celeste del hospital, se colocó la ropa que le habían sacado para lavar y que habían vuelto a dejar en la habitación y salió al pasillo. Se escurrió entre la gente como un fantasma. Ganó la calle y nadie la volvió a ver.
Era una sobreviviente, pero para ella, era mejor no sobrevivir. Morir y renacer. Reencarnar. Ser otra persona. Y eso hizo. Barajar y rogar que la próxima mano fuese mejor.
Mucho mejor.

La luz a través de la hendija

La luz de la calle entraba por una hendija, clavándose en sus ojos. La persiana de plástico estaba rota en el lugar exacto. No tenía cortinas y por más que se repetía cada mañana, con los ojos ardiendo del sueño, que debía comprarlas sin falta, nunca lo hacía. Por el contrario, con la claridad de día la urgencia desaparecía de su cabeza.
Pero la urgencia retornaba a modo de reproche cada noche, cuando al tratar de conciliar el descanso que su cuerpo le pedía a gritos, la maldita franja de luz irrumpía todo intento. Llevaba dos semanas en aquel lugar y apenas si había dormido. Podía divisar por el mismo lugar que entraba el resplandor, que procedía de una luminaria de poste, ubicada muy cerca de la esquina.
Se imaginó saliendo a la vereda en calzoncillos, buscando en alguna parte un ladrillo o algo con qué tirarle. Quería destrozar esa lámpara. Hasta entonces, su forma de oponerse a la realidad, era paradójicamente mediante esos escapismos de su mente, en la que actuaba con rabia y violencia. No había empleado la sensatez y mucho menos la lógica, que hubiese significado tapar la hendija para impedir el paso de la claridad.
En cambio, apretaba los ojos con fuerza, para caer en la cuenta que a pesar de ello, la luz lo molestaba. Podía sentir su presencia sobre la piel, dándose una idea del cuadro: una habitación a oscuras, los contornos de una cama, de un bulto bajo las sábanas y sobre la cabecera, una franja blanca todo a lo largo, de lado a lado. La franja dejaba a la vista un par de ojos cerrados, luchando por descansar.
También le rechinaban los dientes. En su lucha, apretaba con fuerza las mandíbulas. Por esa razón le dolían después las encías mientras desayunaba. Lo sabía, pero no podía impedirlo. Parecía que todo su cuerpo se complotaba para colapsar. Creía que de repente le dolían las cervicales, la espalda, las piernas. Era un solo dolor. Su cuerpo era una brasa viviente. Y todo comenzaba de la misma manera, cuando al apagar el velador de la habitación, la otra luz, intrusa, forastera, se perpetraba sobre su cuerpo, saltando desde el otro lado de la ventana, aprovechando ese espacio insignificante de la persiana.
Qué fácil sería levantarse y colocar un cartón, un papel oscuro doblado en varias partes o un pedazo de tela lo suficientemente grueso como para impedir el paso de la luminosidad proveniente de la calle. Qué fácil sería pedirle a otro que lo hiciera. O mejor aún, que comprara las estúpidas cortinas.
En otra vida quizá. No en la suya, sumido en esa cama, sin más que abrir los ojos, aceptar el sorbete en cada infusión y soportar que otras manos, ajenas, lo cambiaran, lavaran y peinaran.
Durante las noches eternas, en esa habitación perpetua, le daba un nombre, una explicación: aquella luz a través de la hendija no era otra cosa que la risa sobradora de la muerte.

Los ojos del galgo

El perro lo miraba fijo, como esperando algo. Era un galgo hambriento, con todos los huesos marcados en la piel. Tenía la lengua afuera y el cuerpo agitado. El hombre miró a su alrededor y cuando al fin divisó lo que buscaba, estiró el brazo, tomó una cacerola y se la arrojó con fuerza al animal.
El galgo, si bien sorprendido, se movió con velocidad esquivando el golpe. La cacerola rebotó contra el suelo, desparramó un poco de arroz y finalizó su trayectoria debajo de un sillón avejentado. Sin rencor, el animal fue por el alimento y lo devoró en menos de cinco segundos.
– Ese perro de mierda me está costando una fortuna – musitó con bronca el hombre, como brindando una excusa.
La mujer a sus espaldas, aún sobresaltada por el estruendo de la cacerola al chocar el piso, permaneció en silencio. Sabía muy bien cuando convenía abrir la boca bajo el techo de esa casa.
– Miralo, le importa un cuerno que le revolee la comida o que se la ponga en un plato. Lo único que le importa es comer. Y después, cuando lo llevo a correr, me hace quedar como un pelotudo.
El tono de voz ahora era de enojo. Se puso de pie, aunque aferrándose a la mesa, que al moverse, hizo tambalear la botella de vino casi vacía que había estado tomando hasta ese momento.
Instintivamente, al verlo erguido sobre sus piernas, el perro salió al patio. El hombre dio dos pasos y se apoyó en la heladera. Su mujer, aún a sus espaldas, permaneció callada. Sabía también lo que vendría a continuación. Y por experiencia, era consciente que no podía intervenir. Podía recordar aún el dolor de varios días de la última vez que lo había intentado.
Cuando consiguió algo de estabilidad, el hombre salió al patio y a los gritos se puso a llamar al galgo. El animal se había ido al fondo del terreno y escarbaba en la tierra. Levantaba las orejas cada vez que el hombre pronunciaba su nombre a los gritos.
El desenlace era inevitable. Como cuando en una tormenta tras el relámpago llega el trueno. En el patio, eran primero los gritos y luego el castigo. Y ella, desde la ventana, se llevaba la mano a la boca. Deseaba que el galgo le saltara al infeliz de su marido directamente a la yugular y que le clavara muy profundamente los colmillos, y que no lo soltara hasta verlo desangrarse sobre la tierra y las pocas matas de yuyos que se esparcían en el terreno. Pero esos ojos, grandes y color avellana, eran inofensivos. Ese animal no tenía una pizca de maldad. Jamás lo haría.
Quizá fue por eso, por esa certeza.
Y al mismo tiempo, por todos los anteriores.
Incluso, por ella misma. Que si bien no era todos los días, cada tanto cobraba.
O por sus futuros hijos, si es que llegaba a parir, para que al menos no nacieran de ese hombre.
Fue por todo y por esos ojos buenos, esos ojos que no juzgan, sino que esperan. Y esperan siempre lo mejor, por más que nunca llegue. Como ella, como los suyos. Quizá fue por eso.
En medio de los aullidos de dolor, cuando lo estaba azotando con una varilla, salió al patio escopeta en mano y disparó.
A veces, el estruendo llega antes que la luz.

Relicario

La habitación olía a pis, sin importarle que la mujer de la limpieza se había ido apenas unos minutos antes. El olor estaba aferrado a él, postrado en la cama.
Los ojos cerrados, la piel pálida, el goteo lento pero continuo del suero, con ese cordón umbilical plástico que terminaba en su brazo, ya morado de tantos pinchazos. Podía, en el silencio, escuchar su respiración. Era apenas un susurro, un murmullo amortiguado de dolor.
Mi suspiro atravesó el lugar, aniquilando toda esperanza. Resignado, trataba de no pensar. Pero era imposible. Uno siempre piensa, incluso cuando cree no hacerlo. Porque allí, cayendo con sus últimos granos de arena, el que se escurría por el cuello del reloj de la vida, era mi padre.
Al menos su cuerpo. Su mente, casi siempre ausente, iba y venía, como una macabra broma. Ya no había memoria, ni lucidez, solo arrebatos de tristeza, frases incoherentes y sin terminar. Y esa mirada que no se puede describir con palabras, que trata de ver pero sin hacerlo, que busca ubicarse pero sin lograrlo.
Entonces, mientras mis ojos se perdían en las formas de las sábanas, en esa tensa espera de lo inevitable, su voz irrumpió, débil, cascada:

– ¿Messi?

Otro desvarío, pensé, aunque sin dejar de alegrarme por verlo despierto. Entonces, casi como una revelación, recordé la TV encendida sin sonido a mi derecha y tras girar la cabeza y observar, no pude menos que tragarme los mocos para no llorar.
Efectivamente, la 10 la llevaba el rosarino.

El destino golpeó al poco tiempo la puerta y cumplió con su labor. Sin embargo me dejó ese instante, casi como un relicario. Un rayo de luz en la penumbra, una sonrisa en el llanto.

– Si, es Messi. Juega el Barcelona – informé.

Sonrió. Miró unos segundos y volvió a cerrar los ojos.
Pero allí estuvo, durante ese breve lapso, allí estuvo.

Recepcionista nocturno

Al ingresar al hall a través de la puerta giratoria ya puede apreciarse su figura pulcra y segura detrás del mostrador. A medida que uno recorre los metros hasta la recepción, su imagen se agiganta, como si lo único que hubiese en aquel hotel fuera su presencia.
El recepcionista de noche irradia un carisma que lo hace único. No por nada la reputación del Apolo Hotel tiene como característica principal ser el sitio de alojamiento de la ciudad (y quizá del mundo) que más trabaja en horario nocturno. Los huéspedes que ya han pasado alguna vez por el hotel, vuelven siempre, aunque en las siguientes oportunidades solo después de las 22.
En las páginas web de búsquedas de alojamiento es posible leer los comentarios de los usuarios alabando al Apolo y sugiriendo registrarse personalmente y de noche.
Los directivos, asombrados por el caudal de huéspedes que se alojaban en su horario, quisieron premiarlo, dándole un puesto de mayor jerarquía y durante el día, pero el hombre se negó rotundamente. De todas maneras no perdió la oportunidad para solicitar un aumento, que le fue otorgado.
Jean Modest Martineu no solo se adueñó del horario nocturno del Apolo, sino que desestimó una decena de ofertas de otras cadenas hoteleras, muchas de ellas de cinco estrellas. Es un hombre de pocas palabras, sin embargo, su pronunciación y acento obnubila a hombres y mujeres. Su sonrisa justa, los ademanes lentos y parsimoniosos y las soluciones rápidas a todo tipo de problemas, hacen de su servicio una mejor experiencia que la propia estadía en el lugar.
Es tal la fama de Martineu en el Apolo, que no solo llegan para hospedarse turistas, sino también habitantes de la propia ciudad que quieren saber en carne propia lo que era ser atendido por la leyenda viviente entre los recepcionistas del mundo.
Elegantemente vestido, con zapatos que dan la sensación de haber sido lustrados segundos antes, traje sobrio y reluciente, moño en lugar de corbata y un corte de cabello prolijo y peinado hacia atrás con la ayuda de algún humectante, Martineu no solo se ofrece a acompañar a los huéspedes a sus respectivas habitaciones, sino que también les brinda una visita guiada por el viejo y bello edificio, sobreviviente de todo el siglo veinte aunque modernizado en varios aspectos.
El lugar preferido de Jean Modest, el que siempre deja para el final, es el subsuelo, único recodo de la edificación que no se puede acceder mediante ascensor. Estrechas y oscuras escaleras llevan a una pequeña pero hermosa bodega, donde añejan los mejores vinos de la zona. Los visitantes quedan extasiados ante tremendo espectáculo y jamás se niegan a una copa del sabroso líquido que idolatrara Baco, el que deleitan entre aprobaciones y risas.
El mareo no les importa, ni tampoco el abrazo cálido y amistoso de Martineu, que acercando su rostro les susurra los secretos del lugar. Ellos vuelven jocosos y felices a sus habitaciones y el recepcionista a su puesto, saboreando aún el néctar de la vida entre sus labios, el sabor fresco de ese otro líquido, espeso y caliente, bajando aún por sus entrañas.
El tintineo de la puerta giratoria, los pasos que se escuchan y las voces de una conversación cercana. Nuevos huéspedes de los cuales beber. Entonces, la sonrisa, la postura erguida y el carisma irradiando esa mágica presencia, capturando la esencia misma de las almas, de esas frágiles criaturas humanas que caminan hacia él.

El mismísimo diablo

El pizarrón vacío debería haber significado una bocanada de respiro para los chicos, porque cada mañana el profesor lo cubría de punta a punta de complicadas consignas con las que todos reñían disgustados. Pero ese día, el exigente Sr. Collins no había escrito palabra alguna sobre la – extrañamente – inmaculada superficie.
Sin embargo, aquello no era motivo de celebración ni mucho menos. Porque el Sr. Collins estaba sentado en su escritorio, observándolos en silencio. Tampoco era habitual que él estuviera sentado y ellos callados. Una clásica clase del profesor podía haberse descrito de la siguiente manera: el Sr. Collins de pie, recitando sin parar y escribiendo al mismo tiempo en el pizarrón las preguntas o problemas de las que luego requeriría las respuestas; paralelamente, a sus espaldas, niños y niñas pasándose papelitos de asiento a asiento, hablando por lo bajo casi en un susurro, algunas risas que lograban escapar del encierro y nadie, absolutamente nadie, prestando atención. Luego venía el enojo del profesor, la amenaza de exámenes sorpresas, de notas bajas y la exigencia de tener todas las respuestas por escrito para el día siguiente.
Los niños retornaban a sus hogares de mal humor y echaban todas las culpas al señor Collins. Cada mañana, antes de comenzar las clases, no causaba sorpresa ver a padres quejándose con el más antiguo de los profesores del colegio. Collins se mantenía atento a las palabras, sonreía cuando escuchaba terminar a los adultos y luego se marchaba al aula, sin contestación alguna, para comenzar a impartir la clase del día.
Los directivos recibían quejas a diario, pero el profesor era una eminencia que había enseñado a generaciones. Pero en los últimos años había perdido el respeto que antes su sola presencia arrojaba a lo largo y ancho del salón.
– Los tiempos han cambiado, Elvira – solía decir a la directora, cada vez que salía el tema en la conversación – Antes el respeto estaba por delante, hoy ni siquiera entra los planes de chicos y padres.
A pesar de ello, el profesor Collins no había cambiado ni un ápice su método de enseñanza. Se había propuesto jamás rendirse. No era un pensamiento propio de él. Pero esa mañana, el pizarrón árido de palabras, era el presagio del fin.
Los chicos se mantenían en sus asientos, sin musitar palabra alguna. Nadie escribía papelitos ni mucho menos se reía. El Sr. Collins los miraba a todos con rostro severo. Aunque no era el semblante gris y pétreo, que lo acercaba más al mismísimo diablo que al viejo profesor de colegio, lo que los asustaba al punto de tenerlos tan quietos y obedientes.
Era el arma.
Si, el arma.
Esa escopeta de caño recortado que había metido al colegio debajo de su largo sobretodo, sin que nadie se diera cuenta. Ese caño doble apoyado sobre el escritorio, que apuntaba hacia ellos, hacia los niños.
Era ese elemento letal lo que los había apaciguado, dejándolos al borde del llanto. Pero ni a eso se animaban, porque los ojos negros y apagados del profesor Collins eran lo suficientemente expresivos como para hablar sin pronunciar sonidos.
Esos ojos decían: “Hasta aquí llegaron”.
Collins sonreía. Vaya que lo hacía. Su método había perdido la batalla contra el tiempo, pero su vieja escopeta se mantenía tan viva como siempre. Y el gatillo se sentía tan suave al tacto, que no veía la hora de poder tirar de él.
El mismísimo diablo, vaya que si. La sola idea despertó en él una carcajada que atravesó el salón y heló todos los corazones.
Luego, comenzaron los disparos.

El tema del momento

En los programas de televisión debaten ahora sobre quién tiene la culpa. En las radios no se cansan de sacar al aire a gente que llama y expresa su opinión. En los diarios imprimen páginas y páginas con casos similares en otras partes del planeta. Todos, ahora que ha sucedido, quieren tener voz sobre los hechos. Sin embargo, antes que saliera a la luz, el único que tenía que hacerse cargo era yo. ¿Dónde estaban mientras tanto? ¿Por qué nadie me ayudaba con esa lucidez de la que hoy hacen gala y desparraman a los cuatro vientos?
Es por eso que siento que sea tan injusto. No veo la razón por la que quieren encerrarme entre cuatro paredes. Bueno, si, la veo cuando presto atención a los medios de comunicación y la manera en la que informan lo sucedido. La veo cuando me sorprendo con lo que dice la gente. Pero tampoco puedo afirmar que sea una razón, porque ninguno sabe la verdad.
Durante los diez meses que no vi la luz, consideré en varias ocasiones la posibilidad de matarme. Es decir, no es lo que quería, pero tampoco tenía mucho sentido todo lo que ocurría alrededor. Cuando la oscuridad reina, los espacios se agigantan. No estoy exagerando. Hasta que uno se habitúa, el miedo ralentiza cada movimiento. Se avanza de a centímetros, con la expectativa del horror a flor de piel. Más con todas esas alimañas dando vueltas por ahí.
Créanme, escuchar el sibilante andar de una serpiente sin saber donde está realmente, puede provocar la locura en pocos segundos. Mucho más sentir el frío de su piel al tratar de asirse de una pared o un objeto.
Aunque aquello era uno solo de los tantos miedos que me rodeaban. Jamás me acostumbré a sentir crujir las cucarachas bajo mis pies. Es un sonido espeluznante. Podría compararla con pisar hojas secas… con la salvedad que las hojas secas no sueltan un chasquido viscoso como si reventaran y desparramaran sus vísceras, por más pequeñas que sean, en todas direcciones. El suelo era un colchón de cucarachas. Por eso mis pasos eran largos, medidos.
Pero las preocupaciones no solo eran con los bichos de abajo. Las arañas, por ejemplo, me sorprendían con sus telarañas, que se enredaban en mi rostro. Tantas veces las sentí bajar por mi cabeza o brazos y tuve que sacudirme frenéticamente para evitar morir del susto y la impresión. Había peludas, culonas, grandes, chicas… no quiero recordarlas.
Y ni hablar de los ratones, las avispas, cascarudos, murciélagos y principalmente, los animales detrás de la puerta corrediza. Esa que cada noche se abría para que ellos entraran a las habitaciones de la casa en las que trataba de ocultarme para que no me encontraran. Eran enormes. Un oso de garras duras y afiladas, un puma de ojos amarillos y colmillos sedientos, y al que más temía, una pantera negra, tan ágil como sagaz.
Cada noche debía escapar de ellos, mientras todas las otras alimañas parecían empecinarse en complicarme la supervivencia. Y todo, en total oscuridad. Durante diez meses interminables, soporté esa agonía.
Hasta que una noche, en el frenesí de tratar de sobrevivir, di con ese viejo armario que siempre estaba cerrado con candado. Pero esa vez, esa única y decisiva vez, no lo estaba. Y en su interior mis manos tocaron el frío del metal y reconocí de inmediato que eran armas. Grandes y potentes. Una ametralladora, un rifle de asalto y una pistola automática. También había municiones. Lloré de la alegría, mientras las arañas trataban de reptar por mis brazos y mis zapatillas hacían puré de cucarachas en cada movimiento.
Tomé todas las armas y me agazapé en la oscuridad, justo a tiempo para percibir que allí se estaban acercando, con una confianza fuera de lugar, arrimándose de a poco a la mismísima muerte. ¿Qué harían ustedes en esa situación? Abrirían fuego, así sin más. Y eso hice.
Los destellos de los disparos fueron las primeras luces en diez meses.
Escuché sus aullidos y luego sus agónicos quejidos. Otra vez había quedado todo a oscuras. Temblando salté sobre sus cadáveres y crucé la puerta corrediza. Estaba del otro lado por primera vez desde que había quedado encerrado en la oscuridad. Corrí hasta la salida a la calle y me arrojé fuera de la casa. Tropecé y caí de espaldas, observando el paisaje más hermoso: el cielo de noche, con su infinita galería de estrellas. Me di cuenta que lloraba, pero no de miedo, sino de la emoción de ser otra vez libre.
Por eso, cuando escucho, veo y leo todo lo que dicen, aborrezco a todos y cada uno. Hablan y dejan plasmado en tinta solo puras mentiras. No maté a mi familia, no soy un enfermo esquizofrénico, no tendría que estar en ningún instituto psiquiátrico. Es fácil opinar cuando no se es prisionero. Cuando la libertad es la forma común de vivir. ¿Dónde estaban todos durante esos diez meses que viví en el infierno? ¿De qué hablarán cuando consigan lo que quieran? Porque de eso se trata, del tema del momento. Mañana cuando consigan lo que quieran, habrá de algo más que hablar. Y a mí me dejaran otra vez solo. Encerrado y solo. Y quizá, probablemente, otra vez en la oscuridad.

El hombre fuera del mapa

Cuando en marzo dejé de verlo por el bar, sospeché que algo le había pasado. Era un hombre de escasas palabras, que se acodaba en la barra y permanecía allí sus buenas horas con tan solo un vaso de vino. Pagaba con monedas que tintineaban sobre el mostrador. Un sonido que asocio con las nueve de la noche, porque siempre era esa la hora en la que se marchaba.
Evaristo, dueño del bar, una persona que conozco de años, me había dicho en algún momento que se iba en ese horario para conseguir lugar en el refugio de noche, que es un lugar triste a pocas calles de la plaza, donde los que no tienen techo acuden por una cama y refugio.
Un par de veces le pasó que las monedas no le alcanzaban para pagar su única felicidad en el día. En esas ocasiones solo tuve que levantar la mano desde mi mesa para que Evaristo comprendiera que el vino corría por mi cuenta. El hombre, en esas ocasiones, antes de retirarse, pasaba delante de la mesa y me hacía un gesto muy particular con la mirada, dándome de esa manera las gracias.
Por su andar lento, le calculé más de cincuenta años. Llegaba con las primeras sombras del atardecer, a veces con una bolsa de plástico en la mano, en la que vaya a saber uno que llevaba. Su aspecto no era el mejor, pero no se le podía reprochar que estuviera desprolijo o sucio. El hombre se calzaba su pobreza y humildad con la mayor dignidad posible.
Ese otoño pensé bastante en él. Me pregunté muchas veces dónde estaría, si habría cambiado de bar, si la suerte le había permitido un mejor lugar donde pasar sus días (y aún menor, sus noches), y si, irremediablemente, si la muerte había ido por él para sacarlo definitivamente de las calles.
Pregunté a varios de los habituales compañeros de tragos, personas en su mayoría solitarias y calladas, que sienten la necesidad no solo de reconfortar el alma, sino también de llenar vacíos. Ninguno lo había visto, ni en otro horario, ni en la zona. El hombre ya no estaba en el mapa local de nuestras rutinas.
Para el invierno ya prácticamente me había olvidado de él. Los extraños no soportan cambios de estaciones, no por crueldad, sino porque uno ya está viejo y la poca memoria queda en pie solo para cosas triviales o momentos que a nadie le importan.
En septiembre, mientras algunos albergaban la esperanza de la primavera, a nosotros, los errantes solitarios y devenidos en sombras, se nos fue el Evaristo. Una noche se acostó y a la mañana ya no despertó. Supongo que no sufrió. Es difícil precisarlo, porque uno no ha muerto y la experiencia es nula. El bar cerró. Sin muchas vueltas. Su único hijo ni siquiera se molestó en hacer inventario de lo que había en el interior. A los dos días colgaba de la puerta un cartel de “Se vende” y a la semana ya era historia. En breve abrirá una pizzería. No como las de antes, sino las modernas, que solo tienen delivery y ninguna mesa para sentarse.
Algunos rumbearon para otros bares cercanos. Yo me quedé en casa. Suelo comprar una botella cada mañana y la voy apurando con el correr del día, y. cada noche, el último vaso va en nombre de Evaristo.
Y fue esta mañana, después de ir en tren hasta lo de mi hija, detenerme delante de la puerta, tratar de tocar el timbre y no hacerlo, dar media vuelta, tomar el tren y regresar, que a pocos metros del andén me topé con el hombre. El mismo que en otoño había dejado de ver y que en tantos pensamientos sobre su destino me había sumido, en esas largas y placenteras horas sentado a mi mesa, en ese bar que no dejo de extrañar.
Allí estaba, de pie, pantalones de vestir, saco y corbata. Boleto en mano, mirando hacia el este, hacia el sonido de una locomotora reduciendo su marcha.
Me puse delante de su mirada, atiné una sonrisa y le pregunté con timidez si me recordaba. Sus ojos me miraron sorprendidos.
– Claro que sí – me respondió, estrechándome la mano – Pensé que había muerto.
El asombro entonces fue mío. Reí.
– No, si el que dejó de frecuentar el bar fue usted, no yo – dije jocosamente, permitiéndome una confianza y libertad poco frecuentes en mí.
El hombre me miró seriamente y de la misma manera, respondió.
– Por eso mismo. Yo seguí adelante.
Con un chirrido fuerte y poco armonioso, el tren dio a entender que ya estaba en el andén. El hombre estrechó mi mano, apretó con afecto mi hombro derecho y fue en busca de un vagón.
Me quedé allí parado, viendo la marea de gente ir y venir, buscando un lugar en esas cajas de metal repletas de pequeñas ventanas. El tren marchó, perdiéndose al cabo de un instante de mi vista. Fue extraño, pero al irse, no escuché de la formación sonido alguno. Sus pocas palabras aún retumbaban en mi cabeza, impidiendo cualquier otro estímulo externo.
Me sentí estúpido. El hombre me había pagado con lo más valioso, que es la honestidad y no fui capaz siquiera de retribuir con el simple gesto de agradecimiento que él hacía, cuando yo le permitía ser feliz en su antigua mísera vida.

Tiempos mejores

La tarde se marchitaba con el color del fracaso. Solo un cliente había cruzado la puerta de entrada y tras haberse probado cinco pares de zapatos, no compró ninguno, Su esposa a diario le decía que comenzara a vender zapatos para mujeres pero él se negaba. Su abuelo había vendido calzados para hombres, su papá lo había hecho y él continuaría el legado. Como esperaba que lo hiciera su hijo el día de mañana, si es que algún día llegaba el varón, porque por el momento era padre de dos niñas.
Cerraría, caminaría hasta la parada del colectivo. Bajaría a dos cuadras de su casa, pasaría por la pizzería y encargaría una de muzzarella por la que volvería a los veinte minutos, para evitarse el costo del delivery.
Haría todo eso, una vez que bajara las persianas del negocio, ubicado en una de las avenidas principales de la ciudad. A través del ventanal de la vidriera podía apreciar la quietud en la calle. Pocos transeúntes caminando las veredas, muchos menos deteniéndose a observar los escaparates de los comercios. Eran tiempos difíciles. Esas mismas palabras usaba con su esposa: “Ya vendrán mejores” le aseguraba con cierta esperanza.
El sonido de la campanilla de la puerta hizo que levantara la vista. Un cliente de último momento, pensó. Pero entonces su semblante cambió. En la entrada había un hombre tan grande que su cabeza rozaba el marco de la puerta. Sin embargo no fue el tamaño lo que lo asustó, sino el arma que tenía en la mano.
– Deme todo el dinero, por favor – dijo el extraño.
A pesar del miedo, no pudo pasar por alto el vocabulario del asaltante. De todas maneras de movió rápido hasta la caja registradora. Solo cuando la abrió recordó que estaba vacía. Tenía algo de cambio en el bolsillo del pantalón, pero era una suma irrisoria.
Titubeó. El hombre pronto se impacientaría y no tenía nada para darle.
– Mire amigo, ha sido un día difícil – le dijo al asaltante.
– ¿Cuánto tiene?
– Le soy sincero, no recaudé nada. Venga y vea con sus propios ojos si no me cree.
El grandote avanzó torpemente, mirando de reojo hacia los ángulos del techo, temiendo que hubiese una cámara y la idea del comerciante fuese que la misma lo captase. Se acercó sigilosamente hasta el mostrador y observó el interior vacío de la caja registradora.
– Nada – sentenció.
– Ni una moneda – confirmó el vendedor de zapatos.
– ¿Y cómo hace para vivir? Digo… ¿es todos los días así?
– Y… está dura la mano. Menos mal que mi mujer trabaja, porque de lo contrario…
– Si, ni me lo diga. A mi pareja la tuve que poner a laburar también. En una banda que opera en el oeste. Secuestros virtuales. Nada que ver con esto. Lo mío es la calle. No quiero esto para ella. Pero entre los dos, apenas si llegamos a fin de mes.
– Sabe, me apena que no se pueda llevar nada. Tengo algo de cambio en el bolsillo, pero no le voy a mentir. Tenía intención de comprar una pizza camino a casa. Por las nenas más que nada. Con un plato de sopa a mí me alcanza.
– No, por favor. Mire si le voy a quitar la comida a sus hijas. No me va a creer, pero es el segundo comercio al que trato de robar hoy y no consigo nada.
– A que seguro eso antes no pasaba.
– No, para nada – sonrió – Ya vendrán épocas mejores.
– ¡Eso mismo le digo a mi mujer! Me cae bien usted… ¿cuánto calza?
– Cuarenta y cinco.
– No voy a permitir que se vaya con las manos vacías, tengo un par de zapatos para usted.
– Por favor, no se moleste.
– ¡Hombre! Hoy en día nadie que entra armado tiene los modales suyos. Es un caso en extinción. ¿Y su pareja? ¿Ella cuánto calza?
– Ah, me mató, señor. Desconozco. Nunca se lo pregunté.
– Bueno, hoy se lleva los suyos. Vuelva en estos días y vemos que le conseguimos. No aquí, porque solo vendo calzado para hombres.
– Ahí tiene su problema, señor. Seguro si vendiera calzado femenino, tendría algo de dinero al final del día.
– Es lo que me dice mi mujer.
– ¿Y por qué no le hace caso?
– El legado familiar, la tradición…
– Disculpe lo que voy a decir, odio las malas palabras, pero… a la mierda el legado familiar. Mi papá también delinquía y por seguir sus pasos, me gano la vida quitándole a los demás lo que han ganado honestamente. No me siento orgulloso de eso.
– ¿Y por qué no se dedica a otra cosa?
– ¿Y usted por qué no vende zapatos para mujeres?
Ambos rieron al unísono.
– Tiene razón – dijo el vendedor – Uno cree que hace siempre lo correcto, por más que no lo haga. Y si no es así, si existe un atisbo de consciencia, se aferra a una excusa. Cambiar no es fácil.
– Ni que lo diga. Pero cuando me corre la policía, claro que lo pienso.
– En mi caso, cuando cómo hoy, apenas tengo para regresar a casa y llevar un poco de comida.
– En fin. Se hace tarde. Me llevo estos zapatos y vuelvo en un par de días con mi chica.
– Vaya tranquilo y cuídese.
– Usted también, esta zona de noche se pone peligrosa.
El grandote se fue con la caja de zapatos bajo el brazo. Ahora si, era hora de bajar las persianas, apagar las luces e ir en busca del colectivo. Había sido una experiencia extraña. A falta de clientes, hasta un delincuente era bienvenido. Afortunadamente, el que le había tocado en suerte era todo un señor.
¿Calzados para mujeres? Quizá algún día cedería. Cerró la puerta con llave y se ajustó la camisa al cuello. Había comenzado a refrescar. La noche había caído de golpe y algunas farolas del alumbrado público todavía no se habían encendido. El delincuente tenía razón. Aquella zona no era la que había sabido ser. Apuró el paso hasta la parada del colectivo, con las manos en los bolsillos. Tanteaba de paso el poco dinero que llevaba encima. Sonrió. Qué más daba, esa noche pediría una especial con morrón y jamón. Al final de cuentas, la vida es una sola.

Último capítulo

Mi editor me llamó anoche y me preguntó cuál era el problema. Cómo si eso fuese fácil de explicar. Claro que se lo dije, pero me cortó, creyendo que le estaba tomando el pelo. Estoy apremiado por el tiempo, por el contrato que firmé hace dos años, cuando acordé con la editorial una novela cada año. Durante los últimos meses disfruté del éxito de mi anterior publicación, las giras de presentación, las notas en los medios de comunicación, las regalías por las ventas que parecían multiplicarse mes a mes.
Por todo eso, y no tanto por la obligación contractual, la editorial y mi editor especialmente, esperan con ansias esta nueva historia, con el fin de poder mover la maquinaría de hacer dinero a través de mi próximo libro. El problema, según ellos, es que la novela no está terminada. El problema, desde mi realidad, es que no puedo terminarla.
No es por falta de ideas, muy por el contrario. El argumento es sólido, muy elaborado y los personajes están bien definidos, consolidados a través de los primeros capítulos. Podría aventurar que es lo que mejor he escrito en mi vida. Pero algo sucede con ese borrador de más de cuatrocientas páginas. Algo extraño que me carcome los nervios.
He ganado con los años la virtud de la disciplina. Una metódica rutina que me sienta delante de la computadora a primera horas de la mañana y me tiene allí hasta pasado el mediodía. Cada día me enfrento al capítulo final de la novela. Y cada día le doy forma, llevo a los personajes hasta el final que tengo en mente, cerrando la historia, a mi modo de ver, de la mejor manera.
Pero al cabo de un rato, al volver al borrador, el capítulo ya no está.
La primera vez que ocurrió pensé que me daba un infarto. Revisé todo el escrito, creyendo en la posibilidad de haber perdido capítulos anteriores. Aquello no tenía sentido. Tenía mucho cuidado de ir guardando el trabajo cada algunos minutos, una costumbre bien aprendida, para evitar justamente esos dolores de cabeza.
Tuve que dejar de lamentarme y volver a redactar esas páginas. Apelé a mi memoria para darle a la redacción los mismos matices que la primera vez. Es casi imposible escribir el mismo texto dos veces. Juegan muchos factores en la elaboración. Internos y externos. Pero traté de dar lo mejor de mí. El resultado me dejó satisfecho.
Jamás doy aviso a mi editor ni a nadie al llegar al final de una obra. Porque en realidad, llegar al final solo implica una parte del proceso. Luego, tras unos días en los que el texto queda en reposo, vuelvo a él para hacer una primera corrección.
No dudé sobre haber grabado bien el trabajo. Porque incluso, esta vez hice una copia en otra carpeta de la computadora. La novela estaba terminada.
Al cabo de unos días, decidí dejar la obra de teatro en la que estaba trabajando y buscar el archivo con la novela. Abrí primero la versión original, sobre la que había trabajado los cuatro meses anteriores. Mi sorpresa fue mayúscula. El último capítulo no estaba. Me apresuré a buscar la copia que había realizado, para encontrarme – con un gran nudo en el estómago – que tampoco estaba allí.
Con desesperación, volví a redactar el capítulo. El resultado fue el mismo. Mi amargura e incomprensión iban creciendo día a día. Esto se repetía de manera cíclica. La escritura. La desaparición. Alguien raptaba mis palabras. Decidí narrarlo en voz alta en un grabador. Una vez que coloqué el stop y le di play para poder escuchar lo grabado, solo había estática.
Empecé a sentir pánico. Ni siquiera podía escribir otras cosas. Traté con la dramaturgia de la obra de teatro que me habían encargado, pero no pude hilvanar dos diálogos seguidos. Quise concentrarme en un cuento de ciencia ficción, pero las palabras se amontonaban sin sentido, completando oraciones y párrafos que no conducían a nada. Es que ese capítulo estaba enquistado como un puñal en mi cerebro.
Necesitaba solucionar lo que estaba pasando, pero no tenía a quién acudir. Mi editor pensaría que era una excusa, mis colegas más cercanos se mofarían y pocos amigos que quedaban para poder solicitar una opinión. Y los que podía considerar como tales, vivían aún en el pueblo de mi infancia. De repente, comprendí lo solo que estaba en la gran ciudad. Sin amigos, novia, nadie en quién confiar.
Los nervios estaban ganando la batalla. Noches enteras sin dormir, buscando una solución. El editor llamando casi a diario. Mi familia preguntando a la distancia cómo marchaba mi nueva creación. Y cabeza era un hervidero. Nada parecía estar en su lugar. Y entonces, hace un par de días, esa carta debajo de la puerta del departamento.
Estaba fechada en los días que esta locura había comenzado, cuando el capítulo comenzó a borrarse como por arte de magia. En el sobre solo figuraba mi nombre, sin ningún dato del remitente. Era un sobre blanco, común y corriente. La hoja, con renglones, estaba arrancada de un cuaderno de apuntes. La carta estaba redactada a mano. La letra era prolija, con una leve tendencia hacia la derecha. En su único párrafo, decía:
“Estimado, el final del capítulo nos disgusta. No estamos de acuerdo con el destino que nos brinda. Ninguno de nosotros lo comparte y como parte activa del libro, nos vemos obligados a evitarlo de cualquier forma”.
Firmaban “Los personajes”.
¿Qué clase de broma era esa? A nadie le había confiado mi tragedia. Mi capítulo en blanco. Nadie lo sabía. Y de repente, ese sobre, esa carta, sobre esa hoja con renglones… esa hoja. Corrí hasta el cajón del escritorio. Saqué mi cuadernos de apuntes y me estremecí. Una de las hojas sin usar había sido arrancada. Y ahora estaba en mis manos, con un escrito manuscrito hecho por los personajes del libro.
Cuando anoche mi editor me llamó, le conté todo esto. Su primera reacción fue la risa, luego la bronca por considerar importante el tiempo de entrega y finalmente el odio, por el dinero que le estaba haciendo perder. En realidad, se refirió al dinero que todo estábamos perdiendo.
Pero en ningún momento entendió detrás de mis palabras, ignoradas por supuesto, el verdadero problema: ese capítulo jamás podría escribirse. No, al menos, de la manera que lo tenía pensado. Ellos no querían. Ellos, mis personajes.
Siempre creí que las historias, los argumentos, nos llegaban a través de una inspiración, de una musa mágica que nos revolotea arrojándonos ideas a nuestro alrededor. Qué era cuestión de cerrar los ojos y esforzarnos por absorber esa magia. Nada de eso es así, Son los personajes los que nos cuentan las historias.
Aquí estoy, frente a la computadora para terminar esa novela. Pero no como yo quiero, sino cediendo a sus deseos, porque no es mi imaginación al fin y al cabo la que narrará esos párrafos, sino la voluntad de ellos, que tras nacer y desarrollarse, se han adueñado del argumento.

La improbabilidad de un encuentro

Jamás había usado un arma, mucho menos llevar una consigo. Salvo ese día, esa fatídica tarde en la que al bajar del taxi se topó con esa mujer de ojos claros y cabellos castaños.
No fue un encuentro de amor a primera vista ni nada por el estilo, sino un fuerte golpe de frente. Él bajaba, ella quiso subir a toda prisa. Chocaron con torpeza y él, que era más alto, terminó con la nariz partida por culpa de la frente de la joven.
La mujer lo insultó con energía, pero no se detuvo a ver como estaba. Se subió al taxi y a los pocos segundos el coche se alejaba por la calle principal. Apenas si pudo advertir el detalle de los ojos y el cabello a través de la ventanilla baja de la puerta trasera del vehículo.
Se llevó la mano a la zona dolorida de su rostro y palpó la sangre húmeda descendiendo hacia los labios. No pudo menos que maldecir su suerte y tratar de determinar con rapidez, el lugar donde dirigiría sus pasos.
Su destino original, que era la sucursal del banco, quedó atrás mientras sus piernas lo llevaban hasta una farmacia cruzando la calle. Compró unas gasas, agua oxigenada y analgésicos. El farmacéutico lo ayudó con la herida. Al cabo de unos minutos quedó limpia, pero por recomendación iría más tarde a ver un médico. Era probable que tuviese una fractura.. El dolor era un presagio de tal infortunio.
Al salir a la calle se encontró con el revuelo. Patrullas policiales e incluso un utilitario de fuerzas especiales. Al parecer estaban todos pendientes de la sucursal del banco. Cruzó hacia esa dirección para informarse de lo que sucedía.
Uno de los efectivos uniformados lo detuvo y le pidió que retrocediera. Le explicó que debía ir al banco, pero el agente policial volvió a reiterarle la orden. Se alejó solo hasta el cordón de la vereda. Desde allí observó que otro de los policías hablaba con el encargado del puesto de diarios que estaba a pocos metros. El hombre estaba señalando en su dirección. El uniformado se llevó un handy a la boca y a los pocos segundos otros policías lo estaban rodeando a él.
Lo llevaron aparte y le pidieron que se apoyara contra la pared, los brazos y piernas extendidas. Palparon sus bolsillos de los pantalones y también del saco. Solo encontraron su billetera, los analgésicos y una gasa. Entonces le pidieron que se diera vuelta y se desprendiera el saco. Hurgaron en los bolsillos interiores y para su sorpresa, le encontraron un revólver.
Los policías lo empujaron contra la pared, mientras pedían refuerzos. Él estaba atónito. Le había sacado el arma de su bolsillo, de eso no tenía dudas. Pero al mismo tiempo, no podía creerlo. El oficial que lo retenía le estaba haciendo mal la cara, porque la tenía apretada contra la piedra de la pared. Quería quejarse, pero estaba tan apretujado que no podía ni mover la boca.
Se acercó un coche con las sirenas encendidas y en pocos movimientos lo quitaron de la pared, cruzaron la vereda con él y lo arrojaron dentro del vehículo, que aceleró a gran velocidad.
Preguntaba a todos qué era lo que estaba pasando, de dónde había salido ese revólver… pero las únicas respuestas que obtenía eran miradas férreas y de poco amigos.
Lo llevaron a una dependencia policial y lo dejaron solo en una sala de tres por tres, sin ventanas, en cuyo centro había una mesa pequeña y dos sillas, en una de las cuales, él se había sentado. Esperó un buen rato hasta que la puerta se abrió. No sabía si habían pasado minutos u horas. Estaba asustado y la nariz había comenzado a dolerle. Había buscado en vano los analgésicos. Habían desaparecido junto a la billetera.
El hombre que cruzó la puerta, trajo consigo sus tarjetas de crédito y documento de identidad. Arrojó todo sobre la mesa y ocupó la silla vacía.
– ¿Qué necesidad había? – preguntó de mala manera el hombre, que no vestía como policía pero con seguridad lo era.
– No entiendo… – fue su respuesta. A cambio, recibió una fuerte bofetada.
– No vas a jugar conmigo. En las cámaras no aparecés, pero te vieron con ella. ¿Qué ibas a hacer? ¿Esperar que saliera para rematarlo? Quedate tranquilo, ella lo hizo bien, demoró, pero al final murió. Pero vos tenés el arma, así que sos cómplice.
– ¿Cómplice de qué? ¿Quién murió?
El policía que no estaba vestido como tal hizo una mueca de disgusto. Se puso de pie y se dirigió a la puerta. La abrió y entró otro policía.
– Dice que no sabe nada.
– No me extraña – dijo el tercer hombre en la habitación – ¿El arma tiene sus huellas?
– Todavía no sabemos.
– ¿Cómo sabías que no había muerto? – le preguntó el recién llegado.
– No entiendo…
Los dos policías se alejaron un poco. Trataron de bajar el tono de voz, pero pudo escucharlos.
– La mina dispara, sale volando a la calle y le da el arma a este tipo, pero de alguna manera se entera que está vivo y lo espera afuera, para rematarlo cuando lo saquen en ambulancia.
– Disculpen… pero ¿a quién le dispararon?
Volvieron a dejarlo solo. Sus credenciales y tarjetas estaban sobre la mesa. Mecánicamente las guardó en sus bolsillos. Mientras lo hacía, recordó el choque con la mujer al bajar del taxi. Era con seguridad de la mujer que hablaban. Cuando se produjo el golpe de cabezas, ella debió aprovechar para meterle el arma en el bolsillo. Con el dolor no se enteró de nada. Pero si eso era lo que había sucedido, debía explicarlo con urgencia.
Golpeó la puerta hasta que alguien la abrió desde el otro lado. Pensó que lo escucharían, pero entraron violentamente y lo golpearon. Despertó varias horas después, sobre un colchón tan angosto como sucio. El rostro le dolía como si le hubiesen clavado cien cuchillos. Se llevó la mano a la cara y notó que había sangre no solo en la nariz, sino también en las mejillas y en la frente. Lo habían golpeado salvajemente.
Se puso de pie y fue hasta el otro lado de la celda. No había barrotes, sino una puerta de metal, gruesa. Una voz resonó a su espalda.
– Así que vos mataste al Grande.
La voz provenía de otro preso, desde la litera superior de la cama cucheta. Hasta entonces no se había percatado que era una cama de dos pisos como tampoco que estaba acompañado.
– ¿Quién es el Grande?
El otro lanzó una carcajada.
– Pregunto en serio.
– ¿Me estás cargando? ¿Hicieron cagar al Grande y no sabés quién es?
– Puede que la persona que lo mató lo sepa, a mi me pusieron un arma encima y me agarró la policía.
El compañero de celda volvió a reírse.
– Si me lo decís en serio, que mala suerte la tuya. El Grande es el que maneja todo, las cárceles, los policías, a los jueces, a los narcos, a todos. El tipo es el Dios del crimen, por así decirlo. Lo que implica que antes que te des cuenta, te llenan el cuerpo de plomo. No tenés escapatoria. Si no te hace fiambre la poli, te acogota cualquier otro en la cárcel.
– ¿Dónde estoy ahora?
– En la comisaría, estás de tránsito. En cualquier momento vienen a buscarte.
– ¡Pero yo no lo hice! ¿Qué puedo hacer para demostrarlo?
– Me vas a matar de la risa vos. Si no lo hiciste, a estas alturas no le importa a nadie. Con alguien se la tienen que desquitar y si todos andan diciendo que fuiste vos, andá comprando la lápida.
Se recostó en la cama y trató de ordenar las ideas. Pero cada punzada de dolor en el rostro era un presagio de lo que suponía le iba a pasar en manos de los que quisiera cobrarse revancha.
Minutos después fue trasladado a otra sala.
Le dijeron que adentro lo esperaba una abogada. Lo hicieron entrar, le pusieron esposas y lo obligaron a sentarse.
Cuando escuchó la puerta cerrarse, levantó la vista. Delante suyo, ojos claros y cabello castaño lo miraba fijamente. Un breve gesto de ella fue suficiente para evitar cualquier comentario, sonido o gesto innecesario, que revelara quién era realmente.
Se sentía más desconcertado que nunca. Ella era la mujer por que estaba metido en tremendo problema, pero por alguna razón ella estaba allí.
– ¿Qué sucede? – preguntó él.
Ella permaneció en silencio, repasando unos papeles.
– Estamos ante una acusación de cómplice de asesinato. ¿Entiendo lo que eso significa?
Ella se llevó la mano a la boca en un gesto casual, pero aprovechó para colocar el índice sobre los labios, con un claro gesto para que no contestara. Él abrió grande los ojos.
– No, no se lo que significa.
– Bien – dijo ella, aprobando la respuesta. Iban entendiéndose en ese juego de silencios y gestos – Quiero que firme esta declaración.
Le extendió un papel.
– Firme.
– ¿No debo leerlo antes?
– Firme.
Él firmó.
– El Grande no existe – dijo de pronto ella – Y salvo los golpes en su rostro, nada de esto es real.
– No entiendo… es decir, entiendo menos que antes.
– Nadie mató a nadie, yo coloqué el arma en su bolsillo, esto no es una comisaría, los policías no eran policías, el preso no era un preso. Nada de esto es real.
– ¿Están… están jugando conmigo?
– No señor, usted está jugando con nosotros. En su mente, desde hace unas largas horas. Así que es hora que despierte, me escucha, es hora que vaya despertando…

– ¿Señor? ¿Está bien? ¡Llame al médico enfermera, el hombre está despertando!
– ¿Qué…?
– Tranquilo, lo traje al hospital, disculpe, he sido tan bruta. Lo golpeé sin querer al subir al taxi y lo dejé inconsciente.
– Usted tiene los ojos claros y el cabello castaño…
Ella rio.
– Disculpe, no me río de usted, sino que pensé que lo primero que me diría serían varios insultos y con razón.
– Es que… es una larga historia.
Ahora rio también él.
– Tengo una vergüenza, no se imagina. Lo mínimo que podría hacer, es quedarme a escuchar su historia.
Sonrieron.
– ¿Quiere escucharla?
– ¡Claro!
– ¿Alguna vez usó un arma?
Por un segundo se imaginó el rostro de ella transformado, el ingreso por la puerta del hombre policía pero vestido como médico…
– No, jamás – dijo divertida la mujer.
– ¡Pues yo tampoco, hasta esta fatídica tarde, al toparme con usted!

Los invisibles

El invierno fue crudo. Las desiertas calles en plena noche, las persianas bajas con sus enormes grafitis, la ciudad indolente y nosotros, caminando el asfalto. De un lado a otro, buscando refugio, comida, alguien que nos quisiera escuchar.
Pero no había nadie. Eramos los únicos transeúntes del entramado nocturno, confundiéndonos con las sombras, mirándonos en los reflejos distorsionados de las pocas vidrieras que aún se dejaban ver detrás de rejas herrumbradas y frágiles. Andando, cuadra a cuadra, calle a calle, con lluvia, con viento, con todas las inclemencias juntas.
Fueron meses difíciles en los que esperábamos desahuciados el amanecer, el primer rayo de sol, esa partícula de luz que nos permitiera rendirnos ante el cansancio y el hambre. Desaparecer por unas horas, en la quietud, en la nada misma. Dejar de ser para no pensar. Rendidos, así, sin más.
Y luego, despertar en la misma pesadilla. Otra vez la noche, la solitaria noche, en la que éramos solo nosotros deambulando, sin atisbo de fin. Cíclico, infernal. Errantes en vida, en un mundo que nos volteaba la cara.
Nosotros, los olvidados, pisando nuestras propias penas y también las ajenas, por calles cuyos nombres no nos dicen nada, prisioneros en libertad, rehenes de la miseria, fantasmas de la civilización que reitera sus pecados casi por diversión.
El invierno se marcha. Pronto será primavera. Y de alguna manera, la haremos sentir culpable. Nosotros, los invisibles de este mundo.

Derecho de admisión

Se acodó sobre el escritorio, aclaró la garganta y a pesar de estar visiblemente nervioso, se mostró convincente en sus palabras:
– No soy un improvisado, verá. Desde muy chico que robo, no le miento. No es que comencé ayer. Claro, eran minucias si uno lo piensa ahora: caramelos masticables, figuritas, lápices de colores, alguna que otra moneda. En una escuela no hay mucho para elegir. Ya de más pibe empecé a caminar la calle. Era otra cosa. Billeteras, bolsos, bicicletas. Fui aprendiendo, haciéndome una reputación. No es fácil, no se crea. Hay mucha competencia, más cuando uno no va calzado. Porque armado, jamás. Y mire que me insistían. No era mi modo. Lo mío era el robo, no la violencia. Y no creo que por ese detalle, reste puntos. Ladrón fui siempre, eso se lo puedo asegurar
Sentado del otro lado del escritorio, enfundado en un traje caro y corbata haciendo juego, el Diablo se llevó la mano a la boca para disimular un bostezo.
– Mire… – dijo el Diablo, buscando en el papel el dato que se le escapaba – Lorenzo, el tema es así. El averno está hasta la manija. Por eso mismo nos estamos reservando el derecho de admisión.
– ¡Pero vea mi legajo! ¡Me he portado mal toda la vida!
– En estos tiempos, eso no cuenta. Es usted un ladrón de poca monta. ¿Sabe todos los que ya tenemos acá dentro? No, para ganarse un lugar, el hurto no sirve. Si piensa volver en alguna reencarnación, anote: funcionario público, político, juez, agente de tránsito, abogado, representante de futbolistas… le tiro algunas profesiones para que no pierda el tiempo. Y en todo caso, hágase de un chumbo. Salga, dispare, baje unos cuantos. En la Tierra va a estar libre y aquí se asegura un lugar.
– No creía que fuera así… me deja sin palabras. ¿Y tengo que ir al Cielo entonces?
– Vaya tranquilo, que están ofreciendo promociones de todo tipo, incluso pusieron áreas para pecadores. No saben que hacer para atraer gente.
– ¿Y si delinco en el cielo, hay alguna posibilidad que me transfieran?
– Olvídese, si quiere entrar, vuelva a la Tierra y haga lo que le dije.
– Es que volver… me da miedo. Allá es un infierno.
– Y si, es la mejor escuela.

El diamante

Un día mi padre, cuando yo era pequeño, llegó exultante a casa luego de una larga jornada de trabajo. No le habían aumentado el sueldo ni le habían otorgado días extras de vacaciones. Nada de eso. Mi padre había encontrado un diamante.
A mí corta edad sabía que un diamante era algo poco común para mortales como nosotros, que vivíamos con lo justo y necesario. Veía que era motivo de luchas y robos en películas que pasaban en la tele, pero desconocía el verdadero significado de tener uno propio. Me divertía ver como la policía perseguía a los ladrones de la joyería, pero jamás me puse a pensar que tan valioso podían ser.
En ese momento lo único que quería, era poder verlo. No me importaba otra cosa. Estaba hecho un loro, repitiendo siempre las mismas palabras: ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo!
Papá hizo gala de su afecto al suspenso. Extrajo de su bolsillo un pañuelo blanco atravesado por franjas marrones y celestes, que estaba doblado varias veces, escondiendo el diamante en su interior.
El pañuelo estaba bastante roto, era probablemente el único que él tenía, y por un momento temí que por uno de los agujeros de la tela lo hubiese perdido. Pero tras ese lapso infinito – al menos para mi corta edad, que tampoco entendía de paradojas – en el que fue desplegando los dobleces de la tela con sus dedos grandes y algo sucios debajo de las uñas, quedó a la vista el impoluto y brillante diamante.
Quisimos agarrarlo, tanto yo como mi hermano menor, pero papá, rápido de reflejos, lo hizo desaparecer nuevamente dentro del pañuelo, alejándolo de nuestro alcance.
– No es para jugar, esto vale mucho dinero – dijo, llevándolo hasta su dormitorio, terreno inexpugnable para nosotros.
Mucho dinero. Esas dos palabras transformaron nuestros rostros. No porque fuéramos avaros, muy por el contrario. Porque justamente, dinero era lo que nunca había en casa. ¿Y qué significaba entonces ese diamante? Para nuestras cabezas con poco conocimiento, era la puerta a la abundancia y a las cosas prohibidas: las golosinas, los juguetes, pistas de carreras y quizá, con suerte, hasta una bicicleta.
Sospecho que el mismo pensamiento deslumbraba la mente de papá desde el mismo momento que recogió ese diamante del suelo. Y era probable, que entre todo lo que proyectaba en su cabeza, algo de lo que nosotros queríamos formara parte de la lista. El solo hecho de pensar en el nuevo abanico de posibilidades que se nos abría ante nuestros ojos, nos hacía saltar de alegría. Con mi hermano corrimos a la cama para enumerar todo lo que nos gustaría tener.
Mi padre esgrimía una sonrisa radiante durante la cena. Mamá le decía una y otra vez que lo mejor era poner un aviso en el diario para informar que habíamos encontrado un diamante, asegurando que el dueño debía estar lamentándose. Ni papá ni nosotros estábamos de acuerdo. El que lo encuentra es para él, eso lo sabíamos todos, incluso en la escuela. Era igual al otro dicho: rompe paga. Son leyes universales, tácitas. Están impuestas desde el vamos. El diamante estaba allí y papá lo encontró. Punto.
Tomamos la sopa con entusiasmo. Mi padre dijo que quizá fuera el último plato de sopa aguado de nuestras vidas.
– Mañana a esta hora vamos a estar comiendo pizza… ¡pero de la pizzería!
Cuánta felicidad con mi hermano. Parece que fue ayer. Creo que hasta nos abrazamos. Pedir pizza era todo un lujo.
Esa noche nadie durmió. Con mi hermano estuvimos hasta altas horas debatiendo que juguetes debíamos pedir primero. Por supuesto, descartando la pelota número cinco, en la que coincidíamos los dos. Mamá, preocupada, con temor a que en cualquier momento el dueño del diamante apareciera y quisiera llevárselo a la fuerza. Y papá, sintiéndose el hombre más rico del barrio, proyectando mil cosas con el dinero que le darían en la joyería a cambio de esa pequeña y maravillosa piedra.
Por la mañana, tras el desayuno, anunció que luego del trabajo iría a vender la piedra. Tiramos las mochilas al suelo del salto que dimos. Mamá se enojó porque acababa de colocarnos los guardapolvos para que fuéramos al colegio. Papá se fue riendo. Recuerdo el gesto serio que nos hizo, haciendo como que tuviera un cierre en la boca.
– De esto, ni mu en la escuela. ¿Entendido?
Con mi hermano cumplimos la promesa, aunque ese debe haber sido el único día en nuestras vidas que estuvimos en la escuela con una sonrisa en el rostro. Cuando la campana de salida repicó en los salones, fuimos los primeros en salir corriendo. Ninguno de los dos escuchó que fue lo que nos gritó la maestra.
Volvimos tan rápido como nos dieron las piernas. Sabíamos que aún tendríamos que esperar un buen rato para la llegada de papá, pero solo queríamos estar en casa. Prepararnos para el gran momento de nuestras vidas. ¿En qué traería papá tanto dinero? ¿En carretilla? ¿En una gran valija? ¿O se compraría un auto para traerla dentro del maletero?
¡Qué expectativa! Mamá, en cambio, tenía rostro de preocupación. Pero no nos importaba. Allá ella si no quería tener dinero, regalos, ropa nueva. Solo pensábamos en los juguetes, la pelota, la bicicleta… todo lo que el diamante nos daría.
Pero las cosas no funcionan así. Al menos, no para nosotros, en aquel pobre barrio, con nuestras prendas remendadas. Papá abrió la puerta lentamente, sin nada de ímpetu. Hasta parecía que le costaba caminar. El semblante triste, los ojos rojos, un funeral en sí mismo, el ocaso mismo de la esperanza.
Mamá corrió hacia él. Le preguntaba si lo habían asaltado, si había perdido el diamante… lo acompañó hasta una silla y dejó que cayera sentado. Cuando no soportó más su sepulcral silencio, le pidió a gritos que hablara de una buena vez,
Mi padre metió la mano en el bolsillo, extrajo el pañuelo y lo dejó sobre la mesa. La tela se desplegó, dejando a la vista el diamante, que a pesar de mantener su brillo y encanta, ya no encandilaba a papá.
– ¿Qué pasó, cariño? – preguntó mamá, reticente a soportar ese voto de silencio caprichoso – ¿No quisieron comprarlo?
– No vale nada – contestó casi en un suspiro, desinflándose – Es un diamante industrial.
No entendí nada. Ni yo, ni mi hermano. Mamá lo abrazo y hasta lo acompañó en el llanto. No por todo lo que no tendría, porque ella no había soñado nada. Sino porque vio en las lágrimas de su esposo, la muerte de la esperanza.
¿Qué era un diamante industrial? ¿No era acaso, de todos modos, un diamante? Solo a los días, cuando recuperó parte de su compostura (aunque nunca volvería a ser el de antes) papá nos explicó que solo son valiosos los diamantes naturales y que los industriales se usan para otros fines, pero el valor es irrisorio.
Aprendí muchas cosas en aquel suceso de mi niñez. La más importante, que el dinero no cae del cielo y que las buenas noticias llegan tan rápido como se marchan. Por alguna razón, papá guardó el diamante dentro de una copa de vidrio, arriba de un armario. Creo que lo hizo para que, al pasar por delante, recordara siempre que no podía esperar milagros.
Uno no recuerda cómo y cuánto, pero al poco tiempo, era un viejo. Y con los años, los achaques. Y con los achaques, la muerte. Lo despedimos con tristeza, añorando los tiempos buenos, lejos y a la distancia.
Cuando abandonamos aquella casa, nos llevamos la copa y el diamante. Durante décadas estuvo en la alacena de la nueva casa. Hasta hace un par de semanas que volví a encontrarlo. Uno tiene tiempo libre cuando se queda sin trabajo. Entonces se dedica a perder el tiempo de la manera más útil posible. Y en casa, siempre hay cosas por remendar. La misma casa donde nos mudamos con mamá y mi hermano. Donde incluso ella murió, ya hace bastante. La que hoy ocupo con mi esposa y mis dos nenas. Las que, hasta hace dos semanas, no sabía cómo carajo iba a mantener.
Hasta que di con ese bendito diamante. Es industrial, había dicho papá, sirve para otros fines.
Recién entonces me pregunté cuáles. Me informé, leí lo suficiente. Y allí estaba, esa insignificante piedra, que le había robado la ilusión a mi padre, conjugándose con mi realidad, el desempleo, la desesperación, una familia.
El diamante es el mineral más duro. El diamante se usa para, entre tantas cosas, cortar vidrio.
La noche estaba helada, por la calle no volaba ni una mosca. Pude comprobar que esa propiedad del diamante era verdad. Corté el vidrio de la joyería con total facilidad. Pude entrar sin hacer sonar ninguna alarma. Cargué todo lo que pude dentro de la mochila: alianzas de oro, de plata, relojes, incluso algunos diamantes naturales.
Vendí todo esa misma noche, en el mundillo negro de la compra venta. Volví a casa con la mochila repleta de dinero. De a poco estoy comprando todo lo que siempre nos hizo falta. Ver a las nenas felices con las muñecas nuevas, me hace llorar de la emoción. Cuánto entiendo ahora a papá, destrozado por no poder darnos una mejor vida. Veo a mi familia hoy, que desconoce mi secreto, pero que cree en la indemnización milagrosa de mi antiguo empleo. No me siento feliz por lo hecho, sino por la felicidad de quiénes me rodean. Me angustia mi secreto, pero tampoco me arrepiento.
Cada vez que, al pasar delante de la copa con el diamante en su interior, que he vuelto a colocar encima de un armario, me acuerdo de aquel día papá llegó exultante a casa con miles de sueños en su cabeza. Creo que de alguna manera, he podido al menos, darle utilidad a su diamante. No puedo esperar que esté orgulloso de su hijo, pero al menos, qué las lágrimas que derramo en la oscuridad de mi habitación, no terminen siendo en vano.

Tres amigos y un vampiro (cuento infantil)

Cada tarde, Agustín, Germán y Axel se juntaban a jugar en la plaza del barrio, que a esa hora estaba lleno de niños y niñas usando las hamacas, el tobogán, el sube y baja y el pasamanos.
Trataban de llegar temprano, para poder conseguir lugar donde tirar unos penales. Pero ese día, al pisar la plaza, escucharon el sonido de un silbato.
¡Otros chicos estaban jugando al fútbol e incluso uno hacía de árbitro!
Con algo de bronca, decidieron ir a jugar a casa de Germán, que vivía cerca, atravesando la plaza. Al llegar a la esquina, mientras esperaban que pasaran los autos para cruzar la calle, observaron que la vieja casa abandonada de tejas rojas y telarañas en las ventanas estaba iluminada.
Todos sabían que nadie vivía allí. Los amigos se miraron entre sí. Aquello era muy extraño. ¡Pero no era solo luz que se veía a través de las cortinas blancas y desgastadas que cubrían las ventanas! ¡Se escuchaban ruidos provenientes del interior!
– Vamos, acerquémonos para averiguar que pasa – sugirió Agustín, aunque sus amigos no estaban muy convencidos.
Temerosos, los tres abrieron la vieja y oxidada reja del frente. Una escalera descolorida conducía hasta la enorme puerta de madera. Desde el interior no provenía ningún sonido nuevo. Solo se escuchaban sus pasos sobre los escalones.
– ¿Nos imaginamos esos ruidos? Porque ahora no se escucha nada – dijo Axel, arrojando una piedra pequeña contra una de las ventanas.
Pero entonces, claro y fuerte, se escuchó una voz desde el otro lado de la puerta.
̶-¡Vampiro, te atraparé dónde sea que te hayas escondido!
Los chicos pegaron un grito del susto y del salto que dieron, se golpearon con la puerta. Como si eso fuera poco, la gran puerta de madera comenzó a abrirse lentamente.
̶-¡El vampiro! ¡El vampiro! – chilló Agustín, tapándose los ojos.
Pero el que apareció, sosteniendo unos papeles, no fue un vampiro, sino un hombre con unos auriculares en la cabeza.
̶- Chicos, estamos filmando una película acá dentro. ¿Ustedes tiraron la piedra?
Más avergonzados que asustados, los tres amigos admitieron lo hecho.
– Bueno, si prometen hacer silencio y no romper nada, pueden ver el resto de la filmación. ¿Están de acuerdo?
De la emoción Agustín, hizo picar la pelota tres veces en el suelo, Germán silbó con alegría y Axel arrojó otra piedra a la ventana.

(cuento escrito para mi esposa Mariana, con el fin de realizar un juego en una clase de teatro para alumnos de 7mo grado)

El reencuentro

Había estado nervioso todo el último mes. Más precisamente desde que había confirmado que iba a la cena del reencuentro con sus compañeros del colegio secundario. Lo habían invitado a principio de año, cuando algunos de sus viejos amigos comenzaron a organizarlo. Pero dudó hasta último momento. Hasta que llegó el ultimátum en su teléfono celular: ¿”Te anoto? Cerramos hoy las reservas”.
En ese momento dijo que sí y de inmediato se arrepintió. Pero no era posible retractarse. No se trataba de una comida en el trabajo o en el club, era nada menos que con los ex compañeros de colegio. Ya había confirmado. No había vuelta atrás. Se imaginaba lo que dirían: “Siempre igual vos, amargado”. O peor aún “No cambiás más, que pelotudo sos”.
En su defensa podía alegar que no fue una época fácil. Sufrió mucho la adolescencia. En aquel entonces era muy tímido. En realidad, lo seguía siendo, pero al menos podía pronunciar dos palabras seguidas sin trabarse. Trataba de pasar desapercibido, pero sus esfuerzo fueron siempre en vano. Ese afán por convertirse en un fantasma, parecían irónicamente dejarlo más expuesto.
Cómo aquel episodio en la fiesta de graduación, que por apartarse del grupo para no salir con su ridícula cara en la foto grupal y arruinar ese recuerdo a los demás, tropezó con la mesa donde estaban los vasos servidos que luego los mozos repartían entre los presentes. Tambalearon todos y más de la mitad derramó el líquido que contenía. Una verdadera catástrofe.
O la vez que por no animarse a dar aviso que lo habían encerrado en uno de los armarios cuando la profesora preguntaba a viva voz dentro del aula dónde estaba Aroldi – tal era su apellido- permaneció en silencio con el fin que no castigaran a sus compañeros y se quedó hasta la noche en la oscuridad, cuando sus padres fueron a buscarlo al colegio asustados que no había retornado y lo encontraron allí, orinado y temblando del miedo.
El día del acto de fin de curso, que debía desfilar con una compañera hasta el escenario central, no concurrió, por miedo a que le jugaran una broma. El pobre Aroldi logró atravesar esa etapa, pero aún los recuerdos pesaban en su mente. A veces, incluso, volvían en forma de pesadillas.
Las últimas cuatro semana habían sido traumáticas. Su cabeza iba y volvía en el tiempo, entre su ser adolescente y éste de ahora, casado y con dos hijos, empleado en una farmacéutica de renombre. Su mujer le había preguntado varias veces si le pasaba algo, a lo que él respondía siempre con la verdad: lo tenía a maltraer esa bendita cena del reencuentro.
Una noche ella le dijo: “¿Y entonces para que vas, si te pone así?
¡Vaya pregunta! De la misma manera que había dicho que iba y luego se había arrepentido, no tenía manera de explicarle a su mujer las razones. Porque era algo que estaba muy adentro suyo. Después de veinticinco años podía demostrarle a todos que había cambiado, que era otra persona, que al fin había dejado de existir el paliducho tímido y tartamudo de la adolescencia.
Ojalá fueran todos, incluso alguno de los profesores, si es que eran que vivían. Porque incluso mucho de ellos se habían mofado de él en aquella etapa tan brava de su vida. No quería pensar en todo ello. Porque el objetivo era demostrar que Aurelio Aroldi era otra persona. Y el nuevo Aurelio Aroldi no solo hablaba bien, tampoco se dejaba pasar encima como antes. Y a diferencia de aquel enclenque de dieciséis años, era capaz de muchas cosas. Entre ellas, cobrarse revancha.
Su mujer lo despidió con un beso en la mejilla. Hacía rato que no lo veía tan exultante. Aurelio subió a su coche cargando el maletín de su trabajo: “Les llevo presentes querida” le dijo antes de arrancar. Y así era: lindas botellitas de vidrio con picosulfato de sodio líquido que vertería en el ponche de bienvenida. No había vuelta atrás.Se lo había jurado en aquellos tiempos: algún día los iba a hacer cagar a todos juntos.

La cima

Era él y la cima, nada ni nadie más. Allá, en lo alto, la inalcanzable meta. Allí, donde él estaba, el punto de partida. Elevó el rostro para observar su destino y dejó que la brisa fresca lo golpeara. Cerró los ojos y respiró hondo. Los pulmones se llenaron de aire. Exhaló. Volvió a abrirlos.
Exhibía una sonrisa contagiosa, sincera. De quién comprende el significado de estar vivo. Emprender su camino entre rocas y salientes era el siguiente paso. Ascender, con la sola ayuda de su cuerpo. Aferrarse a la naturaleza, a sus años en forma de minerales sólidos. Llegar hasta tan lejos, a un sitio que no había soñado de niño. Quería abrazar ese paisaje ríspido que se rendía a sus pies, ese lugar que para otros era quizá tan peligroso como desolador. Y luego, alzarse como una bandera hacia arriba, hasta donde pocos habían llegado.
¿Y para qué? ¿Para qué ese riesgo? ¿Por qué desafiar a la muerte? Su novia lo había perseguido a sol y sombra con esas preguntas. Le había mostrado filmaciones de accidentes en escaladas, imágenes terribles, sucesos desgraciados, uno tras otro, día a día, durante todo el último mes. Y al no poderlo hacer cambiar de idea, se había negado a acompañarlo.
Por eso estaba solo, ante imponente lugar. De nada serviría tratar de llamarla para escuchar su voz y aguardar esperanzado sus buenos deseos, porque no atendería y si lo hiciera, solo habría reproches. Y en aquel instante, envuelto en un aire tan puro, solo pensaba en la cima.
Apoyó el pie derecho sobre una roca y con las manos, buscó una saliente para sujetarse. ¿Para qué? La voz de ella surgió de la nada, apenas audible. Sonrió. La respuesta estaba a su alrededor. Para fundirse en la naturaleza, para atrapar sus formas, para mimetizarse con aquel paisaje al punto de confundirse y la montaña sea hombre y el hombre montaña, que en un momento no se sepa quién sujeta a quién, que ya no sea que escala, sino que la montaña lo sube, agradecida por su abrazo.
La sonrisa de quién está vivo y comprende la vida, cuyo significado está distante de lo material y más cercano a lo simbólico, como aquella cima en lo alto. Vivir es un riesgo a largo plazo porque implica, en un punto imposible de predecir, la muerte. Y feliz es aquel que la enfrenta, buscando no la muerte, sino sus propios límites. Porque son esos límites los que nos recuerdan lo hermoso de lo que nos rodea.
Un pie, luego el otro. Las manos firmes. Un metro, dos. De a poco, disfrutando, el objetivo es más nítido. A veces distante, pero nunca imposible.